Lecturas:
M 7, 1-2. 9-14
Sal 16, 1.5-6.8 y 15
2Tes 2, 16-3,5
Lc 20, 27-38
PRIMERAS REFLEXIONES
Han cambiado la hora y oscurece muy pronto. Hemos celebrado la fiesta de los difuntos (quizá hasta el halloween) y quedan tres domingos para concluir el año litúrgico ciclo C. Todo puede conducirnos a reflexiones sobre el final. Todo final, cualquier final, nuestro propio final. Comentamos mucho la presencia o ausencia de la muerte en nuestra sociedad. Antes, a todas horas, surgían las reflexiones sobre la caducidad de la vida, vivíamos un tanto asustados por su inminencia y su carácter imprevisible. Hoy, no es así. Y sin embargo, pocas veces habrá gozado la muerte de tan continua presencia pública. Los actuales medios de comunicación le sirven de altavoces. Su notoriedad es permanente, en todas las variantes posibles. Pero sigue siendo verdad que la marginamos como si no existiera, o como si sólo existiera para los demás. Quizá su misma presencia apabullante nos lleve a intentar obviarla al máximo. La alejamos de casa, del recuerdo, de las obligaciones sociales; la marginamos en sus sitios adecuados, clínicas y hospitales, tanatorios, cementerios, paisajes abiertos en general. Con todo, también es evidente nuestra falta de preparación para la misma. Y nuestra intención de alejarnos de ella, cuando sucede, lo más y más rápido que podamos. Aprendemos muchas habilidades para la vida, casi ninguna para la vejez, la pasividad y la muerte. Por eso, siempre nos pilla sin preparación, o sin la adecuada. ¿Será imposible esa preparación hábil? Ahí está, siempre inexorable. Dicen que despegamos del ser animal por la conciencia y apropiación de la propia muerte. Y continúa en su tarea de humanizarnos y deshumanizarnos. Una manera de tenerla presente y prepararnos a ella, real y muy actual, consiste en ridiculizarla, hacer de ella chanza y juego, como algo manejable y casi divertido. Otra, acostumbrarnos a su presencia, darle muchas vueltas con la muy sana intención de desdramatizarla, asimilarla en el conjunto de la vida. Preverla y anticiparla, mostrando los pasos necesarios para hacerle frente, cuando llegue, con madurez humana (y cristiana). Entre obsesionarnos con ella y amargarnos la vida, y olvidarla y orillarla como inexistente para mí, queda todo el arte -un auténtico arte- de bien vivir y morir. La sabiduría, en su sentido más bíblico, de una buena muerte.