Urteko 24. Igandea-24 Tiempo ordinario, José A. Pagola

C (Lukas 15,1-32)

Evangelio del 11/Sept/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

PARABOLA BAT GAUR GAURKOA- UNA PARÁBOLA PARA NUESTROS DÍAS

Beste inongo parabolatan ez gaitu sarrarazi nahi izan Jesusek Jainkoaren misterioan eta giza izatearen misterioan gaurko honetan bezain sakon. Besterik ez da guretzat «Aita onaren» parabola hau bezain gaurko.

Seme gazteenak diotso aitari: «emadazu dagokidan ondare-zatia». Eskari hori egitean, aitaren heriotza ari da eskatzen hein batean. Libre izan nahi du, loturak eten nahi ditu. Ez du izango zorionik aita galdurik ikusi arte. Aitak amore eman du, hitzik esan gabe: libreki hautatu behar du semeak bere bidea.

Ez ote da hau gaur egungo egoera? Jende askok nahi du Jainkoari buruz libre izan, zoriontsu izan Aitaren presentzia begi-bistan izan gabe. Jainkoa ezkutarazi egin nahi da gizartetik eta jendearen bihotzetik. Eta, parabola horretan bezala, Aita isilik dago. Jainkoak ez du inor behartzen.

Semea «urruneko lurralde batera» doa. Beste lurralde batean bizi nahi du, aitagandik eta familiagandik urrun. Eta alde egiten dakusa aitak, baina ez du utzi nahi semea bertan behera; aitaren bihotza bidelagun izango du semeak; goizero egongo da aita haren zain. Gaur egungo gizartea gero eta urrunago doa Jainkoagandik, haren agintetik, hartaz oroitzetik… Eta ez ote dugu Jainkoa bidelagun, gu hura begi-bistatik galdu nahian gabiltzala?

Handik laster «galdukeriari» lotuko zaio semea. Jatorrizko hitzak galdukeria moralaz gain biziera osasun gabea, zoroa, kaotikoa iradokitzen du. Denbora gutxira, haren abentura drama bilakatzen hasiko da.«Izugarrizko gosea» sortu da eta, gizon arrotz baten esklabo, txerriak zaintze aldera lortu du bizitzea. Bizi duen tragedia adierazten dute haren hitzek: «Ni hemen goseak hiltzen!».

Barne hutsunea eta maitasun-gosea dirateke Jainkoagandik urrun bizitzearen gure lehen zantzuak. Ez da gauza erraza askatasunaren bidea. Zer falta zaigu? Zerk bete lezake gure bihotza? Kasik dena dugu geure esku, nolatan sentitzen dugu halako gosea?

Gaztea «bere baitara itzuli zen» eta, bere hutsuneaz gogoeta eginez, aitaren aurpegiaz gogoratu zen, hura ogi-ugaritasunarekin lotuz: aitaren etxean «badute ogia» eta «ni goseak hiltzen». Barnean beste askatasun baten gogoa erne zaio, aitaren ondokoa. Bere okerra aitortu du eta erabakia hartu: «Bideari ekin eta aitagana itzuliko naiz».

Jainko geure Aitaganako bidea hartuko ote dugu? Askok hartuko luke bidea Jainko hori ezagutuko balu, Jesusen parabola honen arabera «semeari bidera korrika atera zaiona, besarkatu eta zoratzear musuka hasi zaiona» den Jainko hori ezagutuko balu. Besarkatze eta musu emate horiek teologia guztia baino argiago mintzo dira. Jainko horren ondoan askatasun duinagoa eta zoriontsuagoa izango genuke.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

24 Tiempo ordinario – C (Lucas 15,1-32)

Evangelio del 11/Sept/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

UNA PARÁBOLA PARA NUESTROS DÍAS

En ninguna otra parábola ha querido Jesús hacernos penetrar tan profundamente en el misterio de Dios y en el misterio de la condición humana. Ninguna otra es tan actual para nosotros como esta del «Padre bueno».

El hijo menor dice a su padre: «dame la parte que me toca de la herencia». Al reclamarla, está pidiendo de alguna manera la muerte de su padre. Quiere ser libre, romper ataduras. No será feliz hasta que su padre desaparezca. El padre accede a su deseo sin decir palabra: el hijo ha de elegir libremente su camino.

¿No es esta la situación actual? Muchos quieren hoy verse libres de Dios, ser felices sin la presencia de un Padre eterno en su horizonte. Dios ha de desaparecer de la sociedad y de las conciencias. Y, lo mismo que en la parábola, el Padre guarda silencio. Dios no coacciona a nadie.

El hijo se marcha a «un país lejano». Necesita vivir en otro país, lejos de su padre y de su familia. El padre lo ve partir, pero no lo abandona; su corazón de padre lo acompaña; cada mañana lo estará esperando. La sociedad moderna se aleja más y más de Dios, de su autoridad, de su recuerdo… ¿No está Dios acompañándonos mientras lo vamos perdiendo de vista?

Pronto se instala el hijo en una «vida desordenada». El término original no sugiere solo un desorden moral sino una existencia insana, desquiciada, caótica. Al poco tiempo, su aventura empieza a convertirse en drama. Sobreviene un «hambre terrible» y solo sobrevive cuidando cerdos como esclavo de un extraño. Sus palabras revelan su tragedia: «Yo aquí me muero de hambre».

El vacío interior y el hambre de amor pueden ser los primeros signos de nuestra lejanía de Dios. No es fácil el camino de la libertad. ¿Qué nos falta? ¿Qué podría llenar nuestro corazón? Lo tenemos casi todo, ¿por qué sentimos tanta hambre?

El joven «entró dentro de sí mismo» y, ahondando en su propio vacío, recordó el rostro de su padre asociado a la abundancia de pan: en casa de mi padre «tienen pan» y aquí «yo me muero de hambre». En su interior se despierta el deseo de una libertad nueva junto a su padre. Reconoce su error y toma una decisión: «Me pondré en camino y volveré a mi padre».

¿Nos pondremos en camino hacia Dios nuestro Padre? Muchos lo harían si conocieran a ese Dios que, según la parábola de Jesús, «sale corriendo al encuentro de su hijo, se le echa al cuello y se pone a besarlo efusivamente». Esos abrazos y besos hablan de su amor mejor que todos los libros de teología. Junto a él podríamos encontrar una libertad más digna y dichosa.

José Antonio Pagola

 

 

Domingo 11.9.16. Justicia del hijo, misericordia del padre. Un tema abierto. Xabier Pikaza

Blog de Xabier Pikaza
Religión Digital

Dom 24 tiempo ordinario. Ciclo C. Lucas 1-32. La parábola llamada «del hijo pródigo» deja el tema sin resolver. El hermano menor ha vuelto a casa, tras gastar la herencia, y su llegada enfrenta al padre con su hijo mayor:

— El hijo mayor representa la justicia de la ley. A su juicio, hijo menor (pródigo) que ha gastado el dinero de la herencia en fiestas y pecados debe pagar por lo que ha hecho.

Hay que castigarle, ponerle a trabajar duro, que reconozca no sólo su pecado, sino que devuelva lo gastado, para que la herencia común pueda repartirse bien entre los dos hermanos.

— El padre representa la misericordia.Más que la justicia, le importa el hijo menor, que ha estado en trance de perderse. Ciertamente, más tarde, celebrada la fiesta, se podrá hablar quizá de justicia (de cómo replantear nuevamente las cosas, entre los dos hermanos,de cómo repartir trabajos y gastos), pero por ahora, ante el hijo que vuelve, ha de expresarse la misericordia: la fiesta del vino y ternero cebado, con la música y el baile.

El hijos menor, el pródigo, queda así en medio de las dos actitudes, ejemplarmente representadas por el padre y el hermano mayor.

— El Padre es la misericordia antes de la ley. Es el amor y la fe que valora a las personas, por encima de todo lo que han hecho, no porque todo dé lo mismo, sino porque el perdón y la fiesta puede cambiar al mismo pródigo (que tiene necesidad de cambiar, no sólo por justicia, sino por dignidad personal).

— El hijo mayor es la ley antes de la misericordia. Que su hermano empiece pagando, y que lo haga en serio… Sólo después, si se convierte de verdad y paga la deuda, se podrá hablar de fiestas.

La solución del problema no es fácil. Porque el problema no habla sólo de hermanos en privado y de padres buenos… Habla de la vida social, de la responsabilidad ante la justicia… y de la misericordia. Hay que intentar reconocer también las razones del hermano mayor… (así lo he querido mostrar en mi libro sobre la misericordia).

En este contexto de la parábola se sitúa el Congreso sobre Mística y Misericordia que se ha celebrado en Ávila a lo largo de este semana.

— Una mística sin misericordia acaba siendo estéril y en el fondo injusta, pues se evade del mundo de Jesús, del sufrimiento de los pobres.

— Una misericordia sin mística pierde su «mordiente», es decir, su base, su orientación, su «gasolina», si es que puede emplearse esta palabra popular.

Buen domingo a todos, buena reflexión y mejor opción, a favor de la misericordia justa y de la justicia misericordiosa.

Texto (parte final)

a. El principio misericordia: El Padre

El hijo pródigo vuelve y le dice al Padre:»Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.»Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.» Y empezaron el banquete.

b. Principio justicia. El hermano mayor

Su hijo mayor estaba en el campo.Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

c. Un intento de solución

Y él mayor replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»

El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»»

Una reflexión abierta

El centro no es el hijo que vuelve, quizá arrepentido, sino el Padre que le espera y acoge, con misericordia, ofreciéndole una terapia de amor y de fiesta.

El centro es también el hermano mayor, que quiere que se cumpla la justicia, que el menor pague por lo que ha hecho, de devuelva lo gastado, que ha de ser para los dos (no quiere darle otra vez la mitad de la herencia del padre a quien ya la ha gastado).

La respuesta del Padre refleja la conducta específica de Jesús, que ofrece amor y anuncia salvación a quienes parecían haberse separado de la alianza israelita, es decir, a los expulsados e impuros, teniendo que enfrentarse por ello con los “puros” y los cumplidores según ley. Pero los puros como el hermano mayor… y los limpios tienen también su razón..

Una lectura “crítica”

Esta parábola nos lleva más allá de la ley, es decir, de una justicia entendida en forma equivalencia judicial.

Conforme a una justicia de ley (talión), el padre no puede recibir con fiesta al hijo que ha malgastado su fortuna, sino que debe exigirle cuentas de lo que ha hecho.

Pero la misericordia del padre, que ama al hijo y se conmueva (esplagkhnisthê, 15, 20), viéndole venir, está por encima de esa ley
.

(a) Este padre de misericordia, que es símbolo del Dios de Jesús, recibe en su casa al hijo pródigo, sin reprocharle nada, al contrario, haciendo fiesta.

(b) El hermano mayor, que reproduce los principios religiosos y sociales de los fariseos y escribas, se opone según ley a la misericordia del padre.

Esta parábola rompe los estereotipos y principios de la justicia social, proponiendo un principio superior u subversivo de misericordia, que no ha de entenderse sólo en un plano intimista de relación con Dios (o entre familiares íntimos), sino de organización eclesial y social.

Pero esa misericordia del padre ha de ser capaz de engendrar justicia social, pues el hermano mayor también tiene su razón. El problema está en cómo aplicar esta parábola a la vida concreta de la iglesia y del conjunto social, el problema es cómo hacer que la misericordia se vuelve principio de justicia.

? El principio de la justicia social es claro, está de parte del hermano mayor, que quiere aplicar la ley al hermano menor que ha vuelto tras gastarlo todo. Esta parábola no habla de justicia legal, pero es claro que el tema está en su fondo. Un padre particular, como el de la parábola, puede actuar como en la parábola, pero en un contexto social (o eclesial) su actitud puede causar problemas.

? Sin duda, la respuesta de ese padre responde al principio de una justificación gratuita, propia del Dios que acoge y justifica al pecador, según Pablo. Pero ¿cómo construir sobre esa base un orden social, una iglesia? La conducta de este padre responde al “rehem” divino de Ex 34, es decir, a la conmoción interna, que precede a toda ley concreta, y que está por encima de. Pero ¿cómo organizar desde ese rehem una sociedad concreta?

Evidentemente, Lucas nos diría que se trata de superar un tipo de justicia, a partir de la misericordia, para fundamentar así la justicia de otra forma, desde el don más alto de la gracia (es decir, de la misericordia), partiendo de la muerte y resurrección de Jesús. Pero ello exige una serie de adaptaciones y aplicaciones que sólo Mateo ha comenzado a formular en el Nuevo Testamento.

Nueva reflexión

Ésta es una parábola del amor escandaloso y provocador, parábola de la fiesta del padre… Pero ella ve en contra de una justicia que exige que a cada uno se le sancione según sus obras.

(1) El hermano “fiel” ha hecho lo que debe y por eso critica con todo derecho a su padre: ha cumplido la ley y así quiere que nadie (ni su hermano menor) derroche la herencia.

(2) El menor no ha sido fiel, pero, al final, quiere ponerse bajo la ley del padre: ¡quiere que le trate como a un jornalero! No exige la entada en la familia e intimidad de la casa, no viene por más herencia. Le basta con que quieran recibirle y mantenerle a sueldo.

(3) Pero el Padre le recibe como hijo de casa, no como jornalero, en amor y no por ley, queriendo que el otro hermano haga lo mismo. El Padre hace fiesta. Es un buen «viejo» como dicen en muchas tierras de lengua castellana

Una anotación crítica. El pródigo podría ser un aprovechado, un puro vago y gorrón

La parábola no dice si el hijo/hermano pródigo viene arrepentido, sino simplemente por hambre. La necesidad le hace volver en la casa de su padre, no el cariño (que vendrá después). Posiblemente no sabe de amor: ha malgastado la fortuna con mujeres sin amor (Lc 15, 30) y que no ha encontrado casa en ellas.

Ha derrochado su herencia y al fin se encuentra sólo, entre los puercos de una herencia ajena, tratado como mercancía, a pan tasado. Por eso vuelve sin amor, por necesidad. Vemos así que ésta no es una parábola del arrepentimiento, sino de la miseria del hijo y de la misericordia del padre, de manera que son equivocadas las interpretaciones moralizantes que acentúan la bondad del pródigo, para resaltar después la dureza legalista del otro hermano.

El pródigo no vuelve por bondad; ni siquiera se dice en el texto que vuelve como arrepentido, pues sus palabras (¡he pecado contra el cielo y contra ti…!) pueden ser ejercicio normal de retórica. No tiene por qué ser bueno; es simplemente necesitado. Pero vuelve y el padre le ama y ese amor del padre puede trasformarse, llevándole del plano de la ley al plano del amor gratuito. Por su parte, el mayor no es malo, pero quiere mantener el orden de la casa, según la ley, conforme a los principios de administración del mundo. Para que exista justicia, tiene que oponerse al gesto del padre que convierte nuevamente al pródigo en dueño de la casa.

Más allá del engaño del pródigo y del legalismo del mayor

Ni el pródigo es justo (es sólo un perdido en busca de comida), ni el mayor injusto (es simplemente un hombre de la ley).

Bueno y amoroso es sólo el padre porque cree que los hijos pueden vivir en gratuidad, juntos en la misma casa, en gesto de alegría compartida. Así termina el texto, de manera abierta: no sabemos si el hermano mayor entrará en la casa que el padre ha abierto de par en par para el pequeño que vuelve. No sabemos si el pequeño se dejará amar hasta el final… El final de la parábola depende de los mismos oyentes o lectores, que son los que tienen que responder y completar el lo que ha dicho Jesús: ¿Acogerá el hermano mayor al menor? ¿Cómo podrán relacionarse después? Esas preguntas nos sitúan en el interior del evangelio y de la vida de la Iglesia.

Nuevamente ¿vuelve arrepentido, va a cambiar este pródigo?

La catequesis y el magisterio de la Iglesia han utilizado esta parábola con fines pedagógicos: para que los pródigos se conviertan, para que los hermanos mayores sean capaces de aceptarles en casa. El segundo caso es claro, el primero no tanto.

Desde un punto de vista literario y religioso, la parábola no exige que el hijo menor se convierta… Si vuelve es, de hecho, expresamente, por hambre. Sólo por hambre, pero vuelve… Y vuelve dispuesto a tratar con su padre…
Pero el padre no le exige tratos, ni disculpas. Simplemente le acepta en la casa, le ofrece su fiesta… No le ha ido a buscar (porque respeta la libertad del hijo); pero está esperando su vuelta, sin condiciones.
El texto no lo dice. Algún lector puede suponer que el pródigo vuelve arrepentido, pero ni el texto lo exige, ni el padre habla para nada de arrepentimiento.

La fiesta del padre— ¿Para que el menor se convierta, para que al fin pueda haber justicia?

El Padre hace fiesta por su hijo que ha vuelto. Una fiesta sin condiciones. Una fiesta en la que quiero destacar estos rasgos:

Vestido. El padre pide a los criados que traigan para el hijo su vestido antiguo (stolên tên proôtên)…, la estola primera de autoridad y de fiesta. La estola es una túnica talar de fiesta y de gloria, como la que lleva en ángel de pascua (Mc 16,5) y los glorificados de Ap 6, 11; 7, 9… Las estolas largas son signo de autoridad y así las llevan los escribas vanidosos de Lc 20, 46 par. El padre no pone a su hijo un traje de faena (de obrero), sino el vestido de autoridad y gloria.

Poned el anillo en su dedo… El anillo no es aquí signo de novio en matrimonio, ni objeto de adorno… sino expresión de autoridad. Los reyes son los que llevan el anillo con el que firman sus documentos. El padre le da al hijo su cuenta, la firma de banco, la autoridad sobre la casa…, sin haberle preguntado nada, sin cerciorarse de que viene arrepentido… Simplemente por gozo, simplemente por fiesta.

Lo mismo las sandalias… No son las sandalias ordinarias del camino, sino las de la casa… Sandalias para vestir, para bailar, para comer en el banquete que llega…

Comamos, celebremos… El traje es de fiesta, de fiesta la comida, que es comida de alegría del padre. Quizá pudiéramos decir que lo que puede curar al hijo es la alegría del padre…
La música y el baile… Esto es lo que oye, esto es lo que siente el hijo que vuelve del trabajo. Oye la música, siente los bailes… No se dice cómo son, pero todo permite suponr que son bailes de de chicos y chicas.. El mayor dirá que su hermano ha gastado la fortuna con «malas mujeres» (15, 30).

Lógicamente el padre invita a las mujeres buenas y a las buenas mujeres (hombres y mujeres buenos, en la fiesta del Padre). Ahí me quedo. No sigo por hoy con la parábola. Espero comentarios sobre los trajes y sobre todo sobre el posible arrepentimiento del hijo… ¿No estará loco el viejo haciendo esta fiesta?

 

 

Domingo 11 de septiembre de 2016: 24º Ordinario, Koinonia

SERVICIOS KOINONIA

La parábola del padre misericordioso: Lucas 15, 1-32

Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: «¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.»

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles:

¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.»

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»

También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.»

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse

el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo:

«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.»

Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»

El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»»

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DÍA 11 SEPTIEMBRE 2016:

Antes la llamábamos la parábola del hijo pródigo… Pero el principal protagonista en ella no son los hijos, sino el Padre, siempre lleno de misericordia, por encima de todo.

Con gestos y palabras Jesús expresa su predilección por aquellas personas que en su época eran consideradas “perdidas” a causa del pecado. La cercanía y el cariño manifestado hacia ellos era motivo de crítica por parte de quienes se erigían como garantes de la fe y la religión. Jesús justifica su manera de proceder dándonos a conocer lo que aprendió de su Padre. Sus palabras nos ayudan a entender que su vida es un reflejo del corazón de Dios.

La parábola de “un padre que tenía dos hijos” revela a Dios como un Padre que venera a sus hijos con amor entrañable. La compasión, la misericordia y la ternura son sus notas más características. El relato nos hace saber que Dios ama a sus hijos, que los acompaña en sus decisiones y sufre sus yerros; que aguarda esperanzado y con ansias su regreso; efusivo en sus demostraciones de cariño; que festeja con alegría el momento del reencuentro. ¿Qué habrán sentido los oyentes de la parábola al oír estas palabras? ¿Qué habrán experimentado al saber que Dios estaba contento por reencontrarse con los pecadores, tanto tiempo excluidos de la mesa fraterna? ¿Con qué personajes de la parábola se habrán identificado? ¿Qué habrán pensado unos y otros? ¿Era posible que Dios actuase así con todos? ¿Era necesario dejar en evidencia el reproche y la amargura de aquellos que creían conocer a Dios, pero se daban cuenta que habían errado también ellos en el modo?

Padres… y madres

La parábola también puede parecer un icono del amor que muchas madres tienen por sus hijos cuando se meten en problemas o pasan dificultades. Porque sobre todo en nuestro continente latinoamericano, muchos hogares populares tienen por cabeza de familia a la madre; el padre no está ahí para aguardar pacientemente a los hijos que se fueron.

Pensemos especialmente en aquellas mujeres sufridas de nuestro pueblo que luchan para que sus hijos salgan de la trampa de las adicciones o la delincuencia. ¡Cuánto dolor en su corazón de madres! ¡Cuánta incomprensión hacia ellas por parte de otros miembros de la familia, que no entienden su cariño! ¡Y cuánta alegría cuando ven que ellos retoman el rumbo correcto, que se recuperan, que salen de la muerte! ¡Con cuánto amor los cuidan y los sostienen hasta en los peores momentos! Pensemos también en las madres que no se cansan de buscar y pedir que regresen con vida sus hijos desaparecidos, víctimas de la violencia.

¿Se perdió una… o las 99?

Jesús habla de la pérdida de una oveja, y dice que lo normal es dejar por el momento las 99 en el redil y salir a buscar a la extraviada. Pero se está dando alguna situación en la que parece que las cifras se han invertido: serían casi 99 las que se extraviaron, y sólo quedan unas pocas en el redil.

Eso es lo que parece sugerir la realidad (que a veces iguala la ficción) en algunas latitudes eclesiales actuales, por ejemplo en el Norte de Europa y de América. Allí, en muchas partes, los cristianos andamos desconcertados. Piensan que una ola creciente de materialismo nos invade, que han muerto las viejas utopías, que una política monetarista y de realismo a ultranza se impone a todos los niveles. La sociedad parece secularizarse a marchas forzadas, y parece que la barca de Pedro zozobra… Muchos se han ido, y los hemos despedido con tristeza y resignación. Otros no entran en el aprisco, el panorama no les atrae. Quedamos unos pocos que, replegados sobre nosotros mismos, nos dedicamos a salvar-conservar lo que nos queda, ya que mucho se ha perdido. Da la impresión de que, efectivamente, se fueron las noventa y nueve ovejas, quedando sólo unas pocas, a cuya atención y conservación deberíamos dedicarnos por entero.

Como estamos en tiempos de «Iglesia en salida», es obvio que no vale el argumento de conservar los restos para justificar el no salir a la calle al encuentro de las 99. Pero tampoco servirá de mucho el salir a la búsqueda de esas 99, para volverles a presentar lo mismo, aquello de lo que ellos han querido alejarse. El caso es hoy más complejo: porque cuando se trata de un fenómeno tan masivo como es en el Norte de Europa y de América, no se puede seguir echando la culpa a la secularización… (No podemos maldecir la realidad sociológica: el mundo moderno es secular, y no va a poder ser de otra manera; lo que sí tendríamos que tener es una versión del cristianismo propia para el mundo secular, no pedir a las 99 que vuelvan a un redil del que culturalmente ya salieron hace tiempo).

En América Latina no estamos en esa situación todavía, aunque los observadores socio-religiosos insisten en que vamos también en esa dirección, que nadie piense que América es distinta. De hecho, Argentina, México, y las grandes metrópolis ya presentan síntomas (y números) claros.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 34 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/article/34-los-hijos-de-efrain Ahí se puede recoger el guión, el audio, así como un comentario bíblico-teológico.



«SEGUIMOS BUSCANDO SEGURIDADES PARA POTENCIAR EL EGO», Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Lc 14, 25-33

Seguimos en camino hacia Jerusalén. Jesús advierte a esa multitud que le seguía alegremente, de las dificultades que entraña un auténtico seguimiento. Les hace reflexionar sobre la sinceridad de su postura. Solo en el contexto del seguimiento de Jesús podemos entender las exigencias que nos propone. Hace unos domingos, Jesús decía al joven rico: Si quieres llegar hasta el final… Hoy nos dice: si no piensas llegar hasta el final, es mejor que no emprendas el camino. Si no eres capaz de concluir la obra, no es que te hayas quedado a la mitad, es que has fracasado. Si decides caminar con él, deja de caminar en otra dirección.

Una de las interpretaciones equivocadas de este radicalismo, es entender el mensaje como dirigido a unos cuantos privilegiados, que serían cristianos de primera. Jesús no se dirige a unos pocos, sino a la multitud que le seguía. Pero lo hace personalmente. “Si uno quiere…” La respuesta tiene que ser también personal y adulta. No hay pues, cristianismo a dos velocidades; una la de los clérigos, y otra la de los laicos. Esta visión, no puede ser más contraria al mensaje de Jesús. Todos los seres humanos estamos llamados a la misma meta.

No se trata de machacar o anular el instinto (es lo que hemos predicado con frecuencia). Sería una tarea inútil porque el instinto es anterior a mi voluntad y escapa a su control. Se trata de que el instinto no sea manipulado por la voluntad, torciéndolo hacia un objeto distinto del suyo propio. Debemos comprender que el fin que el instinto quiere garantizar, aunque es bueno en sí, no es suficiente. De este modo, la tendencia instintiva seguirá ahí y cumplirá su objetivo, pero la última palabra la tendrá la parte específicamente humana, que tiene que llevarnos más allá del puro instinto y de sus objetivos.

Tres son las exigencias que propone Jesús: 1ª.- Posponer a toda su familia. 2ª.- Cargar con su cruz. 3ª.- Renunciar a todos sus bienes. Las tres se resumen en una sola: total disponibilidad. Sin ella no puede haber seguimiento. No es fácil entender bien lo que Jesús propone. La manera de hablar nos puede jugar una mala pasada. La radicalidad absoluta tiene una explicación. En una lengua que carece de comparativos y superlativos, tiene que valerse de exageraciones para expresar la idea. Lo notable es que se haya mantenido la literalidad en el texto griego, que dice “misei” = odia, aborrece, ten horror. También se ha mantenido en latín que dice: “odit” = odia. No podemos entenderlo al pie de la letra.

Ni debemos entenderlas al pie de la letra, ni podemos ignorarlas. Son como los famosos “koan” del zen. Tienen que hacernos trascender la formulación y meternos por el camino de la intuición. Fallamos estrepitosamente cuando queremos comprenderlas racionalmente. La verdad que quieren trasmitir no es una verdad lógica, sino ontológica. Por mucho que nos exprimamos el coco, no podemos entenderla con la razón, pero podemos intuir por dónde van los tiros. Para la primera exigencia la clave está en la frase: “…incluso a sí mismo”. El amor a sí mismo puede ser nefasto si se refiere al falso yo que desemboca en el egoísmo. Ese falso yo tiene también su padre y su madre, sus hijos y hermanos.

Posponer a la familia. El amor a la familia puede ser la manifestación de un egoísmo amplificado, que busca la potenciación del individualismo en la seguridad de los “yoes” de los demás. Lo que se busca en ese amor es que mi egoísmo quede garantizado, sumado al egoísmo de los demás miembros de la familia. Ese yo ampliado es mucho más fuerte y asegurar mejor el interés del pequeño yo de cada uno. El seguir a Jesús está basado en el amor. Pero el amor que nos pide no está reñido con el verdadero amor al padre o a la madre. Si el seguimiento es incompatible con el amor a la familia es que está mal planteado. El amor que nos pide el evangelio está más allá del sentimiento, pero no estará nunca en contra. Seguir a Jesús nos enseñará a amar más y mejor también a nuestros familiares.

Otro problema muy distinto es que ese seguimiento provoque en los familiares la oposición y el rechazo, como le pasó al mismo Jesús. Entonces no se puede ceder a las exigencias del instinto, porque está maleado. El tema del rechazo está más ligado al aceptar la cruz que al amor a la familia. Si los familiares, muy queridos, te quieren apartar de tu verdadera meta, está claro que no puedes ceder por un amor mal entendido, aunque eso cause un verdadero dolor. El hombre alcanza su plenitud cuando despliega su capacidad de amor, que es lo específicamente humano. Este amor no puede estar limitado, tiene que llegar a todos. Por eso, el profesar un verdadero amor a una persona, no puede impedir ni condicionar la entrega a otros. Si un amor impide otro amor, es que no es verdadero amor evangélico.

Cargar con la cruz hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso de ajusticiamiento de una condenado a muerte de cruz. El reo tenía que transportar él mismo el travesaño de la cruz. Jesús va a Jerusalén precisamente a ser crucificado. No olvidemos que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús, y la tienen siempre presente. Está haciendo referencia a lo que hizo Jesús, pero a la vez, es un símbolo de todas las dificultades que encontrará el que se decide a seguirle. Una vez emprendido el camino de Jesús todo lo que pueda impedir seguir adelante hay que superarlo cueste lo que cueste.

Renunciar a todos sus bienes. No es fácil entender esto hoy. Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran, a disposición de todos, lo que tenían. No se tiraban por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos. Hoy sería imposible llevar a la práctica este desprendimiento. Pero podemos entender que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Hoy tendríamos que descubrir que lo que yo poseo, puede ser causa de miseria para otros. Se trata de elegir entre las seguridades o alcanzar mayor grado de humanidad.

Debemos aclarar otro concepto. El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir, en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud. Mientras sigamos hablando de renuncia, es que no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor para mí. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro verdadero ser. Jesús vivió esa exigencia. La profunda experiencia interior le hizo comprender a donde podía llegar el ser humano si despliega todas sus posibilidades de ser. Esa plenitud fue también el objetivo de su predicación. Jesús nos indica el camino mejor.

En cuanto a las dos parábolas, El cálculo que nos propone Jesús es que no se puede nadar y guardar la ropa, cosa que estamos intentando nosotros a todas horas. Queremos ser cristianos, pero a la vez, queremos disfrutar de todo lo que nos proporciona la sociedad de consumo. Queremos lo mejor para el espíritu, pero intentando a la vez satisfacer los sentidos. Eso es imposible. No tenemos más remedio que elegir. Preferir el hedonismo a la plenitud de ser, es un error de cálculo. Las parábolas quieren decirnos que se trata de la cuestión más importante que nos podemos plantear, y no debemos tratarla a la ligera. Es una opción vital que requiere toda nuestra atención. Nuestro problema hoy es que somos cristianos sin haber hecho una clara opción personal.

Radicalidad no quiere decir rigorismo. El mismo Jesús dijo que su yugo era suave y su carga ligera. La aparente radicalidad debe nacer de dentro, de una auténtica libertad. Una vez conocido lo que es verdaderamente bueno para mí, la voluntad no tiene problema alguno para elegirlo. El rigorismo llega de fuera, nace del miedo y nos hace esclavos. Por abandonar la radicalidad de una libre opción, la Iglesia se ha visto obligada a reforzar el rigorismo, empleando para ello las más aberrantes amenazas. ¡Así nos luce el pelo!

 

Meditación-contemplación

“Sí alguno quiere venirse conmigo…”
Jesús no impone nada, simplemente propone.
Las condiciones no las impone él:
son exigencia de la misma naturaleza humana.
…………………

Elegir lo que es mejor para mí, por convicción personal,
nunca puede ser renuncia o sacrificio.
Solo si me muevo por programación externa
renunciaré a aquello que sigo creyendo que es mejor.
………………..

Solo el verdadero conocimiento, la iluminación, la sabiduría
puede llevarme a una búsqueda de los bienes definitivos.
Mientras no alcance esa luz, andaré dando tumbos.
Descubierto el tesoro, todo lo demás pierde valor.
……………

Fray Marcos

 

 

Urteko 23. igandea – 23 Tiempo ordinario, José A. Pagola

C (Lukas 14,25-33)

Evangelio del 04/Sept/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

ERREALISMO ARDURATSUA

Jesusek darabiltzan adibideak oso desberdinak dira, baina haien irakaspena beti bat bera: egitasmo bati modu arduragabean ekiten dionak, gogoan duena lortzeko baliabiderik eta indarrik ba ote duen aurrez aztertu gabe, porrot eginez amaitzeko arriskua du.

Inongo laborarik ez dio ekiten, mahastia babesteko, dorrea eraikitzeari, aurrez kalkulatu gabe hura arrakastaz gauzatzeko ahalmenik ba ote duen, hasitakoa bukatu ezinik gelditu beharra izan ez dezan, auzokoen isekagarri gertatuz. Inongo erregek ez dio ekiten guduari etsai boteretsu baten aurka, aurrez aztertu gabe gudu hartan garaile atera ote daitekeen; bestela, bere buruaz beste egitea izango litzateke.

Lehen begiratuan, pentsa lezake batek ezen Jesus portaera zuhurra eta arduratsua gomendatzen ari dela, bereei eskuarki eskatzen dien ausardiatik oso urrun dagoena. Ezta hurrik eman ere. Bereei gomendatu nahi dien egitekoa edo misioa hain garrantzizkoa da, non inor ez baitaiteke konprometitu hartara oharkabean, ardurarik gabe edo harrokeriaz.

Jesusen oharpen hori gaurkotasun handikoa da gure fedearen etorkizunerako hain kritikoak eta erabakitzaileak diren une hauetan. Jesusek, beste ezer baino lehen, gogoeta heldua eskatzen digu: paraboletako bi protagonistak «eseri egin dira» gogoeta egiteko. Erantzukizun-falta larria izango litzateke gaur egun Jesusen ikasle bezala bizi nahi izatea, zer nahi den jakin gabe, nora iritsi nahi den jakin gabe, zein baliabidez jardun behar den jakin gabe.

Eta noiz eseri behar dugu indarrak batzeko, elkarrekin gogoeta egiteko eta zein bide jarraitu guztien artean bilatzeko? Ez ote dugu denbora gehiago hartu behar, ebanjelioa gehiago entzun behar, gogoeta gehiago egin behar deiak aurkitzeko, karismak iratzartzeko eta Jesusi jarraitzeko estilo berritua lantzeko?

Jesusek ere errealismorako deia egiten digu. Aurrekaririk gabeko kanbio soziokulturala ari gara bizitzen. Daitekeena ote da fedea kutsatzea jaiotzen ari den mundu berri honetan, mundu hori ondo ezagutu gabe eta barrutik ulertu gabe? Daitekeena ote da Ebanjeliorako irispidea eskaintzea, gaur egungo gizon-emakumeen pentsaera, sentimenduak eta hizkuntza ezagutu gabe? Ez ote da errorea, gaur egungo erronkari atzoko estrategiez erantzun nahi izatea?

Une honetan ausarkeria izango litzateke modu oharkabean eta itsuan jardutea. Porrotari bide emango genioke, frustrazioari eta, are, irrigarri gelditzeari. Parabolaren arabera, «dorre bukatu gabe horrek» eraiki nahi izan duenaren kontrako burla eragiten du jendearen artean. Ez genuke ahaztu behar Jesusen hizkuntza errealista eta apala, ikasleak gonbidatzen dituenean herrian «legamia» izatera edo jendearen bizitzari zaporea ematen dion «gatz» eskutada izatera.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

23 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,25-33)

Evangelio del 04/Sept/2016

por Coordinador Grupos de Jesús

REALISMO RESPONSABLE

Los ejemplos que emplea Jesús son muy diferentes, pero su enseñanza es la misma: el que emprende un proyecto importante de manera temeraria, sin examinar antes si tiene medios y fuerzas para lograr lo que pretende, corre el riesgo de terminar fracasando.

Ningún labrador se pone a construir una torre para proteger sus viñas, sin tomarse antes un tiempo para calcular si podrá concluirla con éxito, no sea que la obra quede inacabada, provocando las burlas de los vecinos. Ningún rey se decide a entrar en combate con un adversario poderoso, sin antes analizar si aquella batalla puede terminar en victoria o será un suicidio.

A primera vista, puede parecer que Jesús está invitando a un comportamiento prudente y precavido, muy alejado de la audacia con que habla de ordinario a los suyos. Nada más lejos de la realidad. La misión que quiere encomendar a los suyos es tan importante que nadie ha de comprometerse en ella de forma inconsciente, temeraria o presuntuosa.

Su advertencia cobra gran actualidad en estos momentos críticos y decisivos para el futuro de nuestra fe. Jesús llama, antes que nada, a la reflexión madura: los dos protagonistas de las parábolas «se sientan» a reflexionar. Sería una grave irresponsabilidad vivir hoy como discípulos de Jesús, que no saben lo que quieren, ni a dónde pretenden llegar, ni con qué medios han de trabajar.

¿Cuándo nos vamos a sentar para aunar fuerzas, reflexionar juntos y buscar entre todos el camino que hemos de seguir? ¿No necesitamos dedicar más tiempo, más escucha del evangelio y más meditación para descubrir llamadas, despertar carismas y cultivar un estilo renovado de seguimiento a Jesús?

Jesús llama también al realismo. Estamos viviendo un cambio sociocultural sin precedentes. ¿Es posible contagiar la fe en este mundo nuevo que está naciendo, sin conocerlo bien y sin comprenderlo desde dentro? ¿Es posible facilitar el acceso al Evangelio ignorando el pensamiento, los sentimientos y el lenguaje de los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿No es un error responder a los retos de hoy con estrategias de ayer?

Sería una temeridad en estos momentos actuar de manera inconsciente y ciega. Nos expondríamos al fracaso, la frustración y hasta el ridículo. Según la parábola, la «torre inacabada» no hace sino provocar las burlas de la gente hacia su constructor. No hemos de olvidar el lenguaje realista y humilde de Jesús que invita a sus discípulos a ser «fermento» en medio del pueblo o puñado de «sal» que pone sabor nuevo a la vida de las gentes.

José Antonio Pagola

 

 

Comentario al Evangelio del Domingo 4 de septiembre de 2016 – 23º Ordinario

SERVICIOS KOINONIA

Lc 14,25-33: Quien no renuncia a todo no puede ser mi discípulo

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?

No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil?

Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

COMENTARIO AL EVANGELIO:

Para ser cristiano, en realidad, la Iglesia, habitualmente, exige muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de educar en cristiano al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y decimos «llegado el caso», porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, y debemos estar dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

Por la primera («si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío»), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda («quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío»), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición («todo aquel de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío») nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

Si se hiciera realidad en la humanidad esta condición básica que Jesús pide para su seguimiento, se resolvería también el problema de la crisis ecológica, que en definitiva está producido por el maltrato, la explotación, la depredación a los que el sistema económico y de producción mundializado somete a la naturaleza, igual que a muchedumbres pobres asalariadas. El bien que persigue el Reino de Dios (ubi bonum, ibi Regnum) no es sólo para el mundo humano, sino para todo el mundo, para el planeta y toda la comunidad de la vida que en él ha surgido…

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/category/un-tal-jesus


«SER MÁS, SER MENOS, ATAÑE SOLO AL EGO», Fray Marcos

FE ADULTA
Lc 14, 1.7-14

Hoy tiene mucha importancia el contexto. Un fariseo invita a Jesús a comer. Los judíos hacían los sábados una comida especial a medio día, al terminar la reunión en la sinagoga. Aprovechaban la ocasión para invitar a alguna persona importante y así presumir ante los demás invitados. Jesús era ya una persona muy conocida y muy discutida. Seguramente la intención de esa invitación era comprometerle ante los demás invitados. Como aperitivo, Jesús cura a un enfermo de hidropesía, con lo cual ya se está granjeando la oposición general (era sábado). También tenemos que tener en cuenta el simbolismo del banquete en todo el AT. Los tiempos escatológicos casi siempre se simbolizan como un banquete.

En el texto que hemos leído, encontramos dos parábolas. Una se refiere a los invitados. Otra se refiere al anfitrión. Se trata de la relación que puedes iniciar tú y la que inicia el otro contigo. En la primera no se trata de un consejo de urbanidad para tener éxito, pero toma ejemplo de un sentimiento generalizado para apoyar una visión más profunda de la humildad. Ponerse en el último lugar no debe ser una estratagema para conseguir mayor admiración y honor. La frase: “Porque todo el que se enaltece será humillad, y el que se humilla será enaltecido”, puede llevarnos a una falsa interpretación. Jesús aconseja no buscar los honores y el prestigio ante los demás, como medio de hacerse valer. Condena toda vanagloria como contraria a su mensaje. Es curioso como conecta este texto con el final del domingo pasado: “Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”.

La segunda parte encierra un matiz diferente. No quiere decir Jesús que hagamos mal cuando invitamos a familiares o amigos. Quiere decir que esas invitaciones no van más allá del egoísmo amplificado a los que están de tu parte. Esa actitud para con los amigos no es  signo del amor evangélico. El amor que nos pide Jesús tiene que ir más allá del sentido común y del puro instinto, de los sentimientos o del interés personal. La demostración de que se ha entrado en la dinámica del Reino está en que se busca el bien de los demás sin esperar nada a cambio. También aquí tenemos que andar con mucho cuidado, porque la frase “dichoso tú porque no pueden pagarte, te pagarán cuando resuciten los justos”, puede entenderse como una estrategia para que te lo paguen en el más allá. Esta dinámica ha movido con mucha frecuencia la moral cristiana, pero no tiene nada de cristiana.

En ambos casos, Jesús nos propone una manera distinta de entender las relaciones humanas. Jesús quiere trastocar comportamientos que tenemos por normales, para entrar en una dinámica nueva, que nos tiene que llevar a cambiar la escala de valores del mundo. Ser cristiano es sencillamente, ser diferente. No se trata de renunciar a ser el primero. Todo lo contrario, se trata de asegurar el primer puesto en el Reino. Se trata de buscar el bien de la persona entera, y no solo de la parte biológica. “El que quiera ser primero que sea el último y el servidor de todos”. Jesús no critica el que queramos ser los primeros, lo que rechaza es la manera de conseguirlo.

Ojo con la falsa humildad. Dice Lutero: La humildad de los hipócritas es el más  altanero de los orgullos. Muchos han hecho de su falsa humildad una máscara de su vanidad. Existen dos clases de falsa humildad. Una es estratégica. Se da cuando nos humillamos ante los demás con el fin de arrancar de ellos una alabanza que de otro modo no tendríamos. Otra es sincera, pero también nefasta. Se da en la persona que se desprecia a sí misma porque no encuentra nada positivo en ella. No es fácil escapar a esos excesos que han dado tan mala prensa a la humildad. Ninguno de los grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón, Aristóteles) elogiaron la humildad como virtud; y Nieztsche la consideró la mayor aberración del cristianismo. Para ellos humildad era sinónimo de pusilanimidad.

¿Qué es la humildad? No hay que hacer absolutamente nada para ser humilde. Es reconocer que eres lo que eres, sin más. Ni siquiera tendríamos que hablar de ella, bastaría con rechazar todo orgullo, vanidad, jactancia, vanagloria, soberbia, altivez, arrogancia, impertinencia, etc.. Se suele hacer alusión a Sta. Teresa; pero la inmensa mayoría demuestran no entenderla cuando dicen: “humildad es la verdad”. Ella dice: «humildad esandar en verdad». Se trata de conocer la verdad de los que uno es, y además vivir (andar en) ese conocimiento de sí. También se entiende mal la frase de Jesús, “yo soy la verdad”, cuando se interpreta como obligación de aceptar su doctrina. No, Jesús está hablando de la verdad ontológica. Está diciendo que es auténtico, que es lo que tiene que ser.

Siempre que se violenta la verdad, sea por defecto sea por exceso, se aleja uno de la humildad.No se trata de que nos convenzan de que somos una mierda y nada más. Se trata de descubrir nuestras auténticas posibilidades de ser. Humildad es aceptar que somos criaturas, con limitaciones, sí; pero también con posibilidades infinitas, que no dependen de nosotros. Ninguno de los valores verdaderamente humanos debe ser reprimido en nombre de una falsa humildad. No se trata de creerse ni superiores ni inferiores, sino de aceptar lo que somos en verdad. Si la humildad me lleva a la obediencia servil, no tiene nada de cristiana. En nuestra religión muchas veces se ha apelado a la humildad para someter a los demás a la propia voluntad.

Un conocimiento cabal de lo que somos nos alejaría de toda vanagloria (conócete a ti mismo). No se trata de un conocimiento analítico desde fuera, sino interior y vivencial. La frase no estaba a la entrada de una academia, sino a la entrada de un templo. Para conocerse, hay que tener en cuenta al ser humano en su totalidad. Eso sería la base de un equilibrio psíquico. Sin conocimiento no hay libertad. La humildad no presupone sometimiento o servidumbre a nada ni a nadie. Sin libertad ninguna clase de humanidad es posible. Tampoco la soberbia es signo de libertad, porque el hombre orgulloso está más sometido que nadie a la tiranía de su ego. No es fácil darse cuenta de esta trampa.

La mayoría de las enfermedades depresivas tienen su origen en un desconocimiento de sí mismo o en no aceptarse como uno es, que viene a ser lo mismo. Ninguna de las limitaciones que nos afectan como seres humanos, pueden impedir que alcancemos nuestra plenitud. Las carencias sustanciales forman parte de mí. Las accidentales no pueden desviarme de mi trayectoria humana. Una visión equivocada de sí mismo ha hundido en la miseria a muchos seres humanos. Caen en una total falta de estima y en la pusilanimidad destructora, que les impiden descubrir lo que de bueno y positivo tienen; y por lo tanto le impide desarrollarse. Ser humilde no es tener mala opinión de sí mismo ni subestimarse. Avicena dijo: «Tú te crees una nada, y sin embargo, el mundo entero reside en ti».

Hoy podemos y debemos ir un paso más allá del evangelio. El orgulloso no necesita que nadie le eche en cara su soberbia ni que le castiguen por su actitud. Él mismo se deshumaniza al despreciar a los demás y desligarse de ellos. De la misma manera, no es necesario que el humilde reciba ningún premio. Si espera ese premio, su humildad no es más que un medio para conseguir lo mismo que el soberbio. Si no espera nada de su actitud o, mejor aún, si ni siquiera se da cuenta de su actitud, es que de verdad está en la dinámica del evangelio, que nos dice por activa y por pasiva que el que se hace pequeño es ya el más grande. No es una enseñanza puntual de Jesús sino una constante en todo el evangelio.

La humildad no va de abajo a arriba sino de arriba abajo. La humildad ante los superiores, la mayoría de las veces no es más que sometimiento y servilismo. No es humilde el que reconoce la grandeza del que está por encima sino el que reconoce la grandeza en el que está por debajo. Ser humilde ante Dios resultaría ridículo. Debemos ser humildes ante los que se sienten por debajo de nosotros; ante todos los desheredados de este mundo.

 

Meditación-contemplación

“¡Amigo, sube más arriba!”
Esta frase, sacada de contexto, podía ser el lema del hombre terreno.
Pero más allá de lo terreno tú eres más de lo que crees ser.
Nada ni nadie te puede impedir alcanzar esa meta espiritual.
Solamente tú renuncias a alcanzarlo.
…………………….

No tienes que hacer nada, ni conseguir nada.
Todo lo que pretendes alcanzar, ya lo tienes.
Todo lo que pretendes ser, ya lo eres.
Solamente tienes que tomar conciencia de ello.
………………..

Si descubres esto, dejarás de necesitar la alabanza y admiración de los demás.
No necesitarás aparentar más de lo que eres.
Perderás todo miedo, porque nadie puede arrebatarte lo que eres.
Estarás a la puerta de la felicidad.
……………………

Fray Marcos

 

 

Urteko 22. igandea-22º Domingo T.O., José A. Pagola

C (Lukas 14,1.7-14)

Evangelio del 28/Ago/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

ORDAINETAN EZER ESPERO GABE

Jesus bazkaltzen ari da lurralde horretako fariseu handiki batek gonbidaturik. Lukasek diosku fariseuak etengabe zelatan dituela Jesusek. Halaz guztiz, libre ikusten du bere burua Jesusek lehen eserlekuen bila dabiltzanak kritikatzeko eta, are, gonbidatu duenari esateko aurrerantzean zein gonbidatu behar duen.

Gonbidatzaileari egindako interpelazio hau harritzea da egiaz. Hitz argi eta xumez, nola jardun esaten dio Jesusek: «Ez gonbidatu zeure adiskideak, ez haurrideak, ez ahaideak, ezta auzoko aberatsak ere». Alabaina, ba al da ezer jatorragorik eta naturalagorik asko maite gaituen jendearekin loturak estutzea baino? Ez ote du Jesusek berak hori bera egin Lazaro, Marta eta Mariarekin, Betaniako adiskideekin?

Aldi berean, gogoan zein izan behar duen adierazten dio Jesusek: «Gonbida itzazu behartsuak, elbarriak, herrenak eta itsuak». Behartsuek ez dute nola erantzun gonbitari. Elbarri, herren eta itsuengandik ezin espero duzu ezer. Horregatik, inork ez ditu gonbidatzen. Ez ote da hori gauza normala eta saihestezina?

Jesusek ez dio uko egin familiarteko maitasunari, ezta adiskide arteko harremanei ere. Hau da onartzen ez duena: harreman horiek izatea beti beste guztien gainetik jartzen direnak, pribilegiatuak eta bakarrak. Mundu gizatarrago eta haurridetasunezkoago baten bila, Jainkoaren erreinuaren dinamikan murgildu nahi dutenei Jesusek gogorarazten die ezen pobreei eta babesgabeei ongi etorri egitea harreman interesatuen eta gizarte-konbentzionalismoen gainetik ipini behar dela.

Daitekeena ote da, ordea, molde desinteresatuan bizitzea? Maita ote daiteke ordainetan ezer espero gabe? Hain urrun bizi gara Jesusen Espiritutik, non, batzuetan, adiskidetasuna eta familiarteko maitasuna bera baitaude interesak baldintzaturik. Ez gaitezen engaina. Doakotasunaren bidea gogorra eta zaila da ia beti. Gisa honetako gauzak ikasi beharrean gara: asko espero gabe ematen jakitea, kasik ezer eskatu gabe barkatzea, hain atsegina ez den jendearekin eroapen handiko izatea, laguntzea gogoan bestearen ona soilik izanik.

Beti murriztu genitzake apur bat geure interesak, tarteka uko egiten ahal diegu abantaila txikiei, beharrean bizi direnei poz pixka bat ezarri, geure denboraren zatitxo bat eskaini dena geuretzat gorde gabe, doako zerbitzu koxkor batzuetan parte hartu.

Fariseu gonbidatzaileari hau esateraino ausartu da Jesus: «Zorionekoa zu ezin ordaindu badizute».  Zoriontasun hau hain ahaztua gelditu da, non kristau askok ez baitu entzun ere sekula horretaz hitz egiten. Halere, Jesusen oso gogoko mezua dakar:

«Zorionekoak besteentzat bizi direnak, saririk jaso gabe.
Zeruko Aitak sarituko ditu».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

C (Lucas 14,1.7-14)

Evangelio del 28/Ago/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

SIN ESPERAR NADA A CAMBIO

Jesús está comiendo invitado por uno de los principales fariseos de la región. Lucas nos indica que los fariseos no dejan de espiarlo. Jesús, sin embargo, se siente libre para criticar a los invitados que buscan los primeros puestos e, incluso, para sugerir al que lo ha convidado a quiénes ha de invitar en adelante.

Es esta interpelación al anfitrión la que nos deja desconcertados. Con palabras claras y sencillas, Jesús le indica cómo ha de actuar: «No invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos». Pero, ¿hay algo más legítimo y natural que estrechar lazos con las personas que nos quieren bien? ¿No ha hecho Jesús lo mismo con Lázaro, Marta y María, sus amigos de Betania?

Al mismo tiempo, Jesús le señala en quiénes ha de pensar: «Invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos». Los pobres no tienen medios para corresponder a la invitación. De los lisiados, cojos y ciegos, nada se puede esperar. Por eso, no los invita nadie. ¿No es esto algo normal e inevitable?

Jesús no rechaza el amor familiar ni las relaciones amistosas. Lo que no acepta es que ellas sean siempre las relaciones prioritarias, privilegiadas y exclusivas. A los que entran en la dinámica del reino de Dios buscando un mundo más humano y fraterno, Jesús les recuerda que la acogida a los pobres y desamparados ha de ser anterior a las relaciones interesadas y los convencionalismos sociales.

¿Es posible vivir de manera desinteresada? ¿Se puede amar sin esperar nada a cambio? Estamos tan lejos del Espíritu de Jesús que, a veces, hasta la amistad y el amor familiar están mediatizados por el interés. No hemos de engañarnos. El camino de la gratuidad es casi siempre duro y difícil. Es necesario aprender cosas como estas: dar sin esperar mucho, perdonar sin apenas exigir, ser más pacientes con las personas poco agradables, ayudar pensando solo en el bien del otro.

Siempre es posible recortar un poco nuestros intereses, renunciar de vez en cuando a pequeñas ventajas, poner alegría en la vida del que vive necesitado, regalar algo de nuestro tiempo sin reservarlo siempre para nosotros, colaborar en pequeños servicios gratuitos.

Jesús se atreve a decir al fariseo que lo ha invitado: «Dichoso tú si no pueden pagarte». Esta bienaventuranza ha quedado tan olvidada que muchos cristianos no han oído hablar nunca de ella. Sin embargo, contiene un mensaje muy querido para Jesús:

«Dichosos los que viven para los demás sin recibir recompensa.
El Padre del cielo los recompensará».

José Antonio Pagola

 

Comentario al Domingo 28 de agosto de 2016, 22º T.O.

SERVICIOS KOINONIA

Lucas 14, 1. 7-14

El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido

Lectura del santo evangelio según san Lucas 14, 1. 7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste.»

Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.»

Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.

Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.

Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

COMENTARIO AL EVANGELIO:

Es humano el afán de ser, de situarse, de sentir querer estar sobre los demás. Parece tan natural convivir con este deseo que lo contrario se etiqueta en nuestra sociedad de “idiotez”. Quien no aspira a más, quien no se sitúa por encima de los demás, quien no se sobrevalora, es tachado a veces de “tonto” en este mundo tan competitivo.

En nuestra sociedad hay un complejo sistema de normas de protocolo por las que cada uno se debe situar en ella según su valía. En los actos públicos, las autoridades civiles o religiosas ocupan uno u otro lugar según escalafón, observando una rigurosa jerarquía en los puestos. Se está ya tan acostumbrado a tales reglas, que parece normal este comportamiento jerarquizado.

Jesús acaba con este tipo de protocolo, invitando a la sensatez y al sentido común a sus seguidores. Es mejor, cuando se es invitado, no situarse en el primer puesto, sino en el último, hasta tanto venga el jefe de protocolo y coloque a cada uno en su lugar.

El consejo de Jesús debe convertirse en la práctica habitual del cristiano. El lugar del discípulo, del seguidor de Jesús es, por libre elección, el último puesto. Lección magistral del evangelio que no suele ponerse en práctica con frecuencia. No hay que darse postín; deben ser los demás quienes nos den la merecida importancia; lo contrario puede traer malas consecuencias. El cristiano no debe situarse nunca por propia voluntad en lugar preferente.

No sólo no darse importancia, sino actuar siempre desinteresadamente. Jesús denuncia la práctica de aquellos que invitan a quienes los invitan, del “do ut des”, del “te doy para que me des”, y anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos, gente a la que nadie invita, cuando se da un banquete; quien actúe así será dichoso, porque no tendrá recompensa humana, sino divina “cuando resuciten los justos”. Las palabras de Jesús son una invitación a la generosidad que no busca ser compensada, al desinterés, a celebrar la fiesta con quienes nadie la celebra y con aquellos de los que no se puede esperar nada. El cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Quien así actúa sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir.

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.

Quien esto hace, merece una bienaventuranza que viene a sumarse al catálogo de las ocho del sermón del monte: «Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Para Jesús adquiere el verdadero honor quien no se exalta a sí mismo sobre los demás, sino quien se abaja voluntariamente. Paradójicamente, se adquiere el verdadero honor no exaltándose a sí mismo sobre los demás, sino poniéndose el último a su servicio. La generosidad se debe compartir con los “pobres” que no pueden pagar con la misma moneda, porque no tienen nada. Honor y vergüenza adquieren en boca de Jesús un contenido diferente: el honor consiste en servir ocupando los últimos puestos y esto ya no es motivo de vergüenza sino señal verdadera de que se está ya dentro del grupo de los verdaderos seguidores de un Jesús que «no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos”.

Para llegar a Dios, los cristianos tienen que pasar por Jesús, verdadero camino para el Padre y el único sendero que debe practicar la comunidad cristiana. Él se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud cuando está impregnada de amor sin aspavientos ni deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que, como Jesús se propuso, no haya quienes estén arriba y abajo. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: http://www.radialistas.net/category/un-tal-jesus

 

 

 

SI «ALGUIEN» QUIERE PASAR, LA PUERTA SE CIERRA; Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
RELIGIÓN DIGITAL

Lc 13, 22-30

El texto nos recuerda una vez más, que Jesús va de camino hacia Jerusalén, que será su meta. Sigue Lc con la acumulación de dichos sin mucha conexión entre sí, pero todos tienen como objetivo ir instruyendo a los discípulos sobre el seguimiento de Jesús. Jesús no responde a la pregunta, porque está mal planteada. La salvación no es una línea que hay que cruzar, es un proceso de descentración del yo, que hay que tratar de llevar lo más lejos posible. Trataremos de adivinar por qué no responde a la pregunta y lo que quiere decirnos.

No es fácil concretar en que consiste esa salvación de la que se habla en los evangelios. Ya entonces, pero sobre todo hoy, tenemos infinidad de ofertas de salvación. El concepto hace referencia, en primer lugar, a la liberación de un peligro o de una situación desesperada. El médico está todos los días curando en el hospital, pero se dice que ha salvado a uno, cuando estando en peligro de muerte ha evitado ese final. Aplicar este concepto a la vida espiritual puede despistarnos. El mayor peligro para una trayectoria espiritual es dejar de progresar, no que se encuentren obstáculos en el camino. La salvación no sería librarme de algo sino desplegar un máximo de plenitud humana durante toda la existencia.

¿Serán muchos los que se salvan? Podíamos hacernos infinidad de preguntas sobre la salvación. De hecho ha habido discusiones teológicas interminables sobre el tema. Podíamos preguntarnos: ¿Para cuándo la salvación?¿Salvación aquí o en el más allá? ¿Salvación material o salvación espiritual? ¿Quién nos salva?¿Nos salva Dios? ¿Nos salva Jesús? ¿Nos salvamos nosotros? ¿Salvan las obras o la fe? ¿Salva la religión? ¿Salvan los sacramentos? ¿Salva la oración, la limosna o el ayuno? ¿Nos salva la Escritura? ¿Cómo es esa salvación?¿Salvación material o salvación espiritual? ¿Salvación individual o comunitaria? ¿Es la misma para todos? ¿Se puede conocer antes de alcanzarla? ¿Podemos saber si estamos salvados?

Resulta que es inútil toda respuesta, porque las preguntas están mal planteadas. Todas dan por supuesto que hay un yo que está perdido y debe ser salvado. Debemos darnos cuenta de que la salvación no es alcanzar la seguridad para mi yo individual, sino que consiste en superar toda idea de individualidad. La religión ha fallado al proponer la salvación del falso yo que es el anhelo más hondo de todo ser humano, sino en descubrir nuestro verdadero ser y vivir desde él la armonía y unidad con todos los demás seres.

En realidad todos se salvan de alguna manera, porque todo ser humano despliega algo de esa humanidad por muy mínimo que sea ese progreso. Y nadie alcanza la plenitud de salvación porque por muchos que sean los logros de una vida humana, siempre podría haber avanzado un poco más en el despliegue de su humanidad. Todos estamos, a la vez, salvados y necesitados de salvación. Esta idea nos desconcierta, porque lo único que nos tranquiliza de verdad es la seguridad de alcanzarla o de estar ya salvados.

Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Esta frase nos puede iluminar sobre el tema que estamos tratando. Pero la hemos entendido mal y nos ha metido por un callejón sin salida. El esfuerzo no debe ir encaminado a potenciar un yo para asegurar su permanencia incluso en el más allá. No tiene mucho sentido que esperemos una salvación para cuando dejemos de ser auténticos seres humanos, es decir para después de morir.

Otra trampa en la que todos caemos es la creencia generalizada de que la salvación consiste en la liberación de todo aquello que percibo como carencia, es decir, que alguien me saque de las limitaciones que no acepto porque no asumo mi condición de criatura y por lo tanto limitada. Esas limitaciones no son fallos del creador, ni accidentes desagradables, sino que forman parte esencial de mi ser. La salvación tiene que consistir en alcanzar una plenitud sin pretender dejar de ser criatura y limitada. Esto exige la aceptación de mis limitaciones y una renuncia a ser perfecto. La verdadera salvación es posible a pesar de mis carencias porque se tiene que dar en otro plano, que no exige la eliminación de mis imperfecciones.

Ni el sufrimiento ni la enfermedad ni la misma muerte pueden restar un ápice a mi condición de ser humano. Mi plenitud la tengo que conseguir con esas limitaciones, no cuando me las quiten. Lo que se puede añadir o quitar pertenece siempre al orden de las cualidades, no es lo esencial. Pensar que la creación le salió mal a Dios y ahora solo Él puede corregirla y hacer un ser humano perfecto es una aberración que nos ha hecho mucho daño. La salvación no puede consistir en cambiar mi condición de ser humano por otro modo de existencia.

Para tomar conciencia de dónde tenemos que poner el esfuerzo es imprescindible entender bien el aserto. Debemos desechar la idea de un umbral que debemos superar. No debemos hacer hincapié en la puerta, sino en el que debe atravesarla. No es que la puerta sea estrecha, es que se cierra automáticamente en cuanto alguien pretende atravesarla. Solo cuando tomemos conciencia de que somos nadie, se abrirá de par en par. Mientras no captes bien esta idea, estarás dando palos de ciego en orden a tu verdadera salvación.

No estamos aquí para salvar nuestro yo, sino para desprendernos de él hasta que no quede ni rastro de lo que creíamos ser. Cuando mi falso ser se esfume, quedará de mí lo que soy de verdad y entonces estaré ya al otro lado de la puerta sin darme cuenta. Cuando pretendo estar seguro de mi salvación o cuando pretendo que los demás vean mi perfección en realidad estoy alejándome de mi verdadero ser y enzarzándome en mi propio ego.

En realidad no estamos aquí para salvarnos sino para perdernos en beneficio de todos. El domingo pasado decía Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¿qué más puedo pedir si ya está ardiendo? Todo lo creado tiene que transformarse en luz, y la única manera de conseguirlo es ardiendo. El fuego destruye todo lo que no tiene valor, pero de esa manera purifica lo que vale de veras. Este es el proceso: consumir todo lo que hay en mí de ego y potenciar lo que hay de verdadero ser.

Somos como la vela que está hecha para iluminar consumiéndose; mientras esté apagada y mantenga su identidad de vela será un trasto inútil. En el momento que le prendo fuego y empieza a consumirse se va convirtiendo en luz y da sentido a su existencia. Cuando nos pasamos la vida adornando y engalanando nuestra vela; cuando incluso le pedimos a Dios que, ya que es tan bonita, la guarde junto a Él para toda la eternidad, estamos renunciando al verdadero sentido de una vida humana, que es arder, consumirse para iluminar a los demás.

No sé quienes sois. Toda la parafernalia religiosa que hemos desarrollado durante dos mil años no servirá de nada si no me ha llevado a desprenderme del ego. El yo más peligroso para alcanzar una verdadera salvación es el yo religioso. Me asusta la seguridad que tienen algunos cristianos de toda la vida en su conducta irreprochable. Como los fariseos, ha cumplido todas las normas de la religión. Han cumplido todo lo mandado, pero no han sido capaces de descubrir que en ese mismo instante, deben considerarse “siervos inútiles”.

Esta advertencia es mucho más seria de lo que parece. Pero no tenemos que esperar a un más allá para descubrir si hemos acertado o hemos fallado. El grado de salvación que hayamos conseguido se manifiesta en cada instante de nuestra vida por la calidad de nuestras relaciones con los demás. No se trata de prácticas ni de creencias, sino de humanidad manifestada con todos los hombres. Lo que creas hacer directamente por Dios no tiene ninguna importancia. Lo que haces cada día por los demás es lo que determina tu grado de plenitud humana, que es la verdadera salvación.

 

Meditación-contemplación

He venido a prender fuego a la tierra.
El fuego que Jesús trae, me tiene que consumir a mí.
Mi falso yo, sustentado en lo material,
tiene que consumirse para que surja el verdadero ser.
…………………

Todo lo que trabajemos para potenciar la individualidad,
será ir en dirección contraria a la verdadera meta.
Mientras más adornos y capisayos le coloque,
más lejos estaré de mi verdadera salvación.
……………………

Para que surja el oro de mi verdadera naturaleza,
tiene que arder la escoria de mi ego.
La luz que ya existe en el fondo de mi ser,
solo se manifestará cuando arda mi materialidad.
……………………

 

Fray Marcos