En los últimos diez años han accedido al gobierno de distintos países latinoamericanos tendencias que, con sus matices diferenciales, podíamos calificar de progresistas y que les define su voluntad de cambio. Reformas constitucionales e iniciativas populares al interior y nuevas alianzas de integración en las relaciones continentales se han ido, no sin dificultades, abriendo paso.
En EE.UU. una nueva administración ocupa la Casa Blanca inaugurando nuevos modos en las relaciones internacionales, también con sus vecinos del sur, que rompa con la imposición y el unilateralismo.
¿Qué sentido tiene pues el anacrónico golpe de estado de junio pasado contra el presidente constitucional Manuel Zelaya? ¿Tiene algo que ver lo sucedido en Honduras con el nuevo rumbo de América Latina?