DOMINGO XXI T.O., 26 de Agosto de 2012, Jn. 6, 60-69

MÁS ALLÁ DE LA MENTE

FE ADULTA

Jn 06, 60-69

En una reciente tertulia radiofónica, tres participantes autoproclamados «científicos» abominaban de todo aquello que, viniera de donde viniera, no estuviera «científicamente demostrado». Uno de ellos llegó a afirmar que «el psicoanálisis es una patraña» y que, en cualquier caso, «se hace urgente rechazar de plano todo lo que no pase el filtro científico».

Es indudable que existen embaucadores que, con el fin de obtener un beneficio económico, y gracias a la credulidad de la gente, intentan colar como verdad lo que no es sino un camelo. Es cierto, igualmente, que ya no podemos renunciar a la razón crítica, si no queremos caer en la irracionalidad. Pero de ahí a establecer la ciencia como criterio último de verdad hay un salto, no solo inaceptable, sino profundamente nocivo.

Cuando ese salto se ha dado, se ha caído en el cientificismo, el racionalismo, el positivismo, el materialismo… Y la ciencia se ha convertido en una pseudo-religión, con sus dogmas, sus ritos, sus altares y sus gurús. Y, como ocurre en las religiones, todo ello quedaba a salvo de cualquier cuestionamiento, porque aparecía revestido de la aureola sagrada de la verdad: «lo dice la ciencia» había sustituido a «es palabra de Dios».

Los dogmas de esta nueva religión son muy simples y, como ocurre con todo dogma, se creen a priori, sin someterlos a ningún tipo de crítica. Los más básicos son los siguientes:

· La ciencia es la única verdad, y fuera de la ciencia no hay verdad (salvación).

· El modo supremo (o incluso único) de conocimiento es la razón.

· Solo existe aquello que la ciencia puede verificar; todo lo demás son supersticiones.

Para los «fieles» de esta nueva religión, se trata de «evidencias», y miran con desdén a quien se atreva a ponerlas en duda. Para quienes son capaces de tomar distancia, es claro que tales afirmaciones no son científicas, sino postulados metafísicos, es decir, creencias imposibles de falsar (y, por tanto, demostrar). Son, sencillamente, creencias pseudocientíficas sostenidas –en una paradójica ironía- por aquellos mismos tertulianos que abominaban de todo lo que fuera pseudocientífico.

Los postulados básicos del materialismo (y del cientificismo) son creencias metafísicas absolutamente indemostrables y peligrosamente reductoras. ¿En nombre de qué se puede sostener que no existe sino lo que puede ser comprobado «científicamente»? ¿Quién decide los límites de lo real? ¿Qué fundamento tiene la afirmación de que la razón es el modo supremo de conocimiento? ¿Dónde se apoya la arrogancia de que fuera de la ciencia no hay verdad?…

Es llamativo, además, que el cientificismo (o materialismo científico) ha sido ya cuestionado desde la misma ciencia: los descubrimientos incontestables de la física cuántica –que muchos «científicos» parecen desconocer- han hecho saltar por los aires los antiguos dogmas positivistas, abriéndonos a una percepción radicalmente diferente y «abierta» de la realidad.

El modelo racional de cognición (mental, dual, cartesiano) funciona admirablemente en el mundo de los objetos, pero es incapaz de ir más allá; cuando lo intenta, no hace sino objetivar toda la realidad, reduciendo y empobreciendo nuestra percepción.

Existe otro modo de conocer (no-dual), que nos pone directamente en contacto con aquella dimensión de lo real que escapa a la razón y la ciencia. Este es el terreno de la espiritualidad; y a la capacidad para adentrarse en él se le está empezando a llamar «inteligencia espiritual». (Para quien esté interesado en esta cuestión, sugiero la lectura de lo que he escrito en un libro que acaba de publicar la editorial PPC: «Vida en plenitud. Apuntes para una espiritualidad transreligiosa»).

Cuando esta dimensión se olvida, se produce una amputación grave del ser humano, con consecuencias sumamente empobrecedoras para la vida de las personas, que son condenadas a una sensación de vacío y nihilismo. Es lo que ha ocurrido, en parte, en nuestro ámbito cultural: si bien la ciencia ha propiciado un desarrollo material inimaginable, el cientificismo ha empobrecido la experiencia humana hasta límites insostenibles.

Toda esta introducción puede servir para contextualizar el relato evangélico que hoy leemos. Jesús es el hombre sabio, que «ha visto» más allá de la mente. Desde esa experiencia, se percibe como no-separado de Dios, de los otros y de toda la realidad. Tal como hemos ido analizando en los comentarios de las semanas precedentes, Jesús sabe que «el Padre y yo somos uno» y que, por tanto, «esto (todo) soy yo». Y sabe también que esa comprensión es vida, alimento, plenitud: el «Reino de Dios».

Pero sus discípulos no «ven». Y desde la estrecha lectura mental, hacen cábalas sobre cómo puede ser que «este nos dé a comer su carne». Se han quedado en la materialidad de las palabras y son incapaces de captar el sentido profundo de las mismas.

En efecto, para la mente, Jesús puede ser incluso un «Dios» venido «de fuera»; se le puede convertir en «objeto de culto» e incluso creer que su cuerpo está físicamente presente en el pan consagrado… Sin embargo, todas esas «creencias» todavía no han captado la verdad profunda de sus palabras, que señalan a la Unidad de lo Real, tal como él lo percibe y lo vive.

El relato se cierra con las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

Pedro (el creyente) todavía no ha «visto». Pero, frente al abandono de otros discípulos desconcertados, que consideraban «inaceptable» el mensaje de Jesús, se siente «tocado» por la persona y la palabra de su maestro. Una y otra encuentran «eco» en su interior. Y lo que hace es fiarse de esa «resonancia» interna. De ese modo, muestra una actitud que parece la adecuada.

Incluso cuando todavía no se ha «visto», si somos capaces de acallar nuestras ideas y creencias –sean del tipo que sean-, nos iremos capacitando para escuchar «otra voz», que seguramente nos abrirá camino hacia la verdad. Es la voz de nuestro «maestro interior», que tiene «palabras de vida eterna». Porque ese «maestro» no es otro que el Espíritu o la Sabiduría que nos constituye como nuestra identidad última, y que se expresa en todo. Es la Sabiduría que habla por la boca de Jesús de Nazaret, y que despierta la atención y el interés de Pedro.

Y todo ello no será resultado de nuestro esfuerzo voluntarista, sino que lo percibiremos como Regalo o Gracia: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». El «Padre» –la Fuente de la Sabiduría o la Sabiduría misma- no lo niega a nadie –es puro Darse y expresarse-, pero se requiere una actitud abierta, receptiva, acogedora…

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

XXI. IGANDEA URTEAN ZEHAR, 2012ko abuztuaren 26a, Galdera erabakitzailea-Pregunta decisiva

GALDERA ERABAKITZAILEA

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Jn. 6, 60-69

Joanen ebanjelioak Jesusen jarraitzaileen arteko krisi handi baten oroitzapena gorde du. Ez dugu daturik, esateko. Soilik esaten digu ikasleei zail gertatzen zitzaiela Jesusen hitz egiteko modua. Agian, gehiegizkoa iruditzen zaie eskatzen dien atxiki mendua. Halako batean, «Jesusen ikasle askok atzera egin zuen». Jada ez dabiltza harekin.

Lehenengo aldiz sentitu du Jesusek bere hitzek ez dutela nahi bezalako indarrik. Halere, ez du amore eman, baizik eta are indartsuago baietsi ditu bere hitzak: «Esan dizkizuedan hitzak espiritu dira eta bizi. Halaz guztiz, zuetako batzuek ez dute sinetsi». Haren hitzek gogorrak direla ematen dute; alabaina, bizia dakarte, biziarazi egiten dute, Jainkoaren Espiritua baitute berekin.

Jesusek ez du bakea galdu. Ez da larritu porrota dela eta.Hamabiei hitz eginez, galdera erabakitzailea egin die: «Zuek ere alde egin behar al duzue?» Ez ditu behartu nahi berarekin gelditzera. Aske ikusi nahi ditu erabakitzeko. Ez du nahi bere ikasleak jopu izatea, baizik adiskide.

Beste behin, guztien izenean erantzun dio Pedrok. Eredugarria da erantzuna. Egiatia, apala, zentzuduna, Jesus aski ezagutzen duen batena hura bertan behera ez uzteko. Pedroren jarrera lagungarri izan daiteke gaur egun ere, fedea koloka izanik fede oro utzi ala ez pentsatzen ari direnentzat.

«Jauna, norengana joko dugu?» Ez da zentzuzkoa Jesus bertan behera uztea edozein eratan, maisu hoberik eta konbentzigarriagorik aurkitu gabe. Jesusi jarraitu ezean, nori jarraitu ez dakitela geldituko dira. Ez da zertan jokatu zalapartaka. Ez da ona bizitzan argirik eta gidaririk gabe gelditzea.

Errealista da Pedro. Gauza ona ote da Jesus bertan behera uztea, esperantza konbentzigarriagorik eta erakarleagorik aurkitu gabe? Aski ote da haren ordez bizieran beheiti egitea, kasik jomugarik eta horizonterik gabe? Hobe ote da galderarik gabe bizitzea, inolako planteamendurik eta bilatzerik gabe?

Bada Pedrok ahaztu ez duen beste zerbait: «Zuk, betiko bizirako hitzak dituzu». Sumatu du ezen Jesusen hitzak ez direla hitz hutsal eta engainagarri. Jesusen ondoan beste modu batean agertu zaie bizitza. Haren mezuak betiko bizira begira jarri ditu. Zer eman lezakete Jesusen Ebanjelioaren tokian? Non aurki lezakete Berri hoberik Jainkoaz?

Pedro, azkenik, oinarrizko esperientziaz gogoratu da. Jesusekin bizitzean, hura Jainkoaren misteriotik datorrela aurkitu du. Urrunetik, urrutitik, axola-ezetik edo arduragabekeriatik ezin antzeman zaio Jesusek beren baitan duen misterioari. Hamabiak Jesusen jirabiran ibili dira. Horregatik esan ahal dute: «Guk, sinesten dugu eta badakigu». Jesusen jirabiran jarraituko dute.

Jose Antonio Pagola

Jn. 6, 60-69

PREGUNTA DECISIVA

José Antonio Pagola

El evangelio de Juan ha conservado el recuerdo de una fuerte crisis entre los seguidores de Jesús. No tenemos apenas datos. Solo se nos dice que a los discípulos les resulta duro su modo de hablar. Probablemente les parece excesiva la adhesión que reclama de ellos. En un determinado momento, “muchos discípulos suyos se echaron atrás”. Ya no caminaban con él.

Por primera vez experimenta Jesús que sus palabras no tienen la fuerza deseada. Sin embargo, no las retira sino que se reafirma más: “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen”. Sus palabras parecen duras pero transmiten vida, hacen vivir pues contienen Espíritu de Dios.
Jesús no pierde la paz. No le inquieta el fracaso. Dirigiéndose a los Doce les hace la pregunta decisiva: “¿También vosotros queréis marcharos?”. No los quiere retener por la fuerza. Les deja la libertad de decidir. Sus discípulos no han de ser siervos sino amigos. Si quieren puede volver a sus casas.

Una vez más Pedro responde en nombre de todos. Su respuesta es ejemplar. Sincera, humilde, sensata, propia de un discípulo que conoce a Jesús lo suficiente como para no abandonarlo. Su actitud puede todavía hoy ayudar a quienes con fe vacilante se plantean prescindir de toda fe.
“Señor, ¿a quién vamos a acudir?”. No tiene sentido abandonar a Jesús de cualquier manera, sin haber encontrado un maestro mejor y más convincente: Si no siguen a Jesús se quedarán sin saber a quién seguir. No se han de precipitar. No es bueno quedarse sin luz ni guía en la vida.

Pedro es realista. ¿Es bueno abandonar a Jesús sin haber encontrado una esperanza más convincente y atractiva? ¿Basta sustituirlo por un estilo de vida rebajada, sin apenas metas ni horizonte? ¿Es mejor vivir sin preguntas, planteamientos ni búsqueda de ninguna clase?
Hay algo que Pedro no olvida: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Siente que las palabras de Jesús no son palabras vacías ni engañosas. Junto a él han descubierto la vida de otra manera. Su mensaje les ha abierto a la vida eterna. ¿Con qué podrían sustituir el Evangelio de Jesús? ¿Dónde podrán encontrar una Noticia mejor de Dios?

Pedro recuerda, por último, la experiencia fundamental. Al convivir con Jesús han descubierto que viene del misterio de Dios. Desde lejos, a distancia, desde la indiferencia o el desinterés no se puede reconocer el misterio que se encierra en Jesús. Los Doce lo han tratado de cerca. Por eso pueden decir: “Nosotros creemos y sabemos”. Seguirán junto a Jesús.

XX DOMINGO T.O., 19 de agosto de 2012, Jn. 6, 51-58

PAN PARA CELEBRAR LA FIESTA

FE ADULTA

Jn 06, 51-58

Dando por comentado en anteriores homilías el tema central de este capítulo 6º de Juan, atendemos a aspectos complementarios.

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?, es una pregunta demasiado lógica. No nos cabe en la cabeza que nadie haya pensado nunca en masticar la carne física de Jesús, ni en chupar físicamente su sangre, ni que sus interlocutores lo pensaran. Sin duda, el evangelista está haciendo una pregunta retórica, para tener ocasión de insistir en el mensaje.

Es significativa la repetición de la expresión «comer mi carne y beber mi sangre» (cuatro veces en tres versículos, más otras expresiones semejantes en el contexto inmediato).

Se está iniciando el final del episodio: el rechazo de los interlocutores y la insistencia de Jesús en que él es el alimento y la bebida enviados por el Padre. Éste será el tema del próximo domingo.

EL QUE SE ALIMENTA DE ESTE PAN TIENE VIDA ETERNA

«No como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron». Alimentos para la vida, alimentos para la muerte. Cebar la carne para que se pudra más materia, alimentar el espíritu para que todo sea eterno.

Es un acto de fe en el ser humano lo que se nos pide al creer en Jesús. Es un acto de fe en que el ser humano es mucho más que carne, que posesión, que placer, que venganza, que poder …

Desde el capítulo 2 del libro del Génesis se proclama que el ser humano es barro, pero con espíritu de Dios, que tiene el mismo aliento con que Dios respira.

Jesús viene a alimentar el Espíritu. Jesús viene a que vivamos con Espíritu, alentados, elevados por el Viento de Dios muy por encima de las permanentes insatisfacciones de nuestro barro.

Se alimenta de Jesús «el espíritu», no «la carne». El espíritu es lo que tira para arriba, la carne lo que tira para abajo. «Arriba y abajo» tienen el mismo significado que en la fiesta de la Ascensión; en definitiva, hacia la plenitud en Dios o hacia el fracaso vital.

Espíritu significa siempre viento, volar, ascender, navegar, alentar, animar…. Carne significa siempre corrupción, provisionalidad, pesadez, conformismo, gravedad, peso.

LA CARNE DE JESÚS

El cuarto evangelio, que a tantos (incluso de los mejores teólogos de la iglesia) ha inducido – por leer mal – a un docetismo alarmante, haciendo concebir a Jesús como un ser divino con apariencia humana, es sumamente explícito y cuidadoso en afirmar su humanidad verdadera, real, indispensable. La carne y la sangre son la humanidad, la carne y la sangre hacen evidente la realidad humana, carnal, sólida, tocable, mortal.

La carne y la sangre son la fiabilidad de nuestra fe en Jesús. Si no fuera carne y sangre sería mentira. Si no fuera carne y sangre sería mito. La carne vaciada de sangre que exhibe Jesús muerto, tan cruelmente reseñada por el mismo cuarto evangelio, y tantas veces comentada desde delirios místicos, es ante todo la proclamación clamorosa de la fe en la humanidad. Es esta fe en la humanidad el punto de partida de toda fe. Si no tragamos enteramente la humanidad jamás nos alimentaremos de la divinidad.

Muchos han vuelto a Calcedonia para volver a insistir en divinidad. Muchos hoy creen alimentarse de Cristo olvidando la carne y la sangre. Muchos han vuelto a descubrir la carne y la sangre, la humanidad de Jesús, como alimento de su fe, como sustento de lo divino de Jesús. Pero solo tiene vida eterna el que se traga la carne y la sangre, la humanidad real de Jesús.

COMER SU CARNE, BEBER SU SANGRE

¿Habrá alguien todavía tan tonto como para hacer la misma pregunta que el evangelio atribuye a los judíos? ¿Habrá alguien todavía que se imagine que le pasa algo a su espíritu dando un mordisco a Jesús o bebiéndole la sangre? ¿Habrá alguien todavía tan influido por la magia ancestral y el residuo de los mitos primitivos?

Comulgar es todavía para bastantes personas tragarse algo que parece pan pero es Dios. Y desde el estómago o desde cualquier rincón físico de su cuerpo, ese Dios que parece pan actúa, como una tableta de medicina efervescente que en el tubo parece inerte, pero puesta en agua empieza a soltar un sorprendente flujo de burbujas curativas.

Para muchas personas esto es ya simple magia superada, pero para algunas (¿muchas?) otras, todavía es la creencia habitual. Si las líneas anteriores nos han sobresaltado o escandalizado, quizá sea porque necesitamos revisar nuestro concepto de comunión.

Ya hemos tratado en los domingos anteriores sobre lo esencial del tema. Expondremos aquí un aspecto complementario, inducido por la primera lectura y muy central en los evangelios: el banquete, el Reino como banquete, Jesús como banquete. No simplemente como comida, alimento, sino como fiesta y abundancia.

Es un tema que recorre horizontalmente todos los demás de la Buena Noticia, y que olvidamos con demasiada frecuencia. Una nueva Ley, más exigente aún que la anterior no es una noticia demasiado buena. Una renuncia a todo lo que nos atrae para merecer el premio eterno (más aún si es para evitar el eterno castigo) tampoco lo es.

Pero Jesús centra su predicación en dos expresiones similares: la Buena Noticia / el Reino. Y lo expresa en acciones festivas: los discípulos no ayunan «porque están con el novio»; el ministerio de Jesús se inicia en el cuarto evangelio con una boda en que Jesús ofrece el vino en abundancia, significativas parábolas tienen al banquete como clímax… no repetiremos todos los pasajes en que aparece esta idea. Sí insistiremos en el profundo paralelismo de estas expresiones con la parábola del Tesoro, tan medular en el mensaje de la Buena Noticia, y en lo significativo de la primera palabra de cada «bienaventuranza»: dichosos.

Lo de Jesús es una fiesta; es de gente bien alimentada, que dispone de agua abundante y vino a discreción, a plena luz, en medio de amigos, disfrutando de la invitación y la presencia del Padre. Esto es una imagen del mundo definitivo, y Jesús alude a ese Banquete definitivo en varias ocasiones, pero es también una imagen de la situación interior de los que siguen a Jesús.

Tener la vida llena de sentido, sentirse liberado de tantas necesidades que no hacen más que encadenarnos, sentirse estimulado por el amor, no por el miedo, saberse querido, útil, necesario, atender a valores válidos para la humanidad entera, vivir comprometido, compartiendo, humanizando y humanizándose, fundar la esperanza de vida eterna en el amor de un Padre…

Y, por encima de todo, conocer a Dios, y liberarse así de todo miedo, al juicio, al pecado, a la muerte, a la propia debilidad…. Vivir así es un regalo indescriptible, estupendamente calificado por Jesús como Tesoro, como Fiesta, como boda con abundancia del mejor vino, como Banquete, como Reino.

A veces, nuestra pequeñez mental pide de Dios simplemente parches para los dolores pasajeros o, peor aún, que nos ayude a conseguir bienes de tierra, de los que esclavizan el corazón y nunca producen felicidad. Si desnudamos nuestras oraciones de petición, probablemente encontraremos en el fondo de todas ellas el deseo de disfrutar de este mundo, de no comprometernos con nadie, de vivir bien aquí sin dolor ni muerte…

Somos desgraciados deseando todo esto y más aún porque Dios no nos lo da. Cambiemos a Jesús. Vivimos para construir el reino, como ciudadanos de la Ciudad Definitiva. Nuestros valores no son de tierra ni para la tierra, aceptamos la misión: y entonces –y solamente entonces– experimentaremos que lo de Jesús es una Estupenda Noticia, un modo de vivir fascinante, satisfactorio, aquí y para siempre.

José Enrique Galarreta

 

XX. IGANDEA URTEAN ZEHAR. JESUS GURE JANARI-ALIMENTARNOS DE JESÚS

Jesus gure janari

Jn. 6, 51 – 58

José Antonio Pagola

Joanen kontakizunaren arabera, juduek beste behin, gauza fisiko eta materialez haratago joan ezinik, eten egin diote Jesusi, honek darabilen hizkuntza oldarkorraz eskandalizaturik: «Nolatan ematen ahal digu honek bere haragia jateko?» Jesusek ez du atzera egin, baizik eta eduki sakonago bat eman die bere hitzei.

Haren adierazpenaren muinak bide ematen digu lehen kristau-elkarteek eukaristia ospatzean bizi ohi zuten esperientzian murgiltzeko. Jesusen arabera, ikasleek, beragan sinetsi ez ezik, janari eta elikagaitzat hartu behar dute bera.

Segidako hitzek hitz horien funtsezko eta ezinbesteko izaera azpimarratzen dute: «Nire haragia benetako janaria da eta nire odola benetako edaria». Ikasleek, Jesus janaritzat hartzen ez badute, gauza asko egin eta esan ahalko dituzte, baina ezin ahaztuko dira haren hitz hauez: «Ez duzue bizirik zeuen baitan».

Geure baitan bizia ukan ahal izateko, Jesus janaritzat hartu beharra dugu, haren bizi-arnasaz elikatu beharra, haren jarrera eta haren bizi-irizpideak barneratu beharra. Hauxe da eukaristiaren sekretua eta indarra. Jende honek bakarrik ezagutzen du hori: harekin bat egiten duenek eta Aitarekiko haren grinaz eta Aitaren seme-alabekiko haren maitasunaz elikatzen denek.

Jesusen hizkuntzak indar adierazkor handia du. Bera janaritzat hartzen dakienari, promes hau egin dio: «Nigan du horrek bizilekua eta nik horrengan». Eukaristiaz elikatzen denak sentitzen du Jesusekiko bere erlazioa ez dela kanpoko zenbait. Jesus ez da imitatzen dugun kanpoko bizi-eredu bat. Barnetik janaritzen du gure bizitza.

Jesus geure «bizileku» izatearen esperientzia honek eta gu Jesusen «bizileku» izaten uztearen esperientzia honek errotik eralda dezake gure fedea. Bien arteko truke horrek, hitzez nekez adierazi den elkartasun estu horrek, eratzen du ikasleak Jesusekin duen erlazioa. Horretan datza Jesusi jarraitzea, haren bizi-indarra sostengu dugula.

Jesusek eukaristian ikasleei eskualdatzen dien bizia, Aitagandik, bizi betearen Iturburu agorrezin den harengandik, berak hartu duen bizia da. Gure hiltze biologikoaz galtzen ez den bizia da. Horregatik ausartu da Jesus bereei promes hau egitera: «Ogi hau jaten duena betiko biziko da».

Dudarik gabe, kristau-fedearen krisiaren seinalerik larriena, gure artean, igandeko eukaristia modu jeneralizatuan alde batera utzi izana da. Jesus maite duenarentzat mingarria da behatzea, nola ari den eukaristia bere erakarmen-indarra galtzen. Baina are mingarriagoa da ikustea, erreakzionatzera ausartu gabe bizi dugula Elizatik gertaera hau. Zer dela eta?

Jose Antonio Pagola

Alimentarnos de Jesús

Jn. 6, 51-58

José Antonio Pagola

Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Jesús no retira su afirmación sino que da a sus palabras un contenido más profundo.

El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en sus seguidores de Jesús.

Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Si los discípulos no se alimentan de él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: “No tenéis vida en vosotros”.

Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.

El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de él, le hace esta promesa: “Ese habita en mí y yo en él”. Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es un modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.

Esta experiencia de “habitar” en Jesús y dejar que Jesús “habite” en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirle sostenidos por su fuerza vital.

La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que él mismo recibe del Padre que es Fuente inagotable de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso se atreve Jesús a hacer esta promesa a los suyos: “El que come este pan vivirá para siempre”.

Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?

 

DOMINGO XIX T.O., 12 de agosto de 2012, Jn. 6, 41-51

CREER, VER, VIVIR

Jn 6, 41-51

FE ADULTA

La mente es inquieta y, con frecuencia, atropellada. Como un cachorro juguetón, no cesa de corretear de un lado a otro. Le encanta la distracción y el protagonismo. Suele generar más de sesenta y cinco mil pensamientos en un solo día. Y siempre quiere tener razón… Por todas esos motivos, no resulta extraño que se la haya llamado «la mente de mono», siempre saltando de un lugar a otro.

Le mente engendra al yo que, como buen hijo, asume como propias las características de aquella. Se cree separado de todos y de todo, busca tener más razón que nadie, vive de la comparación y el enfrentamiento, y hace todo lo posible por autoafirmarse como centro de su universo. Para sí mismo, el yo aparece como solemne; visto desde fuera, sin embargo, resulta infantil y, cuando se infla, patético.

Sin embargo, hay otro modo posible de relacionarse con la mente y, por lo tanto, con el yo. Basta ver la mente como lo que realmente es, una herramienta –un «objeto» más dentro de lo que somos-, para que se empiece a abrir camino el reconocimiento de nuestra identidad más profunda. En ese preciso momento, el propio yo habrá empezado a disolverse, tanto en su presunta identidad como en sus equivocadas creencias de separación.

Y eso ocurre cuando la atención «gana la carrera» a los pensamientos. Una cosa es pensar y otra muy distinta saber que se está pensando. Al percibir y experimentar esta diferencia, hemos accedido a otra comprensión mayor: una cosa es el pensamiento (la mente) y otra la Consciencia. Y se hace posible percatarnos de que el pensamiento es lo que tenemos; Consciencia es lo que somos.

A partir de ahí, es posible aprender a vivir, no en el pensamiento –que utilizaremos cuando lo necesitemos-, sino en la atención. Y vendremos a percibir que la creencia en nuestra identidad egoica ha cedido el paso al reconocimiento de la Identidad no-dual, atemporal e ilimitada, que realmente somos.

Y se irá haciendo verdad en nuestra vida lo que canta un conocido haiku:

Siéntate en silencio.
No hagas nada.
Llega la primavera
y la hierba crece sola.

Toda esta introducción me ha surgido al leer los interrogantes que se plantean los oyentes de Jesús: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre?, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

Porque no está mal que la mente se plantee interrogantes; gracias a ellos, avanzamos. El error radica en creer que la respuesta se encuentra en ella misma. Eso explica que, al verse frustrada en sus pretensiones, descalifique todo aquello que no cabe dentro de sus reducidos parámetros.

Por eso, me suena profundamente sabia la actitud de Jesús: «No critiquéis». Es decir, no erijáis la mente en árbitro último de la realidad. Abríos a otra Sabiduría mayor, a la que tenemos acceso justo en el momento en que se acalla la razón.

Esta Sabiduría no es crédula ni irracional. Valora y respeta la mente –no renuncia nunca a la razón crítica-, pero la trasciende. Ante ella, la mente ocupa su lugar, sin otras pretensiones ilusas y dañinas, y termina rindiéndose a la Verdad de lo que es.

Esa Verdad no es otra cosa que la «vida eterna», de que habla Jesús. Ambos términos, Verdad y Vida, son equivalentes e intercambiables. Son nombres que apuntan, dentro de la pobreza del lenguaje, al Misterio último de lo Real y, por tanto, al núcleo último de nuestra propia identidad, al Fondo común de todo lo que es.

No somos yoes que tienen vida durante un cierto tiempo. Somos Vida que se expresa en estas formas temporales y transitorias. Reconocerlo es «creer», «ver al Padre», «venir a Jesús», saborear el «pan de vida»…

Cuando leemos textos como este desde la mente, podemos tener la sensación de perdernos entre tantos nombres y conceptos, hasta el punto de parecer todo un inmenso trabalenguas.

Cuando, por el contrario, la lectura se hace desde «otro lugar», desde la experiencia del No-lugar donde todo se encuentra, caemos en la cuenta de que esa pluralidad de palabras y de expresiones no es otra cosa que el resultado de querer balbucir la Realidad última, imposible de apresar.

A partir de ahí, cesa la confusión. Hemos descubierto que la sabiduría espiritual siempre está hablando de «lo mismo», cualquiera que sea el lenguaje, la referencia o el «idioma» que utilice.

Sus palabras no tienen la pretensión (ilusoria) de informarnos acerca del Misterio, sino la de despertarnos a la Realidad que ya somos, pero de la que estamos con frecuencia desconectados.

Es comprensible que, según los diferentes perfiles psicológicos, haya palabras que, a cada cual, le resulten más evocadoras que otras. Pero todas ellas son únicamente eso: evocación, señales que apuntan a la Realidad que trasciende toda palabra y todo concepto. Realidad que no puede ser pensada ni formulada adecuadamente, como recuerda magistralmente uno de los primeros textos espirituales: «El Tao que se puede conocer no es el verdadero Tao….; el Tao del que se puede hablar no es el verdadero Tao…; el que conoce el Tao, no conoce el verdadero Tao» (Tao te Ching).

No podemos conocer –ni nombrar- el Misterio; únicamente lo podemos ser. Y es entonces, al serlo, cuando lo conocemos, con la evidencia y el gozo que se desprenden de la Realidad misma.

Es lo que somos, y siempre hemos sido. Despertar es hacerlo consciente y vivir en conexión con Ello.

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

XIX. IGANDEA URTEAN ZEHAR-DOMINGO XIX T.O., Jn. 6, 41-51

Jesusengan sinesteko bidea / El camino para crecer en Jesús Jn. 6, 41-51

2012ko abuztuaren 12a

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

San Joanen kontakizunaren arabera, Jesusek gero eta era argiagoan errepikatzen du Jainkoagandik datorrela bera, betiko bizia ematen duen janaria guztiei eskaintzeko. Eta jendeak ezin jarraitu du hain eskandaluzkoa de hori entzuten, erreakzionatu gabe. Jesusen gurasoak ezagunak dituzte. Nolatan esan dezake Jainkoagandik datorrela?

Ezin harritu da gutarik inor erreakzio horretaz. Arrazoizkoa ote da Jesu Kristogan sinestea? Nolatan sinets genezake gizon jakin horrengan Jainkoaren Misterio atzeman ezina haragitu dela, Herodes Handia hil baino zerbait lehenago jaioa den horrengan, hogeita hamargarren urte inguruan Galilean izan duen profeta-jardueragatik ezaguna den horrengan?

Jesusek ez die erantzun objekzio horiei. Jende horren fede-gabeziaren sustraira jo du: «Zer ari zarete kritikatzen?» Oker dabiltza Jesusen errotiko berritasunaren aurka egitean, Jesusen egiazko nortasunaz guztia dakitela uste izatean. Har dezaketen bidea erakuts diezaieke.

Jesusek gauza jakintzat emana du hau: ezin duela inork beragan sinetsi, beragan erakartzen duen zerbait sentitzen ez badu. Egia da. Agian, Kafarnaumeko jende hark baino hobeto ulertzen dugu hori guk geure kulturatik. Izan ere, gero eta zailago gertatzen zaigu doktrina batean edo ideologia batean sinestea. Fedea eta konfiantza orduan ernetzen dira gugan: on egiten eta bizitzen laguntzen digun norbait erakarle sentitzen dugunean.

Baina Jesusek gauza inportante batez ohartarazi ditu: «Ezin etorri da inor nigana, bidali nauen Aitak erakartzen ez badu». Jesusengana erakartzea Jainkoak berak egiten du. Mundura bidali duen Aitak esnatzen du gure bihotza, Jesusengana hurbil gaitezen pozik eta konfiantzaz, dudak eta errezeloak gaindituz.

Horregatik, geure bihotzean Jainkoaren ahotsa entzuten saiatu beharra dugu, Jesusengana eraman gaitzan berari utziz. Aita horri, biziaren Kreatzaile eta gizakiaren Adiskide horri, eskolatu gaitzan leial utziz: «Aitak esana entzun eta ikasten duen oro, nigana etorriko da».

Jesusen aipatu baieztapena iraultzaile gertatu zaie hebrearrei. Bibli tradizioak esaten zuen gizakiak bere bihotzean entzuten duela Legea leial betetzeko Jainkoaren deia. Jeremias profetak honela aldarrikatu zuen Jainkoaren promesa: «Zuen barnean ezarriko dut nik neure legea eta zuen bihotzean idatziko».

Jesusen hitzek, berriz, beste esperientzia bat bizitzera gonbidatzen gaituzte. Kontzientzia ez da Jainkoaren Legea entzuteko leku ezkutu eta pribilegiatu bat bakarrik. Geure izatearen barruenean, ona, ederra, jatorra, gizakiari on egitea, mundu hobea eraikitzea erakargarri dela sentitzen badugu, erraz sumatuko dugu Jainkoaren gonbita Jesusekin sintonizatzeko. Hori da biderik hobena harengan sinesteko.

Jose Antonio Pagola

El camino para crecer en Jesús / Jesusengan sinesteko bidea Jun 6, 41-51

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez de manera más abierta que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios?

A nadie nos puede sorprender su reacción. ¿Es razonable creer en Jesucristo? ¿Cómo podemos creer que en ese hombre concreto, nacido poco antes de morir Herodes el Grande, y conocido por su actividad profética en la Galilea de los años treinta, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios.

Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: «No critiquéis». Es un error resistirse a la novedad radical de su persona obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Les indicará el camino que pueden seguir.

Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Es cierto. Tal vez, desde nuestra cultura, lo entendemos mejor que aquellas gentes de Cafarnaún. Cada vez nos resulta más difícil creer en doctrinas o ideologías. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.

Pero Jesús les advierte de algo muy importante:»Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado». La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias.

Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí».

La afirmación de Jesús resulta revolucionaria para aquellos hebreos. La tradición bíblica decía que el ser humano escucha en su corazón la llamada de Dios a cumplir fielmente la Ley. El profeta Jeremías había proclamado así la promesa de Dios: «Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón».

Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser, nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente no sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús. Es el mejor camino para creer en él.

José Antonio Pagola

DOMINGO XVIII T.O., 5 de agosto de 2012, Jn. 6, 24-35

JESÚS, PAN DE DIOS

JOSÉ ENRIQUE GALARRETA

FE ADULTA

Jn 6, 24-35

Se continúa lo narrado el domingo anterior. La gente vuelve a Cafarnaún y encuentra de nuevo a Jesús. Jesús les reprocha que no le sigan más que porque la víspera se han hartado de pan y pescado. Y de este tema del alimento físico se eleva al mensaje, a propósito del maná, que sus interlocutores han aducido como muestra de que Dios estaba con Moisés.

Este fragmento plantea pues un tema que debió de tener enorme importancia para los oyentes de Jesús y para las comunidades cristianas posteriores, aún en pugna con el judaísmo. Jesús es presentado a veces (en Mateo explícitamente) como «el nuevo Moisés, el que proclama la Nueva Ley». ¿Con qué garantías? A Moisés le avalan los «signos y prodigios» del mar y el desierto. ¿Qué signos aduce Jesús?

El tema de fondo por tanto es el desafío que Jesús plantea a sus contemporáneos: ¿por qué le han de creer, hasta el punto de corregir, y aun arrinconar, la Ley?

REFLEXIÓN

¿Qué motivos pudieron tener los que conocieron a Jesús para seguirle, hasta el extremo de abandonar costumbres tan seculares y sagradas? No solemos reparar en la enorme violencia del cambio. ¿Cómo pudieron prescindir de la circuncisión, la señal de la Alianza, del descanso de Sabbat, la abstinencia de alimentos prohibidos, el templo…? Por esas cosas se habían dejado matar sus antepasados, que por ello eran considerados mártires. ¿En nombre de quién debían ahora abandonarlas?

Jesús puntualiza la afirmación de la gente: Moisés proporcionó un pan de tierra, para alimentar el cuerpo mortal. Pero ahora, el Padre está dando un alimento celestial, para vida eterna. Sus interlocutores siguen pensando en categorías completamente terrenales (como su propio mesianismo) y piden ese pan maravilloso. Jesús se define entonces como pan de Vida. El pasaje es llamativamente paralelo con el de la Samaritana. También a ella le ofrece Jesús un agua que quita para siempre la sed; también ella pide de esa agua maravillosa; y Jesús se define como Agua Viva.

El paralelismo nos lleva a comprender que la reducción de este mensaje a la eucaristía (aun siendo válido) no es suficiente. Es un gran símbolo como Jesús: Jesús pan, Jesús agua, Jesús luz, son los tres grandes símbolos de Jesús en el cuarto evangelio, en la misma línea metafórica de los evangelistas.

Nosotros hemos preferido invertir el sentido de las palabras de Jesús para afirmar que el pan eucarístico es Jesús, cuando el sentido original es que Jesús es pan. También hemos unido la imagen de Jesús/pan con la imagen Jesús/grano de trigo que muere para poder ser fecundo. Y todas esas afirmaciones son sin duda válidas, pero deberíamos sacar provecho de las imágenes del cuarto evangelio desde su significado primitivo, tan válido y significativo.

Israel en el desierto recibió de Dios tres dones radicales: la luz, el alimento, el agua, porque esos eran los tres peligros mortales que le acechaban: perderse en el desierto, morir de hambre, morir de sed. Desde entonces, la imagen de Dios se viste con estos símbolos.

El cuarto evangelio está aplicando esos mismos símbolos a Jesús, no a Dios sino a Jesús. Así pues, estos símbolos, antes que eucarísticos y más que eucarísticos, son dogmáticos, cristológicos: se está proponiendo una fe en Jesús que estaba fuera de todo lo imaginable para aquellas comunidades: Jesús es verdaderamente el Ungido, la Palabra, el pan: a él hay que escuchar, de él hay que alimentarse.

Aquí tenemos la solución a la pregunta que nos formulábamos antes. ¿Qué razón tan poderosa tuvieron aquellas personas para arrinconar las creencias y ritos que habían conformado durante siglos la fe de sus padres?Respuesta: la fe en Jesús, admitido como Palabra de Dios hecha carne.

Este evangelio nos está acercando por tanto a una situación dramática de las primeras comunidades de creyentes en Jesús, y nos enfrenta hoy a un desafío radical: ¿cuál es mi luz, mi alimento, mi agua? Dicho de otra manera ¿quién es el Señor de mi vida?

Solemos caminar a la luz de valores que dirigen nuestras elecciones. Se nos propone otra luz, otros valores para iluminar el camino.

Solemos alimentarnos de las satisfacciones que encontramos en lo que llamamos éxitos, personales, económicos, sociales. Solemos tener sed de poseer, de gastar, de comprar, de prosperar, de destacar … Pero ese hambre y esa sed no se sacian nunca. En todos esos ámbitos la satisfacción del deseo no lo sacia sino que despierta otro deseo mayor.

El pan y el agua del Reino son otros valores, ante los cuales los valores habituales pierden su encanto. Cuando Jesús llama a los pobres, a los que saben sufrir, a los misericordiosos, a los limpios de corazón… «dichosos», está diciendo que su modo de vida hace desaparecer el hambre y la sed de otras cosas de tierra. Podríamos añadir a las Bienaventuranzas ésta última como resumen: «Dichosos los que viven los valores del Reino, porque ya nunca tendrán sed de los valores de la tierra».

PARA NUESTRA ORACIÓN

¿Qué señales das para que creamos en ti? En otra ocasión se le preguntó eso mismo a Jesús, cuando el Bautista le envió a sus discípulos con una pregunta semejante. Jesús contestó que su señal era que la gente se curaba, los poseídos quedaban libres y la Buena Noticia se anunciaba a los pobres.

Extraña señal, para todos los que esperan resplandores divinos o demostraciones espectaculares. Y profunda enseñanza para nosotros: la señal de la Iglesia, nuestra señal, por la cual al vernos alguien pueda creer en Jesús, en el Padre, en el Reino, no será otra que la misma de Jesús: que trabajamos por la salud, por la dignidad de todos, muy especialmente de los más pobres. Solamente así «viendo vuestras obras reconocerán al Padre de los Cielos».

José Enrique Galarreta

XVIII. IGANDEA URTEAN ZEHAR-DOMINGO XVIII T.0. BIZI OGIA – PAN DE VIDA, Jn. 6, 24-35

BIZI OGIA
2012ko abuztuaren 5a

José Antonio Pagola

Zer dela eta jarraitu Jesus kontuan hartzen hogei menderen ondoren? Zer espero dezakegu harengandik? Zer ekarpen egiten ahal digu gure aldi honetako gizon-emakumeei? Axola handiko elkarrizketa batez mintzo da Joanen ebanjelioa: Galileako aintzira ondoan Jesusek jendetza handi batekin izandakoaz.

Bezperan otordu harrigarri eta doakoa partekatu dute Jesusekin. Ase arte jan dute. Nolatan utzi hari alde egiten? Nahi dutena, Jesusek keinu bera egin dezan da eta berriro jaten eman diezaien doan. Ez dute buruan beste ezer.

Alabaina, nahasgarri gertatu zaie Jesusen ustekabeko planteamendu hau: «Lan egizue, ez galtzen den janari baten bila, baizik betiko biziraino irauten duenaren bila». Baina nolatan ez gara arduratuko, ba, eguneroko ogiaz? Premiazkoa da ogia, bizitzeko. Beharrezkoa dugu eta lan egin beharra inori inoiz falta ez dakion.

Badaki hori Jesusek. Ogia da lehenengo gauza. Jan gabe ezin bizi gara. Horregatik arduratu da horrenbeste goseak direnez eta eskekoez, aberatsengandik mahaitik erortzen diren apurrak ere hartu ezin dituztenez. Horregatik madarikatu ditu lurjabe zoroak, alea mandioan pilatzen dutenez, pobreez axolatu gabe. Horregatik irakatsi die bere jarraitzaileei Aitari seme-alaba guztientzat eguneroko ogia eskatzen.

Alabaina, beste gose bat ernearazi nahi du haiengan Jesusek. Gosea asetzen duen ogiaz hitz egin nahi die, ez egun batekoa soilik, baizik gizakiak bere baitan dituen gose-egarriak asetzen dituenaz. Ez gaitezen ahaztu. Gugan bada beste gose bat: justiziarena, askatasun, bake eta egiarena. Aitagandik datorkigun Ogi hori bezala aurkeztu zaigu Jesus, ez janariaz asetzeko, baizik «munduari bizia emateko».

Ogi horrek, Jainkoagandik etorria den horrek, «betiko biziraino irauten du». Eguneroko janariak urtetan eusten digu bizirik, baina heriotzatik libratu ezin gaituen une bat iristen zaio. Alferrik da orduan jaten segitzea. Ezin eman digu bizirik heriotzatik hara.

Betiko biziaren Ogi bezala aurkeztu zaigu Jesus. Bakoitzak erabaki behar du nola nahi duen bizi eta nola nahi duen hil. Baina Kristogan sinestea, geuregan indar suntsiezin bat elikatzea da, gure heriotzarekin amaituko ez den zerbait bizitzen hastea. Jesusi jarraitzea, heriotzaren misterioan murgiltzea da, haren indar berpizgarria sostengu dugula.

Jesusen hitzak entzutean, Kafarnaumeko jende hark beren bihotz hondotik egiten dio oihu: «Jauna, emaguzu beti ogi horretatik». Koloka dugun geure fedetik, ez gara ausartzen, agian, horrelakorik eskatzera. Eguneroko ogia dugu, agian, kezka bakarra. Eta, batzuetan, geurea soilik.

PAN DE VIDA
5 de agosto de 2012

18 Tiempo ordinario (B)

José Antonio Pagola

¿Por qué seguir interesándonos por Jesús después de veinte siglos? ¿Qué podemos esperar de él? ¿Qué nos puede aportar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Nos va a resolver acaso los problemas del mundo actual? El evangelio de Juan habla un diálogo de gran interés, que Jesús mantiene con una muchedumbre a orillas del lago Galilea.

El día anterior han compartido con Jesús una comida sorprendente y gratuita. Han comido pan hasta saciarse. ¿Cómo lo van a dejar marchar? Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. No piensan en nada más.

Jesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el que perdura hasta la vida eterna”. Pero ¿cómo no preocuparnos por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Lo necesitamos y debemos trabajar para que nunca le falte a nadie.

Jesús lo sabe. El pan es lo primero. Sin comer no podemos subsistir. Por eso se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Por eso maldice a los terratenientes insensatos que almacenan el grano sin pensar en los pobres. Por eso enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos.

Pero Jesús quiere despertar en ellos un hambre diferente. Les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. No lo hemos de olvidar. En nosotros hay un hambre de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre, no para hartarnos de comida sino “para dar vida al mundo”.

Este Pan, venido de Dios, “perdura hasta la vida eterna”. Los alimentos que comemos cada día nos mantienen vivos durante años, pero llega un momento en que no pueden defendernos de la muerte. Es inútil que sigamos comiendo. No nos pueden dar vida más allá de la muerte.

Jesús se presenta como ese Pan de vida eterna. Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Pero, creer en Cristo es alimentar en nosotros una fuerza indestructible, empezar a vivir algo que no terminará con nuestra muerte. Seguir a Jesús es entrar en el misterio de la muerte sostenidos por su fuerza resucitadora.

Al escuchar sus palabras, aquellas gentes de Cafarnaún le gritan desde lo hondo de su corazón: “Señor, danos siempre de ese pan”. Desde nuestra fe vacilante, nosotros no nos atrevemos a pedir algo semejante. Quizás, solo nos preocupa la comida de cada día. Y, a veces, solo la nuestra

DOMINGO XVII T.O., 29 de Julio de 2012, Jn. 6, 1-15

SOMOS PAN DE VIDA

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

Jn 6, 1-15

Con este relato, el autor del cuarto evangelio introduce una de sus afirmaciones fuertes sobre Jesús: «Yo soy el pan de vida» (6,35.48), «el pan bajado del cielo» (6.41.50.51.58). Y desarrolla extensamente lo que se conoce como un doble discurso, acerca del «pan de vida» (6,33-50) y de la «eucaristía» (6,51-58).

En el primero de esos discursos –así como en los signos que lo preceden: la multiplicación de los panes y el caminar sobre el agua-, Jesús es presentando como el «nuevo Moisés», que ofrece el «verdadero maná» y que cruza el lago (como si de un nuevo «mar Rojo» se tratara), para conducir al pueblo, a través de un «nuevo éxodo», a la tierra de la libertad y de la vida.

Con el segundo, el autor del evangelio sustituye nada menos que el relato de la institución de la eucaristía. En su lugar, como es sabido, introducirá la narración sobre el lavatorio de los pies (13,1-20).

El texto que leemos hoy constituye, como decía, una especie de introducción al mensaje que vendrá a continuación. En ese sentido, podría decirse que se trata de un «pre-texto», en forma de catequesis, dotado de un profundo simbolismo.

De hecho, comienza con una pregunta que el propio evangelista reconoce que es retórica (pues «bien sabía él lo que iba a hacer»). Pero, aun retórica, sirve para enmarcar adecuadamente la narración completa, al hacerla arrancar de un objetivo claro: «que coman estos».

En otro lugar de este mismo evangelio, se ponen en labios de Jesús estas palabras: «He venido para que tengan vida, y vida en abundancia» (10,10). Las que hoy comentamos van en la misma dirección.

«Que coman»: si se refiere al pueblo judío, al lector no le resulta difícil evocar la historia del éxodo y del maná, como muestra del cuidado de Yhwh. Aquí nos encontramos a Jesús, preocupado también por el cuidado de su pueblo, hasta el punto de que será ese cuidado el que desencadenará toda la acción.

Sin embargo, desde nuestra perspectiva, es legítimo referir estas palabras al conjunto de la humanidad. Con ello, indudablemente, los destinatarios de la catequesis se han multiplicado, hasta el punto de que a todos ellos alcanza el interés que Jesús manifiesta: «que coman».

Y aquí es donde empieza a desplegarse todavía más la riqueza de simbolismo que encierra el relato, y que es susceptible de varios niveles de lectura.

Uno de ellos es el ético, que nace del amor y nos pone en movimiento para favorecer que «todos coman». Se suele decir que la ética es el criterio de verificación de toda religión y de la misma espiritualidad. No porque se priorice ningún tipo de voluntarismo, sino porque constituye el test donde se muestra la calidad del amor y, paralelamente, la desegocentración. Sin esta referencia ética, alguien podría pensar que se halla en algún elevado peldaño espiritual cuando en realidad estaría solo en un autocomplaciente paraíso narcisista.

Pero hay también otro nivel específicamente espiritual. (Nuestro lenguaje es limitado, y nos vemos obligados a separar para poder analizar; la realidad, sin embargo, es una, y aquel compromiso ético es ya, en sí mismo, espiritual). Será en este donde se presente a Jesús como «pan de vida». ¿Qué es lo que eso significa?

La imagen es clara: Jesús constituye el alimento que nos hace vivir. Lo que cambia es el modo como la comprendamos.

En un nivel de conciencia mítico (con restos aún del nivel mágico), era normal que Jesús fuera visto como alguien capaz de multiplicar los panes, en un sentido literal. Del mismo modo, y desde un modelo dual de conocer, tenían que verlo como el «salvador» que, desde fuera, proporciona alimento para nuestra vida, en cuanto se creyera en él.

En ese marco, creer tenía un marcado componente mental; se trataba de una adhesión a la creencia de que Jesús era el Salvador divino y de que, en virtud de esa adhesión, éramos ya salvados.

Al modificarse tanto el nivel de conciencia como el modelo de cognición, se hace necesaria una «traducción» de aquellas afirmaciones al nuevo «idioma». Y empezamos a reconocer que Jesús no salva «desde fuera» ni es alguien «separado» de nosotros. Por tanto, lo que realmente alimenta no es la adhesión mental a su mensaje, ni siquiera el seguimiento a su persona.

Jesús salva y alimenta porque es pan. Y eso es lo que, en el nivel más profundo, somos todos. No somos convocados, por tanto, a «creer» que Jesús es el que alimenta a la humanidad, sino a reconocer que el Fondo último de todo lo real es ya alimento, pan de vida. Y si queremos alimentarnos, debemos acercarnos y vivir conectados con ese Fondo que compartimos con él y con todos los seres.

Quien ha «visto», sabe que la Realidad es una. Lo que ocurre es que nuestra mente –no puede hacerlo de otro modo- la «lee» desde diferentes perspectivas, y como consecuencia de esa lectura, la fractura y le coloca nombres diferentes, que nos producen la sensación de que estamos hablando de «varias realidades», no solo diversas, sino incluso enfrentadas.

Así, a la «realidad interior», la llama «yo»; a la «realidad externa», la llama «mundo» o «sociedad»; y a la «realidad superior», la llama «Dios». A continuación, esa lectura mental es tomada literalmente, como si correspondiera a la realidad en cuanto tal, y quedamos atrapados en ese engaño dualista.

La Realidad es Una, y Uno es el Fondo que sostiene todo: «mi» Fondo es el mismo y único Fondo de Dios, de los otros y del cosmos. Y ese Fondo es el que alimenta; ese Fondo es el «pan de vida». Estamos vivos en la medida en que permanecemos conscientemente conectados a él y nos dejamos vivir desde él, desde la conciencia clara de que constituye nuestra Identidad última.

Jesús decía con toda verdad: «yo soy el pan de vida», porque también sabía decir: «el Padre y yo somos uno». Viviendo en la consciencia clara de su identidad («Yo Soy»), él se reconocía como el Fondo del que toda vida brota.

Y es ahí, al entrar en conexión con ese Fondo, cuando descubrimos que lo estamos compartiendo también con el propio Jesús. Y que lo que él era, lo somos todos, aunque lo ignoremos. Todos somos Vida, todos somos «pan de vida».

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

XVII. IGANDEA URTEAN ZEHAR-DOMINGO XVII T.O, GAZTE BATEN KEINUA-EL GESTO DE UN JOVEN

Gazte baten keinua/El gesto de un joven

2012ko uztailaren 29a

Jn.  6, 1-15

Jose Antonio Pagola

Jesusek bere jarduera profetikoan buruturiko seinale guztien artean, lehen kristau-elkarteek gehienik gogoratu ohi zutena, segur aski, hark landan, Galileako aintzira inguruan, antolatutako jendetza-otordu bat izan zen. Ebanjelio guztiek jaso duten pasadizo bakarra da.

Benetan aberatsa da kontakizunaren edukia. Bere ohiturari jarraiki, Joanen ebanjelioak ez dio deitzen «miraria», baizik «seinalea». Horrenbestez, kontatzen diren egintzekin ez gelditzeko esan nahi digu, baizik eta fedeaz esanahi sakon baten bila jarduteko.

Jesus dago pasadizoaren erdigunean. Inork ez dio eskatu ezer egiteko. Berak sumatu du jende hura goseak, eta jaten eman beharra planteatu du. Harrigarria da ikustea Jesus ez dela arduratzen jendeari Jainkoaren Berri Ona emateaz bakarrik, baizik eta bere seme-alaben goseak ere kezkarazten duela.

Nola elikatu, ordea, landa zabalean jendetza handi hura? Ikasleei ez zaie etorri inolako aterabiderik. Felipek dio ezin dela pentsatu ere egin guztientzat ogia erostea, ez baitute dirurik. Andresek uste du partekatu litekeela eskura dutena, baina mutiko batek bakarrik ekarri ditu bost ogi eta arrain-pare bat. Zer da hori hainbeste jenderentzat?

Jesusentzat, aski da. Gazte horrek, izenik eta aurpegirik gabe horrek, ahalbidetuko du ezina dirudiena. Eskura duena partekatzeko duen jarrera izan da jende hari guztiari jaten emateko bidea. Jesusek egingo du gainerako guztia. Gaztearen ogiak eskuetan hartu, Jainkoari eskerrak eman eta guztien artean «banatzen» hasi da.

Zoragarria da eszena. Egundoko jendetza, landako belar berdean eseria, doako otordua partekatzen, udaberriko egun batean. Ez da aberatsen jai-otordua. Ez da ardorik, ez haragirik. Aintzira inguruan bizi den jendearen janari xumea da: garagar-ogia eta arrain keztatua. Anai-arreba arteko otordua, Jesusek guztiei emana, gazte baten keinu eskuzabal bati esker.

Otordu partekatu hau sinbolo erakargarria izan zen lehen kristauentzat, gizadi berri eta anai-arreba arteko bat eraikitzeko Jesusengandik jaiotako elkartearen sinboloa. Aldi berean, Jaunaren egunean ospatu ohi zuten eukaristia iradokitzen zien, hau da, Jesusen, Jainkoagandik etorritako Ogi bizi haren, espirituaz eta indarraz elikatzeko ospatu ohi zuten eukaristia.

Baina ez ziren ahaztu sekula gazte haren keinuaz ere. Munduan gosea badago, ez da janaria eskas delako, baizik solidaritatea delako eskas. Bada guztientzako ogirik; partekatzeko eskuzabaltasuna da falta dena. Munduaren joan-etorria finantza-boterearen esku utzi dugu, beldurra ematen digu eskura duguna partekatzeak, eta jendea goseak hiltzen ari da gure egoismo irrazionala dela medio.

El gesto de un joven / Gazte baten keinua

29 de Julio de 2012

Jn.  6, 1-15

Jose Antonio Pagola

De todos los gestos realizados por Jesús durante su actividad profética, el más recordado por las primeras comunidades cristianas fue seguramente una comida multitudinaria organizada por él en medio del campo, en las cercanías del lago de Galilea. Es el único episodio recogido en todos los evangelios.

El contenido del relato es de una gran riqueza. Siguiendo su costumbre, el evangelio de Juan no lo llama «milagro» sino «signo». Con ello nos invita a no quedarnos en los hechos que se narran, sino a descubrir desde la fe un sentido más profundo.

Jesús ocupa el lugar central. Nadie le pide que intervenga. Es él mismo quien intuye el hambre de aquella gente y plantea la necesidad de alimentarla. Es conmovedor saber que Jesús no solo alimentaba a la gente con la Buena Noticia de Dios, sino que le preocupaba también el hambre de sus hijos e hijas.

¿Cómo alimentar en medio del campo a una muchedumbre numerosa? Los discípulos no encuentran ninguna solución. Felipe dice que no se puede pensar en comprar pan, pues no tienen dinero. Andrés piensa que se podría compartir lo que haya, pero solo un muchacho tiene cinco panes y un par de peces. ¿Qué es eso para tantos?

Para Jesús es suficiente. Ese joven, sin nombre ni rostro, va hacer posible lo que parece imposible. Su disponibilidad para compartir todo lo que tiene es el camino para alimentar a aquellas gentes. Jesús hará lo demás. Toma en sus manos los panes del joven, da gracias a Dios y comienza a «repartirlos» entre todos.

La escena es fascinante. Una muchedumbre, sentada sobre la hierba verde del campo, compartiendo una comida gratuita, un día de primavera. No es un banquete de ricos. No hay vino ni carne. Es la comida sencilla de la gente que vive junto al lago: pan de cebada y pescado ahumado. Una comida fraterna servida por Jesús a todos gracias al gesto generoso de un joven.

Esta comida compartida era para los primeros cristianos un símbolo atractivo de la comunidad nacida de Jesús para construir una humanidad nueva y fraterna. Les evocaba, al mismo tiempo, la eucaristía que celebraban el día del Señor para alimentarse del espíritu y la fuerza de Jesús, el Pan vivo venido de Dios.

Pero nunca olvidaron el gesto del joven. Si hay hambre en el mundo, no es por escasez de alimentos sino por falta de solidaridad. Hay pan para todos, falta generosidad para compartir. Hemos dejado la marcha del mundo en manos del poder financiero, nos da miedo compartir lo que tenemos, y la gente se muere de hambre por nuestro egoísmo irracional.