DOMINGO XXI T.O., 26 de Agosto de 2012, Jn. 6, 60-69

MÁS ALLÁ DE LA MENTE

FE ADULTA

Jn 06, 60-69

En una reciente tertulia radiofónica, tres participantes autoproclamados «científicos» abominaban de todo aquello que, viniera de donde viniera, no estuviera «científicamente demostrado». Uno de ellos llegó a afirmar que «el psicoanálisis es una patraña» y que, en cualquier caso, «se hace urgente rechazar de plano todo lo que no pase el filtro científico».

Es indudable que existen embaucadores que, con el fin de obtener un beneficio económico, y gracias a la credulidad de la gente, intentan colar como verdad lo que no es sino un camelo. Es cierto, igualmente, que ya no podemos renunciar a la razón crítica, si no queremos caer en la irracionalidad. Pero de ahí a establecer la ciencia como criterio último de verdad hay un salto, no solo inaceptable, sino profundamente nocivo.

Cuando ese salto se ha dado, se ha caído en el cientificismo, el racionalismo, el positivismo, el materialismo… Y la ciencia se ha convertido en una pseudo-religión, con sus dogmas, sus ritos, sus altares y sus gurús. Y, como ocurre en las religiones, todo ello quedaba a salvo de cualquier cuestionamiento, porque aparecía revestido de la aureola sagrada de la verdad: «lo dice la ciencia» había sustituido a «es palabra de Dios».

Los dogmas de esta nueva religión son muy simples y, como ocurre con todo dogma, se creen a priori, sin someterlos a ningún tipo de crítica. Los más básicos son los siguientes:

· La ciencia es la única verdad, y fuera de la ciencia no hay verdad (salvación).

· El modo supremo (o incluso único) de conocimiento es la razón.

· Solo existe aquello que la ciencia puede verificar; todo lo demás son supersticiones.

Para los «fieles» de esta nueva religión, se trata de «evidencias», y miran con desdén a quien se atreva a ponerlas en duda. Para quienes son capaces de tomar distancia, es claro que tales afirmaciones no son científicas, sino postulados metafísicos, es decir, creencias imposibles de falsar (y, por tanto, demostrar). Son, sencillamente, creencias pseudocientíficas sostenidas –en una paradójica ironía- por aquellos mismos tertulianos que abominaban de todo lo que fuera pseudocientífico.

Los postulados básicos del materialismo (y del cientificismo) son creencias metafísicas absolutamente indemostrables y peligrosamente reductoras. ¿En nombre de qué se puede sostener que no existe sino lo que puede ser comprobado «científicamente»? ¿Quién decide los límites de lo real? ¿Qué fundamento tiene la afirmación de que la razón es el modo supremo de conocimiento? ¿Dónde se apoya la arrogancia de que fuera de la ciencia no hay verdad?…

Es llamativo, además, que el cientificismo (o materialismo científico) ha sido ya cuestionado desde la misma ciencia: los descubrimientos incontestables de la física cuántica –que muchos «científicos» parecen desconocer- han hecho saltar por los aires los antiguos dogmas positivistas, abriéndonos a una percepción radicalmente diferente y «abierta» de la realidad.

El modelo racional de cognición (mental, dual, cartesiano) funciona admirablemente en el mundo de los objetos, pero es incapaz de ir más allá; cuando lo intenta, no hace sino objetivar toda la realidad, reduciendo y empobreciendo nuestra percepción.

Existe otro modo de conocer (no-dual), que nos pone directamente en contacto con aquella dimensión de lo real que escapa a la razón y la ciencia. Este es el terreno de la espiritualidad; y a la capacidad para adentrarse en él se le está empezando a llamar «inteligencia espiritual». (Para quien esté interesado en esta cuestión, sugiero la lectura de lo que he escrito en un libro que acaba de publicar la editorial PPC: «Vida en plenitud. Apuntes para una espiritualidad transreligiosa»).

Cuando esta dimensión se olvida, se produce una amputación grave del ser humano, con consecuencias sumamente empobrecedoras para la vida de las personas, que son condenadas a una sensación de vacío y nihilismo. Es lo que ha ocurrido, en parte, en nuestro ámbito cultural: si bien la ciencia ha propiciado un desarrollo material inimaginable, el cientificismo ha empobrecido la experiencia humana hasta límites insostenibles.

Toda esta introducción puede servir para contextualizar el relato evangélico que hoy leemos. Jesús es el hombre sabio, que «ha visto» más allá de la mente. Desde esa experiencia, se percibe como no-separado de Dios, de los otros y de toda la realidad. Tal como hemos ido analizando en los comentarios de las semanas precedentes, Jesús sabe que «el Padre y yo somos uno» y que, por tanto, «esto (todo) soy yo». Y sabe también que esa comprensión es vida, alimento, plenitud: el «Reino de Dios».

Pero sus discípulos no «ven». Y desde la estrecha lectura mental, hacen cábalas sobre cómo puede ser que «este nos dé a comer su carne». Se han quedado en la materialidad de las palabras y son incapaces de captar el sentido profundo de las mismas.

En efecto, para la mente, Jesús puede ser incluso un «Dios» venido «de fuera»; se le puede convertir en «objeto de culto» e incluso creer que su cuerpo está físicamente presente en el pan consagrado… Sin embargo, todas esas «creencias» todavía no han captado la verdad profunda de sus palabras, que señalan a la Unidad de lo Real, tal como él lo percibe y lo vive.

El relato se cierra con las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

Pedro (el creyente) todavía no ha «visto». Pero, frente al abandono de otros discípulos desconcertados, que consideraban «inaceptable» el mensaje de Jesús, se siente «tocado» por la persona y la palabra de su maestro. Una y otra encuentran «eco» en su interior. Y lo que hace es fiarse de esa «resonancia» interna. De ese modo, muestra una actitud que parece la adecuada.

Incluso cuando todavía no se ha «visto», si somos capaces de acallar nuestras ideas y creencias –sean del tipo que sean-, nos iremos capacitando para escuchar «otra voz», que seguramente nos abrirá camino hacia la verdad. Es la voz de nuestro «maestro interior», que tiene «palabras de vida eterna». Porque ese «maestro» no es otro que el Espíritu o la Sabiduría que nos constituye como nuestra identidad última, y que se expresa en todo. Es la Sabiduría que habla por la boca de Jesús de Nazaret, y que despierta la atención y el interés de Pedro.

Y todo ello no será resultado de nuestro esfuerzo voluntarista, sino que lo percibiremos como Regalo o Gracia: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». El «Padre» –la Fuente de la Sabiduría o la Sabiduría misma- no lo niega a nadie –es puro Darse y expresarse-, pero se requiere una actitud abierta, receptiva, acogedora…

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com