Carlos Iaquinandi Castro
Alainet
Redes Cristianas
Faltaban pocos minutos para las cinco de la tarde cuando el suelo en Puerto Príncipe, capital haitiana, comenzó a sacudirse como una gigantesca alfombra. Edificios y endebles y precarias viviendas cayeron en medio de gritos y expresiones de angustia. Rápidamente se instaló el horror, el miedo, el desconcierto entre la población. El territorio más empobrecido y abandonado de América Latina, se convirtió en un gemido colectivo.
Una parte importante de sus casi diez millones de habitantes perdió sus pocas pertenencias. Al momento de redactar esta crónica, no se sabe cuantos miles de personas han muerto bajo los escombros o como consecuencia de diversas heridas. Todos los gobiernos, en especial los de los países desarrollados anuncian el envío de sus ayudas. Pero 24 horas después de la tragedia, los periodistas que intentaban cruzar la frontera de la isla desde la República Dominicana, relataban que los puestos permanecían cerrados y afirmaban que la capital, situada a solo 15 kms del epicentro del terremoto y sus réplicas permanecía aislada. La carencia de infraestructuras básicas dificultará y en algunos casos hará imposible que la ayuda más elemental llegue a quienes lo necesitan.