Benjamín Forcano, sacerdote y teólogo
Quien no conozca un poco la historia seguramente pensará que en la Iglesia católica las normas son inamovibles.
Pero nada más lejos de la realidad. En el siglo XIII bulas del Papa Inocencio IV y en el XVI del Papa León X afirmaban “ser voluntad del Espíritu quemar a los herejes” y Galileo fue censurado para evitar que la razón científica pudiera constituirse al margen del Magisterio.
Más recientemente, se seguía afirmando que la Iglesia “es una sociedad de desiguales”, que “la división de clases en la sociedad es conforme a la voluntad divina”, que “la libertad religiosa era poco menos que un delirio”, que “el matrimonio era un contrato entre un hombre y una mujer para procrear”.
El concilio Vaticano II (cima del magisterio eclesial) modificó de raíz estas perspectivas. Afirmó ser ley fundamental la igualdad de todos los miembros dentro de la Iglesia (LG, 32), ser fundamental el derecho a la libertad religiosa (DH, 2) y comprender el matrimonio como una comunidad de vida y amor, teniendo razón de ser aun cuando falte la descendencia (GS, 50).