Religión Digital
Hay un paralelismo inquietante con la lógica que denunció la Escuela de Salamanca hace cinco siglos: la pretensión de que el poder no tiene límites, de que la fuerza justifica el dominio, de que algunos pueblos pueden ser sacrificados en el altar del progreso de otros
El desierto es un lugar de espejismos. En el relato de las tentaciones de Jesús, el diablo no ofrece agua ni pan en la segunda emboscada, sino algo más intoxicante: el poder político. «Todo esto te daré si postrado me adoras», dice el texto, mostrando todos los reinos del mundo desde una montaña imaginaria. Es la promesa del atajo: la autoridad sin el costo de la legitimidad, el dominio sin el molesto estorbo de los principios, el poder sin pueblo.
Esta escena, leída en clave laica, no habla de demonios con cuernos, sino de una pulsión humana permanente: la idea de que el fin justifica los medios y que el poder se conquista mejor si se pacta con las maquinaciones del oportunismo. La «adoración» que se exige no es un rito religioso, sino la sumisión a la lógica del dominio sin contrapesos: aceptar que el poder es un fin en sí mismo, y no una herramienta para el bien común… Leer más (Evaristo Villar)