DOMINGO XIX T.O., 12 de agosto de 2012, Jn. 6, 41-51

CREER, VER, VIVIR

Jn 6, 41-51

FE ADULTA

La mente es inquieta y, con frecuencia, atropellada. Como un cachorro juguetón, no cesa de corretear de un lado a otro. Le encanta la distracción y el protagonismo. Suele generar más de sesenta y cinco mil pensamientos en un solo día. Y siempre quiere tener razón… Por todas esos motivos, no resulta extraño que se la haya llamado «la mente de mono», siempre saltando de un lugar a otro.

Le mente engendra al yo que, como buen hijo, asume como propias las características de aquella. Se cree separado de todos y de todo, busca tener más razón que nadie, vive de la comparación y el enfrentamiento, y hace todo lo posible por autoafirmarse como centro de su universo. Para sí mismo, el yo aparece como solemne; visto desde fuera, sin embargo, resulta infantil y, cuando se infla, patético.

Sin embargo, hay otro modo posible de relacionarse con la mente y, por lo tanto, con el yo. Basta ver la mente como lo que realmente es, una herramienta –un «objeto» más dentro de lo que somos-, para que se empiece a abrir camino el reconocimiento de nuestra identidad más profunda. En ese preciso momento, el propio yo habrá empezado a disolverse, tanto en su presunta identidad como en sus equivocadas creencias de separación.

Y eso ocurre cuando la atención «gana la carrera» a los pensamientos. Una cosa es pensar y otra muy distinta saber que se está pensando. Al percibir y experimentar esta diferencia, hemos accedido a otra comprensión mayor: una cosa es el pensamiento (la mente) y otra la Consciencia. Y se hace posible percatarnos de que el pensamiento es lo que tenemos; Consciencia es lo que somos.

A partir de ahí, es posible aprender a vivir, no en el pensamiento –que utilizaremos cuando lo necesitemos-, sino en la atención. Y vendremos a percibir que la creencia en nuestra identidad egoica ha cedido el paso al reconocimiento de la Identidad no-dual, atemporal e ilimitada, que realmente somos.

Y se irá haciendo verdad en nuestra vida lo que canta un conocido haiku:

Siéntate en silencio.
No hagas nada.
Llega la primavera
y la hierba crece sola.

Toda esta introducción me ha surgido al leer los interrogantes que se plantean los oyentes de Jesús: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre?, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

Porque no está mal que la mente se plantee interrogantes; gracias a ellos, avanzamos. El error radica en creer que la respuesta se encuentra en ella misma. Eso explica que, al verse frustrada en sus pretensiones, descalifique todo aquello que no cabe dentro de sus reducidos parámetros.

Por eso, me suena profundamente sabia la actitud de Jesús: «No critiquéis». Es decir, no erijáis la mente en árbitro último de la realidad. Abríos a otra Sabiduría mayor, a la que tenemos acceso justo en el momento en que se acalla la razón.

Esta Sabiduría no es crédula ni irracional. Valora y respeta la mente –no renuncia nunca a la razón crítica-, pero la trasciende. Ante ella, la mente ocupa su lugar, sin otras pretensiones ilusas y dañinas, y termina rindiéndose a la Verdad de lo que es.

Esa Verdad no es otra cosa que la «vida eterna», de que habla Jesús. Ambos términos, Verdad y Vida, son equivalentes e intercambiables. Son nombres que apuntan, dentro de la pobreza del lenguaje, al Misterio último de lo Real y, por tanto, al núcleo último de nuestra propia identidad, al Fondo común de todo lo que es.

No somos yoes que tienen vida durante un cierto tiempo. Somos Vida que se expresa en estas formas temporales y transitorias. Reconocerlo es «creer», «ver al Padre», «venir a Jesús», saborear el «pan de vida»…

Cuando leemos textos como este desde la mente, podemos tener la sensación de perdernos entre tantos nombres y conceptos, hasta el punto de parecer todo un inmenso trabalenguas.

Cuando, por el contrario, la lectura se hace desde «otro lugar», desde la experiencia del No-lugar donde todo se encuentra, caemos en la cuenta de que esa pluralidad de palabras y de expresiones no es otra cosa que el resultado de querer balbucir la Realidad última, imposible de apresar.

A partir de ahí, cesa la confusión. Hemos descubierto que la sabiduría espiritual siempre está hablando de «lo mismo», cualquiera que sea el lenguaje, la referencia o el «idioma» que utilice.

Sus palabras no tienen la pretensión (ilusoria) de informarnos acerca del Misterio, sino la de despertarnos a la Realidad que ya somos, pero de la que estamos con frecuencia desconectados.

Es comprensible que, según los diferentes perfiles psicológicos, haya palabras que, a cada cual, le resulten más evocadoras que otras. Pero todas ellas son únicamente eso: evocación, señales que apuntan a la Realidad que trasciende toda palabra y todo concepto. Realidad que no puede ser pensada ni formulada adecuadamente, como recuerda magistralmente uno de los primeros textos espirituales: «El Tao que se puede conocer no es el verdadero Tao….; el Tao del que se puede hablar no es el verdadero Tao…; el que conoce el Tao, no conoce el verdadero Tao» (Tao te Ching).

No podemos conocer –ni nombrar- el Misterio; únicamente lo podemos ser. Y es entonces, al serlo, cuando lo conocemos, con la evidencia y el gozo que se desprenden de la Realidad misma.

Es lo que somos, y siempre hemos sido. Despertar es hacerlo consciente y vivir en conexión con Ello.

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

XIX. IGANDEA URTEAN ZEHAR-DOMINGO XIX T.O., Jn. 6, 41-51

Jesusengan sinesteko bidea / El camino para crecer en Jesús Jn. 6, 41-51

2012ko abuztuaren 12a

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

San Joanen kontakizunaren arabera, Jesusek gero eta era argiagoan errepikatzen du Jainkoagandik datorrela bera, betiko bizia ematen duen janaria guztiei eskaintzeko. Eta jendeak ezin jarraitu du hain eskandaluzkoa de hori entzuten, erreakzionatu gabe. Jesusen gurasoak ezagunak dituzte. Nolatan esan dezake Jainkoagandik datorrela?

Ezin harritu da gutarik inor erreakzio horretaz. Arrazoizkoa ote da Jesu Kristogan sinestea? Nolatan sinets genezake gizon jakin horrengan Jainkoaren Misterio atzeman ezina haragitu dela, Herodes Handia hil baino zerbait lehenago jaioa den horrengan, hogeita hamargarren urte inguruan Galilean izan duen profeta-jardueragatik ezaguna den horrengan?

Jesusek ez die erantzun objekzio horiei. Jende horren fede-gabeziaren sustraira jo du: «Zer ari zarete kritikatzen?» Oker dabiltza Jesusen errotiko berritasunaren aurka egitean, Jesusen egiazko nortasunaz guztia dakitela uste izatean. Har dezaketen bidea erakuts diezaieke.

Jesusek gauza jakintzat emana du hau: ezin duela inork beragan sinetsi, beragan erakartzen duen zerbait sentitzen ez badu. Egia da. Agian, Kafarnaumeko jende hark baino hobeto ulertzen dugu hori guk geure kulturatik. Izan ere, gero eta zailago gertatzen zaigu doktrina batean edo ideologia batean sinestea. Fedea eta konfiantza orduan ernetzen dira gugan: on egiten eta bizitzen laguntzen digun norbait erakarle sentitzen dugunean.

Baina Jesusek gauza inportante batez ohartarazi ditu: «Ezin etorri da inor nigana, bidali nauen Aitak erakartzen ez badu». Jesusengana erakartzea Jainkoak berak egiten du. Mundura bidali duen Aitak esnatzen du gure bihotza, Jesusengana hurbil gaitezen pozik eta konfiantzaz, dudak eta errezeloak gaindituz.

Horregatik, geure bihotzean Jainkoaren ahotsa entzuten saiatu beharra dugu, Jesusengana eraman gaitzan berari utziz. Aita horri, biziaren Kreatzaile eta gizakiaren Adiskide horri, eskolatu gaitzan leial utziz: «Aitak esana entzun eta ikasten duen oro, nigana etorriko da».

Jesusen aipatu baieztapena iraultzaile gertatu zaie hebrearrei. Bibli tradizioak esaten zuen gizakiak bere bihotzean entzuten duela Legea leial betetzeko Jainkoaren deia. Jeremias profetak honela aldarrikatu zuen Jainkoaren promesa: «Zuen barnean ezarriko dut nik neure legea eta zuen bihotzean idatziko».

Jesusen hitzek, berriz, beste esperientzia bat bizitzera gonbidatzen gaituzte. Kontzientzia ez da Jainkoaren Legea entzuteko leku ezkutu eta pribilegiatu bat bakarrik. Geure izatearen barruenean, ona, ederra, jatorra, gizakiari on egitea, mundu hobea eraikitzea erakargarri dela sentitzen badugu, erraz sumatuko dugu Jainkoaren gonbita Jesusekin sintonizatzeko. Hori da biderik hobena harengan sinesteko.

Jose Antonio Pagola

El camino para crecer en Jesús / Jesusengan sinesteko bidea Jun 6, 41-51

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez de manera más abierta que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios?

A nadie nos puede sorprender su reacción. ¿Es razonable creer en Jesucristo? ¿Cómo podemos creer que en ese hombre concreto, nacido poco antes de morir Herodes el Grande, y conocido por su actividad profética en la Galilea de los años treinta, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios.

Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: «No critiquéis». Es un error resistirse a la novedad radical de su persona obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Les indicará el camino que pueden seguir.

Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Es cierto. Tal vez, desde nuestra cultura, lo entendemos mejor que aquellas gentes de Cafarnaún. Cada vez nos resulta más difícil creer en doctrinas o ideologías. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.

Pero Jesús les advierte de algo muy importante:»Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado». La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias.

Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí».

La afirmación de Jesús resulta revolucionaria para aquellos hebreos. La tradición bíblica decía que el ser humano escucha en su corazón la llamada de Dios a cumplir fielmente la Ley. El profeta Jeremías había proclamado así la promesa de Dios: «Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón».

Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser, nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente no sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús. Es el mejor camino para creer en él.

José Antonio Pagola

DOMINGO XVIII T.O., 5 de agosto de 2012, Jn. 6, 24-35

JESÚS, PAN DE DIOS

JOSÉ ENRIQUE GALARRETA

FE ADULTA

Jn 6, 24-35

Se continúa lo narrado el domingo anterior. La gente vuelve a Cafarnaún y encuentra de nuevo a Jesús. Jesús les reprocha que no le sigan más que porque la víspera se han hartado de pan y pescado. Y de este tema del alimento físico se eleva al mensaje, a propósito del maná, que sus interlocutores han aducido como muestra de que Dios estaba con Moisés.

Este fragmento plantea pues un tema que debió de tener enorme importancia para los oyentes de Jesús y para las comunidades cristianas posteriores, aún en pugna con el judaísmo. Jesús es presentado a veces (en Mateo explícitamente) como «el nuevo Moisés, el que proclama la Nueva Ley». ¿Con qué garantías? A Moisés le avalan los «signos y prodigios» del mar y el desierto. ¿Qué signos aduce Jesús?

El tema de fondo por tanto es el desafío que Jesús plantea a sus contemporáneos: ¿por qué le han de creer, hasta el punto de corregir, y aun arrinconar, la Ley?

REFLEXIÓN

¿Qué motivos pudieron tener los que conocieron a Jesús para seguirle, hasta el extremo de abandonar costumbres tan seculares y sagradas? No solemos reparar en la enorme violencia del cambio. ¿Cómo pudieron prescindir de la circuncisión, la señal de la Alianza, del descanso de Sabbat, la abstinencia de alimentos prohibidos, el templo…? Por esas cosas se habían dejado matar sus antepasados, que por ello eran considerados mártires. ¿En nombre de quién debían ahora abandonarlas?

Jesús puntualiza la afirmación de la gente: Moisés proporcionó un pan de tierra, para alimentar el cuerpo mortal. Pero ahora, el Padre está dando un alimento celestial, para vida eterna. Sus interlocutores siguen pensando en categorías completamente terrenales (como su propio mesianismo) y piden ese pan maravilloso. Jesús se define entonces como pan de Vida. El pasaje es llamativamente paralelo con el de la Samaritana. También a ella le ofrece Jesús un agua que quita para siempre la sed; también ella pide de esa agua maravillosa; y Jesús se define como Agua Viva.

El paralelismo nos lleva a comprender que la reducción de este mensaje a la eucaristía (aun siendo válido) no es suficiente. Es un gran símbolo como Jesús: Jesús pan, Jesús agua, Jesús luz, son los tres grandes símbolos de Jesús en el cuarto evangelio, en la misma línea metafórica de los evangelistas.

Nosotros hemos preferido invertir el sentido de las palabras de Jesús para afirmar que el pan eucarístico es Jesús, cuando el sentido original es que Jesús es pan. También hemos unido la imagen de Jesús/pan con la imagen Jesús/grano de trigo que muere para poder ser fecundo. Y todas esas afirmaciones son sin duda válidas, pero deberíamos sacar provecho de las imágenes del cuarto evangelio desde su significado primitivo, tan válido y significativo.

Israel en el desierto recibió de Dios tres dones radicales: la luz, el alimento, el agua, porque esos eran los tres peligros mortales que le acechaban: perderse en el desierto, morir de hambre, morir de sed. Desde entonces, la imagen de Dios se viste con estos símbolos.

El cuarto evangelio está aplicando esos mismos símbolos a Jesús, no a Dios sino a Jesús. Así pues, estos símbolos, antes que eucarísticos y más que eucarísticos, son dogmáticos, cristológicos: se está proponiendo una fe en Jesús que estaba fuera de todo lo imaginable para aquellas comunidades: Jesús es verdaderamente el Ungido, la Palabra, el pan: a él hay que escuchar, de él hay que alimentarse.

Aquí tenemos la solución a la pregunta que nos formulábamos antes. ¿Qué razón tan poderosa tuvieron aquellas personas para arrinconar las creencias y ritos que habían conformado durante siglos la fe de sus padres?Respuesta: la fe en Jesús, admitido como Palabra de Dios hecha carne.

Este evangelio nos está acercando por tanto a una situación dramática de las primeras comunidades de creyentes en Jesús, y nos enfrenta hoy a un desafío radical: ¿cuál es mi luz, mi alimento, mi agua? Dicho de otra manera ¿quién es el Señor de mi vida?

Solemos caminar a la luz de valores que dirigen nuestras elecciones. Se nos propone otra luz, otros valores para iluminar el camino.

Solemos alimentarnos de las satisfacciones que encontramos en lo que llamamos éxitos, personales, económicos, sociales. Solemos tener sed de poseer, de gastar, de comprar, de prosperar, de destacar … Pero ese hambre y esa sed no se sacian nunca. En todos esos ámbitos la satisfacción del deseo no lo sacia sino que despierta otro deseo mayor.

El pan y el agua del Reino son otros valores, ante los cuales los valores habituales pierden su encanto. Cuando Jesús llama a los pobres, a los que saben sufrir, a los misericordiosos, a los limpios de corazón… «dichosos», está diciendo que su modo de vida hace desaparecer el hambre y la sed de otras cosas de tierra. Podríamos añadir a las Bienaventuranzas ésta última como resumen: «Dichosos los que viven los valores del Reino, porque ya nunca tendrán sed de los valores de la tierra».

PARA NUESTRA ORACIÓN

¿Qué señales das para que creamos en ti? En otra ocasión se le preguntó eso mismo a Jesús, cuando el Bautista le envió a sus discípulos con una pregunta semejante. Jesús contestó que su señal era que la gente se curaba, los poseídos quedaban libres y la Buena Noticia se anunciaba a los pobres.

Extraña señal, para todos los que esperan resplandores divinos o demostraciones espectaculares. Y profunda enseñanza para nosotros: la señal de la Iglesia, nuestra señal, por la cual al vernos alguien pueda creer en Jesús, en el Padre, en el Reino, no será otra que la misma de Jesús: que trabajamos por la salud, por la dignidad de todos, muy especialmente de los más pobres. Solamente así «viendo vuestras obras reconocerán al Padre de los Cielos».

José Enrique Galarreta

XVIII. IGANDEA URTEAN ZEHAR-DOMINGO XVIII T.0. BIZI OGIA – PAN DE VIDA, Jn. 6, 24-35

BIZI OGIA
2012ko abuztuaren 5a

José Antonio Pagola

Zer dela eta jarraitu Jesus kontuan hartzen hogei menderen ondoren? Zer espero dezakegu harengandik? Zer ekarpen egiten ahal digu gure aldi honetako gizon-emakumeei? Axola handiko elkarrizketa batez mintzo da Joanen ebanjelioa: Galileako aintzira ondoan Jesusek jendetza handi batekin izandakoaz.

Bezperan otordu harrigarri eta doakoa partekatu dute Jesusekin. Ase arte jan dute. Nolatan utzi hari alde egiten? Nahi dutena, Jesusek keinu bera egin dezan da eta berriro jaten eman diezaien doan. Ez dute buruan beste ezer.

Alabaina, nahasgarri gertatu zaie Jesusen ustekabeko planteamendu hau: «Lan egizue, ez galtzen den janari baten bila, baizik betiko biziraino irauten duenaren bila». Baina nolatan ez gara arduratuko, ba, eguneroko ogiaz? Premiazkoa da ogia, bizitzeko. Beharrezkoa dugu eta lan egin beharra inori inoiz falta ez dakion.

Badaki hori Jesusek. Ogia da lehenengo gauza. Jan gabe ezin bizi gara. Horregatik arduratu da horrenbeste goseak direnez eta eskekoez, aberatsengandik mahaitik erortzen diren apurrak ere hartu ezin dituztenez. Horregatik madarikatu ditu lurjabe zoroak, alea mandioan pilatzen dutenez, pobreez axolatu gabe. Horregatik irakatsi die bere jarraitzaileei Aitari seme-alaba guztientzat eguneroko ogia eskatzen.

Alabaina, beste gose bat ernearazi nahi du haiengan Jesusek. Gosea asetzen duen ogiaz hitz egin nahi die, ez egun batekoa soilik, baizik gizakiak bere baitan dituen gose-egarriak asetzen dituenaz. Ez gaitezen ahaztu. Gugan bada beste gose bat: justiziarena, askatasun, bake eta egiarena. Aitagandik datorkigun Ogi hori bezala aurkeztu zaigu Jesus, ez janariaz asetzeko, baizik «munduari bizia emateko».

Ogi horrek, Jainkoagandik etorria den horrek, «betiko biziraino irauten du». Eguneroko janariak urtetan eusten digu bizirik, baina heriotzatik libratu ezin gaituen une bat iristen zaio. Alferrik da orduan jaten segitzea. Ezin eman digu bizirik heriotzatik hara.

Betiko biziaren Ogi bezala aurkeztu zaigu Jesus. Bakoitzak erabaki behar du nola nahi duen bizi eta nola nahi duen hil. Baina Kristogan sinestea, geuregan indar suntsiezin bat elikatzea da, gure heriotzarekin amaituko ez den zerbait bizitzen hastea. Jesusi jarraitzea, heriotzaren misterioan murgiltzea da, haren indar berpizgarria sostengu dugula.

Jesusen hitzak entzutean, Kafarnaumeko jende hark beren bihotz hondotik egiten dio oihu: «Jauna, emaguzu beti ogi horretatik». Koloka dugun geure fedetik, ez gara ausartzen, agian, horrelakorik eskatzera. Eguneroko ogia dugu, agian, kezka bakarra. Eta, batzuetan, geurea soilik.

PAN DE VIDA
5 de agosto de 2012

18 Tiempo ordinario (B)

José Antonio Pagola

¿Por qué seguir interesándonos por Jesús después de veinte siglos? ¿Qué podemos esperar de él? ¿Qué nos puede aportar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Nos va a resolver acaso los problemas del mundo actual? El evangelio de Juan habla un diálogo de gran interés, que Jesús mantiene con una muchedumbre a orillas del lago Galilea.

El día anterior han compartido con Jesús una comida sorprendente y gratuita. Han comido pan hasta saciarse. ¿Cómo lo van a dejar marchar? Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. No piensan en nada más.

Jesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el que perdura hasta la vida eterna”. Pero ¿cómo no preocuparnos por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Lo necesitamos y debemos trabajar para que nunca le falte a nadie.

Jesús lo sabe. El pan es lo primero. Sin comer no podemos subsistir. Por eso se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Por eso maldice a los terratenientes insensatos que almacenan el grano sin pensar en los pobres. Por eso enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos.

Pero Jesús quiere despertar en ellos un hambre diferente. Les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. No lo hemos de olvidar. En nosotros hay un hambre de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre, no para hartarnos de comida sino “para dar vida al mundo”.

Este Pan, venido de Dios, “perdura hasta la vida eterna”. Los alimentos que comemos cada día nos mantienen vivos durante años, pero llega un momento en que no pueden defendernos de la muerte. Es inútil que sigamos comiendo. No nos pueden dar vida más allá de la muerte.

Jesús se presenta como ese Pan de vida eterna. Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Pero, creer en Cristo es alimentar en nosotros una fuerza indestructible, empezar a vivir algo que no terminará con nuestra muerte. Seguir a Jesús es entrar en el misterio de la muerte sostenidos por su fuerza resucitadora.

Al escuchar sus palabras, aquellas gentes de Cafarnaún le gritan desde lo hondo de su corazón: “Señor, danos siempre de ese pan”. Desde nuestra fe vacilante, nosotros no nos atrevemos a pedir algo semejante. Quizás, solo nos preocupa la comida de cada día. Y, a veces, solo la nuestra

DOMINGO XVII T.O., 29 de Julio de 2012, Jn. 6, 1-15

SOMOS PAN DE VIDA

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

Jn 6, 1-15

Con este relato, el autor del cuarto evangelio introduce una de sus afirmaciones fuertes sobre Jesús: «Yo soy el pan de vida» (6,35.48), «el pan bajado del cielo» (6.41.50.51.58). Y desarrolla extensamente lo que se conoce como un doble discurso, acerca del «pan de vida» (6,33-50) y de la «eucaristía» (6,51-58).

En el primero de esos discursos –así como en los signos que lo preceden: la multiplicación de los panes y el caminar sobre el agua-, Jesús es presentando como el «nuevo Moisés», que ofrece el «verdadero maná» y que cruza el lago (como si de un nuevo «mar Rojo» se tratara), para conducir al pueblo, a través de un «nuevo éxodo», a la tierra de la libertad y de la vida.

Con el segundo, el autor del evangelio sustituye nada menos que el relato de la institución de la eucaristía. En su lugar, como es sabido, introducirá la narración sobre el lavatorio de los pies (13,1-20).

El texto que leemos hoy constituye, como decía, una especie de introducción al mensaje que vendrá a continuación. En ese sentido, podría decirse que se trata de un «pre-texto», en forma de catequesis, dotado de un profundo simbolismo.

De hecho, comienza con una pregunta que el propio evangelista reconoce que es retórica (pues «bien sabía él lo que iba a hacer»). Pero, aun retórica, sirve para enmarcar adecuadamente la narración completa, al hacerla arrancar de un objetivo claro: «que coman estos».

En otro lugar de este mismo evangelio, se ponen en labios de Jesús estas palabras: «He venido para que tengan vida, y vida en abundancia» (10,10). Las que hoy comentamos van en la misma dirección.

«Que coman»: si se refiere al pueblo judío, al lector no le resulta difícil evocar la historia del éxodo y del maná, como muestra del cuidado de Yhwh. Aquí nos encontramos a Jesús, preocupado también por el cuidado de su pueblo, hasta el punto de que será ese cuidado el que desencadenará toda la acción.

Sin embargo, desde nuestra perspectiva, es legítimo referir estas palabras al conjunto de la humanidad. Con ello, indudablemente, los destinatarios de la catequesis se han multiplicado, hasta el punto de que a todos ellos alcanza el interés que Jesús manifiesta: «que coman».

Y aquí es donde empieza a desplegarse todavía más la riqueza de simbolismo que encierra el relato, y que es susceptible de varios niveles de lectura.

Uno de ellos es el ético, que nace del amor y nos pone en movimiento para favorecer que «todos coman». Se suele decir que la ética es el criterio de verificación de toda religión y de la misma espiritualidad. No porque se priorice ningún tipo de voluntarismo, sino porque constituye el test donde se muestra la calidad del amor y, paralelamente, la desegocentración. Sin esta referencia ética, alguien podría pensar que se halla en algún elevado peldaño espiritual cuando en realidad estaría solo en un autocomplaciente paraíso narcisista.

Pero hay también otro nivel específicamente espiritual. (Nuestro lenguaje es limitado, y nos vemos obligados a separar para poder analizar; la realidad, sin embargo, es una, y aquel compromiso ético es ya, en sí mismo, espiritual). Será en este donde se presente a Jesús como «pan de vida». ¿Qué es lo que eso significa?

La imagen es clara: Jesús constituye el alimento que nos hace vivir. Lo que cambia es el modo como la comprendamos.

En un nivel de conciencia mítico (con restos aún del nivel mágico), era normal que Jesús fuera visto como alguien capaz de multiplicar los panes, en un sentido literal. Del mismo modo, y desde un modelo dual de conocer, tenían que verlo como el «salvador» que, desde fuera, proporciona alimento para nuestra vida, en cuanto se creyera en él.

En ese marco, creer tenía un marcado componente mental; se trataba de una adhesión a la creencia de que Jesús era el Salvador divino y de que, en virtud de esa adhesión, éramos ya salvados.

Al modificarse tanto el nivel de conciencia como el modelo de cognición, se hace necesaria una «traducción» de aquellas afirmaciones al nuevo «idioma». Y empezamos a reconocer que Jesús no salva «desde fuera» ni es alguien «separado» de nosotros. Por tanto, lo que realmente alimenta no es la adhesión mental a su mensaje, ni siquiera el seguimiento a su persona.

Jesús salva y alimenta porque es pan. Y eso es lo que, en el nivel más profundo, somos todos. No somos convocados, por tanto, a «creer» que Jesús es el que alimenta a la humanidad, sino a reconocer que el Fondo último de todo lo real es ya alimento, pan de vida. Y si queremos alimentarnos, debemos acercarnos y vivir conectados con ese Fondo que compartimos con él y con todos los seres.

Quien ha «visto», sabe que la Realidad es una. Lo que ocurre es que nuestra mente –no puede hacerlo de otro modo- la «lee» desde diferentes perspectivas, y como consecuencia de esa lectura, la fractura y le coloca nombres diferentes, que nos producen la sensación de que estamos hablando de «varias realidades», no solo diversas, sino incluso enfrentadas.

Así, a la «realidad interior», la llama «yo»; a la «realidad externa», la llama «mundo» o «sociedad»; y a la «realidad superior», la llama «Dios». A continuación, esa lectura mental es tomada literalmente, como si correspondiera a la realidad en cuanto tal, y quedamos atrapados en ese engaño dualista.

La Realidad es Una, y Uno es el Fondo que sostiene todo: «mi» Fondo es el mismo y único Fondo de Dios, de los otros y del cosmos. Y ese Fondo es el que alimenta; ese Fondo es el «pan de vida». Estamos vivos en la medida en que permanecemos conscientemente conectados a él y nos dejamos vivir desde él, desde la conciencia clara de que constituye nuestra Identidad última.

Jesús decía con toda verdad: «yo soy el pan de vida», porque también sabía decir: «el Padre y yo somos uno». Viviendo en la consciencia clara de su identidad («Yo Soy»), él se reconocía como el Fondo del que toda vida brota.

Y es ahí, al entrar en conexión con ese Fondo, cuando descubrimos que lo estamos compartiendo también con el propio Jesús. Y que lo que él era, lo somos todos, aunque lo ignoremos. Todos somos Vida, todos somos «pan de vida».

Enrique Martínez Lozano

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XVII. IGANDEA URTEAN ZEHAR-DOMINGO XVII T.O, GAZTE BATEN KEINUA-EL GESTO DE UN JOVEN

Gazte baten keinua/El gesto de un joven

2012ko uztailaren 29a

Jn.  6, 1-15

Jose Antonio Pagola

Jesusek bere jarduera profetikoan buruturiko seinale guztien artean, lehen kristau-elkarteek gehienik gogoratu ohi zutena, segur aski, hark landan, Galileako aintzira inguruan, antolatutako jendetza-otordu bat izan zen. Ebanjelio guztiek jaso duten pasadizo bakarra da.

Benetan aberatsa da kontakizunaren edukia. Bere ohiturari jarraiki, Joanen ebanjelioak ez dio deitzen «miraria», baizik «seinalea». Horrenbestez, kontatzen diren egintzekin ez gelditzeko esan nahi digu, baizik eta fedeaz esanahi sakon baten bila jarduteko.

Jesus dago pasadizoaren erdigunean. Inork ez dio eskatu ezer egiteko. Berak sumatu du jende hura goseak, eta jaten eman beharra planteatu du. Harrigarria da ikustea Jesus ez dela arduratzen jendeari Jainkoaren Berri Ona emateaz bakarrik, baizik eta bere seme-alaben goseak ere kezkarazten duela.

Nola elikatu, ordea, landa zabalean jendetza handi hura? Ikasleei ez zaie etorri inolako aterabiderik. Felipek dio ezin dela pentsatu ere egin guztientzat ogia erostea, ez baitute dirurik. Andresek uste du partekatu litekeela eskura dutena, baina mutiko batek bakarrik ekarri ditu bost ogi eta arrain-pare bat. Zer da hori hainbeste jenderentzat?

Jesusentzat, aski da. Gazte horrek, izenik eta aurpegirik gabe horrek, ahalbidetuko du ezina dirudiena. Eskura duena partekatzeko duen jarrera izan da jende hari guztiari jaten emateko bidea. Jesusek egingo du gainerako guztia. Gaztearen ogiak eskuetan hartu, Jainkoari eskerrak eman eta guztien artean «banatzen» hasi da.

Zoragarria da eszena. Egundoko jendetza, landako belar berdean eseria, doako otordua partekatzen, udaberriko egun batean. Ez da aberatsen jai-otordua. Ez da ardorik, ez haragirik. Aintzira inguruan bizi den jendearen janari xumea da: garagar-ogia eta arrain keztatua. Anai-arreba arteko otordua, Jesusek guztiei emana, gazte baten keinu eskuzabal bati esker.

Otordu partekatu hau sinbolo erakargarria izan zen lehen kristauentzat, gizadi berri eta anai-arreba arteko bat eraikitzeko Jesusengandik jaiotako elkartearen sinboloa. Aldi berean, Jaunaren egunean ospatu ohi zuten eukaristia iradokitzen zien, hau da, Jesusen, Jainkoagandik etorritako Ogi bizi haren, espirituaz eta indarraz elikatzeko ospatu ohi zuten eukaristia.

Baina ez ziren ahaztu sekula gazte haren keinuaz ere. Munduan gosea badago, ez da janaria eskas delako, baizik solidaritatea delako eskas. Bada guztientzako ogirik; partekatzeko eskuzabaltasuna da falta dena. Munduaren joan-etorria finantza-boterearen esku utzi dugu, beldurra ematen digu eskura duguna partekatzeak, eta jendea goseak hiltzen ari da gure egoismo irrazionala dela medio.

El gesto de un joven / Gazte baten keinua

29 de Julio de 2012

Jn.  6, 1-15

Jose Antonio Pagola

De todos los gestos realizados por Jesús durante su actividad profética, el más recordado por las primeras comunidades cristianas fue seguramente una comida multitudinaria organizada por él en medio del campo, en las cercanías del lago de Galilea. Es el único episodio recogido en todos los evangelios.

El contenido del relato es de una gran riqueza. Siguiendo su costumbre, el evangelio de Juan no lo llama «milagro» sino «signo». Con ello nos invita a no quedarnos en los hechos que se narran, sino a descubrir desde la fe un sentido más profundo.

Jesús ocupa el lugar central. Nadie le pide que intervenga. Es él mismo quien intuye el hambre de aquella gente y plantea la necesidad de alimentarla. Es conmovedor saber que Jesús no solo alimentaba a la gente con la Buena Noticia de Dios, sino que le preocupaba también el hambre de sus hijos e hijas.

¿Cómo alimentar en medio del campo a una muchedumbre numerosa? Los discípulos no encuentran ninguna solución. Felipe dice que no se puede pensar en comprar pan, pues no tienen dinero. Andrés piensa que se podría compartir lo que haya, pero solo un muchacho tiene cinco panes y un par de peces. ¿Qué es eso para tantos?

Para Jesús es suficiente. Ese joven, sin nombre ni rostro, va hacer posible lo que parece imposible. Su disponibilidad para compartir todo lo que tiene es el camino para alimentar a aquellas gentes. Jesús hará lo demás. Toma en sus manos los panes del joven, da gracias a Dios y comienza a «repartirlos» entre todos.

La escena es fascinante. Una muchedumbre, sentada sobre la hierba verde del campo, compartiendo una comida gratuita, un día de primavera. No es un banquete de ricos. No hay vino ni carne. Es la comida sencilla de la gente que vive junto al lago: pan de cebada y pescado ahumado. Una comida fraterna servida por Jesús a todos gracias al gesto generoso de un joven.

Esta comida compartida era para los primeros cristianos un símbolo atractivo de la comunidad nacida de Jesús para construir una humanidad nueva y fraterna. Les evocaba, al mismo tiempo, la eucaristía que celebraban el día del Señor para alimentarse del espíritu y la fuerza de Jesús, el Pan vivo venido de Dios.

Pero nunca olvidaron el gesto del joven. Si hay hambre en el mundo, no es por escasez de alimentos sino por falta de solidaridad. Hay pan para todos, falta generosidad para compartir. Hemos dejado la marcha del mundo en manos del poder financiero, nos da miedo compartir lo que tenemos, y la gente se muere de hambre por nuestro egoísmo irracional.

XVI. IGANDEA URTEAN ZEHAR – XVI DOMINGO T.O., JESUSEN BEGIRATUA – LA MIRADA DE JESÚS Mc. 6, 30-34

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Jesusen begiratua

2012ko uztailaren 22a

Xeheki kontatu du Markosek pasadizoa. Leku patxadatsu eta bakartu baterantz doa Jesus ontziz ikasleekin. Lasai entzun nahi die, nekaturik itzuli baitira beren lehen ibilaldi ebanjelizatzailetik, eta bidali dituen Profetarekin partekatu nahi baitute beren esperientzia.

Jesusen asmok, ordea, huts egin du. Jendeak antzeman dio nora doan eta, ertzetik korrika, aurrea hartu dio. Iritsi direnean, Jesus eta ikasleak inguruko herrixka guztietatik etorri den jendetzarekin egin dute topo. Zein izango ote Jesusen erreakzioa?

Markosek grafikoki deskribatu du haren jokabidea: ikasleek ikasi beharra dute jendea nola tratatu; kristau-elkarteetan gogoan izan beharko da nola jokatzen zuen Jesusek anonimatuan galdua zen jendearekin, inork kontuan hartzen ez zuenarekin. «Ontzitik ateratzean, Jesusek jendetza ikusi eta hunkitu zen, zeren artzainik gabeko ardiak bezala baitzebiltzan, eta irakasten hasi zitzaien, batere presarik gabe».

Ebanjelizatzaileak azpimarratzen duen lehenengo gauza, Jesusen begiratua da. Ez da haserretu bere asmoa huts eginarazi diotelako. Pausatuki jarri zaie begira eta hunkitu da. Jendea Jesusek ez du sekula gogaikarri. Haren bihotzak sumatu du herrixka haietako landa-jendea zein bide galdurik eta abandonaturik bizi den.

Jendeari Jesusek bezala begiratzen ikasi beharra dugu geure Elizan: askok jasaten duen sufrimena, bakartasuna, nahasmendua edo abandonua atzemanez. Errukia ez da sortzen arauez arduratzetik edo gure betebeharrak gogoan izatetik. Sufritzen dutenei adi-adi begiratzetik sortu ohi da.

Begiratu horrekin konturatu da Jesus jende haren premiarik sakonenaz: «artzainik gabeko ardiak bezala dabiltza». Maisuek eta legelariek eskaintzen dieten irakaspenak ez die ematen behar duten janaririk. Beraiez inor arduratzen ez dela bizi dira. Ez dute ez gidatu, ez defenda ditzakeen artzainik.

Errukiak eraginda, «batere presarik gabe hasi zaie irakasten». Presarik gabe, Jainkoaren Berri Ona eta erreinuaz duen egitasmo gizatarra irakasteari emanik biziko da. Ez da ari derrigorrez. Ez da ari bere buruari begira. Jainkoaren Hitza eman nahi die, bizi duten artzain baten premiak hunkiturik.

 

La mirada de Jesús / Jesusen begiratua

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

22 de Julio de 2012

Marcos describe con todo detalle la situación. Jesús se dirige en barca con sus discípulos hacia un lugar tranquilo y retirado. Quiere escucharles con calma, pues han vuelto cansados de su primera correría evangelizadora y desean compartir su experiencia con el Profeta que los ha enviado.

El propósito de Jesús queda frustrado. La gente descubre su intención y se les adelanta corriendo por la orilla. Cuando llegan al lugar, se encuentran con una multitud venida de todas las aldeas del entorno. ¿Cómo reaccionará Jesús?

Marcos describe gráficamente su actuación: los discípulos han de aprender cómo han de tratar a la gente; en las comunidades cristianas se ha de recordar cómo era Jesús con esas personas perdidas en el anonimato, de las que nadie se preocupa. «Al desembarcar, Jesús vio la multitud, se conmovió porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma».

Lo primero que destaca el evangelista es la mirada de Jesús. No se irrita porque han interrumpido sus planes. Los mira detenidamente y se conmueve. Nunca le molesta la gente. Su corazón intuye la desorientación y el abandono en que se encuentran los campesinos de aquellas aldeas.

En la Iglesia hemos de aprender a mirar a la gente como la miraba Jesús: captando el sufrimiento, la soledad, el desconcierto o el abandono que sufren muchos y muchas. La compasión no brota de la atención a las normas o el recuerdo de nuestras obligaciones. Se despierta en nosotros cuando miramos atentamente a los que sufren.

Desde esa mirada Jesús descubre la necesidad más profunda de aquellas gentes: «andan como ovejas sin pastor». La enseñanza que reciben de los maestros y letrados de la ley no les ofrece el alimento que necesitan. Viven sin que nadie cuide realmente de ellas. No tienen un pastor que las guíe y las defienda.

Movido por su compasión, Jesús «se pone a enseñarles con calma». Sin prisas, se dedica pacientemente a enseñarles la Buena Noticia de Dios y su proyecto humanizador del reino. No lo hace por obligación. No piensa en sí mismo. Les comunica la Palabra de Dios, conmovido por la necesidad que tienen de un pastor.

No podemos permanecer indiferentes ante tanta gente que, dentro de nuestras comunidades cristianas, anda buscando un alimento más sólido que el que recibe. No hemos de aceptar como normal la desorientación religiosa dentro de la Iglesia. Hemos de reaccionar de manera lúcida y responsable. No pocos cristianos buscan ser mejor alimentados. Necesitan pastores que les transmitan la enseñanza de Jesús.

DOMINGO XVI T.O., 22 de Julio 2012, Mc. 6, 30 – 34

Mc 6, 30-34

FRAY MARCOS – COMENTARIO

CONTEXTO

Para comprender los distintos aspectos del evangelio de hoy, tenemos que tener presente el contexto. Los apóstoles acaban de volver de la misión a la que Jesús les ha envidado (evangelio del domingo pasado). Entre el envío y el regreso, nos ha contado la muerte de Juan Bautista.

El hecho de retirarse a un sitio tranquilo y apartado, puede tener dos motivos aparentes: que los discípulos descansen del trabajo, o que, ante el peligro de Herodes, buscasen menor notoriedad. Pero estos motivos nos dirían muy poco. Lo importante está un poco más allá. Marcos nos está diciendo que los discípulos necesitan una seria reflexión sobre el éxito de su misión, como Jesús necesitó meditar sobre su mesianismo.

EXPLICACIÓN

Después de la misión de los doce, se vuelven a reunir y se cuentan las peripecias de la tarea que acaba de terminar. Parece ser que les ha ido bien y vienen encantados (Lucas lo dice expresamente). La euforia de la gente que les busca ratifica esa visión. El éxito se les está subiendo a la cabeza y no les deja tomar la postura adecuada.

«Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». El mismo Jesús que les empujó a una actividad febril entre la gente, les lleva ahora a un alejamiento de esa misma gente para dedicarse a ellos mismos. No se trata solamente de la preocupación por su cansancio. Se trata, sobre todo, de que entiendan bien el sentido de lo que está sucediendo y no se dejen llevar por falsos espejismos. Por dos veces se dice que van al desierto, para dejar claro que necesitan una reconversión.

El texto griego no dice ‘lugar tranquilo o despoblado’ sino ‘lugar desértico’. La diferencia es importante si tenemos en cuenta el significado que Marcos da al desierto, como lugar de lucha contra el falso mesianismo. Inmediatamente después de ser bautizado, Marcos coloca a Jesús en el desierto, para que allí aclare cuál va a ser su verdadera misión, superando la tentación de un mesianismo triunfalista. Después del primer éxito en la sinagoga de Cafarnaún y la curación de la suegra de Pedro, se marcha él solo al desierto (exactamente la misma expresión). Ahora Jesús pretende que una reflexión calmada, haga superar el estado de euforia.

«Se les adelantaron». Los planes van a ser frustrados por una urgencia mayor, la de la gente que le esperaba. En la profunda humanidad manifestada por Jesús en el evangelio de hoy, tenemos que descubrir su verdadera divinidad. Es de notar que el relato habla ahora del grupo. «Los reconocieron», «se les adelantaron». Al incorporar a los doce a su propia misión, queda establecido el grupo como comunidad. La búsqueda de la gente refleja una carencia de apoyo y estímulo que posibilita la tarea de Jesús. Como la hemorroísa, como Jairo, el pueblo oprimido descubre su necesidad de salvación y la busca en Jesús.

«Como ovejas sin pastor». Es una imagen clásica en el AT. En una cultura en que la ganadería era el principal medio de sustento, todos sabían perfectamente lo que se estaba insinuando con la imagen del pastor. Siguiendo la primera lectura (Jr 23,1-6), Jesús hace una crítica a los dirigentes que, en vez de cuidar de las ovejas, las utilizan en beneficio propio. Siempre ha pasado lo mismo. Nunca han faltado pastores, pero han sido tantas las ofertas y hechas con tanta persuasión, que el pueblo se ha sentido indefenso ante las ofertas más disparatadas.

«Le dio lástima». Hoy no le conmueve un ciego o leproso, sino la gente normal, que anda descarriada. La ‘compasión’ sería una manera más adecuada de expresar el amor, superando los malentendidos que la palabra ‘lástima’ puede comportar. Podemos sentir lástima de una persona, pero no mover un dedo para sacarle de su lastimosa situación.

En todos los tiempos podemos constatar políticos y eclesiásticos que no tienen en cuenta al pueblo a la hora de tomar sus decisiones. La actitud de Jesús (enseñar y dar de comer) es el mejor antídoto contra la tentación de buscar en la gente el aplauso y la sumisión.

«Y se puso a enseñarles con calma». Una manera muy sutil de decir que por encima de los planes de Jesús, está la necesidad de la gente. Por cierto, el texto griego no dice «con calma», sino «muchas cosas». La verdad es que del contexto se deduce que dedicó todo el día a esa tarea, pues a continuación Marcos narra la primera multiplicación de los panes, que empieza advirtiendo de que ‘se hizo tarde’.

El tiempo es lo más preciado que tenemos porque es limitado. Tener tiempo para los demás es la mejor manera de responder a las exigencias del evangelio. En realidad, la vocación del cristiano es ésta: ser para los demás.

APLICACIÓN

Se cumple la promesa de Jeremías. Jesús es el único pastor. Como dice Juan, él es el modelo de pastor, el único que no nos va a engañar ni se va a aprovechar de nosotros. Con todos los demás que se presenten como intermediarios, hay que tener cuidado, porque nos pueden desviar poniendo sus intereses por delante de los nuestros. Es una tentación en la que los seres humanos caemos casi siempre; incluso cuando hablamos de Dios es para manipularlo y ponerlo a nuestro servicio.

También hoy andan las ovejas sin pastor. No faltan pastores, pero cada uno las manda por un camino diferente. No sé lo que pasaría en otras épocas, pero si hay una característica de la nuestra, es precisamente la desorientación. Es urgente descubrir el verdadero mensaje de evangelio para poder superar tanta ideología y legalismo como se le ha adherido a través del tiempo.

Cuando Pablo dice que derribó el muro que los separaba (Ef 2,13-18), no se refiere a una situación externa, sino a una actitud interna de fidelidad a sí mismos, que permite a los seres humanos superar la barrera del odio. Lo que nos separa es siempre nuestro «ego» (falso yo). Nuestro verdadero ser, lo que hay de Dios en nosotros, es idéntico en todos.

Cuando en el evangelio Jesús invita a los apóstoles a retirarse al «desierto», está tratando de decirnos que solo en el silencio y en el recogimiento interior, podemos encontrar el verdadero ser, y solo después de saber donde está, podemos indicar a los demás el camino para encontrarlo. Sin vida interior, sin meditación profunda, no puede haber una verdadera vida espiritual. Sin esa vivencia no podemos ayudar a los demás a descubrir el manantial de agua viva que llevan dentro. Si encontramos a Dios en nosotros, llevarlo a los demás se convertirá en la tarea más urgente y más fácil de nuestra vida.

El evangelio de hoy es un reconocimiento de la necesidad del silencio para recuperar la armonía interna, amenazada por el exceso de actividad en cualquier orden de cosas. El estrés que hoy padecemos se debe a que no tenemos tiempo para nosotros mismos. Esta falta de tiempos tranquilos nos impide asimilar y ordenar los acontecimientos, que de esa manera, nos pueden destrozar, como la comida no digerida y por lo tanto indigesta.

Busca en tu interior y descubre allí el verdadero guía. No mendigues más agua que se te da a cuentagotas y por un precio; busca la fuente que está siempre manando y a tu entera disposición. Las mediaciones serán buenas en la medida que no se conviertan en fines o en medios para que otro se aproveche. Te ayudará todo aquel que te ayude a entrar dentro de ti y a ser fiel a las exigencias que nacen de lo hondo del ser. La exigencia fundamental del ser humano es el amor. Sin ser amado puedes desplegar tu humanidad, sin amar, no.

El dedicarse a los demás y la dedicación a uno mismo no son dos aspectos que se puedan separar. La contemplación y la acción no pueden disociarse. Ni una ni otra serían auténticas si las separáramos. Todo acercamiento a Dios lleva directamente a los demás. Todo verdadero acercamiento a los demás, nos acerca inevitablemente a Dios. Si en nuestra vida somos capaces de olvidar uno de los dos aspectos, será la señal de que nos estamos equivocando de objetivo y además, nos estamos alejando del evangelio.

XV DOMINGO T.O., Mc. 6, 7-13, 15 julio 2012

¿QUÉ MISIÓN?

Enrique Martínez Lozano
FE ADULTA

«Misión» es una palabra que actualmente cotiza a la baja, hasta el punto de que corre el peligro de resultar inutilizable.

El motivo tiene que ver con la nueva sensibilidad que emerge a partir de la modernidad, que lleva a cuestionar radicalmente los supuestos habituales sobre los que la idea de la «misión» se sustentaba.

Nacida en una etapa mítica y, por tanto, etnocéntrica, tal idea comportaba inevitablemente un componente de «superioridad» y de proselitismo. Quienes se consideraban en posesión de la verdad –fuera filosófica, política o religiosa- se sentían en la obligación interior de («enviados a») darla a conocer, para que también los otros accedieran a ella.

A partir de ese planteamiento, tácita y definitivamente aceptado, todo lo demás era consecuencia. Tanto el sentimiento de superioridad –con frecuencia, en forma de paternalismo-, como el afán de «convertir» a los otros proclamando que así se buscaba su bien, constituían elementos imprescindibles de aquella cosmovisión.

A medida que se iba superando el nivel mítico, empezó a chirriar cualquier idea de «superioridad». Y a partir del momento en que fuimos siendo capaces de tomar distancia del modelo mental de conocer, vinimos a reconocer que la trampa se encerraba justamente en aquel principio que se daba por supuesto: la idea misma de estar en posesión de la verdad.

Tanto las personas como los grupos poseemos diferentes «mapas», con los que tratamos de comprender el «Territorio» de lo Real. Esos mapas –no puede ser de otro modo- están formados por un conjunto de ideas, normas y creencias, que buscan apuntar más allá de sí mismas. Cuando esto se olvida y se absolutizan las creencias, se cae en un error grave y sumamente perjudicial: el de creerse en posesión de la verdad, considerando erróneos todos aquellos otros «mapas» que no coincidan con el propio.

Entre esta postura que podemos designar como «absolutismo dogmático» y el otro extremo del relativismo vulgar, empezamos a ser cada día más conscientes de que nuestro modo de conocer siempre es relativo, por cuanto se halla situado dentro de unas determinadas coordenadas espaciotemporales. Si a eso añadimos que la Verdad no se puede pensar –por cuanto no es un «objeto» delimitable-, nos dejaremos conducir a una actitud humilde. En ella, no renunciamos al espíritu crítico, pero no caemos tampoco en la prepotencia arrogante de quien se identifica con los resultados –siempre pobres- de la propia razón.

Nuestro espíritu crítico nos hará ver que no todos los mapas son iguales, que hay afirmaciones más ciertas que otras y modos de actuar más positivos que otros. Pero todo eso no nos ahorrará el esfuerzo de la búsqueda ni la flexibilidad para tomar distancia de nuestros propios mapas, abriéndonos a la Verdad que los trasciende.

En todo este camino, que habrá de estar marcado por el encuentro y el diálogo, así como por el respeto y la valoración del otro diferente –la diferencia no tiene por qué ser fuente de inseguridad, como ocurría en el nivel mítico, sino aporte enriquecedor-, me parece que podremos empezar a ponernos de acuerdo en dos indicadores.

El primero de ellos, que ya ha quedado insinuado, podría formularse de este modo: la Verdad no puede ser pensada ni encerrada o reducida a una creencia –»el Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao»-; solo podemos conocerla cuando la somos. No se trata, por tanto, de tener la verdad –algo inaccesible a nuestra mente-, sino de ser Verdad. Y únicamente cuando la somos, es cuando la conocemos.

Evidentemente, este camino es mucho más honesto, exigente y humilde. Ya no me veo a mí mismo como alguien que –con un más o menos disimulado sentimiento de superioridad- se cree en posesión de la Verdad, sino como aquel que va descubriendo que solo en la medida en que tome distancia de su propio ego, podrá abrirse al Territorio que trasciende la mente y la perspectiva egoica.

No solo eso. Al salir de la identificación con el propio yo, emergerá la Identidad compartida y, con ella, el Amor y la valoración hacia todos los seres.

También desde esta perspectiva, se hace patente que la apertura a la Verdad pasa por ir respondiendo adecuadamente a la pregunta primera: «¿quién soy yo?». Las respuestas inadecuadas o «incompletas» a la misma, que nos llevan a identificarnos con determinados objetos (cuerpo, mente, afectividad, experiencias, creencias…) nos mantendrán sumidos en la ignorancia, la confusión y el sufrimiento. Solo la respuesta adecuada –soy aquello que no puede ser observado, lo que no es «objeto»- hará posible la sabiduría y la liberación.

Hablaba también de un segundo indicador para el camino. Se trata, a mi modo de ver, de la posibilidad de compartir un «mínimo común denominador», en el que todos, más allá de los «mapas» de cada cual, podamos encontrarnos.

Ese mínimo me parece que no puede ser otro que el cuidado de la Vida –de toda vida- y el Amor a todos los seres. De modo que cualquier «mapa» pueda ser sometido a este test.

Me parece claro que todas las tradiciones espirituales han planteado, de un modo u otro, este «doble indicador», aunque posteriormente las «formas» adoptadas históricamente lo hayan podido oscurecer.

Si venimos al texto del evangelio que leemos hoy, reconocemos esa misma intuición original, antes de lo que fuera la «práctica» concreta de aquellas primeras comunidades. El horizonte del envío no es otro que el de favorecer la vida. La «autoridad sobre los espíritus inmundos» no es otra cosa que el compromiso a favor de la vida y de las personas, frente a aquellas fuerzas que tienden a doblegar y a dañar.

Desde esta perspectiva, la «misión» puede reencontrar su sentido. Enviados a favor de la Vida, por el camino de ser, que nos conducirá a la experiencia de nuestra verdadera identidad, una Identidad que percibiremos compartida y no-dual. Será esta experiencia la que hará posible que modifiquemos nuestros patrones de comportamiento, en la línea que pone de relieve el siguiente relato.

Un antropólogo que estudiaba los hábitos y costumbres de una tribu en África, que siempre estaba rodeado de niños de la tribu, decidió hacer algo divertido entre ellos; consiguieron una buena cantidad de caramelos en la ciudad y los pusieron a todos en una canasta decorada con cinta y otros adornos, y luego dejaron la canasta debajo de un árbol.

Luego llamó a los niños y propuso un juego: que cuando él dijese «ahora», ellos deberían correr hasta aquel árbol y el primero que llegase a la canasta sería el ganador, y tendría derecho a comerse todos los caramelos él solo.

Los niños fueron colocados en fila, esperando la señal acordada.

Cuando dijo «¡Ahora!», todos los niños se tomaron de las manos y salieron corriendo juntos hacia la canasta. Llegaron juntos, y comenzaron a dividir los caramelos, y sentados en el suelo, los comieron felices.

El antropólogo fue a su encuentro y les preguntó indignado por qué habían ido todos juntos, si solo uno pudo haber tenido toda la canasta.

Entonces, los niños respondieron: ¡¡¡UBUNTU!!! ¿Cómo uno de nosotros podría ser feliz si todos los otros estuviesen tristes?

UBUNTU significa: «¡Yo soy porque nosotros somos!».

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

XV. IGANDEA URTEAN ZEHAR-XV DOMINGO T.O., EBANJELIZAZIO BERRIA – EVANGELIZACIÓN NUEVA

EBANJELIZAZIO BERRIA – EVANGELIZACIÓN NUEVA

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Ebanjelizazio berri baten premia sentitzen dugu gaur egun Elizan. Zer izan daiteke, ordea? Zein izan daiteke berritasuna? Zer behar dugu aldatu? Zein izan zen egiaz Jesusen asmoa, ikasleak bere ebanjelio-eginkizuna luzatzera bidali zituenean?

Markosen kontakizunak argi uzten du Jesus bakarrik dela haren jarraitzaileen egintza ebanjelizatzailearen iturria, inspiratzailea eta eredua. Jesusen aginpidez jardungo dute jarraitzaileek. Ez dute ezer egingo beren izenean. Jesusen «bidaliak» dira. Ez dira izango beren buruaren predikari: Jesusen Ebanjelioa hots egingo dute, soilik. Ez dute izango beste interesik: soilik, Jainkoaren erreinuari bideak urratzeari emanak biziko dira.

«Ebanjelizazio berri» bat eragiteko era bakarra Jesusekiko lotura hau garbitu eta indartzea izango da. Ez da izango ebanjelizazio berririk, ez badago ebanjelizatzaile berririk, eta ez da izango ebanjelizatzaile berririk, ez badago Jesusekin harreman biziagorik, argiagorik eta suharragorik. Hura gabe, munduan haren Espiritua sartu ez beste edozer gauza egingo dugu.

Bidali dituenean, Jesusek ez ditu utzi ikasleak beren indarraren baitan. «Bere aginpidea» eman die; ez da, ordea, gainerakoak kontrolatzeko, gobernatzeko edo dominatzeko boterea, baizik «espiritu lohiak bota» ahal izateko bere indarra da, jendea askatzen duena pertsona eta gizartea esklabutzen, estutzen eta gizatasuna kentzen duen orotatik.

Ikasleek oso ondo dakite zer dien Jesusek gomendatu. Ez dute ikusi hura sekula inor mendean hartzen. Beti ezagutu dute zaurituak sendatzen, sufrimendua arintzen, bizitza eraberritzen, beldurretik liberatzen, Jainkoaganako konfiantza kutsatzen. «Sendatu» eta «liberatu» dira lehenengo egitekoak Jesusen jardueran. Horrek guztiak errotik aldatuko luke gure ebanjelizazioaren aurpegiera.

Premiazkoa berekin dutela bidali ditu ebanjelizatzera. Markosen arabera, «makila, sandaliak eta tunika bat» eramango dute soilik. Ez dute beste ezeren beharrik funtsezkoaren lekuko izateko. Aske eta loturarik gabe ikusi nahi ditu Jesusek; beti prest, ongizateari lotu gabe; Ebanjelioaren indarrean fidaturik.

Ebanjelio-jarrera hau berreskuratu ezean, ez da izango ebanjelizazio berririk. Garrantzizkoa ez da jarduera eta estrategia berriak abian jartzea, baizik eta alde batera uztea ohiturak, egiturak, mirabetzak, Ebanjelioaren funtsa egiaz eta xume kutsatzeko aske izatea eragozten diguten neurrian.

Elizak galdu egin du Jesusek iradokitzen duen bidari-estilo hau. Eta bidari nagi eta astun bihurtu da Eliza. Ez da gai gizadiari lagun egiteko. Ez dugu zalutasunik kultura batetik bestera igarotzeko. Izan dugun botereari eutsi nahi diogu. Jainkoaren erreinuarekin zerikusirik ez duten interesetan katramilatu gara. Bihotz-berritu beharra dugu.

EVANGELIZACIÓN NUEVA

José Antonio Pagola

En la Iglesia se siente hoy la necesidad de una nueva evangelización. ¿En qué puede consistir? ¿Dónde puede estar su novedad? ¿Qué hemos de cambiar? ¿Cuál fue realmente la intención de Jesús al enviar a sus discípulos a prolongar su tarea evangelizadora?

El relato de Marcos deja claro que solo Jesús es la fuente, el inspirador y el modelo de la acción evangelizadora de sus seguidores. Estos actuarán con su autoridad. No harán nada en nombre propio. Son «enviados» de Jesús. No se predicarán a sí mismos: solo anunciarán su Evangelio. No tendrán otros intereses: solo se dedicarán a abrir caminos al reino de Dios.

La única manera de impulsar una «nueva evangelización» es purificar e intensificar esta vinculación con Jesús. No habrá nueva evangelización si no hay nuevos evangelizadores, y no habrá nuevos evangelizadores si no hay un contacto más vivo, lúcido y apasionado con Jesús. Sin él haremos todo menos introducir su Espíritu en el mundo.

Al enviarlos, Jesús no deja a sus discípulos abandonados a sus fuerzas. Les da su «autoridad», que no es un poder para controlar, gobernar o dominar a los demás, sino su fuerza para «expulsar espíritus inmundos», liberando a las gentes de lo que esclaviza, oprime y deshumaniza a las personas y a la sociedad.

Los discípulos saben muy bien qué les encarga Jesús. Nunca lo han visto gobernando a nadie. Siempre lo han conocido curando heridas, aliviando el sufrimiento, regenerando vidas, liberando de miedos, contagiando confianza en Dios. «Curar» y «liberar» son tareas prioritarias en la actuación de Jesús. Darían un rostro radicalmente diferente a nuestra evangelización.

Jesús los envía con lo necesario para caminar. Según Marcos, solo llevarán «bastón, sandalias y una túnica». No necesitan de más para ser testigos de lo esencial. Jesús los quiere ver libres y sin ataduras; siempre disponibles, sin instalarse en el bienestar; confiando en la fuerza del Evangelio.

Sin recuperar este estilo evangélico, no hay nueva evangelización. Lo importante no es poner en marcha nuevas actividades y estrategias, sino desprendernos de costumbres, estructuras y servidumbres que nos están impidiendo ser libres para contagiar lo esencial del Evangelio con verdad y sencillez.

La Iglesia ha perdido ese estilo itinerante que sugiere Jesús. Su caminar es lento y pesado. No acierta a acompañar a la humanidad. No tenemos agilidad para pasar de una cultura a otra. Nos agarramos al poder que hemos tenido. Nos enredamos en intereses que no coinciden con el reino de Dios. Necesitamos conversión.