SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA. Ciclo A. 1 de mayo de 2011

Lecturas:
Hch 2, 42-47  
Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24  
1Pe 1, 3-9  
Jn 20, 19-31

PRIMERAS REFLEXIONES

                En la liturgia mantendremos la expresión “en este día” (prefacio, plegaria eucarística, bendición) como expresión de que entre lo celebrado el domingo de Pascua y hoy no hay separación alguna. Pero quizá en nuestro estilo de vida, esa continuidad es muy difícil de mantener más allá de las expresiones. Para la celebración sigue siendo el ideal que hoy y el domingo anterior sean la misma y gran fiesta de la Pascua.Antes, este domingo llevaba la identificación de “in albis”: hasta hoy se mantenían las vestiduras blancas de los bautizados. También se le designaba como domingo de la octava de pascua. Hoy ha pasado a denominarse “de la divina misericordia”, de forma bastante discutible; al menos a mí, no me resulta adecuada. No me parece término que suscite la idea de pascua. Ya sé que todo sirve para todo, si nos situamos en visiones amplias y lejanas, pero en esta misericordia parece resonar nuestra pequeñez, indigencia o maldad, cosas no muy pascuales para nadie. La referencia al perdón de los pecados, inseparable del anuncio pascual, es más de salvación plena que de perdón parcial. Hoy mismo la segunda lectura habla de la misericordia de Dios, pero para vincularla a la esperanza y la herencia contenidas en la resurrección. Puede que a muchos todo lo anterior les suene a disquisiciones fútiles. Para mí no, pues esos matices recogen mejor que las grandes palabras de qué llenamos cada uno eso siempre repetido de la resurrección del Señor y su salvación hoy. ¿Qué entiende el pueblo cristiano, si en la pascua, en su día mismo, le hablamos de la “divina misericordia”, con esas palabras y en ese orden estereotipado? Todo parte de una devoción particular del pueblo polaco, impuesta con pretensión de universalidad.

             ¿Dónde está la perfección, el modelo y la referencia de las cosas? ¿Cuál es su realidad más profunda? ¿En sus comienzos o en su final? Debe de ser tendencia humana atribuirlo siempre a los comienzos. Así, en los primeros capítulos del Génesis, tanto para lo bueno como para lo malo. En “el principio” están las claves para entender la vida humana y manejarla. Los modelos para corregirla y reconducirla.  Las instancias que deciden la bondad y maldad de cuanto sucede. Sabemos, y el caso del Génesis es modélico, que ahí se encierran los mejores sueños (paraísos, Dios cercano, desnudez, vegetarianismo, inmortalidad, inocencia etc.), los que mueven y han movido siempre a los humanos desde que los excesos neuronales de su cerebro lo llevaron a despegar de otros simios. Esto que parece claro en el Génesis cuesta más aceptarlo en los comienzos de la comunidad cristiana. Quizá sólo falta de costumbre. ¿Ha existido alguna vez una comunidad, en Jerusalén o en Antioquía o en Jafa o en cualquier otro lugar primero, tan perfecta y bella como la de la 1ª lectura de hoy? Otros relatos, en el mismo libro de los Hechos, indican con claridad situaciones bastante diferentes (Esteban y los diáconos, Ananías y Safira, las reuniones en Jerusalén y sus consecuencias, el dichoso mantel que anda arriba y abajo con alimentos impuros, los abandonos de Pablo o hacia Pablo etc.). Ganaríamos mucho, si pensáramos que ahí está el modelo irrenunciable, el que define a la comunidad y posee garantías del Espíritu. Que esa propuesta es la meta continua de la vida de comunidad cristiana y que debe funcionar siempre como permanente acicate de la misma. Reconocer que no fue realmente así desde el principio, pero que realmente ya entonces se intuía clara como meta.

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                Los domingos de Pascua del ciclo A toman sus lecturas del libro de los Hechos, de la 1ª carta del apóstol Pedro y del evangelio de Juan (excepto el 3º cuyo evangelio es de Lucas) Para todas valen por tanto los comentarios generales a esos tres “libros”.

                La 1ª lec, del libro de los Hechos, recoge un primer sumario, de los tres que pone Lucas, de la vida de la comunidad. Recordamos, una vez más, los ejes de la misma: la enseñanza de los apóstoles (que reúne la Escritura), la comunión de bienes, la oración y la Eucaristía en la fracción del pan.

                La 2ª lec es de la 1ª carta de Pedro. Texto evidentemente bautismal, catequesis, homilía y exhortación. En un contexto de sufrimiento (no el de las conocidas persecuciones oficiales, sino de contradicción, ridículo y desprecio), la actitud fundamental de la bendición a Dios -entre admiración y agradecimiento- por la certidumbre en esperanza que nos aportan la fe y el bautismo que la expresa.

                El evangelio continúa el del domingo de pascua, puesto que se inicia “a los ocho días”. El texto de Juan sobre la resurrección, el 20, transcurre en un día y a los ocho (Los dos son domingo, claro). La narración de hoy contiene parte del primero y a los ocho. Primero el Resucitado se manifiesta a la comunidad, sin Tomás y, a los ocho días, con él. La 1ª parte se puede centrar en el perdón de los pecados, como realidad efectiva y cercana de la resurrección, y la 2ª en la fe sin ver. Es un tema reiterativo en este evangelio: la relación ver para creer y creer para ver.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Un buen día para detenernos a pensar la importancia de nuestra fe. La suerte que tenemos de creer. ¿O no? Acaba de felicitarnos el Resucitado por nuestra capacidad de creer sin haber visto, al contrario que Tomás que parece necesitar de ver y comprobar para creer. Nosotros no hemos visto a Jesús y le amamos y creemos en él; más aún, nos causa gusto y gozo el creer (2ª lec) y así, poco a poco, nos descubrimos perdonados y salvados. Sea Dios bendito. El resucitado saluda a su comunidad, hoy a nosotros, con la paz y el don del Espíritu que se hace efectivo en el perdón.  La comunidad es ministra, administradora de ese perdón, mediación del perdón de Dios, inseparable de resurrección y vida nueva.  Está enviada para proporcionar el perdón y el Espíritu que nacen del Padre. Aceptar el don de Dios en la fe es aceptar su perdón, por eso en el credo formulamos el bautismo como algo para el perdón de los pecados. Con Tomás y sin él, el Señor siempre nos ofrece paz. Con ella, su cuerpo herido y traspasado. ¿Cómo no querer entrañablemente a este Jesús perforado, cómo no amarle con ternura al que se nos presenta débil y malherido y, si nos acercamos a sus heridas, le vemos lleno de gloria de Dios? Sin verle hemos creído en él, pero caminando, haciendo la vida con él, le vemos mucho mejor, hasta descubrimos sus heridas. Creer para irle viendo y, viéndole, creer mejor. Este Jesús, el Resucitado, que viene a sacarnos de habitaciones cerradas, a abrirnos más allá de nosotros mismos, a sacarnos de los sepulcros. Es Jesús, y nos llena de alegría. Bendecimos a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que ha bendecido al mundo entero con el perdón y la forma de vida de nuestra comunidad. Nuestras comunidades han de ser una bendición para todo aquel que se nos acerque. Con su oración, su comunicación y solidaridad, con su acción de gracias al Padre por Jesús y su obra. Los discípulos se llenaron de alegría: debiera ser el resumen de esta pascua. Con dificultades y descréditos (merecidos muchas veces), pero satisfechos de creer en Jesús y quererlo entrañablemente. Él nos hace vivir, nos plenifica la vida, nos contagia de su vida. Sin necesidad de tocarlo, nos reconcilia con la vida y con los humanos para que llenos de alegría nos brote de dentro un ¡Bendito sea Dios! 

                J. Javier Lizaur