ORAR CON EL EVANGELIO:(Mc.7,31-37)

* DOMINGO XXIII, T.O.–B-(Septiembre 9)

* “HACE OÍR A LOS SORDOS Y HABLAR A LOS MUDOS”.
Sucede en tierra de paganos: Tiro, Sidón. Hay un comportamiento extraño de la forma que actuaba Jesús: se retira buscando el contacto personal con el enfermo; rompe su costumbre de curar con la palabra, y emplea el contacto físico, la saliva y la oración.
La oración se expresa así: mirando al cielo, suspiró. Y le dijo: “EFFETÁ”, esto es, ÁBRETE. Es sinónimo de «CÚRATE”. La Palabra de Jesús, como la de Dios en el Antiguo Testamento, tiene eficacia creadora, y provoca estupor en los/as presentes. “TODO LO HA HECHO BIEN”. Recuerda lo de (Gn. 1,31) “Y ERA TODO MUY BUENO”. En Jesús vemos a nuestro Dios que viene en “persona”. El episodio es una muestra del proyecto de Dios que quiere que la gente sea liberada de todo mal. Ante una persona bloqueada en su comunicación, Jesús se acerca, contacta personalmente y le abre a la comunidad.
* Éste es el Jesús de Nazaret que necesitamos descubrir que se muestra entrañablemente cercano a los/as necesitados y les ayuda a asumir una vida nueva, proyectada hacia un presente y futuro mejores.

* O R A C I Ó N

* Jesús de Nazaret, así necesitamos descubrirte hoy los/as creyentes, tan desvalidos/as como estamos. Cura nuestras debilidades, concede vida abundante a nuestro decaimiento y ábrenos perspectivas nuevas.
* Confiamos en Ti, Jesús de Nazaret como mediador entre Dios y nosotros/as. Perdona nuestras sorderas que a veces tenemos ante lo que Dios nos dice en el quehacer cotidiano.
Necesitamos de ti, Jesús de Nazaret para que se abran nuestros oídos a la escucha de tu Palabra y para que se suelte nuestra lengua a la alabanza agradecida y comunicando a los/as demás LA BUENA NOTICIA.
* El sentirse liberado/a, nos capacita para trabajar por la liberación de los/as demás, en colaboración con otros/as buscadores/as de humanización, evangelización.
* El “EFFETÁ” de Jesús, nos dará fuerza y energía. Ayúdanos a despertar los recursos personales que tenemos a veces dormidos, llénanos Jesús de Nazaret de ánimo y espíritu de alegría, de calma y confianza.
Te contemplamos hoy, Jesús de la Escucha y la Palabra, perdiéndote como uno de tantos, conectando con la gente, abriendo tu corazón.
* Jesús de la escucha y del habla sincera: Que tu Espíritu nos inspire las palabras y los gestos adecuados, en esta nueva etapa de curso que comenzamos:
Para escuchar y hablar contigo y con el Padre.
Para acercarnos sobre todo a los que están más solos/as y necesitados/as.
Para aclararnos y animarnos a nosotros/as mismos/as en tu seguimiento.
* Pronuncia sobre nosotros/as: “EFFETÁ”, “ÁBRETE”. AMÉN.

* Z U R I Ñ E

DOMINGO XXIII T.O., 9 de Septiembre de 2012, Mc. 7, 31-37

Evangelio de Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, no podía hablar; y le piden que le imponga las manos.

Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:

¾ Effetá (esto es, «ábrete»).

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:

¾ Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mundos.

******

APERTURA SIN LÍMITES

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

Effetá: ábrete. El ser humano, aun siendo pura apertura y amplitud sin límites, tiende a encerrarse. Probablemente, porque eso le aporta una sensación de seguridad, al creer que mantiene el control sobre el pequeño espacio al que se ha reducido.

Para empezar, nos encerramos en nuestro propio cuerpo, como si las fronteras físicas del mismo delimitaran también nuestra identidad. Poco a poco, a medida que crecemos, descubrimos nuestra mente y, con ella, nuestro yo psicológico. Y ahí nos quedamos, reconociéndonos como “animales racionales” (es decir, cuerpos/mentes) que, según algunas lecturas religiosas, son portadores de un “alma inmortal”.

Sin embargo, en la práctica, la creencia en el alma no modifica sustancialmente la percepción de aquella identidad “reducida” o “cerrada”. Porque, también al alma, se le atribuye la misma limitación, como entidad separada. Es decir, se la piensa según los parámetros separadores y dualistas de la mente.

En ese contexto, la palabra de Jesús aparece como una invitación firme a salir de cualquier identificación reductora: “ábrete”; no te mantengas encerrado en la creencia de una identidad aislada, que no puede oír ni contar la Belleza que realmente somos.

 

“Ábrete”…, ¿a qué? A tu verdadera identidad. En tanto en cuanto permanecemos encerrados, reducidos a falsas identidades, generamos confusión y sufrimiento. Nos tomamos por lo que no somos y olvidamos lo que realmente somos. Tal encierro evoca la imagen de una jaula, hecha a la medida de los límites que nuestra propia mente establece.

Si creo que soy mi cuerpo, creeré que mi suerte está vinculada a lo que a él le ocurra. Si pienso que soy mi yo psicológico, estaré a merced de los vaivenes de las circunstancias. En cualquier caso, me condenaré a un sufrimiento estéril e irresoluble, por un único motivo: me confundo con algo que no soy. ¿Cómo podría reconocerme?

No soy nada que sea “objeto”: cuerpo, mente, pensamientos, sentimientos, afectos, reacciones, circunstancias… No soy nada de lo que ocurre, sino el Espacio consciente en el que todo aparece; no soy algo delimitado (encerrado), sino la Apertura sin límites que todo lo contiene; no soy nada de aquello que puedo pensar o sentir, sino la Consciencia que se da cuenta, y en la que aparecen pensamientos y sentimientos.

Dado que no soy objeto, sufriré en el mismo momento en que me reduzca a él. El propio “encierro” me constriñe y me ahoga. Por el contrario, en el preciso instante en el que puedo observar mis pensamientos y sentimientos, se abre un espacio en mi interior y en torno a mí, emerge mi verdadera identidad.

Tal identidad no la puedo pensar. De hecho, si lo hago, me veré de nuevo reducido a un objeto. Únicamente puedo experimentarla y vivirla. Al mantener la atención (sin pensamientos), la percibo como Espaciosidad, Presencia, Consciencia… Mientras mantenga la atención, permaneceré conectado a ella; como la quiera pensar, desaparecerá. Porque lo pensado nunca será ella, sino un objeto más que mi mente trataría de aprisionar.

 

“Ábrete”…, ¿cómo? Gracias a la observación atenta de todo lo que pueda moverse en el campo de consciencia que eres. Soltando todos los pensamientos, sentimientos y preocupaciones, nota lo que permanece. Eso es tu identidad. No trates de pensarlo; sencillamente, percíbelo, saboréalo, date tiempo para familiarizarte con ello.

Tu mente no podrá entenderlo. Pero tampoco lo necesitas. La mente es solo un objeto dentro de quien eres. Acepta que tu mente quede frustrada y ábrete a la sabiduría mayor de la Presencia, que se te regala sencillamente como “estar” sin forma. A partir de ahí, mantén sencillamente la conexión con ella: estás en quien eres, te encuentras en Casa, saboreas la Plenitud.

Podemos recurrir a la metáfora del océano y las olas. Debido al momento evolutivo en el que nos encontramos, así como a nuestro propio proceso de socialización y al hábito mental profundamente arraigado, nos consideramos como una “ola” aislada e incluso independiente del resto. Mientras estemos en la mente, no podremos salir de esa identificación. Sin embargo, basta tomar un poco de distancia de la mente y poner atención a nuestra experiencia más profunda, para reconocernos como el “agua”, que se está expresando ahora en esta “forma” concreta de ola.

“Ábrete”…: no te encierres en nada, no te reduzcas a ningún objeto, no te dejes aprisionar en ninguna jaula, reconoce la apertura sin límites del “océano” que constituye tu verdadera naturaleza.

 

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XXIII. IGANDEA URTEAN ZEHAR, GORRERIA SENDATU-CURAR LA SORDERA

GORRERIA SENDATU – CURAR LA SORDERA

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net

GORRERIA SENDATU

Mc. 7, 31-37

ECLESALIA

José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Sidon lurralde paganoan gormutu bat sendatu izana dakar Markosek, argi eta garbi asmo pedagogikoaz. Gaixo berezia da oso. Ez entzuten du, ez hitz egiten. Bere baitan hesiturik bizi da, inorekin komunikatu gabe. Ez daki Jesus bere inguruan dabilela ere. Beste batzuek eraman dute Profetagana.

Orobat da berezia Jesusen jokabidea. Ez dizkio eskuak ezarri eskatu dioten bezala, baizik eta berekin aparte hartu eta jenderik ez den leku batera eraman du. Hain biziki lan egin du: lehenik haren entzumenaren gainean, ondoren haren mihiaren gainean. Gaixoak bere ukitu sendatzailea senti dezan nahi du. Jesusekin topo egite sakon batek bakarrik sendatu ahal izango du hartarainoko gorreria gogorretik.

Itxuraz, ez da aski izan ahalegin hura guztia. Gorreriak bereari eutsi dio. Orduan, Aitagana jo du Jesusek, salbazio ororen iturrira: zerura begira jarri, hasperen bat egin eta hitz bakar bat esan dio gaixoari: «Effeta», hau da, «Ireki hadi». Hitz hau bakarrik jaulki du Jesusek kontakizun osoan. Ez da gorraren entzumenari esana, baizik haren bihotzari.

Dudarik gabe, Jesusen hitz honek, entzungo duten kristau-elkarteetan, indartsu jo dezan nahi du Markosek. Jainkoaren Hitzaren aurrean gorreriak jotako bat baino gehiago ezagutzen du. Jesusen Berri Onari irekitzen ez zaizkion kristauak; beren fedeaz ere inori hitz egiten ez diotenak. Elkarte gormutuak dira, Ebanjelioa gutxi entzuten eta oker komunikatzen dutenak.

Gorreria dateke kristauen bekatu larrienetako bat. Ez diogu ematen Jesusen Ebanjelioa entzuteari. Ez diogu bihotza irekitzen haren hitzak onartzeari. Horrenbestez, ez gara gai pazientziaz eta errukiaz entzuteko sufritzen ari den hainbat eta hainbat jenderi, inoren laztanik eta arretarik jaso gabe.

Batzuetan ematen du, Eliza, Jesusen Berri Ona hots egiteko Jesusengandik beragandik jaioa den hori, bere bide propioa ari dela egiten, jendearen kezka, beldur, lan eta esperantzaren bizitza zehatzetik urrun. Alabaina, Jesusen deiak entzuten ez baditugu, ezin ezarriko dugu esperantza-hitzik sufritzen ari direnen bizitzan.

Bada zerbait paradoxazkorik Elizaren zenbait diskurtsotan. Egia handiak esan, bai; mezu oso baikorrak hots egin, bai; baina jendearen bihotza ukitzen ez dutenak. Horrelako zerbait ari da gertatzen krisialdi honetan. Gizartea ez dago espezialisten «doktrina sozialaren» zain; baina arretaz entzuten du hitz argi bat, Ebanjelioan inspiratua eta biktimen sufrimenduaz sentibera den Elizak esana, senez halakoen defentsan atera eta, duintasunez bizi ahal izateko, laguntzarik handiena behar dutenen alde jotzera gizon-emakume guztiak gonbidatuz.

 

CURAR LA SORDERA

José Antonio Pagola

Mc. 7, 31.37

La curación de un sordomudo en la región pagana de Sidón está narrada por Marcos con una intención claramente pedagógica. Es un enfermo muy especial. Ni oye ni habla. Vive encerrado en sí mismo, sin comunicarse con nadie. No se entera de que Jesús está pasando cerca de él. Son otros los que lo llevan hasta el Profeta.

También la actuación de Jesús es especial. No impone sus manos sobre él como le han pedido, sino que lo toma aparte y lo lleva a un lugar retirado de la gente. Allí trabaja intensamente, primero sus oídos y luego su lengua. Quiere que el enfermo sienta su contacto curador. Solo un encuentro profundo con Jesús podrá curarlo de una sordera tan tenaz.

Al parecer, no es suficiente todo aquel esfuerzo. La sordera se resiste. Entonces Jesús acude al Padre, fuente de toda salvación: mirando al cielo, suspira y grita al enfermo una sola palabra: «Effetá», es decir, «Abrete». Esta es la única palabra que pronuncia Jesús en todo el relato. No está dirigida a los oídos del sordo sino a su corazón.

Sin duda, Marcos quiere que esta palabra de Jesús resuene con fuerza en las comunidades cristianas que leerán su relato. Conoce a más de uno que vive sordo a la Palabra de Dios. Cristianos que no se abren a la Buena Noticia de Jesús ni hablan a nadie de su fe. Comunidades sordomudas que escuchan poco el Evangelio y lo comunican mal.

Tal vez uno de los pecados más graves de los cristianos es esta sordera. No nos detenemos a escuchar el Evangelio de Jesús. No vivimos con el corazón abierto para acoger sus palabras. Por eso, no sabemos escuchar con paciencia y compasión a tantos que sufren sin recibir apenas el cariño ni la atención de nadie.

A veces se diría que la Iglesia, nacida de Jesús para anunciar la Buena Noticia de Jesús, va haciendo su propio camino, lejos de la vida concreta de preocupaciones, miedos, trabajos y esperanzas de la gente. Si no escuchamos bien las llamadas de Jesús, no pondremos palabras de esperanza en la vida de los que sufren.

Hay algo paradójico en algunos discursos de la Iglesia. Se dicen grandes verdades y se proclaman mensajes muy positivos, pero no tocan el corazón de las personas. Algo de esto está sucediendo en estos tiempos de crisis. La sociedad no está esperando «doctrina social» de los especialistas, pero escucha con atención una palabra clarividente, inspirada en el Evangelio y pronunciada por una Iglesia sensible al sufrimiento de las víctimas, que sale instintivamente en su defensa invitando a todos a estar cerca de quienes más ayuda necesitan para vivir con dignidad. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

ORAR CON EL EVANGELIO:(Mc.7,1-8.14-15.21-3)

*DOMINGO XXII T.O. –B- SEPTIEMBRE 2.

* Haciendo oración para luego escribir esta sencilla reflexión sobre el Evangelio Del domingo, me vienen a la mente unos interrogantes de Juan F. Herrero que nos decían: Cuidamos lo externo. ¿Cuidamos de la misma manera la vida interior, la limpieza del corazón?
“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos/as verán a Dios”.
¿Valoramos a las personas por lo que son o por la apariencia externa que ofrecen?
* Las gentes del tiempo de Jesús tenían gran preocupación por el problema de la pureza, con sus leyes y sus normas… Atacan a Jesús porque los discípulos comen sin lavarse las manos… También comieron multitud sin lavarse cuando la multiplicación de panes y peces…
* Pero Jesús aclara, lo que vuelve impuro es lo que sale desde el corazón para envenenar las relaciones humanas: Robos, homicidios, envidias, soberbia, avaricias, libertinaje, fraudes, injusticias. Etc. Y Jesús por medio del gesto o de la convivencia ayuda a las personas a ser “puras”, purifica a leprosos, (Mc. 1, 40-44). Arroja a los espíritus inmundos (Mc. 1,26-29). Por medio de la convivencia con Jesús los discípulos se ven animados/as a imitar a Jesús que, sin miedo de contaminarse come con las personas consideradas impuras. (Mc. 2,15-17).
La gente vivía bajo el miedo, temeroso de todo y de todos.
* Con la venida de Jesús, todo cambia. No era necesario guardar tantas leyes para sentirse cómodo delante de Dios. ¡Fue una verdadera liberación!. ¡Ah!, pero esto a Jesús le estaba costando la muerte…
La Buena Noticia anunciada por Jesús, restituye las ganas de vivir, la alegría de ser hijos/as de Dios, sin miedo a ser felices.
* O R A C I Ó N

• Jesús De Nazaret, te damos gracias por tu Palabra que nos hace ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros/as como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra.
• Ayúdanos a no poner excusas por elegir una vida cristiana y evangélica.
Que no pongamos dificultades para vivir haciendo el bien, sin dejar de pensar que lo que santifica no es tanto lo que hacemos, sino con el espíritu con que lo hacemos, con la buena intención y el amor que ponemos en hacer las cosas, sin preocuparnos si son sencillas y humildes, porque justamente las cosas simples tienen un valor admirable si se hacen con amor.
• Jesús de Nazaret, ayúdanos a que como cristianos/as no temamos las responsabilidades que nos pida la sociedad. Que actuemos de acuerdo con la ley del amor y trabajemos por hacer más humana esta sociedad en la que vivimos y hagamos más llevaderos estos tiempos de crisis en que vivimos.
• Que nuestra vida sea oración. Que trabajemos y actuemos de manera que nuestra vida sea una liturgia de amor a Ti Jesús de Nazaret y a las personas. AMÉN
• Z U R I Ñ E

DOMINGO XXII T.O, 2 de septiembre de 2012,

ATADURAS

Enrique Martínez Lozano
FE ADULTA

Mc 07, 01-23

Había una vez un monasterio en el que se respetaba el silencio escrupulosamente. Pero cada día, justo a las seis de la tarde, cuando los monjes iniciaban el rezo de Vísperas, aparecía un gato por la puerta de la iglesia, maullando fuertemente.

Ante la insistencia e intensidad de los maullidos, el abad tomó una decisión: pidió a un hermano que, de seis a siete de la tarde, atara al gato en un pilar que había a la entrada del monasterio, lejos de la capilla donde ellos rezaban. Y así lo hacía el hermano cada tarde.

Pero pasó el tiempo. El abad falleció y vino a sustituirle un monje de otro convento lejano, que pronto advirtió lo que cada tarde se hacía con el gato.

Meses después falleció el gato. Inmediatamente, el nuevo abad llamó al hermano y le dijo: «Compre cuanto antes otro gato para atarlo cada tarde de seis a siete en la columna de la entrada».

Este antiguo cuento muestra una tendencia bastante habitual en el comportamiento humano. Empezamos haciendo algo porque resulta útil, pero pronto absolutizamos esa acción, convirtiéndola en un rito al que atribuimos valor por sí mismo, al margen de su utilidad.

Cuando eso se produce, pareciera como si el único motivo para mantener una acción o un comportamiento fuera que «siempre se ha hecho así».

Si, además, a ese comportamiento se le ha otorgado un carácter «religioso», se añade otra razón poderosa para perpetuarlo. Y si, finalmente, la autoridad se arroga el poder de controlarlo y de vigilar su cumplimiento, tenemos todos los ingredientes, tanto para el inmovilismo como para situar la acción prescrita por encima incluso del valor o del bien de la persona.

Todo esto queda de manifiesto en el relato evangélico que leemos hoy. Los fariseos y doctores de la ley vigilaban rigurosamente el cumplimiento de las normas rituales; entre ellas, la de lavarse las manos antes de comer.

Probablemente, tal norma hubiera nacido como una medida de prevención higiénica. El error se produce cuando se absolutiza y se termina declarando «impuras» (religiosamente) a las personas que la incumplen.

De ese modo, lo que podía ser una prescripción saludable –también hoy los padres recuerdan a sus hijos la necesidad de lavarse las manos antes de comer- se terminó convirtiendo en un arma de poder y en un pretexto gravemente discriminatorio.

Pretextos de ese tipo se han utilizado (se utilizan) con frecuencia en la sociedad para estigmatizar a determinadas personas y colectivos. Y la autoridad, religiosa o civil, se ha convertido en «policía de las conciencias», acusando, condenando o incluso eliminando a quienes se salían de la norma prescrita.

Cuando todo eso se producía en el ámbito de la religión, la autoridad apelaba rápidamente al mandamiento divino, para otorgar mayor fuerza a sus pretensiones. En este caso, debía actuarse de una determinada manera, no solo porque «siempre se ha hecho así», sino porque «Dios lo ordena».

De este modo, la autoridad religiosa hacía a Dios cómplice de su propia actitud, con dos graves consecuencias. Por un lado, se estimulaba una actitud típicamente farisea, inflando el orgullo de los observantes de la norma. Por otro, generaba ateísmo en aquellas mentes lúcidas que se negaban a tomar como absoluta una norma que en ningún caso lo era.

De hecho, cada vez que la autoridad invoca el nombre de Dios para justificar sus decisiones, propias o recibidas, no hace sino «tomar el nombre de Dios en vano», reduciendo el Misterio a un ídolo, superpolicía moral del universo, que no puede sino provocar rechazo. No es extraño que el recurso fácil a la «voluntad de Dios» haya sido visto como «el asilo de la ignorancia» (B. Spinoza, Ética I, Apéndice, Alianza editorial, Madrid 2011, p.114) y «del antropomorfismo» (A. Comte-Sponville, El alma del ateísmo, Paidós, Barcelona 2006, p.115).

Una vez más, frente a las trampas de la religión, la actitud de Jesús es inequívoca. Hasta el punto que cuesta entender cómo hay personas que profesan ser seguidores suyos y siguen absolutizando normas, ritos, creencias…, por encima del bien de las personas, a las que no dudan en anatematizar y descalificar del modo más furibundo.

Las palabras de Jesús –que toma de Isaías, otro gran profeta de su pueblo- apuntan directamente hacia el corazón: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos».

Tales palabras parece que tendrían que convertirse, para la persona religiosa, en un interrogante siempre actual: ¿Dónde creo encontrar a Dios? ¿En las normas, en los ritos, en las creencias… o en el corazón? Es indudable que el comportamiento personal será radicalmente distinto, si hemos identificado a Dios con nuestras creencias o si lo experimentamos en lo profundo de nuestro ser. En el primer caso, habrá fanatismo; en el segundo, respeto y amor.

La tendencia humana a absolutizar las palabras que empleamos suele jugarnos muy malas pasadas. Así, suele darse el caso de que basta que una persona nombre a «Dios», para creer que ya actúa desde Él. Se ha sustituido la experiencia personal –siempre transformante- por un sonido verbal que, en no pocos casos, no es sino un «flatus vocis», pura palabra vacía.

«Nadie se emborracha con la palabra vino», nos han repetido los místicos sufíes. Y nadie se transforma por el hecho de repetir constantemente la palabra «dios».

Lo decisivo, como recordaba Jesús, es el «lugar» donde vivimos a Dios; es decir, la experiencia inmediata y directa de percibirnos en conexión con el Misterio que habita todos los seres y que, por eso mismo, se es capaz de reconocerlo en cada uno de ellos, tal como se reconoce en uno mismo.

Enrique Martínez Lozano

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XXII. IGANDEA URTEAN ZEHAR, 2012ko irailaren 2a: Jainkoaren arrangura/ La queja de Dios

Jainkoaren arrangura/ La queja de Dios

José Antonio Pagola

Marcos 7, 1-8.14-15.21-23

Galileako fariseu-taldetxo bat Jesusi hurbildu zaio jarrera kritikoan. Ez datoz bakarrik. Lagun dituzte lege-maisu batzuk, Jerusalemetik etorriak, herrixketako landa-jende xumearen ortodoxia defenditzeko kezkaz, inondik ere. Arriskutsua da Jesusen jarduera. Zuzendu beharra dago.

Ohartu dira ezen, kasu batzuetan, Jesusen ikasleek ez dutela errespetatzen arbasoen tradizioa. Ikasleen portaeraz mintzo badira ere, Jesusentzat da galdera; badakite, izan ere, hark irakatsi diela askatasun harrigarri hartaz bizitzen. Zer dela eta?

Isaias profetaren hitz batzuekin erantzun die Jesusek, bere mezua eta jarduera oso ondo argitzen duten hitzekin. Jesusek bere-bere egiten dituen hitz horiek arretaz entzun beharrekoak ditugu; hain zuzen, gure erlijioaren funtsa den zerbaiti dagozkio. Profetaren arabera, hauxe da Jainkoaren arrangura edo kexua.

«Herri honek ezpainez ohoratzen nau, baina bihotza nigandik urrun du». Hauxe da, beti, erlijio guztien arriskua: Jainkoari ezpain-puntaz kultu ematea, formulak errepikatuz, salmoak esanez, hitz ederrak ahoskatuz; bitartean gure bihotza «urrun da harengandik». Alabaina, Jainkoari atsegin zaion kultua bihotzari dariona da, barne-atxikimenduari, gure erabakien eta egitasmoen jaiotze-puntu den pertsonaren barne-barneko erdiguneari dariona.

«Ematen didaten kultua hutsala da». Gure bihotza Jainkoagandik urrun dagoenean, gure kultua mamirik gabeko gertatzen da. Bizia falta ohi zaio, Jainkoaren Hitza egiaz entzutea, anai-arrebekiko maitasuna. Erlijioa azaleko zerbait bihurtzen da, ohikeriaz betea, Jainkoari leial zaion bizitzaren fruituak falta dituena.

«Irakasten duten doktrina giza agindu da». Erlijio guztietan izan ohi dira «gizatar» diren tradizioak. Arauak, ohiturak, debozioak: kultura jakin batean erlijiotasuna bizitzeko sortuak. On handia egin lezakete. Baina kalte handia egiten dute Jainkoaren Hitza entzutetik arreta gabetzen edo urruntzen gaituztenean. Ez zaie eman behar sekula lehentasuna.

Isaias profetaren aipamena bukatzean, oso larriak diren hitz hauekin laburbildu du Jesusek bere pentsamendua: «Alde batera uzten duzue Jainkoaren agindua, gizon-emakumeen tradizioari lotzeko». Giza tradizioei itsu-itsu lotzen gatzaizkienean, arrisku hau izan ohi dugu: maitasunaz ahaztu eta Jesusi, Jainkoaren Hitz haragitu horri, jarraitzetik apartatzekoa. Kristau-erlijioan lehenengo gauza Jesus da beti eta maitasunerako haren deia. Soilik, ondoren datoz giza tradizioak, inportanteenak iruditu arren. Ezin ahaztu genezake sekula zein den funtsa.

La queja de Dios

Marcos 7, 1-8.14-15.21-23

José Antonio Pagola

Un grupo de fariseos de Galilea se acerca a Jesús en actitud crítica. No vienen solos. Los acompañan algunos escribas, venidos de Jerusalén, preocupados sin duda por defender la ortodoxia de los sencillos campesinos de las aldeas. La actuación de Jesús es peligrosa. Conviene corregirla.
Han observado que, en algunos aspectos, sus discípulos no siguen la tradición de los mayores. Aunque hablan del comportamiento de los discípulos, su pregunta se dirige a Jesús, pues saben que es él quien les ha enseñado a vivir con aquella libertad sorprendente. ¿Por qué?

Jesús les responde con unas palabras del profeta Isaías que iluminan muy bien su mensaje y su actuación. Estas palabras con las que Jesús se identifica totalmente hemos de escucharlas con atención, pues tocan algo muy fundamental de nuestra religión. Según el profeta, esta es la queja Dios.

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Este es siempre el riesgo de toda religión: dar culto a Dios con los labios, repitiendo fórmulas, recitando salmos, pronunciando palabras hermosas, mientras nuestro corazón “está lejos de él”. Sin embargo, el culto que agrada a Dios nace del corazón, de la adhesión interior, de ese centro íntimo de la persona de donde nacen nuestras decisiones y proyectos.

“El culto que me dan está vacío”. Cuando nuestro corazón está lejos de Dios, nuestro culto queda sin contenido. Le falta la vida, la escucha sincera de la Palabra de Dios, el amor al hermano. La religión se convierte en algo exterior que se practica por costumbre, pero donde faltan los frutos de una vida fiel a Dios.

“La doctrina que enseñan son preceptos humanos”. En toda religión hay tradiciones que son “humanas”. Normas, costumbres, devociones que han nacido para vivir la religiosidad en una determinada cultura. Pueden hacer mucho bien. Pero hacen mucho daño cuando nos distraen y alejan de la Palabra de Dios. Nunca han de tener la primacía.

Al terminar la cita del profeta Isaías, Jesús resume su pensamiento con unas palabras muy graves: “Dejáis de lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Cuando nos aferramos ciegamente a tradiciones humanas, corremos el riesgo de olvidar el mandato del amor y desviarnos del seguimiento a Jesús, Palabra encarnada de Dios. En la religión cristiana lo primero es siempre Jesús y su llamada al amor. Solo después vienen nuestras tradiciones humanas por muy importantes que nos puedan parecer. No hemos de olvidar nunca lo esencial.

 

DOMINGO XXI T.O., 26 de Agosto de 2012, Jn. 6, 60-69

MÁS ALLÁ DE LA MENTE

FE ADULTA

Jn 06, 60-69

En una reciente tertulia radiofónica, tres participantes autoproclamados «científicos» abominaban de todo aquello que, viniera de donde viniera, no estuviera «científicamente demostrado». Uno de ellos llegó a afirmar que «el psicoanálisis es una patraña» y que, en cualquier caso, «se hace urgente rechazar de plano todo lo que no pase el filtro científico».

Es indudable que existen embaucadores que, con el fin de obtener un beneficio económico, y gracias a la credulidad de la gente, intentan colar como verdad lo que no es sino un camelo. Es cierto, igualmente, que ya no podemos renunciar a la razón crítica, si no queremos caer en la irracionalidad. Pero de ahí a establecer la ciencia como criterio último de verdad hay un salto, no solo inaceptable, sino profundamente nocivo.

Cuando ese salto se ha dado, se ha caído en el cientificismo, el racionalismo, el positivismo, el materialismo… Y la ciencia se ha convertido en una pseudo-religión, con sus dogmas, sus ritos, sus altares y sus gurús. Y, como ocurre en las religiones, todo ello quedaba a salvo de cualquier cuestionamiento, porque aparecía revestido de la aureola sagrada de la verdad: «lo dice la ciencia» había sustituido a «es palabra de Dios».

Los dogmas de esta nueva religión son muy simples y, como ocurre con todo dogma, se creen a priori, sin someterlos a ningún tipo de crítica. Los más básicos son los siguientes:

· La ciencia es la única verdad, y fuera de la ciencia no hay verdad (salvación).

· El modo supremo (o incluso único) de conocimiento es la razón.

· Solo existe aquello que la ciencia puede verificar; todo lo demás son supersticiones.

Para los «fieles» de esta nueva religión, se trata de «evidencias», y miran con desdén a quien se atreva a ponerlas en duda. Para quienes son capaces de tomar distancia, es claro que tales afirmaciones no son científicas, sino postulados metafísicos, es decir, creencias imposibles de falsar (y, por tanto, demostrar). Son, sencillamente, creencias pseudocientíficas sostenidas –en una paradójica ironía- por aquellos mismos tertulianos que abominaban de todo lo que fuera pseudocientífico.

Los postulados básicos del materialismo (y del cientificismo) son creencias metafísicas absolutamente indemostrables y peligrosamente reductoras. ¿En nombre de qué se puede sostener que no existe sino lo que puede ser comprobado «científicamente»? ¿Quién decide los límites de lo real? ¿Qué fundamento tiene la afirmación de que la razón es el modo supremo de conocimiento? ¿Dónde se apoya la arrogancia de que fuera de la ciencia no hay verdad?…

Es llamativo, además, que el cientificismo (o materialismo científico) ha sido ya cuestionado desde la misma ciencia: los descubrimientos incontestables de la física cuántica –que muchos «científicos» parecen desconocer- han hecho saltar por los aires los antiguos dogmas positivistas, abriéndonos a una percepción radicalmente diferente y «abierta» de la realidad.

El modelo racional de cognición (mental, dual, cartesiano) funciona admirablemente en el mundo de los objetos, pero es incapaz de ir más allá; cuando lo intenta, no hace sino objetivar toda la realidad, reduciendo y empobreciendo nuestra percepción.

Existe otro modo de conocer (no-dual), que nos pone directamente en contacto con aquella dimensión de lo real que escapa a la razón y la ciencia. Este es el terreno de la espiritualidad; y a la capacidad para adentrarse en él se le está empezando a llamar «inteligencia espiritual». (Para quien esté interesado en esta cuestión, sugiero la lectura de lo que he escrito en un libro que acaba de publicar la editorial PPC: «Vida en plenitud. Apuntes para una espiritualidad transreligiosa»).

Cuando esta dimensión se olvida, se produce una amputación grave del ser humano, con consecuencias sumamente empobrecedoras para la vida de las personas, que son condenadas a una sensación de vacío y nihilismo. Es lo que ha ocurrido, en parte, en nuestro ámbito cultural: si bien la ciencia ha propiciado un desarrollo material inimaginable, el cientificismo ha empobrecido la experiencia humana hasta límites insostenibles.

Toda esta introducción puede servir para contextualizar el relato evangélico que hoy leemos. Jesús es el hombre sabio, que «ha visto» más allá de la mente. Desde esa experiencia, se percibe como no-separado de Dios, de los otros y de toda la realidad. Tal como hemos ido analizando en los comentarios de las semanas precedentes, Jesús sabe que «el Padre y yo somos uno» y que, por tanto, «esto (todo) soy yo». Y sabe también que esa comprensión es vida, alimento, plenitud: el «Reino de Dios».

Pero sus discípulos no «ven». Y desde la estrecha lectura mental, hacen cábalas sobre cómo puede ser que «este nos dé a comer su carne». Se han quedado en la materialidad de las palabras y son incapaces de captar el sentido profundo de las mismas.

En efecto, para la mente, Jesús puede ser incluso un «Dios» venido «de fuera»; se le puede convertir en «objeto de culto» e incluso creer que su cuerpo está físicamente presente en el pan consagrado… Sin embargo, todas esas «creencias» todavía no han captado la verdad profunda de sus palabras, que señalan a la Unidad de lo Real, tal como él lo percibe y lo vive.

El relato se cierra con las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

Pedro (el creyente) todavía no ha «visto». Pero, frente al abandono de otros discípulos desconcertados, que consideraban «inaceptable» el mensaje de Jesús, se siente «tocado» por la persona y la palabra de su maestro. Una y otra encuentran «eco» en su interior. Y lo que hace es fiarse de esa «resonancia» interna. De ese modo, muestra una actitud que parece la adecuada.

Incluso cuando todavía no se ha «visto», si somos capaces de acallar nuestras ideas y creencias –sean del tipo que sean-, nos iremos capacitando para escuchar «otra voz», que seguramente nos abrirá camino hacia la verdad. Es la voz de nuestro «maestro interior», que tiene «palabras de vida eterna». Porque ese «maestro» no es otro que el Espíritu o la Sabiduría que nos constituye como nuestra identidad última, y que se expresa en todo. Es la Sabiduría que habla por la boca de Jesús de Nazaret, y que despierta la atención y el interés de Pedro.

Y todo ello no será resultado de nuestro esfuerzo voluntarista, sino que lo percibiremos como Regalo o Gracia: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». El «Padre» –la Fuente de la Sabiduría o la Sabiduría misma- no lo niega a nadie –es puro Darse y expresarse-, pero se requiere una actitud abierta, receptiva, acogedora…

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

XXI. IGANDEA URTEAN ZEHAR, 2012ko abuztuaren 26a, Galdera erabakitzailea-Pregunta decisiva

GALDERA ERABAKITZAILEA

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Jn. 6, 60-69

Joanen ebanjelioak Jesusen jarraitzaileen arteko krisi handi baten oroitzapena gorde du. Ez dugu daturik, esateko. Soilik esaten digu ikasleei zail gertatzen zitzaiela Jesusen hitz egiteko modua. Agian, gehiegizkoa iruditzen zaie eskatzen dien atxiki mendua. Halako batean, «Jesusen ikasle askok atzera egin zuen». Jada ez dabiltza harekin.

Lehenengo aldiz sentitu du Jesusek bere hitzek ez dutela nahi bezalako indarrik. Halere, ez du amore eman, baizik eta are indartsuago baietsi ditu bere hitzak: «Esan dizkizuedan hitzak espiritu dira eta bizi. Halaz guztiz, zuetako batzuek ez dute sinetsi». Haren hitzek gogorrak direla ematen dute; alabaina, bizia dakarte, biziarazi egiten dute, Jainkoaren Espiritua baitute berekin.

Jesusek ez du bakea galdu. Ez da larritu porrota dela eta.Hamabiei hitz eginez, galdera erabakitzailea egin die: «Zuek ere alde egin behar al duzue?» Ez ditu behartu nahi berarekin gelditzera. Aske ikusi nahi ditu erabakitzeko. Ez du nahi bere ikasleak jopu izatea, baizik adiskide.

Beste behin, guztien izenean erantzun dio Pedrok. Eredugarria da erantzuna. Egiatia, apala, zentzuduna, Jesus aski ezagutzen duen batena hura bertan behera ez uzteko. Pedroren jarrera lagungarri izan daiteke gaur egun ere, fedea koloka izanik fede oro utzi ala ez pentsatzen ari direnentzat.

«Jauna, norengana joko dugu?» Ez da zentzuzkoa Jesus bertan behera uztea edozein eratan, maisu hoberik eta konbentzigarriagorik aurkitu gabe. Jesusi jarraitu ezean, nori jarraitu ez dakitela geldituko dira. Ez da zertan jokatu zalapartaka. Ez da ona bizitzan argirik eta gidaririk gabe gelditzea.

Errealista da Pedro. Gauza ona ote da Jesus bertan behera uztea, esperantza konbentzigarriagorik eta erakarleagorik aurkitu gabe? Aski ote da haren ordez bizieran beheiti egitea, kasik jomugarik eta horizonterik gabe? Hobe ote da galderarik gabe bizitzea, inolako planteamendurik eta bilatzerik gabe?

Bada Pedrok ahaztu ez duen beste zerbait: «Zuk, betiko bizirako hitzak dituzu». Sumatu du ezen Jesusen hitzak ez direla hitz hutsal eta engainagarri. Jesusen ondoan beste modu batean agertu zaie bizitza. Haren mezuak betiko bizira begira jarri ditu. Zer eman lezakete Jesusen Ebanjelioaren tokian? Non aurki lezakete Berri hoberik Jainkoaz?

Pedro, azkenik, oinarrizko esperientziaz gogoratu da. Jesusekin bizitzean, hura Jainkoaren misteriotik datorrela aurkitu du. Urrunetik, urrutitik, axola-ezetik edo arduragabekeriatik ezin antzeman zaio Jesusek beren baitan duen misterioari. Hamabiak Jesusen jirabiran ibili dira. Horregatik esan ahal dute: «Guk, sinesten dugu eta badakigu». Jesusen jirabiran jarraituko dute.

Jose Antonio Pagola

Jn. 6, 60-69

PREGUNTA DECISIVA

José Antonio Pagola

El evangelio de Juan ha conservado el recuerdo de una fuerte crisis entre los seguidores de Jesús. No tenemos apenas datos. Solo se nos dice que a los discípulos les resulta duro su modo de hablar. Probablemente les parece excesiva la adhesión que reclama de ellos. En un determinado momento, “muchos discípulos suyos se echaron atrás”. Ya no caminaban con él.

Por primera vez experimenta Jesús que sus palabras no tienen la fuerza deseada. Sin embargo, no las retira sino que se reafirma más: “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen”. Sus palabras parecen duras pero transmiten vida, hacen vivir pues contienen Espíritu de Dios.
Jesús no pierde la paz. No le inquieta el fracaso. Dirigiéndose a los Doce les hace la pregunta decisiva: “¿También vosotros queréis marcharos?”. No los quiere retener por la fuerza. Les deja la libertad de decidir. Sus discípulos no han de ser siervos sino amigos. Si quieren puede volver a sus casas.

Una vez más Pedro responde en nombre de todos. Su respuesta es ejemplar. Sincera, humilde, sensata, propia de un discípulo que conoce a Jesús lo suficiente como para no abandonarlo. Su actitud puede todavía hoy ayudar a quienes con fe vacilante se plantean prescindir de toda fe.
“Señor, ¿a quién vamos a acudir?”. No tiene sentido abandonar a Jesús de cualquier manera, sin haber encontrado un maestro mejor y más convincente: Si no siguen a Jesús se quedarán sin saber a quién seguir. No se han de precipitar. No es bueno quedarse sin luz ni guía en la vida.

Pedro es realista. ¿Es bueno abandonar a Jesús sin haber encontrado una esperanza más convincente y atractiva? ¿Basta sustituirlo por un estilo de vida rebajada, sin apenas metas ni horizonte? ¿Es mejor vivir sin preguntas, planteamientos ni búsqueda de ninguna clase?
Hay algo que Pedro no olvida: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Siente que las palabras de Jesús no son palabras vacías ni engañosas. Junto a él han descubierto la vida de otra manera. Su mensaje les ha abierto a la vida eterna. ¿Con qué podrían sustituir el Evangelio de Jesús? ¿Dónde podrán encontrar una Noticia mejor de Dios?

Pedro recuerda, por último, la experiencia fundamental. Al convivir con Jesús han descubierto que viene del misterio de Dios. Desde lejos, a distancia, desde la indiferencia o el desinterés no se puede reconocer el misterio que se encierra en Jesús. Los Doce lo han tratado de cerca. Por eso pueden decir: “Nosotros creemos y sabemos”. Seguirán junto a Jesús.

XX DOMINGO T.O., 19 de agosto de 2012, Jn. 6, 51-58

PAN PARA CELEBRAR LA FIESTA

FE ADULTA

Jn 06, 51-58

Dando por comentado en anteriores homilías el tema central de este capítulo 6º de Juan, atendemos a aspectos complementarios.

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?, es una pregunta demasiado lógica. No nos cabe en la cabeza que nadie haya pensado nunca en masticar la carne física de Jesús, ni en chupar físicamente su sangre, ni que sus interlocutores lo pensaran. Sin duda, el evangelista está haciendo una pregunta retórica, para tener ocasión de insistir en el mensaje.

Es significativa la repetición de la expresión «comer mi carne y beber mi sangre» (cuatro veces en tres versículos, más otras expresiones semejantes en el contexto inmediato).

Se está iniciando el final del episodio: el rechazo de los interlocutores y la insistencia de Jesús en que él es el alimento y la bebida enviados por el Padre. Éste será el tema del próximo domingo.

EL QUE SE ALIMENTA DE ESTE PAN TIENE VIDA ETERNA

«No como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron». Alimentos para la vida, alimentos para la muerte. Cebar la carne para que se pudra más materia, alimentar el espíritu para que todo sea eterno.

Es un acto de fe en el ser humano lo que se nos pide al creer en Jesús. Es un acto de fe en que el ser humano es mucho más que carne, que posesión, que placer, que venganza, que poder …

Desde el capítulo 2 del libro del Génesis se proclama que el ser humano es barro, pero con espíritu de Dios, que tiene el mismo aliento con que Dios respira.

Jesús viene a alimentar el Espíritu. Jesús viene a que vivamos con Espíritu, alentados, elevados por el Viento de Dios muy por encima de las permanentes insatisfacciones de nuestro barro.

Se alimenta de Jesús «el espíritu», no «la carne». El espíritu es lo que tira para arriba, la carne lo que tira para abajo. «Arriba y abajo» tienen el mismo significado que en la fiesta de la Ascensión; en definitiva, hacia la plenitud en Dios o hacia el fracaso vital.

Espíritu significa siempre viento, volar, ascender, navegar, alentar, animar…. Carne significa siempre corrupción, provisionalidad, pesadez, conformismo, gravedad, peso.

LA CARNE DE JESÚS

El cuarto evangelio, que a tantos (incluso de los mejores teólogos de la iglesia) ha inducido – por leer mal – a un docetismo alarmante, haciendo concebir a Jesús como un ser divino con apariencia humana, es sumamente explícito y cuidadoso en afirmar su humanidad verdadera, real, indispensable. La carne y la sangre son la humanidad, la carne y la sangre hacen evidente la realidad humana, carnal, sólida, tocable, mortal.

La carne y la sangre son la fiabilidad de nuestra fe en Jesús. Si no fuera carne y sangre sería mentira. Si no fuera carne y sangre sería mito. La carne vaciada de sangre que exhibe Jesús muerto, tan cruelmente reseñada por el mismo cuarto evangelio, y tantas veces comentada desde delirios místicos, es ante todo la proclamación clamorosa de la fe en la humanidad. Es esta fe en la humanidad el punto de partida de toda fe. Si no tragamos enteramente la humanidad jamás nos alimentaremos de la divinidad.

Muchos han vuelto a Calcedonia para volver a insistir en divinidad. Muchos hoy creen alimentarse de Cristo olvidando la carne y la sangre. Muchos han vuelto a descubrir la carne y la sangre, la humanidad de Jesús, como alimento de su fe, como sustento de lo divino de Jesús. Pero solo tiene vida eterna el que se traga la carne y la sangre, la humanidad real de Jesús.

COMER SU CARNE, BEBER SU SANGRE

¿Habrá alguien todavía tan tonto como para hacer la misma pregunta que el evangelio atribuye a los judíos? ¿Habrá alguien todavía que se imagine que le pasa algo a su espíritu dando un mordisco a Jesús o bebiéndole la sangre? ¿Habrá alguien todavía tan influido por la magia ancestral y el residuo de los mitos primitivos?

Comulgar es todavía para bastantes personas tragarse algo que parece pan pero es Dios. Y desde el estómago o desde cualquier rincón físico de su cuerpo, ese Dios que parece pan actúa, como una tableta de medicina efervescente que en el tubo parece inerte, pero puesta en agua empieza a soltar un sorprendente flujo de burbujas curativas.

Para muchas personas esto es ya simple magia superada, pero para algunas (¿muchas?) otras, todavía es la creencia habitual. Si las líneas anteriores nos han sobresaltado o escandalizado, quizá sea porque necesitamos revisar nuestro concepto de comunión.

Ya hemos tratado en los domingos anteriores sobre lo esencial del tema. Expondremos aquí un aspecto complementario, inducido por la primera lectura y muy central en los evangelios: el banquete, el Reino como banquete, Jesús como banquete. No simplemente como comida, alimento, sino como fiesta y abundancia.

Es un tema que recorre horizontalmente todos los demás de la Buena Noticia, y que olvidamos con demasiada frecuencia. Una nueva Ley, más exigente aún que la anterior no es una noticia demasiado buena. Una renuncia a todo lo que nos atrae para merecer el premio eterno (más aún si es para evitar el eterno castigo) tampoco lo es.

Pero Jesús centra su predicación en dos expresiones similares: la Buena Noticia / el Reino. Y lo expresa en acciones festivas: los discípulos no ayunan «porque están con el novio»; el ministerio de Jesús se inicia en el cuarto evangelio con una boda en que Jesús ofrece el vino en abundancia, significativas parábolas tienen al banquete como clímax… no repetiremos todos los pasajes en que aparece esta idea. Sí insistiremos en el profundo paralelismo de estas expresiones con la parábola del Tesoro, tan medular en el mensaje de la Buena Noticia, y en lo significativo de la primera palabra de cada «bienaventuranza»: dichosos.

Lo de Jesús es una fiesta; es de gente bien alimentada, que dispone de agua abundante y vino a discreción, a plena luz, en medio de amigos, disfrutando de la invitación y la presencia del Padre. Esto es una imagen del mundo definitivo, y Jesús alude a ese Banquete definitivo en varias ocasiones, pero es también una imagen de la situación interior de los que siguen a Jesús.

Tener la vida llena de sentido, sentirse liberado de tantas necesidades que no hacen más que encadenarnos, sentirse estimulado por el amor, no por el miedo, saberse querido, útil, necesario, atender a valores válidos para la humanidad entera, vivir comprometido, compartiendo, humanizando y humanizándose, fundar la esperanza de vida eterna en el amor de un Padre…

Y, por encima de todo, conocer a Dios, y liberarse así de todo miedo, al juicio, al pecado, a la muerte, a la propia debilidad…. Vivir así es un regalo indescriptible, estupendamente calificado por Jesús como Tesoro, como Fiesta, como boda con abundancia del mejor vino, como Banquete, como Reino.

A veces, nuestra pequeñez mental pide de Dios simplemente parches para los dolores pasajeros o, peor aún, que nos ayude a conseguir bienes de tierra, de los que esclavizan el corazón y nunca producen felicidad. Si desnudamos nuestras oraciones de petición, probablemente encontraremos en el fondo de todas ellas el deseo de disfrutar de este mundo, de no comprometernos con nadie, de vivir bien aquí sin dolor ni muerte…

Somos desgraciados deseando todo esto y más aún porque Dios no nos lo da. Cambiemos a Jesús. Vivimos para construir el reino, como ciudadanos de la Ciudad Definitiva. Nuestros valores no son de tierra ni para la tierra, aceptamos la misión: y entonces –y solamente entonces– experimentaremos que lo de Jesús es una Estupenda Noticia, un modo de vivir fascinante, satisfactorio, aquí y para siempre.

José Enrique Galarreta

 

XX. IGANDEA URTEAN ZEHAR. JESUS GURE JANARI-ALIMENTARNOS DE JESÚS

Jesus gure janari

Jn. 6, 51 – 58

José Antonio Pagola

Joanen kontakizunaren arabera, juduek beste behin, gauza fisiko eta materialez haratago joan ezinik, eten egin diote Jesusi, honek darabilen hizkuntza oldarkorraz eskandalizaturik: «Nolatan ematen ahal digu honek bere haragia jateko?» Jesusek ez du atzera egin, baizik eta eduki sakonago bat eman die bere hitzei.

Haren adierazpenaren muinak bide ematen digu lehen kristau-elkarteek eukaristia ospatzean bizi ohi zuten esperientzian murgiltzeko. Jesusen arabera, ikasleek, beragan sinetsi ez ezik, janari eta elikagaitzat hartu behar dute bera.

Segidako hitzek hitz horien funtsezko eta ezinbesteko izaera azpimarratzen dute: «Nire haragia benetako janaria da eta nire odola benetako edaria». Ikasleek, Jesus janaritzat hartzen ez badute, gauza asko egin eta esan ahalko dituzte, baina ezin ahaztuko dira haren hitz hauez: «Ez duzue bizirik zeuen baitan».

Geure baitan bizia ukan ahal izateko, Jesus janaritzat hartu beharra dugu, haren bizi-arnasaz elikatu beharra, haren jarrera eta haren bizi-irizpideak barneratu beharra. Hauxe da eukaristiaren sekretua eta indarra. Jende honek bakarrik ezagutzen du hori: harekin bat egiten duenek eta Aitarekiko haren grinaz eta Aitaren seme-alabekiko haren maitasunaz elikatzen denek.

Jesusen hizkuntzak indar adierazkor handia du. Bera janaritzat hartzen dakienari, promes hau egin dio: «Nigan du horrek bizilekua eta nik horrengan». Eukaristiaz elikatzen denak sentitzen du Jesusekiko bere erlazioa ez dela kanpoko zenbait. Jesus ez da imitatzen dugun kanpoko bizi-eredu bat. Barnetik janaritzen du gure bizitza.

Jesus geure «bizileku» izatearen esperientzia honek eta gu Jesusen «bizileku» izaten uztearen esperientzia honek errotik eralda dezake gure fedea. Bien arteko truke horrek, hitzez nekez adierazi den elkartasun estu horrek, eratzen du ikasleak Jesusekin duen erlazioa. Horretan datza Jesusi jarraitzea, haren bizi-indarra sostengu dugula.

Jesusek eukaristian ikasleei eskualdatzen dien bizia, Aitagandik, bizi betearen Iturburu agorrezin den harengandik, berak hartu duen bizia da. Gure hiltze biologikoaz galtzen ez den bizia da. Horregatik ausartu da Jesus bereei promes hau egitera: «Ogi hau jaten duena betiko biziko da».

Dudarik gabe, kristau-fedearen krisiaren seinalerik larriena, gure artean, igandeko eukaristia modu jeneralizatuan alde batera utzi izana da. Jesus maite duenarentzat mingarria da behatzea, nola ari den eukaristia bere erakarmen-indarra galtzen. Baina are mingarriagoa da ikustea, erreakzionatzera ausartu gabe bizi dugula Elizatik gertaera hau. Zer dela eta?

Jose Antonio Pagola

Alimentarnos de Jesús

Jn. 6, 51-58

José Antonio Pagola

Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Jesús no retira su afirmación sino que da a sus palabras un contenido más profundo.

El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en sus seguidores de Jesús.

Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Si los discípulos no se alimentan de él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: “No tenéis vida en vosotros”.

Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.

El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de él, le hace esta promesa: “Ese habita en mí y yo en él”. Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es un modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.

Esta experiencia de “habitar” en Jesús y dejar que Jesús “habite” en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirle sostenidos por su fuerza vital.

La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que él mismo recibe del Padre que es Fuente inagotable de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso se atreve Jesús a hacer esta promesa a los suyos: “El que come este pan vivirá para siempre”.

Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?