Domingo 30 de octubre de 2016: Domingo 31º del Tiempo Ordinario, Koinonia

Sab. 11,22 – 12,2: Dios ama a todas sus criaturas.

2ª Tes. 1,11 – 2, 2: No pierdan la cabeza por supuestas revelaciones

Lucas 19, 1-10

El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.

Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»

Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»

Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán.

Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

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La primera lectura es una bella oración meditativa sobre Dios, que nos posibilita hacer unas reflexiones menos habituales.

Solemos hablar a y escuchar hablar sobre Dios como algo ya sabido, como algo que, por definición, no necesita replanteamiento. Ello ha empezado a cambiar, a la altura de la crisis que atraviesan las religiones, ante la constatada «crisis de Dios» (Gotteskreise, Juan Bautista Metz), crisis que ya nadie considera coyuntural o pasajera, sino epocal. Algo muy profundo está cambiando en la cultura y en la conciencia humana, que hace que ese concepto central que ha brillado con luz propia en el centro del firmamento mental de la humanidad durante los últimos milenios, el de Dios, se opaque y entre en lo que ya Martín Buber llamó el «eclipse de Dios».

La lectura de hoy del libro de la Sabiduría habla muy correctamente a Dios, y no lo presenta con ninguno de los rasgos éticamente menos adecuados, de los que hemos tenido que purificar tantas veces la imagen de Dios, no; este texto presenta una bella e impecable imagen de Dios… sólo que no deja de utilizar un lenguaje «teísta».

La palabra «Dios» viene de deus en latín, que a su vez viene de theos en griego. Aunque el concepto tiene orígenes más antiguos, para nuestra cultura occidental fueron ellos, los filósofos griegos, quienes lo configuraron definitivamente. Siempre que decimos dios estamos evocando el theos griego, pues nos servimos de un concepto suyo, que además fue heredado y trasmitido culturalmente. No importa que personalmente quisiéramos matizar la palabra; la palabra está ya «ocupada» en nuestra cultura, y el concepto que le está asociado está registrado en el subconsciente colectivo, como un tipo de divinidad que está «ahí afuera, ahí arriba», en una especie de segundo piso celestial, desde donde puede intervenir en nuestro mundo, para revelarse, para actuar, para reaccionar… en función de su manera de ser, concebida muy antropomórficamente (los dioses piensan, aman, deciden, se ofenden, se arrepienten, perdonan… como nosotros, que al fin y al cabo estaríamos hechos «a su imagen y semejanza» –¿y viceversa?–).

Concebir la razón y el misterio supremos de la Realidad en forma de theos (en sentido genérico), eso es lo que llamamos «teísmo». Es un «modelo» de representación del Misterio, una forma de imaginar y de relacionarnos con el Misterio que hemos llamado Dios. Con mucha frecuencia ese «modelo» nos ha resultado transparente: no se veía, ni siquiera éramos conscientes de su mediación. Nos parecía como que nuestro hablar de Dios evocaba automáticamente su descripción directa, en vez de caer en la cuenta de que simplemente utilizábamos un modelo (theos), y que al Misterio que denominábamos con ese nombre, se le podría concebir con otros modelos muy diferentes. Podríamos, en efecto, pensar –y amar– a la Divinidad de un modo no teísta… Porque hay religiones no teístas. El judeo-cristianismo ha tenido una expresión teísta constante en la historia, pero hoy sabemos que aunque ese modelo teísta nos haya acompañado de modo permanente, no es esencial al cristianismo, ni le resulta imprescindible.

Más aún. La evolución de la espiritualidad –sin descartar el influjo de otras religiones– hace sentir a muchos cristianos un no disimulado malestar ante el uso y abuso del teísmo en nuestra tradición. Son cada vez más los que abogan por colocar al teísmo en su sitio, en una consideración simplemente mediacional: es una mediación, con sus ventajas y sus dificultades. Las dificultades no son pocas, y son crecientes en nuestra sociedad de mentalidad crítica; no faltan teólogos que postulan su superación. La alternativa al teísmo no es el ateísmo, obviamente, sino el pos-teísmo: una consideración y una (no-)representación de la Divinidad más allá del modelo del teísmo…

El tema es profundo y desafiante. Merece la pena prestarle atención, para no quedarnos en «la fe del carbonero», la fe acrítica, repetitiva y fundamentalista. (John Shelby SPONG es un obispo-teólogo anglicano -que está comenzando a ser conocido en el ámbito latino- que está escribiendo bastante sobre el tema; véase Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, en la colección Tiempo Axial,tiempoaxial.org; también la Agenda Latinoamericana’2011, dedicada ese año al tema de la religión, abordó en varios artículos el tema del teísmo y la necesidad de renovar las imágenes de Dios –puede tomarse esa Agenda de su página digital: latinoamericana.org/digital–.

En el evangelio de hoy, Jesús nos enseña hoy que el Padre–Dios no deja de ser el mismo, siempre compasivo perdonador, amigo de la vida, siempre saliendo al encuentro de sus hijos y construyendo con ellos una relación nueva de amor. Las lecturas de este domingo son una preciosa descripción de este comportamiento de Dios con la persona humana. Nos dicen que Dios ama entrañablemente todo lo que existe, porque su aliento de vida está en todas las cosas.

El episodio de la conversión de Zaqueo se encuentra en el itinerario o “camino” de Jesús hacia Jerusalén y sólo lo encontramos narrado por el evangelio de Lucas. En él pone de manifiesto el evangelista, una vez más, algunas de las características más destacadas de su teología: la misericordia de Dios hacia los pecadores, la necesidad del arrepentimiento, la exigencia de renunciar a los bienes, el interés de Jesús por rescatar lo que está “perdido”. Este evangelio es una ocasión excelente para recordar que éstos son los temas que se destacan en el material particular de la tradición lucana y que resaltan la predilección de Jesús por los pobres, marginados y excluidos.

El relato nos muestra la pedagogía de Dios, en la persona de Jesús, hacia aquellos que actúan mal. Dios es paciente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia, corrige lentamente, respeta los ritmos y siempre busca la vida y la reconciliación. En este sentido, Dios es definido como “el amigo de la vida”, y buscando ésta, su auténtica gloria, sale hacia el pecador y lo corrige, le brinda su amor y lo salva.

Muy seguramente nosotros, por nuestra incapacidad de acoger y perdonar, no hubiéramos considerado a Zaqueo como un hijo bienaventurado de Dios, como no lo consideraron sus paisanos que murmuraron contra Jesús diciendo: “Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”. Decididamente, Jesús y sus coetáneos creían en un Dios diferente. Por eso pensaban también de forma diferente. Para el judaísmo de la época el perdón era cuestión de ritos de purificación hechos en el templo con la mediación del sacerdote, era un puro cumplimiento; para Jesús la oferta del perdón se realiza por medio del Hijo del hombre, ya no en el templo sino en cualquier casa, y con ese perdón se ofrece también la liberación total de lo que oprime al ser humano.

Por eso, la actitud de Jesús es sorprendente, sale al encuentro de Zaqueo y le regala su amor: lo mira, le habla, desea hospedarse en su casa, quiere compartir su propia miseria y su pecado (robo, fraude, corrupción) y ser acogido en su libertad para la conversión.

La actitud de Jesús es la que produce la conversión que se realiza en la libertad. Todo lo que le pasa a Zaqueo es fruto del amor de Dios que actúa en su hijo Jesús, es la manifestación de la misericordia y la compasión de Dios que perdona y da la fuerza para cambiar. De esta manera la vida se reconstruye y me puedo liberar de todas las ataduras que me esclavizan, puedo entregarlo todo, sin miedos y sin restricciones.

Con esta actitud, Zaqueo se constituye en prototipo de discípulo, porque nos muestra de qué manera la conversión influye en nuestra relación con los bienes materiales; y en segundo lugar nos recuerda las exigencias que conlleva seguir a Jesús hasta el final. Aquí la salvación que llega en la persona de Jesús opera un cambio radical de vida.

No dudemos que Jesús nos está llamando también a nosotros a la conversión, nos está invitando a que cambiemos radicalmente nuestra vida. No se lo neguemos, no se lo impidamos. El Señor nos propone unirnos a El, ser sus discípulos y a ejemplo de Zaqueo ser capaces de despojarnos de todo lo que no nos permite vivir auténticamente como cristianos. Esta misma experiencia es la de muchos otros testigos de Jesús que, mirados por El, se convirtieron, renació su dignidad, y recuperaron la vida. Aceptemos la mirada de Jesús, dejemos que El se tropiece con nosotros en el camino e invitémoslo a nuestra casa para que Él pueda sanar nuestras heridas y reconfortar nuestro corazón. No tengamos miedo, dejémonos seducir por el Señor, por el maestro, para confesar nuestras mentiras, arrepentirnos, expresar nuestra necesidad de ser justos, devolver lo que le hemos quitado al otro… No dudemos, Jesús nos dará la fuerza de su perdón. El Señor está con nosotros para que experimentemos su amor. El ya nos ha perdonado, por eso es posible la conversión.

El caso de Zaqueo puede ser iluminador para el tema de la opción por los pobres. En la polémica oficial contra esta opción que sacaron a la luz la teología y la espiritualidad latinoamericanas, se insistió mucho en que no podría tratarse sino de una opción «preferencial», no de una «opción por los pobres» sin más, porque sin aquel adjetivo podría entenderse como una opción «exclusiva o excluyente»… Pero el adjetivo «preferencial» rebaja y diluye la esencia de la opción por los pobres, porque quien opta por los pobres preferencialmente, se entiende que opta también por los ricos, aunque sea menos preferencialmente… Una opción preferencial es una opción que no acaba de optar, que no quiere definirse, que no toma partido, que «se queda encima del muro», como dice la expresión brasileña…

Jesús opta por los pobres, mira la vida desde su óptica, es uno de los pobres, y comparte con ellos su causa. Evidentemente, no excluye a las personas ricas, y ése es el caso de Zaqueo. Pero Jesús no es neutral en el tema de riqueza-pobreza. Su encuentro con Zaqueo no deja a éste indiferente: Jesús lo desafía a pronunciarse, incluso económicamente. Jesús no excluye a Zaqueo, ni a ninguna otra persona rica, pero «sí excluye el modo de vida de los ricos», exigiéndoles la justicia y el amor. La opción por los pobres no excluye a ninguna persona (¡al contrario, desearía alcanzar y cambiar a todos los que no asumen la causa de los pobres!). Lo que excluye es la forma de vida de los ricos, la opresión y la injusticia. Buen tema éste para enfocar la homilía sobre la opción por los pobres.

[Cfr J.M. VIGIL, La opción por los pobres es opción por la justicia, y no es preferencial. Para un reencuadramiento teológico-sistemático de la opción por los pobres, RELaT 371 (http://servicioskoinonia.org/relat/371.htm). Y VIGIL (coord.), Sobre la opción por los pobres, disponible todo ello en https://eatwot.academia.edu/josemariavigil ].

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 87 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «En la rama de un sicómoro». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/article/87-en-la-rama-de-un-sicomoro

 

 

 

DIOS NO TIENE QUE PERDONARNOS NI JUSTIFICARNOS

Escrito por  Fray Marcos
Fe Adulta

Lc 18, 9-14

Por fin un día lo tenemos fácil. Hoy cualquiera podía hacer la homilía. Se entiende todo y a la primera, a pesar de que la elección de los personajes no es inocente, ni en este caso ni en la parábola del buen samaritano. En el primer caso, la alusión a un sacerdote y un levita nos advierte de una tensión entre las primeras comunidades y la jerarquía del templo. En la parábola que hoy leemos, se advierte la animadversión de los cristianos contra los fariseos, sobre todo después de la destrucción del templo cuando, al desaparecer el sacerdocio, se alzaron con el santo y la limosna y emprendieron una persecución sin cuartel contra los cristianos. La comunidad respondió con un desprestigio, que dura todavía hoy.

Esa postura no es exclusiva de los fariseos, ni mucho menos. Lucas en la introducción a la parábola lo deja muy claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El caso es que un hombre se siente excelente y falla en su apreciación. Otro se siente pecador y también falla al considerar que Dios está lejos de él, por ello. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos, uno le acepta por su gratuidad, el otro pretende poner a Dios de su parte por la bondad de sus obras.

Es una profunda lección la que debemos aprender de este relato. El mensaje se repite muchas veces en los evangelios. Recordemos la frase que Mateo pone es boca de Jesús: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. ¿A quién dijo eso Jesús? A los fariseos, los estrictamente cumplidores de toda la Ley, que hoy serían los religiosos de todas las categorías. Aún hoy, desde nuestra visión raquítica del hombre y de Dios, nos resulta inaceptable esta idea. Seguimos juzgando por las apariencias sin tener en cuenta las actitudes personales, que son las que de verdad califican las acciones de las personas. Y lo que es peor, nos preocupa más lo que hacemos que lo que sentimos.

Dios no está alejado de ninguno de ellos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debido a su amor incondicional y a pesar de sus fallos. En consecuencia el publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado a pulso. “Los buenos de toda la vida” tienen mayor peligro de entrar en esta dinámica para con Dios. Si nos atreviésemos a pensar un poquito, descubriríamos lo absurdo de esa postura. Todo lo bueno que puedo descubrir en mí, viene de Él, que desde lo hondo de mi ser posibilita esa actitud vital.

Dios no me quiere porque soy bueno. Si parto del razonamiento farisaico (y con frecuencia lo hacemos) resultaría que el que no es bueno no sería amado por Dios, lo cual es un disparate. Este razonamiento parte de la visión tradicional que tenemos de Dios, pero tenemos que dar un salto en nuestra concepción de un dios separado y ausente. Dios no me puede considerar un objeto porque nada hay fuera de Él. El fallo más grave que podemos cometer como seres humanos es precisamente considerarnos algo al margen de Dios.

Dios me está aportando en cada instante todo lo que soy, pero sin salir de él mismo. Me lo está dando desde antes de empezar a existir, luego es ridículo que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, haciéndole presente en mi vida, con mis actitudes y mis actos. Si no respondo adecuadamente a lo que Dios es para mí, la única actitud adecuada es reconocerlo, pedirle perdón y agradecerle con toda el alma que siga queriéndome a pesar de todo. Estas simples reflexiones me llevarán a sacar una consecuencia simple. No tengo que ser bueno para que Dios esté de mi parte. Porque Él me quiere y no me falla como yo hago con Él, voy a intentar ser agradecido fallándole menos y tratar de imitarle en su manera de ser.

También tendrían consecuencias para nuestra relación con los demás. Amar al que se porta bien conmigo no tiene ningún valor religioso. Es verdad que es lo que hacemos todos, pero tenemos que revisar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, estaré dando un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud de humanidad. En contra de lo que hemos creído, ser más humanos nos hace a la vez, más divinos. Con frecuencia hemos interiorizado que lo importante era actuar divinamente, aunque ese intento llevara consigo el olvidarse de las más elementales normas de humanidad. Los altares están llenos de santos que se olvidaron por completo de las relaciones verdaderamente humanas.

El domingo pasado hablábamos de la oración. Hoy nos propone dos modos de orar, no solo distintos sino completamente contrarios. Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene el uno y el otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que llega a mí sin merecerlo. ¡Qué diferencia! Ojo al dato. Porque la mayoría de las veces estamos más cerca del fariseo que del publicano. Una vez más tengo que advertir de la importancia de hacer una reflexión seria sobre este asunto. No basta ser bueno por una acomodación estricta a la norma. Hay que ser humano, respondiendo a las exigencias de nuestro auténtico ser.

A lo largo de mi larga estancia en Parquelagos, he tenido problemas serios cada ver que he dicho que Dios ama a todos de la misma manera. La respuesta automática era: Dios es amor, pero es también justicia. Implícitamente me estaban diciendo: ¿Cómo me va a amar Dios a mí, que cumplo escrupulosamente su sata voluntad, igual que a ese desgraciado que no cumple nada de lo que Él manda? Una vez más estamos exigiendo a Dios que sea justo a nuestra manera. Para superar esta tentación debemos superar la idea de una religión aceptada como programación, que me viene de fuera. El hecho de que el programador sea el mismo Dios no cambia la mezquindad de la perspectiva.

Para entrar en la dinámica de una verdadera espiritualidad, debemos descubrir la bondad de lo mandado y no conformarnos con el cumplimiento de la norma. Ese descubrimiento no es tan fácil como pudiera parecer a primera vista. Ningún hecho u omisión son buenos porque están mandados. Están mandados porque lo exige mi ser más profundo, que está más allá de mi ego superficial. Para descubrir esas exigencias tengo que aprovecharme de la experiencia de otros seres humanos que lo han descubierto antes que yo, pero en ningún caso quedo dispensado de experimentarlo por mí mismo. Sin esa experiencia toda la religiosidad se queda reducida a un puro ropaje externo que no toca lo profundo de mi ser.

El desaliento que a veces nos invade, es consecuencia de un mal enfoque espiritual. Nada tienes que conseguir ni por ti mismo ni por parte de Dios. Dios ya te lo ha dado todo y te ha capacitado para desplegar todo tu ser. No tengas miedo a nada ni a nadie. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos son solo la demostración de que no has descubierto lo que verdaderamente eres, pero las posibilidades, todas las posibilidades, siguen intactas. Piensa en esto: las limitaciones que a todos nos afectan, no pueden malograr todas las posibilidades que me acompañan siempre.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, descubre que para Dios eres siempre el mismo. Alguien único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. Se habla mucho últimamente de la autoestima. Es imprescindible para poder desarrollarte, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener y que son secundarias en ti. Esa pretensión de desplegar la autoestima en las cualidades adquiridas o por adquirir, nos llevará siempre a un rotundo fracaso. Tomar conciencia de que lo que soy no depende de mí, es la clave para una total seguridad en lo que soy. Soy mucho más de lo que creo ser. A pesar de mí, mi valor es infinito.

Meditación-contemplación

No te conformes con aceptar la religión como programación.
Aprovecha la experiencia de otros para conocerte mejor.
Descubre tu ser verdadero y actúa en consecuencia.
No te conviertas en un borrego que sigue el rebaño.
…………………………

Lo humano que hay en ti,
tienes que descubrirlo y desplegarlo tú.
Que otros seres humanos lo hayan conseguido antes,
no te dispensa de la tarea de realizarlo tú mismo.
…………………………

Si no despliegas tus posibilidades de ser,
Malograrás tu propia vida, por muy religioso que seas.
Baja a lo hondo de tu ser y descubre lo que eres.
No tienes que alcanzar nada, solo vivir lo que ya eres.
…………………

 

Fray Marcos

 

 

Urteko 30. igandea – Domingo 30º T. O., José A. Pagola

C (Lukas 18,9-14)

Evangelio del 23/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

JARRERA ZUZENA

Jainkoaren aurrean zuzenak zirela uste zuten eta gainerakoak mespretxatzen zituzten batzuei zuzendu zien Jesusek fariseuaren eta zerga-biltzailearen parabola hau, Lukasen arabera. Tenplura otoitz egitera igo diren bi protagonistek bi jarrera erlijioso ordezkatzen dituzte, jarrera kontrajarriak eta bateraezinak. Baina zein da jarrera zuzena eta zinezkoa Jainkoaren aurrean? Hori da sakoneko galdera.

Legearen betetzaile zorrotza da fariseua, eta bere erlijioa fidelki betetzen du. Bere burua seguru sentitzen du tenpluan. Zutik egiten du otoitz eta burua tente. Otoitzik ederrena du egiten: gorespen-kanta eta esker otoitza Jainkoari. Baina ez dizkio eskerrak ematen Jainkoa handia, onbera edo errukiorra delako, baizik bera, fariseua, ona eta handia omen delako.

Berehala ikusten da zerbait faltsurik otoitz horretan. Otoitz egin baino gehiago, bere burua du kontenplatzen gizon honek. Bere historia du kontatzen, merezimenduz betea. Jainkoaren aurrean legearen arabera dagoela sentitu nahi du eta gainerakoak baino gailenago dela agertu.

Gizon honek ez daki otoitz egitea zer den. Ez du aitortzen Jainkoaren misteriozko gorentasuna, ezta bere xumetasuna ere. Jainkoaren bila ibiltzea, nork bere egintza onak zerrendatzeko eta gainerakoak mespretxatzeko, zoroarena egitea da. Gizon honen itxurazko jainkotasunaren pean otoitz «ateo» bat ageri da. Gizon honek ez du Jainkoaren premiarik. Ez dio ezer eskatzen. Aski du bere burua.

Oso bestelakoa da zerga-biltzailearen otoitza. Badaki gaizki ikusia dela bera tenpluan egotea. Honen lanbidea, zergak biltzekoa, gorrotagarria da eta mespretxatua. Baina ez da ari aitzakia bila. Aitortzen du bekatari dela. Hau bular joka ikusteak eta xuxurlatzen dituen hitz apurrek nabari dute: «Ene Jainkoa, erruki zakizkio bekatari honi!».

Gizon honek badaki ez duela zertan harrotu. Ez du ezer Jainkoari eskaintzeko; bai, ordea, hartzeko asko harengandik: barkazioa eta errukia. Jatortasuna ageri da honen otoitzean. Bekataria da gizon hau, baina egiaren bidean dabil.

Fariseuak ezin egin izan du topo Jainkoarekin. Zerga.biltzaile honek, ostera, berehala aurkitu du jarrera jatorra Jainkoaren aurrean: deusik ez duenaren eta guztiaren premia duenaren jarrera. Ez da luzatzen ere bere erruak xeheki aitortzen. Bekatari aitortzen du bere burua. Uste horretatik dario otoitza: «Erruki zakizkio bekatari honi».

Biak igo dira tenplura otoitz egitera; alabaina, Jainkoaz nork bere irudia du bihotzean eta harekin erlazionatzeko nork bere era. Fariseuak erlijio legalistan trabaturik jarraitzen du: honentzat gauzarik garrantzizkoena Jainkoaren aurrean legearen arabera egotea da eta beste guztiak baino betetzaileago izatea. Zerga.biltzaileak, ostera, Jesusek hots egiten duen Maitasunaren Jainkoari ireki dio bere bihotza: barkatua dela jakitetik bizi da, ezertaz harrotu gabe eta inor gaitzetsi gabe.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)
Evangelio del 23/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

LA POSTURA JUSTA

Según Lucas, Jesús dirige la parábola del fariseo y el publicano a algunos que presumen de ser justos ante Dios y desprecian a los demás. Los dos protagonistas que suben al templo a orar representan dos actitudes religiosas contrapuestas e irreconciliables. Pero ¿cuál es la postura justa y acertada ante Dios? Esta es la pregunta de fondo.

El fariseo es un observante escrupuloso de la ley y un practicante fiel de su religión. Se siente seguro en el templo. Ora de pie y con la cabeza erguida. Su oración es la más hermosa: una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no le da gracias por su grandeza, su bondad o misericordia, sino por lo bueno y grande que es él mismo.

En seguida se observa algo falso en esta oración. Más que orar, este hombre se contempla a sí mismo. Se cuenta su propia historia llena de méritos. Necesita sentirse en regla ante Dios y exhibirse como superior a los demás.

Este hombre no sabe lo que es orar. No reconoce la grandeza misteriosa de Dios ni confiesa su propia pequeñez. Buscar a Dios para enumerar ante él nuestras buenas obras y despreciar a los demás es de imbéciles. Tras su aparente piedad se esconde una oración «atea». Este hombre no necesita a Dios. No le pide nada. Se basta a sí mismo.

La oración del publicano es muy diferente. Sabe que su presencia en el templo es mal vista por todos. Su oficio de recaudador es odiado y despreciado. No se excusa. Reconoce que es pecador. Sus golpes de pecho y las pocas palabras que susurra lo dicen todo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

Este hombre sabe que no puede vanagloriarse. No tiene nada que ofrecer a Dios, pero sí mucho que recibir de él: su perdón y su misericordia. En su oración hay autenticidad. Este hombre es pecador, pero está en el camino de la verdad.

El fariseo no se ha encontrado con Dios. Este recaudador, por el contrario, encuentra en seguida la postura correcta ante él: la actitud del que no tiene nada y lo necesita todo. No se detiene siquiera a confesar con detalle sus culpas. Se reconoce pecador. De esa conciencia brota su oración: «Ten compasión de este pecador».

Los dos suben al templo a orar, pero cada uno lleva en su corazón su imagen de Dios y su modo de relacionarse con él. El fariseo sigue enredado en una religión legalista: para él lo importante es estar en regla con Dios y ser más observante que nadie. El recaudador, por el contrario, se abre al Dios del Amor que predica Jesús: ha aprendido a vivir del perdón, sin vanagloriarse de nada y sin condenar a nadie.

José Antonio Pagola

 

 

18.10.16. Lucas, el primer escritor cristiano

El blog de Xabier Pikaza Ibarrondo

Celebra hoy la Iglesia la fiesta de San Lucas, que es según la tradición el primer escritor cristiano:

— Jesús no escribió nada (quizá en el polvo, como dice Jn 8), no tenía biblioteca, aunque conocía la Biblia de Israel por tradición, por experiencia interna, según se decía en la Sinagoga y en las discusiones de grupos judíos. Era hombre de palabra directa, de anuncio inmediato del Reino, de parábolas brillantes… Él mismo era el «libro hecho persona», su vida fue y sigue siendo la Escritura de Dios para los cristianos.

— Tampoco Pablo fue escritor, aunque sabía leer y había estudiado, y conocía las tradiciones de Israel de un modo intenso. No era hombre de libro, sino un hombre de palabra directa, cuerpo a cuerpo, grupo a grupo. No era escritor profesional, aunque sabía escribir con arte y escribió, de un modo circunstancial (y para siempre), unas cartas que siguen siendo el primer documento oficial del Cristianismo… Porque no era escritor profesional pudo dejar la mejor colección de cartas del mundo antiguo, dando testimonio de aquello que hacía, de Aquel en quien creía, en un mundo convulso e ilusionado.
— Tampoco Marcos, Mateo o Juan fueron escritores…Ciertamente, sabían escribir, y lo hicieron de un modo ejemplar, cada uno en su línea, para servicio de sus comunidades, pero no eran hombres de libro escrito, sino de profecía, de catequesis o experiencia mística.

— Lucas, en cambio, fue el primer escritor «profesional» del cristianismo. Buscó y consultó libros anteriores (cf. Lc 1, 1-2), tuvo biblioteca, y redactó sus dos libros de un modo casi profesional, conforme a los métodos y estilo de los historiadores helenistas y de los traductores de la Biblia al griego, los llamados LXX. Sin él, el cristianismo no sería lo que ha sido y lo que es. Por eso quiero celebrar hoy su memoria y recordar sus dos escritos.

Dicen que Lucas escribía «pintando», y así se le venera como el primer iconógrafo cristiano, patrono de pintores y artistas, un hombre que supo recoger la memoria cristiana… y hacerla memoria viva, para los hombres cultos de su tiempo y de la actualidad.

((Texto tomado de X. Pikaza, Gran Diccionario de la Biblia, Estella 2015)). Buen día a los Lucas y a todos los amigos de la Escritura y de la Biblia.

LUCAS 1. Evangelio

Hacia el año 90/95 d.C., un cristiano culto, de origen probablemente pagano, que había sido prosélito judío y conocía bien la Biblia Griega (los LXX), quiso escribir la primera historia de Jesús y de su movimiento, siguiendo modelos cristianos y helenistas: «Muchos han intentado componer una diéguesis (relato) de las cosas (pragmatôn) que han sucedido entre nosotros, siguiendo lo que nos han transmitido los primeros testigos oculares, conver¬tidos en servidores de la Palabra. Según eso, también yo, después de investigar todo con diligencia, desde los orígenes, he decidido escribírtelo con orden, ilustre Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1, 1-4).

(1) Un escritor de tradición. Le llamamos Lucas con la tradición, pero ignoramos su nombre y lugar de residencia. Escribió una obra en dos partes (Lc y Hech). Algunos dicen que lo hizo en Roma, porque allí culmina la segunda parte de su obra (Hechos), otros piensan que en Éfeso (que parece estar más vinculada a la tradición paulina que se desarrolla en las pastorales). Sea como fuere, su obra se sitúa en un lugar donde se reconocen y aceptan dos escritos cristianos anteriores (Marcos y Q), porque los utiliza como base de su obra. Escribe porque se lo pide la Iglesia, que acogerá pronto su obra como propia.

Conoce la Biblia (los LXX) y se ha informado, en lo posible, de los momentos principales de la vida de Jesús, dialogando probablemente con testigos y evangelistas anteriores (promotores del movimiento de Jesús), partiendo básicamente de los dos textos ya citados.

(a) El documento Q*, que le sirva básicamente para recrear el mensaje de Jesús.

(b) Del evangelio de Marcos toma básicamente el programa narrativo. En ese sentido su evangelio puede y debe compararse al de Mateo, que utiliza y recrea también los mismos textos anteriores (Mc y Q). Pero Mateo lo hace desde una tradición judeo-cristiana, más centrada en el cumplimiento mesiánico de la Ley judía. Lucas, en cambio, desde el fondo de la tradición cristiano-helenista, para ofrecer así un evangelio más apropiado a los gentiles, añadiendo una serie de textos propios, tomados en parte de tradiciones judeo-cristianas anteriores, con una fuerte elaboración suya.

(2) División. Lucas toma sus motivos no sólo de Mc y el Q, sino también de su propia fuente, que algunos llaman L, pero su texto no es un simple mosaico, sino que forma una unidad literaria (narrativa) y teológico, de tal manera que cada uno de sus elementos ha de interpretarse desde el conjunto, como vienen destacando los investigadores. No escribe una narración a la que “luego” se le añaden algunas notas teológicas, sino que su misma estructura narrativa tiene ya un intenso carácter teológico. En un sentido general, podemos dividir el evangelio en cuatro partes, con un prólogo y un epílogo.

Según el prólogo (Lc 1, 1-4), Lucas dedica el libro, escrito con los métodos histórico-literarios de su tiempo, a un tal Teófilo (=amante de Dios), como una contribución al conocimiento del cristianismo, entendido como un fenómeno religioso y cultural. El epílogo (Lc 24, 50-53) sirve para concluir el evangelio, cerrándolo en sí mismo (en el nacimiento, vida y pascua de Jesús): en contra del Jesús de Marcos y Mateo, que no se va, sino que “queda” en Galilea con los suyos, el Jesús de Lucas sube al cielo desde Jerusalén (como había anunciado en Lc 24, 46-49), abriendo así un tema nuevo que será desarrollado en Hechos. Entre ese prólogo y epílogo se sitúan sus cuatro partes:

Presentación. Jesús, evangelio de Dios (Lc 1, 5 – 4, 13). Se divide en tres partes.

1. Anuncio del nacimiento de Juan y Jesús (Lc 1, 5-56). 2. Dos nacimientos (Lc 1, 57-2, 52). 3. Primera actividad de Juan y Jesús (Lc 3, 1-4, 13). A diferencia de Marcos y en paralelo con Mateo (aunque de un modo distinto), Lucas empieza con un “evangelio de la infancia”, situando a Jesús en el trasfondo de la esperanza de Israel, en paralelo con Juan Bautista. Jesús se entronca en la esperanza y profecía de Israel, aunque la desborda y culmina. En el último apartado, sigue más de cerca a Marcos. El centro de esta sección lo forma “la proclama del evangelio”: Os anuncio una buena noticia (evangelio) que será de gran gozo para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2, 10-11). Este “evangelio” o buena noticia sustituye a los “evangelios imperiales”, en los que se anunciaba el nacimiento del nuevo emperador, como en la famosa Inscripción de Priene, del año 9. a. C., en la que se celebra el nacimiento de Augusto como comienzo de una nueva era de salvación.

Actividad en Galilea (Lc 4, 14 – 9, 50).

Puede dividirse también en tres partes. 1. Manifestación y rechazo de Jesús (Lc 4, 14-6, 11). 2. Enseñanzas y milagros (Lc 6, 12-8, 56). 3. Revelación a los discípulos (Lc 9, 1-50). Aquí aparece el mensaje básico de Jesús en Galilea, en línea profética, abierta al mesianismo. En la primera y última parte sigue más a Marcos. En la parte central está más cerca del Q. En los dos casos, el evangelio recoge las tradiciones de las iglesias y misión de Galilea. Todo el tema se presenta y centra en el “discurso de Nazaret” (Lc 4, 16-30).

Viaje a Jerusalén (Lc 9, 51?19, 27).

Se divide igualmente en tres partes. 1. Seguimiento y confianza en el Padre (Lc 9, 51 – 13, 21). 2. Comidas cristianas (Lc 13, 22 –1 7, 10). 3. Llegada del Reino (Lc 17, 11 – 19, 28). Esta sección comienza con una introducción solemne, que enmarca y sitúa todo lo que sigue: “Cuando llegó el tiempo en que había de ser recibido (ascendido), afirmó su rostro y comenzó a subir hacia Jerusalén” (cf. 9, 51). Lucas introduce y reinterpreta aquí mucho material del “Q”, pero no en forma de sabiduría desvinculada de la vida de Jesús, sino como expresión de un camino que conduce a Jerusalén (un nuevo Éxodo). Eso significa que el material Q (que podría convertirse en doctrina gnóstica), viene a entenderse y se entiende en el contexto de un camino mesiánico de entrega de la vida. Éste es el centro del evangelio: la subida a Jerusalén, como cumplimiento de las promesas de Israel y como principio de un nuevo éxodo cristiano.

Actividad en Jerusalén: Pasión y resurrección (Lc 19, 28-24, 49), con tres partes.

1. Entrada en Jerusalén y controversias con los jefes de Israel (Lc 19, 28 – 21, 4) c) Discurso escatológico (Lc 21, 5-38). 2. Juicio y muerte (Lc 22, 1-23, 56. 3. Resurrección y apariciones de Jesús (Lc 24, 1-49). Lucas vuelve al esquema y los temas de Marcos, con cambios menores. También esta sección comienza con la “decisión” de culminar la subida a Jerusalén (19, 28; retomando el motivo anterior de 9, 51). Todo el mensaje y camino de Jesús en Galilea ha de entenderse desde su “oferta de salvación” en Jerusalén, en disputa con la autoridades de la ciudad. En ese contexto se sitúa el discurso escatológico, donde ya no es esencial la “prisa por la hora”. En la historia de la pasión, intenta “disculpar” a Pilato, representante del gobierno romano, cargando la responsabilidad en los “jerarcas judíos” (nunca en el pueblo de Israel, en cuanto tal). Ofrece una catequesis de Pascua, con el relato de los discípulos de Emaús y la gran aparición/misión a todos los discípulos, en Jerusalén (no en Galilea, como en Marcos 16, 1-8 y en Mt 28, 16-20).

(3) Teología básica: historia de la salvación.

Lucas define su teología en el prólogo: “He decidido escribir un relato de los acontecimientos que han venido a suceder entre nosotros…, a fin de que así reconozcas la fir¬meza de las doctrinas que has recibido” cf. (Lc 1, 1-4). ¿Qué acontecimientos? Las cosas que Jesús ha cumplido y enseñado, hasta su ascensión al cielo (Hch 1, 1-2). Las otras cosas (los primeros pasos de la iglesia) quedan para Hechos. Los acontecimientos de Jesús se han realizado, según Lucas, a la luz de todo el mundo (Hch 26, 26). No son objeto de un mensaje intimista, propio de un libro de meditaciones, sino el tema de una historia que merece ser contada.

Lucas parece ser el único escritor del Nuevo Testamento que escribe también para no creyentes, ofreciendo así su libro en el mercado abierto de su tiempo. Pero no abandona la tradición, sino al contrario: se apoya en otros libros y testigos de la iglesia. De un modo especial (lo mismo que Mateo) asume dos “textos previos” (Mc y Q) que él ha querido precisar y completar y selecciona sus fuentes, pero lo hace de un modo dialogante y así, a diferencia de Marcos y, quizá, en contra de Mateo, ha podido aceptar tradiciones de la Iglesia de Jerusalén, vinculada a la figura de Santiago, el “hermano” del Señor, al comienzo del evangelio y de Hechos ((Lc 1-2; Hch 1-7).

En esa línea, él ha visto a Jesús como punto de partida y centro de un profundo movimiento religioso que se va extendiendo por el mundo y que merece ser contado. Lucas puede realizar su cometido porque es un buen narrador con un buen argumento (Jesús), y porque sabe exponerlo no sólo en un plano kerigmático (Marcos) o catequético/eclesial (Mateo), sino en un plano histórico-literario, transmitiendo, al mismo tiempo, la fe de su Iglesia (¿Roma, Éfeso…?). Con el paso de los años, la inquietud de aquellos cristianos que esperaban el fin del mundo y la venida inmediata de Jesús se ha ido trasformando. Ciertamente, Lucas sabe que “Jesús vendrá”, pero mientras tanto él abre un largo tiempo de vida creyente para los cristianos. De esa forma el interés del mensaje de Jesús (el pasado de su historia) se desplaza hacia la iglesia (Hechos); pero la misma identidad de la iglesia exige que quede clara la historia de Jesús (evangelio de Lucas).

(4) Temas abiertos. Lucas parece el único escritor del NT que (dirigiéndose a la iglesia) escribe también para no creyentes,

editando su libro para el mercado cultural y religioso de su tiempo. Marcos (y en un sentido también Mateo) estaban más interesados en la “venida” final de Jesús. Ciertamente, Lucas sabe que “Jesús vendrá”, pero mientras vuelva en su gloria se abre (el mismo Jesús abre, desde el trono de Dios) un largo tiempo de vida creyente. De esa forma distingue tres “tiempos”: época de Israel (AT), vida de Jesús (Lc) y tiempo de la Iglesia (Hch).

Una historia acabada. Según Lucas, la historia de Jesús en el mundo ha terminado (se ha cerrado en la Ascensión: Lc 24; Hch 1). En esa línea, podríamos decir que su Evangelio (Lc), siendo en un sentido autónomo y muy valioso, puede interpretarse, en otro, como “prólogo” del libro de los Hechos. El pasado de la historia de Jesús, que termina en la Ascensión, se vuelve principio de vida para la Iglesia. Jesús ha sido recibido en la Gloria de Dios Padre y, desde allí, guía el camino de la Iglesia, por medio del Espíritu Santo.

Del Jesús histórico al Cristo universal. El Jesús de la historia (que ha vivido y muerto) es principio y modelo, impulso y misterio del camino (¡toda la vida de Jesús es camino! cf. Lc 9-18) que lleva a los hombres al cumplimiento de la esperanza que se expresa en forma de resurrección. La meta de la historia se expresa y concreta según eso en la victoria de Jesús, que está ya sentado a la Derecha del Padre y que atrae a todos, desde su altura (cf. buen ladrón: Lc 23, 43, y visión de Esteban: Hch 7, 56-60).
Jesús y la iglesia. El evangelio de Jesús resultan inseparables del despliegue de la Iglesia, como muestra el hecho de que Lc y Hch forman dos partes de un mismo “libro cristiano”, el libro de la historia y vida de los seguidores de Jesús.

Entre los comentarios, cf. J. A. FITZMYER, El evangelio según san Lucas, I-4. Cristiandad, Madrid 1986/7 y 2004; F. BOVON, El evangelio según san Lucas I-IV. Sígueme, Salamanca 1995-2010. Cf. además C. ESCUDERO FREIRE, Devolver el evangelio a los pobres. A propósito de Lc 1-2, BEB 19, Sígueme, Salamanca 1978; I. GÓMEZ-ACEBO (ed.), Relectura de Lucas. El clave de mujer, Desclée de Brouwer, Bilbao 1998; I. M. FORNARI-CARBONELL, La escucha del huésped (Lc 10,38-42). La hospitalidad en el horizonte de la comunicación, Verbo Divino, Estella 1995; J. RIUS CAMPS, El éxodo del hombre libre. Catequesis sobre el evangelio de Lucas, El Almendro, Córdoba 1991.

Lucas 2. Obra doble (? evangelios, iglesia, Hechos).

Con el nombre de Lucas aludimos, de modo general, a un autor que ha escrito la primera historia sobre los principios del cristianismo. Su obra, que en principio tenía carácter unitario, aunque constaba de dos tomos, ha sido luego dividida, de manera que en las ediciones oficiales de la Biblia aparece en dos lugares: (a) el Evangelio de Lucas, queda tras el Mateo y Marcos, formando parte de los cuatro evangelios canónicos; (b los Hechos de los Apóstoles viene después de los evangelios, como si fuera una introducción a la cartas de Pablo y al resto de escritos del Nuevo Testamento.

(a) Una obra doble. Tomando su obra en unidad, debemos afirmar que Lucas ha escrito un tratado (logos: Hech 1, 1), una obra literaria (diéguesis) sobre el tema (logos: Lc 1, 2) de Jesús y sus discípulos. Conserva la tensión kerigmática de Mc y las enseñanzas principales de Mt (tomadas del Q), pero reelabora la figura de Jesús de una manera poderosa, dentro de un esquema de conjunto en el que quiere ofrecer al lector culto (incluso no cristiano) una visión general del movimiento cristiano. Se trata de una obra paradójica. Por un lado quiere ser irénica, suavizando aquellos rasgos de Jesús y de sus discípulos que pueden parecer más duros para un lector de origen pagano y de cultura griega. Pero, desde la distancia que ofrece la lejanía literaria y teológica (no está implicado en la disputa inmediata sobre el sentido de la pascua, como Mc, ni sobre la ley judía, como Mt), Lucas puede recuperar en plano histórico y narrativo elementos que Mc y Mt habían relegado, especialmente en referencia al judaísmo.

Por otra parte, Lucas es un buen narrador y ha escrito un libro paradójico, hábil en datos y omisiones, irénico en conjunto, pero radical e intenso en la valoración del movimiento de Jesús. Ciertamente, quiere pactar con Roma mostrando que Jesús y su iglesia no son contrarias al imperio; pero, al mismo tiempo, conserva la radicalidad mesiánica del evangelio, la novedad más honda del mensaje de Jesús en relación a la pobreza y la superación de la violencia. Lucas ofrece con su obra doble, evangelio y hecho, el primer tratado que existe sobre el cristianismo.

(1) Tiempo de Israel, tiempo de Jesús.

Su obra es relativamente larga y está bien articulada. En el fondo de ella puede distinguirse los siguientes momentos, presentados de un modo histórico o temporal.

(a) Hay un tiempo y verdad de Israel,

definido por las promesas anteriores (del Antiguo Testamento) y por la piedad sincera de sus protagonistas, que aparecen sobre todo en Lc 1-2 y Hech 1-5. El ambiente y tono de esos capítulos es totalmente israelita. Como israelita nace Jesús (Lc 1-2) y dentro de Israel, en el contexto del templo de Jerusalén, nace la iglesia. Por eso, frente a Mc 16 y Mt 28 que sitúan el primer mensaje de la iglesia en Galilea (consumando de esa forma la ruptura de los cristianos frente a Jerusalén), Lucas funda la venida de Jesús (cf. Lc 1) y el origen de la iglesia (cf. Hech 1-5) en el entorno del templo. Su cristología se integra, por tanto, en la historia de la profecía y esperanza israelita.

(b) Hay un tiempo de Jesús,

bien delimitado, entre nacimiento y ascensión. Ese es el tiempo del que trata el evangelio. Ciertamente, Jesús sigue guiando el camino de la iglesia posterior (cf. Hech 9, 5; 16, 7), pero, en un sentido estricto, él ha llegado con la pascua al final de su camino histórico, de forma que ahora lo hallamos sentado a la derecha de Dios, desde donde envía su Espíritu (Hech 2, 32-33), para fundar así su iglesia, hasta el momento en que vuelva otra vez, al final, para culminar su obra (Hech 3, 20). De esa forma, el tiempo y figura de Jesús, queda delimitado dentro de una historia real, que ha sucedido ya y que se narra en el evangelio. Marcos y Mateo no necesitaban escribir un segundo libro como Hechos, para narrar la presencia y acción de Jesús resucitado en la iglesia, por medio del Espíritu, pues sus evangelios bastaban para trazar el sentido de la vida cristiana; para ellos, el tiempo de la iglesia no podía separarse del tiempo del evangelio. Lucas, en cambio, ha separado esos tiempos al escribir su libro en dos partes y más los han separado aún los editores del Nuevo Testamento, al colocar cada parte del libro de Lucas en un lugar separado, como libros distinto: un evangelio de Jesús y un libro de los Hechos.

(c) Tiempo de la iglesia.

La novedad de Lucas está en fijar y desarrollar el tiempo de de la iglesia tras la ascensión o subida de Jesús (Lc 24, 50-53; Hech 1, 9-11). Este es el tema del libro de los Hechos. La misma ausencia de Jesús se convierte para Lucas en principio teológico: Jesús ha superado ya su antigua forma de existencia, para enviar su Espíritu (cf. Lc 24, 49; Hech 2, 33), iniciando el tiempo y camino de la iglesia, que Lucas vincula a la experiencia de Pentecostés (Hech 2, 1-13). Tenemos, por tanto, tres tiempos y dos libros: del primer tiempo trata todo el Antiguo Testamento; de los otros dos tratan los dos libros de Lucas. Esta visión, de tipo más línea y pedagógico que la de Pablo, Marcos o Mateo, ha podido convertirse en presupuesto normal de la visión cristiana de la salvación y constituye, a mi entender, el logro histórico/teológico más hondo de Lucas. Él podía haber escrito quizá otro tipo de trabajo: un ensayo moral sobre la novedad cristiana, un sermón pascual… Pero ha preferido trazar una historia seguida y unitaria donde el misterio de Dios se revela a lo largo del mismo despliegue de la salvación humana. Lucas ha integrado así la cristología (narración de Jesús: Lc) en un contexto teológico ternario, por no decir trinitario. No ha tenido que escribir una primera obra sobre Dios (historia israelita), porque la encuentra escrita y la emplea como fuente de inspiración y punto de partida: es la Biblia que asume en su versión de los LXX, sirviéndose de ella para escribir los comienzos de la historia de Jesús y de la iglesia (Lc 1-2; Hech 1-5). Su cristología propiamente dicha (Lc), se encuentra así precedida por la teología (Biblia israelita) y seguida por la pneumatología, que se expresa en el mismo despliegue de la iglesia, que aparece así como expresión y presencia de un Jesús ausente (Hech).

(4) El evangelio de Lucas (? evangelios, Q).

Significativamente, Lc no ha empleado la palabra evangelio en su libro sobre Jesús, sino que la emplea sólo en contexto de iglesia (en Hech 15, 7; 20, 24). Eso no es casualidad, sino que responde a su visión de historiador de los orígenes del cristianismo y a su propia forma de entender su trabajo literario, que él introducido de este forma: «Ya muchos han intentado componer una diéguesis (relato) de las cosas que han sucedido entre nosotros, siguiendo lo que nos han transmitido los primeros testigos oculares, conver¬tidos en servidores de la Palabra. Según eso, también yo, después de investigar todo con diligencia, desde los orígenes, he decidido escribírtelo con orden, ilustre Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1, 1-4). Lucas conoce la existencia de diversas diéguesis o relatos que narran dentro de la iglesia las cosas (pragmata) que en ella han sucedido desde los mismos orígenes del acontecimiento de Jesús. No rechaza la validez de esos relatos, pero piensa que pueden completar¬se, para expresar así mejor la coherencia (solidez) de la enseñanza cristian¬a. Los relatos anteriores pueden contener buenas historias y enseñanzas de Jesús, pero a juicio carecen de un orden de conjunto. Por eso, Lucas ha querido escribir una nueva diéguesis donde presenta en forma ordenada los acontec¬imientos y enseñanzas de Jesús, tal como han sido testifica¬dos y transmitidos por los primeros misioneros. Según eso, él no inventa, transmite; no crea, organ¬iza y unifica lo transmi¬tido. De esa forma, su relato puede presentarse como un logos (cf. Hech 1, 1), una especie de tratado en dos volúmenes o tomos, como ya hemos visto (? Lucas 1). Lucas no escribe un eu-angelion como Marcos, ni tampoco un libro de genealogía de Jesús como Mateo, sino un relato-tratado de los acontecimientos y palabras relativas a Jesús y a los principios de la iglesia, en dos volúmenes. Sólo cuando la iglesia posterior, a finales del siglo II, ha separado las dos partes, la primera ha podido presentarse como unidad en sí misma, interpretándola a modo de evange¬lio y poniéndola al lado de los otros evangelios (Mc, Mt, Jn)¬.

(5) Jesús y el evangelio.

Más que contenido del evangelio, el Jesús de Lucas aparece como evangelizador. Ciertamente, Lucas conoce el sentido que la palabra evangelio ha tenido dentro de la iglesia. Por eso en Hech 15, 7 ha presentado a Pedro como el primero en extender a los gentiles «la palabra del evangelio» (que aquí significa buena nueva universal del Cristo). Pablo, por su parte, en el sermón de su solemne despedida aparece como aquel que ha dado siempre testimonio «del evangelio de la gracia» (Hech 20, 24). El evangelio pertenece, por tanto, al misterio de la predicación cristiana, asumida por los dos grandes fundadores de la iglesia, como palabra pascual de salvación. Por eso, siendo buen historiador, no ha podido presen¬tar a Jesús hablando de un evangelio, pues esa palabra sólo adquirirá sentido tras la pascua. Pero, al mismo tiempo, el mismo verbo «evangelizar» y el contenido del evangelio ha recibido en Lucas un sentido más extenso, que se abre ya a la iglesia. Ciertamente, siendo fiel a sus propias tradicio¬nes, Lc conserva el verbo eu-angelidsein en los lugares clave de la historia de Jesús (Lc 4, 18; 7, 22; quizá también 16, 16). Pero en otros lugares ese verbo tiende a perder su fuerza mesiánica original (procedente del Segundo Isaías) para tomar el sentido más genérico de anuncio-anunciar. En esta perspectiva es importante el pasaje en que Lucas trasmite un «evangelio del nacimiento», porque nos sitúa en la línea de lo que podríamos llamar el evangelio hele¬nista del culto al emperador, a que alude una inscripción de Priene. El ángel del nacimiento dice a los pastores: «No temáis, os evangelizo una alegría grande… hoy ha nacido para vosotros el salvador (sôtêr), ¬que es el Cristo, Kyrios, en la ciudad de David» (Lc 2, 11). E¬ste sería para Lucas el evangelio estrictamente dicho: el anuncio de la buena noticia del nacimiento del salvador, noticia donde viene a encontrar su centro y plenitud toda la historia de los hombres.

(cf. J. N. ALETTI, El arte de contar a Jesucristo. Lectura narrativa del evangelio de Lucas, Sígueme, Salamanca 1992; H. CONZELMANN, El centro del tiempo. La teología de Lucas, Fax, Madrid 1974; E. RASCO, La teología de Lucas. Origen, desarrollo, orientaciones, AnGreg 201, Gregoriana, Roma 1976).

 

 

Domingo 23 de octubre de 2016, 30º Ordinario, Koinonia

Lucas 18, 9-14

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

«¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:

«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. «

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

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La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y refleja distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Una de éstas es la del fariseo y el recaudador que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo: el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo mostraba claramente la obligación del pago del impuesto al templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen una relación saludable con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas o aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en esto consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reino de Dios. Con su comportamiento el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del templo con sus medios redentores y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 80 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El piadoso y el granuja». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/article/80-el-piadoso-y-el-granuja

 

 

«DIOS NO TIENE QUE HACER JUSTICIA HUMANA» de Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos

Lc 18, 1-8

Comentar las lecturas de hoy es complicado porque partiendo de ellas, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª:el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. Amalec es para Dios tan querido como el pueblo israelita, aunque los judíos sigan pensando otra cosa. La 2ª: El mito de la inspiración. No toda la Escritura es útil para enseñar. Recordad las palabras de Jesús: habéis oído que se dijo… pero yo os digo… La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Ni ahora ni después, ni al que se lo pida con insistencia ni al que no se lo pida, va a hacer justicia humana de ninguna manera.

La Escritura es fruto de una experiencia religiosa, pero está expresada en conceptos que corresponden a una visión mítica del mundo. Al entenderla y juzgarla desde nuestra mentalidad, que ya no es mítica, distorsionamos el mensaje. Debemos tener la valentía de separar el mensaje, del envoltorio en que ha sido transmitido. Nuestra teología ha sido un intento de convertir el mito en logos. La racionalización del mito nos impide descubrir su valor y nos lleva a una falsificación de la verdad que en él se contiene. A este proceso que ha durado veinte siglos, le podíamos llamar mitologización. Por eso desde Bultmann se habla de una necesaria desmitologización.

La modernidad cometió el error de lanzar por la borda la increíble riqueza de la experiencia religiosa, porque confundió el embalaje mítico en que venía presentada con la verdad que quería trasmitir. Con el agua del baño hemos tirado por la ventana al niño. Pero las religiones, sobre todo la nuestra, siguen manteniendo el error de no querer prescindir del envoltorio porque, después de tanto tiempo insistiendo en que había que mantener a toda costa el mito, ahora no tienen la valentía de proponer la verdad separada del mismo mito.

También hoy es imprescindible atender al contexto para entender el texto. A continuación del relato de los diez leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuando llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre la última venida del Hijo del hombre. Con la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato de hoy cobra su verdadero sentido. No trata de prevenir cualquier desánimo, sino del peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato, era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo.

La parábola del juez y la viuda no tiene aplicación posible desde nuestra religiosidad actual. No se trata solo de no confundir al juez injusto con Dios. Es que ni siquiera podemos esperar que haga justicia. Hoy sabemos que Dios no puede tener ahora una postura y otra para dentro de una hora o para el final de los tiempos. Dios es siempre el mismo y no puede cambiar para amoldarse a una petición. No tenemos que esperar al final del tiempo para descubrir la bondad de Dios. Se puede descubrir a Dios presente, incluso en todas las calamidades, injusticias y sufrimientos que los hombres nos causamos unos a otros.

El tema es de máxima importancia, porque la oración, en cualquiera de sus formas, es una de las manifestaciones religiosas que más nos dice sobre nuestra manera de entender a Dios y al hombre. En concreto, lo que esperamos de la oración de petición nos puede servir de test para comprender el estadio en que se encuentra nuestra religiosidad. Agustín, con su genialidad, nos ha metido por un callejón sin salida cuando afirmó que la oración no era eficaz, quia malum, quia mala, quia male. Que quiere decir: porque soy malo, porque pido cosas malas, porque las pido de mala manera. Este razonamiento es insostenible, porque, constatado que Dios no responde, nos las arreglamos para dejar a salvo a Dios, pues la culpa la tenemos siempre nosotros.

De manera menos lapidaria yo me atrevo a decir: Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si pedimos, esperando que el mismo Dios cambie: malo, malo, malo. Y si terminamos creyendo que Dios me ha hecho caso y me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible y además, está en nuestras manos: cambiar nosotros.

No es tarea de Dios impartir justicia humana, y la justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. El que es objeto de injusticia no será afectado en su verdadero ser si él no se deja arrastrar por la misma injusticia. La justicia humana se impone por el poderjudicial.Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe como los poderosos. Dios no puede actuar contra nadie por muchas fechorías que haya hecho. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca para concederles la revancha contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es liberar al oprimido. Ésta era la acción más propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias de entonces y de ahora, Dios se calla. Es muy difícil armonizar este silencio de Dios con la insistencia en la eficacia de la oración. Dios no puede hacer justicia, tal como la entendemos los humanos.

No se trata de la oración en general, sino de una oración muy concreta: la petición a Dios de justicia para los oprimidos. No tenemos que esperar a la acción puntual de Dios, sino descubrir su presencia en todo acontecer y en toda situación. Es mucho más importante saber aguantar la injusticia que alcanzar nuestra justicia. Es mucho más importante ser siempre “justos” que conseguir justicia de otros. La justicia de Dios es una actitud que permite descubrir todo lo que puedo esperar en el momento actual, sin que Dios tenga que hacer nada, mucho menos, teniendo que echar mano de su poder.

La oración no la hago para que la oiga Dios, sino para escucharla yo mismo y darme la ocasión de profundizar en el conocimiento de mi ser profundo. Todo ello me llevará a dar sentido al sinsentido aparente. El silencio de Dios me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. Mi justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia del otro no me debe hacer injusto a mí.

Pedir a Dios justicia, aquí o para el más allá, es mantener el ídolo que hemos creado a nuestra medida. La justicia en el más allá se inventó precisamente para armonizar la idea de un Dios justo al modo humano con la hiriente realidad de una injusticia que clamaba al cielo. En tiempo de los macabeos se vio que los males que afligían a los seres humanos no se podían explicar como castigo de Dios, porque Antíoco estaba sacrificando precisamente a los más fieles a la Ley. Para superar esa contradicción se sacó de la manga un castigo y un premio para después de la muerte.

El mensaje de Jesús está sin estrenar. ¿A quién de nosotros se nos ha ocurrido alguna vez dar la túnica al que nos roba el manto? ¿Quién ha puesto una sola vez la otra mejilla cuando le han dado una bofetada? Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.

 

Meditación-contemplación

La plenitud de la justicia está en la entrega absoluta y total.
Esto no tiene nada que ver con nuestra justicia.
La mayor de las injusticias sufrida desde esta perspectiva,
es compatible con la plenitud humana más absoluta.
…………………

Jesús en la cruz, llegó a la plenitud humana porque se identificó totalmente con Dios.
Ahí está su máxima gloria.
Ese es el camino que él ha marcado para todo ser humano.
Darse totalmente es la meta más alta que puede alcanzar el hombre.
…………………

Nuestra justicia está siempre mezclada con la venganza.
Mi plenitud no está en la derrota del enemigo
sino en dejarme derrotar por mantenerme en el amor.
Esto es el evangelio. ¿Quién se lo cree?

Fray Marcos

 

 

Domingo 16 de octubre de 2016, 29º Ordinario, Servicios Koinonia

SERVICIOS KOINONIA

Lucas 18, 1-8

Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan:

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.»

Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para ello, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser oída por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras, aunque no siempre suele suceder así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticia legalizada? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”; el Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos; marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 74 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El juez y las viudas». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí:https://radialistas.net/article/74-el-juez-y-las-viudas

A quienes tienen una mentalidad «moderna», en la que ya no imaginamos a Dios como un alguien que está «ahí afuera», y «ahí arriba» manejando los acontecimientos de este mundo, el sentido de la oración clásica de petición se nos ha ido transformando. En un primer momento damos menos valor a la oración de petición: descubrimos su carácter «egoísta», y su intención de «utilizar a Dios», «servirse» de él más que de servirle. Llega un momento en que asimilamos esta situación de estar en el mundo sin un «Dios tapa-agujeros» y le vemos menos sentido a estar recurriendo a él a cada instante. Vamos tratando de asumir este estar en el mundo «etsi Deus non daretur» (Grotius), como si dios no existiera. O, como dijo Bonhoeffer: nos sentimos «llamados a vivir ante Dios pero sin dios», es decir, sin poder echar mano de Él; el Dios verdadero quiere que seamos adultos, que asumamos nuestra propia responsabilidad.

La oración continúa teniendo sentido, obviamente, pero «otro sentido» que el de andar estableciendo transacciones («yo te doy para que tú me des») con el «dios de ahí arriba», que supuestamente va a mejorarnos la salud, o a facilitarnos alguna dificultad del camino removiendo los obstáculos. La oración es otra cosa, es para otra finalidad, y sigue siendo bien necesaria, como la respiración, pero no sirve para remediar problemas ni hacer milagros. Por otra parte, «después de Copérnico y Newton, ya no hay milagros». Aunque, en el mundo de Einstein y de la física cuántica todo es un sorprendente milagro…

Con una «segunda ingenuidad», cabe permitirnos una forma leve (light) de oración de petición: aquella forma de oración en la que sabemos que no pretendemos realmente una «transacción» con Dios, ni ponerlo de nuestro lado (que en el fundo es querer influir a Dios, hacerle cambiar de actitud), sino simplemente permitirnos expresar ante Dios y ante nosotros mismos nuestras inquietudes. Como un desahogo personal, con una forma «teísta» de «hablar con el Misterio», como un modo de colocar nuestras preocupaciones en el contexto de la voluntad de Dios y de consolidar nuestra búsqueda de esa voluntad.

Sobre la oración de petición y su necesaria reconsideración, ya se ha escrito mucho y probablemente lo hemos estudiado bien. Lo que nos toca ahora es irnos haciendo más y más consecuentes. Adultos responsables, que tratan de vivir consecuentemente «ante Dios, sin Dios», entregados totalmente a la causa, apasionados, sin utilizar atajos fáciles.

 

 

 

Urteko 29. igandea – 29 domingo T. O., Jose A. Pagola

– C (Lukas 18,1-8)

Evangelio del 16/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

SUFRITZEN ARI DIRENEN DEIADARRA – EL CLAMOR DE LOS QUE SUFREN

Emakume alargunaren eta eskrupulorik gabeko epailearen parabola hau, beste hainbat bezala, kontakizun irekia da; oihartzun desberdinak eragin ditzake entzuleengan. Lukasen arabera, etsi gabe otoitz egiteko deia da; aldi berean, gonbita da gau eta egun dei egiten diotenei Jainkoak justizia egingo diela konfiantza izatera. Zer oihartzun izan lezake gaur egun gu baitan kontakizun dramatiko honek, beren zoriaren menpe zuzengabeki utziak ditugun hainbeste biktima gogoratzen digularik?

Tradizio biblikoan, bakarrik eta babesik gabe bizi den pertsonaren sinbolo gorena da emakume alarguna. Parabolako emakume honek ez du defendituko duen senarrik, ez seme-alabarik. Ez du sostengurik, ez gomendiorik. Soilik, beraz abusatzen duten etsaiak ditu, eta erlijiorik eta kontzientziarik gabeko epaile bat, zeini bost axola baitzaio inoren sufrimendua.

Emakumeak eskatzen duena ez da nahikera bat. Zuzenbidea du eskatzen soilki. Hauxe da epailearen aurrean behin eta berriz irmoki egiten duen protesta: «Egidazu justizia». Zuzengabeki zapalduak diren guztien eskaria da. Jesusek bereei esaten zienaren ildoko oihua da: «Bila ezazue Jainkoaren erreinua eta haren zuzentasuna».

Egia esan, Jainkoak du azken hitza eta egingo die justizia gau eta egun eskatzen diotenei. Hori da Kristok, heriotza zuzengabetik Aitak piztu duen hark, gu baitan esnatu duen esperantza. Baina, ordu hori iritsi bitartean, inork entzuten ez diela, oihuka bizi direnen deiadarra etengabea da.

Gizarteko gehiengo batentzat itxarote-gau amairik gabea da bizitza. Erlijioek salbamena hots egiten dute. Jesus gurutziltzatuagan gizon egindako Jainkoaren Maitasunaren garaipena aldarrikatzen du kristautasunak. Bitartean, milioika gizakik beren haurrideen gogorkeria eta Jainkoaren isiltasuna esperimentatzen du soilik. Eta, askotan, sinestedunak berak gara Aita den haren aurpegia, geure geurekoikeria erlijiosoz estaltzen dugularik.

Nolatan ez digu entzunarazten, noizbait ere, Jainkoarekiko geure komunikazioak zuzengabeki sufritzen ari direnen deiadarra eta mila eratako haien oihu hau: «Egiguzue justizia»? Otoitz egitean, Jainkoarekin benetan topo egiten badugu, nolatan ez gara gai indartsuago entzuteko Aitaren bihotzera iristen diren zuzentasun-eskariak?

Fededun guztiak interpelatzen gaitu parabolak. Geure debozio partikularrak indartzen jarraitu behar ote dugu, sufritzen ari direnez ahazturik? Jainkoari otoitz egiten jarraitu behar ote dugu hura geure interesen zerbitzari egin nahiz, munduan diren zuzengabekeriak bost axola zaizkigula? Baina otoitz egitea, hain juxtu, geure buruaz ahaztea eta, Jainkoarekin bat, guztientzat mundua zuzenago egiten saiatzea balitz?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

9 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,1-8)

por Coordinador Grupos de Jesús

EL CLAMOR DE LOS QUE SUFREN

La parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos es, como tantos otros, un relato abierto que puede suscitar en los oyentes diferentes resonancias. Según Lucas, es una llamada a orar sin desanimarse, pero es también una invitación a confiar en que Dios hará justicia a quienes le gritan día y noche. ¿Qué resonancia puede tener hoy en nosotros este relato dramático que nos recuerda a tantas víctimas abandonadas injustamente a su suerte?

En la tradición bíblica la viuda es símbolo por excelencia de la persona que vive sola y desamparada. Esta mujer no tiene marido ni hijos que la defiendan. No cuenta con apoyos ni recomendaciones. Solo tiene adversarios que abusan de ella, y un juez sin religión ni conciencia al que no le importa el sufrimiento de nadie.

Lo que pide la mujer no es un capricho. Solo reclama justicia. Esta es su protesta repetida con firmeza ante el juez: «Hazme justicia». Su petición es la de todos los oprimidos injustamente. Un grito que está en la línea de lo que decía Jesús a los suyos: «Buscad el reino de Dios y su justicia».

Es cierto que Dios tiene la última palabra y hará justicia a quienes le gritan día y noche. Esta es la esperanza que ha encendido en nosotros Cristo, resucitado por el Padre de una muerte injusta. Pero, mientras llega esa hora, el clamor de quienes viven gritando sin que nadie escuche su grito, no cesa.

Para una gran mayoría de la humanidad la vida es una interminable noche de espera. Las religiones predican salvación. El cristianismo proclama la victoria del Amor de Dios encarnado en Jesús crucificado. Mientras tanto, millones de seres humanos solo experimentan la dureza de sus hermanos y el silencio de Dios. Y, muchas veces, somos los mismos creyentes quienes ocultamos su rostro de Padre velándolo con nuestro egoísmo religioso.

¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: «Hacednos justicia»? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?

La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses, sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Y si orar fuese precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos?

José Antonio Pagola

 

 

¡ATRÉVETE A VIVIR TU PROPIA VIDA! de Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Lc 17, 11-19

Una vez más, el texto nos recuerda que Jesús va de camino hacia Jerusalén, donde se enfrentará al poder del templo, lo que le llevará a la muerte y a la plenitud como ser humano en la entrega total. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino, como nos han hecho creer. Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

Dice un proverbio oriental: cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo. Al seguir empleando títulos de relatos como: la oveja perdida, el hijo pródigo, los diez leprosos, etc., nos quedamos en el dedo y no descubrimos la luna a la que apuntan. Al relato de hoy le deberíamos llamar: diez leprosos son curados, uno se salva. En el relato vemos con toda claridad que la fe abarca no solo la confianza, sino la respuesta, la fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación. Una vez más queda cuestionada nuestra fe.

El protagonista es el que volvió. La lepra era el máximo exponente de la marginación. La lepra es una enfermedad contagiosa que era un peligro para la sociedad entera. Pero al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma que pudiera dar sospecha de esa enfermedad. Muchas de esas infecciones se curaban espontáneamente y el sacerdote volvía a declarar puro al enfermo. A esta manera de actuar puramente defensiva, Jesús quiere oponer una fe-confianza que debe cambiar también la actitud de la sociedad. Al tomar como referencia la salvación del samaritano, está resaltando la universalidad de la salvación de Dios; pero sobre todo está criticando la idea que los judíos tenían de una relación exclusiva y excluyente con Dios.

No tiene por qué tratarse de un relato histórico. Los exegetas apuntan más bien, a una historia encaminada a resaltar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios cumpliría su promesa de salvación. En cambio, para los cristianos, lo fundamental era el don gratuito e incondicional de Dios; al que se respondía con el agradecimiento y la alabanza. “Se volvió alabando a Dios y dando gracias”. Tenemos datos más que suficientes para afirmar que la liturgia de las primeras comunidades estaba basada toda ella en la acción de gracias (eucaristía) y la alabanza divina.

Distinguimos 7 pasos: 1º.- Súplica profunda y sincera. Son conscientes de su situación desesperada y descubren la posibilidad de superarla. “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. 2º. – Respuesta indirecta de Jesús. “Id a presentaros a los sacerdotes”. Ni siquiera se habla de milagro. 3º.- confianza de los diez en que Jesús puede curarlos. “Mientras iban de camino” 4º.- en un momento del camino quedan limpios. 5º.- Reacción espontánea de uno. “Viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios y dando gracias”. 6º.- Sorpresa de Jesús, no por el que vuelve, sino por los que siguieron su camino. “Los otros nueve, ¿dónde están? 7º.- Confirmación de una verdadera actitud vital que permite al samaritano alcanzar mucho más que una curación. “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”.

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio: La autenticidad, la necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. Todas las instituciones tienden a hacer de las personas robots, que ellas puedan controlar con facilidad. Si no defendemos nuestra personali­dad, la vida y el desarrollo individual termina por anularse. El ser humano, por ser a la vez individual y social, se encuentra atrapado entre estos dos frentes: la necesidad de las instituciones, y la exigencia de defenderse de ellas para que no lo anulen.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes (se supone que eran judíos), se sintieron obligados a cumplir lo que mandaba la ley: presentarse al sacerdote para que le declarara puro y pudieran volver a formar parte de la sociedad. Para ellos, volver a formar parte del organigrama religioso y social, era la verdadera salvación. Los nueve vuelven a someterse al cobijo de la institución; van al encuentro con Dios en el templo en los ritos. El Samaritano creyó más urgente volver a dar gracias. Fue el que acertó, porque, libre de las ataduras de la Ley, se atrevió a expresar su vivencia profunda. Este encuentra la presencia de Dios en Jesús. Es más importante responder vitalmente al don de Dios, que el cumplimiento de unos ritos externos.

La verdadera salvación para el leproso llega en el reconocimiento y agradecimiento del don. Los otros nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del entramado religioso. Estamos ante la disyuntiva: salvación material o salvación espiritual. Sin darnos cuenta nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades y a conformarnos con ella. Incluso no tenemos ningún reparo en meter a Dios en nuestra propia dinámica y convertirle en garante de la salvación que nosotros buscamos, la material.

El cumplimiento de una norma, solo tiene sentido religioso cuando estamos de verdad motivados desde el convencimiento. Jesús no dio ninguna nueva ley, solo la del amor, que no puede ser nunca un mandamiento. Ese valor relativo que Jesús dio a la Ley, le costó el rechazo frontal de todas las instancias religiosas de su tiempo. Jesús tuvo que hacer un gran esfuerzo por librarse de todas las instituciones que en su tiempo como en todo tiempo, intentaban manipular y anular a la persona. Para ser él mismo, tuvo que enfrentarse a la ley, al templo, a las instancias religiosas y civiles, a su propia familia. Incluso una institución tan básica como la familia puede anular a la persona e impedirle que sea ella misma.

El seguimiento de Jesús es una forma de vida. La vida escapa a toda posible programación que le llegue de fuera. Lo único que la guía es la dinámica interna, es decir, la fuerza que viene de dentro de cada ser y no el constreñimiento que le puede venir de fuera. La misma definición de Aristóteles lo expresa con toda claridad. Vida = «motus ab intrinseco» (movimiento desde dentro). No basta el cumplir escrupulosamente las normas, como hacían los fariseos, hay que vivir la presencia de Dios. Todos seguimos teniendo algo de fariseos.

Un ejemplo puede aclararnos esta idea. Cuando se vacía una estatua de bronce, el bronce líquido se amolda perfectamente a un soporte externo, el molde; la figura puede salir perfecta en su configuración externa, solo le falta una cosa, la vida. Eso pasa con la religión; puede ser un molde perfecto, pero acoplarse a él, no es garantía ninguna de vida. Y sin vida, la religión se convierte en un corsé, cuyo único efecto es impedir la libertad. Todas las normas, todos los ritos, todas las doctrinas son solo medios para alcanzar la vida espiritual.

Al celebrar la misa, no sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. Además, en ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. La gloria es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que ser un acicate para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que de verdad sea una manifestación comunitaria de agradecimiento y alabanza. Antiguamente tenía gran importancia litúrgica la celebración de las Témporas en los primeros días de Octubre. Eran unos días de acción de gracias que tenían mucho sentido para la gente sencilla del campo. Al finalizar la recolección de los frutos, se le daba gracias a Dios por todos sus dones.

 

Meditación-contemplación

“Se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias”.
Se trata del último paso del acto de fe.
La confianza produce la curación, pero la fidelidad produce la salvación.
Sería una pena que yo me conforme con la curación.
…………….

La respuesta interior al don personal de Dios,
produce el verdadero milagro de la liberación.
La identificación con el Otro, me libera de la opresión de los otros.
En los demás puedo encontrar seguridades. En Dios encontraré libertad.
………………

Sin reconocimiento del don, no puede haber respuesta.
La principal tarea del ser humano es ese descubrimiento,
que nos llevará a una entrega incondicional en fidelidad.
Mi existencia depende, en cada instante, de Él.
……………………

 

Fray Marcos

 

 

Urteko 28. igandea – 28 domingo T.O. C (Lukas 17,11-19), Jose A. Pagola

C (Lucas 17,11-19)

Evangelio del 09/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

SENDATZEA

Ezaguna da pasadizoa. Jesusek hamar lepradun sendatu ditu eta apaizengana bidali, beren familiara itzultzeko baimena eman diezaieten. Horretan amaitzen ahal zen kontakizuna. Baina, ez; haietako baten erreakzioa nabarmendu nahi izan du ebanjelariak.

Behin sendatuz gero, lepradunak ezkutatu egin dira eszenatik. Ez dakigu ezer haietaz. Ematen du ez dela ezer gertatu haien bizitzan. Halaz guztiz, haietako batek«sendatua ikusi du bere burua» eta konturatu da ezen erregalu handi bat egin diotela. Eta Jainkoa sumatu du sendatze haren jatorrian. Bihotz-handi, itzuli egin da«Jainkoa oihuka goratuz» eta «Jesusi eskerrak emanez».

Eskuarki, komentariogileek esker emate bezala interpretatu izan dute haren erreakzioa: beste bederatziak esker txarreko dira; itzuli dena bakarrik da esker oneko. Egia esan, badirudi horixe iradokitzen duela kontakizunak. Halaz guztiz, Jesus ez da mintzo esker onaz. Dio ezen samariarra «Jainkoa aintzatzera» itzuli dela. Eta Jainkoa aintzatzea eskerrak ematea baino zerbait gehiago da.

Pertsona bakoitzaren historia txikian, gaixotasunaren, oinazearen eta atsekabearen proba bizi izan duenaren historian, esperientzia pribilegiatua da sendatu izana, Jainkoa aintzatzeko gure izatearen Salbatzaile den aldetik. Hau dio Lyongo Ireneo santuaren esapide sonatu batek: «Hona zerk duen aintzatzen Jainkoa: bizia bete-betean duen gizakiak». Sendatua izan den lepradunaren gorputz hori Jainkoaren aintza abesten duen gorputza da.

Dena dakigula uste izaten dugu geure organismoaren funtzionamenduaz; halere, gaixotasun larri batetik norbait sendaturik ikusteak harrigarri izaten jarraitzen du. Beti da «misterio» esperimentatzea nola oneratzen den gure bizitza, nola indarberritzen garen, nola handitzen diren gure konfiantza eta gure askatasuna.

Sendatzea bezain errotiko eta oinarrizko esperientzia gutxi bizi izango ditugu, gaitzaren gaineko eta herio-mehatxuaren gaineko biziaren garaipena esperimentatu ahal izateko. Horregatik, Jainkoari, gure izatearen oinarri bezala eta bizi berriaren jatorri bezala datorkigun Jainkoari modu berrian ongi etorri egiteko ahalbidea eskaintzen zaigu sendatuak garela sumatzean.

Medikuntza modernoak jende askori ahalbidetzen dio gaur egun sendatze-prozesua bizi ahal izateko zoria, iraganean baino sarriago. Esker oneko izan behar genuke sendagile horiekiko, baina sendatu zarela sumatzea, aldi berean, Jainkoarekin harreman berriak izateko aukera eta estimulu ere izan daiteke. Ez-axolatik federa igaro gintezke, ukatzetik ongi etorri egitera, zalantzatik konfiantzara, ikaratik maitasunera.

Jainkoari eginiko ongi etorri honek senda gaitzake kalte egiten diguten ikaratik, hutsunetik, zaurietatik. Errotzen ahal gaitu bizitzan era osasungarriagoan eta askeagoan. Sendatzen ahal gaitu oso-osorik.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

28 Tiempo ordinario – C (Lucas 17,11-19)

Evangelio del 09/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

CURACIÓN

El episodio es conocido. Jesús cura a diez leprosos enviándolos a los sacerdotes para que les autoricen a volver sanos a sus familias. El relato podía haber terminado aquí. Al evangelista, sin embargo, le interesa destacar la reacción de uno de ellos.

Una vez curados, los leprosos desaparecen de escena. Nada sabemos de ellos. Parece como si nada se hubiera producido en sus vidas. Sin embargo, uno de ellos «ve que está curado» y comprende que algo grande se le ha regalado: Dios está en el origen de aquella curación. Entusiasmado, vuelve «alabando a Dios a grandes gritos» y «dando gracias a Jesús».

Por lo general, los comentaristas interpretan su reacción en clave de agradecimiento: los nueve son unos desagradecidos; solo el que ha vuelto sabe agradecer. Ciertamente es lo que parece sugerir el relato. Sin embargo, Jesús no habla de agradecimiento. Dice que el samaritano ha vuelto «para dar gloria a Dios». Y dar gloria a Dios es mucho más que decir gracias.

Dentro de la pequeña historia de cada persona, probada por enfermedades, dolencias y aflicciones, la curación es una experiencia privilegiada para dar gloria a Dios como Salvador de nuestro ser. Así dice una célebre fórmula de san Ireneo de Lion: «Lo que a Dios le da gloria es un hombre lleno de vida». Ese cuerpo curado del leproso es un cuerpo que canta la gloria de Dios.

Creemos saberlo todo sobre el funcionamiento de nuestro organismo, pero la curación de una grave enfermedad no deja de sorprendernos. Siempre es un «misterio» experimentar en nosotros cómo se recupera la vida, cómo se reafirman nuestras fuerzas y cómo crece nuestra confianza y nuestra libertad.

Pocas experiencias podremos vivir tan radicales y básicas como la sanación, para experimentar la victoria frente al mal y el triunfo de la vida sobre la amenaza de la muerte. Por eso, al curarnos, se nos ofrece la posibilidad de acoger de forma renovada a Dios que viene a nosotros como fundamento de nuestro ser y fuente de vida nueva.

La medicina moderna permite hoy a muchas personas vivir el proceso de curación con más frecuencia que en tiempos pasados. Hemos de agradecer a quienes nos curan, pero la sanación puede ser, además, ocasión y estímulo para iniciar una nueva relación con Dios. Podemos pasar de la indiferencia a la fe, del rechazo a la acogida, de la duda a la confianza, del temor al amor.

Esta acogida sana de Dios nos puede curar de miedos, vacíos y heridas que nos hacen daño. Nos puede enraizar en la vida de manera más saludable y liberada. Nos puede sanar integralmente.

José Antonio Pagola