Lecturas:
Hch 2, 14. 36-41
Sal 22, 1-6
1P 2, 20-25
Jn 10, 1-10
PRIMERAS REFLEXIONES
Este cuarto domingo, en todos los ciclos, se centra en el pastor, el rebaño y el redil. Su mejor expresión orante, la del salmo entre lecturas de hoy, el 22, el más indicado para rezar esta semana.
Un tema bien difícil -quizá insoluble- es el del sufrimiento humano. Nadie escapa de él y, a lo largo de la historia, se le han aplicado muchos esquemas con pretensión de aclararlo. Uno de ellos, muy querido en la tradición cristiana, queda recogido en la 2ª lectura de hoy: soportar el sufrimiento agrada a Dios y Cristo nos da ejemplo; su sufrimiento nos sana. Lo conocemos y lo tenemos por tan cierto que parece inseparable de nuestra fe. De tanto interiorizado, se lo atribuimos a Dios. ¡Ahí es nada! Pasa el tiempo, y le confiere carácter de incuestionable. Puede que no lo sea tanto, incluso que urja analizarlo y desmontarlo. Un tema, como tantos, que deja al descubierto cuál es en realidad nuestra imagen tanto de Dios como del hombre. Del sufrimiento puede afirmarse tanto que madura como que malea, que enseña y que aísla, que enriquece y que aniquila. Para nada es señal de la predilección de Dios. Destruye nuestra condición y dignidad, las coloca al borde de su desaparición, y no puede ser ni querido ni tolerado. Es mal, es negatividad, es daño. Nunca será válido como ofrenda a Dios (no le agrada nada lo que sea malo). Está ahí y nadie, en un momento u otro, se le escapa. En algún momento siempre y a todos nos alcanza. Según Hebreos (5, 8), Cristo, por el sufrimiento, aprendió “la obediencia”, el sometimiento a Dios. No hemos de aceptar el sufrimiento como un “a priori” (anterior al suceso de dolor) ineluctable. Sólo “a posteriori” (tras su aparición) y a través de la obediencia, de la sumisión amorosa. Es salvador el sufrimiento de Cristo Jesús como algo que le advino y no buscó, y que convirtió en expresión amorosa de su solidaridad con el Padre y con “nosotros, los hombres”. El amor desmedido, total, que no retrocede ante el sufrimiento, ese sí salva. Todo lo de la “expiación”, será tradicional, pero altamente peligroso. Parte más o menos explícitamente de una visión de las personas que incluye algo oscuro que necesita ser reparado, de que el dolor es mejor ante Dios que el placer, de que el dolor siempre es bueno al hombre y su madurez. Que la justicia consiste en reparar y equilibrar, con Dios como punto cero de ese equilibrio, hito de perfección. No puede mantenerse esta interpretación, y más como única, cuando daña tan gravemente la imagen misma de Dios. No se compagina con la afirmación del evangelio de hoy: “yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Y todo sufrimiento, ¿no contiene resonancias de algún tipo de violencia?