Arregi
Una presencia nueva, un comienzo nuevo:
"Nosotros creíamos que él iba a ser el liberador de Israel, pero…" (Lc 24,21). Muchas bellas historias han terminado así.
También aquellos discípulos (¿tal vez un discípulo y una discípula?) pensaban que los sueños que Jesús había despertado en ellos habían fracasado. Pero Jesús les salió de nuevo al encuentro, y de nuevo empezaron a soñar o, mejor, a esperar. Fue Pascua. La historia de aquel sueño que había empezado con Jesús, y que el viernes santo parecía haber desbaratado, revive en la pascua, cuando confiesan que Jesús el fracasado ha sido exaltado, que Jesús el crucificado vive. Cuando se les abren los ojos y ven la Pascua o el paso de Dios en Jesús, entonces es Pascua para ellos.
La esperanza de la pascua no es una esperanza nueva, sino una esperanza tan vieja como la creación. Pero, a los ojos del cristiano, la Pascua de Jesús es la imagen y la fuente nueva de la esperanza vieja. En la Pascua de Jesús confesamos la derrota de todas las muertes y la victoria de una vida nueva para todas las criaturas. La desgracia no es el último destino. Dios está con todos los oprimidos, crucificados y sufrientes, al igual que estaba con Jesús. La justicia tiene razón, no el poder. La paz tiene razón, no el asesinato. La reconciliación tiene razón, no la opresión. La esperanza tiene razón, no la desesperanza. El corazón tiene razón.
¿Pero por qué? ¿Por qué confesaron aquell@s primer@s discípul@s y por qué seguimos confesando nosotros que el crucificado vive? Ellos no tuvieron pruebas, como tampoco nosotros las tenemos. Pero en el recuerdo renovado de Jesús, en el mensaje de las antiguas Escrituras, en la esperanza difícil de cada día, en el amor fraterno real y cálido, en la comensalía gozosa, en el deseo misterioso del corazón… fueron percibiendo al crucificado como vivo y como compañero de camino. Fueron percibiendo la huella de Dios en la estela de Jesús.
El mismo resucitado viene también a nuestro encuentro en medio de nuestras desesperanzas y esperanzas. Nos muestra las heridas de su cuerpo. Pronuncia nuestro nombre propio. Nos parte el pan. Nos habla al corazón. Por eso lo confesamos, en medio de todas nuestras oscuridades y dudas, con humildad y firmeza: ¡el Crucificado vive!
RESURRECCIÓN DE JESÚS (Parte 2)
4. Un lenguaje libre para decir la Pascua
Normalmente, nos referimos a la Pascua con el término "Resurrección". Pero podemos plantearnos, a propósito de este término, dos cuestiones previas: 1) ¿El término "resurrección" agota el contenido de la Pascua? Evidentemente no. 2) ¿Es la categoría más adecuada para expresar lo que Dios hace en la Pascua de Jesús y en la Pascua de todas las criaturas? Seguramente no.
Ninguna palabra debe ser absolutizada, precisamente para que exprese mejor aquello que quiere indicar, sugerir, inspirar. "Entrar en el Reino de Dios", "gozar de la vida eterna", "estar en el seno de Abrahán" o "en el paraíso", "participar en el banquete del Reino"… son expresiones neotestamentarias en buena parte sinónimas de "resurrección" en general. "Ser exaltado" o "elevado" o "glorificado", "sentarse a la derecha de Dios", "subir al cielo" o "al Padre", "ser asumido al cielo"… son fórmulas prácticamente sinónimas de "resurrección" de Jesús. No hay que aferrarse a las palabras, sino dejarse orientar por ellas.
Esto ya lo supieron los primeros cristianos que dijeron la Pascua. El Nuevo Testamento no nos brinda el acceso a la Pascua pura en sí, sin palabras e imágenes, sino a través de la interpretación. Y quien dice "interpretación" dice siempre, en alguna medida, "interpretaciones". Claro indicio de ello es la pluralidad de categorías utilizadas para designar el acontecimiento pascual: "resucitar", "exaltar", "glorificar", "ascender al cielo"… "Resurrección" no es, pues, el único término, ni siquiera el más frecuente. Los diferentes términos responden a un doble esquema básico: el esquema "resurrección" y el esquema "exaltación".
5. El esquema "resurrección" y el esquema "exaltación"
El esquema "resurrección" –egeirein (despertar o despertarse, levantar o levantarse), anistemi (levantar o levantarse)–, más frecuente en las confesiones y en las fórmulas pascuales de fe (Rm 10,9; 1 Cor 6,14; 15,15; Lc 24,34; Hch 2,24), interpreta la Pascua con la metáfora del retorno a la vida de un muerto o del despertarse del sueño de la muerte. Y es significativo que Dios sea prácticamente siempre el sujeto de estos verbos tanto en su forma activa ("Dios ha resucitado a Jesús") como en su forma pasiva ("Jesús ha sido resucitado por Dios"). La afirmación pascual es originariamente una afirmación teológica y no directamente cristológica; el centro fundamental de interés es la acción de Dios que se ha puesto del lado de Jesús crucificado, devolviéndole a la vida. Dios ha cumplido lo que se confesaba de él en la oración sinagogal de las 18 bendiciones: "Bendito seas, Señor, que resucitas a los muertos". La afirmación teológica conlleva implícitamente, eso sí, una afirmación cristológica que irá desarrollándose paulatinamente.
El esquema "exaltación", a su vez, más frecuente en los himnos, se refracta en una gran profusión de expresiones: Dios lo exaltó (Flp 2,9), le ha declarado Señor (Flp 2,11), Dios le ha constituido Señor y Mesías (Hch 2,36), lo ha exaltado a su derecha (Hch 2,33; 5,31), se sentó a la diestra de Dios (Mc 16,19; Heb 1,3; Col 3,1), está de pie a la derecha de Dios (Hch 7,55-56), ha entrado en su gloria (Lc 24,26), Dios lo ha glorificado (Jn 13,32 y passim), le ha dado autoridad plena (Mt 28,18), ha sido elevado al cielo (Lc 24,51; Mc 16,19), ha subido al cielo (Hch 1,11)… Formas y formas de expresar una misma convicción y vivencia profunda: el condenado ha sido rehabilitado, el humillado ha sido honrado, el que en la cruz no pudo "librarse a sí mismo" se ha convertido en sacramento y lugar de la liberación universal.
6. Marana, tha!
Una de la expresiones más significativas del esquema exaltación es la antiquísima invocación aramea Marana tha, la oración probablemente más antigua que se haya dirigido a Jesús (la encontramos en arameo en 1 Cor 16,22 y en Didaché 10,6, en griego en Ap 22,20). Esta escueta plegaria recoge seguramente el núcleo de la confesión pascual primera y de la confesión cristológica primitiva de la primera comunidad cristiana: el crucificado es invocado como mar ("señor"). Es un tratamiento reverencial de uso social y familiar frecuente, que todavía no posee toda la riqueza de significado cristológico que adquirirá con el tiempo su traducción griega por kyrios. [El término mar era aplicado a un padre, a un juez o a un rey; en Qumrán, aunque rara vez, podía designar incluso a Dios]. Pero es una invocación, una plegaria, y esto es lo revelador: después de crucificado, los primeros discípulos se dirigen a Jesús, le oran. La invocación sitúa a Jesús "en el mundo de Dios", en un "más allá" que, sin embargo, no está separado de nuestra realidad; el crucificado se halla en Dios, que habita nuestro mundo y es, a la vez, su meta. Los primeros cristianos reconocen a Jesús como el humillado glorificado, el condenado rehabilitado, el mártir exaltado por Dios y, según una imagen conocida en la época, "reservado junto a Dios" para los últimos tiempos. Marana, tha! Suplican a Jesús que venga o "vuelva" como "Hijo del hombre" del tiempo final, para llevar a cabo el juicio e inaugurar el tiempo nuevo del consuelo, el tiempo de la restauración de todas las cosas (Hch 3,20-21). En esta invocación están contenidos, potencialmente, todos los títulos de grandeza: Mesías, Hijo del hombre, Hijo de Dios, Señor… Pero, evidentemente, esa cristología de los títulos no se desarrolló de golpe. Tampoco de manera lineal y homogénea.
7. La frescura metafórica
Jesús ha sido resucitado, exaltado, elevado, sentado a la diestra de Dios, constituido Señor, ascendido al cielo… Distintas imágenes para expresar la misma fe y el mismo acontecimiento o, si se quiere, para indicar diversos aspectos que la Pascua conlleva lo mismo para Jesús que para nosotros.
Una nota en relación con el "tiempo" pascual. Para el evangelio de Juan, la cruz, la resurrección y el envío del Espíritu (viernes santo, pascua y pentecostés) constituyen un acontecimiento único designado justamente como "exaltación". Según el Evangelio de Lucas, la "ascensión" sucede el mismo día de la Pascua (Lc 24,50); es en los Hechos donde Lucas sitúa la resurrección, la exaltación ("ascensión") a los 40 días y la efusión del Espíritu ("pentecostés") a los 50 días como hechos diversos y sucesivos (los 40 días significan un tiempo sagrado importante, relativamente largo, el tiempo de una generación; en los Hechos, designan el tiempo que necesitaron los discípulos/as para asimilar las enseñanzas del resucitado; los 50 días remiten a la fiesta en que los judíos recordaban y actualizaban la alianza del Sinaí). Lucas quiere marcar la diferencia y al mismo tiempo la unidad, la ruptura y la relación, entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia.
Así pues, tanto el lenguaje de la resurrección comoel lenguaje de la exaltación son metafóricos. "Despertar", "levantarse", "ser levantado", "revivir"… son metáforas diversas para evocar lo que en la Pascua sucede a Jesús y a todas las criaturas. ¿Cómo decir lo que trasciende el mundo de nuestras experiencias empíricas si no es a través de metáforas que desempeñan esa función suprema de la palabra que consiste en abrirnos a lo indecible? Carece de sentido comprender las metáforas en sentido literal. La Pascua no significa que Jesús haya "despertado" de la muerte, ni que el cuerpo físico haya "revivido" ni que Jesús haya "subido" al cielo o se haya sentado a la "derecha" de Dios. La flexibilidad y la libertad están en el origen de toda metáfora, y deben inspirar su reinterpretación.
Tanto en la confesión pascual como en la reflexión cristológica ulterior, las diversas comunidades y autores del Nuevo Testamento dieron pruebas fehacientes de libertad y de creatividad, de la imaginación creadora propia del Espíritu. "Cuando hablamos de la resurrección, nos haría falta no olvidar la novedad y el colorido primeros de la palabra, cuando apareció por vez primera en su frescura metafórica" (A. Gesché). Las primeras discípulas/os lo dijeron para su tiempo; nosotros debemos decirlo para el nuestro. Ellos lo hicieron con imágenes y palabras que les eran propias; nosotros deberemos hacerlo con las nuestras. Ésta es la primera reflexión teológica que se impone a propósito de la resurrección de Jesús.
RESURRECCIÓN DE JESÚS (Parte 3)
¿Por qué surge la fe pascual?
¿Qué es lo que les llevó a los discípulos y discípulas a confesar que Dios había resucitado/exaltado a Jesús el crucificado? ¿Qué es lo que les condujo a reunirse de nuevo o, mejor todavía, a no dispersarse del todo?
Mucha gente sigue imaginando la Pascua como una sucesión de acontecimientos prodigiosos: Jesús muere un viernes por la tarde; después de haber cumplido el precepto del descanso sabático, el domingo a primera hora unas mujeres van al sepulcro a ungir el cuerpo de Jesús, pero hallan el sepulcro abierto y vacío; ese mismo día se aparece Jesús a María, a Pedro, a los Once y a otros discípulos; y así se desencadena la historia de la fe y del testimonio pascual que aún perdura. Tal es el hilo narrativo de los relatos pascuales, páginas bellísimas en su forma y su mensaje. Pero no hemos de leerlas como crónicas de sucesos históricos del pasado. No quieren describir, sino anunciar y consolar. No hablan del pasado, sino de nuestro presente.
De modo que la pregunta decisiva es la que se refiere a hoy, aquí: ¿Dónde y cómo se nos abren a nosotros los ojos para reconocer al resucitado? ¿Dónde y cómo amanece para nosotros la mañana del primer día? ¿Dónde y cómo podemos recorrer nuestro camino de Emaús?
1. No creyeron por un sepulcro vacío ni por unas "apariciones" extraordinarias
Es una afirmación que tal vez resulte obvia para algunos y provocativa para muchos. No concuerda con el imaginario todavía comúnmente asociado a la fe en la Resurrección de Jesús. Pero las conclusiones de la exégesis, los planteamientos de muchos teólogos y, simplemente, la credibilidad del anuncio pascual en nuestro marco cultural nos invitan a reconocerlo: en el origen de esta fe no hallamos ni un sepulcro vacío ni unas apariciones físicas.
La fe pascual no fue provocada, ni siquiera preparada, por unos acontecimientos extraordinarios o unas intervenciones prodigiosas de Dios en nuestro mundo. Lo mismo nos sucede a nosotros con nuestra fe en Jesús resucitado. Y, sin embargo, creemos. No creemos porque ellos creyeron y nos lo han contado, aunque sí creemos gracias a que ellos creyeron y nos transmitieron su fe, y gracias a que tantos otros después han creído y han sido padres y madres de nuestra fe.
2. Creyeron por la misma razón por la que habían creído antes en Jesús
¿Por qué, pues, confesaron a Jesús resucitado o exaltado? ¿Por qué, tras la muerte de Jesús, los discípulos/as volvieron a creer en él, siguieron creyendo o –en palabras de Flavio Josefo– "no dejaron de amarle"? Lo hicieron, fundamentalmente, por la misma "razón" (si vale la palabra) por la que, mientras vivieron con Jesús, creyeron en él, le amaron y se sintieron transformados por dentro gracias a él.
Con su palabra, sus curaciones, su manera alegre y abierta de compartir la mesa, Jesús les había hecho sentir que la soberanía liberadora de Dios se hacía presente ya. El horizonte –difundido en amplios sectores de la sociedad judía en tiempo de Jesús– de una esperanza de intervención inminente y definitiva de Dios ofrecía un terreno abonado para convencerse de que los tiempos finales de la consolación se estaban iniciando. Percibían a Jesús –y Jesús se había percibido seguramente a sí mismo– como mediador último y definitivo del Reinado de Dios, "más que Salomón, más que Jonás" (Lc 11,31-32), más grande incluso que Juan Bautista, a pesar de ser éste "el más grande de los hijos de mujer" (Mt 11,11). El Reinado de Dios esperado para el fin de los tiempos se anticipaba. Las parábolas transformaban el mundo; las curaciones derrotaban al mal; la mesa común preludiaba otro mundo. Dios reinaba gracias a Jesús. Ellos lo palpaban y creían en él. Creían en él, pero no sin tener que decir, como nos sucede a todos: "¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!" (Mc 9,24). Nunca creemos, en última instancia, por unas razones ajenas y externas, ni por unas supuestas pruebas, ni por el mero testimonio de otros; creemos por ese impulso incierto y firme que en último término es el Espíritu de Dios, que es la paráklesis que actúa en todo prójimo que nos acompaña, la inspiración que sobreviene en toda palabra que revela, el aliento que late en todo gesto que ayuda. Por eso habían creído y seguido a Jesús sus discípulos y discípulas.
¿Dónde hemos de buscar, pues, el factor determinante de la fe pascual? Fundamentalmente, en la profunda experiencia de la presencia del Reino de Dios en la palabra y en las acciones de Jesús. El mensaje y las acciones de Jesús provocaron en los discípulos una honda vivencia del Reino de Dios presente, y ésa es la "clave explicativa del nacimiento de la fe pascual" (U.B. Müller).
3. La muerte no destruyó del todo la fe de los discípul@s
La esperanza del Reino de Dios que Jesús había suscitado en ellos era una semilla pequeña y poderosa, como la presencia misma de Dios en el corazón de la realidad, en el corazón de la historia, a pesar de todas las apariencias que la ocultan o desmienten. Y esa semilla no quedó ahogada. A partir de ella de desarrolló la fe pascual. Y esta génesis de la fe pascual no sólo es la única plausible desde un punto de vista psicológico e histórico, sino que además es la más coherente desde el punto de vista teológico: la más próxima a nuestra propia experiencia de fe pascual, la más creíble para los hombres y mujeres de hoy, la más acorde con nuestra manera de concebir la presencia y la acción de Dios en el mundo.
No parece que la fe en la presencia del Reino de Dios en Jesús se haya visto totalmente desmentida por la muerte de Jesús. Ni parece que se haya dado una total dispersión de los discípulos, ni una huida inmediata de Jerusalén a Galilea por parte de todos. La muerte –y muerte en cruz– "debió de suponer como tal 'una experiencia de crisis desestabilizadora', sin llegar a hablar por ello de una catástrofe total para su fe" o de un "desmentido definitivo de la pretensión" de Jesús (U.B. Müller). Constituyó sin duda una conmoción, pero no necesariamente un desmoronamiento de su fe.
Tenían indicios de que la muerte de Jesús en cruz no había sido un fracaso absoluto, o una maldición de Dios, o una refutación inapelable de su mensaje sobre el Reino de Dios y de la fe germinal que en ellos había suscitado. Disponían de presupuestos, apoyos, horizontes espirituales y mentales para llegar a confesar que la esperanza de Jesús había sido confirmada no a pesar de la muerte, sino precisamente a través de su muerte asumida por justicia y por solidaridad. Y hasta ahí llegarán. Entre tales indicios y presupuestos, hay dos que merecen una mención especial: por una parte, la esperanza en general de vida más allá de la muerte, y, por otro lado, la creencia particular en la resurrección anticipada de los mártires. Veamos un poco más de cerca.
4. La fe en la vida después de la muerte
Esta fe es un "presupuesto mental" importante en la génesis de la fe pascual. Los discípulos y discípulas de Jesús compartían con muchos judíos de la época la esperanza en que, tras la muerte física, la vida sigue perviviendo en el misterio de Dios. La esperanza de una vida real después de la muerte y, más concretamente, la idea de la resurrección, no era ni mucho menos unánime entre los judíos de la época, pero estaba lejos de ser desconocida o excepcional; las creencias, eso sí, eran muy heterogéneas. En algunos círculos se creía que el espíritu del difunto va a Dios inmediatamente después de la muerte, mientras su cuerpo descansa en el sepulcro hasta el último día (ahora bien, el "espíritu" es de alguna forma la persona entera e incluye algún tipo de corporalidad). Existía también la idea de una asunción al cielo de un justo elegido (Elías, Henoc, Baruc…) para ser proclamado "Hijo del hombre"; es posible que en general pensasen en una "asunción" al cielo antes de morir, pero en algunos círculos se creía que Moisés, cuya muerte se daba por supuesto, fue "arrebatado al cielo" (Asunción de Moisés); en 2 Mc 15,11-16 se narra que el sumo sacerdote Onías vio en una visión al profeta Jeremías vivo en el cielo como intercesor del pueblo.
Jesús compartía esa fe básica. En la parábola del rico epulón (Lc 16,19-31), da incluso por supuesto que, inmediatamente después de la muerte, tiene lugar una retribución "corporal" y, por consiguiente, también una prolongación "corporal" de la vida. Creía que los patriarcas de Israel (Abrahán, Isaac y Jacob) estaban "vivos" (Mc 12,26). Lucas pone en su boca, mientras agoniza en la cruz, aquellas palabras en que le promete al "buen ladrón" que estará aquél mismo día con él en el paraíso (Lc 22,43).
5. La creencia en la resurrección anticipada de los mártires
En segundo lugar, estaba la creencia en la resurrección anticipada de los mártires. Es verdad que la "resurrección" propiamente dicha seguía estando mayoritariamente reservada para el fin de los tiempos. Pero también cabía concebir la "resurrección" antes del fin del mundo. Concretamente, muchos creían que cada mártir resucita "inmediatamente después de su muerte", sin que esa resurrección significara el fin del mundo (cf. 2 Mc 7,14.36; 12,43-45).
Esta creencia fue determinante para que los primeros discípulos pudieran confesar la resurrección/exaltación del crucificado. Contra lo que se ha afirmado a menudo, en tiempo de Jesús no era inconcebible que la resurrección final pudiera anticiparse individualmente. Mucha gente podía creer tranquilamente que Jesús era "Juan el Bautista que había resucitado de entre los muertos" (Mc 6,14); en un contexto diferente, en la parábola del hombre rico y de Lázaro, Jesús cree posible que "resucite un muerto" y se aparezca a sus allegados (Lc 16,30,31). Estos textos no solamente atestiguan la esperanza de vida después de la muerte, sino que además parecen contar con la posibilidad de una resurrección antes del fin del mundo. En cualquier caso, ponen de manifiesto cuán aventurado es pensar que en la época de Jesús concibiesen el "más allá" en general y el concepto de "resurrección" en particular según unos esquemas temporales rigurosos: el "fin del mundo" ¿tiene que ver con un "antes" o un "después"?
Es muy probable que Jesús haya entendido su propia muerte como muerte de "mártir del Reino de Dios". Ciertamente, contaba con la posibilidad de su muerte violenta y previno sobre ella a sus discípulo. Confiaba en que Dios le resucitaría/exaltaría como había resucitado/exaltado a los mártires y a los justos perseguidos. Intuía incluso –en oscuridad y angustia– que su muerte no iba a ser su ruina definitiva, sino su "consumación" o la plena realización de su destino. Presentía el fin de su vida, pero presentía también su próxima participación en el banquete escatológico del Reino: "Os aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios" (Mc 14,25:). Probablemente contó hasta el fin con la intervención liberadora de Dios y la irrupción de su Reino; tal vez esperó incluso que su propia muerte se convirtiera justamente en ocasión y medio para la inauguración decisiva del Reino de Dios.
En la vida, en el mensaje, en la cruz de Jesús Dios se les revelaba a las discípulas/os como Dios de vida, como solidaridad más fuerte que la muerte, la injusticia, la maldad. Dios se revelaba como Resurrección. "La vida pública y la cruz constituyen históricamente la visibilidad, la revelabilidad de Cristo. La resurrección es su revelación" (A. Gesché). La cuestión es saber percibir la presencia del Dios de la vida en la vida de Jesús, el poder de la resurrección en su muerte por compasión. A los discípulos/as se les fueron abriendo los ojos hasta ver precisamente la Pascua en la cruz, hasta mirar precisamente en el crucificado al exaltado/resucitado por Dios, hasta confesar que en la derrota de la cruz triunfa calladamente la compasión solidaria que es la única fuerza de Dios. Un soplo discreto y fuerte reavivó el rescoldo de fe en los discípulos y discípulas. Les ardió el corazón. Y sintieron emerger entre ellos la presencia nueva de Jesús, como la presencia de aquel misterioso compañero camino de Emaús. Y superaron la prueba, el fracaso. Convirtieron el duelo en Pascua. Hicieron suya más que nunca aquella invocación de la oración sinagogal de las Dieciocho bendiciones: "Bendito seas, Señor, que resucitas a los muertos!". Confesaron a Jesús como mártir y justo resucitado, rehabilitado, exaltado o glorificado por Dios. Reconocieron su presencia en el recuerdo y en las profecías, la palparon en las heridas del crucificado y en todas las heridas. Se reconocieron llamados de nuevo por su propio nombre, convocados a una misión urgente.
Y, llevados por la osadía del Espíritu, dieron un paso más decisivo: comprendieron la muerte de Jesús como el auténtico giro escatológico, como el "paso" decisivo al nuevo tiempo de la plena realización del Reino, como primicia y arranque de la resurrección de todos los muertos. Aquella experiencia de la irrupción del Reino de Dios en Jesús persistía, y ahora se relacionaba precisamente con resurrección/exaltación del crucificado. La gran innovación pascual de la primitiva comunidad judeo-cristiana fue ésa: la confesión de que la muerte de Jesús era el inicio de la resurrección universal, acompañada de la esperanza inflamada de que esa plena realización o manifestación del acontecimiento escatológico era inminente. ¿Y si tardaba? Pudiera ser –se dijeron– que, una vez exaltado junto a Dios, Jesús estuviera como "retenido por Dios" por un tiempo, pero éste no podía ser sino breve. Y le invocaron, urgiéndole a su pronta venida: "¡Marana tha!". La llegada del Reino iba a producirse con la inminente parusía (retorno o manfestación) de Jesús. La prolongación del tiempo y de los dolores les iría luego obligando a atemperar el ardor de la espera o a esperar de otra manera. Y en ello seguimos.
En cualquier caso, ellos no necesitaron de hechos portentosos de Dios de los que nosotros carecemos. Ellos no creyeron por un privilegio divino del que nosotros estamos privados, por una "intervención sobrenatural" que a nosotros se nos niega. Como ellos, también nosotros debemos aprender a percibir signos de Pascua en las huellas de la Cruz. Lo más cotidiano es el mayor portento: la presencia alentadora del Espíritu vivificador en el corazón de nuestro corazón, en el corazón de la realidad, y en primer lugar en el corazón de todas las cruces.
PARA ORAR:
Ven, Señor. Hoy el mundo te espera
¡tan lleno de desgracias!
Ven, Señor. Que se abra el cielo,
que venga tu Reino.
Ven, Señor. Pues el dinero es señor,
que a menudo pisa a la gente.
Escucha, Señor, el grito de los pobres,
que venga tu Reino.
Ven, Señor. Estamos de noche oscura.
Enciende en nosotros el fuego de la fe.
Ven, Señor. ilumina este mundo.
Que venga tu Reino.
Ven, Señor, llénanos de tu amor,
pues nosotros no podemos llenar.
Ven, Señor. Haz uno al mundo,
que venga tu Reino.
Ven, Señor. Rompe tú las cuerdas,
Por todo el mundo, habla al corazón.
Ven, Señor. Hazte presente y baja,
que venga tu Reino.
(Traducción del euskara)
Para orar. QUÉDATE CON NOSOTROS
Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas,
sosténlas en sus dificultades,
consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día,
cuando en torno a ellas se acumulan sombras
que amenazan su unidad y su naturaleza.
Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares,
para que sigan siendo nidos donde nazca la vida.
Quédate, Señor, con aquéllos que en nuestras sociedades son más vulnerables;
quédate con los pobres y humildes,
con los indígenas y afroamericanos,
que no siempre han encontrado espacios y apoyo
para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad.
Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes,
que son la esperanza y la riqueza de nuestro Continente.
¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos.
¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!
(Benedicto XVI en Bienaparecida, 13 de Mayo de 2007)