Conocí a Munilla en un plató de televisión, hace unos años; el tema era la Iglesia y la homosexualidad. Tenía curiosidad por conocer la persona que defendería los argumentos oficiales de la Iglesia, tan indefendibles a mi parecer. En anteriores debates similares no se había presentado nadie, pese al trabajo y la insistencia de los periodistas. Después de todo, no es sencillo encontrar a alguien que comulgue con la ortodoxia vaticana, que represente a la Iglesia, y que se atreva a bajar de la cátedra de teología a un simple plató de televisión.
Pensé que aparecería, como otras veces, algún cura confuso, medio engañado, que intentaría echar balones fuera durante el debate y salir airoso de la pelea, contentándose con un empate. Me equivoqué. Apareció el párroco de Zumarraga, de negro y con alzacuellos, quizá no muy lúcido en sus palabras pero con una energía extraordinaria. Se le veía muy cómodo en el debate, y parecía tocado por una fuerza superior que le empujaba a mostrar la evidencia de que la práctica homosexual es un mal social, uno de los más graves. El huracán terminó con el debate y se fue en su coche volando a Zumarraga.
También he podido conocer a Joxe Arregi, en varias ocasiones. Le conocí en un seminario sobre víctimas del terrorismo, organizado por Alboan, donde Joxe intercambió unas palabras enormemente lúcidas y serenas, llenas de empatía y compasión, con la viuda de un concejal asesinado. He leído bastantes de sus textos, de una sinceridad, naturalidad y profundidad apabullante, textos de esos que escasean hoy en día. Joxe se esfuerza por hablar de Dios de una manera tierna, cercana. Habla con creyentes y no creyentes, transmite pasión y reconoce errores. He conocido también lo que él y otros compañeros franciscanos están haciendo en Arantzazu, comprometiéndose con la realidad social de su pueblo y con los más pobres, renovando la espiritualidad y sembrando semillas de oración con iniciativas como la Red Asís.