LA RELIGIÓN Y LA NOVEDAD DE JESÚS

Escrito por  Enrique Martínez Lozano
Fe Adulta

Mt 25, 1-13

Así como los evangelios sinópticos hablan de una única subida de Jesús a la Pascua –en la que será entregado y ejecutado-, Juan menciona tres. Tiene cuidado de nombrarlas como «fiestas judías» –es decir, ajenas a su propia comunidad-, siempre dentro de aquel conflicto que mantenían con la autoridad judía.

Lo que parece claro, en todo caso, es que esta actuación de Jesús tuvo mucho que ver con su muerte. De hecho, en el juicio ante el Sumo Sacerdote Caifás, constituirá una de las acusaciones más graves contra él: «Nosotros le hemos oído decir: «Yo derribaré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres»» (Mc 14,58). Incluso será un tema que aparezca como insulto dirigido al crucificado: «Tú, que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz» (Mt 27,40).

La historicidad del relato –que se narra en los cuatro evangelios que han llegado hasta nosotros- parece innegable. Sin embargo, los tres sinópticos lo sitúan al final de la vida de Jesús, mientras que Juan lo coloca prácticamente al inicio mismo de su actividad.

Históricamente, parece más acorde con los hechos la primera de esas opciones. En un conflicto –entre Jesús y las autoridades religiosas- que fue in crescendo, el episodio del templo aparece como la gota que colma el vaso, haciendo de detonante que precipita la decisión que habría de acabar en la detención, condena y muerte del maestro de Nazaret.

El motivo por el que Juan lo coloca al inicio de su relato parece ser el siguiente: el autor del cuarto evangelio muestra una particular insistencia por subrayar la novedad que Jesús aporta. Por eso, empieza por mostrarlo como el que realiza la nueva alianza (bodas de Caná) y el nuevo culto (episodio del templo y diálogo con la samaritana), asentando con rotundidad la necesidad de «nacer de nuevo» (diálogo con Nicodemo) para poder comprender y vivir su propuesta.

Para entender la acción de Jesús hay que verla como un gesto profético, en la línea de los grandes profetas de Israel. Y así es como lo percibieron tanto la autoridad como los testigos que se hallaban presentes. Para aquella tradición, un «gesto profético» es una acción simbólica que busca transmitir, dramatizándolo, un mensaje de hondo calado. En cierto modo, podría decirse que se trata de una «parábola en acción«. En esta ocasión, el gran contador de parábolas que era Jesús recurre a la acción para escenificar una parábola más.

Por eso, la comprensión adecuada del gesto nos viene dada por la palabra del mismo Jesús: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Se refería –añade el autor del evangelio- al templo de su cuerpo. Se trata, lisa y llanamente, de una sustitución: el viejo templo de la religión ha de dejar paso al nuevo templo, la persona de Jesús. Y, por extensión, el ser humano y el conjunto de lo real.

La religión –por el propio nivel mítico de consciencia en que aparece- pretende encerrar a Dios en espacios separados (templo) y en fórmulas delimitadas (creencias), bajo la supervisión de una autoridad inapelable (jerarquía). Pero es precisamente esa religión la que constituirá el objeto de la crítica de Jesús. Una lectura desapasionada del evangelio conduce al lector imparcial a una conclusión evidente: Jesús es un crítico de la religión y de la autoridad religiosa, dando lugar, con ello, a un conflicto creciente que acabará con su vida.

Posteriormente, la imagen de Jesús sería más o menos «domesticada», hasta convertirlo en un ser sumiso y obediente, primer garante de la propia religión. Con lo que se ha llegado a paradojas graves.

En cualquier caso, la postura de Jesús queda magníficamente reflejada en otro texto de este mismo cuarto evangelio. En el diálogo con la samaritana, a la pregunta de esta sobre las discusiones religiosas entre judíos y samaritanos, Jesús responderá: «Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte [Garizim] ni ir a Jerusalén… Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo adoren en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad» (Jn 4,21-24).

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

NOLAKOA DA GURE ERLIJIOA?–¿CÓMO ES NUESTRA RELIGIÓN?, José A. Pagola

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

ECLESALIA, 05/11/14.-Jerusalemeko tenpluan Jesusek egin duen esku hartzearen pasadizoa lau ebanjelariek jaso dute. Joanek deskribatu du erarik grafikoenean: zigor batez baliatuz bota ditu Jesusek eraikin sakratutik oparitako saltzen ari diren animaliak, diru-trukatzaileen mahaiak irauli eta lurrera jaurti halakoen dirua. Oihu hau jaulki du Jesusek: «Ez bihurtu merkatu nire Aitaren etxea».

Keinu honek piztu zuen Jesus atxilotzea eta laster baino lasterrago hura hiltzea. Judu-herriaren bihotzaren kontra joatea zen tenpluari erasotzea: beren bizitza erlijioso, sozial eta ekonomikoaren erdigunea zuten juduek tenplua. Ukiezina zen tenplua. Israelen Jainkoaren bizilekua zen. Jesus, alabaina, arrotz sentitzen da leku hartan: ez da beraren Aitaren etxe, baizik merkatu bat.

Batzuetan, primitiboegia den erlijio bat «garbitzeko» ahalegintzat hartu izan da Jesusen esku hartze hau, kultu duinago batez eta hain odoltsuak ez diren erritu batzuez ordezkatzeko. Halaz guztiz, Jesusen keinu hori errotikoagoa da mamiz: Jainkoa ezin izan da erlijio baten estaltzaile, zeinetan nor bere probetxuaren bila baitabil. Jesusek ezin ikusi du hor beren lehen ikasleekin eratzen hasi den «Jainkoaren familia».

Tenplu hartan, inor ez da gogoratzen Galileako herrixketan gelditu den landa-jende pobre eta elikatu gabe hartaz. Pobreen Aita ezin izan errege tenplu horretatik. Bere keinu profetikoaz, errotik ari da salatzen Jesus azkenak direnez, Jainkoaren kutunak diren horiez ahazten ari den sistema erlijioso, politiko eta ekonomikoa.

Jesusen jarduerak erne jarri behar gaitu beraren jarraitzaileok, geure tenpluetan zer erlijio ari garen lantzen geure buruari galdetzeko. Jesusek inspiratua ez bada, Jainkoak munduan eragin nahi zuen egitasmoari geure bihotza ixteko era «santu» bat izan daiteke. Jesusi jarraitzen diotenen erlijioak Jainkoaren erreinuaren eta haren zuzentasunaren zerbitzura egon behar du.

Bestetik, berrikusi beharra dugu, ea gure elkarteak benetan diren guztiok «Aitaren etxean» sentitzeko moduko gune. Elkarte harreragile ote diren, zeinetan ez baitzaio aterik ixten inori, zeinetan inor ez baita sentitzen ez zokoratua, ez diskriminatua. Etxe bat, non ezinduenen sufrimendua entzuten ikasten baitugu, eta ez geure probetxua bakarrik.

Ez dezagun ahaztu, kristautasuna erlijio profetiko bat dela, Jesusen Espiritutik jaioa, Jainkoaren erreinuari bidea irekitzeko, mundua gizakoi eta anai-arreba artekoago eraikitzeko, horrela Jainkoaren behin betiko salbaziora bideratua.

¿CÓMO ES NUESTRA RELIGIÓN?

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 05/11/14.- El episodio de la intervención de Jesús en el templo de Jerusalén ha sido recogido por los cuatro evangelios. Es Juan quien describe su reacción de manera más gráfica: con un látigo Jesús expulsa del recinto sagrado a los animales que se están vendiendo para ser sacrificados, vuelca las mesas de los cambistas y echa por tierra sus monedas. De sus labios sale un grito: “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.

Este gesto fue el que desencadenó su detención y rápida ejecución. Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío: el centro de su vida religiosa, social y económica. El templo era intocable. Allí habitaba el Dios de Israel. Jesús, sin embargo, se siente un extraño en aquel lugar: aquel templo no es la casa de su Padre sino un mercado.

A veces, se ha visto en esta intervención de Jesús su esfuerzo por “purificar” una religión demasiado primitiva, para sustituirla por un culto más digno y unos ritos menos sangrientos. Sin embargo, su gesto profético tiene un contenido más radical: Dios no puede ser el encubridor de una religión en la que cada uno busca su propio interés. Jesús no puede ver allí esa “familia de Dios” que ha comenzado a formar con sus primeros discípulos y discípulas.

En aquel templo, nadie se acuerda de los campesinos pobres y desnutridos que ha dejado en las aldeas de Galilea. El Padre de los pobres no puede reinar desde este templo. Con su gesto profético, Jesús está denunciando de raíz un sistema religioso, político y económico que se olvida de los últimos, los preferidos de Dios.

La actuación de Jesús nos ha de poner en guardia a sus seguidores para preguntarnos qué religión estamos cultivando en nuestros templos. Si no está inspirada por Jesús, se puede convertir en una manera “santa” de cerrarnos al proyecto de Dios que él quería impulsar en el mundo. La religión de los que siguen a Jesús ha de estar siempre al servicio del reino de Dios y su justicia.

Por otra parte, hemos de revisar si nuestras comunidades son un espacio donde todos nos podemos sentir en “la casa del Padre”. Una comunidad acogedora donde a nadie se le cierran las puertas y donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los más desvalidos y no solo nuestro propio interés.

No olvidemos que el cristianismo es una religión profética nacida del Espíritu de Jesús para abrir caminos al reino de Dios construyendo un mundo más humano y fraterno, encaminado así hacia su salvación definitiva en Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

 

 

DIFUNTOS. LA VIDA DEL QUE YA NO ESTÁ, SIGUE SIENDO LO IMPORTANTE

Jn 11,17-27

Fe Adulta

En torno a la muerte, mantenemos intacta la visión mitológica del Neolítico.Tendríamos que hacer un esfuerzo titánico para superar las formulaciones que ya no pueden estar de acuerdo con nuestra visión del mundo y de Dios. Los conocimientos que hoy tenemos sobre la conciencia y la persona humana nos obligan a superar la visión mágica de un acontecimiento que seguimos sin comprender del todo. No debemos engañarnos manteniendo creencias trasnochadas, aunque alivien nuestro dolor.

La idea que manejamos los cristianos sobre la muerte y el más allá es consecuencia de una mezcla explosiva de culturas. La cultura judía ni siquiera tenía un concepto de cuerpo y de alma. Para ellos el ser humano era un todo único sin partes. Pero la filosofía griega si tenía conceptos muy definidos sobre la composición del hombre. Para Platón lo importante es el alma, que era anterior al cuerpo y permanecía después de él. El cuerpo es una cárcel. De ahí que la muerte se considerara como una liberación.

Los primeros Padres de la Iglesia y S. Agustín fueron platónicos e intentaron explicar el evangelio desde esa perspectiva. De ahí surgió la teología sobre los novísimos. En cambio, para Aristóteles, el alma y el cuerpo son realidades que componen el hombre pero la sustancia no puede andar por ahí danzando, separada de los accidentes. Estas ideas están mucho más cerca de la manera judía de entender al hombre. También hoy nosotros estamos más próximos a esta idea del ser humano.

El respeto que nos inspiran los muertos parece que es un sentimiento ancestral; incluso en algunos animales se puede descubrir esa zozobra. No es malo que sigamos tratándolos con todo respeto. El miedo que la mayoría de los mortales tenemos a la muerte es consecuencia de nuestras maquinaciones mentales. Pensamos que la muerte es lo contrario de la vida y esa lógica es falsa. La vida es como una moneda que tiene dos caras: una es el nacimiento, la otra es la muerte. Entre las dos caras está la moneda, que es lo importante. La vida que es lo que debemos valorar, no sus límites.

En el credo afirmamos creer en la resurrección de los muertos. ¿Qué queremos decir con esa afirmación? La comprensión de la resurrección de Jesús y la nuestra como volver a la vida biológica, nadie puede tomarla hoy en serio. Pero una cosa es que la entendamos mal y otra muy distinta que sea falsa.

Retrasar nuestra resurrección hasta el final de los tiempos es pura mitología. El mito es siempre un intento de explicar lo inexplicable. ¿Que pasará una vez que me muera? Nada, porque fuera del tiempo nada puede pasar. Sin materia no hay tiempo ni espacio. Pero fuera del tiempo y del espacio, nuestra capacidad de comprender queda anulada. Todo intento por comprender racionalmente lo que está más allá, es inútil.

Podemos entenderlo como paso a otro modo de ser, para el que no tenemos ningún punto de comparación y por lo tanto queda fuera de nuestra comprensión. Pero también podríamos imaginarlo como paso a otro modo de ser. En este caso estaríamos ante una realidad que está más allá del ser y del no ser. Esta podría ser una buena pista. Conocemos lo que es el ser, y por oposición podemos comprender lo que es el no ser. ¿Podemos también aceptar que existe algo fuera de esos contrarios?

Al tomar conciencia de nuestra individualidad, de nuestra separación radical de todo lo que existe a nuestro alrededor, incluidos los demás seres humanos, desplegamos el afán de persistencia más allá de esta vida biológica. Como la experiencia nos dice que eso es imposible, inventamos existencias sobrenaturales para acallar nuestros anhelos. No nos damos cuenta que estamos pretendiendo un imposible: una plenitud humana para cuando dejemos de ser humanos. El deseo de inmortalidad nos ciega.

Nuestra inteligencia nunca podrá dar sentido a la muerte, pero ese afán de explicarla nos hace olvidar que ninguna solución puede ayudarnos si es irracional. Hoy sabemos que la conciencia de sí, surge de la actividad cerebral y que basta que se rompa una vena más fina que un cabello para que desaparezca la conciencia. Sin la base neuronal, la conciencia es imposible y la permanencia personal también. El encuentro con un ser querido, imaginándolo como lo hemos visto aquí, es empeño imposible.

Pensar en una actividad mental como la que tenemos aquí para más allá, no tiene ni pies ni cabeza. Las incoherencias que se dicen en los funerales, con la mejor intención pero sin ningún rigor racional, deben de ser superadas. No podemos seguir engañando a la gente con promesas descabelladas, que además, no pueden convencer hoy a nadie. Tenemos que encontrar maneras de ayudar a la gente a superar el trauma de la muerte de un ser querido sin caer en la trampa de convertir los deseos en realidades.

Con frecuencia nos preguntamos qué va a ser de nosotros después de morir, pero muy pocas veces nos preguntamos que éramos antes de nacer. Damos por supuesto que no éramos nada, pero esa conclusión no es tan evidente. La realidad ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Bien pudiera ser que nuestro verdadero ser, lo que somos más allá de las apariencias, existiera antes de nacer y seguirá existiendo cuando mi apariencia biológica se desvanezca. Es una pena que estemos más preocupados de nuestra apariencia caduca, que de nuestro verdadero ser, que es lo permanente.

La necesidad innata de recordar a nuestros antepasados debemos aprovecharla para encontrar seguridad en nuestro propio mundo. La conciencia de que somos lo que somos, gracias a los seres humanos que nos han precedido es una realidad que no tiene vuelta de hoja. Recordar a nuestros familiares difuntos y agradecerles lo que han hecho por nosotros nos ayudará a hacer lo mismo por los que todavía estamos aquí.

El sentido de la vida tenemos que encontrarlo aquí y ahora. Debemos desplegar todas nuestras posibilidades de ser humanos mientras lo somos. Esa plenitud tiene que llegar por lo que tenemos de humanos. La gran trampa puede aparecer cuando nos limitamos a satisfacer nuestras necesidades biológicas, dándonos por satisfechos con estar sanos y disfrutando de los sentidos, apetitos y pasiones. Satisfacer nuestras necesidades biológicas es un medio para poder alcanzar cotas más altas de humanidad.

El único camino para llegar a un plenitud humana es desarrollar nuestra capacidad de amar, es decir, conocer de verdad al ser humano y desplegar la posibilidad de ir al otro para hacerle crecer, sabiendo que en ese empeño de darme al otro, soy yo el que crezco. Para ser más humano no hay que renunciar a nada. Si el darme al otro supone un sacrificio, estoy tergiversando la relación. Amar es elegir lo mejor para mí y para el otro. Si al darme al otro, me deterioro yo como ser humano ese amor es enfermizo.

Pensar en los seres queridos que han muerto, tiene que empujarnos a vivir con mayor intensidad la vida que aún tenemos entre las manos. Todo lo humano que ellos nos han trasmitido debemos potenciarlo en nosotros para que el mundo se vaya humanizando. Por los muertos ya no podemos hacer nada, pero su recuerdo nos tiene que empujar hacia los que aún viven junto a nosotros. Lo más grande que se puede decir de un ser humano es que cuando se ha ido, ha dejado al mundo un poquito mejor que cuando llegó a él. Eso se consigue no intentando cambiarlo sino cambiando nosotros.

Fray Marcos

 

*ORAR CON EL EVANGELIO: (Jn.14.1-6)

  • DOMINGO 31º. T. O. –A– NOVIEMBRE 2
  • CONMEMORACIÓN DE LOS DIFUNTOS

* La celebración de hoy es buena para renovar nuestra esperanza en el final de los tiempos.
Nuestra vida y la de toda la humanidad no caminan hacia la nada o el fracaso, sino al encuentro con Dios, que es quien nos da la felicidad plena. Este Amor de Dios, ya comienza con la Resurrección de Jesús que nos llena de esperanza.
Jesús nos invita a fiarnos de el y del Padre. Por eso nos habla con la imagen de “ir a la casa Paterna” donde hay lugar para todos y donde todos seremos tratados como hijos: “Para que donde yo estoy, estéis también vosotros”. Nos dice Jesús.
*          Nuestra esperanza, nos anima a darnos la certeza de que nuestros difuntos han sido llamados a vivir en la casa del Padre (La otra vida, el cielo, llamamos) Pero esta esperanza, debe dar calidad, fuerza y fidelidad a nuestra vida presente. Creer en la Palabra de Jesús y reconocer que él es el Camino hacia el Padre y esto nos quiere decir que tenemos que seguir los valores que nos enseñó aquí en la tierra y su estilo de vida, que muy bien nos decía ayer en la festividad de Todos los Santos, son la Bienaventuranzas.
*          Una vez más recordamos la ingenuidad de Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas” ¿Cómo podemos saber el camino? Jesús Le responde, nos responde a cada uno de nosotros:
*          Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”.
*        Lo tenemos claro: Volvamos a la “frescura del Evangelio”, como nos dice J. A. Pagola.

  • ORACIÓN
  • Dios y Padre nuestro, Dios de la vida sin fin. Recordamos hoy a todos los que ya terminaron su camino en este mundo; y lo hacemos con la confianza de saber que han sido recibidos en tu casa, preparada para todos con tu Amor.
  • Te damos gracias, porque esto nos llena de esperanza.
    Que mirando a tu Hijo Jesús de Nazaret, nuestro Camino, Verdad y Vida aprendamos a valorar como Él la vida humana y con la fuerza de su Amor y de su Palabra aprendamos a construir un mundo más humano y fraterno que sea signo de la felicidad que Tú nos prometes para la otra Vida, en la que nosotros creemos.
  • ¡Haznos Dios de Jesús, testigos de esta Esperanza! AMÉN.  ZURIÑE

Bienaventuranzas de la Solidaridad (O.N.G.)

1 -Felices los que siguen al Señor por la senda del buen Samaritano.
Los que se atreven a andar tras sus pasos a superar las dificultades del camino, a vencer los cansancios de la marcha.
Los que al andar van trazando sendas nuevas  para que otros sigan, entusiasmados, y continúen la obra del Señor.
Los que, atentos y presurosos, cambian su ruta para salir al encuentro del Señor vivo en el que sufre,
tan presente en estos tiempos, tan cercano para algunos, para otros tan lejano.

2 -Felices los que dan la vida por los demás.
Los que trabajan duro  por la justicia anhelada.
Los que construyen el Reino desde lugares remotos.
Los que, anónimos y sin primeras planas, entregan su vida para que otros vivan más y mejor.
Los que con su diario sacrificio abren huellas de humanidad nueva en un mundo lleno de egoísmo

1 -Felices TODOS los que trabajan por los pobres. Desde los pobres. Junto a los pobres. Con corazón de pobre. Contemplando a diario la hermana muerte, temprana, injusta, dolorosa, en los rostros de los niños olvidados, sin salud, ni educación, ni juegos

2 -Felices los que viven solidarios dejando el asfalto limpio y prolijo para caminar los senderos pedregosos, polvorientos que abren al mundo de los que no cuentan en los números o estadísticas de los ministerios de turno.

1 -Felices los que aman al hermano concreto. Los que no se van en palabras sino que muestran su amor verdadero en obras de vida, de compañía y de entrega sincera.

2 -Felices los que enseñan, los que intentan que todos aprendan sin distinciones de color, piel o dinero.
Felices los que comparten sus bienes don-regalo del Buen Dios  para vivir como hermanos  y demostrarlo en la práctica. Los que no guardan con egoísmo sino que brindan y comparten.

1 – Felices los que caminan juntos,  en búsqueda comunitaria del Reino de Vida Nueva  y Fraternidad Realizada. Los que se ayudan, los que aprenden que mas pueden dos juntos que uno solo.

2- Felices TODOS los que piensan primero en el hermano y que encuentran su alegría
y el gozo y el sentido de la vida  en trabajar por los demás y por el Reino y por el Señor vivo en medio nuestro. Olvidado, marginado, solo y abandonado en los rostros de jóvenes de ancianos
de mujeres solas de desempleados y de tantos otros.
Felices, los que viven el  MANDAMIENTO PRIMERO QUE ES AMOR A DIOS EN EL HERMANO. AMÉN

TODOS SANTOS. CON MIS LIMITACIONES, PUEDO ALCANZAR LA PLENITUD, Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos

FE ADULTA

Mt 5, 1-12

Los matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es siempre infinita. Para Dios todos somos iguales, no hay posible distinción. ¿Qué sentido tiene entonces el marcar las diferencias entre unos y otros? La fiesta de «Todos los Santos», entendida como diferencia de perfección entre los seres humanos no tiene mucho sentido. Por eso le he cambiado el título y he puesto: «Todos santos»; aunque también podía haber puesto «Todos pecadores» y sería exactamente igual de cierto. Para Dios no hay diferencia ninguna, porque nos ama a todos por lo que Él es.

Sipor santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya ha llegado a su plenitud y por lo tanto se habrían acabado sus posibilidades de crecer. Pero su verdadero ser, y por lo tanto su perfección, nada tiene que ver con su biología o con su moralidad. A esa parte de nuestro ser no afectan las limitaciones, sean del orden que sean. Es una realidad que permanece siempre intacta. Descubrir, vivir y manifestar ese verdadero ser, es lo que podríamos llamar santidad.

Cuando creemos que para ser santo tenemos que anular los sentidos, reprimir los sentimientos, machacar la inteligencia y someter la voluntad, nos estamos exigiendo la más torpe inhumanidad. La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, que ya  está en nosotros. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la «santidad». Aspirad solo a ser cada día más humanos, desplegando el amor que Dios ha derramado en vuestro ser.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del ideal de  perfección griega, que durante siglos se nos ha vendido como cristiana. Cuando un joven le dice a Jesús: «Maestro bueno». Jesús le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno más que Dios. ¿Qué hubiera contestado si le hubiera llamado santo?

Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros;  aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía, y de ese modo, tampoco podemos manifestar lo que somos. Somos santos por lo que Dios es en nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios. La creencia generalizada de que la santidad consiste en desplegar las virtudes morales, no tiene nada que ver con el evangelio. Recordemos: «Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios». Para Jesús, es santo el que descubre el amor que llega a él sin mérito ninguno por su parte. La perfección moral es consecuencia de la santidad, no su causa.

Debemos tener mucho cuidado a la hora de hablar de los santos como «intercesores«. Si lo entendemos pensando en un Dios que solo atiende las peticiones de sus amigos o de aquellos que son «recomendados», estamos ridiculizando a Dios. En Jn 16,26-27, dice Jesús: «no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama». Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos o por recomendación de uno que lo es, sino porque Él es amor.

Se puede entender la intercesión de una manera aceptable. Si descubrimos que esas personas que han tomando conciencia de su verdadero ser, son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, pueden ayudarnos a descubrirlo, y por lo tanto pueden acercarnos a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios a pesar de sus defectos, nos tiene que animar a confiar más nosotros. No solo valdría para los que conviven con ellos, sino para todos los que después de su muerte, tuvieran noticia de su vida y milagros. Sería el camino más fácil para que creciera el número de los «conscientes».

Debemos tener cuidado con la «comunión de los santos«. No se trata de unos «dones» o unas «gracias» que ellos han merecido y que nos ceden a nosotros. Es ridículo cuantificar y almacenar los bienes espirituales. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito y nunca se puede merecer. «Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer». Ahora bien, en el momento que se tiene conciencia de la unidad, se comprende que todo lo que hace uno repercute en el todo. La doctrina de Pablo es esclarecedora: «Todos formamos un solo cuerpo».

En esta fiesta celebramos la bondad, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien. Hoy es el día de la alegría. La Vida y el Bien triunfan sobre la muerte y el mal. Desde esta perspectiva, la vida merece siempre la pena. Porque esta alegría de vivir tenemos que mantenerla a pesar de tanto sufrimiento y dolor como hay en nuestro mundo. A pesar de que muchos seres humanos consumen su existencia sin enterarse de lo que son, y se conforman con vegetar como las plantas o quedarse en lo sensorial como los animales.

Las bienaventuranzas nos descubren el verdadero rostro del «santo». ¿Quién es dichoso? ¿Quién es bienaventurado? Felicitar a uno porque es pobre, porque llora, porque pasa hambre, porque es perseguido, sería un sarcasmo para el común mortal. Sobre todo si le engañamos con la promesa de que lo serán más allá. Haber reservado la palabra «bienaventurado» para los que han muerto, es una manipulación del evangelio inaceptable.  Aquí abajo el dichoso es el rico, el poderoso, el que puede consumir de todo sin dar un palo al agua. Esa escala de valores queda trastocada por el evangelio.

Las bienaventuranzas no se pueden entender racionalmente, ni se pueden explicar con argumentos. Cuando Pedro se puso a increpar a Jesús, porque no entendía su muerte, Jesús le contestó: «Tú piensas como los hombres, no como Dios». Solo entrando en la dinámica de la trascendencia, podemos descubrir el sentido de las bienaventuranzas. Solo descubriendo lo que hay de Dios en mí, podré darme cuenta del verdadero  valor. Para que una persona sea dichosa le tenemos que dar aquello que considera el valor supremo para ella. Tenga lo que tenga, si no lo percibe como valor absoluto, no le hará feliz.

Las bienaventuranzas no son un sí de Dios a la pobreza y al sufrimiento, sino un rotundo no de Dios a las situaciones de injusticia, asegurando a los pobres lo más grande que pudieran esperar, el amor de Dios. En Él los pobres pueden esperar, tener confianza. No para un futuro lejano, sino ya, aquí y ahora. Puede ser bienaventurado el que llora, pero nunca el que hace llorar. Puede ser feliz el que pasa hambre, pero no el que tiene la culpa del hambre de los demás. Buscar la salvación en las seguridades terrenas, es la mejor prueba de que no se ha descubierto el amor de Dios. Aún en las peores circunstancias imaginables, las posibilidades de ser nadie puede quitártelas

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los «santos» canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubrieron la marca de lo divino en ellos, que les empuja a mayor humanidad. No se trata de celebrar los méritos de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El merito será siempre de Dios.

 

Fray Marcos

 

JAINKOAREN ESKUETAN: Conmemoración de los difuntos Marcos 5, 33-39; 16,1-6

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

ECLESALIA, 28/10/14.- Gaur egungo jendeak ez dakigu zer egin heriotzarekin. Batzuetan, otu ohi zaigun gauza bakarra, ezikusiarena egitea izan ohi da, eta hura aipatu ere ez egitea. Ahalik eta lasterren ahaztu gertaera triste hori, bete joan etorri erlijioso eta zibilak eta eguneroko bizitzara itzuli.

Alabaina, goiz edo berandu, berriro etorri ohi da heriotza bisitan, gure etxekorik maiteenak hartzera. Nola erreakzionatu orduan geure ama bere egin duenean betiko? Zein jarrera izan bere azken agurra esan digun senar maitearen aurrean? Zer egin hainbat adiskidek geure bizitzan uzten diguten zuloaren aurrean?

Pertsona bakoitza bakarka lekualdatzen duen atea da heriotza. Atea ixtean, betiko ezkutatu ohi zaigu hildakoa. Ez dakigu jada zertan den joan zaiguna. Pertsona maite eta hurbil hori Jainkoaren misterio atzeman ezinekoan ezkutatu da. Nola izan harremanik harekin?

Jesusen adiskideok ez gara mugatzen, heriotza-gertaeraren aurrean pasiboki gelditzera. Kristo berpiztuagan konfiantza dugula, maitasunez eta otoitz eginez jarraitzen dugu haren lagun Jainkoarekiko topo egite misteriotsu horretan. Hildakoen kristau-liturgian ez dago atsekabe itsurik, kontrajartze bortitzik, etsipenik. Soil-soilik, konfiantzazko otoitz hau erdi-erdian: «Zure eskuetan, Aita onbera, jartzen dugu gure lagun maite honen bizia».

Zein zentzu izan dezakete gaur egun hileta horiek, zeinetan heriotzaren aurrean sentimen desberdinak ditugun jendea biltzen baikara? Zer egiten ahal dugu denok batean: fededun, ez hain fededun, fededun eskas, fedegabe?

Azken urte hauetan, asko aldatu gara barnez. Kritikoago gabe, baita hauskorrago eta zaurigarriago ere: sinesgabeago gara, baita ziurtasun gabeago ere. Ez dugu gauza erraza sinestea, baina zail dugu ez sinestea ere. Dudaz eta ziurtasunik gabe bizi gara, baina ez gara gai esperantza aurkitzeko.

Batzuetan, hileta batera joaten garenean, guztiok egin dezakegun zerbait egitera gonbidatu ohi dut jendea, nor bere fede koskorrez. Pertsona maiteari geure barnetik esatera hitz batzuk, harekiko maitasuna agertuz eta Jainkoari dei apal bat eginez:

«Zeure lagun maite zaitugu orain ere, baina ez dakigu jada zurekin nola topo egin, ezta zer egin ere zugatik. Ahula dugu gure fedea, eta ez dakigu nola egin otoitz egoki. Baina Jainkoaren maitasunaren eskuetan jarri nahi zaitugu, haren eskuetan utzi nahi zaitugu. Leku seguruagoa duzu gaur Jainkoaren maitasun hori, guk eskaintzen ahal dizuguna baino. Goza dezazula bizi bete-beteaz. Guk zu maitatzen jakin ez dugun moduan maite zaitu Jainkoak. Egun batean berriro dugu ikusiko elkar».

 

EN LAS MANOS DE DIOS: Conmemoración de los difuntos Marcos 5, 33-39; 16,1-6

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 28/10/14.- Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”

¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:

“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver”.

* ORAR CON EL EVANGELIO:Mt.22.34-40)

  • DOMINGO 30º. T.O. –A- Octubre 26

  • AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS, Y A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO.

  • El amor es lo que nos proporciona la liberación de toda ley, para poder vivir la fe en libertad.No se puede amar porque esté mandado. El amor es una decisión libre. Yo sabré amar cuando viva la experiencia de ser amado.El Evangelio de hoy como el del Domingo pasado, nos presenta a los fariseos acercándose a Jesús con preguntas para tentarle. “Maestro ¿cuál es el primer precepto de la Ley? Y Jesús, como siempre les ataja y diríamos nosotros, les deja “cortados”. Les dice: la libertad; es decir: “amarás”:

Al decir Jesús que el amor es el primer mandamiento nos proclama que el amor es la única realidad humana que no puede ser impuesta (como lo es la ley) ni mandada, ya que el amor no se acomoda a ninguna ley; se tiene que sentir dentro..La ley no salva a las personas por el contrario suele resultar pesada. Lo que nos salva es la fe que es un estilo de vida que nos alimenta desde dentro.
La característica del amor, como hemos dicho, es que surge desde lo hondo de la persona. Nadie puede ser obligado a amar. Cuando Dios nos anima a amar, nos inculca el amor, no hace otra cosa más que ayudarnos a vivir y realizarnos como personas. El amor es la vida misma  que nos convoca la fe. El que ama, por la gracia de Dios vive.
*        El amor, surge de la vida; intenta comunicar vida al otro. El que ama no da lo justo, lo que debe, sino que en cada momento se desborda.  Este tener amor, para poder amar, es un don de Dios y
se derrama en nosotros cuando queremos recibirlo, confiando que es la vida de nuestra vida.
La fe es ante todo una experiencia de ser persona, una experiencia de vida que nos hace confiar prácticamente en que es mejor dar que recibir, entregarse, poner en común. Se ama cuando se descubre que dándose se recibe  y compartiendo se gana. Somos libres para amar y en el servicio a los demás encontramos nuestra propia realización. (Gálatas 5, 13) nos dice: Haceos servidores los unos a los otros.

El verdadero  amor, se aprende en Jesús. El nos dice: Amar, como Yo os he amado.

ORACIÓN

  • Jesús de Nazaret, Maestro y Amigo, cuando dices que lo más importante es el Amor  a Dios y al prójimo, no haces sino decirnos cómo has vivido tú mismo. Por eso te pedimos que nos enseñes a fijarnos en ti, cuando te relacionabas con Dios y con los demás.
    Que no se nos acostumbre el corazón a ver personas sufriendo en situaciones injustas.

Que no nos acostumbremos a un mundo como el que hemos montado, en el que unos podemos tener de todo y otros no tienen de nada…

Ayúdanos a ser sensibles a la necesidad de quien nos necesite aunque no nos lo pida.
A gastar nuestro tiempo, a dar de nuestras cosas, pero sobre todo a darnos a nosotros mismos, sin exigir respuesta.

Ayúdanos, Jesús de Nazaret, a vivir lo que nos enseñas, porque sabemos que es fácil decir la palabra “Amor”, pero nos cuesta que esa palabra pase a las obras.

Tú mismo nos dices, dándonos ánimo:

“El que me ama guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a El.” AMÉN.  ZURIÑE

30º DOMINGO T.O.,»SOLO UN MANDAMIENTO, AMAR. SOLO UN PECADO, IGNORAR AL OTRO», FRAY MARCOS

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Mt 22, 34-40

La pregunta sobre el tributo al Cesar se la hicieron los fariseos y herodianos. A continuación, narra Mateo otra pregunta de los saduceos sobre la resurrección de los muertos, en la que ellos no creían. Quieren ridiculizar la creencia en otra vida con el supuesto de siete hermanos que estuvieron casados con la misma mujer. Jesús desbarata sus argumentos.  Por eso, a continuación, el texto de hoy dice: «Al oír que había hecho callar a los saduceos», los fariseos vuelven a la carga: ¿Cuál es el primer mandamiento?

La pregunta no era tan sencilla, como puede parecernos hoy. La mayoría de los juristas consideraba que todos los mandamientos tenían la misma importancia. Otros defendían que guardar el sábado era la primera obligación de todo israelita. También había quien defendía el amor al prójimo como el principal. A nadie se le había ocurrido que el principal mandamiento, eran dos. En Mateo y en Marcos, Jesús responde recitando la «shemá» (escucha), que todo israelita piadoso recitaba dos veces cada día (Dt 6, 4-9); pero Jesús añade una  referencia al Lev 19,18, que prescribe amar al prójimo como a ti mismo.

La originalidad de Jesús está en la importancia que dio a la propuesta de unir los dos mandamientos. De hecho, lo único que hace es citar dos textos del AT. No se trata solo de una yuxtaposición o de una equiparación. Se trata de una identificación en toda regla, que además, prepara el terreno a  Juan para poder decir con rotundidad:»UN mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). Es el mandamiento nuevo, que convierte la Ley en vieja. Queda establecida la diferencia entre las dos alianzas. Después de veinte siglos, seguimos sin enterarnos.

Como veíamos el domingo pasado, el valor absoluto de cada persona es una propuesta exclusiva de Jesús. Hasta entonces el individuo no contaba más que como perteneciente e integrado en el grupo. Desde esa perspectiva, lo único que interesaba eran las manifes­taciones del amor, no el amor mismo. De ese modo, el precepto recaía sobre las manifestaciones. El amor que exige Jesús, no se puede alcanzar con el cumplimiento de un precepto. Ya no se trata de una ley, sino de una actitud. «Un amor que responde a su amor» (Jn 1,16). El amor que pide Jesús no puede imponerse desde fuera.

El concepto de «prójimo» es modificado por Jesús de manera sustancial. Para un judío, prójimo era el que pertenecía al pueblo y a lo sumo el prosélito. Jesús desbarata esa barrera  y postula que todos somos exactamente iguales para Dios. El cristianismo no siempre ha sabido trasmitir esta idea de igualdad y hemos seguido creyendo que nosotros somos los elegidos y que Dios es nuestro Dios, como los judíos de todos los tiempos.

Jesús no propone como primer mandamiento ni amar a Dios, ni el amor a él mismo. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada. Hablando con propiedad, Dios ni ama ni puede ser amado, es amor.

La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino con relación al hombre. Cuando seguimos proponiendo los mandamientos de la «Ley de Dios» como marco para la vida de la comunidad, es que no hemos entendido o aceptado el mensaje de Jesús. S. Agustín lo entendió muy bien cuando dijo: «Ama y haz lo que quieras». Pero Pablo lo había dicho con la misma claridad: «Quien ama ha cumplido el resto de la Ley». No se trata de una nueva ley, sino de hacer inútil toda ley, toda norma, todo precepto.

El «como a ti mismo» (también superado por Jesús: «como yo os he amado») necesitaría un comentario más extenso. Únicamente diré, que el amor solo se puede dar entre iguales. Si considero superior o inferior al otro, mi relación con él nunca será de amor. Desde esta perspectiva, ¿a dónde se van todas nuestras «caridades»? Lo que nos pide Jesús es que quiera para los demás todo lo que estoy deseando para mí.  ¿De verdad creo hacer caridad cuando doy al mendigo la ropa vieja que ya no voy a utilizar?

Una vez más tenemos que resaltar la imposibilidad de aceptar el mensaje de Jesús sin abandonar la idea de Dios del AT. Esta es la trampa en la que cayeron los primeros cristianos que eran todos judíos. Aquí está, también, la clave para entender tantas aparentes contradicciones en los evangelios. Lo que pide Jesús es más de lo que puede enseñar cualquier institución. La excesiva fidelidad a la institución, impide alcanzar el mandamiento nuevo. Por eso Jesús criticó tan duramente las instituciones religiosas de su tiempo (Templo, Ley, culto); se habían convertido en un obstáculo para llegar al hombre.

El amor consiste en desarrollar la capacidad que tiene un ser de salir de sí e ir al otro para enriquecerle como persona. A Dios no se le puede amar directamente ni mucho ni poco, porque no le podemos conocer. Dios no es un sujeto con el que me pueda encontrar. No es nada distinto de mí o de la creación.  No está en el cielo ni en ninguna otra parte. Amar a Dios no es hacer algo por Él, sino dejar que Él, que es amor, te encuentre.

Demostraré que estoy abierto al Amor que es Dios, si amo a los demás. Si dejo de amar a una sola persona, puedo estar seguro de que lo que me mueve no es el amor, sino el egoísmo, el instinto, la pasión, el interés o la simple programación. El amor no puede ser un precepto. Sus manifestaciones sí. El peligro está en confundir el amor con alguna de sus manifestaciones.

No responde a necesidades de algún aspecto de mi ser. Acontece en la profundidad del ser, incluyendo todos sus aspectos. Es el único camino para un crecimiento armónico del ser, impidiendo que el interés de una parte del mismo, se imponga y arrastre a todo el ser, malográndolo (egoísmo, hedonismo). El superar el egoísmo no significa una renuncia a nada sino un acopio de humanidad. No suprime ninguno de los aspectos de nuestra humanidad, sino que los colma y les da su verdadero sentido.

El amor no es algo que se pueda alcanzar directamente, sino una consecuencia del conocimiento. Los escolásticos decían: «no se puede amar nada, si antes no se conoce». Pero debe quedar muy claro, que de un conocimiento sensitivo o racional nace el egoísmo. Las conclusiones de un razonamiento serán siempre egoístas. Solo de un conocimiento vivencial (experiencia) puede nace el verdadero amor.

Si necesitamos motivos para amar, no hemos descubierto el amor. Si amamos para hacer un favor al amado, funcionará sólo a medias. Tengo que descubrir que soy yo el que me enriquezco al amar. El problema está en que ese enriquecimiento se produce en mi verdadero ser, y eso no nos interesa demasiado.

El mayor peligro a la hora de comprender el amor es que lo confundimos con el deseo de que el otro me quiera. El deseo de que otro me ame es instintivo y no va más allá del interés egoísta. La mayoría de las veces, cuando decimos te amo, en realidad queremos decir: «quiero que me quieras». Esto  no tiene nada que  ver con el mensaje de Jesús. Lo que más aterroriza a un niño es el miedo a que sus padres dejen de quererle. A las personas mayores les obsesiona el miedo a ser un estorbo para sus hijos.

Es ignorancia creer que podemos amar a Dios aunque no amemos al prójimo; o peor aún, que podemos amar a uno mucho y a otro poco o nada. El amor es uno solo porque es una actitud personal. El amor queda especificado en la persona que ama, no por la persona amada. Tiene que existir antes de manifestarse. Lo que llega a los demás, lo que se percibe al exterior, son solo las manifestaciones de ese amor. La actitud vital es única en cada persona, pero el amor tengo que manifestarlo de distinta manera a cada uno.

Meditación-contemplación

Tu verdadero ser es amor y nada más que amor.
Descubrirlo es la meta de todo ser humano.
La buena noticia que Jesús nos aportó,
es que puedes llegar a identificarte con lo que Dios es.
…………………..

Si estás en la disyuntiva: quiero amar pero no puedo.
es que no has recorrido el camino adecuado.
El amor que Jesús nos pide es fruto de un descubrimiento,
que solo puedes hacer viajando hacia tu interior.
………………..

La razón sola siempre considerará un disparate, ese Amor,
porque su objetivo es la vida con minúscula.
Más allá de lo razonable, tú puedes descubrir la Vida.
La VIDA de Dios que está en ti y está en todas las cosas.
……………………..

Fray Marcos

 

30. IGANDEA URTEAN ZEHAR, “MAITASUNEAN USTEA IZAN-CREER EN EL AMOR”, José A. Pagola

30. IGANDEA URTEAN ZEHAR, “MAITASUNEAN USTEA IZAN-CREER EN EL AMOR”, José A. Pagola

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Mateo 22, 34-40

ECLESALIA, 22/10/14. Kristau-erlijioa sistema erlijioso nekosoa iruditzen zaio jende ez gutxiri; batez ere, Jainkoaren aurrean bizi ahal izateko, lege-sare nahasiegia. Ez ote diogu kristauok geure arreta eskaini behar, beste ezer baino lehen, kristau-esperientziak duen gauzarik funtsezkoenari?

Ebanjelioek Jesusen erantzun hau jaso dute, Legearen agindurik nagusiena zein den galdetu dion fariseu-talde bati emana. Hona nola laburtu duen Jesusek gauzarik funtsezkoen hori: «maita ezazu Jauna, zeure Jainkoa, bihotz osoaz, arima osoaz eta zaren osoaz»; hau da bigarrena: «maita ezazu lagun hurkoa zeure burua bezala».

Argia da Jesusen baieztapena. Maitasuna da guztia. Maitasuna da bizitza erabakitzen duena. Maitasuna da gauza guztien oinarria. Lehenengo gauza, Jainkoaren eta gainerakoen aurrean maitasun-jarreraz bizitzea da. Ez ginateke nahastu behar gauza akzidental eta bigarren mailakoen sarean, funtsezkoenaz ahazturik. Maitasunari dariona da gainerako guztia. Maitasunik gabe, dena da gelditzen galbideraturik.

Jainkoarekiko maitasunaz ari denean, Jesusek ez ditu buruan gure bihotzetik sor daitezkeen sentimenduak edo zirrarak; ez gaitu gonbidatzen geure errezoak eta otoitzak ugaltzera ere. Honetan datza Jauna geure Jainkoa maitatzea: Jainkoa gure izatearen azken Sorburutzat aitortzean, geuregan hark nahi duenarentzat atxikimendu osoa esnatzean, Aita bezala gizon-emakume guztientzat duen maitasunari baldintzarik gabeko fedez erantzutean.

Horregatik gehitu du Jesusek bigarren agindua. Ezin duzu Jainkoa maitatu, haren seme-alabei dagokienez axolagabe bizi bazara. Jainkoaren maitasuna predikatu eta sufritzen ari den jendeaz ahazten den erlijioa gezur handi bat. Geure bidean aurkitzen dugun pertsona batean aurrean izan dezakegun giza jarrera bakarra, hura maitatzea da eta harentzat geure buruari opa diogun ongizatea bera bilatzea.

Irudi luke, hizketa hau guztia zaharregia dela, ahituegia, eginkortasun eskasekoa. Halere, gaurko munduan ere lehenengo arazoa maitasun-falta da; giza bizikidetasuna eraikitzeko ahaleginak eta borrokak, bata bestearen ondoren, desgizatiartzen ari den maitasun-falta.

Duela urte batzuk, Jean Onimus idazle frantsesak idatzi zuen: «Kristautasuna bere hasieran dago gaur oraino; bi mila urte bakarrik daramatza gizakia lantzen. Astuna da jende-masa eta mendeak beharko dira maitasunak hartzitu arte». Jesusek jarraitzaileok ez genuke ahaztu behar geure erantzukizuna. Etorkizuneko belaunaldiei maitasunean ustea jartzen laguntzeko, lekuko bizien beharra du munduak; izan ere, gizakiak ezin izango du etorkizun esperantza-emailerik maitasunarekiko ustea galtzen badu.

30 Tiempo ordinario(A) Mateo 22, 34-40, «CREER EN EL AMOR»

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 22/10/14.- La religión cristiana les resulta a no pocos un sistema religioso difícil de entender y, sobre todo, un entramado de leyes demasiado complicado para vivir correctamente ante Dios. ¿No necesitamos los cristianos concentrar mucho más nuestra atención en cuidar antes que nada lo esencial de la experiencia cristiana?

Los evangelios han recogido la respuesta de Jesús a un sector de fariseos que le preguntan cuál es el mandamiento principal de la Ley. Así resume Jesús lo esencial: lo primero es “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”; lo segundo es “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

La afirmación de Jesús es clara. El amor es todo. Lo decisivo en la vida es amar. Ahí está el fundamento de todo. Lo primero es vivir ante Dios y ante los demás en una actitud de amor. No hemos de perdernos en cosas accidentales y secundarias, olvidando lo esencial. Del amor arranca todo lo demás. Sin amor todo queda pervertido.

Al hablar del amor a Dios, Jesús no está pensando en los sentimientos o emociones que pueden brotar de nuestro corazón; tampoco nos está invitando a multiplicar nuestros rezos y oraciones. Amar al Señor, nuestro Dios, con todo el corazón es reconocer a Dios como Fuente última de nuestra existencia, despertar en nosotros una adhesión total a su voluntad, y responder con fe incondicional a su amor universal de Padre de todos.

Por eso añade Jesús un segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir de espaldas a sus hijos e hijas. Una religión que predica el amor a Dios y se olvida de los que sufren es una gran mentira. La única postura realmente humana ante cualquier persona que encontramos en nuestro camino es amarla y buscar su bien como quisiéramos para nosotros mismos.

Todo este lenguaje puede parecer demasiado viejo, demasiado gastado y poco eficaz. Sin embargo, también hoy el primer problema en el mundo es la falta de amor, que va deshumanizando, uno tras otro, los esfuerzos y las luchas por construir una convivencia más humana.

Hace unos años, el pensador francés, Jean Onimus escribía así: “El cristianismo está todavía en sus comienzos; nos lleva trabajando solo dos mil años. La masa es pesada y se necesitarán siglos de maduración antes de que la caridad la haga fermentar”. Los seguidores de Jesús no hemos de olvidar nuestra responsabilidad. El mundo necesita testigos vivos que ayuden a las futuras generaciones a creer en el amor pues no hay un futuro esperanzador para el ser humano si termina por perder la fe en el amor. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

 

 

DIOS Y EL CÉSAR: ¿DESDE DÓNDE NOS VIVIMOS?

Escrito por  Enrique Martínez Lozano
Fe Adulta

Mt 22, 15-21

Parece que Jesús era un maestro en desactivar preguntas capciosas…, y en poner en evidencia a quienes urdían trampas con la única finalidad de atraparlo en ellas.

Eso ocurre en este caso. También cuando le preguntan sobre la resurrección, apelando a un planteamiento absurdo (Mc 12,18-27); cuando le presentan a una mujer sorprendida en adulterio exigiendo su condena (Jn 8,1-11); o cuando le cuestionan la autoridad desde la que actúa (Mt 21,23-27)…

El diálogo auténtico solo es posible cuando nace de la humildad y del respeto al otro. Se origina en una actitud de apertura y gusto por conocer y valora la aportación de los otros –aunque sea discrepante- como una riqueza.

En ausencia de tales actitudes, el diálogo se hace imposible. En esos casos, Jesús –consciente de que, tras la adulación, hay una intencionalidad engañosa- opta por mostrar lo inadecuado de la actitud y de la pregunta misma. Y lo hace con salidas ingeniosas, que llevan implícita una carga de profundidad.

En este caso, se trata de una cuestión particularmente sensible para un pueblo dominado por el Imperio romano y sometido a una gravosa presión impositiva.

Para empezar, Jesús muestra la incoherencia de quienes le piden que se defina. Los fariseos, opuestos al ejército de ocupación y celosos pregoneros de la única autoridad divina, manejan monedas paganas y, para un judío piadoso, idolátricas. En efecto, la moneda llevaba, en el anverso, la imagen del César Tiberio adornado con la guirnalda de laurel que indicaba la dignidad divina, con esta inscripción: «Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto». Y, en el reverso, figuraba la leyenda «Pontífice Máximo» y la figura de la madre del emperador sentada en un trono de dioses.

Pero Jesús no solo desenmascara la incongruencia de quienes le tienden la trampa, sino que introduce una afirmación cargada de consecuencias, que trasciende por completo la «anécdota» del debate: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

En contra de lo que frecuentemente se ha interpretado, a partir de un literalismo engañoso, no se trata de establecer una separación dualista entre dos ámbitos supuestamente enfrentados. Tal lectura distorsiona la realidad y conduce, entre otras cosas, a un espiritualismo desencarnado.

No es cuestión de realidades separadas, sino de niveles de profundidad. Quizás podría decirse de este modo: «Retirad al César lo que es de Dios». Con esta expresión, se apuntaría en la dirección adecuada. Porque lo que hace la respuesta de Jesús es desactivar por completo cualquier absolutismo político, toda absolutización del poder.

No se trata de reservar «lo espiritual» para Dios y dejar que de «lo material» se ocupe el César. Porque tal separación entre ambos ámbitos existe únicamente en nuestra cabeza. Se trata de reconocer que solo lo transpersonal es absoluto; lo personal (egoico), incluido el poder, es siempre relativo y su único sentido le viene de ser un servicio a las personas.

Nadie ni nada puede arrogarse un poder absoluto. Solo Dios es Dios. La palabra de Jesús, por tanto, apunta nada menos que a un modo de vivirse; o, más exactamente, cuestiona acerca del desde dónde nos vivimos: ¿desde el nivel de lo relativo (el César) o desde el nivel profundo (Dios)?

Lo espiritual no es lo opuesto a lo material. Porque no tiene que ver con el qué, sino con el desde dónde. No existen cosas que serían «espirituales» (rezar, sacrificarse, servir…), frente a otras que no lo serían (reír, jugar, divertirse, trabajar…). Todo es espiritual…, siempre que lo vivamos desde nuestra verdadera identidad, es decir, desde aquel «lugar» en el que nos reconocemos uno con todo lo que es.

Por decirlo brevemente: si se entiende bien, podría decirse que no se trata de elegir –de un modo dualista- entre «Dios o el César», sino de vivir todo lo del «César» desde «Dios».

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com