Aquella mañana del viernes, a Pilatos le habían arrancado de la cama demasiado pronto. Aquellos judíos le importunaban de nuevo con sus picapleitos. Deseaba, ardientemente, que el divino Tiberio lo relevara de aquella prefectura que tan poco gratificante le era. Ese viernes le pedían que juzgara y condenara a morir un campesino galileo debido a disquisiciones de su absurda religión. Un hombre que no conocía de nada, del que nunca había oído el menor comentario.
Pero lo que parecía un juicio de trámite, tomaba unas dimensiones insospechadas. Al día siguiente era la Pascua y los judíos estaban más enardecidos que nunca. Se iban congregando en la explanada y exigían la crucifixión. Y, de hecho, aquel hombre le producía una extraña inquietud. El interrogatorio no era fácil. Aquel hombre, con un semblante sereno e imperturbable, admitía tener una dignidad real en un reino utópico; afirmaba que había nacido para dar testimonio de la verdad, y proclamaba que todos los que son de la verdad escuchan su voz. Y Pilatos, con unos conocimientos filosóficos más bien escasos, se levantó de un salto, dando la impresión que acababa la escasa paciencia que le quedaba, y gritando: "¿Y qué es la verdad?"
La pregunta quedó, flotando, sin respuesta en el silencio del pretorio.