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La Jornada Mundial de los Pobres nació de una intuición clara y radical del papa Francisco: que la Iglesia debía detenerse y poner en el centro de su atención no la pobreza como concepto, sino las personas pobres, aquellas que el mundo ignora, margina o invisibiliza. Francisco comprendió algo que a menudo olvidamos: que mirar la pobreza desde la distancia no basta. La verdadera opción por los pobres exige cercanía, convivencia y transformación de la realidad que los oprime. No es un gesto ornamental ni un día para dar un discurso; es un llamado a actuar, a interpelarnos y a dejarnos afectar por quienes más sufren.
Desde su creación, esta Jornada ha sido un espacio único en la Iglesia. Una Jornada que nos obliga a mirar y a estar, a pasar de la contemplación a la presencia real, a aprender de los pobres y a caminar a su lado. Como todo gesto radicalmente evangélico, incomoda. No permite indiferencia, neutralidad ni palabras vacías. Nos recuerda que la fe y la acción social no pueden separarse: amar a Dios implica amar a quienes sufren, y hacerlo no desde la distancia sino desde la cercanía cotidiana. León XIV sigue caminando en esa senda, reforzando la intuición de Francisco y recordándonos que esta no es una jornada opcional: es una invitación ética y moral que atraviesa la Iglesia y la sociedad… Leer más (Fernando Redondo Benito)
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