DOMINGO XXX DEL ORDINARIO. Ciclo C. 24 de octubre de 2010

Lecturas:
Si 35, 15-22  
Sal 33, 2-3. 17-19. 23  
2Tim 4, 6-8. 16-18  
Lc 18, 9-14
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Hoy, jornada mundial de las misiones (DOMUND). Con el título de las una de las misas para diversas circunstancias, “de la evangelización de los pueblos”. Para la celebración, pueden usarse los textos de esta misa con las lecturas del domingo correspondiente XXX del ciclo C.

                Las misiones como se entendían cuando se estableció esta jornada, incluso como se entienden ahora de forma mayoritaria tienen que ver con el anuncio del evangelio a quienes todavía no lo han escuchado. Era clara su vinculación con la presencia de pueblos poderosos en otros enclaves para  favorecer o defender sus intereses. Lo hacían acompañados de su religión que acostumbraba ser cristiana. Esa estructura básica hoy no existe, y puede decirse que no quedan pueblos o regiones que no conozcan a Cristo de alguna forma. De ahí que insistamos hoy mucho en beneficencia y cooperación humana y social con esos pueblos, a la vez que en el anuncio del evangelio. Acompaña a todo lo escrito que ahora tenemos más claro que la salvación de Dios no se atiene a las fronteras de la Iglesia (de cuál, además -recordemos que el ecumenismo nació del escándalo de las misiones-), y que sabemos que otras religiones ofrecen también elementos de revelación y vinculación respecto a Dios (Vat II “sobre relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas”).


                El mundo sigue necesitado de buenas noticias y los cristianos tenemos buenas noticias que dar. El evangelio, por su mismo nombre, pretende ser portador de esas buenas nuevas, gozosas noticias, fundamentales para la vida y convivencia. Urgen buenas noticias en economía y ecología, en convivencia y cooperación interreligiosa, en lucha contra el hambre y la pobreza, en reparto del trabajo y la riqueza, en emigración e inmigración; básicamente, en esperanza. Nosotros tenemos buenas noticias. Si logramos unirlas con claridad, identificarlas incluso, en esos campos, somos misioneros y evangelizadores. No vamos a condenar ni juzgar sino a salvar (Jn 3, 17), no vamos para justos sino para pecadores y enfermos, a enseñar misericordia y no violencia (Mt 9, 13), a buscar lo perdido y salvarlo (Lc 19, 10) . A empeñarnos contra viento y marea, contra  nuestra propia historia, en un diálogo abierto frente a la imposición y confrontación. No rendirnos a las dificultades inmensas de todo diálogo intercultural e interreligioso es un aspecto nuevo y humilde de la misión en las misiones. Quizá la nueva palabra que designe las misiones sea diálogo.

TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec está tomada del libro del Eclesiástico o Siracida. Los cap 33-36 hablan de temas del culto verdadero y concluyen con una oración. El texto de hoy es una maravilla describiendo al Dios imparcial, que, para serlo, ha de colocarse al lado del pobre. Puede muy bien recordarnos el evangelio del domingo pasado (XXIX) con aquella conclusión de que él, mucho más que el juez banal, escuchará a los que le claman.

                2ª lec pertenece al final de esta carta 2Tim. Sea o no de Pablo mismo, trata de recoger y expresar los sentimientos últimos e íntimos de Pablo ante su final. En los versos que faltan, 9-15, cita nombres y circunstancias concretas de esos días. Importante para nosotros esa como definición de los cristianos recogida en la expresión de aquellos “que tienen amor a su venida”.

                Ev de Lc, continuación del domingo anterior. La parábola del fariseo y el publicano puede que fuese parábola sobre la oración, como la del juez banal. El evangelista ha cambiado su orientación, al añadir la introducción y el final. La ha convertido en una parábola de condena de los fariseos y alabanza de los paganos. Ni siquiera es claro que el fariseo se enaltezca, más bien se manifiesta como cumplidor fiel. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                “Los que se sienten seguros y desprecian a los demás”. A ellos dirige hoy Jesús sus reconvenciones. Muchas veces, somos de ese grupo. Es malo para vivir ante Dios esa suficiencia de sentirse seguros y superiores a los demás. Ante el Señor que sondea el corazón y las entrañas (Sal 138) es difícil erigirnos en completa solidez. Una mínima seguridad para la vida resulta imprescindible, sin ella careceríamos de entereza e identidad propias. Ante Dios es otra cosa y otra su mirada sobre nosotros. Ante él quedamos desnudos, tal cual somos; ni siquiera como nosotros creemos ser. Con los demás, sin despreciarlos ni ignorarlos, estamos en el templo y oramos ante su mirada.

                Le damos gracias. Es importante ser agradecidos. “¡Oh Dios!, te doy gracias porque sí soy como los demás. Con Jesús, que quiso pasar por uno de tantos (Flp 2, 7). Te doy gracias, porque entiendo bien a los ladrones, me sé injusto y sonrío ante los adúlteros de toda clase. Te doy gracias porque las redes y tramas de sus trampas y mentiras pasan por mis propias entrañas. Te doy gracias, porque nada de lo humano me es ajeno y, con frecuencia, siento la mordedura de cualquiera de los males de todos mis prójimos. Te doy gracias, Señor, soy igual que ellos. Como ellos, que puede no estén aquí hoy, siento los deseos de cambiar, de ser y comportarme de otra manera. Te doy gracias, oh Dios, porque soy como todos ellos, un rara mezcla de maldad y bondad, de deseos y realidades, e intento de muchas formas salir adelante y mejorar y respirar y ofrecerte obsequios y rezarte de corazón. Te doy gracias, Señor, soy como todos.

                Había un publicano. Un pecador titulado y ejerciente, que debía ser también como todos, y tuvo la corazonada de subir al templo a orar. Y, muy postrado y muy humilde y muy avergonzado, a penas  brotaba de sus labios, pero ardía en su corazón, un ¡Oh Dios!, ten compasión de mí. Y con eso tenía todo dicho. Callado, le seguía quemando el corazón, y aguardaba ante el Señor a ver si por fin notaba que llegaba esa compasión.

                Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros. Sobre fariseos y publicanos, sobre justos e injustos. Sobre todos nosotros. Y sobre los que acuden a templos y sobre los que llenan santuarios y lugares santos de tantas religiones por el mundo. Sobre los que creen conocerte y sobre quienes te desconocen. Tu misericordia, Señor, tu compasión. Nosotros, que te rezamos, no somos superiores a nadie. Muchísimos te rezan, y mejor que nosotros quizá, y no son de los nuestros. Tu salvación a todos alcanzará. Te damos gracias por conocerte mejor en Jesús, tu ungido y señalado. A nosotros nos resulta una suerte, nos facilita y aclara mucho las cosas santas. Nos gustaría que llegase su nombre a todos para que tengan más facilidad y cercanía contigo. Nos gustaría que, mirándote a ti, el solo santo, a través de Jesús, o de otros profetas y enviados, todos coincidiéramos en el intento de una tierra limpia y justa. Y tú oh Dios, que escuchas las súplicas de los oprimidos (1ª lec) griten desde donde griten, ten compasión de todos. Que tu misericordia nos alcance a todos. Sin excepción. Bien, quizá por un ratito a los que se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás, no les alcance. Ellos creen que otros son malos y que se alejan de ti. Por un momento quizá no les llegue fluida tu inmensa misericordia.

                Como amas todo lo que has creado, como te regalaste en Jesús, tu hijo, y nos hablas en todos los profetas, todos salimos de tu presencia justificados. Y esperamos un poco a los fariseos que seguro se dan cuenta, reconocen ser como los demás, y, felices, se nos reincorporan a las masas y multitudes de salvados. Te doy gracias, oh Dios, porque sí soy como los demás hombres y, sin despreciar a nadie, estoy seguro de tu salvación.

                 J. Javier Lizaur