La geopolítica lúcida y certera del Papa Francisco (Ucrania, Rusia, Gaza..)

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Las intervenciones de los Papas en el ámbito de la política internacional, en los últimos siglos, han sido cuanto menos muchas veces manipuladas o ignoradas por aquello de cuantas divisiones tenía a sus órdenes el Papa.

En la actualidad, el Papa Francisco está demostrando, en todo los conflictos abiertos en nuestro mundo, de los que, por medio de las Nunciaturas, tiene información puntual y fidedigna, un talante comprometido, a riesgo de ser manipulado e interpretado de manera torticera como ya ha sucedido. Evidentemente el acento está puesto en el lado humanitario y solidario, sin olvidar el diplomático.

En lo que respecta al conflicto entre Rusia y Ucrania, el Papa no puede callar ante el sufrimiento de dos pueblos, dígase cristianos, que se están destrozando. Es lógico que pida un conversaciones para llegar a un acuerdo de paz. Evidentemente los dos contendientes, por intereses estratégicos que no humanitarios, arremeten contra él

En cuanto al conflicto en Gaza, las palabras del Papa Francisco pidiendo corredores humanitarios, alto el fuego y acciones para la paz,  han chocado directamente con los intereses belicosos del gobierno de Netanyahu. ¿Cómo pueden esperar los gobernantes de Israel que un Papa calle ante las matanzas indiscriminadas o las muertes por inanición de miles de seres humanos?

Algunos quisieran negarle el derecho al Papa Francisco a posicionarse en estos complejos conflictos, pero no lo callarán. Necesitamos su voz libre y fuerte gritando paz, ya que la muerte de esos miles de seres humanos claman justicia en este mundo, en el que algunos quieren que las guerras continúen…Leer más (José Luis Ferrándiz)

Criterios teológicos para superar la polarización homofóbica en la Iglesia: La aportación del Camino Sinodal Alemán

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«Está, en primer lugar, el grupo (sin duda, el más numeroso) formado por quienes diferencian las personas de los actos homosexuales»

«Hay una segunda sensibilidad que -eclesialmente minoritaria, pero en ascenso- va más lejos y que, además de exigir un trato digno con las personas homosexuales, pide que se reconozca que en ellas hay ‘dones y cualidades’ innegables»

Los sinodales alemanes constatan que urge revisar “algunas normas de la tradición de la Iglesia” ya que “carecen de la afinidad necesaria con la experiencia concreta de la vida de las personas”

«Como consecuencia de las aportaciones facilitadas por el Camino Sinodal Alemán y el dominico A. Oliva, hemos empezado a percatarnos de que la ley natural -en lo referente a la homosexualidad- no es universal, sino mayoritaria»

En el seno de la Iglesia católica existen, por lo menos, dos maneras de entender y de relacionarse con la homosexualidad que merecen la pena analizar. Y, por extensión, con las personas bisexuales y transexuales, dejando, al margen los comportamientos y planteamientos patológicos que, como en todo colectivo humano, también pululan entre sus filas…Leer más (Jesús Martínez Gordo)

La Iglesia española, la espina conservadora del papa Francisco

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La línea aperturista e, incluso, progresista del papa Francisco en la Iglesia católica experimentó un revés en las pasadas elecciones a la Conferencia Episcopal Española, celebradas a principios de este mes. Los obispos españoles escogieron a Luis Argüello como presidente, un representante del sector conservador

“La dirección de la Iglesia española ha experimentado un giro conservador. Junto a Polonia y Estados Unidos de América, es uno de los obispados más contrarios a Francisco», analiza José Manuel Vidal, director de la publicación católica de referencia Religión Digital 

Como obispos proclives a la senda impulsada por el pontífice Jorge Bergoglio, tanto los cardenales Juan José Omella como Carlos Osoro no han tenido capacidad para modificar la sensibilidad dominante en la curia española

(El Temps).-La Basílica de San Pedro, ubicada en el interior de la Ciudad del Vaticano, impresiona a todo visitante que contemple su interior, una combinación de estilo barroco y renacentista. Erigido en uno de los templos de mayor rango del mundo católico, con el espacio interior sagrado más grande de cualquier parroquia cristina, fue testigo de las palabras del Papa en una semana de recogimiento y penitencia , de compulsión por la muerte de cristo y de alegría, sin embargo, por la conmemoración de su resurrección.

En la misa del Jueves Santo, celebrada en esa basílica icónica, el pontífice Francisco cargó contra «la hipocresía clerical» de predicar unos comportamientos cristianos para sus fieles, pero actuar de otra forma en su vida privada. Unas palabras críticas que muestran el talante aperturista e, incluso, progresista del papa argentino desde que se convirtió en el representante de Dios en la tierra, iniciando una especie de primavera en la institución religiosa…Leer más (Moisés Pérez)

Pazkoaldiko 2. igandea –B- José A. Pagola

B (Joan 20,19-31)

FEDERANTZ IBILBIDEA-RECORRIDO HACIA LA FE

Tomas falta dela, Jesusen ikasleek sekulako esperientzia bat izan dute. Tomas ikusi orduko, poz-pozik adierazi diote: «Jauna ikusi dugu». Tomasek eszeptiko entzun die. Zergatik sinetsi behar die hain gauza zoro hori? Nolatan esan dezakete Jesus ikusi dutela, hain bizia, gurutziltzaturik erail baitute? Izatekotan ere, beste bat izango da.

Ikasleek diotse bere eskuetako eta saihetseko zauriak erakutsi dizkiela Jesusek. Tomasek ezin onartu du inoren testigantzarik. Berak egiaztatu beharra du: «Beraren eskuetan iltzeen seinalea ikusten ez badut… eta eskua beraren saihetsean sartzen ez badut, ez dut sinetsiko». Soilik, bere esperientzia propioan sinetsiko du.

Ikasle honek, era inozentean sinesteari gogor egin dionak, geuk ere egin beharreko ibilbidea erakutsiko digu, Kristo berpiztuarekiko federa iristeko, Jesusen aurpegia ere ikusi ez dugunoi, beraren hitzak ere entzun ez ditugunoi, beraren besarkadaz ere gozatu ez dugunoi.

Handik zortzi egunera, berriro aurkeztu zaie Jesus. Berehala Tomasengana jo du. Ez dio kritikatu bere jarrera. Haren duda-mudek ez dute berarentzat ezer bidegabekorik edota eskandaluzkorik. Sinesteko bere gogortasunaz bere zintzotasuna agertu du Tomasek. Jesusek ulertu du eta bidera datorkio bere zauriak erakutsiz.

Jesusek bere eskakizunak asetzeko era eskaini nahi dio: «Ekar ezazu hatza, hona nire eskuak. Ekar ezazu eskua, hona nire saihetsa». Zauri horiek, zerbait egiaztatzeko «proba» baino gehiago, ez al dira heriotzaraino emana duen beraren maitasunaren «seinale»? Horregatik, bere duda-mudak baino harago sakontzera gonbidatu du Jesusek: «Ez zaitez izan sinesgabe, sinestedun baizik».

Tomasek uko egin dio ezer egiaztatzeari. Ez du jadanik proba-beharrik sentitzen. Soilik, Maisuaren presentzia bizi du, bera maite duenaren, erakartzen eta konfiantza izatera gonbidatzen duenaren, presentzia. Tomas, Jesusek topo egiteko beste inork baino ibilbide luzeago eta neketsuagoa egin duena, beste inor baino urrunago iritsi da fedearen sakontasunean: «Ene Jauna eta ene Jainkoa». Inork ez du aitortu Jesus horrela.

Ez dugu zertan izutu duda-mudak eta galderak sortzen zaizkigula sentitzean. Duda-mudek, era sanoan bizirik, konfiantza eta maitasuna bizi gabe, formulak errepikatzearekin konformatzen den azaleko fedetik aterarazten gaituzte. Duda-mudek zirikatu egiten gaituzte azkeneraino joatera geure konfiantzan, Jesusengan haragi egin den Jainkoaren Misterioari dagokionez.

Kristau-fedea hazi egiten da Jainkoak maite eta erakartzen gaituela sentitzean, Jainko horren beraren maitasun-musua suma baitezakegu ebanjelioek Jesusez egiten diguten kontakizunean. Orduan, beragan konfiantza izateko deiak indar handiagoa izan ohi du gure duda-mudek baino, «Zorionekoak ikusi gabe sinesten dutenak».

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 2 Pascua – B (Juan 20,19-31)

 RECORRIDO HACIA LA FE

Estando ausente Tomás, los discípulos de Jesús han tenido una experiencia inaudita. En cuanto lo ven llegar se lo comunican llenos de alegría: «Hemos visto al Señor». Tomás los escucha con escepticismo. ¿Por qué les va creer algo tan absurdo? ¿Cómo pueden decir que han visto a Jesús lleno de vida, si ha muerto crucificado? En todo caso, será otro.

Los discípulos le dicen que les ha mostrado las heridas de sus manos y su costado. Tomás no puede aceptar el testimonio de nadie. Necesita comprobarlo personalmente: «Si no veo en sus manos la señal de sus clavos… y no meto la mano en su costado, no lo creo». Solo creerá en su propia experiencia.

Este discípulo, que se resiste a creer de manera ingenua, nos va a enseñar el recorrido que hemos de hacer para llegar a la fe en Cristo resucitado a los que ni siquiera hemos visto el rostro de Jesús, ni hemos escuchado sus palabras, ni hemos sentido sus abrazos.

A los ocho días se presenta de nuevo Jesús. Inmediatamente se dirige a Tomás. No critica su planteamiento. Sus dudas no tienen para él nada de ilegítimo o escandaloso. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le entiende y viene a su encuentro mostrándole sus heridas.

Jesús se ofrece a satisfacer sus exigencias: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano, aquí tienes mi costado». Esas heridas, antes que «pruebas» para verificar algo, ¿no son «signos» de su amor entregado hasta la muerte? Por eso Jesús le invita a profundizar más allá de sus dudas: «No seas incrédulo, sino creyente».

Tomás renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo experimenta la presencia del Maestro, que lo ama, lo atrae y le invita a confiar. Tomás, el discípulo que ha hecho un recorrido más largo y laborioso que nadie hasta encontrarse con Jesús, llega más lejos que nadie en la hondura de su fe: «Señor mío y Dios mío». Nadie ha confesado así a Jesús.

No hemos de asustarnos al sentir que brotan en nosotros dudas e interrogantes. Las dudas, vividas de manera sana, nos rescatan de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, sin crecer en confianza y amor. Las dudas nos estimulan a ir hasta el final en nuestra confianza en el Misterio de Dios encarnado en Jesús.

La fe cristiana crece en nosotros cuando nos sentimos amados y atraídos por ese Dios cuyo rostro podemos vislumbrar en el relato que los evangelios nos hacen de Jesús. Entonces, su llamada a confiar tiene en nosotros más fuerza que nuestras propias dudas. «Dichosos los que crean sin haber visto».

José Antonio Pagola

Domingo de la II semana de Pascua – B– Koinonía

Hechos 4,32-35: Todos vivían unidos
Salmo 117: Den gracias al Señor porque es eterna su misericordia
1Juan 5,1-6: El que ha nacido de Dios vence al mundo
Juan 20,19-31: A los ocho días, se apareció Jesús

Tras la muerte de Jesús, la comunidad se siente con miedo, insegura e indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución judía. Se encuentra en una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto cuando los israelitas eran perseguidos por las tropas del faraón (Éx 14,10); y, como lo estuvo aquel pueblo, los discípulos están también en la noche (ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1). El mensaje de María Magdalena, sin embargo, no los ha liberado del temor. No basta tener noticia del sepulcro vacío; sólo la presencia de Jesús puede darles seguridad en medio de un mundo hostil.

Pero todo cambia desde el momento en que Jesús –que es el centro de la comunidad- aparece en medio, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad.

Su saludo les devuelve la paz que habían perdido. Sus manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles «los judíos», ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.

El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ya ha comenzado la fiesta de la Pascua, la nueva creación, el nuevo ser humano capaz de dar la vida para dar vida

Con su presencia Jesús les comunica su Espíritu que les da la fuerza para enfrentarse con el mundo y liberar a hombres y mujeres del pecado, de la injusticia, del desamor y de la muerte. Para esto los envía al mundo, a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18). La misión de la comunidad no será otra sino la de perdonar los pecados para dar vida, o lo que es igual, poner fin a todo lo que oprime, reprime o suprime la vida, que es el efecto que produce el pecado en la sociedad.

Pero no todos creen. Hay uno, Tomás, el mismo que se mostró pronto a acompañar a Jesús en la muerte (Jn 11,16), que ahora se resiste a creer el testimonio de los discípulos y no le basta con ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás, con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús fuente de vida, sino una reliquia del pasado.

Necesitará para creer unas palabras de Jesús: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel». Tomás, que no llega a tocar a Jesús, pronuncia la más sublime confesión evangélica de fe llamando a Jesús “Señor mío y Dios mío”. Con esta doble expresión alude al maestro a quien llamaban Señor, siempre dispuesto a lavar los pies a sus discípulos y al proyecto de Dios, realizado ahora en Jesús, de hacer llegar al ser humano a la cumbre de la divinidad realizado ahora en Jesús (Dios mío)..

Pero su actitud incrédula le merece un reproche de parte de Jesús, que pronuncia una última bienaventuranza para todos los que ya no podrán ni verlo ni tocarlo y tendrán, por ello, que descubrirlo en la comunidad y notar en ella su presencia siempre viva. De ahora en adelante la realidad de Jesús vivo no se percibe con elucubraciones ni buscando experiencias individuales y aisladas, sino que se manifiesta en la vida y conducta de una comunidad que es expresión de amor, de vida y de alegría. Una comunidad, cuya utopía de vida refleja el libro de los Hechos (4,32-35): comunidad de pensamientos y sentimientos comunes, de puesta en común de los bienes y de reparto igualitario de los mismos como expresión de su fe en Jesús resucitado, una comunidad de amor como defiende la primera carta de Juan (1 Jn 5,1-5).

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 128, cuyo audio, y su guión –con un comentario bíblico-teológico incluido- puede ser recogido aquí (https://radialistas.net/128-lo-que-hemos-visto-y-oido/). Merece la pena dar un vistazo a este punto de la red (https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/).

Pazkoa. Piztuera igandea – B – José A. Pagola

(Joan 20,1-9)

NON IBILI BIZI DENAREN BILA? – ¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?

Jesusez, Aitak piztuaz, duten fedea ez da jaio ikasleen bihotzean berez eta bat-batean. Berarekin, biziaz blai denarekin, topo egin aurretik, ebanjelariek beraien nahasmendua aipatzen dute, haren bila hilobi inguruan ibili izana, beraien galderak eta ziurgabetasun-eza.

Maria Magdalakoa da, segur aski, guztiei gertatzen zaienaren adibiderik hobena. Joanen kontakizunaren arabera, ilunpean dabil Gurutziltzatuaren bila, ««artean ilun zela». Gauza naturala denez, «hilobira» joan da Jesusen bila. Artean ez daki heriotza garaitua izan dela. Horregatik, hilobia hutsik ikusteak nahasirik utzi du. Jesus gabe, galdurik sentitzen da.

Beste ebanjelariek beste tradizio bat deskribatu digute: emakumeen talde osoa dabil Jesusen bila. Ezin ahaztu dira ikasletzat hartu dituen Maisuaz: beren maitasunak hilobira eraman ditu. Ez dute, ordea, aurkitu Jesus han, baina entzun dute mezu bat, bila nora joan behar duten adierazi diena: «Zertan zabiltzate hildakoen artean bizi denaren bila? Ez dago hemen. Piztu da».

Kristo berpiztuarekiko fedea ez da jaiotzen gugan ere berez, ezta txikitatik katekistei eta predikariei entzun izan diegulako bakarrik ere. Jesusen piztueraren federa bihotza irekitzeko, nork bere ibilaldia egin behar du. Funtsezkoa da Jesusez ez ahaztea, bera irrikaz maitatzea, beraren bila geure indar guztiez ibiltzea, baina ez hildakoen munduan. Bizi denaren bila, bizia den lekuan ibili behar da.

Kristo berpiztuarekin, biziaz blai eta indar kreatzaileaz beterik denarekin, topo egin nahi badugu, beraren bila ibili behar dugu, ez hila den erlijio batean, legeak eta arauak gordetzera eta haiek azaletik betetzera mugatzen den batean, baizik eta Jesusen Espirituaren arabera bizi daitekeen lekuan: fedez, maitasunez eta beraren jarraitzaileekiko erantzukizunez onartua den lekuan.

Bila ibili behar dugu: ez kristau banatuen artean, borroka agorrez mokoka dabiltzanen, Jesusekiko maitasunik gabe eta ebanjelioarekiko irrikarik gabe dabiltzanen artean, baizik eta, Kristo erdian jarririk, elkarteak sortzen ari garen hartan, dakigulako «bi edo hiru lagun beraren izenean bildurik daudenean, han dagoela bera».

Bizi dena ezin aurkituko dugu fede zurrun eta errutinazko batez, mota guztietako topiko higatu eta esperientzia gabeko formuletan bildua den fedeaz; baizik eta berarekin bizi izandako harremanetan eta beraren egitasmoarekiko gure identifikazioan kalitate berria bilatzen duen fedeaz aurkituko dugu bizi dena. Jesus motel eta geldo bat, maitemintzen eta liluratzen ez duen bat, bihotza hunkitzen ez duen eta bere askatasuna kutsatzen ez duen bat, «Jesus hil» bat da. Ez da Kristo bizia, Aitak berpiztua. Ez da bizi dena eta biziarazten duena.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?

La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos. Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desconcierto, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.

María de Magdala es el mejor ejemplo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al Crucificado en medio de tinieblas, «cuando aún estaba oscuro». Como es natural, lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús se siente perdida.

Los otros evangelistas recogen otra tradición que describe la búsqueda de todo el grupo de mujeres. No pueden olvidar al Maestro que las ha acogido como discípulas: su amor las lleva hasta el sepulcro. No encuentran allí a Jesús, pero escuchan el mensaje que les indica hacia dónde han de orientar su búsqueda: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado».

La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, solo porque lo hemos escuchado desde niños a catequistas y predicadores. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.

Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores.

Lo hemos de buscar no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús y de pasión por el evangelio, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro, porque saben que «donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está él».

Al que vive no lo encontraremos en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con él y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un «Jesús muerto». No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre. No es el que vive y hace vivir.

José Antonio Pagola

Domingo de Pascua- José Luis Sicre

TRES REACCIONES ANTE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Domingo de Pascua

Una elección extraña

Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: beneficios y compromisos.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une:

  1. a) las dos mencionan los beneficiosde la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);
  2. b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromisopara los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

José Luis Sicre

PASCUA (B) Fray Marcos

(Hch 10,14-43) “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver…”
(Col 3,1-4) “Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.
(Jn 20,1-9) “Entonces entró también el otro discípulo, y vio y creyó”.

La realidad pascual es la más difícil de meter en conceptos mentales. La palabra
Pascua tiene unas connotaciones bíblicas que pueden llenarla de significado, pero
también pueden enredarnos en un nivel puramente terreno. Lo mismo pasa con la
palabra resurrección, también ésta nos constriñe a una vida y muerte biológicas,
que nada tiene que ver con lo que pasó en Jesús y pasará en nosotros.
La Pascua bíblica fue el paso de la esclavitud a la libertad, pero entendidas de
manera material. También la Pascua cristiana tiene el sentido de paso, pero en un
sentido distinto. En Jesús, Pascua significa el paso de la MUERTE a la VIDA; las dos
con mayúsculas, porque no se trata ni de la muerte física ni de la vida biológica.
Juan lo explica en el diálogo de Nicodemo. “Hay que nacer de nuevo”. Y “De la carne
nace carne, del espíritu nace espíritu”. Sin este paso, nada puede tener sentido.
Cuando el grano de trigo cae en tierra desarrolla una vida que ya estaba en él en
germen. Cuando ha crecido el nuevo tallo, no tiene sentido preguntarse que pasó
con el grano. La Vida que los discípulos descubrieron en Jesús, después de su
muerte, ya estaba en él antes de morir, pero velada. Solo cuando desapareció como
viviente, se vieron obligados a profundizar. Al descubrir que ellos poseían esa Vida
comprendieron que era la misma que Jesús tenía antes y después de su muerte.
Teniendo esto en cuenta, podemos intentar comprender el término resurrección. En
realidad, no pasó nada. Su Vida Definitiva, no está sujeta al tiempo ni al espacio, por
lo tanto, no puede “pasar” nada; simplemente continúa. Su vida biológica, como
toda vida era contingente, limitada, finita, y no tenía más remedio que terminar.
Como acabamos de decir del grano de trigo, no tiene ningún sentido preguntarnos
qué pasó con su cuerpo. Un cadáver, no tiene nada que ver con la Vida verdadera.
Pablo dice: Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Yo diría: Si nosotros no
resucitamos, nuestra fe es vacía. Aquí está el meollo de la resurrección. La Vida de
Dios, manifestada en Jesús, tenemos que hacerla nuestra, aquí y ahora. Si nacemos
de nuevo, si nacemos del Espíritu, esa vida es definitiva. No tenemos que temer la
muerte biológica, porque no le afecta en nada. Lo que nace del Espíritu es Espíritu.
¡Nosotros empeñados en acudir al Espíritu, para que permanezca nuestra carne!
Los discípulos experimentaron como resurrección la presencia de Jesús después de
su muerte, porque para ellos había muerto. La muerte en la cruz significaba la
destrucción total de una persona. Los que le siguieron de cerca, vieron destrozada
su persona. Aquel en quien habían puesto sus esperanzas, había sido aniquilado. Por
eso la experiencia de que seguía vivo, fue una verdadera resurrección.
Nosotros Sabemos que la verdadera Vida de Jesús no puede ser afectada por la
muerte y, por lo tanto, no cabe en ella ninguna resurrección. Pero con relación a la
muerte biológica, no tiene sentido la resurrección, porque no añadiría nada al ser de
Jesús. Como ser humano era mortal, es decir su destino natural era la muerte. Nada
ni nadie puede detener ese proceso. Pero su verdadero ser era la Vida definitiva.

VIERNES  SANTO  (B) Fray Marcos

(Ex 12,1-14) Os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

(1Cor 11,23-26) Cada vez que comáis y bebáis… proclamáis la muerte del Seños.

(Jn 13,1-15) Si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros.

Jesús es pan partido, repartido, compartido. Se trata de un signo extremo que dice lo mismo que el lavara los pies unos a otros.

El tema central del Triduo Pascual es el AMOR. El jueves se manifiesta en los gestos y palabras que lleva a cabo Jesús en la entrañable cena. El viernes queda patente el grado supremo de amor al poner su vida entera, hasta la muerte, al servicio del bien del hombre. El sábado, celebramos la Vida que surge de ese Amor incondicional. En la liturgia de estos días manifestamos de manera plástica, la realidad del amor supremo que se manifestó en Jesús. Lo importante no son los ritos, sino el significado que éstos encierran.

La liturgia del Jueves Santo está estructurada como recuerdo de la última cena. La lectura del evangelio de Juan debe hacernos pensar; se aparta tanto de los sinópticos que nos llama la atención que no mencione la fracción del pan, Pero en su lugar, nos narra una curiosa actuación de Jesús que nos deja desconcertados. Si el gesto sobre el pan y el vino, tuvo tanta importancia para la primera comunidad, ¿por qué lo omite Juan? Y si realmente Jesús realizó el lavatorio de los pies, ¿por qué no lo mencionan los tres sinópticos?

No es fácil resolver estos interrogantes, pero tampoco debemos ignorarlas o pasarlas por alto. Seguiremos haciendo sugerencias, mientras los exegetas no lleguen a conclusiones más o menos definitivas. Sabemos que fue una cena entrañable, pero el carácter de despedida, se le dieron después los primeros cristianos. Seguramente en ella sucedieron muchas cosas que después se revelaron como muy importantes para la comunidad. El gesto de partir el pan y de repartir la copa de vino, era un gesto normal que el cabeza de familia realizaba en toda cena pascual. Lo que pudo añadir Jesús, o los primeros cristianos, es el carácter de signo, de lo que en realidad fue la vida entera de Jesús.

El gesto de lavar los pies era una tarea exclusiva de esclavos. A nadie se le hubiera ocurrido que Jesús la hiciera si no hubiera acontecido algo similar. Es una acción original y de mayor calado que el partir el pan. Seguramente, en las primeras comunidades se potenció la fracción del pan, por ser más cultual. Poco a poco se le iría llenando de contenido sacramental hasta llegar a significar la entrega total de Jesús. Pero esa misma sublimación llevaba consigo un peligro: convertirla en un rito mágico no compromete a nada. Aquí está la razón por la que Juan se olvida del pan y el vino. La explicación que da de la acción, lleva directamente al compromiso con los demás y no es fácil escamotearla.

Parece demostrado que, para los sinópticos, la Última Cena es una comida pascual. Para Juan no tiene ese carácter. Jesús muere cuando se degollaba el cordero pascual, es decir el día de la preparación. La cena se tuvo que celebrar la noche anterior. Esta perspectiva no es inocente, porque Juan insiste, siempre que tiene ocasión, en que la de Jesús es otra Pascua. Identifica a Jesús con el cordero pascual, que no tenía carácter sacrificial, sino que era el signo de la liberación. Jesús el nuevo cordero, es signo de la nueva liberación.

 Los amó hasta el extremo. Se omite toda referencia de lugar y a los preparativos de la cena. Va directamente a lo esencial. Lo esencial es la demostración del amor hasta el extremo, es decir, en el más alto grado, hasta alcanzar el objetivo final. Manifestó su amor durante toda su vida, ahora va a manifestarse de una manera total y absoluta. “Había amado… y demostró su amor hasta el final”, dos aspectos del amor de Dios manifestado en Jesús: amor y lealtad, (1,14) amor que nunca se desmiente ni se escatima.

 Dejó el manto y tomando un paño, se lo ató a la cintura. Ya dijimos que no se trata en Juan de la cena ritual pascual, sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido, porque había roto con las instituciones de la Antigua Alianza. Dejar el manto significa dar la vida. El paño (delantal, toalla) es símbolo del servicio. Manifiesta cual debe ser la actitud del que le siga: Prestar servicio al hombre hasta dar la vida como él. Juan pinta un cuadro que queda grabado en la mente de los discípulos. Esa acción debe convertirse en norma para la comunidad. El amor es servicio concreto a cada persona.

 Se puso a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. El lavar los pies era un signo de acogida o deferencia. Solo lo realizaban los esclavos o las mujeres. Lavar los pies en relación con una comida, siempre se hace antes, no durante la misma. Esto muestra que lo que Jesús hace no es un servicio cualquiera. Al ponerse a los pies de sus discípulos, echa por tierra la idea de Dios creada por la religión. El Dios de Jesús no actúa como Soberano, sino como servidor. El verdadero amor hace libres. Jesús se opone a toda opresión. En la nueva comunidad todos deben estar al servicio de todos como Jesús. La única grandeza del ser humano es ser como el Padre, don total y gratuito para los demás.

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Esta explicación de Jesús, nos indica hasta qué punto es original esa actitud. Retomó el manto, pero no se quita el delantal. Se recostó de nuevo, símbolo de hombre libre. El servicio no anula la condición de hombre libre, al contrario, da la verdadera libertad y señorío. La pregunta quiere evitar cualquier malentendido. Tiene un carácter imperativo. Comprended bien lo que he hecho con vosotros, porque estas serán las señas de identidad de la nueva comunidad.

 Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor” y decís bien porque lo soy. Juan es muy consciente de la diferencia entre Jesús y ellos. Lo que quiere señalar es que esa diferencia no crea rango de ninguna clase. Las dotes o funciones de cada uno no justifican superioridad alguna. Los hace iguales y deben tratarse como iguales. La única diferencia es la del mayor o menor amor manifestado en el servicio. Esta diferencia nunca eclipsará la relación de hermanos, todo lo contrario, a más amor más igualdad, más servicio.

 Pues si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Reconoce los títulos, pero les da un significado completamente nuevo. Es “Señor”, no porque se imponga, sino porque manifiesta el amor, amando como el Padre. Su señorío no suprime la libertad, sino que la potencia. El amor ayuda al ser humano, a expresar plenamente la vida que posee. Llamarle Señor es identificarse con él, llamarle Maestro es aprender de él, pero no doctrinas sino su actitud vital. Se trata de que sienten la experiencia de ser amados, y así podrán amar con un amor que responde al que reciben.

 Os dejo un ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Los sinópticos dicen, después de la fracción de pan: “Haced esto para acordaros de mí”. Es exactamente lo mismo, pero en el caso del lavatorio de los pies, queda mucho más claro el compromiso de servir. Lo que acaba de hacer no es un gesto momentáneo, sino una norma de vida. Ellos tienen que imitarle a él como él imita al Padre. Ser cristiano es imitar a Jesús en un amor que tiene que manifestarse siempre en el servicio a todos los hombres. Celebrar la eucaristía es comprometerse con el gesto y las palabras de Jesús. La misma Vida de Dios, manifestada por el que acepta su mensaje.

JUEVES SANTO   (B) Fray Marcos

(Ex 12,1-14) Os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

(1Cor 11,23-26) Cada vez que comáis y bebáis… proclamáis la muerte del Seños.

(Jn 13,1-15) Si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros.

Jesús es pan partido, repartido, compartido. Se trata de un signo extremo que dice lo mismo que el lavara los pies unos a otros.

El tema central del Triduo Pascual es el AMOR. El jueves se manifiesta en los gestos y palabras que lleva a cabo Jesús en la entrañable cena. El viernes queda patente el grado supremo de amor al poner su vida entera, hasta la muerte, al servicio del bien del hombre. El sábado, celebramos la Vida que surge de ese Amor incondicional. En la liturgia de estos días manifestamos de manera plástica, la realidad del amor supremo que se manifestó en Jesús. Lo importante no son los ritos, sino el significado que éstos encierran.

La liturgia del Jueves Santo está estructurada como recuerdo de la última cena. La lectura del evangelio de Juan debe hacernos pensar; se aparta tanto de los sinópticos que nos llama la atención que no mencione la fracción del pan, Pero en su lugar, nos narra una curiosa actuación de Jesús que nos deja desconcertados. Si el gesto sobre el pan y el vino, tuvo tanta importancia para la primera comunidad, ¿por qué lo omite Juan? Y si realmente Jesús realizó el lavatorio de los pies, ¿por qué no lo mencionan los tres sinópticos?

No es fácil resolver estos interrogantes, pero tampoco debemos ignorarlas o pasarlas por alto. Seguiremos haciendo sugerencias, mientras los exegetas no lleguen a conclusiones más o menos definitivas. Sabemos que fue una cena entrañable, pero el carácter de despedida, se le dieron después los primeros cristianos. Seguramente en ella sucedieron muchas cosas que después se revelaron como muy importantes para la comunidad. El gesto de partir el pan y de repartir la copa de vino, era un gesto normal que el cabeza de familia realizaba en toda cena pascual. Lo que pudo añadir Jesús, o los primeros cristianos, es el carácter de signo, de lo que en realidad fue la vida entera de Jesús.

El gesto de lavar los pies era una tarea exclusiva de esclavos. A nadie se le hubiera ocurrido que Jesús la hiciera si no hubiera acontecido algo similar. Es una acción original y de mayor calado que el partir el pan. Seguramente, en las primeras comunidades se potenció la fracción del pan, por ser más cultual. Poco a poco se le iría llenando de contenido sacramental hasta llegar a significar la entrega total de Jesús. Pero esa misma sublimación llevaba consigo un peligro: convertirla en un rito mágico no compromete a nada. Aquí está la razón por la que Juan se olvida del pan y el vino. La explicación que da de la acción, lleva directamente al compromiso con los demás y no es fácil escamotearla.

Parece demostrado que, para los sinópticos, la Última Cena es una comida pascual. Para Juan no tiene ese carácter. Jesús muere cuando se degollaba el cordero pascual, es decir el día de la preparación. La cena se tuvo que celebrar la noche anterior. Esta perspectiva no es inocente, porque Juan insiste, siempre que tiene ocasión, en que la de Jesús es otra Pascua. Identifica a Jesús con el cordero pascual, que no tenía carácter sacrificial, sino que era el signo de la liberación. Jesús el nuevo cordero, es signo de la nueva liberación.

 Los amó hasta el extremo. Se omite toda referencia de lugar y a los preparativos de la cena. Va directamente a lo esencial. Lo esencial es la demostración del amor hasta el extremo, es decir, en el más alto grado, hasta alcanzar el objetivo final. Manifestó su amor durante toda su vida, ahora va a manifestarse de una manera total y absoluta. “Había amado… y demostró su amor hasta el final”, dos aspectos del amor de Dios manifestado en Jesús: amor y lealtad, (1,14) amor que nunca se desmiente ni se escatima.

 Dejó el manto y tomando un paño, se lo ató a la cintura. Ya dijimos que no se trata en Juan de la cena ritual pascual, sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido, porque había roto con las instituciones de la Antigua Alianza. Dejar el manto significa dar la vida. El paño (delantal, toalla) es símbolo del servicio. Manifiesta cual debe ser la actitud del que le siga: Prestar servicio al hombre hasta dar la vida como él. Juan pinta un cuadro que queda grabado en la mente de los discípulos. Esa acción debe convertirse en norma para la comunidad. El amor es servicio concreto a cada persona.

 Se puso a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. El lavar los pies era un signo de acogida o deferencia. Solo lo realizaban los esclavos o las mujeres. Lavar los pies en relación con una comida, siempre se hace antes, no durante la misma. Esto muestra que lo que Jesús hace no es un servicio cualquiera. Al ponerse a los pies de sus discípulos, echa por tierra la idea de Dios creada por la religión. El Dios de Jesús no actúa como Soberano, sino como servidor. El verdadero amor hace libres. Jesús se opone a toda opresión. En la nueva comunidad todos deben estar al servicio de todos como Jesús. La única grandeza del ser humano es ser como el Padre, don total y gratuito para los demás.

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Esta explicación de Jesús, nos indica hasta qué punto es original esa actitud. Retomó el manto, pero no se quita el delantal. Se recostó de nuevo, símbolo de hombre libre. El servicio no anula la condición de hombre libre, al contrario, da la verdadera libertad y señorío. La pregunta quiere evitar cualquier malentendido. Tiene un carácter imperativo. Comprended bien lo que he hecho con vosotros, porque estas serán las señas de identidad de la nueva comunidad.

 Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor” y decís bien porque lo soy. Juan es muy consciente de la diferencia entre Jesús y ellos. Lo que quiere señalar es que esa diferencia no crea rango de ninguna clase. Las dotes o funciones de cada uno no justifican superioridad alguna. Los hace iguales y deben tratarse como iguales. La única diferencia es la del mayor o menor amor manifestado en el servicio. Esta diferencia nunca eclipsará la relación de hermanos, todo lo contrario, a más amor más igualdad, más servicio.

 Pues si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Reconoce los títulos, pero les da un significado completamente nuevo. Es “Señor”, no porque se imponga, sino porque manifiesta el amor, amando como el Padre. Su señorío no suprime la libertad, sino que la potencia. El amor ayuda al ser humano, a expresar plenamente la vida que posee. Llamarle Señor es identificarse con él, llamarle Maestro es aprender de él, pero no doctrinas sino su actitud vital. Se trata de que sienten la experiencia de ser amados, y así podrán amar con un amor que responde al que reciben.

 Os dejo un ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Los sinópticos dicen, después de la fracción de pan: “Haced esto para acordaros de mí”. Es exactamente lo mismo, pero en el caso del lavatorio de los pies, queda mucho más claro el compromiso de servir. Lo que acaba de hacer no es un gesto momentáneo, sino una norma de vida. Ellos tienen que imitarle a él como él imita al Padre. Ser cristiano es imitar a Jesús en un amor que tiene que manifestarse siempre en el servicio a todos los hombres. Celebrar la eucaristía es comprometerse con el gesto y las palabras de Jesús. La misma Vida de Dios, manifestada por el que acepta su mensaje.