Religión Digital
(José Luis Martín Descalzo).-
El Concilio Vaticano I concluyó con una impresionante tempestad. El Vaticano II ha tenido como prólogo un, al parecer, inacabable aguacero. Toda la tarde de ayer -después de unos deliciosos días otoñales- el cielo de Roma se vio oscurecido por una lluvia cerrada y espesa. Como si la Providencia tratase de encadenar este Concilio con el precedente.
-Si sigue así, mañana la lluvia deslucirá el cortejo de la plaza- comenta alguien.
-¡Bah!- responden a mi lado-; esto lo arregla Juan XXIII con rezar diez minutos.
Yo no sé si el Papa rezaría o no por este asunto. Lo cierto es que esta mañana, al abrir mi ventana, a las siete, el suelo estaba aún húmedo, de lluvia reciente; pero ya en el cielo un sol tibio luchaba con la blanda neblina mañanera. Leer más






