Dolores Aleixandre
ALANDAR
Competencia es una palabra de moda y el último grito en el lenguaje educativo. La definen como: “la capacidad de responder a demandas complejas” y la traigo a colación porque cada vez me convenzo más de que nos lo jugamos todo en la “competencia básica” de irnos pareciendo algo a ese Dios de quien, si algo sabemos, es de su poderosa corriente de aproximación y cercanía. Esa que nos alcanza en Jesús y nos hace felicitarnos en Navidad porque Él nos contacta y nos roza, conecta con nosotros, se nos pega, se inscribe en nuestro censo como uno de tantos, se apellida “Hijo del hombre” en su DNI, se mezcla con nuestros sudores, olores y lágrimas, con nuestra saliva, barro, sangre y sueños. Se presentó en sociedad expuesto e indefenso sobre un pesebre, sin protección de tapias, alambradas o alarmas, y por eso pudieron acercársele aquellos pastores que apestaban a cabra y a humo sin que se lo impidieran carteles como los que hoy los detendrían: “Propiedad privada”, “Recinto sagrado”, “Prohibido el paso”, “Perro peligroso”, “Avisamos grúa”.
