Evangelio del Domingo 9 de octubre de 2016, 28º Ordinario

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Lucas 17, 11-19

¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»

Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes.»

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»

Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

Después de un comentario tradicional, añadimos otro comentario crítico

Entre samaritanos y judíos –habitantes del centro y sur de Israel respectivamente- existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló también las creencias. «Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)», dice la Misná (Shab 8.10). La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo en su obraAntigüedades Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el monte Garitzín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea, y el pueblo necio que habita en Siquém (Samaría)”. La palabra «samaritano» constituía una grave injuria en boca de un judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de insulto: ¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?

Ésta era la situación en tiempos de Jesús, judío de nacimiento, cuando tiene lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13, 45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos de enfermedades curables de la piel.

Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes, cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese reinsertarse en la sociedad. Pero el relato evangélico no termina con la curación de los diez leprosos, pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para darle las gracias.

Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde Naamán, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se vio limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar de la infidelidad humana.

Lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando vio que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos, demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano -oficialmente heterodoxo, hereje, excomulgado, despreciado, marginado-, volvió a dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús; los otros quedaron descalificados.

Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo «los de dentro», los de la comunidad, «los católicos», o «los de la parroquia»… somos los que adoptamos los mejores comportamientos. Hay gente mucho mejor fuera de nuestros círculos, incluso en otras iglesias, y hasta en otras religiones, incluso entre quienes dicen que «no creen». En el evangelio de hoy es precisamente alguien venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes no supieron agradecer. Aprendamos la lección del samaritano.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 89 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Los leprosos de Jenín». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí:https://radialistas.net/article/89-los-leprosos-de-jenin Ahí se puede recoger el audio, el guión, y un comentario bíblico-teológico.

Añadimos un comentario crítico-teológico

Utilizar en la liturgia relatos bíblicos sobre la realización de milagros y, por tanto, tomarlos como plataforma sobre la que montar una reflexión cristiana que oriente nuestra vida actual, resulta problemático por varios conceptos. En primer lugar porque hoy dudamos seriamente de su veracidad histórica, incluso de la de muchos de los milagros atribuidos a Jesús. Pero también y sobre todo porque, aunque fueran muchos menos los milagros que los expertos bíblicos consideran «históricos», los milagros en sí mismos resultan incomprensibles para la mentalidad moderna posterior a Newton, en la que se abandona la visión precientífica de un mundo con un segundo piso superior desde el que los dioses vigilan e intervienen alterando el orden natural de las cosas. En la mentalidad moderna, los relatos religiosos sobre milagros tienen algo en común con la literatura de ficción.

Sólo simbólicamente -más allá pues o al margen de la historicidad o de la ficción- puede extraerse algún mensaje provechoso sobre el relato de la curación de Naamán (leyéndolo entero, no sólo el extracto que reproduce la liturgia de este domingo). Y otro tanto ocurre con el relato de hoy de la curación de los leprosos: fuera del valor ejemplarizante del agradecimiento precisamente del samaritano, poco nos aporta ver a Jesús haciendo ese tipo de milagros, que incluso nos lo alejan de la realidad de su entera y perfecta humanidad.

Lo cual sugiere lo que tantos están diciendo: ¿no es necesaria otra selección litúrgica de textos bíblicos en el actual ordenamiento del año litúrgico? Es cierto que la actual, que no tiene todavía cincuenta años, mejoró en mucho la anterior; pero los tiempos cambian -y nosotros con ellos-, y cunde la sensación de que la actual selección necesita una actualización importante. No se tratará sólo de seleccionar textos bíblicos mejores, sino de ampliar los criterios de selección (¿sólo textos bíblicos?), de superar la uniformidad obligatoria (¿todas las comunidades en la Iglesia cada domingo y cada día con los mismos textos?), de utilizar inteligentemente la liturgia también como vehículo de formación (con una ordenación sistemática que permita un itinerario formativo teológico, por ejemplo), de abrir la posibilidad de una liturgia experimental con símbolos y lenguajes nuevos (para los muchísimos, sobre todo jóvenes, que ya no tienen la mínima tolerancia a la simbología litúrgica actual), de abrir la posibilidad al enriquecimiento inter-religioso de formas de cultivo de la espiritualidad (una liturgia con más silencio, con menos palabra, con menos ideas, sin homilías reganoñas, dando paso a otros tipos de gestos)…

Si nadie lo dice, si nadie da voz al malestar que se percibe al respecto, seguiremos indefinidamente como estamos. Nosotros queremos decirlo. Por lo menos decirlo. Además, ¿no ha invitado el papa Francisco a los jóvenes a que «hagan lío» en la sociedad y en la Iglesia… En todo caso, una forma de colaborar a hacerlo saber a quien corresponde, es la de tomarse la libertad de cambiarlos, allá donde las condiciones de la comunidad lo permiten y hasta lo aconsejan. El ordenamiento litúrgico de los textos, no es -ni de lejos- un dogma de fe, y supuesta la pervivencia de un ordenamiento oficial universal, debiera ser facultativa la posibilidad de acomodarlo en las comunidades locales que quieran aprovecharlo pastoralmente con inteligencia. Porque el ordenamiento litúrgico es para la comunidad, y no ésta para aquél.

¿Será que el papa Francisco ya ha pensado en que no hay por qué arrastrar por más tiempo esta situación? Tal vez él está demasiado ocupado con los problemas de la Curia… Pero no habría por qué perder más tiempo: una buena comisión de pastoralistas de mente abierta y práctica puede hacer excelentes propuestas. Cumplidos ya los 50 años de la liturgia re-ordenada por el Vaticano II, es el momento… no de cambiar, no de eliminar nada, sino de abrir una puerta a experiencias de grupos, comunidades y personas a quienes obviamente se les ha quedado demasiado chica la ordenación bíblico-litúrgica de hace 50 años…

 

 

«LA FE Y LAS OBRAS», Fray Marcos

FE ADULTA

Lc 17, 5-12

Sigue el evangelio con propuestas, aparentemente inconexas, pero Lc sigue un hilo conductor muy sutil. Hasta hoy nos había dicho, de diversas maneras, que no pongamos la confianza en las riquezas, en el poder, en el lujo; pero hoy nos dice: no la pongas en tus “buenas obras” ni en la religión. Confía solamente en “Dios”. Los que se pasan la vida acumulando méritos no confían en Dios sino en sí mismos. La salvación por puntos es lo más contrario al evangelio. Ésta era la actitud de los fariseos que Jesús criticó.

Los dos temas que nos propone hoy el evangelio están íntimamente conectados. Debemos confiar solamente en Dios y no en la obras. Es muy poco probable que los apóstoles hicieran esa petición a Jesús, porque presupone la conciencia de divinidad en Jesús, que solo después de la experiencia pascual alcanzaron. Lo importante es la respuesta de Jesús con el ejemplo de la higuera trasplantada. Esta imagen sí puede remontarse al mismo Jesús, porque otros evangelistas, en otros contextos también la relatan con el mismo mensaje, aunque sustituyendo la higuera por la montaña.

La parábola del simple siervo cuya única obligación es hacer lo mandado sin mérito alguno, está en la línea de la crítica a los fariseos por confiar en el cumplimiento de la Ley como único camino de salvación. Se trata del eterno problema de la fe o las obras. Y es curioso que se haya planteado tan pronto en el cristianismo. ¡Cuántos problemas nos hubiéramos evitado si no hubiéramos olvidado el evangelio! Ni Dios tiene que aumentarnos la fe, ni somos unos siervos inútiles. Descubrir lo que realmente somos sería la clave para una verdadera confianza en Dios, en la vida, en la persona humana…

Jesús no responde directamente a los apóstoles. Quiere dar a entender que la petición –auméntanos la fe– no está bien planteada. No se trata de cantidad, sino de autenticidad. Jesús no les podía aumentar la fe, porque aún no la tenían ni en la más mínima expresión. La fe no se puede aumentar desde fuera, tiene que crecer desde dentro como el grano de mostaza. A pesar de ello, en la mayoría de las homilías que he leído antes de elaborar ésta, se termina pidiendo a Dios que nos aumente la fe. Efectivamente, podemos decir que la fe es un don de Dios, pero un don que ya ha dado a todo el mundo; viendo cada una de sus criaturas, podemos descubrir lo que Dios está haciendo en ellas en cada momento.

Recuerda que al hablar de la fe en “Dios” lo puse entre comillas. Durante mucho tiempo se interpretó la respuesta de Jesús como una promesa de poderes mágicos para hacer obras portentosas. La imagen de la morera trasplantada en el mar es absurda. Con esta hipérbole, lo que nos está diciendo el evangelio, es que toda la fuerza de Dios está ya en cada uno de nosotros. El que tiene confianza, podrá desplegar toda esa energía. Lo contrario de la fe, es la idolatría. El ídolo es un resultado automático del miedo. Necesitamos el ser superior que me saque las castañas del fuego y en quien poder confiar cuando no puedo confiar en mí mismo. Pero del mismo modo que Dios no anda por ahí haciendo el ridículo con milagritos, tampoco a nosotros debemos utilizar a Dios para cambiar la realidad que no nos gusta.

La fe no es un acto ni una serie de actos, sino una actitud personal fundamental y total que imprime una dirección definitiva a la existencia. Confiar en lo que realmente soy me da una libertad de movimiento para desplegar todas mis posibilidades humanas. Nuestra fe sigue siendo infantil e inmadura, por eso no tiene nada que ver con lo que nos propone el evangelio. La mayoría de los cristianos no quieren madurar en la fe por miedo a las exigencias que esto conllevaría. La fe es una vivencia de Dios, por eso no tiene nada que ver con la cantidad. El grano de mostaza, aunque diminuto, contiene vida exactamente igual que la mayor de las semillas. Esa vida, es lo que de verdad importa.

Tanto a nivel religioso como civil, cada vez se tiene menos confianza en la persona humana. Todo está reglamentado, mandado o prohibido que es más fácil que ayudar a madurar a la persona para que actúe por convicción desde dentro. Estamos convirtiendo el globo terráqueo en un inmenso campo de concentración. No se educa a los niños para que sean ellos mismos, sino para que respondan automáticamente a los estímulos que les llegan desde fuera. Todos los poderes están encantados, porque esa indefensión les garantiza un total control sobre la población. Lo difícil es educar para que cada individuo sea él mismo y sepa responder personalmente ante todas las propuestas de salvación que le llegan.

Para la mayoría de los cristianos, creer es asentimiento a una serie de verdades teóricas, que no podemos comprender. Esa idea de fe, como conjunto de doctrinas, es completamen­te extraña tanto al Antiguo Testamento como al Nuevo. En la Biblia, fe es equivalente a confianza en una persona. Pero incluso esta confianza se entendería mal si no añadimos que tiene que ir acompañada de la fidelidad. La fe-confianza bíblica supone la fe, supone laesperanza y supone el amor. Esa fe nos salvaría de verdad. Esa fe no se consigue con propagandas ni imposiciones porque nace de lo más hondo de cada ser humano.

No se trata de esperar que Dios nos salve de las limitaciones, sino de encontrar a Dios y su salvación a pesar de ellas. Esa confianza no la debemos proyectar sobre una Persona que está fuera de nosotros y del mundo. Debemos confiar en un Dios que está y forma parte de la creación y por lo tanto de nosotros mismos. Creer en Dios es apostar por la creación, es confiar en el hombre. Es estar construyendo la realidad material, y no destruyéndola, es estar por la vida y no por la muerte. Es estar por el amor y no por el odio, por la unidad y no por la división. Tratemos de descubrir por qué tantos que no «creen» nos dan sopas con honda en la lucha por defender la naturaleza, la vida y al hombre.

Superada la idea de la fe como creencia, y aceptado que es confianza en…, nos queda mucho camino por andar para una recta comprensión del término. La fe que nos pide el evangelio no es la confianza en un señor poderoso por encima y fuera del mundo, que nos puede sacar las castañas del fuego. Se trata más bien, de la confianza en el Dios inseparable de cada criatura, que las atraviesa y las sostiene en el ser. El ser humano puede experimentar esa presencia como personal. En el resto de la creación se manifiesta como una energía que potencia y especifica cada ser en sus posibilidades. Creer en Dios es confiar en las posibilidades de cada criatura para alcanzar su plenitud propia. Creer en Dios es confiar en el hombre y en sus posibilidades de alcanzar su plenitud humana.

La mini parábola del simple siervo nos tiene que llevar a una profunda reflexión. No quiere decir que tenemos que sentirnos siervos y menos aún, inútiles sino todo lo contrario. Nos advierte que la relación con Dios como si fuésemos esclavos suyos, nos deteriora y deshumaniza. Es una crítica a la relación del pueblo judío con Dios que estaba basada en el estricto cumplimiento de la Ley, y en la creencia de que ese cumplimiento les salvaba. La parábola es un alegato contra la actitud farisaica que planteaba la relación con Dios como del esclavo frente a su señor. Si ellos cumplían, Dios estaba obligado a cumplir.

Hoy disponemos de una imagen que nos puede aclarar las ideas y que el evangelio no pudo utilizar. Sería ridículo ponerse a discutir si es más importante el generador o la lámpara, antes de conectarla para disponer de la luz. El generador de corriente eléctrica sería inútil sin la terminal que la transforma. La lámpara o el motor sería inútil si no disponemos de energía. Lo que da sentido a las dos realidades es la conexión. La imprescindible conexión entre Dios y las obras es la fe-confianza. Cada uno de nosotros debemos ser red y lámpara que transforme la energía divina en las obras que la hacen visible.

Meditación-contemplación

Si la confianza no es absoluta y total, no es confianza.
El mayor enemigo de la fe-confianza son las creencias,
porque exigen la confianza en ellas mismas,
y así asesinan la posibilidad de anclar tu ser en Dios.
…………………

Tener fe no es esperar que las cosas cambien.
Tener fe es encontrar a Dios en las peores circunstancias.
Tener fe es ser capaz de bajar lo suficiente al fondo de mí mismo,
para anular el efecto negativo de cualquier limitación.
………………………

Descubrir lo que es Dios es confiar absolutamente.
Es descubrir mi propio ser y también el ser de los demás.
Es valorar la Vida más allá de sus límites.
Es desplegar lo más genuino de mí, conectado con Dios.
………………..

Fray Marcos

 

 

Urteko 27. igandea – Domingo 27 T.O., José A. Pagola

– C (Lukas 17,5-10)

Evangelio del 02/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

HANDITU, JAUNA, GURE FEDEA

Era latzean, bizi ez biziko eskari hau egin diote ikasleek Jesusi: «Handitu, Jauna, gure fedea». Beste batean esan zioten: «Erakutsi guri otoitz egiten». Jainkoaren egitasmoa eta gomendatu nahi dien egitekoa Jesusek erakutsi ahala, ikasleak jabetu dira ez dutela nahikoa txikitatik bizi duten fede hura haren deiari erantzun ahal izateko. Fede adoretsuagoa eta indartsuagoa behar dute.

Hogei mende baino gehiago dira. Historian barna, Jesusen ikasleek Ebanjelioarekiko leialtasun-urteak bizi izan dituzte, baita desleialtasun-urte ilunak ere. Fede jatorreko aldiak eta baita krisialdikoak eta duda-mudazkoak. Ez ote gara gu ere Jaunari eskatu beharrean gure fedea handitu dezan?

Jauna, handitu gure fedea
Erakutsi guri fedea ez datzala zerbait sinestean, baizik zugan, Jainkoaren seme gizon egin horrengan, sinestean, gure barrua zure Espirituari irekitzeko, zure Hitzak atzeman gaitzan uzteko, zure biziera bizitzen ikasteko eta zure urratsei hurbiletik jarraitzeko. Zu bakarrik zara «gure fedearen hasiera eta betetzailea».

Jauna, handitu gure fedea
Emaguzu erdigunetzat funtsezkoa izango duen fedea, zure Ebanjelioaren muinetik urruntzen gaituzten eranskinetatik eta adabaki gehigarrietatik garbitua. Erakuts iezaguzu aldi honetan fedea bizitzen, ez kanpoko euskarrietan sostengatua, baizik zure presentzia bizia geure bihotzean eta geure elkarte fededunetan biziz.

Jauna, handitu gure fedea
Egizu izan ditzagula zurekin bizi-harremanak era sakonagoan, jakinik zu zaitugula, gure Maisu eta Jaun hori, Elizan dugun guztietan lehenengoa, hoberena, baliotsuena eta erakargarriena. Emaguzu fede kutsagarria, kristautasunaren aro berri batera bidera gaitzakeena, zure Espirituari eta zure ibilbideari leialagoa den kristautasunera.

Jauna, handitu gure fedea
Biziaraz gaitzazu Jainkoaren erreinuko zure egitasmoarekin bat eginez, zinez eta konbentzimenduz parte hartuz, bizitza gizatarrago egiteko, Aitak nahi bezala. Lagundu gaitzazu geure fedea apal bizi dezagun, Jainkoarekiko suaz eta gizakiarekiko errukiaz.

Jauna, handitu gure fedea
Erakuts iezaguzu bizitza era ebanjelikoagoan bizitzen, kristautasun urardotua bizitzera mugatu gabe, gatza gezatu gabe eta Elizak modu harrigarrian bere legamia-izaera galdu gabe. Iratzar ezazu gure artean lekukoen eta profeten fedea.

Jauna, handitu gure fedea
Ez gaitzazu erotzen utzi gurutzerik gabeko kristautasun batean. Erakuts iezaguzu aurkitzen fedea ez datzala komeni zaigun Jainkoagan sinesten, baizik gure erantzukizuna sendotzen eta maitatzeko gure ahalmena garatzen duen hartan. Erakuts iezaguzu zuri jarraitzen egunean eguneko gurutzea hartuz.

Jauna, handitu gure fedea
Suma zaitzagula gure artean pizturik, gure bizitza eraberrituz eta gure elkarteak arnastuz.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

27 Tiempo ordinario

– C (Lucas 17,5-10)

Evangelio del 02/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

AUMÉNTANOS LA FE

De manera abrupta, los discípulos le hacen a Jesús una petición vital: «Auméntanos la fe». En otra ocasión le habían pedido: «Enséñanos a orar». A medida que Jesús les descubre el proyecto de Dios y la tarea que les quiere encomendar, los discípulos sienten que no les basta la fe que viven desde niños para responder a su llamada. Necesitan una fe más robusta y vigorosa.

Han pasado más de veinte siglos. A lo largo de la historia, los seguidores de Jesús han vivido años de fidelidad al Evangelio y horas oscuras de deslealtad. Tiempos de fe recia y también de crisis e incertidumbre. ¿No necesitamos pedir de nuevo al Señor que aumente nuestra fe?

Señor, auméntanos la fe
Enséñanos que la fe no consiste en creer algo sino en creer en ti, Hijo encarnado de Dios, para abrirnos a tu Espíritu, dejarnos alcanzar por tu Palabra, aprender a vivir con tu estilo de vida y seguir de cerca tus pasos. Solo tú eres quien «inicia y consuma nuestra fe».

Auméntanos la fe
Danos una fe centrada en lo esencial, purificada de adherencias y añadidos postizos, que nos alejan del núcleo de tu Evangelio. Enséñanos a vivir en estos tiempos una fe, no fundada en apoyos externos, sino en tu presencia viva en nuestros corazones y en nuestras comunidades creyentes.

Auméntanos la fe
Haznos vivir una relación más vital contigo, sabiendo que tú, nuestro Maestro y Señor, eres lo primero, lo mejor, lo más valioso y atractivo que tenemos en la Iglesia. Danos una fe contagiosa que nos oriente hacia una fase nueva de cristianismo, más fiel a tu Espíritu y tu trayectoria.

Auméntanos la fe
Haznos vivir identificados con tu proyecto del reino de Dios, colaborando con realismo y convicción en hacer la vida más humana, como quiere el Padre. Ayúdanos a vivir humildemente nuestra fe con pasión por Dios y compasión por el ser humano.

Auméntanos la fe
Enséñanos a vivir convirtiéndonos a una vida más evangélica, sin resignarnos a un cristianismo rebajado donde la sal se va volviendo sosa y donde la Iglesia va perdiendo extrañamente su cualidad de fermento. Despierta entre nosotros la fe de los testigos y los profetas.

Auméntanos la fe
No nos dejes caer en un cristianismo sin cruz. Enséñanos a descubrir que la fe no consiste en creer en el Dios que nos conviene sino en aquel que fortalece nuestra responsabilidad y desarrolla nuestra capacidad de amar. Enséñanos a seguirte tomando nuestra cruz cada día.

Auméntanos la fe
Que te experimentemos resucitado en medio de nosotros renovando nuestras vidas y alentando nuestras comunidades.

José Antonio Pagola

 

 

Evangelio del domingo 2 de octubre de 2016: 27º Ordinario

Lucas 17, 5-10
SERVICIOS KOINONIA

¡Si tuvierais fe … !

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar.» Y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis: ‘Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»»

COMENTARIO AL EVANGELIO:

En el texto de Lucas vemos a los discípulos, conscientes de su poca fe, de su incapacidad para dar su adhesión plena a Jesús y a su mensaje. Por eso le piden que les aumente la fe. Jesús constata en realidad que tienen una fe más pequeña que un grano de mostaza, semilla del tamaño de una cabeza de alfiler. No dan ni siquiera el mínimo, pues con tan mínima cantidad de fe bastaría para hacer lo imposible: arrancar de cuajo con sólo una orden una morera y tirarla al mar. Este mínimo de fe es suficiente para poner a disposición del discípulo la potencia de Dios.

Miro a mi alrededor y pienso que algo no funciona. Tantos cristianos, tantos católicos, tantos colegios religiosos… Y me pregunto: ¿Cuántos creyentes? ¿Tienen fe los cristianos, los sacerdotes y religiosos, los obispos? ¿Tenemos fe? ¿O tenemos una serie de creencias, un largo y complicado credo que recitamos de memoria y que poco atañe a nuestras vidas?

Las palabras de Jesús siguen resonando hoy. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza…” O lo que es igual: si siguierais mi camino, si vivierais según el Evangelio… tendríais la fuerza de Dios para cambiar el sistema.

Sigo mirando a mi alrededor y veo una Iglesia apegada a sus privilegios, que se codea con los poderes fácticos, que depende en muchos países económicamente del Estado, capaz de echarle un pulso al poder político y vencer, identificada con frecuencia con la derecha o el centro, defensora a ultranza de su estatuto de religión verdadera y prioritaria.

Me vuelvo al evangelio y releo sus páginas: “Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, que Dios será tu riqueza, y anda sígueme a mí” (Lc 18,22). “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir” (Lc 12,22). “Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven y el que dirige al que sirve” (Lc 22,25-26).

Pobres, libres, sin seguridades, sin poder, como Jesús. Sólo tiene fe quien se adhiere a este estilo de vida evangélico. Quien no, tiene creencias, que para casi nada sirven. Y así no se puede cambiar ni el sistema religioso ni siquiera el mundano.

Tal vez tengamos que reconocer que somos “siervos inútiles”, pues no andamos en el sistema de la fe, sino en el del cumplimiento de las obras de la ley, como los fariseos, que, al final, de su trabajo tienen que considerarse “siervos inútiles”, pero no “hijos de Dios” que es a lo que estamos llamados a ser, como ciudadanos del Reino que todos anhelamos.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/category/un-tal-jesus

 

«EPULÓN Y LÁZARO», Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Lc 16, 19-31

Por última vez, después de una insistencia machacona, nos habla Lc de la riqueza. Yo también tengo claro que en materia de riqueza no haremos caso ni aunque resucite un muerto. La parábola va dirigida a los fariseos. Acaba de decir el evangelista: “Oyeron esto (no podéis servir a dos amos) los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él”. Jesús apoyándose en las creencias que ellos aceptaban, quiere hacerles ver que, si de verdad creyeran lo que predican, no estarían tan pegados a las riquezas.

Esta parábola es clave para entender algo de lo mucho que nos dice el evangelio sobre las riquezas. No se puede hablar de ellas en abstracto y la parábola nos obliga a pisar tierra. El rico no tiene en cuenta al pobre y sin esa toma de conciencia nada tiene sentido. Lo único negativo del relato es que, mal interpretada, nos ha permitido utilizarla como opio para el pobre. Aguanta un poco, hombre, que aunque te parezca que el rico disfruta, espera al más allá y le verás freírse en el infierno, mientras tú encontrarás la dicha más completa.

Esta parábola nos dice lo mismo que (Mt 25,34-46) “Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber…” Las dos hay que entenderlas dentro de una visión mitológica del más allá: premio y el castigo más allá, como solución de las injusticias del más acá. Utilizar estos textos para seguir hablando de un premio para los pobres y un castigo para los ricos en el más allá, no tiene sentido alguno; a no ser que se busque la resignación de los pobres para que no se revelen contra la injusticia y poder así seguir disfrutando los ricos de sus privilegios.

Para comprender por qué el rico, que comía y vestía de lo suyo, es lanzado al “hades”, debemos explicar el concepto de rico y pobre en la Biblia. Para nosotros “rico” y “pobre” son conceptos que hacen referencia a una situación social. Rico es el que tiene más de lo necesario para vivir y puede acumular bienes. Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir y pasa necesidades vitales. En el AT la perspectiva es siempre religiosa. Fueron los profetas, sobre todo Amós, los que levantaron la liebre y denunciaron la maldad de la riqueza. Su razonamiento es simple: la riqueza se amasa siempre a costa del pobre.

Pobres, en el AT, sobre todo a partir del destierro, eran aquellos que no tenían otro valedor que Dios. Se trataba de los desheredados de este mundo, que no tenía nada en qué apoyar su existencia; no tenían a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. Esta confianza era lo que les hacía agradables a Dios, que no les podía fallar (Lázaro, -´el´azar en hebreo- significa Dios ayuda). No existe en el AT concepto puramente sociológico de rico y pobre, porque nada se podía desligar del aspecto religioso.

Ahora comprenderéis por qué el evangelio da por supuesto que las riquezas son malas sin más matizaciones. No se dice que fueran adquiridas injustamente ni que el rico hiciera mal uso de ellas, simplemente las utilizaba a su antojo. Si Lázaro no hubiera estado a la puerta, no habría nada que objetar. Pero es precisamente el pobre, el que con su sola presencia, llena de maldad el lujo y los banquetes del rico. Tampoco Lázaro se propone como ejemplo moral de pobre, sino como contrapunto a la opulencia del rico.

Para comprender que no es fácil descubrir el verdadero sentido del evangelio, basta ver el comportamiento de Jesús. Sin duda ninguna, Jesús manifiesta una predilección por todos los que necesitaban liberación, entre ellos los pobres; pero también admitió la visita de Nicodemo, era amigo de Lázaro, aceptó la invitación de Mateo, acogió con simpatía a Zaqueo, fue a comer a casa de un fariseo rico, etc. No es fácil descubrir las motivaciones profundas de la manera de actuar de Jesús. Jesús descubrió que la riqueza acumulada y no compartida, impide entrar en el Reino de los cielos; así lo predicó sin contemplaciones. Pero su actitud no fue excluyente, sino abierta y de acogida para con los ricos.

El mensaje del evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa actitud religiosa. Una correcta actitud religiosa solucionaría la injusticia social. El evangelio está a años luz del capitalismo, pero también del comunismo. Jesús predica el “Reino de Dios”, que consiste en hacer de todos los hombres una comunidad de hermanos. La diferencia es sutil, pero sustancial. El comunismo reparte los bienes, pero mantiene al pobre en su pobreza para seguir justificándose. Jesús propone compartir como fruto del amor que nos une. La consecuencia sería la misma, que los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo, pero el camino recorrido humanizaría tanto al rico como al pobre.

Seguramente que el rico de hoy hacía favores e invitaría a comer a sus hermanos y a los amigos ricos como él. Esa actitud no garantiza humanidad alguna. Elamor cristiano solo está garantizado cuando hago algo por aquel que no va a poder pagármelo de ninguna manera. El amor que pide Jesús nunca se puede desligar de la compasión. Amor sin compasión es interés. Un niño no tiene compasión por su madre, por eso lo que siente por ella no es “amor” sino interés radical, porque en ello le va la vida. La inmensa mayoría de las relaciones que calificamos como amor, no superan el listón del interés egoísta.

Ahora podemos entender por qué refugiarse en la incapacidad de cada uno para solucionar el hambre del mundo no puede ser excusa para no hacer nada. Vuelvo a recordarlo, la denuncia no es de un problema social, sino religioso. Nuestra pasividad está demostrando que la religión no es más que una tapadera que intenta sumar alguna seguridad espiritual a las seguridades materiales que nos tranquilizan. Jesús no te está pidiendo que soluciones el hambre del mundo, sino que salgas de tu error al confiar en la riqueza como salvación. No se te pide que salves el mundo, sino que te salves tú. Ahora bien, si los ricos dejásemos de acaparar bienes, inmediatamente llegarían a los pobres.

Me daría por satisfecho si todos nosotros saliéramos de aquí convencidos de que la pobreza no es un problema que alguien tiene que solucionar, sino un escándalo en el que todos participa­mos y del que tenemos la obligación de salir. No es suficiente que aceptemos teóricamente el planteamiento y nos dediquemos a criticar las injusticias que se están cometiendo hoy en el mundo. Es lo que hacemos todos. Se trata de descubrir que aunque yo esté dentro de la más estricta legalidad cuando acumulo bienes materiales, eso no garantiza que mi relación con los hombres, y por lo tanto con Dios, sea la correcta.

No basta con que los ricos sean despojados de su riqueza, porque los ahora pobres ocuparían inmediatamente su lugar. Eso ha pasado en todas las revoluciones sociales. La única solución es la que propone Jesús y pasa por superar todo egoísmo para hacer un mundo de hermanos. Es verdad que los ricos no se consideran hermanos de los pobres, pero no es menos cierto que los pobres tampoco se consideran hermanos de los ricos. El evangelio va mucho más allá de la solución de unas desigualdades sociales, pero también esas injusticias quedarían superadas con un verdadero amor-compasión.

No podemos desarrollar nuestra religiosidad sin contar con el pobre. Nuestra religión, olvidando el evangelio, ha desarrollado un individualismo absoluto. Lo que cada uno debe procurar es una relación intachable con Dios. La moral católica está encaminada a perfeccionar esta relación. Pecado es ofender a Dios y punto. El evangelio nos dice algo muy distinto. El único pecado que existe es olvidarse del hombre que me necesita. Mi grado de acercamiento a Dios es el grado de acercamiento al otro. Todo lo demás es idolatría.

Meditación-contemplación

“Tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen”.
No hay peor sordo que el que no quiere oír.
Los que han tenido una experiencia de humanidad, nos lo advierten;
Pero solo escuchamos las sirenas del hedonismo.
………………….

Intenta ir un poco más allá de los instintos.
Satisfacer las necesidades biológicas no es malo, pero es insuficiente.
Solo las exigencias de tu verdadero ser te llevarán a la plenitud.
No debes renunciar a nada sino elegir lo mejor para ti, aquí y ahora.
…………..

Abandona la perspectiva de un premio o de un castigo.
Dios te está dando siempre una posibilidad de plenitud.
No desarrollar esa potencialidad, es la verdadera condenación.
Tú solito estás malogrando tu existencia.
…………….

 

Fray Marcos

 

 

Urteko 26. igandea – 26 Tiempo ordinario, José A. Pagola

C (Lukas 16,19-31)

Evangelio del 25/Sept/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

EZKUSIARENIK EZ SUFRITZEN ARI DENARI – NO IGNORAR AL QUE SUFRE

Parabolako protagonista bien arteko kontrastea tragikoa da. Aberatsa purpuraz eta lihoz jantzia da. Haren bizitza guztia da luxu eta nabarmenkeria. «Egunero oparo jan-edatea» du bere amets guztia. Aberats honek ez du izenik, ez nortasun-agiririk. Ez da inor. Errukiz huts den haren bizitza porrota da. Ezin bizi daiteke bat jan-edateko soilik.

Haren etxe-atarian, han datza eskale bat goseak, zauriz beterik. Inork ez dio laguntzen. Soilik, txakur batzuk hurbiltzen zaizkio bere zauriak miazkatzera. Ez du ezer bererik, baina badu izen bat, esperantza-eroalea. «Lazaro» edo «Eliezer» du izena, «Ene Jainkoa laguntza da» esan nahi du.

Haien zoria errotik kanbiatu da heriotza-orduan. Aberatsari lur eman diote, segur aski handikiro, baina «Hadesera» edo «hildakoen erreinura» eramango dute. Lazaro ere hil da. Ez da aipatzen ere hileta-konturik, baina «aingeruek Abrahamen altzora eramango dute». Bere garaiko irudi herrikoiz, Jesusek gogoratzen digu ezen Jainkoak duela azken hitza aberatsen eta behartsuen gain.

Aberatsa ez dute juzkatzen esplotatzaile bezala. Ez da esaten Elkargotik urrun bizi izan den fedegabea dela. Soilki, pobreari ezikusia eginez, aberastasunez gozatu duena da. Han berean zegoen behartsua, baina aberatsak ez du ikusi nahi izan. Haren etxe-atarian zegoen, baina ez zaio hurbildu. Bere bizitzatik at utzi du behartsua. Axolagabe izatea: horra haren bekatua.

Behatzaileen arabera, handituz doa gure gizartean apatia, hau da, besteen sufrimenarekiko sentiberatasun-falta. Mila moldez saihesten dugu sufritzen ari den jendearekin zuzeneko harremanak izatea. Apurka, gero eta ezgaiago bihurtzen ari gara besteen nahigabea ikusteko.

Haur eskale bat geure aurrean ikustea gogaikarri izan ohi dugu. Adiskide batekin, gaixotasun terminalak joa den batekin, topo egiteak larritu egiten gaitu. Ez dugu asmatzen zer egin, ez zer esan. Hobe izaten dugu tarte bat luzatzea. Geure zereginetara ahalik lasterren itzultzea. Ez uztea erasan diezagun.

Hobe sufrimena urrunean gertatzen bada. Gizakia, miseria edo gaixotasuna datu, zenbaki eta estatistika bihurtzen ikasi dugu: errealitateaz informatzen gaitu, bai, baina gure bihotza doi-doi ukitzen duela. Badakigu, orobat, sufrimen izugarriak telebistan ikusten; baina pantaila hutseko sufrimena ez da hain erreala, ezta hain izugarria ere. Sufrimenak gure hurbilagoko bat jotzen duenean, mila eraz baliatzen gara geure bihotza anestesiatzeko.

Jesusi jarraitzen diona, aldiz, gero eta sentiberago bihurtzen da bidean sufritzen aurkitzen duenaren aurrean. Hurbildu egiten zaio premian dagoenari eta, bere esku badu, haren egoera arintzen ahalegintzen da.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

26 Tiempo ordinario – C (Lucas 16,19-31)

Evangelio del 25/Sept/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

NO IGNORAR AL QUE SUFRE

El contraste entre los dos protagonistas de la parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Solo piensa en «banquetear espléndidamente cada día». Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir solo para banquetear.

Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Solo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».

Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.

Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.

Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.

La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.

Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, a través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.

Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.

José Antonio Pagola

 

 

Domingo 25 de septiembre de 2016, 26º Ordinario

Servicios Koinonia

Lucas 16, 19-31

Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.

Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.

Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. «

Pero Abrahán le contestó: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.»

El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.»

Abrahán le dice: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.»

El rico contestó: «No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.

Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.»»

Leemos hoy una parábola del evangelio de Lucas. Se llamaba Lázaro (nombre derivado del hebreoel’azar que significa “Dios ayuda”), aunque en vida no gozó, al parecer, de la ayuda divina. Le tocó en desgracia ser mendigo, como a tantos millones de seres humanos hoy, estar postrado en el portal de la casa de un rico sin nombre, uno de tantos, al que tradicionalmente se le ha calificado de “epulón”, banqueteador.

Lázaro o “Dios ayuda” tenía en realidad pocas aspiraciones: se contentaba con llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico, las migajas de pan en las que los señores se limpiaban las manos a modo de servilletas. Pero ni siquiera esto pudo conseguirlo, pues nadie le hizo entrar a la sala del banquete. Para colmo, unos perros callejeros, animales considerados impuros y en estado semisalvaje, tan comunes en la antigüedad, se le acercaban para lamerle las llagas. Imposible mayor marginación: pobreza e impureza de la mano. Nada dice el evangelio de las creencias religiosas de este hombre, con razones sobradas para dudar seriamente de la reconocida compasión divina para con el pobre y el oprimido. Tal vez ni siquiera tuviese tiempo ni ganas de pararse a pensar en semejantes disquisiciones teológicas.

Tanto al rico como al pobre les llegó la hora de la muerte, a partir de la cual se cambiarían en el más allá las tornas, como pensaban los fariseos. Aunque, dicho sea de paso, con esto del “más allá”, quienes hacían de la religión baluarte de conservadurismo e inmovilismo han invitado mil veces a la resignación, tildada de “cristiana”, a la paciencia y al mantenimiento de situaciones injustas a los que las sufrían; en el más allá -se decía- Dios dará a cada uno su merecido. Aunque siempre cabe pensar: ¿y por qué no ya desde el más acá?

Para muchos predicadores, satisfechos con la imagen de un Dios que “premia a los buenos y castiga a los malos”, como el dios que profesaban los fariseos, la parábola terminaba en el más allá contemplando el triunfo del pobre y la caída del rico. Apenas se comentaba la última escena, clave importante para comprender su mensaje. De ser así, esta parábola sería una invitación a aceptar cada uno su situación, a resignarse, a cargar con su cruz, a no rebelarse contra la injusticia, a esperar un más allá en el que Dios arregle todos los desarreglos y desmesuras humanas. Entendido así, el mensaje evangélico se hermanaría con un conformismo a ultranza que ayuda a mantener el desorden establecido, la injusticia humana y las clases sociales enfrentadas.

Pero esta parábola no es una promesa para el futuro. Mira a la vida presente y va dirigida a los cinco hermanos del rico, que continuaban –después de la muerte de su hermano y de Lázaro– en la abundancia y el despilfarro. Por eso, el rico, alarmado por lo que espera a sus hermanos si siguen viviendo de espaldas a los pobres, pide a Abrahán que envíe a Lázaro a su casa, a sus hermanos, para que los prevenga, no sea que acaben en el mismo lugar de tormento. Para cambiar la situación en que viven sus hermanos, el rico epulón piensa que hace falta un milagro: que un muerto vaya a verlos. Crudo realismo de quien conoce la dinámica del dinero, que cierra el corazón humano a la evidencia de la palabra profética, al dolor y al sufrimiento del pobre, a la exigencia de justicia, al amor e incluso a la voz de Dios. El dinero deshumaniza. Me remito a la experiencia de cada uno.

Bien lo sabía el profeta Amós cuando amenazaba a los ricos que se acostaban en lechos de marfil, arrellanados en divanes y se daban a la gran vida entre comilonas, música, vino abundante y perfumes exquisitos, sin dolerse del sufrimiento de los pobres (Am 6,1a.4-7). Aquellos fingían devoción a Dios y veneración hacia la ciudad santa y el templo, creyendo de este modo contentar a Dios y quedar justificados. Pero el verdadero Dios no es amigo de una religión que separa el culto de la vida, el incienso de la práctica del amor al prójimo. Este Dios, según el libro del Deuteronomio, comparte suerte con el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero; con todos aquellos a quienes los poderosos les han arrebatado el derecho a una vida vivida con dignidad.

La parábola no puede tener más actualidad en este año 2016, año en que las estadísticas dicen que va a producirse un fenómeno estadístico importante: el 1% más rico de la población del mundo va a superar su propio récord patrimonial, que estaba en el 49% de la riqueza del mundo, y va a pasar a ser el 50%; ya se han hecho con la riqueza de medio mundo. El actual sistema mundial privilegia la desigualdad. El mundo actual no es bueno para los muchos Lázaros.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 37 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/article/37-el-grito-de-lazaro Ahí puede ser escuchado, y de ahí puede tomarse el guión, el audio, y un comentario bíblico-teológico.

 

 

SI NO APRENDO A SER MÁS CON MENOS, EL HEDONISMO FRUSTRARÁ MIS ANHELOS, Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Lc 16, 1-13

El capítulo 16 de Lucas comienza indicando que la parábola de administrador infiel va dirigida a los discípulos; pero al final de la narración dice: “estaban oyendo esto los fariseos que son amates del dinero”. Esta frase nos indica la falta de precisión a la hora de determinar los destinatarios de esta parábola y la del rico Epulón que leeremos el domingo que viene. Debemos tener en cuenta que a las primeras comunidades cristianas solo pertenecieron pobres. Solamente a principios del s. II se empezaron a incorporar personas importantes de la sociedad. Si los evangelios se hubieran escrito unos años más tarde, seguramente se hubiera matizado mucho más el lenguaje sobre las riquezas.

Para entrar en la comprensión de la parábola solo hace falta un poco de sentido común. Jesús hablaba para que le entendiera la gente sencilla. Hay explicaciones que me parecen demasiado rebuscadas. Por ejemplo: Que el administrador, cambiando los recibos, no defrauda al amo, sino que renuncia a su propia comisión. No parece verosímil que el administrador se embolsara el 50% de los recibos de su señor. Otra explicación que me parece demasiado alambicada es que el administrador hizo lo que tenía que hacer, es decir, ceder sus bienes a los que no pueden pagar su deuda. Entonces resulta que hace lo que debía hacer por su cuenta el dueño. Por eso es alabado el administrador. En este caso perderían sentido las sentencias finales del relato.

Seguramente Lc ya modifica el relato original, añadiendo el adjetivo de “injusto”, tanto para el administrador, como para el dinero. Este añadido dificulta la interpretación de la parábola. En primer lugar porque no se entiende que se alabe a un injusto. En segundo lugar, porque podemos devaluar el mensaje al pensar que se trata de desautorizar solo la riqueza conseguida injustamente. La riqueza injusta se descalifica por sí misma. En el relato, se trata de la riqueza que, aunque sea “justa”, puede convertirse en dios (ídolo).

Debemos evitar toda demagogia barata. Pero tampoco podemos ignorar el mensaje evangélico. En este tema, ni siquiera la teoría está muy clara. Hoy, menos que nunca, podemos responder con recetas a las exigencias del evangelio. Cada uno tiene que encontrar la manera de actuar con sagacidad para conseguir el mayor beneficio, no para su falso yo sino para su verdadero ser. Si somos sinceros, descubriremos que en nuestra vida, confiamos demasiado en las cosas externas, y demasiado poco en lo que realmente somos. Con frecuencia, servimos al dinero y nos servimos de Dios. Le llamamos Señor, pero el que manda de verdad es el dinero. Justo lo contrario de lo que nos pide Jesús.

Encontramos en los evangelios una diferencia notable con la tradición bíblica. Tanto en todo el AT como en tiempo de Jesús, las riquezas eran consideradas como un don de Dios. Solo los profetas arremeten contra la riqueza que se ha conseguido con injusticia. Este matiz desaparece en los evangelios y se considera la riqueza, sin más, contraria al Reino.

En las parábolas, no hay que tomar al pie de la letra cada uno de los detalles que se narran; hay que entrar en la intención del que la narra. Al contrario que la alegoría, en la parábola se trata de una sola enseñanza que hay que sacar del conjunto del relato. El relato nos obliga a sacar una moraleja que nos haga cambiar de actitud vital. Ésta en concreto, no está invitándome a ser injusto, sino a sentarme y echar cálculos, para elegir lo que de verdad sea mejor para mis auténticos intereses. El administrador calculador, trataba de conseguir ventajas materiales. A nosotros se nos invita a ser sagaces para sacar ventajas espirituales.

No hacen falta muchas cavilaciones para darse cuenta de que ponemos mucho más interés en los asuntos materiales que en los espirituales, no solo por el tiempo que les dedicamos, sino sobre todos por la intensidad de nuestra dedicación. Es lamentable que personas muy inteligentes y con varias carreras, tengan un nivel de conocimientos religiosos propios de un niño de primera comunión. En religión, lo único que se nos exigía era “creer”.

Los hijos de este mundo son más sagaces con su gente que los hijos de la luz. Esta frase explica el sentido de la parábola. No nos invita a imitar la injusticia que el administrador está cometiendo, sino a utilizar la astucia y prontitud con que actúa. Él fue sagaz, porque supo aprovecharse materialmente de la situación. A nosotros se nos pide ser sabios, para aprovecharnos de todo, en orden a una plenitud espiritual. Hoy la diferencia no está entre los hijos del mundo y los hijos de la luz. La diferencia está en la manera que todos los cristianos tenemos de tratar los asuntos mundanos y los asuntos religiosos.

No podéis servir a Dios y al dinero. No está bien traducido. El texto griego dice mamwna. Mammón era un dios cananeo, el dios dinero. No se trata, pues, de la oposición entre Dios y un objeto material, sino de la incompatibilidad entre dos dioses. No podemos pensar que todo el que tiene unos millones en el banco o tiene una finca, está ya condenado. Servir al dinero significaría que toda mi existencia esta orientada a los bienes materiales. Sería tener como objetivo de mi vida el hedonismo, es decir, buscar por encima de todo el placer sensorial y las seguridades que proporcionan las riquezas. Significaría que he puesto en el centro de mi vida, el falso yo y buscar la potenciación y seguridades de ese yo; todo lo que me permita estar por encima del otro y utilizarlo en beneficio propio.

Podemos dar un paso más. A Dios no le servimos para nada. Si algo dejó claro Jesús fue que Dios no quiere siervos sino personas libres. No se trata de doblegarse con sumisión externa, a lo que mande desde fuera un señor poderoso. Se trata de ser fiel al creador, respondiendo a las exigencias de mi ser, desplegando todas las posibilidades de ser. Servir a un dios externo que puede premiarme o castigarme, es idolatría y, en el fondo, egoísmo. Hoy podemos decir que no debemos servir a ningún “dios”. Al verdadero Dios solo se le puede servir, sirviendo al hombre. Aquí está la originalidad del mensaje cristiano. Donde las religiones verdaderas o falsas ponen “Dios”, Jesús pone “hombre”.

Es curioso que ni siquiera cuestionemos que lo que es legal puede no ser justo. Puesto que lo que tengo lo he conseguido legalmente, nadie me podrá convencer de que no es exclusivamente mío. Además, el dinero es injusto, no solo por la manera de conseguirlo, sino por la manera de gastarlo. Las leyes que rigen la economía, están hechas por los ricos para defender sus intereses. No pueden ser consideradas justas por parte de aquellos que están excluidos de los beneficios del progreso. Unas leyes económicas que potencian la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos, mientras grandes sectores de la población viven en la miseria e incluso mueren de hambre, no podemos considerarla justa.

Lo que nos dice el evangelio es una cosa obvia. Nuestra vida no puede tener dos fines últimos, solo podemos tener un “fin último”. Todos los demás objetivos tienen que ser penúltimos, es decir, orientados al último (haceros amigos con el dinero injusto). No se trata de rechazar esos fines intermedios, sino de orientarlos todos a la última meta. La meta debe ser “Dios”. Entre comillas por lo que decíamos más arriba. La meta es la plenitud, que para el hombre solo puede estar en lo trascendente, en lo divino que hay en él.

Ganaros amigos con el dinero injusto. Es una invitación a poner todo lo que tenemos al servicio de lo que vale de veras, nuestro verdadero ser, también la riqueza material que nos pertenece.Utilizamos con sabiduría el dinero injusto, cuando compartimos con el que pasa necesidad. Lo empleamos sagazmente, pero en contra nuestra, cuando acumulamos riquezas a costa de los demás. Nunca podremos actuar como dueños absolutos de lo que poseemos. Somos simples administradores. Hace poco tiempo oí a De Lapierre decir: Lo único que se conserva es lo que se da. Lo que no se da, se pierde.

Meditación-contemplación

No podéis servir al Dios de Jesús y al dios dinero
Jesús no dice que no “debéis”, sino que no “podéis”…
Es inútil que sigamos intentándolo.
Lo que “tenemos” debemos subordinarlo a lo que “somos”.
……………………

Todo lo que no potencie el ser, es secundario.
Lo único esencial es nuestro verdadero ser.
Lo material, lo biológico, debe ser el soporte de nuestra Vida espiritual;
no debemos rechazarlo como malo, sino utilizarlo bien.
………………………

Si el valor supremo para mí es el dinero o el poder,
mi corazón estará pegado a esas seguridades.
Si he descubierto el “tesoro” escondido en lo hondo de mi ser,
el resto quedará iluminado por su brillo.
…………………

 

Fray Marcos

 

 

Domingo 18 de septiembre de 2016, 25º Ordinario, Koinonia

Servicios Koinonia

Lucas 16, 1-13

No podéis servir a Dios y al dinero

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes.

Entonces lo llamó y le dijo: «¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.»

El administrador se puso a echar sus cálculos:

«¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. «

Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?»

Éste respondió: «Cien barriles de aceite.»

Él le dijo: «Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.»

Luego dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto debes?»

Él contestó: «Cien fanegas de trigo.»

Le dijo: «Aquí está tu recibo, escribe ochenta.»

Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.

Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.

El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado.

Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?

Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.»

Esta parábola –no siempre bien interpretada– va dirigida a los fariseos que son amigos del dinero, su verdadero Dios. Representa, como tantas otras, un caso extremo: un hombre que está a punto de ser despedido de su trabajo y que necesita actuar urgentemente para garantizarse el futuro, antes de quedarse sin empleo. Para ello plantea una estrategia. Acusado de derrochar los bienes de su amo (16,1), causa por la que se va a quedar sin trabajo, decide rebajar la cantidad de la deuda de cada uno de los acreedores de su amo, renunciando a la comisión que le pertenece como administrador. Es sabido que los administradores no recibían en Palestina un sueldo por su gestión, sino que vivían de la comisión que cobraban, poniendo con frecuencia intereses desorbitados a los acreedores. La actuación de administrador debe entenderse así: el que debía cien barriles de aceite había recibido prestados cincuenta nada más, los otros cincuenta eran la comisión correspondiente a la que el administrador renuncia con tal de granjearse amigos para el futuro. Renunciando a su comisión, el administrador no lesiona en nada los intereses de su amo. De ahí que el amo lo felicite por saber garantizarse el futuro dando el “injusto dinero” a sus acreedores.

El amo alaba la estrategia de aquel “administrador de lo injusto”, calificativo que se da en el evangelio de Lucas al dinero, pues, en cuanto acumulado, procede de injusticia o lleva a ella.

Para Lucas, todo dinero es injusto. Ahora bien: si uno lo usa –desprendiéndose de él– para «ganarse amigos», hace una buena inversión no en términos bursátiles, ni bancarios, sino en términos humanos cristianos. El injusto dinero, como encarnación de la escala de valores de la sociedad civil, sirve de piedra de toque para ensayar la disponibilidad del discípulo a poner al servicio de los demás lo que de hecho no es suyo, sino que se lo ha apropiado en detrimento de los desposeídos y marginados.

El “injusto dinero” es calificado en la conclusión de la parábola como «lo de nada» y «lo ajeno», en cuanto opuesto a «lo que vale de veras, lo importante, lo vuestro”. Y “lo que vale de veras” no es el don del dinero, sino el del Espíritu de Dios que comunica vida a los suyos (“cuánto más el Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden”, cf. Lc 11,13). Eso sí, para recibir el Espíritu (que es comunicación de la vida de Dios que potencia al hombre) se requiere el desprendimiento y la generosidad hacia los demás (11,34-36).

La parábola termina con esta frase lapidaria: “No pueden servir a Dios y al dinero”. La piedra de toque de nuestro amor a Dios es la renuncia al dinero. El amor al dinero es una idolatría. Hay que optar entre dos señores: no hay término medio. El campo de entrenamiento de esta opción es el mundo, la sociedad, donde los discípulos de Jesús tienen que compartir lo que poseen con los que no lo tienen, con los oprimidos y desposeídos, los desheredados de la tierra.

El afán de dinero es la frontera que divide el mundo en dos; es la barrera que nos separa de los otros y hace que el mundo esté organizado en clases antagónicas: ricos y pobres, opresores y oprimidos; el ansia de dinero es el enemigo número uno que imposibilita que el mundo sea una familia unida donde todos se sienten a la mesa de la vida. Por eso el discípulo, para garantizarse el futuro, debe estar dispuesto en el presente a renunciar al dinero que lleva a la injusticia y hace imposible la fraternidad.

El evangelio de hoy está recogido en el capítulo 84 de la serie «Un tal Jesús», «La astucia de un capataz» (https://radialistas.net/article/84-la-astucia-de-un-capataz). Allí puede recogerse tanto el guión, como el audio, como un comentario bíblico teológico.

 

 

Urteko 25. igandea – 25 Tiempo ordinario C (Lukas 16,1-13), José A. Pagola

Evangelio del 18/Sept/2016
Publicado el 12/ Sep/ 2016
por Coordinador Grupos de Jesús

DIRUA – DINERO

Jesusek ezagutu zuen gizartea gurea ez bezalakoa zen oso. Jerusalemgo familia boteretsuek eta Tiberiades inguruko lurjabe handiek soilik metatu zezaketen urrezko eta zilarrezko monetarik. Landa-jendeak doi-doi eskura zezakeen brontzezko edo kobrezko monetaren bat, nolanahi ere balio eskasekoak. Jende asko dirurik gabe bizi zen, produktuak trukatzera mugatzen zen, bizitze hutseko erregimenari loturik.

Gizarte horretan, maiztasun harrigarriz mintzo da Jesus diruaz. Lurrik eta lan finkorik gabe, profeta ibiltari huts bizi delarik eta Jainkoaren arazoei emanik, erabateko askatasunez hitz egiteko aukera ematen du. Bestalde, pobreekiko maitasunak eta Jainkoaren zuzentasunarekiko grinak baztertuak defenditzera eragiten diote beti eta estu.

Hizkuntza oso bereziaz mintzo da diruaz. Berez bezala atera zaio esapide hau: «diru zuzengabea» edo «aberastasun zuzengabea». Itxuraz, ez du ezagutzen «diru garbirik». Jende boteretsu haren aberastasuna zuzengabea da, zeren modu zuzengabean metatua baita eta pobreekin eta gose direnekin partekatu gabe gozatzen baitu hartaz.

Zer egin beharko lukete aberastasun zuzengabe horren jabe direnek? Jesusen hitz bitxiak dakartza Lukasek. Esaldia laburraren laburraz iluna gerta daitekeen arren, haren edukia ezin ahantzizkoa da. «Nik diotsuet: Irabazi adiskideak diru zuzengabeaz, honen falta izango duzuenean betiko egoitzan har zaitzaten».

Hau diotse Jesusek aberatsei: «Erabili zeuen aberastasun zuzengabeak pobreei laguntzen; irabazi haien adiskidetasuna zeuen ondasunak haiekin partekatuz. Haiek izango dituzue zeuen adiskide eta, heriotzako orduan dirua ezertako baliozko eta on izango ez duzuenean, haiek onartuko zaituztete Aitaren etxean». Beste hitz batzuez esanik: diru zuzengabea Jainkoaren aurrean «zuritzeko» erarik egokiena haren seme-alaba pobreenekin partekatzea izango duzue.

Jesusen hitzek ez zuten izan harrera onik. Lukasek diosku ezen «fariseu batzuk zirela gauza hauek entzuten ari zirenak, aberastasun zale batzuk, eta Jesusi burla egiten ziotela». Ez zuten gogoko hari diruaz hitz egiten entzutea.  Legea ezagutu eta leial betetzea bakarrik zuten gogoko. Jainkoak haien bizitza bedeinkatu izanaren seinaletzat zituzten beren aberastasunak.

Tradizio bibliko luzeak baietsia izan arren, aberastasunak bedeinkapen-seinaletzat hartu nahi izate hori ez da ebanjelioaren araberakoa. Ozenki esan beharra da hori gau egun, zeren bai baitira pertsona aberatsak berez bezala pentsatzen dutenak beren ekonomi arrakasta eta beren oparotasuna direla Jainkoak beren bizitza onesten duenaren seinale argiena.

Jesusen jarraitzaileak ezin egin du edozer gauza diruaz: bada zuzengabea den dirua irabazteko ere bat, gastatzeko era bat, gozatzeko era bat, zeren behartsuez ahaztu.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

25 Tiempo ordinario – C (Lucas 16,1-13)

Evangelio del 18/Sept/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

DINERO

La sociedad que conoció Jesús era muy diferente a la nuestra. Solo las familias poderosas de Jerusalén y los grandes terratenientes de Tiberíades podían acumular monedas de oro y plata. Los campesinos apenas podían hacerse con alguna moneda de bronce o cobre, de escaso valor. Muchos vivían sin dinero, intercambiándose productos en un régimen de pura subsistencia.

En esta sociedad, Jesús habla del dinero con una frecuencia sorprendente. Sin tierras ni trabajo fijo, su vida itinerante de profeta dedicado a la causa de Dios le permite hablar con total libertad. Por otra parte, su amor a los pobres y su pasión por la justicia de Dios lo urgen a defender siempre a los más excluidos.

Habla del dinero con un lenguaje muy personal. Lo llama espontáneamente «dinero injusto» o «riquezas injustas». Al parecer, no conoce «dinero limpio». La riqueza de aquellos poderosos es injusta porque ha sido amasada de manera injusta y porque la disfrutan sin compartirla con los pobres y hambrientos.

¿Qué pueden hacer quienes poseen estas riquezas injustas? Lucas ha conservado unas palabras curiosas de Jesús. Aunque la frase puede resultar algo oscura por su concisión, su contenido no ha de caer en el olvido. «Yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».

Jesús viene a decir así a los ricos: «Emplead vuestra riqueza injusta en ayudar a los pobres; ganaos su amistad compartiendo con ellos vuestros bienes. Ellos serán vuestros amigos y, cuando en la hora de la muerte el dinero no os sirva ya de nada, ellos os acogerán en la casa del Padre». Dicho con otras palabras: la mejor forma de «blanquear» el dinero injusto ante Dios es compartirlo con sus hijos más pobres.

Sus palabras no fueron bien acogidas. Lucas nos dice que «estaban oyendo estas cosas unos fariseos, amantes de las riquezas, y se burlaban de él». No entienden el mensaje de Jesús. No les interesa oírle hablar de dinero. A ellos solo les preocupa conocer y cumplir fielmente la ley. La riqueza la consideran como un signo de que Dios bendice su vida.

Aunque venga reforzada por una larga tradición bíblica, esta visión de la riqueza como signo de bendición no es evangélica. Hay que decirlo en voz alta porque hay personas ricas que de manera casi espontánea piensan que su éxito económico y su prosperidad es el mejor signo de que Dios aprueba su vida.

Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto pues olvida a los más pobres.

José Antonio Pagola