«Las ocho palabras en la cruz»

Gonzalo Haya
Atrio

Tradicionalmente mencionamos las siete palabras, y estrictamente hablando son siete palabras; sin embargo Marcos menciona una última expresión de Jesús, una expresión sin palabras pero más expresiva que cualquier palabra: “Jesús, lanzando un grito, entregó su espíritu”. Un grito que hizo que se rasgara (simbólicamente) el velo del templo y que el centurión exclamara: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Estas siete palabras en la cruz han centrado la piedad sobre este último momento de la vida de Jesús; las hemos considerado como rigurosamente históricas, y en una cierta progresión que las va complementando hasta el momento en que muere entregando su vida al Padre. Puede decepcionarnos saber que la historicidad de estas palabras es poco probable; ningún cristiano estuvo a los pies de la cruz, y estas palabras vienen de tradiciones diferentes que rellenaron el vacío de un relato sobre la pasión aplicándole palabras de los profetas o de los salmos, incluso como si se tratara del cumplimiento de tales profecías.

Es significativo que cada evangelista le aplica a Jesús palabras distintas, que reflejan situaciones y sentimientos diferentes. Cada evangelista quiere transmitir a sus comunidades matices diferentes, mensajes diferentes, de este momento trascendental de la muerte de Jesús.

El evangelio de Marcos

  • “Dios mío, ¿por qué me has abandonado” (Mc 15,34).

En el primer evangelio, Marcos, que es el más brusco y espontáneo, sólo le aplica la cita del Salmo 21,2 “Dios mío, ¿por qué me has abandonado”. Marcos –o el texto que le sirve de base– supone que Jesús recordaría este salmo y se identificaría con la situación del Siervo doliente. Y es muy probable que estos fueran los sentimientos de Jesús en esos momentos. No resulta tan probable que emitiera esta exclamación con una gran voz, y menos aún que los presentes –¿romanos o judíos?– creyeran que llamara a Elías.

Esta es la exclamación inicial y la más dura de todo el salmo 21; luego pasa a una súplica de ayuda e incluso al reconocimiento de que Dios “no ha escondido su rostro al pobre desgraciado”.

Los lectores de Marcos conocían de memoria el salmo entero, y sabían que esa súplica de Jesús refleja un tremendo sentido de fracaso, aunque tenga un trasfondo de confianza. Una cosa es lo que sentimos y otra es lo que aceptamos racionalmente. Lucas y Juan omiten esta queja de abandono, solamente la recoge Mateo.

  • “Y dando un fuerte grito expiró” (Mc 15,37).

Esta es la última expresión inarticulada de Jesús, que exterioriza un profundo sentimiento, y que Marcos deja sin interpretar. Un final de Jesús que queda abierto, como queda abierto el evangelio de Marcos con las mujeres que reciben el mensaje del ángel y, por miedo, no se atreven a comunicárselo a los discípulos. Lucas interpretará este grito con palabras de serena aceptación. Algunos comentaristas dudan de la posibilidad de que un crucificado pudiera emitir este grito.

El evangelio de Lucas

Lucas es más conciliador, le aplica tres palabras más serenas de misericordia y confianza en el Padre:

  • “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

Estas palabras parecen añadidas al texto original, porque interrumpen el relato, faltan en algunos manuscritos importantes, y pueden estar tomadas de la oración de Esteban en Hechos 7,60. Sin embargo la excusa de la ignorancia en la condena de Jesús es un tema que se repite en Hechos (Hch 3,17; 13,27; 17,30) y el tema de la misericordia concuerda con todo el mensaje de Jesús y con las características del evangelio de Lucas.

  • “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43).

Este episodio puede estar inspirado en el relato de Marcos «también los que estaban crucificados con él lo insultaban», pero Lucas –o su fuente L– desarrolla ampliamente la escena. Acentúa el contraste entre Jesús y los otros ajusticiados, a los que llama malhechores (kakourgai) ) en vez de forajidos (lêstai);  y escenifica la petición de un de ellos –¡que lo invoca como Jesús!– para acentuar su respuesta de misericordia, con la promesa del paraíso inmediatamente después de la muerte. Algunos dudan de la historicidad de este episodio porque es exclusivo de Lucas, pero es igualmente consecuente con todo su evangelio.

  • Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23,46).

Lucas corrige una vez más el relato de Marcos al interpretar el grito final de Jesús con estas serenas palabras de confianza, tomadas del Salmo 31,6 según la traducción de los LXX , sustituyendo la invocación de Señor por la de Padre.

El evangelio de Juan

Este evangelio interpreta la muerte de Jesús no como fracaso humano sino como exaltación divina. Clavado en la cruz, Jesús, con serena majestad se ocupa de la comunidad que deja, y del cumplimiento de las profecías. Su teología simbólica ha dado pie a diversas interpretaciones, y resulta difícil establecer qué sentido quiso darle el autor.

  • “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-7)

Este pasaje contradice expresamente el texto de Marcos 15,40 que, respecto a los seguidores de Jesús, sólo habla tres mujeres “observando aquello de lejos” y ni siquiera está claro que una de ellas fuera su madre. Esta contradicción no tiene importancia porque la mayoría de los exégetas interpretan esta escena como simbólica: Jesús entrega a su madre –el Antiguo Testamento– al cuidado del discípulo, que simboliza el Nuevo Testamento; o, como interpretan otros, entrega la naciente comunidad al cuidado de su madre. Antiguo y Nuevo Testamento se reconocen y se integran en la nueva comunidad.

  • “Para que se cumpliese la escritura dice: tengo sed” (Jn 19,28)

Todo este pasaje insiste expresamente en el cumplimiento de la Escritura. Juan atribuye a Jesús la iniciativa al decir “tengo sed”, y no lo hace por la urgente necesidad que le ha provocado este martirio sino, con pleno dominio y majestad, “para que se cumpliese la escritura”. Los exégetas discrepan sobre si Juan alude a la sed física o a la espiritual. No hay ningún texto al que se refiera este cumplimiento; en sentido espiritual se cumple la escritura porque “los amó hasta el fin”, y porque entrega a los creyentes del don del Espíritu.

  • “Está cumplido” (Jn 19,30).

Plenamente dueño de sí, Jesús declara que ha dado cumplimiento al proyecto de Dios que habían anunciado los profetas. “Y, reclinando la cabeza, entregó el Espíritu”. Algunos comentaristas interpretan que reclinar la cabeza y entregar el Espíritu indican un acto consciente y voluntario, y añaden que Juan no dice que murió, sino que “entregó el Espíritu”, una expresión ambigua que puede indicar la muerte o la donación del Espíritu Santo.

Reflexión

Marcos, compañero de Pablo, escribió la primera biografía de Jesús para volver la atención desde el Cristo exaltado en su resurrección al Jesús de Galilea, y destacó los rasgos humanos de Jesús como la ira (Mc 3,5) y el “por qué me has abandonado”. Lucas, siguiendo una tendencia de la tradición, retomó al Jesús de Galilea pero limó las ásperas aristas de Marcos. El autor del evangelio de Juan continúa esta tendencia acentuando los rasgos espirituales de Jesús: no menciona su agonía en el huerto, y lo presenta en plena majestad en la cruz.

Los tres ven los mismos hechos con diversas perspectivas. Marcos ve el lado humano de Jesús, ve el revés nudoso del tapiz. Lucas y Juan ven los planes de Dios en esos mismos hechos, ven el dibujo del tapiz. Son tres legítimas consideraciones de la tradición cristiana. Cada cristiano puede acentuar una de estas reflexiones –o combinarlas– según los signos de los tiempos y su propio camino espiritual.

 

¿REPETIR? ¿RECREAR?, Gerardo Villar

FE ADULTA

Cada año en Semana Santa y en otras ocasiones, o cada equis tiempo, hacemos los mismos ritos, celebramos las mismas fiestas, repetimos las mismas costumbres. Es cuestión de repetir, de volver a hacer las mismas cosas, las mismas costumbres. Y la corrección consiste en no dejarse nada de lo acostumbrado, de lo ritual, de volver a hacer exactamente lo mismo.

Me falta creatividad. Es cierto que celebramos el mismo Hecho Fundamental: Jesús muere y vence a la muerte. Pero eso se puede expresar y sobre todo, se puede celebrar con formas, medios, expresiones distintas, vivas, eficaces, creativas, personales… Aquí y hoy.

Celebramos la Muerte y Resurrección de Jesús. Pero ¿Podemos vivirlo con formas vivas? Las tradiciones son estupendas, pero es importante que no pierdan el vigor, la viveza, la vida. Nuestra vida y la de los demás, está llena de acciones que reviven la pasión y resurrección de Jesús.

Ir al fondo. Jesús lavó los pies. ¿Por qué nos hemos empeñado en que sean doce hombres? ahí está el Papa que introduce alguna mujer. ¿No podríamos introducir la creatividad de muchas formas?

“Lavar los pies” Precioso gesto de Jesús y resulta que la mayoría de las personas que participan son abuelos que no pueden descalzarse. Y ¿si ponemos el rito de “mojarse” “implicarse” aunque no sea más que meter la mano en el agua?

Y en otras ocasiones ya la cosa es más gorda. Hay canciones como “Perdona a tu pueblo, Señor” que reflejan a un Dios enfadado.

Castigador. ¿Podríamos sustituirla por otras canciones más al estilo de Jesús? Hoy vemos y nos enteramos que cada religión, celebra unas fiestas.

Y lo importante es que descubramos y vivamos, si queremos, el sentido de estas fiestas.

Puede ocurrir que poco a poco, con el paso del tiempo, se van quedando atrás los motivos que iniciaron y se vayan convirtiendo en otras motivaciones, muchas veces con otros sentidos.

La fiesta de San Mateo, ya son las fiestas de septiembre.

¿Quién honra al santo apóstol? Así nos está pasando en la iglesia con muchas fiestas: Navidad, ya no es celebrar el nacimiento de Jesús, sino las fiestas de invierno.

¿Y Semana Santa? En origen es celebrar y vivir la muerte y la Resurrección de Jesús. Muchas veces la hemos dejado en fiestas de primavera, vacaciones, turismo.

¿Qué es en sí para los cristianos? Recordar, vivir y celebrar todo lo relacionado con la muerte y la Resurrección de Jesús. Dios no pone a su Hijo para que muera, sino que este Hijo, Jesús, lleno de amor y justicia, y bondad anuncia la Buena Noticia de que Dios es Padre y todos hermanos, se enfrenta a los religiosos, a los políticos, a los poderosos y eso le lleva a la cruz. La causa: el amor y el querer eficazmente un mundo nuevo. No de poder, prestigio, dinero y placer, sino de servicio, sencillez, austeridad y alegría. Es cierto que con el tiempo hemos ido añadiendo tantas cosas a eso fundamental, tantas costumbres, tantos actos, que muchas veces nos hemos olvidado de lo fundamental, lo esencial: Podríamos decir, celebrar que Jesús muere y vence esa muerte.

Jesús no está en el mundo para morir. Sino para amar y hacer un mundo nuevo de hermanos, de hijos de Dios. Eso le lleva a unas actitudes y acciones que le traen como consecuencia la muerte. Y celebramos que Dios Padre le da la plenitud, que vive con todos y en todos. Eso lo vivimos en la Eucaristía de la Última cena, la prisión, la muerte y la resurrección. Lo expresamos de muchas formas y con muchos ritos. Pero lo importante es no olvidarnos de lo esencial: Jesús ama, entrega la vida y el Padre le llena de Vida y glorificación.

Y este es el sentido de nuestra vida: ir dando la vida hasta la muerte, y acoger que el Padre Dios nos da la Plenitud de la Vida. Lo llamamos Resurrección: que no es venir a esta vida de nuevo, sino entrar en plenitud en la dimensión de Dios.

Qué grande celebrar y vivir la Semana Santa desde estas claves. Ojo

¡Que los ritos, costumbres no tapen ni cambien el sentido, sino lo expresen y nos ayuden a vivirlo en las celebraciones y en la vida!

Ya sé que es un hecho muy importante en nuestra Historia de fe, la liberación del pueblo de Israel con la matanza de los primogénitos de Egipto, pero todos los años me protesta algún feligrés por leer esa escena agresiva y violenta. ¿No hay realidades más creativas, positivas, alternativas hoy y en la historia?

Podría escribir páginas y páginas. Ojalá la Pascua la expresemos con gestos y signos de hoy. Manifestemos y celebremos nuestra fe en Jesús con modos nuevos, creativos y expresivos de nuestra Fe y Vivencia.

Pensemos en los horarios. ¿Cómo celebrar la Resurrección a horas tardías en templos fríos con personas mayores? Puede convertirse en una celebración gozosa, más temprana, acomodada a estas edades.

Si el Papa está pensando en cambiar las fechas de la Semana Santa en sintonía con otros católicos, ¿no sería bueno cambiar también muchos ritos, en sintonía con la cultura de hoy? ¿Semana que hacemos vivencial? Porque santo es todo.

 

Gerardo Villar

 

 

LA SEMANA SANTA: LA PARADOJA HUMANA, Enrique Martínez Lozano

Enrique Martínez Lozano
Fe Adulta

La celebración de la Semana Santa –más allá de las formas de expresión que ha ido adoptando a lo largo de siglos– pivota en torno al misterio central de la existencia humana, tal como aparece en el mundo manifiesto: el movimiento de muerte-resurrección: todo lo que ha nacido, morirá; y solo la muerte permite un nuevo nacimiento, porque –como decía Jesús- “si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto” (Jn 12,24).

De ese acontecimiento –como de cualquier otro–, caben varias lecturas.

En un plano mítico, se hacía fundamentalmente en clave expiatoria: la muerte de Jesús en la cruz es el medio querido por Dios para expiar nuestros pecados –fundamentalmente, el “pecado original”- y, de ese modo, recuperar la amistad divina. En esta perspectiva, Jesús es el “enviado celeste” que entrega su vida para salvar a toda la humanidad.

En el plano histórico, la cruz es consecuencia del poder despótico, religioso y político, capaz de eliminar a una persona inocente porque, sencillamente, les molestaba. Jesús asume la cruz como consecuencia de la fidelidad a su propio mensaje y la vive en actitud de entrega amorosa.

En un plano ético, La cruz proclama el compromiso de luchar por la justicia, poniéndonos, amorosa y eficazmente, del lado de los crucificados. Es lo que vimos en la persona de Jesús, cuya existencia estuvo marcada por la compasión y la predilección por los últimos.

En el plano simbólico o profundo, pueden apreciarse diversos significados. Por un lado, habla de aquel misterio central al que me refería más arriba, y que nos atraviesa constantemente: muerte y resurrección son las dos caras de la misma realidad aparente. En todo momento, de una manera consciente o no, estamos muriendo y resucitando: desde las células de nuestro organismo hasta nuestras ideas, todo se halla en proceso de constante cambio. El cambio constituye, de hecho, la ley que rige el mundo de las formas.

En segundo lugar, la cruz –así leída- es una invitación a vivir la muerte –cualquier muerte- de tal manera que sea oportunidad para que germine la vida en una nueva resurrección. Y eso ocurre cuando asumimos el cambio desde la consciencia de lo que somos, en aceptación lúcida y en coherencia con el fluir de la propia Vida que en él se manifiesta.

En tercer lugar, la cruz es símbolo de “muerte del yo”: cuando el yo es “crucificado”, se abre camino la “resurrección” a nuestra verdadera identidad. No se trata, ciertamente, de actuar contra el yo, sino de dejar de identificarnos con él y vivir como si él constituyera nuestra identidad.

Es aquí donde se aclara la paradoja, al comprender que tanto la muerte como la resurrección son solo formas complementarias que emergen de aquella Realidad profunda que transciende y, por eso, resuelve toda paradoja: no somos ninguna de las formas que cambian, sino Aquello previo a todo cambio, en cuyo seno se produce el despliegue cambiante de la historia y de los acontecimientos.

Como dijera Jesús, lo que somos es no-nacido –“antes de que Abraham naciese, Yo soy” (Jn 8,58)- y es uno con la Fuente: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30). Por eso, “quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9).

La cruz constituye, por tanto, una invitación a reconocer las dos caras de lo manifiesto –siempre en proceso de nacer y morir y volver a nacer-, abrazadas en la No-dualidad de lo que es. Y percibir esa doble realidad en nosotros mismos, que en cada momento estamos también naciendo-muriendo, pero que, al mismo tiempo, somos lo no-nacido, Aquello que, sencillamente, es.

Nos percibimos como una paradoja, pero somos la totalidad. Nos experimentamos como individuos limitados y temporales, sometidos al nacimiento y a la muerte, pero nuestra verdadera naturaleza es la plenitud infinita y eterna; nos experimentamos llenos de sombras y de sufrimiento, pero nuestra identidad última es gozo luminoso.

Y no se trata de una “creencia” más en la que el yo buscara consuelo, sino de la certeza que se nos regala cuando aprendemos a acallar la mente separadora y conectamos con el “conocimiento silencioso” en el que saboreamos Aquello que somos.

 

Enrique Martínez Lozano

 

 

ERRAMU IGANDEA – DOMINGO DE RAMOS, José Antonio Pagola

(Lukas 22,14–23,56)

Evangelio del 20/mar/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

ZER ARI DA JAINKOA HOR GURUTZEAN? – ¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?

Ebanjelioko pasartearen arabera, Golgota mendixkan gurutzean zen Jesusen aurretik pasatzean, jendeak burla egiten zion eta, haren ezinaz barre eginez, ziotsoten: «Jainkoaren Semea bahaiz, jaits hadi gurutzetik». Eta Jesusek erantzunik ez haien probokazioari. Soilik, misterioak harturiko isiltasuna da Jesusen erantzuna. Hain juxtu, Jainkoaren Semea delako jarraituko du gurutzean, hil arte.

Ezin saihestuak dira galderak: Nolatan sinets daiteke gizakiak gurutzetu duen Jainko batengan? Jabetzen al gara esaten ari garenaz? Zer ari da Jainkoa hor gurutzean? Nolaz iraun dezake Jainkoaz halako uste zentzugabean fundatua den erlijio batek?

Bai, «Jainko gurutziltzatu» hori iraultza da eta eskandalua, ustez ezagutzen dugun Jainkoaz gizon-emakumeok ditugun ideiak koloka jartzera behartzen gaituena. Gure Gurutziltzatu horrek ez du erlijioek Izate Gorenari leporatzen dioten ezaugarririk: ez aurpegierarik, ez bestelakorik.

«Jainko gurutziltzatu» hori ez da ez izate ahalguztiduna eta handientsua, ez mugiezina eta zoriontsua, ez da gizakiaren sufrimenaz axolatzen ez dena, baizik Jainko ahalik gabea eta umiliatua da, gurekin sufritzen duena mina, larria eta, are, heriotza bera. Gurutzearekin bitan bat: edo Jainkoarekiko gure fedea bukatutzat eman, edo Jainkoa modu berri eta harrigarri batean hartzera jo, gure sufrimenean haragitua izanik, modu sinestezinean maite gaituena.

Gurutziltzatuaren aurrean sumatzen hasten gara ezen Jainkoa, azken batean, gurekin sufritzen duen Jainkoa dela. Gure miseriak erasaten diona. Gure sufrimenak zipriztintzen duena. Ez da, nolabait esateko, gure atsekabeek, malkoek eta ezbeharrek ukitzen ez dute Jainkoa. Gure mundu honetako Kalbario guztietan da hura.

«Jainko gurutziltzatu» honek ez du biderik ematen gure nahikerien eta ameskerien zerbitzura egongo litzatekeen Jainko ahalguztidun batekiko fede axaleko eta egoistarako. Ostera, Jainko honek injustiziaren eta ezbeharren biktima den hainbat eta hainbat jenderen sufrimenari, bazter utziak izateari eta babesik ezari begira jartzen gaitu. Jainko honekin topo egiten dugu edozein gurutziltzatuagana hurbiltzen garenean.

Zoritxarrez, kristauok mila itzulinguru egiten dugu askotan «Jainko gurutziltzatuarekin» topo ez egiteko. Are, Jaunaren Gurutzera begiak jasotzen ikasi dugu, geure aurrean ditugun gurutziltzatuei ezikusiarena eginez bada ere. Halaz guztiz, Jaunaren Nekaldia erarik jatorrenean ospatzeko modua geure errukiari biziera berria ematea da. Hori egin ezean, «Jainko gurutziltzatuarekiko» gure fedea urardo bihurtzen da, eta mila manipulazio-erari ematen zaio aukera. Gure Gurutziltzatuari muin egiteak jar gaitzala, gugandik hurbil nahiz urrun, sufritzen ari direnei begira.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Domingo de Ramos

– C (Lucas 22,14–23,56)

Evangelio del 20/mar/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz».Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

José Antonio Pagola

 

HISTORIA DE DOS PADRES, José Luis Sicre

José Luis Sicre
FE ADULTA

El taxista de Barcelona y su hija pródiga

Leí la noticia hace años, creo que en 1997, y me impresionó por el enorme parecido de la historia con la parábola del hijo pródigo. En Barcelona, una muchacha decide irse de su casa y vivir con su novio. Hasta aquí, nada raro. Pero poco después organizan un viaje a la India, con fines no puramente turísticos; al intentar volver a España, los detienen por tráfico de drogas y los encarcelan. El padre, que es el gran protagonista del relato, no la madre, en vez de maldecir a la hija por haberlos abandonado para vivir con un camello y por ser tan estúpida como para confiar en él, convencido de que es inocente hace todo lo posible para sacarla de la cárcel. Afronta grandes gastos, pierde poco a poco todos sus bienes y termina vendiendo el taxi para pagar a los abogados y los trámites. Pero consigue recuperar a su hija y se reencuentran en el aeropuerto de Barcelona.

Dos hijos y dos padres

Mucha gente conoce todavía la parábola del hijo pródigo y habrán visto las diferencias con el relato anterior. A la hija del taxista y al hijo pródigo se les puede acusar de marcharse de su casa de mala manera, sin preocuparse por lo que sentirá su padre. Por lo demás, son muy distintos: la hija peca de ingenua e imprudente; el hijo es un sinvergüenza que solo piensa en divertirse de mala manera. La hija no tiene posibilidad de volver; el hijo, sí.

También los padres se diferencian. El taxista hace todo lo posible para recuperar a su hija. El de la parábola espera pacientemente a su hijo; todo lo hace al final: correr a su encuentro, abrazarlo, organizar un gran banquete. Objetivamente, sale ganando el taxista. Pero es que no conocemos la verdadera historia de la parábola.

La verdadera historia del padre y del hijo pródigo

a) El hijo rebelde y el Padre irascible que perdona (Oseas)

La idea de presentar las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel como las de un padre con su hijo se le ocurrió por vez primera, que sepamos, al profeta Oseas en el siglo VIII a.C. En uno de sus poemas presenta a Dios como un padre totalmente entregado a su hijo: le enseña a andar, lo lleva en brazos, se inclina para darle de comer; pasando de la metáfora a la realidad, cuando era niño lo liberó de la esclavitud de Egipto. Pero la reacción de Israel, el hijo, no es la que cabía esperar: cuanto más lo llama su padre, más se aleja de él; prefiere la compañía de los dioses cananeos, los baales. De acuerdo con la ley, un hijo rebelde, que no respeta a su padre ni a su madre, debe ser juzgado y apedreado. Dios se plantea castigar a su hijo de otro modo: devolviéndolo a Egipto, a la esclavitud. Pero no puede. “¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena, no te volveré a destruir, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador” (Oseas 11,1-9).

El hijo que presenta Oseas se parece bastante al de la parábola de Lucas: los dos se alejan de su padre, aunque por motivos muy distintos: el de Oseas para practicar cultos paganos, el de Lucas para vivir como un libertino.

Mayor diferencia hay entre los padres. El de Oseas reacciona dejándose llevar por la indignación y el deseo de castigar, como le ocurriría a la mayoría de los padres. Si no lo hace es “porque soy Dios, y no hombre”, y lo típico de Dios es perdonar. Lucas no dice qué siente el padre cuando el hijo le comunica que ha decidido irse de casa y le pide su parte de la herencia; se la da sin poner objeción, ni siquiera le dirige un discurso lleno de buenos consejos.

b) El hijo arrepentido y el Padre que lo acoge (Jeremías)

La gran diferencia entre Oseas y Lucas radica en el final de la historia: Oseas no dice cómo termina, aunque se supone que bien. Lucas se detiene en contar el cambio de fortuna del hijo: arruinado y malviviendo de porquerizo, se le ocurre una solución: volver a su padre, pedirle perdón y trabajo. En cambio, no sabemos qué pasa por la mente del padre durante esos años. Lucas se centra en su reacción final: lo divisó a lo lejos, se enterneció, corrió, se le echó al cuello, lo besó. Cuando el hijo confiesa su pecado, no le impone penitencia ni le da buenos consejos. Parece que ni siquiera le escucha, preocupado por dar órdenes a los criados para que organicen un gran banquete y una fiesta.

¿Cómo se le ocurrió a Lucas hablar de la conversión del hijo? Oseas no dice nada de ello, pero sí lo dice Jeremías. A este profeta de finales del siglo VII a.C. le gustaban mucho los poemas de Oseas y a veces los adaptaba en su predicación. Para entonces, el Reino Norte ha sufrido el terrible castigo de los asirios. El pueblo piensa que el perdón anunciado por Oseas no se ha cumplido, pero no por culpa de Dios, sino por culpa de sus pecados. Y le pide: “Vuélveme y me volveré, que tú eres mi Señor, mi Dios; si me alejé, después me arrepentí, y al comprenderlo me di golpes de pecho; me sentía corrido y avergonzado de soportar el oprobio de mi juventud”. Y Dios responde: “Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto. Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión” (Jeremías 31,18-28). En estas palabras, que reflejan el arrepentimiento del pueblo y su confesión de los pecados, se basa la reacción del hijo en Lucas.

Un as en la manga de Lucas: el hijo mayor

Sin embargo, cuando leemos lo que precede a la parábola, advertimos que el problema no es de Dios sino de ciertos hombres. A Dios no le cuesta perdonar, pero hay personas que no quieren que perdone. Condenan a Jesús porque trata con recaudadores de impuestos y prostitutas y come con ellos.

Entonces Lucas saca un as de la manga y depara la mayor sorpresa. Introduce en la parábola un nuevo personaje que no estaba en Oseas ni Jeremías: un hermano mayor, que nunca ha abandonado a su padre y ha sido modelo de buena conducta. Representa a los escribas y fariseos, a los buenos. Y se permite dirigirse a su padre como ellos se dirigen a Jesús: con insolencia, reprochándole su conducta.

El padre responde con suavidad, haciéndole caer en la cuenta de que ese a quien condena es hermano suyo. “Estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y ha sido encontrado”.

¿Sirve de algo esta instrucción? La mayoría de los escribas y fariseos responderían: “Bien muerto estaba, ¡qué pena que haya vuelto!” Y no podríamos condenar su reacción porque sería la de la mayoría de nosotros ante las personas que no se comportan como nosotros consideramos adecuado. El mundo sería mucho mejor sin ladrones, asesinos, terroristas, adúlteros, abortistas, gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, banqueros, políticos… y cada cual puede completar la lista según sus gustos e ideología.

La diferencia entre el padre y el hermano mayor es que el hermano mayor solo se fija en la conducta de su hermano pequeño: “se ha comido tu fortuna con prostitutas”. En cambio, el padre se fija en lo profundo: “este hermano tuyo”. Cuando Jesús come con publicanos y pecadores no los ve como personas de mala conducta, los ve como hijos de Dios y hermanos suyos. Pero esto es muy difícil. Para llegar ahí hace falta mucha fe y mucho amor.

Qué duro es ser padre, qué duro es ser Dios.

Los padres que tienen hijos muy distintos en sus comportamientos y sus ideas son los que mejor pueden comprender a Dios Padre. Tiene unos hijos muy especiales. Algunos parecen muy buenos, otros muy malos. Pero a todos los mira como hijos, a todos los quiere y los defiende.

 

José Luis Sicre

 

 

Garizumako 4. igandea – 4º Domingo de Cuaresma, «BESTE SEMEA-EL OTRO HIJO», José A. Pagola

C (Lukas 15,1-3.11-32)

Evangelio del 06/mar/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

BESTE SEMEA

Jesusen parabolarik hunkigarriena, inondik ere, «aita onaren» hura da, era okerrean «seme hondatzailearen parabola» deitu izan dena. Hain juxtu, «seme gazte» honek deitu izan die atentzioa komentariogileei eta predikariei. Hura etxera itzuli eta aitak sinestezineko moduan hartu izanak kristau-belaun guztiak hunkitu izan ditu.

Halaz guztiz, «seme nagusiaz» ere mintzo da parabola; aitarekin gelditu da hau, anaiaren bizitza nahasia imitatu gabe, etxetik urrun. Galdua zen semeari ongietorri egiteko aitak antolatu duen jaiaren berri eman diotenean, asaldatu egin da. Anaia itzuli izanak ez dio pozik eman, aitari bezala, baizik errabia:«haserretu zen eta ez zuen joan nahi» jaira. Ez zuen etxetik alde egin sekula; orain, ordea, arrotz sentitu da bereen artean.

Sartzeko dei egitera irten zaio aita, anaia onartu duen txera berarekin. Baina ez zaio joan oihuka, ezta agindua emanez ere. Maitasun apalez, «konbentzitu egin nahi du» harrerako festan parte har dezan. Orduantxe lehertu da gure mutila, bere erresumina agerian jarriz. Bizitza osoa eman du aitaren esana eginez, baina ez du ikasi aitak bezala maitatzen. Orain, bere eskubideak bakarrik ditu gogoan eta anaia gutxiestea.

Horra seme nagusiaren tragedia. Ez du sekula etxetik alde egin, ez, baina bihotza urrun izan du beti. Aginduak betetzen badaki, baina maitatzen ez. Ez du ulertu aitak galdua zen seme hari zion maitasuna. Ez daki zer den onartzea eta barkatzea, ez du deus jakin nahi bere anaiaz. Gure ikusmina ase gabe bukatu du Jesusek parabola: sartu ote zen ala kanpoan gelditu?

Gizarte modernoko krisi erlijiosoan murgildurik, ohituak gara fededunez eta fedegabeez mintzatzen, betetzaileez eta urrunduez, Elizak bedeinkaturiko ezkontza-bikoteez eta arauz kanpoko egoerako bikoteez… Guk haren seme-alabak sailkatzen jarraitzen dugun bitartean, guztion zain jarraitzen du Jainkoak, ez baita hura jende onaren ondare, ezta betetzaileena ere. Guztien Aita da.

«Seme nagusia» interpelatzen ari zaigu haren ondoan bizi garela uste dugunoi. Zer ari gara egiten Eliza bertan behera utzi ez dugunok? Geure superbizipena segurtatzen agindutakoa ahalik hobekien betez, ala bere seme-alaba guztiez Jainkoak duen maitasunaren testigu izaten? Elkarte irekiak ari al gara eraikitzen, duda-muda eta galdera artean Jainkoaren bila dabiltzanei ulertu, onartu eta lagun egiten dakitenak eraikitzen? Hesiak jartzen eta zubiak egiten ari ote gara? Adiskidetasuna eskaintzen ala errezeloa agertzen?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

Cuaresma – C (Lucas 15,1-3.11-32)
por Coordinador Grupos de Jesús

EL OTRO HIJO

Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del «padre bueno», mal llamada «parábola del hijo pródigo». Precisamente este «hijo menor» ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.

Sin embargo, la parábola habla también del «hijo mayor», un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «se indignó y se negaba a entrar» en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora solo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.

Esta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?

Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular… Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.

El «hijo mayor» es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?

José Antonio Pagola

 

 

 

«LA CONVERSIÓN QUE PIDE EL EVANGELIO», E. MTNEZ LOZANO


Escrito por  Enrique Martínez Lozano
FE ADULTA
Lc 13, 01-09

El presente relato, exclusivo de Lucas, plantea una reflexión sobre la conversión, en forma de parábola, tomando pie de unos sucesos dramáticos que habían conmocionado a la población.

Para entender la «novedad» de la respuesta de Jesús, es preciso conocer que, en la mentalidad judía, la enfermedad y el mal, en general, eran consecuencia del propio pecado. La ausencia de mal, por el contrario, era considerada signo de la bendición divina.

Jesús se desmarca de esa idea tradicional, desatando el nudo «religioso» entre sufrimiento y pecado. Al haber anudado ambas realidades, quienes sufrían cualquier calamidad se convertían automáticamente en objeto de juicio condenatorio por parte de los demás y ellos mismos se veían abocados a un angustiante sentimiento de culpabilidad y desesperanza. La desgracia los limitaba; la culpabilidad terminaba hundiéndolos.

Es sabido que la autoridad tiende con facilidad a generar sentimientos de culpa, porque un sujeto culpabilizado se convierte en alguien sumiso y dispuesto a seguir los dictados del superior. Desde los papás que amenazan al hijo con no quererlo si no hacen lo que le mandan, hasta la religión que habla de castigos, lo que se está buscando –consciente o inconscientemente- es «obediencia» y sumisión.

La culpabilidad, sin embargo, hace daño. Entre ella, que suele acabar en el hundimiento, y la irresponsabilidad que infantiliza y, en forma de autojustificación, fortalece el narcisismo, la actitud sana es la responsabilidad, como sentimiento maduro de quien entiende la vida como «respuesta» –ésa es su etimología- coherente con las distintas situaciones que se le presentan.

Es la responsabilidad la que produce pesar y dolor en las ocasiones en que, alejándonos de la fidelidad a lo mejor de nosotros mismos, provocamos daño a los otros o a nuestro medio. Pero ese pesar doloroso –a diferencia de la culpabilidad- no paraliza ni hunde, sino que moviliza para el cambio.

Así entendido, me parece que es sano desenmascarar radicalmente cualquier sentimiento de culpabilidad de un modo tajante:

«Somos responsables de todo aquello en lo que intervenimos
y de aquello otro que omitimos,
pero no somos culpables de nada».

Es a esta responsabilidad a la que podemos asociar con la conversión que pide el evangelio. Porque el «perecer» de que habla no hay que entenderlo en clave de amenaza ni castigo, sino sencillamente como la consecuencia de una actitud y un comportamiento desajustados.

Por decirlo de un modo simple: si no somos responsables –si no respondemos humanamente a los diferentes desafíos que la vida nos presenta-, nos estamos cerrando la salida, creando infelicidad para nosotros mismos, haciendo la convivencia imposible y destruyendo el planeta; es decir, estamos provocando nuestro propio desastre.

A eso precisamente apunta la parábola de la higuera plantada en la viña. Parece que, como trasfondo, estaría un rito habitual que consistía en acercarse a un árbol para convencerle, hacha en mano, de que fructificara el próximo año, amenazándolo con cortarlo si esto no ocurría.

La parábola, sin embargo, pone también de relieve la paciencia del viñador. A pesar de llevar «tres años» –un tiempo «definitivo»- sin dar fruto, todavía el viñador sigue confiando en ella, a la vez que le ofrece todos los cuidados con esmero: «cavaré alrededor y le echaré estiércol».

Jesús parece subrayar la paciencia divina, porque comprende y respeta el momento y el ritmo de cada persona. Conocedor del corazón humano, sabe de los condicionamientos de todo tipo que pesan sobre él:

· sufrimientos pendientes o no elaborados,
· mecanismos de defensa puestos en marcha a lo largo de la vida para poder sobrevivir,
· ignorancia básica de quiénes somos y de lo que nuestro ser quiere vivir…

Necesitamos tiempo y paciencia para crecer en lucidez y en consciencia, así como en libertad interior –frente a los propios miedos y necesidades-, para poder ser coherentes y fieles a lo mejor de nosotros mismos.

Desde esa fidelidad, todo empieza a cobrar sentido: nos abrimos a quienes somos y vamos construyendo relaciones armoniosas. Eso es lo que significa, según el evangelio, «dar fruto», y que queda admirablemente sintetizado en las palabras de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (evangelio de Lucas 6,36).

Por eso, cuando la religión ha olvidado (olvida) este principio tan elemental, se ha pervertido: ha generado demasiado sufrimiento y ha provocado ateísmo. Se ha alejado de su núcleo espiritual, que no es otro que la compasión y la libertad, para convertirse en «religión de poder», centrada en la norma, el credo, el rito o el miedo.

En esta misma dirección señalan las sabias palabras del Dalai Lama, en el relato de Leonardo Boff.

Cuenta el teólogo Leonardo Boff, una de las figuras sobresalientes de la teología de la liberación, que, en una ocasión, le preguntó al Dalai Lama:

«Santidad, ¿cuál es la mejor religión?».

El Dalai Lama hizo una pequeña pausa, sonrió y le contestó:

«La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al Infinito. Es aquella que te hace mejor».

Para salir de la perplejidad ante tal respuesta, volvió a preguntarle:

«¿Qué es lo que me hace mejor?».

El respondió:

«Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético… La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión».

Y Boff concluye:

«Hasta el día de hoy estoy rumiando su respuesta sabia e irrefutable. No me interesa, amigo, tu religión, o si tienes o no tienes religión. Lo que realmente me importa es tu conducta delante de tu semejante, de tu familia, de tu trabajo, de tu comunidad, delante del mundo».

No hay otro criterio más acertado: «La mejor religión es la que hace mejores personas». O, como dijo el propio Dalai Lama, en otra ocasión, «mi religión es la compasión». Una respuesta totalmente «cristiana», porque fue eso –y no otros supuestos «intereses religiosos»- lo que Jesús vivió y enseñó.

De Jesús son palabras tan inequívocas como éstas:

«No todo el que me diga «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de Dios, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre» (evangelio de Mateo 7,21).

O, citando a Oseas:

«Misericordia quiero, y no sacrificios» (Mateo 12,7).

Y, con toda rotundidad:

«Lo que hayáis hecho a estos mis hermanos, me lo hicisteis a mí… Lo que no hicisteis a uno de estos más pequeños, no me lo hicisteis a mí» (Mateo 24,40.45).

No podía haber otro criterio para aquél, a quien se definió de esta forma: «Pasó por la vida haciendo el bien» (Hechos de los Apóstoles 10,38).

Sin falsos o trasnochados espiritualismos, aquí se halla lo decisivo del cristianismo: lo que cuentan no son los «discursos religiosos», sino «hacer el bien», en lo que coincide la llamada «regla de oro», presente en todas las grandes tradiciones de sabiduría: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros» (Mateo 7,12).

En una época de «ocaso religioso», debido a un cambio en el «nivel de conciencia» –las formas religiosas conocidas son deudoras de estadios anteriores-, me parece importante centrarse en la sabiduría espiritual que está en el origen de todas aquellas tradiciones.

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

 

La Cuaresma de la Palabra, Gabriel Mª Otalora

LA CUARESMA DE LA PALABRA
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com

ECLESALIA.- La Palabra tiene que ocupar un lugar central en la vida de la comunidad cristiana como fuente directa de nuestra conversión personal y transformación evangélica. Según un estudio de opinión, el porcentaje de familias españolas que tienen una Biblia en casa apenas llega al 50%, pero el dato preocupante es que apenas un 2% la utilizan para una lectura asidua. La Palabra vino al mundo, y los suyos no la recibieron… Leer más

Garizumako 3. igandea C – 3º Domingo de Cuaresma, José A. Pagola

(Lukas 13,1-9)

Evangelio del 28/feb/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

ZERTAN GARA GU? – ¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS?

Ezezagun batzuek jakitera eman diote Jesusi ezen sekulako sarraskia egin dietela galilear batzuei tenpluaren barne sakratuan. Eragilea, beste behin, Pilato izan da. Hau iruditu zaie izugarriena: jende haren odola Jainkoari eskaintzen ari ziren animalien odolarekin nahasi izana.

Ez dakigu zergatik jo duten Jesusengana. Biktimekin bat egin dezan nahi ote dute? Halako heriotza iraingarria merezi izateko, zein bekatu beldurgarri egin duten argitu diezaien nahi ote dute? Eta bekatu egin ez badute, zergatik bide eman dio Jainkoak heriotza sakrilego honi bere tenpluan berean?

Jerusalemen izana den beste gertaera dramatiko bat gogora ekarriz erantzun die Jesusek: Siloeko urtegi ondoko harresiko dorrea erortzean zapaldurik hil diren hemezortzi pertsonen heriotza. Eta gertaera bi hauez baieztapen bera egin du Jesusek: biktima horiek ez ziren –esan die– gainerako jendea baino bekatariago. Eta ohar bera dagi bukatzeko: «bihotz-berritzen ez bazarete, guztiak galduko zarete».

Zer pentsatua ematen du Jesusen erantzun honek. Beste ezer baino lehen, uko egin dio zoritxarra Jainkoak eragindako zigorra delako sineskeria tradizionalari. Jainkoa ez da Jesusentzat epaile zorrotz bat, bere seme-alabak nola zigortuko dabilena, han eta hemen, bekatuen erantzuntzat, gaixotasunak, istripuak edo zoritxarrak bidaliz dabilena.

Ondoren, aldatu egin du haien ikuspegia. Ez da gelditu zoritxarren azken jatorriaren zoko-moko teorikoetan, biktimen erruaz edo Jainkoaren gogoaz hitz eginez. Aurrean dituen haiengana itzuli da, beren buruari begira jarrarazteko: gertaera hauetan Jainkoaren deia entzun behar dute, bihotz-berri daitezen eta bizieraz alda.

Gu geu, Haitiko lurrikara tragikoaz larriturik gara oraino. Nola irakurri tragedia hau Jesusen jarreratik? Dudarik gabe, lehen gauza ez da Jainkoa non den galdezka hastea, baizik non garan gu galdetzea. Konbertsiora bidera gaitzakeen galdera ez da hau: «zergatik bide eman dio Jainkoak zoritxar beldurgarri honi?», baizik «zergatik uzten dugu guk geuk hainbat jende miserian bizitzea, hain babesgabe bizitzea naturaren indarraren aurrean?».

Jainko gurutziltzatua ez dugu aurkituko urruneko jainko bati kontuak eskatuz, baizik biktimekin bat eginez. Ez dugu aurkituko haren axola-ezaz protesta eginez edo haren existentzia ukatuz, baizik mila eratan lan eginez Haitikoen eta mundu osokoen mina arintzeko. Orduan, agian, sumatuko dugu argi eta ilun artean Jainkoa biktimekin dela, haien betiko duintasuna defendatuz, eta gaitzaren kontra ari direnekin dela, haiei borrokan adore emanez.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

3 Cuaresma – C (Lucas 13,1-9)

Evangelio del 28/feb/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS?

Unos desconocidos le comunican a Jesús la noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto sagrado del templo. El autor ha sido, una vez más, Pilato. Lo que más les horroriza es que la sangre de aquellos hombres se haya mezclado con la sangre de los animales que estaban ofreciendo a Dios.

No sabemos por qué acuden a Jesús. ¿Desean que se solidarice con las víctimas? ¿Quieren que les explique qué horrendo pecado han podido cometer para merecer una muerte tan ignominiosa? Y si no han pecado, ¿por qué Dios ha permitido aquella muerte sacrílega en su propio templo?

Jesús responde recordando otro acontecimiento dramático ocurrido en Jerusalén: la muerte de dieciocho personas aplastadas por la caída de un torreón de la muralla cercana a la piscina de Siloé. Pues bien, de ambos sucesos hace Jesús la misma afirmación: las víctimas no eran más pecadores que los demás. Y termina su intervención con la misma advertencia: «si no os convertís, todos pereceréis».

La respuesta de Jesús hace pensar. Antes que nada, rechaza la creencia tradicional de que las desgracias son un castigo de Dios. Jesús no piensa en un Dios «justiciero» que va castigando a sus hijos e hijas repartiendo aquí o allá enfermedades, accidentes o desgracias, como respuesta a sus pecados.

Después, cambia la perspectiva del planteamiento. No se detiene en elucubraciones teóricas sobre el origen último de las desgracias, hablando de la culpa de las víctimas o de la voluntad de Dios. Vuelve su mirada hacia los presentes y los enfrenta consigo mismos: han de escuchar en estos acontecimientos la llamada de Dios a la conversión y al cambio de vida.

Todavía vivimos estremecidos por el trágico terremoto de Haití. ¿Cómo leer esta tragedia desde la actitud de Jesús? Ciertamente, lo primero no es preguntarnos dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. La pregunta que puede encaminarnos hacia una conversión no es «¿por qué permite Dios esta horrible desgracia?», sino «¿cómo consentimos nosotros que tantos seres humanos vivan en la miseria, tan indefensos ante la fuerza de la naturaleza?».

Al Dios crucificado no lo encontraremos pidiéndole cuentas a una divinidad lejana, sino identificándonos con las víctimas. No lo descubriremos protestando de su indiferencia o negando su existencia, sino colaborando de mil formas por mitigar el dolor en Haití y en el mundo entero. Entonces, tal vez, intuiremos entre luces y sombras que Dios está en las víctimas, defendiendo su dignidad eterna, y en los que luchan contra el mal, alentando su combate.

José Antonio Pagola

 

 

«La Cuaresma» 2016, Jesús Mª Urío

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Los tiempos litúrgicos no son períodos estancos, que celebramos una vez al año, y se suceden uno tras de otro, con experiencias que ya no se repetirán. Esos períodos nos sirven para resaltar experiencias y vivencias existenciales que son, generalmente, frecuentes en la vida, que no avisan, y que no tienen reservado tiempo, cronológico o climatológico, en que esas experiencias sean más probables. Para entender muy fácilmente lo que quiero decir, es importante distinguir dos niveles en la vivencias existenciales:

1º, el nivel de la realidad. Por ejemplo, en ésta, la realidad, la experiencia del dolor, del fracaso, de la limitación, de la insatisfacción, sucede cuando llega, no tiene ni fechas, a no ser que sean el recuerdo de algo que ya sucedió con fecha y hasta hora, ni épocas. Pasa cuando pasa, por motivos y causas que pueden, o no, directa o indirectamente, tener relación con el sujeto que la padece.

2º, el nivel de la celebración. Éste sí, lo escoge la actividad humana. La alegría desbocada, la farra y el desenfreno puede suceder en multitud de ocasiones y de variables, pero los hombres nos ponemos de acuerdo para celebrarlos, por ejemplo, en los días previos al inicio de la cuaresma, en el carnaval. Lo mismo sucede con el nivel celebrativo de lo que he recordado en el párrafo anterior: el dolor, la enfermedad, el fracaso, la muerte, puede suceder en cualquier momento, pero lo celebramos, y ahora entramos en el ámbito de la Liturgia cristiana en un tiempo concreto, que llamamos la Cuaresma.

Cada tiempo litúrgico celebra una experiencia humana relevante, que a todos los seres humanos les llegará algún día. Así, afirmamos que en el Adviento celebramos el paso del tiempo, que nos empuja a determinados momentos, convertidos muchas veces en objetivos, como el acabar la carrera, el casarse, el comprar una casa, etc. Así como también el modo humano, profundamente variable de “pasar el tiempo”. En las parroquias que me han tocado en mi vida pastoral, desde que me ordené, hace ya 48 años, excepto una vez, en que no lo hice, siempre, con esa excepción, el primer Domingo de Adviento les cito la obra teatral de Samuel Beckett, “Esperando a Godot”, que nos ayuda a caer en la cuenta de lo que celebramos más profundamente en ese tiempo litúrgico, y que no es simplemente, como a veces afirmamos ingenuamente una preparación de la Navidad, sino un ejercicio consciente, meditado e iluminado por la Palabra de Dios, sobre nuestra manera de pasar el tiempo, y de esperar algún acontecimiento decisivo para nuestra vida. Entre otras cosas nos ayudará a discernir si perdemos o no el tiempo, como los que esperan desgraciadamente a Godot.

Siempre hemos oído que la Cuaresma es, mientras esperamos la Pascua, una seria reflexión sobre el dolor, el desasosiego, la incertidumbre, el fracaso, la vejez, la muerte. Evidentemente, sin el necesario y maravilloso contrapeso de la Pascua, el ejercicio cuaresmal sería inocuo y contraproducente. Pero el peligro es, como ha sucedido hasta nuestros días, exactamente hasta el Concilio Vaticano II, que el modo, las formas y tradiciones de celebrar la Cuaresma ha desviado la atención, del foco principal, a lo secundario y anecdótico. Todavía hay curas que el domingo pasado, informando de la celebración del miércoles de ceniza, alertaban a sus fieles de los detalles del cumplimiento del ayuno y la abstinencia, en un desprecio del Concilio, o en una actitud inconsciente y desinformada. Yo prefiero esta segunda alternativa.

Evidentemente, como me decía un feligrés, buena persona, pero burguesón y vividor él, con un cinismo soportable, porque era entre amigos, con aquello del asco, que se produce cuando abunda la confianza, pues me reconocía: “Me encanta la abstinencia de los viernes de Cuaresma, que mi abuela y mi madre lo ampliaban a todos los viernes del año, porque así teníamos un motivo magnífico para comer una buena merluza de pincho con almejas, y, en los buenos tiempos, una cazuela de angulas”. Por lo menos, aunque fuera cínicamente, ese antiguo amigo tomaba conciencia de la hipocresía que se puede encerrar en algunas prácticas de penitencia. Y no digamos cuando para librarse de alguna de ellas se podía pagar un tributo pecuniario.

La Cuaresma, como tiempo litúrgico cristiano, solo tiene sentido si la vivimos con la guía e iluminación de la Palabra de Dios, y con la cercanía de los hermanos de la Comunidad. Los sacrificios, sin la Palabra, y sin compartir solidariamente con los hermanos “las alegrías, los gozos, las amarguras y las desventuras”, no nos sirven para nada.