PASKOALDIKO II. IGANDEA, “GALILEARA ITZULI-VOLVER A GALILEA”,José Antonio Pagola.

GALILEARA ITZULI

Mat. 28, 1- 10

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

ECLESALIA, .- Ebanjelioek hiru emakume miresgarriren oroitzapena gorde digute: Jesus hobiratua izan den hilobira hurbildu dira hirurak larunbat egunsentian. Ezin ahaztu dira Jesusez. Beste inor baino gehiago maite dute. Gizonezkoek, aldiz, ihes egin dute, eta ezkutatu egin dira, agian.

Hilobira iristean emakumeek entzun duten mezuak aparteko garrantzia du. Ebanjeliorik zaharrenak dio: «Nazareteko Jesusen bila zabiltzate, gurutziltzatua izan denaren bila? Ez da hemen. Piztu da». Oker handia izango litzateke Jesusen bila herioaren munduan ibiltzea. Bizi da betiko. Ezin aurkituko dugu Jesus, bizia hila den leku batean.

Ez dugu ahaztu behar. Kristo berpiztua aurkitu nahi badugu, biziaz eta indar kreatzaileaz betea den hura alegia, ez dugu bilatu behar hila den erlijio batean, ezta aginduak eta ohikeriazko errituak agerian betetzeari emandako erlijio batean, ezta itzalia den fede batean, sostengutzat topikoak eta formula xahutuak dituen eta Jesusekiko maitasun bizirik ez duen fede batean ere.

Beraz, nor aurki genezake? Mandatu hau jaso dute emakumeek: «Orain, zoazte esatera ikasleei eta Pedrori: Zuen aurretik doa Hura Galileara. Han ikusiko duzue». Zergatik itzuli behar dugu Galileara Berpiztua ikusteko? Zer esanahi sakon du bere baitan gonbit honek? Zer esan nahi digu gaur eguneko kristauei?

Galilean entzun zituzten, lehen aldiz eta beren garbitasun osoan, Jainkoaren Berri Ona eta Jainkoaren gizatasun-egitasmoa. Gaur egun bihotz xumez eta irekiz entzuten ez baditugu, irakaspen beneragarriz janarituko gara, baina ez dugu ezagutuko Jesusen Ebanjelioaren poza, gure fedea «berpizteko» gai den hura.

Galileako lakuaren ertzean hasi zen Jesus bere lehen jarraitzaileei dei egiten, bere biziera bera nola bizi haiei erakusteko, eta bere lankide nola izan, bizitza gizatasun handiagoko egiteko berak hartua zuen zereginean. Dei egiten jarraitzen digu Jesusek gaur egun ere. Haren deia entzuten ez badugu eta hura «gure aurretik ez badoa», noranzko bidea hartuko du kristautasunak?

Galileako bideetan hasi zen sortzen Jesusen lehen elkartea. Haren ondoan esperientzia berezi-berezia biziko dute haren jarraitzaileek. Haren presentziak betetzen du dena. Jesus dute erdigunea. Haren ondoan ikasi dute harrera egiten, barkatzen, bizitza sendatzen eta Jainkoaren maitasun hondorik gabean konfiantza ernetzen.Gure elkarteen erdi-erdian, ahalik lasterren, Jesus jartzen ez badugu, ez dugu esperimentatuko sekula haren presentzia geure artean.

Galileara itzultzen bagara, Jesus berpiztuaren «presentzia ikusezina» giza ezaugarriz janzten hasiko da ebanjelioko kontakizunak irakurtzean, eta haren «presentzia isilak» ahots zehatza berreskuratuko du haren arnasa-hitzak entzutean.

Pascua de Resurrección (A) Mateo 28, 1- 10

VOLVER A GALILEA

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 16/04/14.- Los evangelios han recogido el recuerdo de tres mujeres admirables que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Lo siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez escondidos.

El mensaje, que escuchan al llegar, es de una importancia excepcional. El evangelio más antiguo dice así: “¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Es un error buscar a Jesús en el mundo de la muerte. Está vivo para siempre. Nunca lo podremos encontrar donde la vida está muerta.

No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no lo hemos de buscar en una religión muerta, reducida al cumplimiento externo de preceptos y ritos rutinarios, o en una fe apagada, que se sostiene en tópicos y fórmulas gastadas, vacías de amor vivo a Jesús.

Entonces, ¿dónde lo podemos encontrar? Las mujeres reciben este encargo: “Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. ¿Por qué hay que volver a Galilea para ver al Resucitado? ¿Qué sentido profundo se encierra en esta invitación? ¿Qué se nos está diciendo a los cristianos de hoy?

En Galilea se escuchó, por vez primera y en toda su pureza, la Buena Noticia de Dios y el proyecto humanizador del Padre. Si no volvemos a escucharlos hoy con corazón sencillo y abierto, nos alimentaremos de doctrinas venerables, pero no conoceremos la alegría del Evangelio de Jesús, capaz de “resucitar” nuestra fe.

A orillas del lago de Galilea, empezó Jesús a llamar a sus primeros seguidores para enseñarles a vivir con su estilo de vida, y a colaborar con él en la gran tarea de hacer la vida más humana. Hoy Jesús sigue llamando. Si no escuchamos su llamada y él no “va delante de nosotros”, ¿hacia dónde se dirigirá el cristianismo?

Por los caminos de Galilea se fue gestando la primera comunidad de Jesús. Sus seguidores viven junto a él una experiencia única. Su presencia lo llena todo. Él es el centro. Con él aprenden a vivir acogiendo, perdonando, curando la vida y despertando la confianza en el amor insondable de Dios. Si no ponemos, cuanto antes, a Jesús en el centro de nuestras comunidades, nunca experimentaremos su presencia en medio de nosotros.

Si volvemos a Galilea, la “presencia invisible” de Jesús resucitado adquirirá rasgos humanos al leer los relatos evangélicos, y su “presencia silenciosa” recobrará voz concreta al escuchar sus palabras de aliento. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

 

* ORAR CON EL EVANGELIO-A-(Jn.13,1-15)

  • JUEVES Y VIERNES SANTO – 2014)

* El evangelio de hoy nos ayuda a entrar en la vivencia del triduo Pascual, haciendo memoria de la muerte y Resurrección de Jesús, su paso de este mundo al Padre.

La Eucaristía cuya institución recordamos es el sacramento de la vida de Jesús, hecha de entrega generosa y preocupación por el bien de los demás.

* Desde tiempos antiguos se ha puesto el lavatorio de los pies en estrecha conexión con la Eucaristía, así nos lo manifiesta Juan hoy en su Evangelio. Con semejante gesto, realizado en momento tan transcendente, se quiere expresar que la Eucaristía significa unión de Cristo con los suyos en el misterio pascual y, a la vez, entrega y servicio en grado sumo.
En el lavatorio Jesús concentra toda su vida, como lo hace también en la institución de la Eucaristía. Es una llamada tanto a la contemplación como a la acción. Toda la existencia de Jesús fue en realidad una vida desgastada por los demás. Para los cristianos de verdad el camino del amor pasa siempre por el servicio humilde sobre todo a los pequeños. Realizado con la misma naturalidad con que Jesús lavó los pies a sus discípulos.
* Toda la vida de Jesús es un camino hacia Dios, pero sin desprenderse del mundo. Por ello a nosotros como comunidad cristiana se nos pide que desde el mundo lleguemos a Dios. Y Jesús añade que al mundo se va “desnudándose” (Jesús se quitó el manto: se despojó de su rango), se ciñó la toalla y como un siervo, lavó los pies…

Este Jueves Santo, llegamos nosotros cubiertos de polvo… y Jesús se inclina a lavarnos los pies… ¿Qué sentimos?… Dejemos que nos hable el corazón… Luego nos sentamos con El en la mesa sencilla a la que todos estamos invitados, pero no podemos prepararla de cualquier manera. Preguntémosle al Señor en este Jueves Santo:
Señor; ¿Cómo se prepara esta mesa?…

*ORACIÓN
“Y habiendo amado los suyos los amó hasta el fin”

Jesús De Nazaret: en esta tarde del “Jueves 17 “nos has convocado…, para celebrar y hacer memoria de aquella misma Cena…, en la que, antes de entregarte a la muerte, confiaste a la Iglesia a tus seguidores el banquete de tu Amor, la Eucaristía”. Con este Sacramento nos alimentas para vivir como Tú la entrega que nos enseñas con el lavatorio de los pies y nos dices:
“Lo que yo he hecho con vosotros hacerlo vosotros también”

(Pero quizá no tengamos tiempo para ir… es mala hora…)
Ayúdanos a reunirnos contigo alrededor de la mesa como aquel Jueves Santo. Te damos gracias por habernos invitado y por considerarnos tus amigos.

A nosotros como a Pedro y a sus compañeros, nos ocurre que no siempre te entendemos; o quizá te entendemos muy bien pero nos falta la valentía de vivir tus propuestas.

Ayúdanos a ser pan partido y repartido como tú y a que aprendamos a perder el miedo de entregarnos y ser generosos a fin de convertirnos en signo de tu presencia en el mundo. AMÉN-


*SEGUIMOS REFLEXIONANDO, CON PEDRO DESPUÉS DE LA CENA

* Estaba Agradecido, a tu mesa me habías invitado y buscaba sorprenderte:

Mentalmente preparaba yo un banquete para Ti.

Y de pronto tres gestos
(La túnica recogida, la toalla en tu cintura, tu cuerpo arqueado de rodillas ante mí…)
Deshicieron mis planes, rebelaron mi incrédula sorpresa
(Nunca acabo de entenderte amigo Jesús)
Y quedé derrotado en todos los terrenos.
Después oí tus palabras:
“Me llamáis Señor, Maestro; escoged mi gesto de amor y haced vosotros lo mismo con los que os rodean)

Aquí me tienes, Señor deseando cumplir tu imperativo que me deja torpemente perplejo y, a la vez, lleno de amor para la urgente tarea. Quiero decir de verdad. AMÉN

*VIERNES SANTO
Es día para contemplar, orar, y guardar silencio. Dejar que nos hable la CRUZ.

Pero me atrevo a deciros algo, amigos y amigas:

Aquel hombre, Jesús, nacido en Nazaret hoy va a morir.
Aquel hombre que predicaba el Amor, la esperanza para todos los que sufren,

Hoy va a morir.
Aquel hombre que nos enseñó con el ejemplo que el arma de la revolución es el amor,

Hoy va a morir.
Aquel que predicaba la igualdad, que sentía y actuaba como Dios Padre.
Aquel que se acercaba al desgraciado que convivía con la prostituta, con el pobre el explotado…
Hoy va a morir.
Perdonad, digo mal, no va a morir,
LO VAN A MATAR
Lo van a detener, humillar, torturar.
*Y hoy Jesús de Nazaret sigue muriendo entre nosotros,
sigue muriendo en el preso, en el torturado, en el amigo incomprendido, en el enfermo, en los olvidados, en la escoria de este mundo.
Jesús lucha y fracasa, lo matan pero no le quitan la vida
EL LA ENTREGA
Y porque El entregó su vida a raudales, hoy disfrutamos y tenemos vida a raudales.
¡Qué paradoja! Vidas que generan muerte y muertes que dan vida,
como la de Jesús.
Hoy muere Jesús pero es también una gran noticia:
Jesús da hasta la última gota de sangre, sangre que fertiliza y abona el mundo.

Y sigue dando VIDA

Y una mujer, MARÍA nos enseña el modo de adorar y venerar la cruz como signo de Salvación y de Vida: con su perseverancia, con su presencia, con su silencio, con su aprender los designios de Dios y aceptarlos en el interior de su corazón, con su esperanza firme en el triunfo del Amor sobre la muerte.

Contemplando la Cruz y con la esperanza puesta en el Resucitado, es ahora el momento de mirar nuestro interior acerca de nuestra fidelidad al Dios de la Vida, a Jesús de Nazaret.
Abrámonos, pues, a la VERDAD, que es JESÚS y reconozcamos cómo es nuestra fidelidad a su Persona y a su Mensaje, a la vez que le adoramos y le veneramos en la CRUZ, que representa el AMOR, siempre nuevo y fiel de Dios por todos nosotros.
“NO ADOREIS A NADIE, A NADIE MAS QUE A EL”
ZURIÑE


 

VIGILIA PASCUAL Y DOMINGO DE PASCUA

VIGILIA PASCUAL
Mt 28, 1-10

Fray Marcos
Fe Adulta

Decíamos al principio de la cuaresma que no se podía entender ese tiempo litúrgico sin tener presente la Pascua. Hoy al celebrar la resurrección de Jesús, damos sentido a todo ese tiempo de preparación para este acontecimiento. Naturalmente, no se puede resucitar si antes no se ha muerto. Tal vez sea este aspecto el más complicado para nosotros hoy. Por eso nos conformamos con celebrar externamente lo que sucedió a otra persona en una fecha histórica ya muy lejana.

El centro de esta vigilia no es directamente Jesús, sino el fuego y el agua como principios imprescindibles para la vida. Ya tenemos la primera clave para entender lo que estamos celebrando en la liturgia más importante de todo el año. Del fuego surgen dos cualidades sin las cuales no puede haber vida: luz y calor. El agua es el elemento fundamental para formar un ser vivo. El 80% de cualquier ser vivo, incluido el hombre, es agua. Recordar y renovar nuestro bautismo, es pieza clave para descubrir de qué Vida estamos hablando. Hoy el fuego y el agua simbolizan a Jesús porque le recordamos como Vida.

La vida que esta noche nos interesa, no es la física (bios), ni la síquica (psiques), sino la espiritual y trascendente. Por no tener en cuenta la diferencia entre estas vidas, nos hemos armado un buen lío con la resurrección de Jesús. La vida biológica no tiene ninguna importancia en lo que estamos tratando. «El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre». La biológica y la síquica tienen importancia, solo porque son la que nos capacitan para alcanzar la espiritual. Sólo el hombre que es capaz de conocer y de amar, puede acceder a la Vida divina. Nuestra conciencia individual tiene importancia solo como instrumento, como vehículo para alcanzar la Vida definitiva.

Lo que estamos celebrando esta noche, es la llegada de Jesús a esa plenitud de Vida. Jesús, como hombre, alcanzó la más alta cota de esa Vida. Posee la Vida definitiva que es la misma Vida de Dios. Esa Vida ya no puede perderse porque es eterna. Podemos seguir empleando el término «resurrección», pero debemos evitar el aplicarla inconscientemente a la vida biológica y sicológica, porque es lo que nosotros podemos sentir, es decir descubrir por los sentidos. Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo o palpando. Ni vivo ni muerto ni resucitado, puede nadie descubrir su divinidad.

Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo, no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, sólo puede ser objeto de fe pascual. Para los apóstoles como para nosotros se trata de una experiencia interior. A través del convencimiento de que Jesús les está dando VIDA, descubren los seguidores de Jesús, que tiene que estar él VIVO. Solo a través de la vivencia personal podemos aceptar nosotros la resurrección.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la vida. Por eso tiene en esta vigilia tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. Cristiano es el que está constantemente muriendo y resucitando. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, y naciendo a la verdadera Vida, la divina. Tenemos del bautismo una concepción estática que nos impide vivirlo. En tal día a tal hora, han hecho el signo sobre mí, pero el alcanzar y vivir lo significado, es tarea de toda la vida. Todos los días tengo que estar haciendo mía esa Vida. Y el único camino para hacer mía la Vida de Dios que es AMOR, es superando el ego-ísmo, es decir, amando.

DOMINGO DE PASCUA
Jn 20,1-9

En este día de Pascua, debemos recordar aquellas palabras de Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, somos los más desgraciados de todos los hombres.» Aunque hay que hacer una pequeña aclaración. La formulación condicional (si) nos puede despistar y entender que Jesús podía resucitar o no resucitar, lo cual no tiene sentido porque Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir. Y él fue consciente de ello.

Él era el agua viva, dice a la Samaritana, Él había nacido del Espíritu, como pidió a Nicodemo; él vive por el Padre; él es la resurrección y la Vida. Ya en ese momento cuando habla con sus interlocutores, está en posesión de la verdadera Vida. Eso explica que le traiga sin cuidado lo que pueda pasar con su vida biológica. Lo que verdaderamente le interesa es esa VIDA con mayúscula que él alcanzó durante su vida con minúscula.

No debemos entender la resurrección como la reanimación de un cadáver. Un instante después de la muerte, el cuerpo no es más que estiércol. Los sentimientos que nos unen al ser querido muerto, por muy profundos y humanos que sean, no son más que una relación sicológica. Esos despojos no mantienen ninguna relación con el ser que estuvo vivo. La muerte devuelve al cuerpo al universo de la materia de una manera irreversible. La posibilidad de reanimación es la misma que existe de hacer un ser humano partiendo de un montón de basura. Eso no tiene sentido ni para los hombres ni para Dios.

Jesús sigue vivo, pero de otra manera. Debo descubrir que yo estoy llamado a esa misma Vida.

A la Samaritana le dice Jesús: El que beba de esta agua nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida eterna.

A Nicodemo le dice: Hay que nacer de nuevo; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es Espíritu. El Padre vive y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me asimile, vivirá por mí. Yo soy la resurrección y la Vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre.

Jesús no habla para un más allá, sino en presente. Si creemos esto, ¿qué nos importa todo lo demás?

Jesús había conseguido, como hombre, la plenitud de Vida del mismo Dios. Porque había muerto a todo lo terreno, a su egoísmo, y se había entregado por entero a los demás, llega a la más alta cota de ser posible como hombre mortal. Este admirable logro fue posible, después de haber descubierto que esa era la meta de todo ser humano, que ese era el único camino para llegar a hacer presente lo divino. Esta toma de conciencia fue posible, porque había experimentado a Dios como Don. Una vez que se llega a la meta, es inútil seguir preocupándose del vehículo que hemos utilizado para alcanzarla.

La liturgia de Pascua no está diciéndonos algo sobre Jesús que tenemos que recordar y celebrar. Está diciéndonos algo muy importante sobre nosotros mismos. Nos está diciendo que en cada uno de nosotros, hay zonas muertas que tenemos que resucitar. Nos está diciendo que debemos preocuparnos por la vida biológica, pero no hasta tal punto que olvidemos la verdadera Vida y así arruinemos la misma vida natural. Nos está diciendo que tenemos que estar muriendo todos los días y al mismo tiempo resucitando, es decir pasando de la muerte a la Vida. Si al celebrar la resurrección de Jesús no experimentamos nosotros una nueva Vida, es que nuestra celebración ha sido simple folclore.

 

Meditación-contemplación

Yo soy la resurrección y la Vida.
Resurrección y Vida expresan la misma realidad,
no son cosas distintas.
No hay Vida sin resurrección y tampoco resurrección sin Vida.
En la medida que haga mía la Vida,
Estoy garantizando la resurrección.

………………

No te preocupes de lo que va a ser de ti en el más allá.
Además de ser inútil, te llevará a una total desazón.
Lo importante es vivir aquí y ahora esa nueva VIDA.
Todo lo demás ni está en tus manos ni debe importarte.

……………….

Deja que la VIDA que ya está en ti, se haga algo real en tu vida.
Deja que todo tu ser quede empapado de ella.
Deja que Dios Espíritu (fuerza) sea tu verdadero ser.
Entonces podrás decir como Jesús:
Yo y el Padre somos uno.

Fray Marcos

 

VIERNES SANTO: JESÚS NO NOS SALVÓ CON SU MUERTE SINO CON SU VIDA

Escrito por  Fray Marcos
Fe Adulta

Jn 18, 1-19, 42

La celebración ayer de la última cena, la celebración hoy de la muerte y la celebración mañana de la resurrección, son tres aspectos de una misma realidad: la plenitud de un ser humano que llegó a identificarse con Dios que es Amor. Este es el punto de partida para que cualquier ser humano pueda desarrollar su verdadera humanidad. Pero el amor es la meta a la que llegó Jesús y a la que tenemos que llegar nosotros. Ese amor es lo más dinámico que podemos imaginar, porque es el motor de toda acción humana.

El recuerdo puramente litúrgico de la muerte de Jesús sin un compromiso de mantener en nuestra vida las mismas actitudes que le llevaron a la muerte, es un folclore vacío de contenido. Otro peligro que nos acecha en esta celebración, es caer en la sensiblería. Tal vez no podamos sustraernos a los sentimientos ante la descripción de una muerte tan brutal. El peligro estaría en quedarnos ahí y no tratar de vivir lo que estamos celebrando. Nos importan los datos históricos, pero sólo como medio de descubrir la cristología que en ellos se encierra: Jesús es para nosotros el modelo de lo humano y de lo divino.

No podemos presentar la muerte de Jesús como el colmo del sufrimiento. La vida de Jesús se desarrolló con relativa normalidad y con una cierta comodidad. Los sufrimientos duraron solo unas horas. Millones de personas, antes y después de Jesús, han sufrido mucho más en cantidad y en intensidad. No podemos seguir hablando de sus sufrimientos como si fueran los únicos. Fue una muerte cruel, sin duda, pero no podemos presentarla como el paradigma del dolor humano. El valor de la muerte de Jesús no está en el dolor, sino en la motivación de esa muerte, en la actitud de Jesús y de los que lo mataron.

Tenemos que entender bien, la idea de que «murió por nuestros pecados». El autor de la carta a los hebreos, (que seguramente no es de Pablo) lo que intenta es hacer ver a los judíos, que ya no tenía sentido el repetir los sacrificios que habían sido la base del culto en el templo, porque ya estaba cumplida en Jesús toda la labor de mediación. Esta idea es posible, solo desde la perspectiva del Dios del AT que premia y castiga; y exige el pago por nuestros pecados. Este Dios no tiene nada que ver con el Dios de Jesús, que nos ama a todos siempre e infinitamente y que, si pudiera tener alguna preferencia, sería para con los débiles o los pecadores.

¿Por qué le mataron? ¿Por qué murió? Si no hacemos esta distinción, entraremos en un callejón sin salida. Le mataron porque la idea de Dios que él predicó no coincidía con la idea que los judíos tenían de su Dios. El Dios de Jesús, como veíamos ayer, no es el soberano que quiere ser servido, sino Amor absoluto que se pone al servicio del hombre. Esta idea de Dios es demoledora para todos aquellos que pretenden utilizarlo como instrumento de dominio y esclavitud de los demás. Ningún poder establecido puede aceptar ese Dios, porque no es manipulable ni se puede utilizar en provecho propio. Esta idea de Dios es la que no pudieron aceptar los jefes religiosos judíos. Este Dios nunca será aceptado por los jefes religiosos de ninguna época.

Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios. No se pueden separar las respuestas a las dos preguntas. Jesús como todo ser humano tenía que morir, pero resulta que no murió, sino que le mataron. Esto último, tampoco hace de su muerte un hecho singular. La singularidad de esa muerte hay que buscarla en otra parte. La muerte de Jesús no fue un accidente, sino consecuencia de su manera de ser y de actuar. Creo que en la aceptación de las consecuen¬cias de su actuación está la clave de toda la vida de Jesús.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le costaría la vida, es la clave para comprender que la muerte no fue un accidente, sino un hecho fundamental en su vida. El hecho de que le mataran, podía no tener mayor importancia, pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones, que la vida, nos da la verdadera profundidad de su opción vital. Jesús fue mártir (testigo) en el sentido estricto de la palabra.

Las palabras y los gestos de Jesús en la última cena, sobre el servicio total a los demás, pueden significar la más elevada toma de conciencia de Jesús sobre el sentido de su vida. Tal vez en ese momento, cuando ya era inevitable su muerte, descubrió el verdadero sentido de una vida humana. Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su plena consumación. En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios y puede decir: «Yo y el Padre somos uno». Dios está allí donde hay verdadero amor, aunque sea con sufrimiento y muerte. Si seguimos pensando en un dios de «gloria», será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús.

¿Qué tuvo que ver Dios en la muerte de Jesús? El gran interrogante que se plantea sobre esa muerte recae sobre Dios. No podemos pensar que planeó su muerte, ni que la exigió como pago de un recate por los pecados, ni que la permitió o la esperó. La paradoja está en que podemos decir que Dios no tuvo nada que ver en la muerte de Jesús, y podemos decir que fue precisamente Dios la causa de su muerte. Si pensamos que Dios era el motor de toda la vida de Jesús, de sus actitudes y de sus decisiones, entonces Él fue la causa de que Jesús fuera a la muerte.

La muerte de Jesús es una verdadero interrogante sobre Dios. Según todas las apariencias, Dios abandonó a Jesús a su suerte cuando le pedía a gritos que le ayudara. ¿Cómo podemos armonizar su silencio con la cercanía en el momento de morir? Aquí está la clave de comprensión del misterio Pascual. Dios no abandonó por un momento a Jesús para después reivindicarlo. Dios estuvo con Jesús en su muerte. Porque fue capaz de morir antes que fallarle, demuestra esa presencia de Dios como en ningún otro momento de su vida. En la entrega total se identificó totalmente con Dios y lo hizo presente. Cualquier otro intento de demostrar la presencia de Dios en Jesús (conocimientos, poder, milagros) es contrario a las enseñanzas más profundas de Jesús sobre Dios.

Creo que aún tenemos que reflexionar mucho sobre esa muerte para comprender el profundo significado que tuvo para él y para nosotros. Su muerte es el resumen de su actitud vital y por lo tanto, en ella podemos encontrar el verdadero sentido de su vida. Se trata de una muerte que manifiesta la verdadera Vida. Pero no se trata de la muerte física, sino de la muerte al «ego», y por lo tanto a todo egoísmo, que hizo posible una entrega a los demás hasta la muerte. Este es el mensaje que no queremos aceptar, por eso preferimos salir por peteneras y buscar soluciones que no nos exijan entrar en esa dinámica. Si nuestro «yo» sigue siendo el centro de nuestra existencia, no tiene sentido celebrar la muerte de Jesús; y tampoco celebrar su «resurrección».

Nosotros tenemos que separar la vida, la muerte y la resurrección de Jesús para intentar entenderlas, pero solamente las podremos entender si descubrimos la unidad de las tres realidades. La muerte fue consecuencia inevitable de su vida, pero en esa muerte ya estaba toda lo gloria que podía recibir Jesús. La trayectoria humana de Jesús terminó alcanzando la más alta meta: desplegar al máximo toda su humanidad, alcanzando y manifestando la plenitud de divinidad. Si no tenemos presente esto, podemos seguir echando balones fuera y sin descubrir lo que tiene de acicate para nosotros el darnos cuenta que un ser humano, en todo semejante a nosotros, pudo llegar a esa meta.

 

Fray Marcos

 

JUEVES SANTO: LA VIDA NO ES UNA CREENCIA

Escrito por  Enrique Martínez Lozano

FE ADULTA

Mt 28, 1-10

Las innegables «incoherencias» que aparecen en los llamados «relatos de apariciones» se explican por el hecho de que tales relatos no son «crónicas históricas» de lo ocurrido, sino textos que intentan balbucir lo que fue una experiencia que trascendió los límites espaciotemporales.

En el texto que nos ocupa, no deja de resultar extraña la duplicidad que supone la presencia de un «ángel» primero, y del propio Jesús a continuación. Sin duda, tanto el carácter simbólico del relato inicial, como el hecho de que luego siguiera circulando durante algunas décadas, explicarían ese tipo de «duplicados», contrastes o incoherencias que se manifiestan entre ellos, cuando los leemos cuidadosamente o comparamos las distintas versiones que ofrecen los diferentes evangelistas.

Sin embargo, hay un dato que se repite en todos y que presenta indicios de historicidad: el protagonismo de las mujeres, como las «primeras» testigos de la resurrección.

Si tenemos en cuenta que la palabra de la mujer, en aquella cultura, carecía de valor testifical, es fácil concluir que ese protagonismo no pudo ser «inventado» por los escritores; tuvo que haber ocurrido algo entre aquel grupo de discípulas para que fuera de ellas de donde naciera el «primer anuncio» del Resucitado. Sin embargo, históricamente, carecemos de datos que nos permitan decir algo más. Nos queda el carácter simbólico del relato, y los «ecos» que el mismo despierte en nosotros.

El encuentro con el resucitado ocurre «al alborear el primer día de la semana». Es aún de noche, las mujeres han madrugado. La prontitud de ellas no es la que provoca el acontecimiento; sin embargo, sí les permite ser testigos.

Nuestra búsqueda nunca podrá alcanzar resultados que trascienden el nivel de lo mental –la mente no puede conducir más allá de sí misma-, pero nos ayuda a «quitar velos», a «descorrer losas» que nos impiden ver.

El mensaje que resuena invita a quitar algunas de esas losas pesadas: la oscuridad, la tristeza y el temor. Todos los relatos de apariciones –también este- transmiten una palabra clara y contundente de luminosidad, de alegría y de confianza.

Ahora bien, esa palabra no la podemos «captar» desde la mente. Porque nuestra mente –en cuanto órgano de conocimiento- únicamente entiende de objetos (físicos o mentales) y se le escapa todo aquello que no es objetivable, aquello que trasciende el nivel de lo que puede ser medido.

La verdad del anuncio, por tanto, no puede ser pensada. Y si creemos en ella, simplemente porque alguien nos la ha transmitido, nos encontraremos apenas con una creencia; nada más.

La verdad del mismo únicamente nos llegará en la medida en que tengamos experiencia de ser la propia verdad que se anuncia. Lo cual requiere que estemos «situados» allí donde somos Vida.

Mientras permanecemos identificados con nuestra mente –creyendo que nuestra identidad es el «yo psicológico» o mental-, no podremos pasar de creencias. Solo en la medida en que acallamos la mente, y entramos en contacto con nuestra verdadera identidad, nos descubrimos ser Vida, Luz, Gozo, Confianza… Estamos situados en el mismo «lugar» en el que ocurre la experiencia que llamamos de «resurrección».

Lo que descubrimos no es que nuestro «yo» tenga la vida asegurada, sino que nuestra verdadera identidad es Vida, que se halla a salvo de cualquier contingencia.

Por eso, «alegraos…, no tengáis miedo».

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

JUEVES SANTO: NO SOLO COMER SINO ASIMILAR A JESÚS

Escrito por  Fray Marcos

FE ADULTA

Jn 13, 1-15

La liturgia de este día se centra en el recuerdo de la cena: el lavatorio de los pies y las palabras y gestos que dieron lugar a la eucaristía. Ni los evangelistas, ni los exegetas se ponen de acuerdo si fue o no fue una cena pascual. No tiene mayor importancia, porque para nosotros lo esencial está en lo que va más allá del rito judío de la cena pascual. Esta Pascua no es ya la pascua de los judíos.

Es curioso que los tres evangelistas que narran la institución de la eucaristía, no hablen del lavatorio de los pies, y Juan que narra el lavatorio de los pies, no dice nada de la institución de la eucaristía. La verdad es que los dos signos expresan exactamente la misma realidad: la entrega absoluta y total.

Tampoco sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. La protesta de Pedro deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada.

Sin embargo, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras está encerrado lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos. Por eso, la liturgia de hoy es de las más densas de todo el año.

Debemos comenzar por tomar conciencia de la importancia de los que celebramos, como la toma el evangelista Jn cuando ha hecho esa grandiosa obertura:

«Consciente Jesús de que había llegado su «hora«, la de pasar de este mundo al Padre, él que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor en el más alto grado.»

Pero no es menos sorprendente el final del relato:

«¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el «Maestro» y el «Señor»; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros».

En estas dos frases tenemos la clave de la celebración.

Vamos a comenzar por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor. En ese gesto, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Lavar los pies era un servicio que solo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como el señor. Lo importante no es el hecho físico, sino el simbolismo que en él se encierra. La plenitud de Jesús como ser humano, está en el servir a los demás. Fijaros que ese profundo simbolismo es lo que se quiere manifestar en el evangelio de Juan.

El más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundiza en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Sospecho que la eucaristía se había convertido ya en un rito mágico y formal, vacío de contenido, y Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega.

Jesús denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder o en el dominio de los demás, pero proclama que la verdadera plenitud humana está en parecerse a Dios que se da sin condiciones ni reservas.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado». Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaros!

No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amar a los demás, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó. Una eucaristía celebrada como una devoción más, que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús.

En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato del pan partido y del vino derramado; pero en la eucaristía corremos el riesgo de quedarnos en una visión espiritualista y abstracta que no afecta a mi vida concreta. La presencia real de Cristo en el pan y en el vino, entendida de una manera estática y física, nos puede impedir descubrir el aspecto vivencial del sacramento y dejarnos al margen del la verdadera intención de Jesús al compartir esos gestos con sus discípulos.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi¬cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Recordemos que «cuerpo» en la antropología judía del tiempo de Jesús, quería decir persona, no carne. Como si dijera: meteos bien en la cabeza que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dando mi propio ser a los demás. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos, es decir, que da Vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que me bebe. Eso soy yo. Eso tenéis que ser vosotros.

Por haber insistido exclusivamente en la presencia real de Cristo en la eucaristía, nos acercamos al sacramento como a una realidad misteriosa, pero que no tiene valor de persuasión, no me lleva a ningún compromiso con los demás. La presencia real, por el contrario, debería potenciar el verdadero significado del gesto. Nos debería recordar en todo momento lo que Jesús fue y lo que nosotros, como cristianos, debemos ser. El haber cambiado este sentido dinámico por una adoración, ha empobrecido el sacramento hasta convertirlo en algo aséptico, que nada me exige y no me motiva.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir, manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana solo la alcanzaría cuando llegara a la donación total en la muerte asumida y aceptada. Solo un Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Descubrir que destrozarnos para que nos puedan comer, es también la meta para nosotros, es el primer objetivo de un seguidor de Jesús. Pero de esto hablaremos mañana, Viernes Santo.

Juan no menciona la eucaristía en el relato de la última cena, pero no se olvidó de un sacramento que tuvo tanta importancia para la primera comunidad. En el c. 6 de su evangelio, encontramos la explicación de lo que es la eucaristía. «Yo soy el pan de Vida»; y a continuación: «Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que me presta su adhesión, nunca pasará sed».

Está muy claro que comer materialmente el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre al servicio a los demás hasta deshacerse por ellos. El mayor peligro que tenemos hoy los cristianos es acercarnos al sacramento como medio de unirnos a Dios, olvidándonos de los hombres.

En el mismo c. 6, dice un poco más adelante: «El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me «come» vivirá por mí». No hay en todo el NT una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también esa misma Vida, la definitiva, la trascendente, la que no se verá alterada por la muerte biológica.

Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la «muerte», no la física, aunque también, sino la muerte a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber Vida. No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo. Todo lo que no es esa Vida, antes o después, se desvanecerá.

 

Fray Marcos

 

*ORAR CON EL EVANGELIO: (Mt.26, 14-27)

  • DOMINGO DE RAMOS -A -(ABRIL 13 de 2014)

Celebrar la Semana Santa es una oportunidad para entrar en la vivencia de los sentimientos y actitudes de Jesús en la última etapa de su vida.
En esta fiesta, se juntan, los cánticos de júbilo, la alegría y el gozo, la vida, con la pena, el dolor,
La tortura, la muerte.
Tenemos que reflexionar en este día, que no celebramos la muerte como final, sino la vida. Esa VIDA que nos da Cristo que muere crucificado pero vive.
Jesús, se sabe en las manos del Padre que le ama, pase lo que pase. Por eso, siguiendo la voluntad de ese padre “organiza” su entrada triunfal en Jerusalén, montado en un borriquillo y aclamado como Rey.
Es la primera ocasión de su vida en que acepta ser aclamado como rey, como Mesías. Ya no importa que se lo digan unos a otros ya no está la prohibición de “no se lo digáis a nadie”. Es más, el mismo acepta que lo aclamen como mesías, pero no por el poder y la gloria humana, sino en la humildad y sencillez de quien entra triunfante sobre un borriqillo. Jesús no camina tras el éxito ni busca el aplauso de los hombres. Jesús busca en todo hacer la voluntad del Padre. Y sabe lo que estas alabanzas entrañan, a El no le engaña nada, ni nadie.
Nuestro mundo necesita experimentar el amor de Dios y creer en El. La vivencia y el compromiso que implican la celebración del Misterio pascual de Jesús nos llaman a ser testigos gozosos, auténticos y creíbles de Jesús, el crucificado el resucitado. En la cruz Él nos ha comunicado que ha muerto por amor a nosotros.
Vivamos la Semana Santa haciendo nuestro el paso de la muerte a la vida, comunicando nosotros a todos el Amor apasionado de dios Padre a todos los seres humanos de nuestro tiempo, y de todos los tiempos.
El, nos dijo: “Nadie tiene Amor más grande que el que da la vida por sus amigos” El, Jesús dio toda su Vida, por nosotr@s.

* ORACIÓN
* Jesús de Nazaret, Misericordioso. Comenzamos hoy la Semana Santa junto a Ti.
Hoy en tu Entrada Triunfal en Jerusalén, y también durante toda esta Semana Santa, queremos acompañarte, contemplarte y aprender a aceptar la Cruz como tú lo haces, seguir tus pasos cargando con nuestras cruces y buscando en Ti la alegría que nos da la certeza de confiar y esperar en tu Resurrección.
Tú, Señor, Dios nuestro, nos invitas hoy a subir contigo a Jerusalén, siguiendo tus huellas.
Hoy nos invitas a ser cristianos coherentes en medio de nuestra sociedad y en la vida cotidiana, capaces de caminar con valentía junto a ti, y llenando el mundo, nuestra realidad cercana, nuestro día a día, de ilusión y esperanza.
¡Tú, Dios nuestro, eres nuestra salvación!
Te pedimos que nos ayudes a no dejar el camino de tu seguimiento a pesar de las dificultades, limitaciones y sufrimientos.
Ayúdanos también a estar siempre cercanos al que sufre o tiene alguna necesidad.
Ten misericordia de nosotros, Jesús de Nazaret, y enséñanos a merecer tu Amor que nos das cada día y especialmente en la entrega durante esta Semana Santa. AMÉN.

ZURIÑE


 

LA CRUZ Y EL SILENCIO DE JESÚS, Enrique Martínez Lozano

Escrito por  Enrique Martínez Lozano

FE ADULTA

Mt 27, 11-54

Son varios los elementos llamativos de este relato de la pasión que hace Mateo:

• El interés por «culpabilizar» a las autoridades judías –y, paralelamente, «desculpabilizar» a las romanas- de la muerte de Jesús. Parece hallarse una doble intención de fondo: expresar el enfrentamiento con el judaísmo, ya frontal en los años 80, y no «molestar» a los romanos, bajo cuyo imperio se iban extendiendo las comunidades. A ello habría que unir, probablemente, la intencionalidad de dejar clara la inocencia de Jesús.

• La incoherencia del poder que, a pesar de tener clara la inocencia del reo, decide igualmente su condena.

• Las torturas padecidas por el condenado, que nos traen ante nuestra mirada a tantos hombres y mujeres torturados de tantas maneras a lo largo de toda nuestra historia humana.

• Las burlas de la autoridad religiosa, que recuerdan, por otro lado, las tentaciones que acompañaron la vida de Jesús.

• Las palabras que pone en boca de Jesús moribundo («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»), que no habrían sido pronunciadas por él mismo, sino que recogerían el sentir del primer evangelista (Marcos), y que están tomadas del Salmo 22.

• Los signos apocalípticos que utiliza el autor para subrayar la trascendencia de esa muerte, vista desde su propia fe…

Sin embargo, en esta ocasión, lo que más ha «tocado» mi corazón ha sido el silencio de Jesús. Si exceptuamos aquellas con las que se inicia el Salmo 22, y que parecen ser una atribución del autor, de los labios de Jesús no sale una sola palabra. Incluso, en el interrogatorio a que lo somete Pilato, y ante la extrañeza de este, Jesús calla.

Existen, ciertamente, diferentes tipos de silencio: el impuesto, el mutismo elegido, el que expresa indiferencia, o cobardía, o incluso desprecio y descalificación del otro… No parece que el silencio de Jesús encaje en ninguna de estas categorías.

Personalmente, alcanzo a ver tres niveles en ese silencio: por un lado, es expresión de dignidad, propia de quien ha sido y es fiel a sí mismo; por otro, de confianza, característica de quien se sabe sostenido y fundamentado, más allá de las circunstancias cambiantes; y, finalmente, en una dimensión todavía más profunda, de sabiduría, es decir, de conexión con su identidad más honda.

Tanto la dignidad como la confianza no son difíciles de comprender, sobre todo, teniendo en cuenta que habían sido signos distintivos de la práctica y del mensaje del maestro de Nazaret.

Pero, ¿qué significa que ese silencio sea expresión de sabiduría? Los sabios y los místicos tienen algo que decirnos al respecto: para ellos, el silencio no es mutismo, sino condición necesaria para percibir en profundidad, es decir, para acceder a aquella verdad a la que el razonamiento no puede acceder. De hecho, todos ellos han hablado del vacío, de la oscuridad, del no-saber, del no-pensamiento…, como requisito previo al conocimiento más profundo.

No solo eso. El silencio, así entendido, no es únicamente ausencia de ruido, ausencia de pensamiento y ausencia de ego, aunque incluya todo ello. Es, básica y fundamentalmente, un estado de consciencia, Aquello que somos en profundidad, Eso que constituye nuestra verdadera identidad.

En este sentido, lo opuesto a «silencio» es identificación con la mente, y con la identidad que ella piensa: el ego. Desde aquí, vivimos necesariamente reaccionando a lo que ocurre, a lo que nos dicen o nos hacen, desde la perspectiva y los mecanismos propios del ego.

«Silencio» es otro nombre de nuestra identidad verdadera, aquella que no puede ser pensada, porque no es objetivable. Nos evoca la «Nada», de Juan de la Cruz o de Miguel de Molinos, el Vacío del zen, o el sunyata del budismo.

Molinos se refería a ello con estas palabras: «Éntrate en la verdad de tu nada y de nada te inquietarás… Oh, ¡qué tesoro descubrirás si haces de la nada tu morada!… Si estás encerrado en la nada, adonde no llegan los golpes de las adversidades, nada te dará pena, nada te inquietará. Por aquí has de llegar al señorío de ti mismo, porque solo en la nada reina el perfecto y verdadero dominio».

Al conectar con nuestra verdadera identidad, tomamos distancia de la mente y de todos sus movimientos (mentales y emocionales), y se nos regala acceder a esa «Espaciosidad» sin fronteras que somos –pura consciencia de ser- y que muy bien se puede designar como «Silencio».

Silencio es la morada del sabio: desde él se vive, o mejor dicho, permite que la Vida viva, se exprese y fluya a través de su persona. Por eso, no hay reacciones, sino sencillamente respuestas.

En todo el proceso judicial que habría de acabar en la tortura y el ajusticiamiento, Jesús vive en conexión con su verdadera identidad, en el Silencio, donde se siente a salvo y desde donde puede vivir incluso la mayor injusticia con ojos de confianza y de perdón hacia sus verdugos.

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

Jaunaren Nekaldiko Erramu-Igandea – Domingo de Ramos, José A. Pagola

EZ ZION EZERK ATZERA EGINARAZI

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Mat 26,14-27,66

ECLESALIA, 09/04/14.- Joan Bataiatzailea hiltzea ez zen izan ezusteko bat. Judu-herrian oso hedatua zen ideia baten arabera, profetaren zoria ulertezina izatea da, ukatua izatea eta, kasu askotan, heriotza galdua izatea. Segur aski, oso garaiz barruntatu zuen Jesusek beretzat indarkeriazko azken bat.

Jesus ez zen izan suizida bat, ez zen ibili martiritzaren bila. Ez zuen sekula sufrimendua opa izan, ez beretzat, ez beste inorentzat. Bizitza osoan saiatu zen haren kontra, bai gaixotasunean, bai zuzengabekerian, bai bazterkerian edo etsipenean. «Jainkoaren erreinua eta haren zuzentasuna bilatzea» izan zuen bere asmo guztia: zeruko Aitak gogoko duen mundu duinago eta zoriontsuagoa baten bilatzeari emanik bizi izan zen.

Pertsekuzioa eta martiritza onartzen baditu, bere seme-alabak sufritzen ikusi nahi ez dituen Jainkoaren asmori leial izateagatik izan da. Horregatik, ez doa heriotzaren bila, baina atzera ere ez du egin. Ez du ihes egin mehatxuen aurrean, ez du aldatu edo leundu bere mezua ere.

Aise ihes egiten ahal zion Jesusek eraila izateari. Aski izango zuen isiltzea eta ez azpimarratzea tenpluan edo erromatar prefektuaren jauregian haserrea eragin zezakeen ezer. Baina ez. Bere bideari jarraitu zion. Nahiago izan zuen heriotza bere kontzientziari saldukeria egitea baino, Jainkoaren, bere Aitaren, asmori desleial izatea baino.

Segurtasun-faltaren, gatazkaren eta salaketen giroan bizitzen ikasi zuen. Eguna joan eguna etorri, bere gogoa bere egitekoari estuago lotuz joan zen, eta bere mezua argi eta garbi hots egiten. Mezu hura zabaltzera ausartu zen, ez Galileako herrixka baztertuetan bakarrik, baita tenpluaren ingurune arriskutsuan ere. Ez zion ezerk atzera eginarazi.

Jainkoari leial zelako hil zuten, harengan ezarria baitzuen beti bere konfiantza. Guztiei onarpena eskaintzen jarraitu zuen, baita bekatariei eta desiraezin zirenei ere. Berari uko egitera iristen badira, «baztertu» bat bezala hilko da, baina bizitza osoan zer izan den baietsiko du heriotza horrek: inor zapuzten ez duen eta bere barkazioa inori ukatzen ez dion Jainkoagan izan duen erabateko konfiantza du.

Jainkoaren eta haren erreinuaren bila jarraituko du, bat eginez pobreenak eta mespretxatuenak direnekin. Egun batean gurutzean, esklaboei dagokien tormentuan, hiltzen badute, pobre eta mespretxatu bat bezala hilko da; baina betiko zigilatuko du bere heriotzaz Jainkoagan duen konfiantza, hark salbazioa opa baitie gizon-emakume guztiei esklabotza guztitik.

Jesusengan, haren jarraitzaileok errealitatearen azken Misterioa aurkitu dugu, gizakiari dion maitasunean eta erabateko eskaintzan haragitua den Misterioa. Gurutziltzatua izan den horren maitasunean Jainkoa bera ageri zaigu, sufritzen ari diren guztiekin bat eginik, zuzengabekeria guztien kontra oihuka eta aldi guztietako borreroei barkatzen. Jainko honengan sinetsi daiteke edo ez, baina ezin egin zaio isekarik. Honengan dugu kristauok geure konfiantza. Ezerk ez dio atzera eragingo bere seme-alabak salbatzeko eginahalean.

Domingo de Ramos (A) Mateo 26,14-27,66

NADA LO PUDO DETENER

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 09/04/14.- La ejecución del Bautista no fue algo casual. Según una idea muy extendida en el pueblo judío, el destino que espera al profeta es la incomprensión, el rechazo y, en muchos casos, la muerte. Probablemente, Jesús contó desde muy pronto con la posibilidad de un final violento.

Jesús no fue un suicida ni buscaba el martirio. Nunca quiso el sufrimiento ni para él ni para nadie. Dedicó su vida a combatirlo en la enfermedad, las injusticias, la marginación o la desesperanza. Vivió entregado a “buscar el reino de Dios y su justicia”: ese mundo más digno y dichoso para todos, que busca su Padre.

Si acepta la persecución y el martirio es por fidelidad a ese proyecto de Dios que no quiere ver sufrir a sus hijos e hijas. Por eso, no corre hacia la muerte, pero tampoco se echa atrás. No huye ante las amenazas, tampoco modifica ni suaviza su mensaje.

Le habría sido fácil evitar la ejecución. Habría bastado con callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el palacio del prefecto romano. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre.

Aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y siguió anunciando con claridad su mensaje. Se atrevió a difundirlo no solo en las aldeas retiradas de Galilea, sino en el entorno peligroso del templo. Nada lo detuvo.

Morirá fiel al Dios en el que ha confiado siempre. Seguirá acogiendo a todos, incluso a pecadores e indeseables. Si terminan rechazándolo, morirá como un “excluido” pero con su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no rechaza ni excluye a nadie de su perdón.

Seguirá buscando el reino de Dios y su justicia, identificándose con los más pobres y despreciados. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá como el más pobre y despreciado, pero con su muerte sellará para siempre su fe en un Dios que quiere la salvación del ser humano de todo lo que lo esclaviza.

Los seguidores de Jesús descubrimos el Misterio último de la realidad, encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. En el amor de ese crucificado está Dios mismo identificado con todos los que sufren, gritando contra todas las injusticias y perdonando a los verdugos de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer, pero no es posible burlarse de él. En él confiamos los cristianos. Nada lo detendrá en su empeño de salvar a sus hijos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

 

SOMOS NECESIDAD Y PLENITUD, por Enrique Martínez Lozano

Escrito por  Enrique Martínez Lozano

Fe Adulta

Jn 11, 1-45

La belleza y sabiduría del relato consiste en conjugar, en la misma persona de Jesús, una doble afirmación: «Se echó a llorar» y «Yo soy la resurrección y la vida».

Esa es, justamente, nuestra paradoja: somos seres sensibles, a quienes nos afecta lo que sucede y, simultáneamente, somos Vida que se halla siempre a salvo.

Nos percibimos como pura necesidad y carencia –y, por tanto, vulnerables- pero, al mismo tiempo, somos plenitud a la que nada le falta.

Nuestro «doble rostro» no es sino expresión de las «dos caras» de lo Real: lo invisible y lo manifiesto, «lo implicado y lo explicado» (por utilizar los términos del físico David Bohm), el vacío y la forma…

Ambos aspectos son ciertos, si bien no en el mismo nivel. Por eso, en cierto modo, podría decirse que lo absoluto se manifiesta en lo (como) relativo.

La tradición cristiana ha personalizado este doble rostro de lo Real en la persona de Jesús, al afirmar simultáneamente su divinidad y su humanidad. La lectura adecuada de tal afirmación no habla de una suma o yuxtaposición de dos realidades separadas (Dios y hombre), sino del misterio de la Unidad, visto desde dos perspectivas diferentes. Por eso, la formulación menos inadecuada pudiera ser esta: lo humano es divino, y lo divino es humano. (Y probablemente fuera por aquí la intuición de Leonardo Boff cuando, al hablar de Jesús, afirmó que «alguien tan humano solo podía serlo Dios»).

Cuando se han entendido aquellas dos dimensiones en clave de yuxtaposición –una al lado de la otra-, se ha dado entrada a una serie interminable de pseudo-problemas que no conducen a ninguna parte.

Del mismo modo, cuando aquella afirmación se ciñó exclusivamente a Jesús, tuvo como resultado que se hiciera de él un «ídolo» separado y alejado de todos nosotros.

En realidad, lo que se afirma de Jesús se está diciendo también de todos nosotros. Y esto no es «rebajar» su figura –como leería una creencia mítica, o como temería un cristiano convencional-, sino justamente percibirla en toda su hondura y plenitud.

Parece claro que cualquier comparación nace de la mente y caracteriza el funcionamiento del ego, que vive precisamente del juicio y la comparación. Eso explica que, mientras se permanece en la mente y en el ego –como si esta fuera nuestra verdadera identidad-, la comparación sea inevitable, enfatizando, por encima de todo, las diferencias entre los egos.

Al silenciar y trascender la mente, se abre la perspectiva no-dual que, sin negar las diferencias manifiestas, sabe ver la unidad de fondo que las abraza, y que constituye realmente su identidad última.

Como Jesús, somos, a la vez, necesidad –por eso lloramos- y somos Vida. Y esto es lo que en la tradición cristiana se ha expresado con el término «resurrección».

La resurrección –como la reencarnación, en otras culturas y latitudes- es un «mapa», que apunta a la verdad de que somos Vida, que nada puede aniquilar.

Por eso, cuando Marta expresa la fe convencional judía –»sé que resucitará en la resurrección del último día»-, Jesús puntualiza: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

La muerte –aunque nos haga llorar e incluso produzca gran temor a nuestra sensibilidad, porque somos seres sintientes- es únicamente una «forma» más que adopta la Vida, no muy diferente de aquella otra que es el nacimiento. En este y en aquella, La Vida solo cambia de forma. Y esa misma Vida, como bien sabía Jesús, es nuestra verdadera identidad; no la identidad de nuestro yo individual (o ego), sino del Yo Soy universal que, más allá de las diferencias, somos.

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com