PASCUA (B) Fray Marcos

(Hch 10,14-43) “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver…”
(Col 3,1-4) “Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.
(Jn 20,1-9) “Entonces entró también el otro discípulo, y vio y creyó”.

La realidad pascual es la más difícil de meter en conceptos mentales. La palabra
Pascua tiene unas connotaciones bíblicas que pueden llenarla de significado, pero
también pueden enredarnos en un nivel puramente terreno. Lo mismo pasa con la
palabra resurrección, también ésta nos constriñe a una vida y muerte biológicas,
que nada tiene que ver con lo que pasó en Jesús y pasará en nosotros.
La Pascua bíblica fue el paso de la esclavitud a la libertad, pero entendidas de
manera material. También la Pascua cristiana tiene el sentido de paso, pero en un
sentido distinto. En Jesús, Pascua significa el paso de la MUERTE a la VIDA; las dos
con mayúsculas, porque no se trata ni de la muerte física ni de la vida biológica.
Juan lo explica en el diálogo de Nicodemo. “Hay que nacer de nuevo”. Y “De la carne
nace carne, del espíritu nace espíritu”. Sin este paso, nada puede tener sentido.
Cuando el grano de trigo cae en tierra desarrolla una vida que ya estaba en él en
germen. Cuando ha crecido el nuevo tallo, no tiene sentido preguntarse que pasó
con el grano. La Vida que los discípulos descubrieron en Jesús, después de su
muerte, ya estaba en él antes de morir, pero velada. Solo cuando desapareció como
viviente, se vieron obligados a profundizar. Al descubrir que ellos poseían esa Vida
comprendieron que era la misma que Jesús tenía antes y después de su muerte.
Teniendo esto en cuenta, podemos intentar comprender el término resurrección. En
realidad, no pasó nada. Su Vida Definitiva, no está sujeta al tiempo ni al espacio, por
lo tanto, no puede “pasar” nada; simplemente continúa. Su vida biológica, como
toda vida era contingente, limitada, finita, y no tenía más remedio que terminar.
Como acabamos de decir del grano de trigo, no tiene ningún sentido preguntarnos
qué pasó con su cuerpo. Un cadáver, no tiene nada que ver con la Vida verdadera.
Pablo dice: Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Yo diría: Si nosotros no
resucitamos, nuestra fe es vacía. Aquí está el meollo de la resurrección. La Vida de
Dios, manifestada en Jesús, tenemos que hacerla nuestra, aquí y ahora. Si nacemos
de nuevo, si nacemos del Espíritu, esa vida es definitiva. No tenemos que temer la
muerte biológica, porque no le afecta en nada. Lo que nace del Espíritu es Espíritu.
¡Nosotros empeñados en acudir al Espíritu, para que permanezca nuestra carne!
Los discípulos experimentaron como resurrección la presencia de Jesús después de
su muerte, porque para ellos había muerto. La muerte en la cruz significaba la
destrucción total de una persona. Los que le siguieron de cerca, vieron destrozada
su persona. Aquel en quien habían puesto sus esperanzas, había sido aniquilado. Por
eso la experiencia de que seguía vivo, fue una verdadera resurrección.
Nosotros Sabemos que la verdadera Vida de Jesús no puede ser afectada por la
muerte y, por lo tanto, no cabe en ella ninguna resurrección. Pero con relación a la
muerte biológica, no tiene sentido la resurrección, porque no añadiría nada al ser de
Jesús. Como ser humano era mortal, es decir su destino natural era la muerte. Nada
ni nadie puede detener ese proceso. Pero su verdadero ser era la Vida definitiva.