HISTORIA DE DOS PADRES, José Luis Sicre

José Luis Sicre
FE ADULTA

El taxista de Barcelona y su hija pródiga

Leí la noticia hace años, creo que en 1997, y me impresionó por el enorme parecido de la historia con la parábola del hijo pródigo. En Barcelona, una muchacha decide irse de su casa y vivir con su novio. Hasta aquí, nada raro. Pero poco después organizan un viaje a la India, con fines no puramente turísticos; al intentar volver a España, los detienen por tráfico de drogas y los encarcelan. El padre, que es el gran protagonista del relato, no la madre, en vez de maldecir a la hija por haberlos abandonado para vivir con un camello y por ser tan estúpida como para confiar en él, convencido de que es inocente hace todo lo posible para sacarla de la cárcel. Afronta grandes gastos, pierde poco a poco todos sus bienes y termina vendiendo el taxi para pagar a los abogados y los trámites. Pero consigue recuperar a su hija y se reencuentran en el aeropuerto de Barcelona.

Dos hijos y dos padres

Mucha gente conoce todavía la parábola del hijo pródigo y habrán visto las diferencias con el relato anterior. A la hija del taxista y al hijo pródigo se les puede acusar de marcharse de su casa de mala manera, sin preocuparse por lo que sentirá su padre. Por lo demás, son muy distintos: la hija peca de ingenua e imprudente; el hijo es un sinvergüenza que solo piensa en divertirse de mala manera. La hija no tiene posibilidad de volver; el hijo, sí.

También los padres se diferencian. El taxista hace todo lo posible para recuperar a su hija. El de la parábola espera pacientemente a su hijo; todo lo hace al final: correr a su encuentro, abrazarlo, organizar un gran banquete. Objetivamente, sale ganando el taxista. Pero es que no conocemos la verdadera historia de la parábola.

La verdadera historia del padre y del hijo pródigo

a) El hijo rebelde y el Padre irascible que perdona (Oseas)

La idea de presentar las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel como las de un padre con su hijo se le ocurrió por vez primera, que sepamos, al profeta Oseas en el siglo VIII a.C. En uno de sus poemas presenta a Dios como un padre totalmente entregado a su hijo: le enseña a andar, lo lleva en brazos, se inclina para darle de comer; pasando de la metáfora a la realidad, cuando era niño lo liberó de la esclavitud de Egipto. Pero la reacción de Israel, el hijo, no es la que cabía esperar: cuanto más lo llama su padre, más se aleja de él; prefiere la compañía de los dioses cananeos, los baales. De acuerdo con la ley, un hijo rebelde, que no respeta a su padre ni a su madre, debe ser juzgado y apedreado. Dios se plantea castigar a su hijo de otro modo: devolviéndolo a Egipto, a la esclavitud. Pero no puede. “¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena, no te volveré a destruir, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador” (Oseas 11,1-9).

El hijo que presenta Oseas se parece bastante al de la parábola de Lucas: los dos se alejan de su padre, aunque por motivos muy distintos: el de Oseas para practicar cultos paganos, el de Lucas para vivir como un libertino.

Mayor diferencia hay entre los padres. El de Oseas reacciona dejándose llevar por la indignación y el deseo de castigar, como le ocurriría a la mayoría de los padres. Si no lo hace es “porque soy Dios, y no hombre”, y lo típico de Dios es perdonar. Lucas no dice qué siente el padre cuando el hijo le comunica que ha decidido irse de casa y le pide su parte de la herencia; se la da sin poner objeción, ni siquiera le dirige un discurso lleno de buenos consejos.

b) El hijo arrepentido y el Padre que lo acoge (Jeremías)

La gran diferencia entre Oseas y Lucas radica en el final de la historia: Oseas no dice cómo termina, aunque se supone que bien. Lucas se detiene en contar el cambio de fortuna del hijo: arruinado y malviviendo de porquerizo, se le ocurre una solución: volver a su padre, pedirle perdón y trabajo. En cambio, no sabemos qué pasa por la mente del padre durante esos años. Lucas se centra en su reacción final: lo divisó a lo lejos, se enterneció, corrió, se le echó al cuello, lo besó. Cuando el hijo confiesa su pecado, no le impone penitencia ni le da buenos consejos. Parece que ni siquiera le escucha, preocupado por dar órdenes a los criados para que organicen un gran banquete y una fiesta.

¿Cómo se le ocurrió a Lucas hablar de la conversión del hijo? Oseas no dice nada de ello, pero sí lo dice Jeremías. A este profeta de finales del siglo VII a.C. le gustaban mucho los poemas de Oseas y a veces los adaptaba en su predicación. Para entonces, el Reino Norte ha sufrido el terrible castigo de los asirios. El pueblo piensa que el perdón anunciado por Oseas no se ha cumplido, pero no por culpa de Dios, sino por culpa de sus pecados. Y le pide: “Vuélveme y me volveré, que tú eres mi Señor, mi Dios; si me alejé, después me arrepentí, y al comprenderlo me di golpes de pecho; me sentía corrido y avergonzado de soportar el oprobio de mi juventud”. Y Dios responde: “Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto. Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión” (Jeremías 31,18-28). En estas palabras, que reflejan el arrepentimiento del pueblo y su confesión de los pecados, se basa la reacción del hijo en Lucas.

Un as en la manga de Lucas: el hijo mayor

Sin embargo, cuando leemos lo que precede a la parábola, advertimos que el problema no es de Dios sino de ciertos hombres. A Dios no le cuesta perdonar, pero hay personas que no quieren que perdone. Condenan a Jesús porque trata con recaudadores de impuestos y prostitutas y come con ellos.

Entonces Lucas saca un as de la manga y depara la mayor sorpresa. Introduce en la parábola un nuevo personaje que no estaba en Oseas ni Jeremías: un hermano mayor, que nunca ha abandonado a su padre y ha sido modelo de buena conducta. Representa a los escribas y fariseos, a los buenos. Y se permite dirigirse a su padre como ellos se dirigen a Jesús: con insolencia, reprochándole su conducta.

El padre responde con suavidad, haciéndole caer en la cuenta de que ese a quien condena es hermano suyo. “Estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y ha sido encontrado”.

¿Sirve de algo esta instrucción? La mayoría de los escribas y fariseos responderían: “Bien muerto estaba, ¡qué pena que haya vuelto!” Y no podríamos condenar su reacción porque sería la de la mayoría de nosotros ante las personas que no se comportan como nosotros consideramos adecuado. El mundo sería mucho mejor sin ladrones, asesinos, terroristas, adúlteros, abortistas, gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, banqueros, políticos… y cada cual puede completar la lista según sus gustos e ideología.

La diferencia entre el padre y el hermano mayor es que el hermano mayor solo se fija en la conducta de su hermano pequeño: “se ha comido tu fortuna con prostitutas”. En cambio, el padre se fija en lo profundo: “este hermano tuyo”. Cuando Jesús come con publicanos y pecadores no los ve como personas de mala conducta, los ve como hijos de Dios y hermanos suyos. Pero esto es muy difícil. Para llegar ahí hace falta mucha fe y mucho amor.

Qué duro es ser padre, qué duro es ser Dios.

Los padres que tienen hijos muy distintos en sus comportamientos y sus ideas son los que mejor pueden comprender a Dios Padre. Tiene unos hijos muy especiales. Algunos parecen muy buenos, otros muy malos. Pero a todos los mira como hijos, a todos los quiere y los defiende.

 

José Luis Sicre

 

 

Garizumako 4. igandea – 4º Domingo de Cuaresma, «BESTE SEMEA-EL OTRO HIJO», José A. Pagola

C (Lukas 15,1-3.11-32)

Evangelio del 06/mar/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

BESTE SEMEA

Jesusen parabolarik hunkigarriena, inondik ere, «aita onaren» hura da, era okerrean «seme hondatzailearen parabola» deitu izan dena. Hain juxtu, «seme gazte» honek deitu izan die atentzioa komentariogileei eta predikariei. Hura etxera itzuli eta aitak sinestezineko moduan hartu izanak kristau-belaun guztiak hunkitu izan ditu.

Halaz guztiz, «seme nagusiaz» ere mintzo da parabola; aitarekin gelditu da hau, anaiaren bizitza nahasia imitatu gabe, etxetik urrun. Galdua zen semeari ongietorri egiteko aitak antolatu duen jaiaren berri eman diotenean, asaldatu egin da. Anaia itzuli izanak ez dio pozik eman, aitari bezala, baizik errabia:«haserretu zen eta ez zuen joan nahi» jaira. Ez zuen etxetik alde egin sekula; orain, ordea, arrotz sentitu da bereen artean.

Sartzeko dei egitera irten zaio aita, anaia onartu duen txera berarekin. Baina ez zaio joan oihuka, ezta agindua emanez ere. Maitasun apalez, «konbentzitu egin nahi du» harrerako festan parte har dezan. Orduantxe lehertu da gure mutila, bere erresumina agerian jarriz. Bizitza osoa eman du aitaren esana eginez, baina ez du ikasi aitak bezala maitatzen. Orain, bere eskubideak bakarrik ditu gogoan eta anaia gutxiestea.

Horra seme nagusiaren tragedia. Ez du sekula etxetik alde egin, ez, baina bihotza urrun izan du beti. Aginduak betetzen badaki, baina maitatzen ez. Ez du ulertu aitak galdua zen seme hari zion maitasuna. Ez daki zer den onartzea eta barkatzea, ez du deus jakin nahi bere anaiaz. Gure ikusmina ase gabe bukatu du Jesusek parabola: sartu ote zen ala kanpoan gelditu?

Gizarte modernoko krisi erlijiosoan murgildurik, ohituak gara fededunez eta fedegabeez mintzatzen, betetzaileez eta urrunduez, Elizak bedeinkaturiko ezkontza-bikoteez eta arauz kanpoko egoerako bikoteez… Guk haren seme-alabak sailkatzen jarraitzen dugun bitartean, guztion zain jarraitzen du Jainkoak, ez baita hura jende onaren ondare, ezta betetzaileena ere. Guztien Aita da.

«Seme nagusia» interpelatzen ari zaigu haren ondoan bizi garela uste dugunoi. Zer ari gara egiten Eliza bertan behera utzi ez dugunok? Geure superbizipena segurtatzen agindutakoa ahalik hobekien betez, ala bere seme-alaba guztiez Jainkoak duen maitasunaren testigu izaten? Elkarte irekiak ari al gara eraikitzen, duda-muda eta galdera artean Jainkoaren bila dabiltzanei ulertu, onartu eta lagun egiten dakitenak eraikitzen? Hesiak jartzen eta zubiak egiten ari ote gara? Adiskidetasuna eskaintzen ala errezeloa agertzen?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

Cuaresma – C (Lucas 15,1-3.11-32)
por Coordinador Grupos de Jesús

EL OTRO HIJO

Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del «padre bueno», mal llamada «parábola del hijo pródigo». Precisamente este «hijo menor» ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.

Sin embargo, la parábola habla también del «hijo mayor», un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «se indignó y se negaba a entrar» en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora solo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.

Esta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?

Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular… Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.

El «hijo mayor» es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?

José Antonio Pagola

 

 

 

«LA CONVERSIÓN QUE PIDE EL EVANGELIO», E. MTNEZ LOZANO


Escrito por  Enrique Martínez Lozano
FE ADULTA
Lc 13, 01-09

El presente relato, exclusivo de Lucas, plantea una reflexión sobre la conversión, en forma de parábola, tomando pie de unos sucesos dramáticos que habían conmocionado a la población.

Para entender la «novedad» de la respuesta de Jesús, es preciso conocer que, en la mentalidad judía, la enfermedad y el mal, en general, eran consecuencia del propio pecado. La ausencia de mal, por el contrario, era considerada signo de la bendición divina.

Jesús se desmarca de esa idea tradicional, desatando el nudo «religioso» entre sufrimiento y pecado. Al haber anudado ambas realidades, quienes sufrían cualquier calamidad se convertían automáticamente en objeto de juicio condenatorio por parte de los demás y ellos mismos se veían abocados a un angustiante sentimiento de culpabilidad y desesperanza. La desgracia los limitaba; la culpabilidad terminaba hundiéndolos.

Es sabido que la autoridad tiende con facilidad a generar sentimientos de culpa, porque un sujeto culpabilizado se convierte en alguien sumiso y dispuesto a seguir los dictados del superior. Desde los papás que amenazan al hijo con no quererlo si no hacen lo que le mandan, hasta la religión que habla de castigos, lo que se está buscando –consciente o inconscientemente- es «obediencia» y sumisión.

La culpabilidad, sin embargo, hace daño. Entre ella, que suele acabar en el hundimiento, y la irresponsabilidad que infantiliza y, en forma de autojustificación, fortalece el narcisismo, la actitud sana es la responsabilidad, como sentimiento maduro de quien entiende la vida como «respuesta» –ésa es su etimología- coherente con las distintas situaciones que se le presentan.

Es la responsabilidad la que produce pesar y dolor en las ocasiones en que, alejándonos de la fidelidad a lo mejor de nosotros mismos, provocamos daño a los otros o a nuestro medio. Pero ese pesar doloroso –a diferencia de la culpabilidad- no paraliza ni hunde, sino que moviliza para el cambio.

Así entendido, me parece que es sano desenmascarar radicalmente cualquier sentimiento de culpabilidad de un modo tajante:

«Somos responsables de todo aquello en lo que intervenimos
y de aquello otro que omitimos,
pero no somos culpables de nada».

Es a esta responsabilidad a la que podemos asociar con la conversión que pide el evangelio. Porque el «perecer» de que habla no hay que entenderlo en clave de amenaza ni castigo, sino sencillamente como la consecuencia de una actitud y un comportamiento desajustados.

Por decirlo de un modo simple: si no somos responsables –si no respondemos humanamente a los diferentes desafíos que la vida nos presenta-, nos estamos cerrando la salida, creando infelicidad para nosotros mismos, haciendo la convivencia imposible y destruyendo el planeta; es decir, estamos provocando nuestro propio desastre.

A eso precisamente apunta la parábola de la higuera plantada en la viña. Parece que, como trasfondo, estaría un rito habitual que consistía en acercarse a un árbol para convencerle, hacha en mano, de que fructificara el próximo año, amenazándolo con cortarlo si esto no ocurría.

La parábola, sin embargo, pone también de relieve la paciencia del viñador. A pesar de llevar «tres años» –un tiempo «definitivo»- sin dar fruto, todavía el viñador sigue confiando en ella, a la vez que le ofrece todos los cuidados con esmero: «cavaré alrededor y le echaré estiércol».

Jesús parece subrayar la paciencia divina, porque comprende y respeta el momento y el ritmo de cada persona. Conocedor del corazón humano, sabe de los condicionamientos de todo tipo que pesan sobre él:

· sufrimientos pendientes o no elaborados,
· mecanismos de defensa puestos en marcha a lo largo de la vida para poder sobrevivir,
· ignorancia básica de quiénes somos y de lo que nuestro ser quiere vivir…

Necesitamos tiempo y paciencia para crecer en lucidez y en consciencia, así como en libertad interior –frente a los propios miedos y necesidades-, para poder ser coherentes y fieles a lo mejor de nosotros mismos.

Desde esa fidelidad, todo empieza a cobrar sentido: nos abrimos a quienes somos y vamos construyendo relaciones armoniosas. Eso es lo que significa, según el evangelio, «dar fruto», y que queda admirablemente sintetizado en las palabras de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (evangelio de Lucas 6,36).

Por eso, cuando la religión ha olvidado (olvida) este principio tan elemental, se ha pervertido: ha generado demasiado sufrimiento y ha provocado ateísmo. Se ha alejado de su núcleo espiritual, que no es otro que la compasión y la libertad, para convertirse en «religión de poder», centrada en la norma, el credo, el rito o el miedo.

En esta misma dirección señalan las sabias palabras del Dalai Lama, en el relato de Leonardo Boff.

Cuenta el teólogo Leonardo Boff, una de las figuras sobresalientes de la teología de la liberación, que, en una ocasión, le preguntó al Dalai Lama:

«Santidad, ¿cuál es la mejor religión?».

El Dalai Lama hizo una pequeña pausa, sonrió y le contestó:

«La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al Infinito. Es aquella que te hace mejor».

Para salir de la perplejidad ante tal respuesta, volvió a preguntarle:

«¿Qué es lo que me hace mejor?».

El respondió:

«Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético… La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión».

Y Boff concluye:

«Hasta el día de hoy estoy rumiando su respuesta sabia e irrefutable. No me interesa, amigo, tu religión, o si tienes o no tienes religión. Lo que realmente me importa es tu conducta delante de tu semejante, de tu familia, de tu trabajo, de tu comunidad, delante del mundo».

No hay otro criterio más acertado: «La mejor religión es la que hace mejores personas». O, como dijo el propio Dalai Lama, en otra ocasión, «mi religión es la compasión». Una respuesta totalmente «cristiana», porque fue eso –y no otros supuestos «intereses religiosos»- lo que Jesús vivió y enseñó.

De Jesús son palabras tan inequívocas como éstas:

«No todo el que me diga «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de Dios, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre» (evangelio de Mateo 7,21).

O, citando a Oseas:

«Misericordia quiero, y no sacrificios» (Mateo 12,7).

Y, con toda rotundidad:

«Lo que hayáis hecho a estos mis hermanos, me lo hicisteis a mí… Lo que no hicisteis a uno de estos más pequeños, no me lo hicisteis a mí» (Mateo 24,40.45).

No podía haber otro criterio para aquél, a quien se definió de esta forma: «Pasó por la vida haciendo el bien» (Hechos de los Apóstoles 10,38).

Sin falsos o trasnochados espiritualismos, aquí se halla lo decisivo del cristianismo: lo que cuentan no son los «discursos religiosos», sino «hacer el bien», en lo que coincide la llamada «regla de oro», presente en todas las grandes tradiciones de sabiduría: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros» (Mateo 7,12).

En una época de «ocaso religioso», debido a un cambio en el «nivel de conciencia» –las formas religiosas conocidas son deudoras de estadios anteriores-, me parece importante centrarse en la sabiduría espiritual que está en el origen de todas aquellas tradiciones.

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

 

La Cuaresma de la Palabra, Gabriel Mª Otalora

LA CUARESMA DE LA PALABRA
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com

ECLESALIA.- La Palabra tiene que ocupar un lugar central en la vida de la comunidad cristiana como fuente directa de nuestra conversión personal y transformación evangélica. Según un estudio de opinión, el porcentaje de familias españolas que tienen una Biblia en casa apenas llega al 50%, pero el dato preocupante es que apenas un 2% la utilizan para una lectura asidua. La Palabra vino al mundo, y los suyos no la recibieron… Leer más

Garizumako 3. igandea C – 3º Domingo de Cuaresma, José A. Pagola

(Lukas 13,1-9)

Evangelio del 28/feb/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

ZERTAN GARA GU? – ¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS?

Ezezagun batzuek jakitera eman diote Jesusi ezen sekulako sarraskia egin dietela galilear batzuei tenpluaren barne sakratuan. Eragilea, beste behin, Pilato izan da. Hau iruditu zaie izugarriena: jende haren odola Jainkoari eskaintzen ari ziren animalien odolarekin nahasi izana.

Ez dakigu zergatik jo duten Jesusengana. Biktimekin bat egin dezan nahi ote dute? Halako heriotza iraingarria merezi izateko, zein bekatu beldurgarri egin duten argitu diezaien nahi ote dute? Eta bekatu egin ez badute, zergatik bide eman dio Jainkoak heriotza sakrilego honi bere tenpluan berean?

Jerusalemen izana den beste gertaera dramatiko bat gogora ekarriz erantzun die Jesusek: Siloeko urtegi ondoko harresiko dorrea erortzean zapaldurik hil diren hemezortzi pertsonen heriotza. Eta gertaera bi hauez baieztapen bera egin du Jesusek: biktima horiek ez ziren –esan die– gainerako jendea baino bekatariago. Eta ohar bera dagi bukatzeko: «bihotz-berritzen ez bazarete, guztiak galduko zarete».

Zer pentsatua ematen du Jesusen erantzun honek. Beste ezer baino lehen, uko egin dio zoritxarra Jainkoak eragindako zigorra delako sineskeria tradizionalari. Jainkoa ez da Jesusentzat epaile zorrotz bat, bere seme-alabak nola zigortuko dabilena, han eta hemen, bekatuen erantzuntzat, gaixotasunak, istripuak edo zoritxarrak bidaliz dabilena.

Ondoren, aldatu egin du haien ikuspegia. Ez da gelditu zoritxarren azken jatorriaren zoko-moko teorikoetan, biktimen erruaz edo Jainkoaren gogoaz hitz eginez. Aurrean dituen haiengana itzuli da, beren buruari begira jarrarazteko: gertaera hauetan Jainkoaren deia entzun behar dute, bihotz-berri daitezen eta bizieraz alda.

Gu geu, Haitiko lurrikara tragikoaz larriturik gara oraino. Nola irakurri tragedia hau Jesusen jarreratik? Dudarik gabe, lehen gauza ez da Jainkoa non den galdezka hastea, baizik non garan gu galdetzea. Konbertsiora bidera gaitzakeen galdera ez da hau: «zergatik bide eman dio Jainkoak zoritxar beldurgarri honi?», baizik «zergatik uzten dugu guk geuk hainbat jende miserian bizitzea, hain babesgabe bizitzea naturaren indarraren aurrean?».

Jainko gurutziltzatua ez dugu aurkituko urruneko jainko bati kontuak eskatuz, baizik biktimekin bat eginez. Ez dugu aurkituko haren axola-ezaz protesta eginez edo haren existentzia ukatuz, baizik mila eratan lan eginez Haitikoen eta mundu osokoen mina arintzeko. Orduan, agian, sumatuko dugu argi eta ilun artean Jainkoa biktimekin dela, haien betiko duintasuna defendatuz, eta gaitzaren kontra ari direnekin dela, haiei borrokan adore emanez.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

3 Cuaresma – C (Lucas 13,1-9)

Evangelio del 28/feb/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS?

Unos desconocidos le comunican a Jesús la noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto sagrado del templo. El autor ha sido, una vez más, Pilato. Lo que más les horroriza es que la sangre de aquellos hombres se haya mezclado con la sangre de los animales que estaban ofreciendo a Dios.

No sabemos por qué acuden a Jesús. ¿Desean que se solidarice con las víctimas? ¿Quieren que les explique qué horrendo pecado han podido cometer para merecer una muerte tan ignominiosa? Y si no han pecado, ¿por qué Dios ha permitido aquella muerte sacrílega en su propio templo?

Jesús responde recordando otro acontecimiento dramático ocurrido en Jerusalén: la muerte de dieciocho personas aplastadas por la caída de un torreón de la muralla cercana a la piscina de Siloé. Pues bien, de ambos sucesos hace Jesús la misma afirmación: las víctimas no eran más pecadores que los demás. Y termina su intervención con la misma advertencia: «si no os convertís, todos pereceréis».

La respuesta de Jesús hace pensar. Antes que nada, rechaza la creencia tradicional de que las desgracias son un castigo de Dios. Jesús no piensa en un Dios «justiciero» que va castigando a sus hijos e hijas repartiendo aquí o allá enfermedades, accidentes o desgracias, como respuesta a sus pecados.

Después, cambia la perspectiva del planteamiento. No se detiene en elucubraciones teóricas sobre el origen último de las desgracias, hablando de la culpa de las víctimas o de la voluntad de Dios. Vuelve su mirada hacia los presentes y los enfrenta consigo mismos: han de escuchar en estos acontecimientos la llamada de Dios a la conversión y al cambio de vida.

Todavía vivimos estremecidos por el trágico terremoto de Haití. ¿Cómo leer esta tragedia desde la actitud de Jesús? Ciertamente, lo primero no es preguntarnos dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. La pregunta que puede encaminarnos hacia una conversión no es «¿por qué permite Dios esta horrible desgracia?», sino «¿cómo consentimos nosotros que tantos seres humanos vivan en la miseria, tan indefensos ante la fuerza de la naturaleza?».

Al Dios crucificado no lo encontraremos pidiéndole cuentas a una divinidad lejana, sino identificándonos con las víctimas. No lo descubriremos protestando de su indiferencia o negando su existencia, sino colaborando de mil formas por mitigar el dolor en Haití y en el mundo entero. Entonces, tal vez, intuiremos entre luces y sombras que Dios está en las víctimas, defendiendo su dignidad eterna, y en los que luchan contra el mal, alentando su combate.

José Antonio Pagola

 

 

«La Cuaresma» 2016, Jesús Mª Urío

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Los tiempos litúrgicos no son períodos estancos, que celebramos una vez al año, y se suceden uno tras de otro, con experiencias que ya no se repetirán. Esos períodos nos sirven para resaltar experiencias y vivencias existenciales que son, generalmente, frecuentes en la vida, que no avisan, y que no tienen reservado tiempo, cronológico o climatológico, en que esas experiencias sean más probables. Para entender muy fácilmente lo que quiero decir, es importante distinguir dos niveles en la vivencias existenciales:

1º, el nivel de la realidad. Por ejemplo, en ésta, la realidad, la experiencia del dolor, del fracaso, de la limitación, de la insatisfacción, sucede cuando llega, no tiene ni fechas, a no ser que sean el recuerdo de algo que ya sucedió con fecha y hasta hora, ni épocas. Pasa cuando pasa, por motivos y causas que pueden, o no, directa o indirectamente, tener relación con el sujeto que la padece.

2º, el nivel de la celebración. Éste sí, lo escoge la actividad humana. La alegría desbocada, la farra y el desenfreno puede suceder en multitud de ocasiones y de variables, pero los hombres nos ponemos de acuerdo para celebrarlos, por ejemplo, en los días previos al inicio de la cuaresma, en el carnaval. Lo mismo sucede con el nivel celebrativo de lo que he recordado en el párrafo anterior: el dolor, la enfermedad, el fracaso, la muerte, puede suceder en cualquier momento, pero lo celebramos, y ahora entramos en el ámbito de la Liturgia cristiana en un tiempo concreto, que llamamos la Cuaresma.

Cada tiempo litúrgico celebra una experiencia humana relevante, que a todos los seres humanos les llegará algún día. Así, afirmamos que en el Adviento celebramos el paso del tiempo, que nos empuja a determinados momentos, convertidos muchas veces en objetivos, como el acabar la carrera, el casarse, el comprar una casa, etc. Así como también el modo humano, profundamente variable de “pasar el tiempo”. En las parroquias que me han tocado en mi vida pastoral, desde que me ordené, hace ya 48 años, excepto una vez, en que no lo hice, siempre, con esa excepción, el primer Domingo de Adviento les cito la obra teatral de Samuel Beckett, “Esperando a Godot”, que nos ayuda a caer en la cuenta de lo que celebramos más profundamente en ese tiempo litúrgico, y que no es simplemente, como a veces afirmamos ingenuamente una preparación de la Navidad, sino un ejercicio consciente, meditado e iluminado por la Palabra de Dios, sobre nuestra manera de pasar el tiempo, y de esperar algún acontecimiento decisivo para nuestra vida. Entre otras cosas nos ayudará a discernir si perdemos o no el tiempo, como los que esperan desgraciadamente a Godot.

Siempre hemos oído que la Cuaresma es, mientras esperamos la Pascua, una seria reflexión sobre el dolor, el desasosiego, la incertidumbre, el fracaso, la vejez, la muerte. Evidentemente, sin el necesario y maravilloso contrapeso de la Pascua, el ejercicio cuaresmal sería inocuo y contraproducente. Pero el peligro es, como ha sucedido hasta nuestros días, exactamente hasta el Concilio Vaticano II, que el modo, las formas y tradiciones de celebrar la Cuaresma ha desviado la atención, del foco principal, a lo secundario y anecdótico. Todavía hay curas que el domingo pasado, informando de la celebración del miércoles de ceniza, alertaban a sus fieles de los detalles del cumplimiento del ayuno y la abstinencia, en un desprecio del Concilio, o en una actitud inconsciente y desinformada. Yo prefiero esta segunda alternativa.

Evidentemente, como me decía un feligrés, buena persona, pero burguesón y vividor él, con un cinismo soportable, porque era entre amigos, con aquello del asco, que se produce cuando abunda la confianza, pues me reconocía: “Me encanta la abstinencia de los viernes de Cuaresma, que mi abuela y mi madre lo ampliaban a todos los viernes del año, porque así teníamos un motivo magnífico para comer una buena merluza de pincho con almejas, y, en los buenos tiempos, una cazuela de angulas”. Por lo menos, aunque fuera cínicamente, ese antiguo amigo tomaba conciencia de la hipocresía que se puede encerrar en algunas prácticas de penitencia. Y no digamos cuando para librarse de alguna de ellas se podía pagar un tributo pecuniario.

La Cuaresma, como tiempo litúrgico cristiano, solo tiene sentido si la vivimos con la guía e iluminación de la Palabra de Dios, y con la cercanía de los hermanos de la Comunidad. Los sacrificios, sin la Palabra, y sin compartir solidariamente con los hermanos “las alegrías, los gozos, las amarguras y las desventuras”, no nos sirven para nada.

 

 

«NI LOS SENTIDOS NI LA RAZÓN PUEDEN PERCIBIR LO DIVINO», Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
F
e Adulta

Lc 9, 28-36

Este domingo se nos proponen dos teofanías, una a Abrahán y otra a los tres apóstoles. En realidad, toda la Biblia es el relato de la manifestación de Dios. Se trata de leyendas construidas para fundamentar las creencias de un pueblo. La Alianza sellada por Abrahán con el mismo Dios es el hecho más importante de la epopeya bíblica. Hay un detalle muy significativo. Dios no llegó a la cita hasta que vino la noche y Abrahán cayó en “un sueño profundo y un terror intenso y oscuro”. Naturalmente, se trata  de experiencias internas. Es sintomático que la mayoría de las experiencias de Dios en el AT se relatan como sueños.

Tampoco la transfiguración debemos entenderla como una puesta en escena por parte de Jesús. El querer explicar el relato como si fuera una crónica de lo sucedido, es la mejor manera de hacer polvo el mensaje. No es verosímil que Jesús montara un espectáculo de luz y sonido, ni para tres ni para tres mil. El domingo pasado se proponía una espectacular puesta en escena (tírate de aquí abajo) como una tentación. No tiene mucho sentido que hoy se proponga como una “gracia” en beneficio de los tres apóstoles. Una cosa es la experiencia, y otra muy distinta el lenguaje mítico, en el que nos la cuentan.

Es clave para la comprensión del relato es la advertencia final. «Por el momento no dijeron nada de lo que habían visto». En el mismo relato de Mt y Mc, es Jesús quien les prohíbe decir nada a nadie «hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». La conversación con Moisés y Elías era sobre el “éxodos de Jesús” (pasión y muerte). Seguramente se trata de un relato pascual. Todos los relatos evangélicos son pascuales. Me refiero a que en un principio se pensó como relato de resurrección pero con el tiempo se retrotrajo al tiempo de la vida de Jesús, para potenciar el carácter divino de Jesús y su conexión con el AT.

Se emplean los mismos elementos que utiliza el AT para relatar las teofanías de Dios. El monte, lugar de la presencia de Dios. El resplandor, signo de que Dios estaba allí. La nube en la que Dios se manifestó a Moisés y que después les acompañaba por el desierto. La voz que es el medio por el que Dios comunica su voluntad. El miedo que siente todo aquel que descubre la presencia de lo divino. Las chozas, alusión a la fiesta mesiánica en la que se conmemoraba el paso por el desierto, de la esclavitud a la libertad. Moisés y Elías son símbolos: La Ley y los Profetas, los dos pilares de la religiosidad judía. Conversan con Jesús, pero se retiran. Han  cumplido su misión y en adelante será Jesús la referencia última. Pedro pretende hacer tres chozas, para perpetuar el momento que creen interesante.

Se trata de una transfiguración. Cambió la figura, lo que pueden percibir por los sentidos. En lo esencial, Jesús siguió siendo el mismo. Fue la apariencia lo que los tres discípulos experimentaron como distinto. En Jesús, como en todo ser  humano, lo importante es lo divino que no puede ser percibido por los sentidos. En los relatos pascuales, se quiere resaltar que ese Jesús que se les aparece, es el mismo que anduvo con ellos en Galilea. El relato, referido a su vida, se dice lo mismo, pero desde el punto de vista contrario. Ese Jesús que vive con ellos es ya Cristo glorificado. Quiere demostrar que lo que descubrieron de Jesús después de su muerte, ya estaba en él durante su vida, pero no lo vieron.

La inmensa mayoría de las interpretaciones de este relato, apuntan a una manifestación de la “gloria” como preparación para el tiempo de prueba de al pasión. Además de fallar en el intento, esto sería una manifestación trampa. Cuando interpretamos la “gloria” como lo contrario a lo normal, nos alejamos del verdadero mensaje del evangelio. El sufrimiento, la cruz no puede ser un medio para alcanzar lo que no tenemos. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación.

Lo que llamamos “gloria de Dios” no tiene absolutamente nada que ver con lo que entendemos por gloria humana. En Dios, su “gloria” es simplemente su esencia,no algo añadido. Dios no puede estar ni ser glorificado, por la sencilla razón de que nunca puede estar ni ser sin gloria. Con nuestra mente no podemos comprender esto. Cuando hablamos de la gloria divina de Jesús, aplicándole el concepto de gloria humana, tergiversamos lo que es Jesús y lo que es Dios. Si en Jesús habitaba la plenitud de la divinidad, como dice Pablo, quiere decir que Dios y su “gloria” nunca se separaron de él. Jesús, como ser humano, si podría recibir gloria humana: cetros, coronas, solios, poder, fama, honores, etc. etc. Pero todo eso que nosotros nos empeñamos en añadirle no es más que la gran tentación.

El evangelio nos dice que no tenemos nada que esperar para el futuro. La buena noticia no está en que Dios me va a dar algo más tarde, aquí abajo o en un hipotético más allá, sino en descubrir que todo me lo ha dado ya (El reino de Dios está dentro de vosotros). En Jesús está ya la plenitud de la divinidad, pero está en su humanidad. La divinidad de Jesús no se puede percibir por los sentidos ni deducir de lo que se percibe. De fenómenos externos no puede venir nunca una certeza de la trascendencia, por muy espectaculares que parezcan.

Todo lo que Jesús nos pidió que superáramos, resulta que ahora lo volvemos a reivindicar con creces, solo que un poco más tarde. Renunciar ahora para asegurarlo después, y para toda la eternidad… Es la mejor prueba del valor que seguimos dando a nuestro falso yo, y de que seguimos esperando la salvación a nivel de nuestro ego. Jesús acaba de decir a los discípulos, justo antes de este relato, que tiene que padecer mucho; que el que quiera seguirle tiene que renunciar a sí mismo; Que el grano de trigo tiene que morir… Jesús nos enseñó que debemos deshacernos de la escoria de nuestro falso yo, para descubrir el oro puro de nuestro verdadero ser. Nosotros seguimos esperando de Dios, que recubra de oropel o purpurina esa escoria para que parezca oro.

Lo divino que hay en nosotras, no es lo contrario de las carencias que experimentamos. Es una realidad que ya somos y es compatible con las limitaciones de todo tipo (físicas, síquicas y morales), que son inherentes a nuestra condición de criaturas. Después de Jesús, es absurda una esperanza de futuro. Dios nos ha dado ya todo lo que podría darnos. Se ha dado Él mismo y no tiene nada más que dar (Sta. Teresa). Claro que esto da al traste con todas nuestras aspiraciones de “salvación”. Pero precisamente ahí debe llegar nuestra reflexión: ¿Estamos dispuestos a aceptar la salvación que Jesús nos propone, o seguimos empeñados en exigir de Dios la salvación que nosotros desearíamos para nuestro falso yo?

¡Escuchadle a él solo! Para los cristianos del siglo XXI, no es nada fácil cumplir esa recomendación. Seguimos, como Pedro, aferrados al Dios del AT. Yo diría: ¡Escuchad como Jesús escuchó!El cristianismo ha velado de tal forma el mensaje de Jesús, que es casi imposible distinguir lo que es mensaje evangélico y lo que es adherencia ideológica. Esa tarea de discernimiento es más urgente que nunca. Los conocimientos que hoy tenemos hacen, que podamos descubrir la cantidad de relleno que nos han vendido como evangelio. Jesús buscaba odres nuevos que aguantaran el vino nueva. Hoy son numerosos los odres, que esperan vino nuevo, porque no aguantan el vino viejo que les seguimos ofreciendo.

El hecho de que Moisés y Elías se retiraran antes de que hablara la voz, es una advertencia para nosotros que no acabamos de superar el Dios del AT. Jesús ha dado un salto en la comprensión de Dios que debemos dar nosotros también. En realidad, en ese salto consiste todo el evangelio. El Dios de Jesús es un Dios que es siempre y para todos amor incondicional. El Dios de Jesús nos desconcierta, nos saca de nuestras casillas porque nos habla de entrega incondicional, de amor leal, de desapego del Yo. El Dios del AT ha hecho una alianza al estilo humano y espera que el hombre cumpla la parte que le corresponde. Solo entonces, premia al que la cumple y castiga al que no la cumple.

Oración-contemplación

En el relato de hoy, los apóstoles ven al verdadero Jesús.
También tu verdadero ser es un diamante.
No te dejes engañar por las apariencias.
Ni tú ni los demás tenemos nada que cambiar en lo esencial.
…………………………

No tienes que arrancar nada de ti.
Todo lo que no es esencial, terminará por desprenderse.
Agudizar la vista interior para ver lo que eres,
más allá del oropel o del lodo que te cubre y oculta.
………………

Solo la meditación podrá iluminarte para ver la realidad.
No es fácil, pero es el único camino.
La iluminación llegará un día con la mayor naturalidad.
…………………….

 

Fray Marcos

 

 

Garizumako 2. igandea – 2º Domingo Cuaresma, José A. Pagola

(Lukas 9,28-36)
Evangelio del 21/feb/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

JESUSI BAKARRIK ENTZUN- ESCUCHAR SOLO A JESÚS

Pasadizo honi, tradizioz, «Jesusen antzaldaketa» deitu ohi zaio. Ezinezkoa da kontakizun harrigarri honen iturburu izan den esperientzia seguru berregitea. Hau dakigu soilik: ebanjelariek garrantzi handia eman diotela, zeren, kontakizunaren arabera, Jesusen zinezko nortasunaz zerbait barruntatzeko bidea ematen duen esperientzia baita.

Lehenik eta behin, Jesusen aurpegiaren aldaketa nabarmendu du kontakizunak, eta, Moises eta Elias haren solaskide ageri diren arren, agian hurrenez hurren legearen eta profeten ordezkari bezala, soilik Jesusen aurpegiak jarraitzen du eszenan antzaldaturik eta distiratsu.

Itxuraz, ikasleek ez dute hauteman ikusten ari direnaren esanahi sakona; izan ere, Pedro dio: «Maisu, bai ondo gaudela hemen. Hiru txabola eginen ditugu: bat zuretzat, bestea Moisesentzat eta hirugarrena Eliasentzat». Bibliako bi pertsonaia handi horien ikuspegi eta maila berean ipini du Jesus. Nori bere txabola. Jesusek ez du artean erdiko lekurik eta nagusirik Pedroren bihotzean.

Jainkoaren ahotsak zuzenduko dio ikuspegi hori, Jesusen benetako nortasuna agertuz: «Neure Semea dut hau, hauta», aurpegia antzaldatua duen hau. Ez da nahasi behar Moisesen eta Eliasen aurpegiekin, hauena itzalia da.«Entzun honi». Eta ez beste inori. Honen Hitza da erabakitzaile bakarra. Gainerakoek honengana bideratu behar gaituzte.

Premiazkoa da berreskuratzea gaur egungo Elizan ebanjelioetan datorren Jesusen kontakizun honen esperientzia, hasiera hartan kristau-elkarteek izan zuten hau. Lau idazki hauek besterik ez bezalako obra dira kristauentzat; ezin parekatu ditugu Bibliako gainerako liburuekin.

Bada lau hauetan bakarrik aurki genezakeen zer bat: hark erakarririk sentitu eta jarraitu zioten lehenengo haiengan Jesusek eragin zuen zirrara. Ebanjelioak ez dira liburu didaktikoak, Jesusez eskola-irakaspena ematen dutenak. Ez dira biografiak ere, Jesusen ibilbide historikoa xeheki dakartenak. «Konbertsio-kontakizun» dira, aldaketara, Jesusi jarraitzera, haren egitasmoarekin bat egitera gonbidatzen dutenak.

Horregatik behar dira entzun konbertsio-jarreraz. Eta jarrera hori behar da izan irakurtzean, predikatzean, hausnartzean eta fededun bakoitzak eta elkarte bakoitzak bihotzean gordetzean. Igandero Jesusen ebanjelio-kontakizuna konbertsio-jarreraz entzuten dakien kristau-elkartea hasia da eraldatzen. Ez du Elizak bere burua berritzeko potentzial indartsuagorik lau liburu koxkor hauek baino.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

2 Cuaresma – C (Lucas 9,28-36)

Evangelio del 21/feb/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

ESCUCHAR SOLO A JESÚS

La escena es considerada tradicionalmente como «la transfiguración de Jesús». No es posible reconstruir con certeza la experiencia que dio origen a este sorprendente relato, solo sabemos que los evangelistas le dan gran importancia pues, según su relato, es una experiencia que deja entrever algo de la verdadera identidad de Jesús.

En un primer momento, el relato destaca la transformación de su rostro y, aunque vienen a conversar con él Moisés y Elías, tal vez como representantes de la ley y los profetas respectivamente, solo el rostro de Jesús permanece transfigurado y resplandeciente en el centro de la escena.

Al parecer, los discípulos no captan el contenido profundo de lo que están viviendo, pues Pedro dice a Jesús:«Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Coloca a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a los dos grandes personajes bíblicos. A cada uno su tienda. Jesús no ocupa todavía un lugar central y absoluto en su corazón.

La voz de Dios le va a corregir, revelando la verdadera identidad de Jesús: «Este es mi Hijo, el escogido», el que tiene el rostro transfigurado. No ha de ser confundido con los de Moisés o Elías, que están apagados. «Escuchadle a él». A nadie más. Su Palabra es la única decisiva. Las demás nos han de llevar hasta él.

Es urgente recuperar en la Iglesia actual la importancia decisiva que tuvo en sus comienzos la experiencia de escuchar en el seno de las comunidades cristianas el relato de Jesús recogido en los evangelios. Estos cuatro escritos constituyen para los cristianos una obra única que no hemos de equiparar al resto de los libros bíblicos.

Hay algo que solo en ellos podemos encontrar: el impacto causado por Jesús a los primeros que se sintieron atraídos por él y le siguieron. Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina académica sobre Jesús. Tampoco biografías redactadas para informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Son «relatos de conversión» que invitan al cambio, al seguimiento a Jesús y a la identificación con su proyecto.

Por eso piden ser escuchados en actitud de conversión. Y en esa actitud han de ser leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón de cada creyente y de cada comunidad. Una comunidad cristiana que sabe escuchar cada domingo el relato evangélico de Jesús en actitud de conversión, comienza a transformarse. No tiene la Iglesia un potencial más vigoroso de renovación que el que se encierra en estos cuatro pequeños libros.

José Antonio Pagola

 

 

CUARESMA: EL DESIERTO, LUGAR DE APRENDIZAJE


Enrique Martínez Lozano

El número “cuarenta” –cuarenta años era la edad de toda una generación- hace alusión, en la Biblia, a un “periodo largo de prueba”. Cuarenta son los años que el pueblo hebreo, liderado por Moisés, pasa en el desierto, camino hacia la “Tierra prometida”; cuarenta días son los que, como “nuevo Moisés”, aparece Jesús en el desierto, sometido a tentaciones, de las que sale airoso, con fidelidad renovada.

El desierto, en la tradición bíblica, es un lugar ambivalente: por un lado, es el escenario de las mayores dificultades, donde el ser humano, sin seguridades a las que aferrarse, se siente sometido a las pruebas más duras; por otro, sin embargo, aparece como el espacio en el que se goza de una especial intimidad con Dios: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón”, le hace decir Oseas a JHWH (Os 2,14). Leer más

«SI VEMOS UNA SOMBRA, DEL OTRO LADO HAY UNA LUZ», 1º de Cuaresma, Fray Marcos

RELIGIÓN DIGITAL

Lc 4, 1-13

Debemos superar el enfoque maniqueo de la cuaresma que hemos vivido durante demasiado tiempo. Sin embargo, el sentido profundo de la cuaresma debemos mantenerlo e incluso potenciarlo. En efecto, en ninguna época de la historia el ser humano se había dejado llevar tan masivamente por el hedonismo. A escala mundial el hombre se ha convertido en productor-consumidor. El grito de guerra de las revueltas estudiantiles del 68 en Francia, era: “No queremos vivir peor que nuestros padres”. No querían ganar menos y consumir menos; para nada, hacían alusión a la posibilidad de ser más humanos.

La crisis económica nos puede ayudar a superar el dilema. ¿Queremos consumir más o nos interesa ser cada día más humanos? En teoría no hay problema para responder, pero en la práctica, todos nos dejamos llevar por el hedonismo, aún a costa de menor humanidad. Aquí está la razón de la cuaresma. Todos tenemos la obligación de pararnos a pensar hacia dónde nos dirigimos. Alcanzar plenitud de humanidad exige el esfuerzo de no instalarnos en la comodidad. Para crecer en humanidad debemos ir más allá de la satisfacción de los instintos. Este es el planteamiento de una cuaresma para la reflexión.

No debemos escandalizarnos cuando los exegetas nos dicen que los relatos de las tentaciones no son historia sino teología. Mc, que fue el primero que se escribió, reduce el relato a menos de tres líneas. No son crónicas de sucesos, pero son descarnadamente reales. Empleando símbolos conocidos por todos, nos quieren hacer ver una verdad teológica fundamental: La vida humana se presenta siempre como una lucha a muerte entre los dos aspectos de nuestro ser; por una parte lo instintivo o biológico y por otra lo espiritual o trascendente. Esa lucha no hay que plantearla en el orden del obrar sino en el del conocer.

El mito del mal personificado (diablo), ha atravesado todas las culturas y religiones hasta nuestros días y por lo que se puede adivinar, tiene cuerda para rato. La realidad es que no necesitamos ningún enemigo que nos tiente desde fuera. El diablo nace como necesidad de explicar el mal, que no puede venir de Dios. Sin embargo, lo que llamamos mal no tiene ningún misterio; es inherente a nuestra condición de criaturas. La voluntad solo es atraída por el bien, pero como nuestro conocimiento es limitado, la razón puede presentar a la voluntad un objeto como bueno, siendo en realidad malo. Todos buscamos el bien, pero nos encontramos con lo malo entre las manos, no porque lo busquemos sino por ignorancia.

El mal es consecuencia de una inteligencia limitada. Sin conocimiento, la capacidad de elección sería imposible y no podía haber mal moral. Si el conocimiento fuera perfecto, también sería imposible porque sabríamos lo que es malo, y el mal no puede ser apetecible. Si la voluntad va tras el mal, es siempre consecuencia de una ignorancia.Es decir, creemos que es bueno para nosotros lo que en realidad es malo. La libertad de elección solo se puede dar entre dos bienes. Plantear una lucha entre el bien y el mal, es puro maniqueísmo. La lucha se da entre el bien aparente (mal), y el bien real. Esto es muy importante.

El domingo pasado decíamos que el ser humano es un proyecto que está toda su vida desarrollándose. La tentación consiste en instalarse en uno de los escalones que tenemos que ascender o, peor aún, utilizar los escalones superiores para ponerlos al servicio de los inferiores. Para que el desarrollo humano concluya con éxito, cada etapa tiene que integrar la anterior y unificarse en una única personalidad, solo que más cerca del objetivo final.

Que las tentaciones sean tres, no es casual. Se trata de un resumen perfecto de todas las relaciones que puede desarrollar un ser humano. La tentación consiste en entrar en una relación equivocada con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Una auténtica relación humana con los demás, que es lo que debe manifestarse en nuestra vida real, depende, querámoslo o no, de una adecuada relación con nosotros mismos y con Dios.

1ª tentación: poner la parte superior de nuestro ser al servicio de la inferior. Si eres Hijo de Dios… No se debe entender desde los conceptos dogmáticos acuñados en el s. IV. No hace referencia a la segunda persona de la Trinidad. Significa hijo en el sentido semita. Si tú has hecho en todo momento la voluntad de Dios, también Él hará lo que tú quieres. Fíjate bien que la tentación de hacer la voluntad de Dios para que después Él haga lo que yo quiero, no tiene que venir ningún diablo a sugerírnosla; es lo que estamos haciendo todos, todos los días. Jesús no es fiel a Dios porque es Hijo, sino que es Hijo porque es fiel…

Di que esta piedra se convierta en pan. La tentación permanente es dejarse llevar por los instintos, sentidos, apetitos. Es decir, hacer en todo momento lo que te pide el cuerpo. Es negarse a seguir evolucionando y superarse a sí mismo, porque eso exige esfuerzo. Los instintos nos ayudan a garantizar nuestro ser animal. Si ese fuera nuestro objetivo, no habría nada de malo en seguirlos, como hacen los animales. En ellos los instintos nunca son malos. Pero si nuestro objetivo es ser más humanos, solo a través del esfuerzo lo podremos conseguir, porque debemos ir más allá de lo puramente biológico. El fallo está en utilizar la inteligencia para potenciar nuestro ser animal.

No solo de pan vive el hombre. El pan es necesario, pero, ni es lo único necesario ni es lo más importante. Para el animal sí es suficiente. Nuestro hedonismo cotidiano demuestra que aún no hemos aceptado estas palabras de Jesús. El dar al cuerpo lo que me pide es para muchos lo primero y esencial, descuidando la preocupación por todo aquello que podía elevar nuestra humanidad. El antídoto de esta tentación es el ayuno. Privarnos voluntariamente de aquello que es bueno para el cuerpo, es la mejor manera de entrenarnos para no ceder, en un momento dado, a lo que es malo.

2ª tentación: Si me adoras, todo será tuyo. El poder, en cualquiera de sus formas, es la idolatría suprema. El poder lleva siempre consigo la opresión, que es el único pecado que existe. Adorar a Dios no significa dar incienso a un dios exterior. Se trata de descubrir lo que de Dios hay en nosotros y vivirlo. Nuestro auténtico ser no está en el ego aparente sino más a lo hondo. Si descubro mi ser profundo, no me importará desprenderme de mi falso yo y, en vez de buscar el dominio de los demás, buscaré el servicio a todos. El antídoto es la limosna. Para no caer en la tentación de aprovecharnos de los demás, debemos hacer ejercicios de donación voluntaria de lo que tenemos y de lo que somos.

3ª tentación: Tírate de aquí abajo. Realiza un acto verdaderamente espectacular, que todo el mundo vea lo grande que eres. Todos te ensalzarán y tu (vana) gloria llegará al límite. La respuesta es, que dejes a Dios ser Dios. Acepta tu condición de criatura y desde esa condición alcanza la verdadera plenitud. Dios no tiene que darte nada. Mucho menos podrá tener privilegios con nadie. Ya se lo ha dado todo a todos. Eres tú el que debes descubrir las posibilidades de ser que tienes sin dejar de ser criatura. Ya es hora de que dejemos de acusar a Dios de haber hecho mal su obra y exigirle que rectifique. El antídoto es la oración. Al decir oración no queremos decir “rezos” sino meditación profunda. Descubrir al verdadero Dios, me librará de utilizar al dios ídolo.

No debemos plantearnos la lucha contra el mal desde el voluntaris­mo, sino desde un mejor conocimiento de la persona, de la realidad y de Dios. El pecado no consiste en la trasgresión de una ley, sino en deteriorar tu propio ser. La ley, lo único que puede hacer es advertirte de que esto o aquello puede hacerte daño; pero eres tú, el que tienes que descubrir la razón de mal, si quieres que la voluntad deje de apetecer lo que te daña.

Meditación-contemplación

Cuaresma es tiempo de desierto.
Camina hacia tu interior repleto de peligros y asechanzas.
Para llegar a tu verdadero ser, hay que atravesar tu propio desierto.
Libérate de todo lo que crees ser, para llegar a lo que eres de verdad.
……………………..

Solo en tu propio desierto afrontarás la verdadera batalla de la vida.
Eso sí, empujados por el Espíritu.
En desierto y solo, tienes que tomar la decisión definitiva.
La “tierra prometida”, está ya ahí, al otro lado de tu falso yo.
………………………..

Mantente en el silencio, hasta que se derrumbe el muro que te separa de ti mismo.
Solo la ignorancia nos mantiene alejados del SER.
Deja que la luz que ya está en tu interior te invada por completo.
Serás feliz y harás felices a los que viven junto a ti.
……………………..

Se me ha ocurrido un ejemplo un poco complicado, pero que bien entendido puede ayudarnos. Cuando yo era niño, hacía carros y trenes y barcos. Al hacer barcos de madera, me di cuenta que se inclinaban a un lado. Quitaba madera de ese lado y se me inclinaban hacia el otro. No conseguía que permanecieran verticales. Hasta que me di cuenta de que, poniéndoles en lo hondo un peso, se enderezaban ellos solitos. Después aprendí lo del centro de gravedad y todo eso… si el ser humano no tiene un peso que le equilibre, se pasará la vida dando tumbos a un lado o a otro. Puede superar la bebida, pero se escorará a la sexualidad; puede superar la glotonería, pero se inclinará hacia la avaricia.

El ser humano nunca conseguirá el equilibrio si no encuentra un verdadero peso que enderece y ponga a raya todos sus apetitos. Decíamos el domingo pasado que el ser humano es un proceso. Solo cuando las etapas más humanas de nuestro ser, pueden equilibrar todas las anteriores y ordenarlas en un equilibra completamente estable.

Recordemos lo que dijimos el domingo pasado: el ser humano es un proyecto que está siempre realizándose, entonces comprenderemos perfectamente las tentaciones de Jesús, porque son las nuestras. La gran tentación es instalarnos en cualquiera de los escalones del proceso o, peor todavía, poner los escalones más elevados al servicio de los más bajos.

Fray Marcos