FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, 3 de Junio, Mt. 28, 16-20

LA REALIDAD ES TRINITARIA

Enrique Martínez Lozano

FE ADULTA

Bien podría decirse que el «ritmo» último de lo Real es trinitario: donación – acogida – movimiento que lo hace posible. Podemos apreciarlo en sus diversas manifestaciones. Y es lo que ocurre, por ejemplo, en el respirar: recibimos y entregamos gracias al movimiento que lo posibilita.

En realidad, lo que llamamos «tres momentos» son una sola y única realidad. Y así podemos percibirlo en todos los niveles de la realidad: un misterio de recibirse y entregarse, en el mismo movimiento.

En este sentido, me parece sabia la intuición del maestro Raimon Panikkar, cuando hablaba de la «realidad cosmoteándrica». Cosmos, humanidad y divinidad constituyen los «tres momentos», la «triple dimensión» de la Realidad Una. De tal manera que no puede darse el uno sin el otro. Hasta ahí llega el Abrazo no-dual.

En la tradición cristiana, si evitamos la trampa del dualismo mental, podremos «leer» el misterio de la Trinidad como expresión de la Realidad Una y, a la vez, diferente. Es decir, Trinidad sería otra forma de hablar de No-dualidad.

En el símbolo trinitario, el Padre es Darse, el Hijo es recibirse y el Espíritu es el Dinamismo que hace posible tanto la entrega como la acogida. Pero ese gran símbolo cristiano no se refiere a «tres personas individuales» –la trampa consistió precisamente en traducir «persona» por «individuo»- sino a la Realidad toda.

En el misterio de la Trinidad no queda nada fuera. De ahí la sabiduría de la «intuición cosmoteándrica»: el «Padre» evoca la Fuente originante, que es puro darse en permanencia y «vaciarse» en el «Hijo», que es toda la realidad recibida (humana y material), en cuanto «formas» en las que se «vuelca» constantemente aquella Fuente. El «Espíritu» es el Aliento que, sin separación, une ambas «fases» de ese movimiento atemporal y eterno.

En ese sentido, puede hablarse de Dios como de un «éx-tasis» permanente. Más que sustantivo, Dios es verbo: un puro Darse y Recibirse, en el que todo (todos) está (estamos) incluido(s).

«Hijos en el Hijo», como señala la teología paulina, todos nosotros formamos parte de ese movimiento trinitario. Recibiéndonos constantemente, acertamos también en la medida en que nos entregamos. Por el contrario, cuando nos cerramos a la entrega, en un movimiento de apropiación. Y es eso mismo lo que envenena nuestra vida.

Lo que recibimos sin amarrarlo hace crecer nuestro espacio interior, hasta convertimos en cauce por el que fluye la Vida, el Espíritu.

Cuando, por el contrario, nos aferramos a las cosas, a las ideas, a la propia imagen, bloqueamos el proceso mismo, y nos situamos en contra de la «corriente trinitaria» de la Realidad.

Aprender a silenciarnos –meditar- no es otra cosa que adiestrarnos en el arte de recibirnos y de entregarnos, de acoger y de soltar.

Quizás por ello la (habitualmente) «primera» práctica meditativa no es otra que la respiración consciente. En la medida en que atendemos conscientemente la respiración, la mente se acalla, se va produciendo la unificación entre mente, cuerpo y presente, a la vez que se abre una espaciosidad interior, en la que reconocemos nuestra identidad más profunda.

Pero en esa misma práctica aprendemos que la Realidad entera participa de ese mismo movimiento respiratorio de recibirse y entregarse. Y lo que hacemos, aunque sea con distracciones, durante el tiempo de la práctica va a ir, progresivamente, «contagiando» el resto de nuestra vida y haciendo que vivamos cada vez más dentro de ese «movimiento trinitario».

El Misterio de la Trinidad –como todo misterio, por lo demás- no quiere ser una «información» para nuestra mente, que rápidamente lo convierte en una creencia objetivada (y a Dios, en tres «objetos» separados), sino una evocación que busca trascender la mente y una invitación para vivir conscientemente conectados a la Entraña misma de lo Real, sin ningún tipo de separación.

En esa conexión, se produce una experiencia unificadora: simultáneamente, nos anclamos en nuestra verdadera identidad, y nos sentimos unidos a todo lo que es. En la medida en que nos dejamos alcanzar por esa experiencia y vivimos conectados a ella, estamos participando conscientemente del Misterio de la Trinidad.

Estamos habitados, o quizás mejor constituidos, por una espaciosidad interior, atemporal e ilimitada, a la que podemos acceder de una manera inmediata y directa. No necesitamos buscarla, porque ya la somos. No la podemos pensar ni delimitar porque no es un objeto mental. Y solo cuando la somos, la conocemos. Es en ella donde se abraza todo el misterio de lo Real.

Al acceder a ella, reconocemos nuestra identidad profunda. No somos el yo que nuestra mente piensa –y que es únicamente una «idea del yo»-; no somos la suma de nuestros pensamientos, recuerdos, proyectos, sensaciones, sentimientos, deseos, necesidades, miedos, anhelos, aspiraciones…

No somos el yo que «reacciona» según lo que le llega del exterior o desde el propio psiquismo. Somos aquella misma Espaciosidad, dentro de la cual todo lo que acabo de nombrar son solo objetos que contiene y a través de los cuales, en este momento, se expresa.

Pero quería insistir en el hecho de que, si perdemos el contacto o bloqueamos esa espaciosidad con nuestras necesidades, nuestros miedos o nuestros pensamientos reductores, nos veremos encerrados en el laberinto de una falsa identidad, un auténtico callejón sin salida.

Algo parecido ocurre cuando nombramos o nos referimos a esa Realidad como «Dios». Dios es el nombre que las religiones dan a esa Espaciosidad que nos habita y constituye, por lo que nuestro fondo último no es distinto del Principio divino.

Ahora bien, si yo «ocupo» esa espaciosidad ilimitada con los nombres que mi mente le atribuye, con mis ideas o creencias religiosas en torno a Dios, y las absolutizo, puede suceder que mis palabras sobre Dios me impidan dejarle espacio.

De ese modo, estaré tan lleno u «ocupado» por mis creencias que no dejaré espacio para que Dios sea en mí. Me habré quedado con la palabra «Dios» –e incluso podré creerme muy «religioso»-, pero habré desconectado de la experiencia.

Creo que es esto lo que ocurre cuando personas religiosas hacen daño en nombre de Dios: no actúan desde Dios –aunque lo proclamen-, sino desde «su» idea o caricatura de Dios.

Cuando dejamos a Dios ser Dios en nosotros, de ahí no puede brotar otra cosa que no sea unificación y unidad, ecuanimidad y bondad.

En esa Espaciosidad interior que somos, nos reconocemos –junto con todos los seres- «bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Mateo lo percibió así, aunque lo restringió a un rito particular.

Estar «bautizados» en la Trinidad no es otra cosa estar insertos en ese movimiento universal de interrelación de todo, regido por el Darse y Recibirse en permanencia.

Es la Unidad a la que se refiere Jesús, como «En-manuel»: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Todos estamos en todos, en la Espaciosidad una y compartida, en la que se desarrolla el despliegue trinitario.

Y en esa Espaciosidad que somos, cada cual vamos encontrando nuestro camino, el camino inédito al que se refería el poeta León Felipe:

«Nadie fue ayer
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen Dios».

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

HIRUTASUN GUZTIZ SANTUA, 2012ko Ekainaren 3a, Mt. 28, 16-20

ADISKIDERIK HOBENA

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Jainko hirukoitzari dagokion kristau-fedearen muinean bada funtsezko den baieztapen bat. Jainkoa ez da izaki ilun eta barneraezina, bere baitan era egoistan hesitua. Maitasuna da Jainkoa, eta Maitasuna soilik. Kristauek sinesten dugu ezen errealitatearen azken misterioan, den guztiari zentzua eta izatasuna emanez, ez dagoela Maitasuna baizik.

Jesusek ez du idatzi inolako trataturik Jainkoaz. Behin ere ez da ageri Galileako jendeari Jainkoaz dotrina irakasten. Jesusentzat, Jainkoa ez da kontzeptu bat, ez da teoria eder bat, ez da definizio ikusgarri bat. Gizakiaren Adiskiderik hobena da Jainkoa.

Ikertzaileek ez dute dudarik ebanjelioetan ageri den datu batez. Jesusi Jainkoaz hitz egiten entzuten zionak eta haren izenean jarduten ikusten zuenak, Jainkoa Berri Ona dela sentitzen zuen. Jesusek Jainkoaz esaten diona zerbait berri eta zerbait on iruditzen zaio. Jainkoaz entzun dezakeen albisterik onena iruditzen zaio Jesusek komunikatzen eta kutsatzen duen esperientzia. Zergatik?

Agian, hau da jendeak sumatzen duen lehenengo gauza: gizon-emakume guztien Jainkoa dela, eta ez tenpluan haren aurrean agertzeko duin direla pentsatzen dutenena bakarrik. Jainkoa ez dago leku sakratu bati lotua. Ez da erlijio bakar batena ere. Ez da Jerusalemera erromes joan ohi den jende jainkozalearena ere. Jesusen arabera, «onen eta gaiztoen gainera aterarazten du eguzkia». Jainkoak ez du inor, ez baztertzen ez bereizten. Jesusek denak gonbidatzen ditu Jainkoagan konfiantza izatera: «Otoitz egitean esazue: Aita!»

Jesusekin aurkituz doaz ezen Jainkoa ez dela harengana merezimenduz beterik hurbiltzen direnena soilik. Halakoei baino lehen, erremediorik gabeko bekatari direla pentsatuz, erruki eske doazkionei entzuten die. Jesusen arabera, galdurik bizi direnen bila ibili ohi da Jainkoa beti. Horregatik sentitzen da Jesus hain adiskide bekatarien aurrean. Horregatik esaten die bera «galdua zenaren bila etorri dela eta hura salbatzera».

Konturatu da ere jendea Jainkoa ez dela jakintsuena eta adituena soilik. Jesusek eskerrak eman dizkio Aitari, gustuko duelako adituentzat ezkutuko diren gauzak xumeei agertzea. Jainkoak arazo gutxiago izan ohi du herri xumearekin konpontzeko, dena dakitela uste duten jakintsuekin baino.

Baina Jesusen bizierak, Jainkoaren izenean gaixoen sufrimena arintzera emanak, espiritu gaiztoak harturik zituenak askatzera, lepradunak marjinaziotik libratzera, bekatariei eta prostituituei barkazioa eskaintzera emana zen Jesusen bizierak… sentiarazi zion jendeari konbentzimendu hau: alegia, gizakiaren Adiskiderik hobena bezala ikusten zuela Jainkoa Jesusek, soilik gure ongia bilatzen duena bezala, soilik kalte egiten digunaren kontra jartzen dena bezala. Jesusen jarraitzaileek ez zuten sekula dudarik izan honetaz: Jainko gizon egina eta Jesusengan agertua Maitasuna dela eta soilik Maitasuna gizon-emakume guztientzat.

DOMINGO DE PENTECOSTES, 27 de Mayo, Jn. 20, 19-23

EL ESPÍRITU ESTÁ  EN TODOS NOSOTROS POR IGUAL

El Espíritu os guiará hasta la verdad plena.

FRAY MARCOS
FE ADULTA

La fiesta de Pentecostés está encuadrada en la pascua, más aún, es la culminación de todo el tiempo pascual. Las primeras comunidades tenían claro que todo lo que estaba pasando en ellas era obra del Espíritu. Todo lo que había realizado el Espíritu en Jesús, lo estaba realizando ahora en cada uno de ellos. Todo esto queda reflejado en la idea de Pentecostés. Es el símbolo de la acción espectacular de Espíritu a través de Jesús.

También para cada uno de nosotros, celebrar la Pascua significa descubrir la presencia en nosotros del Espíritu, que debe llevar a cabo la misma obra que en Jesús y en los primeros cristianos.

Ninguno de los aspectos pascuales debemos considerarlos como aconteci­mientos históricos ocurridos en Jesús. Todos ellos expresan realidades que no pueden ser objeto de historia, sino solo de fe. No son fenómenos constatables por los sentidos; son realidades de otro plano y por lo tanto no pueden ser percibidas por nuestros sentidos.

Si las descubrimos y vivimos, sus efectos sí son históricos en nosotros. Cuando empleamos conceptos y palabras, únicamente adecuadas para expresar realidades terrenas, empieza el conflicto. Ni podemos expresarlas bien ni pueden ser objeto de nuestro conocimiento racional. A estas verdades solo se puede acceder por la experiencia interior.

Creo que todos admitiréis la extrema dificultad que supone ponernos a hablar del Espíritu Santo. Es como querer sujetar el viento o congelar la vida en una imagen. ¡No hay manera! De todas formas, siempre que hablamos de Dios, hablamos del Espíritu, porque Dios es Espíritu.

Pentecostés era una fiesta judía que conmemoraba la alianza del Sinaí (Ley), y que se celebraba a los cincuenta días de la Pascua. Nosotros celebramos hoy la venida del Espíritu, también a los cincuenta días de la Pascua. Queremos significar con ello que el fundamento de la nueva comunidad no es la “Ley” sino el “Espíritu”.

Tanto el “ruah” hebreo como el “pneuma” griego, significan, en primer lugar, viento. La raíz de esta palabra en todas las lenguas semíticas es rwh que significa el espacio atmosférico existente entre el cielo y la tierra, que puede estar en calma o en movimiento. Significaría el ambiente vi­tal del que los seres vivos beben la vida.

En estas culturas el signo de vida era la respiración. Ruah vino a significar soplo vital. Cuando Dios modela al hombre de barro, le sopla en la nariz el hálito de vida. En el evangelio que hemos leído hoy, Jesús exhala su aliento para comunicar el Espíritu.

Para ellos todos los seres participaban de la vida. La misma tierra era concebida como un ser vivo, el viento era su respiración. Su comparación con la vida, sigue siendo el mejor camino para intentar comprender lo que significa “Espíritu”; No sabemos qué es la vida, pero vivimos.

No es tan corriente como suele creerse el uso específicamente teológico del término «ruah» (espíritu). Solamente en 20 pasajes de las 389 veces que aparece en el AT, podemos encontrar este sentido.

En los textos más antiguos se habla del espíritu de Dios que capacita puntualmente a alguna persona, para llevar a cabo una misión concreta que salva al pueblo de algún peligro. Con la monarquía el Espíritu se convierte en un don permanente para el monarca (ungido). De aquí se pasa a hablar del Mesías como portador del Espíritu. Solo después del exilio, se habla también del don del espíritu a todo el pueblo.

En el NT, «espíritu» tiene un significado fluctuante, hasta cierto punto, todavía judío. El mismo término «ruah» se presta a asumir un significado figurado o simbólico. Solamente en algunos textos de Juan parece tener el significado de una persona distinta de Dios o de Jesús. «Os mandaré otro consolador.»

El NT no determina con precisión la relación de la obra salvífica de Jesús con la obra del Espíritu Santo No está claro si el Pneuma es una entidad personal o no. Jesús nace del Espíritu Santo, baja sobre él en el bautismo, es conducido por él al desierto, etc. A pesar de todo, no podemos pensar en un Jesús teledirigido por otra entidad desde fuera de él.

Según el NT, Cristo y el Espíritu desempeñan evidentemente la misma función. Dios es llamado Pneuma; y el mismo Cristo en algunas ocasiones. En unos relatos lo promete, en otros lo comunica. Unas veces les dice que la fuerza del Espíritu Santo está siempre con ellos, en otros dice que no les dejará desamparados, que él mismo estará siempre con ellos.

Hoy sabemos que el Espíritu Santo no es más que el mismo Dios bajo el aspecto de energía, fuerza, motor de toda Vida. Por lo tanto, forma parte de nosotros mismos y no tiene que venir de ninguna parte. Está en mí, antes de que yo mismo empezara a existir. Es el fundamento de mi ser y la causa de todas mis posibilidades de crecer en el orden espiritual. Nada puedo hacer sin él y nunca estaré privado de su presencia.

Ni siquiera es necesario el calificativo de Santo, porque eso supone que hay espíritus malignos, y esto para nosotros no tiene mucho sentido. Todas las oraciones encaminadas a pedir la venida del Espíritu, nacen de una ignorancia de lo que queremos significar con ese término. Lo que tenemos que hacer es tomar conciencia de su presencia y dejarle actuar en nosotros.

Está siempre en nosotros, pero no somos conscientes de ello y como Dios no puede violentar ninguna naturaleza, en realidad es como si no existiera para nosotros. Un ejemplo puede ilustrar esta idea. En una semilla, hay vida, pero en estado latente. Si no coloco la bellota en unas condiciones adecuadas, nunca se convertirá en un roble. Para que la vida que hay en ella se desarrolle, necesita una tierra, una humedad y una temperatura adecuada. Pero una vez que se encuentra en las condiciones adecuadas, es ella la que germina; es ella la que, desde dentro, desarrolla el árbol que llevaba en potencia.

Dios (Espíritu) es el mismo en todos y tiene que empujar hacia la misma meta. Pero como cada uno está en un “lugar” diferente, y a veces muy diverso, el camino que nos obliga a recorrer, será siempre distinto. Son pues los caminos los que distinguen a los que se dejan mover por el Espíritu, y no la meta hacia la que se dirigen. El labrador, el médico, el sacerdote tienen que tener el mismo objetivo vital si están movidos por el mismo Espíritu. Pero su tarea es completamente diferente.

¿Cuál es la meta a la que empuja el Espíritu? Este es el nudo gordiano de la cuestión. Una mayor humanidad es la manifestación de esa presencia del Espíritu. La mayor preocupación por los demás, es la mejor muestra de que uno se está dejando llevar por él. En cualquier persona que manifieste amor está el Espíritu.

Si Dios está en cada uno de nosotros a través del ser, está total y absolutamente como lo que es, simple y a la vez, absoluto. No hay manera de imaginar que pueda estar más en uno que en otro. En toda criatura se ha derramado todo el Espíritu.

En la posesión del Espíritu, no hay diferencia entre el campesino, el maestro, el sacerdote o el obispo. Esgrimir el Espíritu como garantía de autoridad, es la mejor prueba de que uno no se ha enterado de lo que tiene dentro. Porque tiene la fuerza del Espíritu, el campesino será responsable y solícito en su trabajo y con su familia. En nombre del mismo Espíritu, el obispo desempeñará las tareas propias de su cargo.

Siempre que queremos imponernos a los demás con cualquier clase de violencia, incluida la pretensión de hablar en nombre de Dios, estamos dejándonos llevar, no del Espíritu, sino de nuestro espíritu raquítico.

La presencia de Dios en nosotros, nos mueve a parecernos a Él. Pero si tenemos una falsa idea de Dios, nos metemos por un callejón sin salida. Con una idea de Dios que es poder, señorío y mando, que premia y castiga, intentaremos repetir esas cualidades en nosotros en nombre de Dios.

El intento de ser como Dios en el relato de la torre de Babel, queda contrarrestado en este relato que nos habla de reunir y unificar lo que era diverso. El único lenguaje que todo el mundo entiende es el amor. Si descubrimos el Dios de Jesús que es amor y don total, intentaremos repetir en nosotros ese Dios, amando, reconciliando y sirviendo a los demás.

Esta es la diferencia abismal entre seguir al Espíritu del que nos habla el evangelio, o seguir lo que nos dicta nuestro propio espíritu en nombre de un falso dios. Todas las religiones han caído en esta trampa.

Dios llega a nosotros desde lo hondo del ser, y acomodándose totalmente a la manera de ser de cada uno. Por eso la presencia del Espíritu nunca lleva a la uniformidad, sino que potencia la pluralidad. Pablo lo vio con claridad meridiana: formamos un solo cuerpo, pero cada uno es un miembro con una función diferente e igualmente útil para el todo.

Si no tenemos esto en cuenta, caeremos en la trampa de hacer clones en vez de personas. Esa uniformidad pretendida por los superiores en nombre del Espíritu, no tiene nada de evangélica, porque, lo que se intenta es que todos piensen y actúen como el superior. Si todos tocaran el mismo instrumento y la misma nota, no habría nunca sinfonía. Sólo la armonía de muchos sonidos diferentes nos lleva a disfrutar de la música.

Meditación-contemplación

El Espíritu es la clave de la VIDA.
Mi verdadero se es lo que hay de Dios en mí.
Dios en mí está como Espíritu que se me da.
Es el único y total Don de Dios a cada criatura.

………….

Desde nuestro ser aparente (lo que creemos ser),
debemos dar el salto a nuestra verdadera realidad.
Desde la parte reflejada del espejo,
tenemos que dar el salto al ser reflejado.

…………….

Mi verdadero ser y el ser de Dios no son dos realidades separadas
aunque yo sigo siendo yo y Dios sigue siendo Dios.
Para la razón es algo incomprensible.
Para el místico es la cosa más simple del mundo.
¡Inténtalo!

…………….

Fray Marcos

 

PENTEKOSTE EGUNA, Jn. 20, 19-23, Maiatzaren 27a

HARTU ESPIRITUA

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Apurka-apurka, ikasten ari gara nola bizi barnetasunik gabe. Jada ez dugu harreman-beharrik geure baitako gunerik hobenarekin. Aski dugu denbora pasa bizitzearekin. Konforme gara arimarik gabe funtzionatzearekin eta janaritzat ogia bakarrik izatearekin. Ez dugu arriskatu nahi egiaren bila. Zatoz, Espiritu Santua, eta libra gaitzazu barnea hutsik izatetik.

Jada badakigu sustrairik gabe eta helmugarik gabe bizitzen. Aski dugu kanpotik programa gaitzaten uztearekin. Etengabe gara mugitzen eta higitzen, baina ez dakigu ez zer nahi dugun, ez nora goazen. Gero eta informazio handiagoa dugu, baina inoiz baino galduago sentitzen gara. Zatoz, Espiritu Santua, eta libra gaitzazu noraezean ibiltzetik.

Esateko, bost axola ditugu existentziaren arazo handiak. Ez dugu axola argirik gabe gelditzea bizitzari aurre egiteko. Eszetipkoago bihurtu gara; alabaina, ahulago eta segurtasunik gabeago ere bai. Adimentsu nahi dugu izan eta argi. Zergatik ez dugu topatzen sosegurik eta bakerik? Zergatik gaitu horrenbeste bisitatzen tristurak? Zatoz, Espiritu Santua, eta libra gaitzazu barne-ilunetik.

Gehiago nahi dugu bizi, hobeto, denbora luzeago; alabaina, zer bizitzeko? Ondo sentitu nahi dugu geure burua, hobeto; alabaina, zer sentitzeko? Bizitza biziki nola gozatuko gabiltza, etekina nola aterako; alabaina, ez gara konformatzen ondo pasatzearekin bakarrik. Gura duguna egiten dugu. Esateko, ez da guretzat, ez debekurik, ez alor eragotzirik. Zer dela eta nahi izaten dugu beste zerbait? Zatoz, Espiritu Santua, eta irakats iezaguzu nola bizi.

Aski eta burujabe nahi dugu izan; alabaina, gero eta bakarrago sentitzen gara. Bizi beharra sentitzen dugu eta geure mundutxoan hesitzen gara: batzuetan hain aspergarria! Maita gaitzaten sentitzen dugu; alabaina, ez gara gauza harreman bizi eta adiskidetsuak eragiteko. Sexuari «maitasuna» deitzen diogu eta plazerari «zoriona»; alabaina, nork ase dezake gure egarria? Zatoz, Espiritu Santua, eta irakats iezaguzu maitatzen.

Gure bizitzan ez da jada Jainkoarentzat lekurik. Haren presentzia itorik gelditu da gure barnean edo itxura galdurik. Zaratak hartu digu barnea, jada ezin entzun dugu haren ahotsa. Hamaika desio eta sentipenetan murgildurik, ezin sumatu dugu haren hurbiltasuna. Harekin ez beste guztiekin dakigu hitz egiten. Misterioari atzea emanik bizitzen ikasi dugu. Zatoz, Espiritu Santua, eta irakats iezaguzu nola sinetsi.

Fededun eta fedegabe, fede txikiko eta fede okerreko, horrela goaz erromes askotan bizitzan aurrera. Espiritu Santuaren kristau-jai honetan, guztioi diosku Jesusek behin batean bere ikasleei esan zien hura, gainera hats eginez: «Har ezazue Espiritu Santua». Gure bizitza gaixoaren sostengu eta fede ahularen arnasa den Espiritu hori, berak bakarrik dakien bidetik sar daiteke gu baitan.

 

FIESTA DE LA ASCENSIÓN, 20 de Mayo, Mc. 16, 15 – 20

JESÚS ALCANZA LA META

Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Nos va a costar Dios y ayuda (nunca mejor dicho) superar la visión física, corpórea y chata de la Ascensión, que venimos aceptando durante demasiados siglos. Sin embargo, hoy tenemos conocimientos suficientes para intentar una interpretación más acorde con el mensaje del NT. No podemos seguir pensando en un Jesús subiendo físicamente más allá de las nubes.

Esto no quiere decir que hoy lo podemos entender y explicar totalmente, pero por lo menos, debemos intentar acercarnos un poco al sentido que tuvieron para los primeros cristianos estos relatos. Ya dice un proverbio oriental: No hace falta que alcances la verdad, basta con que salgas de tus errores.

De los evangelistas, solo Lucas nos dice que “se separó de ellos y fue elevado al cielo”. También al comienzo de los Hechos nos cuenta, incluso con más detalles, la ascensión. Los demás evangelistas no dicen nada. El final canónico de Marcos, que hemos leído este domingo, ya sabéis que fue añadido a mediados del s. II. Un acontecimiento tan admirable, de haber sido histórico, lo hubieran narrado todos.

Lo que hace Lucas es emplear los medios literarios que tenía a su alcance para trasmitirnos una verdad de fe. La falta de originalidad de los relatos indica la nula credibilidad histórica de lo narrado.

En efecto, los raptos eran clásicos en la literatura antigua. Tito Livio, en su obra ‘histórica sobre Rómulo’, dice:

“Cierto día Rómulo organizó una asamblea popular junto a los muros de la ciudad para arengar al ejército. De repente irrumpe una fuerte tempestad. El rey se ve envuelto en una densa nube. Cuando la nube se disipa, Rómulo ya no se encontraba sobre la tierra; había sido arrebatado al cielo. El pueblo al principio quedó perplejo; después comenzó a venerar a Rómulo como nuevo dios y como padre de la ciudad de Roma”.

También se narran otras ascensiones, por ejemplo, las de Heracles, Empédocles, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Todas siguen el mismo esquema.

El AT cuenta el rapto de Elías descrito por su discípulo Eliseo. También se habla de la ascensión de Henoc en Gen 5, 24.

El libro eslavo de Henoc, escrito judío del siglo primero después de Cristo, describe la «ascensión Henoc»:

“Después de haber hablado Henoc al pueblo, envió Dios una fuerte oscuridad sobre la tierra que envolvió a todos los hombres que estaban con Henoc. Y vinieron los ángeles y cogieron a Henoc y lo llevaron hasta lo más alto de los cielos. Dios lo recibió y lo colocó ante su rostro para siempre. Desapareció la oscuridad de la tierra y se hizo la luz. El pueblo asistió a todo pero no entendió cómo había sido arrebatado Henoc al cielo. Alabaron a Dios y volvieron a casa los que tales cosas habían presenciado”.

La palabra “cielo” es una de las más utilizadas en la Biblia. Todavía hoy la repetimos dos veces en el Padrenuestro, dos en el Gloria y tres en el credo. Su amplia gama de significados se arrastra desde la cultura griega y de todo el Oriente Medio. Simplificando mucho hay que tener en cuenta dos vertientes: aspecto físico astronómico y el aspecto teológico.

La complejidad de las concepciones del mundo físico en aquella época, está a la altura de los innumerables matices que podemos encontrar en el “cielo” teológico. No siempre es fácil dilucidar qué sentido se quiere dar a la palabra en cada caso.

En el bautismo de Jesús, el cielo se rasgó y quedó abierto para siempre. Desde entonces, donde está Jesús está el cielo. Cuando termina su ciclo humano, Jesús vuelve a traspasar el límite de lo humano, para entrar definitivamente en el ámbito de lo divino.

Para poder entender la fiesta de la Ascensión, debemos volver al tema central de Pascua. Solo desde esa perspectiva general podremos comprender adecuadamente lo que estamos celebrando este domingo. La Ascensión no es más que un aspecto de la cristología pascual. Hasta el s. IV no se celebra una fiesta de la Ascensión.

Resurrección, Ascensión, glorifica­ción, Pentecostés, constituyen una sola realidad, que está fuera del alcance de los sentidos. Esto no quiere decir que sea una realidad inventada. Esa realidad no temporal, no localizable, es la más importante para la primera comunidad cristiana, y es la que hay que tratar de descubrir. Para ello tenemos que superar una cosmovisión caduca, y una concepción del triunfo y de la gloria, que no está de acuerdo con el mensaje evangélico.

Por no ser realidades sujetas al tiempo, pertenecen al hoy como al ayer, son tan nuestras como de Pedro o Juan. Están sucediendo en este instante. Son realidades que están afectando hoy a nuestra propia vida. Puedo vivirlas como las vivieron los primeros cristianos.

El hombre Jesús se transforma definitivamen­te, alcanzando la meta suprema. Se hace una sola realidad con Dios. Nosotros necesitamos desglosar esa realidad única para intentar penetrar en su misterio, analizando los distintos aspectos que la integran.

Un dato muy interesante que nos proporciona la exégesis, es que las más antiguas expresiones de la experiencia pascual que han llegado hasta nosotros, sobre todo en escritos de Pablo, están formuladas en términos de exaltación y glorificación, no con la idea de resurrección. En el AT encontramos abundantes textos que hablan del siervo doliente, machacado por los hombres, pero reivindicado por Dios. Esta podría ser la base de la idea de glorificación con la que se quiso expresar la experiencia pascual.

La Ascensión quiere manifestar que el triunfo de Jesús fue total, que llegó a lo más alto. Nos está diciendo, que el hombre Jesús se integró de tal modo en Dios, que formará siempre parte de la misma divinidad. Cuando lo entendemos como una ascensión física, estamos tergiversando el sentido original de los términos y entramos en un callejón sin salida.

La verdadera ascensión de Jesús empezó en el pesebre y terminó en la cruz cuando exclamó: «consumatum est» (todo está cumplido). Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer, de elevarse sobre sí mismo. Después de ese paso, todo es como un chispazo instantáneo que dura toda la eternidad. Pero había llegado a la meta, a la plenitud total en Dios, precisamen­te por haberse despegado (muerto) de todo lo que en él era caduco, transitorio, terreno. Solo permaneció de él lo que había de Dios y por tanto se identificó con Dios totalmente, divinamente. Esa es también nuestra meta. El camino también es el mismo que recorrió Jesús: despegarnos de nuestro ego.

La experiencia pascual, consistió en ver a Jesús de una manera nueva. El haber vivido con él, el haber escuchado lo que decía y visto lo que hacía, no les llevó a la comprensión de su verdadero ser. Estaban demasiado pegados a lo externo, y lo que hay de Divino en Jesús no puede entrar por los sentidos, ni ser fruto de la razón. Su desaparición física les obligó a mirar dentro de sí, y descubrir allí lo mismo que había vivido Jesús. Entonces ven al verdadero Jesús, el que vive y les sigue dando vida.

Nosotros hoy estamos apegados a una imagen terrena de Jesús que también nos impide descubrir su verdadero ser. Debemos ir más allá de todo lo que sabemos sobre Jesús y tratar de descubrirlo dentro de nosotros.

Esa vivencia no puede venir de fuera, sino de lo más íntimo de nosotros mismos. Por eso decía Pablo en la segunda lectura:

«Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerle; ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la riqueza…»

No se pide ciencia, sino Sabiduría. No pide que nos ilumine los ojos del cuerpo ni de la mente, sino los del corazón… Todo lo que podamos aprender sobre Dios y Jesús, nunca podrá suplir la experiencia interior.

Debemos tener en cuenta que todos estos relatos teológicos tienen una finalidad catequética. Están elaborados para que nosotros entremos en la dinámica de Cristo. No se nos proponen para que admiremos su figura, ni siquiera para que nos sintamos atraídos por ella, sino para que repitamos su misma vivencia. «El padre que vive…» En él debemos descubrir las posibilidades que todo ser humano tiene de llegar a lo más alto del “cielo”. La verdadera salvación del hombre no está en que los libren del pecado, sino en alcanzar la plenitud a la que estamos llamados todos. Esta verdad, es la base de toda salvación.

En ninguno de los relatos, se ha podido desligar la ascensión de la misión. Esto es muy significativo, porque nos lleva a un planteamiento realista y con los pies en la tierra. El fin del periplo humano de Jesús da paso al comienzo de la nueva comunidad. Solo quien se pone a trabajar para dar a conocer a Jesús ha entendido correctamente su mensaje.

Podemos considerar la Ascensión como el final de una etapa en la que los discípulos tuvieron una experiencia singular y única de la resurrección. Sería el momento en que los primeros cristianos dejan de mirar al cielo y empiezan la tarea de llevar esa experiencia a todos los hombres. Dejan de mirar hacia el cielo y comienzan a mirar a la tierra.

Recordemos que los cuarenta días, no es una medida cronológica. Se trata de un tiempo simbólico (cairos) que da paso al desarrollo de la nueva comunidad.

Meditación-contemplación

Jesús nos ha marcado el camino de la verdadera plenitud humana.
Durante todo el año litúrgico vamos examinando los pasos que dio.
Hoy nos fijamos en la meta a la que llegó,
que es, al mismo tiempo, el punto del que partió.

…………..

Si creemos que nuestro objetivo es alcanzar la misma meta,
está claro que tenemos que caminar en la misma dirección.
Todos hemos salido del Padre y hemos llegado al mundo.
Todos tenemos que dejar el mundo y volver al Padre.

…………….

Ese Padre sigue en lo más hondo de nuestro ser
y allí tenemos que penetrar para encontrarlo.
Si me empeño en buscarlo en otra parte,
me encontraré con un dios a mi medida, pero falso.

………….

Fray Marcos

 

JAUNAREN IGOKUNDEA, Maiatzaren 20a, Mc. 16, 15 – 20

HASIERA BERRIA

José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Hizkuntza desberdinez deskribatzen dute ebanjelariek Jesusek ikasleei gomendatu dien mandatua. Mateoren arabera, Jesusek irakatsi bezala bizitzen ikasi behar duten «ikasleak eratu» behar dituzte. Lukasen arabera, Jesusen inguruan bizi izan dutenaren «lekukoak» eratu behar dituzte. Markosek, berriz, «sorkari guztiei Ebanjelioa hots egin behar dietela» esanez laburtu du guztia.

Gaur egun kristau-elkarte batera hurbiltzen direnek ez dute topo egiten zuzenean Ebanjelioarekin. Sumatzen dutena, erlijio zaharkitu baten funtzionamendua da, krisi-zantzu asko dituena. Ezin identifikatu dute argi eta garbi erlijio horren baitan Berri Ona, duela hogei mende Jesusek eragindako hura.

Alde batetik, kristau askok ez du Ebanjelioaren zuzeneko ezagutzarik. Jesusez eta haren mezuaz dakiten guztia, katekistei eta predikarien entzundakotik erdizka eta zatitsu eraiki dezaketena da. Jesusen Ebanjelioarekin harreman pertsonalik izan gabe bizi dute beren erlijioa.

Nolatan hots egin dezakete beren elkarteetan beretan ezagutzen ez badute? Vatikano II.a kontzilioak gaur egun ahaztuegia den hau gogorarazi du: «Ebanjelioa du Elizak, aldi guztietan, bere biziaren jatorria». Iritsia da unea kristau-elkarte bat honela ulertu eta eratzeko ordua: leku bat, zeinetan Jesusen Ebanjelioa onartzea izango baita lehenengo gauza.

Ezerk ezin biziberritu izango du krisian den gure elkarteen sarea, Ebanjelioaren indarrak bezala. Soilik, Ebanjelioaren zuzeneko eta bertatik bertako esperientziak biziberritu ahal du Eliza. Urte batzuk barru, krisiak soilik funtsezkoa atxikitzera eragingo digu; garbi ikusiko dugu orduan ezer ez dela garrantzizkoagorik kristauentzat elkarrekin biltzea baino, ebanjelioko kontakizunak irakurri, entzun eta partekatzeko.

Ebanjelioaren indar berritzailean sinestea da lehenengo gauza. Ebanjelioko kontakizunek fedea bizitzen irakasten dute, ez behartuz, baizik erakarriz. Kristau-bizitza biziarazten dute, ez betearaziz, baizik distiratuz eta kutsatuz. Daitekeena da jada gure parrokietan beste dinamika bat abiaraztea. Talde txikietan bildurik, Ebanjelioari loturik, Jesusen jarraitzaileen egiazko nortasuna berreskuratuz joan gintezke.

Ebanjeliora itzuli beharra dugu, hasiera berritzat hartuz. Jada ez da on edozein egitarau edo estrategia pastoral. Urte batzuk barru, Jesusen Ebanjelioa elkarrekin entzutea ez da izango jarduera bat gehiago beste askoren artean; baizik eta jarduera nagusia izango da, zeinetatik hasiko baita kristau-fedearen biziberritzea, gizarte sekularizatuan barreiatuak diren elkarte koxkorren baitan

6º DOMINGO DE PASCUA, 13 de Mayo, Jn. 15, 9-17

 

POR Y CON EL AMOR DE DIOS

Mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Fray Marc
Fe Adulta

INTRODUCCIÓN

El evangelio de hoy es continuación del que leímos el domingo pasado. Sigue explicando, en qué consiste esa pertenencia del cristiano a la vid. Poniendo como modelo su unión con el Padre, va a concretar Jesús lo que constituye la esencia de su mensaje. Ya sin metáforas ni comparaciones, nos coloca ante la realidad más profunda del mensaje del evangelio: El AMOR, que es a la vez la realidad que nos hace más humamos

Jesús les da las señas de identidad que tienen que distinguirlos como cristianos. Es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos alianzas. Jesús no manda amar a Dios ni amarle a él, sino amar como él ama.

En realidad no se trata de una ley, sino de una respuesta a lo que Dios es en cada uno de nosotros, y que en Jesús se ha manifestado de manera contundente. Nuestro amor será “un amor que responde a su amor” (Jn 1,16). El amor que pide Jesús tiene que surgir desde dentro, no imponerse desde fuera. Se trata de manifestar lo que es Dios en lo hondo de mi ser, a través de las obras.

EXPLICACIÓN

Juan emplea en este relato la palabra agape. Los primeros cristianos emplearon no menos de ocho palabras, para designar el amor: agape, caritas, philia, dilectio, eros, libido, stergo, nomos. Ninguna de ellas excluye a las otras, pero solo el “agape” expresa el amor sin mezcla alguna de interés personal. Sería el puro don de sí mismo, solo posible en Dios.

Al emplear agapate (que os améis), está haciendo referencia al amor que es Dios, es decir, al grado más elevado de don de sí mismo. No está hablando de un amor de amistad o de una “caridad”. No es desarrollando sus cualidades humanas como puede el cristiano cumplir el encargo de Jesús. Se trata de desplegar una cualidad exclusiva de Dios. Se nos está pidiendo que amemos con el mismo amor de Dios.

Dios demostró su amor a Jesús con el don de sí mismo. Jesús está en la misma dinámica con los suyos, es decir, les manifiesta su amor hasta el extremo. El amor de Dios es la realidad primera y fundante.

Juan lo ha dejado bien claro en la segunda lectura: “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”. Descubrir esa realidad y vivirla, es la principal tarea del que sigue a Jesús. Es ridículo seguir enseñando que Dios está condicionado por nuestras obras; es decir, nos ama si somos buenos y nos rechaza si somos malos.

Pero hay una diferencia que tenemos que aclarar. Dios no es un ser que ama, es el amor. En Él, el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros. Yo puedo amar o dejar de amar, y sigo siendo yo. Si Dios dejara de amar un solo instante, dejaría de existir.

Dios manifiesta su amor a Jesús, como se lo manifiesta a todas sus criaturas; como me lo manifiesta a mí. Pero no lo hace como nosotros. No podemos esperar de Dios “muestras puntuales de amor”, porque no puede dejar de demostrarlo un instante.

El amor que es Dios, tenemos que descubrirlo dentro de nosotros, como una realidad que está inextricablemente unida al ser. Jesús, que es hombre, sí puede manifestar el amor de Dios, amando como Él ama y obrando como Él obraría si fuera un ser humano.

Otra consecuencia decisiva de la idea de Dios, que Juan intenta trasmitirnos, es que, hablando con propiedad, Dios no puede ser amado. Él es el amor con el que yo amo, no el objeto de mi amor. Aquí está la razón por la que Jesús se olvida del primer mandamiento de la Ley: “amar a Dios sobre todas las cosas”. Juan comprendió perfectamente el problema, y deja muy claro que solo hay un mandamiento: amar a los demás, no de cualquier manera, sino como Jesús nos ha amado. Es decir, manifestar plenamente ese amor que es Dios, en nuestras relaciones con los demás.

Naturalmente, no se puede imponer el amor por decreto. Todos los esfuerzos que hagamos por cumplir un «mandamiento» de amor, están abocados al fracaso. El esfuerzo tiene que estar encaminado a descubrir a Dios que es amor dentro de nosotros. Todas las energías que empleamos en ajustarnos a una programación, tienen que estar dirigidas a tomar conciencia de nuestro verdadero ser.

En el fondo, se nos está diciendo que lo primero para un cristiano es la experiencia de Dios. Solo después de un conocimiento intuitivo de lo que Dios es en mí, podré descubrir los motivos del verdadero amor.

El amor del que nos habla el evangelio es mucho más que instinto o sentimiento. A veces tiene que superar sentimientos e ir mucho más allá del instinto. Esto nos despista y nos lleva a sentirnos incapaces de amar. Los sentimientos de rechazo a un terrorista o a un violador, pueden hacernos creer que nunca llegaré a amarle. El sentimiento es instintivo, involuntario y anterior a la intervención de nuestra voluntad. Pero el amor va más allá del sentimiento. Y la verdadera prueba de fuego del amor es el amor al enemigo. Si no llego hasta ese nivel, todos los demás amores que pueda desplegar, son engañosos.

El amor no es sacrificio ni renuncia, sino elección gozosa. Esto que acaba de decirnos el evangelio, no es fácil de comprender. Tampoco esa alegría de la que nos habla Jesús es un simple sentimiento pasajero; se trata más bien, de un estado permanente de plenitud y bienestar, por haber encontrado tu verdadero ser y descubrir que ese ser es inmutable y eternamente estable. Una vez que has descubierto tu ser luminoso indestructible, desaparece todo miedo, incluido el miedo a la muerte. Sin miedo, como decía Buda, no puede haber sufrimiento. Surgirá espontáneamente la alegría que es nuestro estado natural cuando nada impide que el ser se despliegue totalmente.

Solo cuando has descubierto que lo que realmente eres, no puedes perderlo, estás en condiciones de vivir para los demás sin límites. El verdadero amor es don total. Si hay un límite en mi entrega, aún no he alcanzado el amor evangélico. Dar la vida, por los amigos y por los enemigos, es la consecuencia lógica del verdadero amor. No se trata de dar la vida biológica muriendo, sino de poner todo lo que somos al servicio de los demás.

Desde esta dinámica, no tiene ningún sentido hablar de siervo y de señor. Más que amigos, más que hermanos, identificados en el mismo ser de Dios, ya no hay lugar ni para el “yo” ni para lo “mío”. Comunicación total en el orden de ser, en el orden del obrar y en el orden del conocer.

Jesús se lo acaba de demostrar poniéndose un delantal (vestido de siervo) y lavándoles los pies. La eucaristía nos dice exactamente lo mismo: Yo soy pan que me parto y me reparto para que todos me coman. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos para comunicarles esa misma Vida. ¿Dónde pueden albergarse ahora los secretos, si ha desaparecido la individualidad diferenciadora? Jesús lo compartió todo.

Que vuestra alegría llegue a plenitud. Es una idea que hay que resaltar, porque en nuestro cristianismo no siempre lo hemos tenido claro. Jesús afirma que Dios quiere que seamos felices, eso sí, con una felicidad plena y definitiva, no con la felicidad que puede dar la satisfacción de nuestros sentidos. La causa de esa alegría es saber que Dios nos ama incondicionalmente; que esa actitud nos transforma en amigos; que nada podrá apartarnos de Él. Nos decía un maestro de novicios: “Un santo triste es un triste santo”.

“No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros”. Expresa la experiencia de los primeros cristianos. Son conscientes de su libertad a la hora de seguir a Jesús, pero saben que el acercamiento empieza siempre por el amor de Jesús a cada uno. Debemos recuperar esta vivencia. El amor de Dios es lo primero. Dios no nos ama coma respuesta a lo que somos o hacemos, sino por lo que es Él.

No tiene ningún sentido seguir hablando del Dios que premia a los buenos y castiga a los malos. Dios ama a todos de la misma manera, porque no puede amar más a uno que a otro. De ahí el sentimiento de acción de gracias en las primeras comunidades cristianas. De ahí el nombre que dieron los primeros cristianos al sacramento del amor. “Eucaristía” significa acción de gracias.

APLICACIÓN

Para saber si estamos con Jesús no hay más criterio que las obras de amor. Cualquier relación con Dios sin un amor manifestado en obras, será pura idolatría. Pero esa manera de actuar tiene que surgir de lo hondo del ser, y no de una obligación externa.

La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ritos o normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado. La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tengan que ajustarse a unos estatutos (este sigue siendo hoy nuestro error fundamental) sino una comunidad que experimenta a Dios como amor y cada miembro lo imita, amando como Él ama.

Esta oferta supera todas las ofertas que las instituciones pueden hacer, por eso se muestra Jesús a distancia e independiente de todas ellas. Ninguna otra realidad puede sustituir lo esencial. Si esto falta no puede haber comunidad cristiana.

Meditación-contemplación

Sin la experiencia de unidad con Dios
no podemos desplegar el verdadero amor (agape).
Sin la savia divina que nos atraviesa
nunca podremos dar el verdadero fruto.

…………………

Desde lo puramente humano ese amor es imposible.
No somos nosotros los que tenemos que amar.
Es el mismo Dios el que se da a través nuestro.
Desde nuestra verdadera humanidad podemos manifestar lo divino.

………………….

El verdadero amor no es fruto del voluntarismo.
Tampoco surge del deseo de alcanzar una plenitud.
Amar es deshacerme de todo lo que creo ser,
para que solo quede en mí lo que es Dios.

…………..

Fray Marcos

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5º DOMINGO DE PASCUA, 6 de abril, Jn. 15, 1.8

LA SAVIA QUE NOS UNE ES EL AMOR, ES DIOS

Fray Marcos

INTRODUCCIÓN

El texto que leemos hoy es el comienzo del capítulo 15 del evangelio de Juan, incluido en el larguísimo discurso de despedida, después de la última cena. El ambiente es radicalmente distinto del que encontramos el domingo pasado; la agresividad con los “judíos” está sustituida por la más profunda intimidad con sus discípulos.

En esta parte del discurso, se habla de la comunidad y su misión en el mundo. Lo que hoy leemos insiste en que la Vida de Dios debe atravesar a cada miembro para que sea posible el amor que luego se debe manifestar en obras.

El simbolismo de la viña es muy frecuente en el AT, pero no es tan frecuente la imagen de la vid. Con todo, el sentido que le da Juan es completamente original. El doble aspecto de una misma vivencia individual y una proyección a los demás, es la clave de la experiencia pascual. Aunque no se nombra expresamente, la Vida (en Jesús y en sus seguidores) sigue siendo el centro del discurso.

EXPLICACIÓN

Para poder entender esta alegoría, es imprescindible conocer bien los términos de la comparación.

Hay que tener en cuenta que la vid es una de las plantas que no produce fruto de provecho si no se poda severamente. Su capacidad de echar follaje es tan grande que, si no se le aplican fuertes correctivos, se le va toda la fuerza en tallos y hojas.

La poda se realiza en dos etapas. La primera se hace antes de que brote y consiste en eliminar casi todos los sarmientos del año anterior, dejando solo una parte mínima (dos o tres nudos) de los más robustos. La segunda se hace en verde, eliminado todos los tallos que no llevan fruto e incluso desmochando los que lo llevan. Estos cuidados son imprescindibles si queremos que la vid produzca frutos.

Yo soy la vid verdadera. Detrás del símbolo de la vid, se esconde todo un mundo de sugerencias. Se trata de un ser vivo que se manifiesta a través de elementos distintos, pero unificados por una realidad que los trasciende, la vida.

Una vez más es la Vida el centro del discurso. Al añadir “verdadera” (alêthinê), nos está diciendo que puede haber una vid falsa, cuyos sarmientos no están animados por la vida de la cepa.

La vid (cepa y sarmientos) es todo el que se adhiere a Jesús. No hay más pueblo de Dios que el que se desarrolle a partir de Jesús.

Juan ya había hablado de la luz verdadera, contrapuesta a la Ley; del verdadero pan, contrapuesto al maná. En el AT es frecuente que la viña sea improductiva, esté desolada y no agrade a Dios, (falsa).

Mi Padre es el labrador. Como en el AT, es el Padre quien la ha plantado y la cuida. La alusión al Padre labrador, expresa la preocupación y el interés de que los sarmientos den fruto.

Jesús nunca se propone como centro de su mensaje. Él predica el Reino que es Dios. Nunca se interpone entre Dios y el ser humano. Jesús nos dice que lo que Dios es para él, lo es también para cada uno de los hombres.

Todo sarmiento que en mí no produce fruto, lo arranca, y a todo el que produce fruto, lo poda, para que dé más fruto. ¡Ojo a este párrafo! Tenemos un juego de palabras muy curioso: “airei” no significa cortar ni arrancar sino abolir, quitar. “kathairei” no significa podar sino limpiar, purificar. Ni uno ni otro verbo se suele utilizar para designar tareas agrarias. Al emplearlos, nos fuerza a ir más allá del simple significado.

El versículo siguiente nos ayuda a salir del posible error de interpretación: Vosotros estáis ya limpios por el mensaje que os he comunicado. “Limpios” tampoco tiene nada que ver con la pureza legal que se consigue por rituales. Para Juan el único pecado (el pecado del mundo) es la opresión. Como ellos han salido de ese ámbito, están limpios. La purificación se efectúa al optar por el mensaje de Jesús, el amor.

No debemos entender estos versículos como si Dios actuara en nosotros desde fuera y mecánicamente. Para Jesús, Dios es la sabia, la Vida que se comunica a toda la vid. Jesús es el primer sarmiento que vivió plenamente de esa savia divina.

No debemos considerar al hombre Jesús como el Dios cristiano, sino como el primer cristiano que haciendo suya la misma Vida de Dios, nos ha indicado la manera de alcanzar la verdadera plenitud humana. El mensaje de Jesús consiste en que todos vivamos esa Vida divina. El producir fruto no hace referencia a una moralidad, sino a la manifestación del amor que es una exigencia de la identificación con Dios.

Ni cada individuo, ni la comunidad deben considerarse entes estáticos, tienen que dar fruto. Sarmiento improductivo es el que pertenece a la comunidad pero no responde al Espíritu. Incluso el que produce fruto tiene que seguir un proceso que no acaba nunca. Solo el don total de sí mismo permitiría alcanzar la meta. La posesión del Espíritu es un dinamismo que no se detiene.

El sarmiento no tiene vida propia, necesita recibir la savia de la cepa. La ausencia de fruto, delata la falta de unión con Jesús. La presencia de fruto manifiesta que la savia-vida está llegando al sarmiento.

Ni la vid sin sarmientos puede producir frutos, ni los sarmientos separados de la cepa. Los frutos se alcanzan por la unidad de ambos. Esa unión con Jesús no es algo automático, ni ritual, ni externo. Exige la actualización constante por parte del discípulo. Tanto el individuo como la comunidad tienen que estar alerta, tiene que estar constantemente eliminando todo aquello que le impida llegar a la identificación con Jesús y, por lo tanto, con Dios.

Existe una fuerte tendencia a equiparar el “producir fruto” con las buenas obras. En Juan no se hace ninguna distinción entre ser y obrar. Adherirse a Jesús es inseparable de producir el fruto que esa adhesión conlleva, pero el fruto no son directamente las obras, sino la Vida-amor, que necesariamente se manifestará en obras.

De esta manera queda erradicado el peligro de creer que son las obras las que me llevan a la identificación con Jesús. Podemos hacer obras impulsados por una programación que no cambia mi actitud interior; esas obras no salvan. Solo la Vida-Amor nos hace ser y nos capacita para obrar.

Porque sin mí, no podéis hacer nada. Por activa y por pasiva repite una y otra vez la misma idea. El sarmiento que es una sola vida con la cepa produce fruto y hace que la vid sea capaz de dar fruto. El que está separado, no sirve para nada porque no tiene vida. Se trata de participar de la misma Vida de Jesús, que es la del Padre.

Recordad: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el padre; del mismo modo el que me coma vivirá por mí”. Estar unido, comer a Jesús es comprometerse con él y participar de su misma Vida. De la misma manera alejarse de Jesús es garantizarse la esterilidad y la muerte. La nueva humanidad no depende de la pertenencia o no a una institución. Es participación de la misma Vida de Jesús que es opción personal permanente.

En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discípulos míos. En este versículo queda claro que no pueden ser palabras pronunciadas por Jesús en la última cena. Los discípulos no comenzaron a dar frutos hasta después de la experiencia pascual. Solo entonces descubrieron al verdadero Jesús y lo vivieron de verdad. No son palabras de Jesús, sino palabras de la comunidad sobre Jesús. Si no hacemos esta composición de lugar, no habrá manera de dar un auténtico sentido al evangelio de Juan.

“La gloria” no es estar sentado en un trono, recibiendo honores y agasajos. Dios no puede ser enriquecido con nada externo a Él. Su gloria es su esencia, es decir, el ser amor; un amor que se manifiesta siempre a favor del hombre. La gloria de Dios es que en Jesús y en los discípulos se manifieste esa esencia de Dios por un Amor auténtico.

Aprendiendo de Jesús, los discípulos llevan a cabo la misma obra que llevó a cabo él, el don total de sí mismo. Se está hablando aquí desde la perspectiva de las primeras comunidades que sí desplegaron ese amor entre sus miembros y con los demás.

APLICACIÓN

El domingo pasado se hablaba de un solo rebaño, hoy nos habla de una sola vid. No dice que Jesús sea la cepa y los discípulos los sarmientos como realidades separadas. Jesús y los discípulos constituyen una sola realidad viva.

Ser vid significa estar unido no solo a Jesús y a Dios, sino a los demás sarmientos. Si me separo de otro sarmiento que está unido a la vid, me tengo que separar de la vid. Esa es la experiencia pascual que tiene que continuar hoy en nosotros.

Todos participamos de la misma Vida de Dios que descubrimos gracias a Jesús. La Vida es una sola; al participar de ella tomamos conciencia de que formamos una unidad con todos los hombres, con todo el cosmos y con Dios. La religión, o nos conduce a esa experiencia de unidad o se queda en programación externa que ni nos enriquece ni nos salva.

Meditación-contemplación

Sin la sabia divina no puede haber fruto de verdadera humanidad.
En el centro de mi ser esta la fuente de Vida.
Si aparto lo que le impide manifestarse,
inundará todo mi ser con esa Vida.
……………

En el orden del Espíritu, todo es Uno.
La aparente diversidad es una ficción de la mente.
Si consigo trascender el mundo de las apariencias,
me encontraré inmerso en la inmensidad del Ser.
………………

En nuestro verdadero ser todo es distinto.
Las contradicciones quedan superadas.
Las limitaciones pierden su sentido negativo.
La armonía y la paz son absolutas y definitivas.
………….

Fray Marcos

 

PAZKOALDIKO 5. IGANDEA

HARREMAN PERTSONALAK

José Antonio Pagola.

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Joanen ebanjelioko kontakizunaren arabera, Jesusek, bera hil bezperan, bere desiorik sakonen hau agertu zien ikasleei: «Iraun ezazue nigan». Badaki koldarrak eta erdipurdiko direla. Askotan bota izan die aurpegira beren fede eskasa. Jesusekin bizi-loturarik ez badute, ezin bizi izango dira.

Ezin argiago eta esanguratsuago dira Jesusen hitz hauek ere: «Aihenak, mahatsondoari loturik irauten ez badu, berez fruiturik ezin eman duen bezala, zuek ere ez nigan irauten ez baduzue». Haren ondoan ikasi eta bizi izan dutenari irmo atxikirik eusten ez badiote, bizitza agor emango dute. Haren Espirituaz bizi ez badira, hark hasia ito egingo da.

Hizkuntza gotorra darabil Jesusek: «Ni naiz mahatsondoa eta zuek aihenak». Jesusi darion izerdia jario behar du ikasleen baitan. Ez lukete hori sekula ahaztu behar. «Nigan irauten duenak eta nik harengan, hark emango du fruitua ugari, zeren ni gabe ezin baituzue ezer egin». Jesusengandik aparte, ikasleok ezin dugu ezer egin.

Jesusek ez die eskatu beragan irautea bakarrik. Beste hau esan die gainera: «haren hitzak iraunaraz ditzatela berengan». Ez ditzatela ahaztu. Bizi daitezela haren Ebanjeliotik. Iturri horretatik behar dute edan. Esana zien hori bera beste abagune batean: «Esan dizkizuedan hitzak espiritu eta bizi dira».

Berpiztuaren Espirituak bizirik eta eragile jarraitzen du gaur egun haren Elizan, era askotan; baina ikusezin eta isila den haren presentzia hori bereizgarri ikusgarriz eta ahots zehatzez horniturik ageri da; hain zuzen, hurbiletik ezagutu eta jarraitu ziotenen ebanjelio-kontakizunetan gordea den oroitzapenari esker. Ebanjelioak direla medio, harremanetan jartzen gara haren mezuarekin, haren bizierarekin, Jainkoaren erreinuaz duen egitasmoarekin.

Horregatik, ebanjelioetan dago kristau-elkarteek beren bizitza biziberritzeko duten indarrik handiena. Jesusen jarraitzaileek geure nortasuna berreskuratzeko behar dugun energia. Jesusen Ebanjelioa da tresnarik inportanteena gaur egun Eliza eraberritzeko.

Gure elkarteetako kristau askok «bigarren eskutik» bakarrik ezagutzen ditu ebanjelioak. Jesusez eta haren mezuaz ezagutzen duten guztia, predikarien eta katekisten hitzetik atera ahal izan dutenetik eraiki ahal izan dutena da. Beren fedea bizi, «Jesusen hitzekin» harreman pertsonalik izan gabe bizi dute.

Nekez imajina daiteke «ebanjelizazio berri bat», jendeari ebanjelioak zuzenean eta hurbilagotik ezagutzeko aukera eman gabe. Ezerk ez indar ebanjelizatzaileagorik, Jesusen Ebanjelioa elkartean entzuteko esperientziak baino, gure garaiko galderak, arazoak, sufrimenduak eta esperantza begi aurrean ditugula.