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«Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. (…)
¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. (…) Por sus frutos los conoceréis.» (Evangelio Mateo 7, 15 – 20)
Soy lo suficientemente mayor como para haber sido joven en la época en la que en este país aún era obligatorio el servicio militar, la «mili». Todo hijo de vecino por aquel entonces estaba obligado a pasar alrededor de un año de su vida sirviendo a la patria en los centros militares repartidos a lo largo y ancho de la geografía nacional. Siendo estudiante universitario estaba legalmente permitido la incorporación a filas para que el mozo que se hallaba cursando estudios superiores pudiese dedicarse a ello sin entorpecimiento castrense. El privilegio –no exento de cierto tufo elitista, hay que decir– otorgado a los universitarios llegaba al punto de ofrecérsenos asimismo la opción de cumplir con nuestras obligaciones para con la defensa de la nación mediante nuestro ingreso en la escala de complemento, modalidad conocida popularmente como IMEC, siglas correspondientes a la Instrucción Militar de la Escala de Complemento… Leer más (José María Agüera Lorente)