Aníbal Pastor
Se debería ir acondicionando los servicios de la iglesia de manera tal que mujeres igual que hombres puedan presidir la eucaristía. Leer más
Aníbal Pastor
Se debería ir acondicionando los servicios de la iglesia de manera tal que mujeres igual que hombres puedan presidir la eucaristía. Leer más
Enrique Martínez Lozano
Si algo parece incuestionable es que nos hallamos ante una crisis global, en muchos sentidos sin precedentes en la historia de nuestra especie. Pero esto puede ser una buena noticia. Leer más
José Antonio Pagola
No es fácil analizar lo que está sucediendo. El momento actual es complejo y está lleno de tensiones y contradicciones. No todos hacen la misma lectura, pero casi siempre se pronuncia una palabra: «crisis». Leer más
(Prov 9,1-6) “Los inexpertos que vengan, voy a hablar a los faltos de juicio”.
(Ef. 5,15-20) “No os emborrachéis con vino, sino dejaros llenar del Espíritu”.
(Jn 6,51-59) “Yo vivo por el Padre y el que me coma vivirá por mí”.
El concepto “Vida” aplicado a Dios es una metáfora. Dios es, para Jesús y para nosotros, infinitamente más de lo que podemos expresar con “vida”.
El evangelio del hoy no solo es continuación del domingo pasado, sino que se repite el último versículo para que no perdamos el hilo. Ya dijimos que todo el capítulo está concebido como un proceso de iniciación. Partiendo del pan compartido, ha ido progresando hasta la oferta definitiva de hoy. Después de esa oferta ya no queda más alternativa: o seguir a Jesús o abandonar la empresa y seguir cada uno el camino de su ego.
¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Para los judíos del tiempo de Jesús el ser humano era un bloque monolítico, ni siquiera tenían un término para designar lo que nosotros llamamos alma sin el cuerpo o cuerpo sin el alma. Hablar de carne era hablar de la persona entera. Esa carne es su misma realidad humana, no la carne física separada. Para un judío la idea de comer (masticar) la carne de otro era sencillamente repugnante, porque significaba que se tenía que aniquilar al otro para hacer suya la sustancia vital del otro.
Si no coméis la carne de este Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Jesús, en vez de intentar suavizar su propuesta, la hace aún más dura; porque si era ya inaceptable el comer la carne, fijaros qué tendría que suponer para un judío la sola idea de beber la sangre, que para ellos era la vida, propiedad exclusiva de Dios, con prohibición absoluta de comerla. Jesús les pone como condición indispensable para seguirle que coman su carne y beban su sangre. Jn insiste en que eso que les repugna es lo que deben hacer con Jesús. Apropiarse de su energía, hacer suya su misma vida.
Debemos tener muy en cuenta que en este capítulo se habla de “carne”, pero en todas las referencias a la eucaristía de los sinópticos y de Pablo se habla de “cuerpo”. Para nosotros los dos términos son intercambiables, pero para la antropología judía eran aspectos muy diferentes. Carne es el aspecto más bajo del hombre, la causa de todas sus limitaciones. Cuerpo, por el contrario, significa el aspecto humano que le permite establecer relaciones; sería el sujeto de todos los verbos: yo, tú, él… Es la persona, el yo como posibilidad de enriquecerse o empobrecerse en sus relaciones con los demás seres humanos.
La cultura griega introdujo un concepto que no existía en la mentalidad judía. Al entender “cuerpo” como la parte física hemos tergiversado la comprensión del sacramento de la eucaristía. Para ser fieles al relato evangélico tendríamos que traducir: “esto en mi persona, esto soy yo”. Sin olvidar que lo esencial no es lo que dijo, sino lo que hizo. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En esto coinciden los tres sinópticos. No se trata de un pan cualquiera, sino de un pan tomado, eucaristizado, partido y repartido. Después de hacer eso Jesús queda identificado con ese pan que se parte y se reparte.
Al hablar de “carne” Jn está en otra dinámica. Trata de decirnos que lo que tenemos que hacer nuestro de Jesús es su parte más terrena, la realidad más humilde y baja de su ser. Tenemos que imitar lo que él es en la carne pero gracias al Espíritu. Sin duda está pensando en el significado más profundo de la encarnación, a la que Jn da tanta importancia.
En la concepción falseada de “cuerpo” no hay ninguna diferencia entre el cuerpo y la sangre, porque la sangre es también cuerpo. Pero si hacemos la distinción adecuada, resulta que son dos signos diferentes. El primero hace referencia a la persona en su vida normal de cada día. El segundo, sangre, hace referencia a la vida. En efecto, cuando la sangre se escapa por la herida la vida también desaparece. Cuando Jesús dice que tenemos que comer su cuerpo y beber su sangre está diciendo que tenemos que apropiarnos de su persona y de su viva. La prueba de que está hablando de símbolos y no de palabras que hay que tomar al pie de la letra está en que, unas líneas más abajo, nos dice: “El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada”.
El comer y el beber son símbolos increíblemente profundos de lo que tenemos que hacer con la persona de Jesús. Tenemos que identificarnos con él, tenemos que hacer nuestra su propia Vida, tenemos que masticarlo, digerirlo, asimilarlo, apropiarnos de su sustancia. Esta es la raíz del mensaje. Su Vida tiene que pasar a ser nuestra propia Vida. Solo así haremos nuestra la Vida de Dios. Lo que Jesús les dice es, precisamente, lo que hiere su sensibilidad. No se trata de la biología, ni en Jesús ni en nosotros. Se está hablando de la VIDA de Dios.
Por activa y por pasiva insiste Jesús en la necesidad de comer su carne y beber su sangre. El que come mi carne… tiene vida definitiva. Si no coméis la carne… no tendréis vida en vosotros. Si hemos comprendido de qué Vida está hablando, descubriremos lo que significa: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Es comida y es bebida porque alimentan la Vida. La Vida verdadera no es la biológica. Esto fue difícil de aceptar para ellos y sigue siendo inaceptable para nosotros. A continuación lo explica un poco mejor.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Cuando nos referimos a la eucaristía nos fijamos en la segunda parte de la proposición, “yo recibo a Jesús y Jesús está en mí”, pero olvidamos la primera. Pero resulta que lo primero y más importante es que “yo esté en él”. De nosotros depende hacernos, como, Jesús pan partido para dejar que nos coman. Estamos muy acostumbrados a considerar la “gracia” como consecuencia automática de unos ritos, sin darnos cuenta que en la vida espiritual no puede haber automatismo.
Como a mí me envió el Padre que vive y así yo vivo por el Padre, también aquel que me come vivirá por mí. Una vez más hace referencia al Padre. El designio de Dios es comunicar Vida a Jesús y a nosotros. La actitud del que se adhiere a Jesús debe ser la misma que él tiene hacia su Padre: recibir la Vida y comunicarla a los demás. Jesús nos está pidiendo que hagamos con él lo que él mismo ha hecho con su Padre. Al hacer nuestra su Vida, hacemos nuestra la misma Vida de Dios. Cuando Jesús dijo: “Yo y el Padre somos uno”, está manifestando cuál es la meta de todo ser humano. Esa identificación con Dios.
Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres y murieron; quien come pan de este vivirá para siempre. Una y otra vez se repite la idea, señal de la importancia que el evangelista quiere darle. Seguramente la polémica seguía con los judíos que no acababan de aceptar el significado de Jesús. Al evangelista lo que le interesa es dejar claro el sentido de la adhesión a Jesús. Existen dos panes bajados del cielo (venidos de Dios), uno espiritual, su persona; otro material, el maná.
La eucaristía, el discurso del pan de vida y el lavatorio de los pies están conectados, pero cada uno tiene un matiz diferente que ayuda a entender la realidad a la que hacen referencia. La eucaristía resalta el aspecto de entregarse a los demás. El discurso del pan de vida acentúa el aspecto de alimento de la verdadera Vida y la necesidad de descubrir ese alimento en la carne, es decir, en lo perceptible de Jesús. En el lavatorio de los pies se resalta el aspecto de servicio a los demás. Lavar los pies era una tarea de esclavos. El servicio a los demás (diaconía) es la clave para entender la nueva comunidad.
Meditación
Una misma Vida atraviesa a Dios, a Jesús y a todo ser humano.
No son vidas distintas que se suceden, sino la misma y única VIDA.
La tarea fundamental de todo ser humano
es nacer a esa Vida que se le ofrece gratuitamente,
aunque para ello tenga que morir
a todo lo que signifique egoísmo e individualidad.
B (Joan 6,51-58)
Evangelio del 19/agosto/2018
por Coordinador – Mario González Jurado
Joanen kontakizunaren arabera, juduek beste behin, gauza fisiko eta materialez harago joan ezinik, eten egin diote hitza Jesusi, honek darabilen hizkuntza oldarkorraz eskandalizaturik: «Nolatan ematen ahal digu honek bere haragia jateko?». Jesusek ez du atzera egin, baizik eta eduki sakonago bat eman die bere hitzei.
Haren adierazpenaren muinak bide ematen digu, lehen kristau-elkarteek eukaristia ospatzean bizi ohi zuten esperientzian murgiltzeko. Jesusen arabera, ikasleek, beragan sinetsi ez ezik, janari eta elikagaitzat hartu behar dute bera. Eukaristia funtsezko esperientzia da Jesusen jarraitzaileentzat.
Segidako hitzek hitz horien funtsezko eta ezinbesteko izaera azpimarratzen dute: «Nire haragia benetako janaria da eta nire odola benetako edaria». Ikasleek, Jesus janaritzat hartzen ez badute, gauza asko egin eta esan ahalko dituzte, baina ezin ahaztuko dira haren hitz hauez: «Ez duzue bizirik izango zeuen baitan».
Geure baitan bizia ukan ahal izateko, Jesus janaritzat hartu beharra dugu, haren bizi-arnasaz elikatu beharra, haren jarrera eta haren bizi-irizpideak barneratu beharra. Hauxe da eukaristiaren sekretua eta indarra. Harekin bat egiten dutenek eta Aitarekiko haren grinaz eta Aitaren seme-alabekiko Aitaren maitasunaz elikatzen direnek bakarrik ezagutzen dute hori.
Jesusen hizkuntzak indar adierazkor handia du. Bera janaritzat hartzen dakienari, promes hau egin dio: «Nigan du horrek bizilekua eta nik horrengan». Eukaristiaz elikatzen denak sentitzen du, Jesusekiko bere erlazioa ez dela kanpoko edo azaleko zenbait. Jesus ez da kanpotik imitatzen dugun bizi-eredu bat. Barnetik janaritzen du gure bizitza.
Jesus geure «bizileku» izatearen eta gu Jesusen «bizileku» izaten uztearen esperientzia honek errotik eralda dezake gure fedea. Bien arteko truke horrek, hitzez nekez adierazi den elkartasun estu horrek, eratzen du ikasleak Jesusekin duen erlazioa. Horretan datza Jesusi jarraitzea, haren bizi-indarra sostengu dugula.
Jesusek eukaristian ikasleei eskualdatzen dien bizia, Aitagandik, bizi betearen Iturburu agorrezin den harengandik, berak hartu duen bizia da. Gure hiltze biologikoaz galtzen ez den bizia da. Horregatik ausartu da Jesus bereei promes hau egitera: «Ogi hau jaten duena betiko biziko da».
Dudarik gabe, kristau-fedearen krisiaren seinalerik larriena, gure artean, igandeko eukaristia modu jeneralizatuan alde batera utzi izana da. Jesus maite duenarentzat mingarria da behatzea, nola ari den eukaristia bere erakarmen-indarra galtzen. Baina are mingarriagoa da ikustea, erreakzionatzera ausartu gabe bizi dugula Elizatik gertaera hau. Zer dela eta?
José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain
B (Joan 6,51-58)
Evangelio del 19/agosto/2018
Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Jesús no retira su afirmación, sino que da a sus palabras un contenido más profundo.
El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en los seguidores de Jesús.
Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Si los discípulos no se alimentan de él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: «No tendréis vida en vosotros». Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.
El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de él le hace esta promesa: «Ese habita en mí y yo en él». Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.
Esta experiencia de «habitar» en Jesús y dejar que Jesús «habite» en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirlo sostenidos por su fuerza vital.
La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que él mismo recibe del Padre, que es Fuente inagotable de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso se atreve Jesús a hacer esta promesa a los suyos: «El que coma de este pan vivirá para siempre».
Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?
José Antonio Pagola
Prov 9,1-6: Vengan a comer pan y vino
Salmo 33: Gusten y vean qué bueno es el Señor
Ef 5,15-20: Dense cuenta de lo que el Señor quiere
Jn 6,51-58: Mi carne es verdadera comida, mi sangre verdadera bebida
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que como este pan vivirá para siempre.»
Esta primera lectura de hoy es como un anuncio de lo que Jesús, sabiduría del Padre, va a decir en el evangelio que leemos en este domingo. Jesús, Sabiduría encarnada, ha preparado para nosotros su banquete, ha mezclado el vino, y ha puesto la mesa eucarística, y despacha a sus evangelizadores a todos los sitios a invitar a las gentes a su Eucaristía. Y nos sigue diciendo a todos nosotros: «vengan a comer mi pan». El pan y el vino que la sabiduría ofrece, son el pan y el vino que nos ofrece Jesucristo, Sabiduría eterna, son su Cuerpo y su Sangre. En estos pocos renglones es fácil descubrir la figura de Cristo. La Sabiduría es figura y representación del Hijo de Dios. En el evangelio de San Mateo (22,4) se leen unas palabras de Jesús muy parecidas a estas: «»vengan, que mi banquete está preparado». Este banquete es para todos, para sabios e ignorantes, para prudentes e imprudentes. Es lo que dirá San Bernardo: «si eres imprudente, acércate al que es Fuente de toda Sabiduría, y El te dará la prudencia que necesitas». Para algunos parece que la vida no nos hubiera enseñado nada. Como que no somos capaces de sacar lecciones de nuestras amargas experiencias. No saber sacar lecciones provechosas de las experiencias de la vida es la «inexperiencia». La lectura de hoy nos invita a dejar la inexperiencia y a adquirir la «prudencia», que es la virtud por medio de la cual cuando tenemos que escoger entre dos cosas, escogemos la que mejor nos aproveche para nuestra vida. Los entendidos dicen que por inexperiencia se entiende aquí el no saber gobernar y dirigir la propia vida.
En la segunda lectura de hoy encontraremos una frase muy parecida a esta que acabamos de comentar en el libro de los Proverbios, cuando la carta a los Efesios nos invita a no ser insensatos, sino sensatos. Este texto distingue tres exhortaciones. La primera se concreta en una doble llamada a aguzar la inteligencia para orientar la propia vida como corresponde al momento especial que se está viviendo y que, por el hecho mismo de poder vivirlo es de suyo el mejor. Lo que debe preocupar al cristiano es en realidad saber en cada momento, y en medio de la maldad dominante, qué es lo que Dios quiere realmente de él. La segunda exhortación es concreta: no emborracharse. Refleja las llamadas de los sabios a tener cuidado con el vino, pero también puede ser que se piense en los cultos paganos a Dionisios, donde el vino era el medio para unirse más estrechamente a la divinidad. Por último, la exhortación es a la alabanza, que el creyente debe dirigir siempre a Dios Padre en nombre del Hijo y a impulsos del Espíritu, y con sentimientos de gratitud por todos sus dones.
Juan desarrolla el tema de la «incomprensión» para adentrarnos de forma didáctica en el conflicto entre los practicantes de la religión judía y los cristianos. La eucaristía desató sospechas entre israelitas, romanos y griegos. No podían entender como una comunidad de creyentes podían celebrar con gozo y entusiasmo la muerte de su Señor y Maestro. Sin embargo, lo que en realidad no entendían era el misterio pascual. Jesús había resucitado, superando el cerco de una muerte violenta e injusta, y ahora vivía en medio de sus seguidores. Él se había convertido en principio de vida para aquellos que yacían inermes bajo la opresión de una religión agobiada por un sinnúmero de preceptos o por una religión que adoraba al déspota de turno. La presencia de Jesús liberaba a sus seguidores del caos informe de religiones mistéricas que abundaban en el mundo antiguo y de las rígidas disposiciones de una religión étnica.
Jesús era el pan vivo, bajado del cielo, para alimentar a una muchedumbre que añoraba una vida de paz y plenitud. Para ellos la verdad no residía en un sistema abstracto de proposiciones o en la adecuación lógica de la ideología a la realidad. Para ellos la verdad era una praxis de vida que transformaba al ser humano y lo habilitaba para vivir en comunión con sus congéneres y con el universo.
Hace unos meses, José Antonio Pagola, reconocido especialista en cristología, publicaba estas reflexiones en torno a la eucaristía:
Los estudios sociológicos lo destacan con datos contundentes: los cristianos de nuestras iglesias occidentales están abandonando la misa dominical. La celebración, tal como ha quedado configurada a lo largo de los siglos, ya no es capaz de nutrir su fe ni de vincularlos a la comunidad de Jesús.
Lo sorprendente es que estamos dejando que la misa «se pierda» sin que este hecho apenas provoque reacción alguna entre nosotros. ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana? ¿Cómo podemos permanecer pasivos, sin capacidad de tomar iniciativa alguna? ¿Por qué la jerarquía permanece tan callada e inmóvil? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación con más fuerza y dolor?
La desafección por la misa está creciendo incluso entre quienes participan en ella de manera responsable e incondicional. Es la fidelidad ejemplar de estas minorías la que está sosteniendo a las comunidades, pero ¿podrá la misa seguir viva solo a base de medidas protectoras que aseguren el cumplimiento del rito actual?
Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?
Reflexiones para hacernos pensar a todos, principalmente a los responsables de la inmovilidad de la liturgia de la Iglesia.
El evangelio de este domingo no está dramatizado en ninguno de los 144 episodios de la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil. Pero puede echarse mano de cualquiera de los que se refieren a la eucaristía, por ejemplo los referidos a la última cena (109, 110 y 111), que pueden ser tomados dehttps://radialistas.net/category/un-tal-jesus/
La Iglesia chilena sufre los peores registros de popularidad de su historia. Cuatro de cada diez encuestados creen que la mayoría de los clérigos son pederastas.
Una cruenta unanimidad. El 96 por ciento de los chilenos considera que los obispos ocultan o protegen a los sacerdotes acusados de abusos; un 83% cree que la institución no es honesta ni transparente; y tres de cada cuatro desaprueba la manera en que la Iglesia está llevando a cabo su labor.
Estos son algunos de los datos de la encuesta Cadem, que demuestra cómo la Iglesia chilena está en sus momentos más bajos. Y que va a ser difícil remontar, porque sólo un 46% se declaran católicos, la cifra más baja que se recuerda. Por contra, un 33% dicen ser ateos, ocho puntos por encima de la media.
De acuerdo al sondeo, el 76% desaprueba la manera en que la Iglesia está desarrollando su labor, mientras que solo el 19% de los chilenos la aprueba. Y, aunque así fuera, tres de cada cuatro (73%) piensan que la Iglesia no es humilde, un 67% que es poco cercana y un 66% que no se adapta a los nuevos tiempos.
No acaban ahí las malas noticias. Un 60% que trabaja poco en terreno, un 58% que no conoce ni se preocupa por las necesidades de las personas, y un 53% que no es solidaria. Cuatro de cada diez, además, piensan que la mayoría de los curas están implicados en casos de abusos sexuales. Le queda mucho trabajo al Papa Francisco en su tarea de renovar la Iglesia chilena.
Jesús Bastante en Religión Digital, 6 de agosto de 2018
Gil Tamayo confirma que avalaron esta medida en una “consulta expresa” hace un año. Nuestra defensa de la vida humana es total desde la concepción hasta su final natural.
«Nos alegramos y apoyamos a Francisco en declarar inadmisible la pena de muerte. Nuestra defensa de la vida humana es total desde la concepción hasta su final natural. Toda vida humana y la vida de todos». Así saludaba el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, José María Gil Tamayo, la desaparición de cualquier vestigio de aprobación a la pena de muerte en el Catecismo.
La medida, aplicada ayer por el Papa Francisco, supone la vuelta definitiva al ‘no matarás’ que está inserto en el mensaje de Jesús, sin atenuantes, desde el principio. Un cambio que, como subrayó Gil Tamayo a Ep, contó con el «pleno apoyo» del Episcopado español en una «consulta expresa» que se hizo a la CEE hace algo más de un año.
«Lo recibimos con alegría. Era una noticia esperada por nosotros y ya asumida por el sentir común de nuestros fieles en coherencia con el Evangelio y que ahora el Papa confirma plasmándola en el Catecismo», ha asegurado el sacerdote
A partir de ahora, según ha precisado, los obispos «incorporan» esta modificación en «la defensa integral de la vida humana que defiende la Iglesia y que abarca desde la concepción hasta su final natural».
Jesús Bastante en Religión Digital, 3 de agosto de 2018
El 77% cree que la medida es “teóricamente posible”. Roma no ha divulgado ninguna información sobre el trabajo de la comisión, dos años después de su creación.
Un estudio reciente ha encontrado que más de las tres cuartas partes de los líderes de las órdenes religiosas de sacerdotes, hermanos y hermanas en los EE. UU creen que es «teóricamente posible» ordenar mujeres como diáconos en la Iglesia Católica. Casi la misma cantidad considera que la iglesia «debería autorizar» la ordenación de mujeres para el diaconado.
El estudio fue presentado por CARA el 2 de agosto, el segundo aniversario de la creación del papa Francisco de una comisión para estudiar el diaconado de las mujeres. Encuestó a los 777 líderes de las órdenes religiosas católicas de hombres y mujeres en los EE. UU., y obtuvo respuestas por debajo del 50 por ciento. Entre los hallazgos:
El 77 por ciento cree que es «teóricamente posible» ordenar mujeres como diáconos; El 72 por ciento dice que la iglesia «debería autorizar» tales ordenaciones; El 76 por ciento dice que ordenar mujeres como diáconos sería «mucho» o «algo» «beneficioso para la misión de la Iglesia Católica»; El 45 por ciento cree que la iglesia volverá a la práctica de ordenar a las mujeres como diáconos.
El nuevo estudio de CARA, que se centra únicamente en las actitudes de los líderes de las órdenes religiosas, sigue un estudio anterior del grupo sobre las actitudes más amplias de las mujeres católicas de los Estados Unidos. Ese estudio, publicado en enero, descubrió que el 60 por ciento de las mujeres pensaba que la iglesia debería implementar un diaconado para mujeres. Para la nueva encuesta, CARA, contactó a los líderes de todas las órdenes religiosas en los EE. UU., usando listas de correo proporcionadas por los tres grupos de tales órdenes: la Conferencia de Superiores Mayores de Hombres (CMSM), el Consejo de Superioras Mayores de Mujeres (CMSWR) y la Conferencia de líderes de mujeres religiosas (LCWR).
Se solicitó a cada líder que respondiera a un cuestionario de seis páginas. El 69% de los que respondieron a la encuesta representaba las órdenes de mujeres y el 31% a las órdenes de varones. El 28% de los encuestados forman parte de CMSM, el único grupo reconocido canónicamente para sacerdotes y hermanos en EE. UU. El 43 por ciento de los encuestados son parte de LCWR, que representa alrededor de 1.350 comunidades de mujeres; y, el 17 por ciento es parte de CMSWR, que representa a 120 comunidades de mujeres. Los miembros de CMSWR, un grupo de mujeres religiosas que se separó de la LCWR en 1992 y que normalmente se considera más conservador, se mostraron mucho menos entusiastas sobre la posibilidad de mujeres diáconos que otros encuestados.
A la consulta sobre si es «teóricamente posible» que la iglesia ordene a mujeres como diáconos, Leer más…
Isabel Gómez Acebo en Religión Digital, 3 de agosto de 2018
El arzobispo de Tánger denuncia la «incoherencia blasfema» de «comulgar con Cristo y dejar morir a los pobres«. Las concertinas son la evidencia de que las fronteras son más importantes que las personas.
«Es escandaloso que los cristianos hayamos armonizado tranquilamente comulgar con Cristo y dejar morir a los pobres, honrar crucifijos -colgarlos en las paredes- y crucificar cristos -ahogarlos en el mar o martirizarlos en todos los caminos-«. El arzobispo de Tánger, el español Santiago Agrelo, publicaba hace pocos días esta frase en Twitter. El prelado gallego es uno de los más críticos con la política migratoria basada únicamente en el control de fronteras, las concertinas y el odio al extranjero, y también con aquello que, desde la emisora de los obispos españoles, jalean la idea del miedo al extranjero. Hablamos con él.
¿Hasta dónde hemos llegado para que políticos que se autoproclaman como católicos como Salvini en Italia o Pablo Casado en España practiquen este tipo de políticas?
No me compete el juicio sobre las personas, pero sí el análisis de los hechos: es un hecho, casi diría que es una constante en la historia del cristianismo, que, si el evangelio se lee desde los intereses del poder y no desde las necesidades de los pobres, se traiciona, se pervierte, y se hace escándalo lo que nació como salvación para los pobres. Lo normal, yo diría que lo inevitable, es que el maridaje evangelio-poder sea una conformidad de conveniencia: «París bien vale una misa». Mi comentario en Twitter tenía como trasfondo un hecho que me resulta escandaloso, repugnante e indignante: la misma persona que a los barcos de las ONG, con su carga de cristos vivientes, les impide acercarse a puertos italianos, a renglón seguido pretende honrar por decreto a Cristo colgando crucifijos en los edificios públicos del país. Ésa es incoherencia blasfema: Cristo no vino al mundo para sí mismo sino para los pobres.
¿Corremos el riesgo, en Europa, de que se exporten estas políticas xenófobas? ¿Existe un odio al inmigrante en Europa?
Creo que todavía no se ha llegado a la situación de decir: «negros no». No se exhiben todavía las esvásticas. Todavía le hacemos al pudor la concesión de asegurar que no somos racistas. Pero lo que ya nadie esconde, lo que ya exhibimos, cultivamos y exportamos es el miedo, la desconfianza. En el lenguaje de la política y en el de la comunicación, de manera continuada y falaz se presenta al emigrante como peligroso, como una amenaza para nuestro bienestar, para nuestra seguridad, para nuestro futuro. Para el lenguaje habitual no hay emigrantes sino delincuentes, asaltantes, violentos, mafiosos, narcotraficantes… Si no se nos hubiese alertado, diría que exhibimos, cultivamos y exportamos miedo al extranjero, miedo al gitano, miedo al musulmán, miedo al desconocido… Pero alguien, creo que con mucha razón, dijo que «sólo tenemos miedo a los pobres», y creó la palabra para designar ese miedo: «aporofobia». Y esa fobia se exporta hacia todos los puertos posibles. De ese miedo al pobre son víctima en primer lugar los emigrantes. Y entre el miedo y el odio yo no sabría medir qué distancia hay, pero se me antoja que es muy poca.
El nuevo líder del PP ha señalado que llegan a España «millones de inmigrantes». ¿Es esto real? ¿Es cierto el bloqueo en la frontera sur? ¿Hay un efecto llamada? Leer más…
Jesús Bastante en Religión Digital, 6 de agosto de 2018