Busco “campaña” en el diccionario de la Real Academia Española, revelación sin fin –como todos los diccionarios– del misterio del Universo contenido en las palabras, y leo la primera definición: “Campo llano sin monte ni aspereza”. Y el ánimo se me ensancha. Sigo leyendo. El octavo significado del término “campaña” dice: “Tiempo que cada año estaban los ejércitos fuera de los cuarteles en operaciones de guerra”. Y se me encoge el alma de solo leerlo.
Dentro de unos días arrancará oficialmente la campaña electoral en Galicia, en Euskadi, en Cataluña. Tal vez muy pronto también en Navarra. O tal vez estamos siempre en campaña, pues en cuanto pasan unas elecciones ya se piensa en las siguientes. Tal vez sea así la política, y el precio de la democracia. Pero uno se siente asfixiado, y echa de menos el campo abierto con sus montañas y asperezas.
Yo no entiendo de política sino lo que todo el mundo, guiado por el sentido común y por la escasa información fiable que nos llega, sobre todo en tiempos de campaña, que es casi siempre. Pero permitidme que, con sinceridad y sin arrogancia, me dirija a vosotros, candidatas y candidatos de todos los partidos. Por cierto, los diccionarios dicen también que “candidato” viene del latín candidus (blanco), y así se llamaban en Roma a quienes optaban a puestos públicos, pues vestían togas blancas, color de la llama de luz, de la llama de la vida.
No exigimos que seáis intachables ni dechados de virtud, pero os pedimos que honréis al pueblo que decís representar, que seáis reflejo de las virtudes mejores de las ciudadanas y ciudadanos, os votemos o no, y que no os sometáis al fascismo financiero, que denunciéis y combatáis unánimemente la peor dictadura y el mayor terrorismo que amenaza al planeta y que padecemos directamente: esta economía neoliberal de la especulación y la codicia, cuyos paraísos particulares son infierno para todos.
Os suplicamos que habléis con respeto, que debatáis con mesura, cortesía, dignidad. Y también con modestia, pues vosotros sabéis lo que todos sabemos: que los problemas son complejos, cada vez más complejos, y que nadie tiene solución para nada sin todos los demás, o sin la mayoría al menos. Y os rogamos que dialoguéis con todos, todos con todos, como hace la gente civilizada en el aula, en la calle o en la cola de la tienda. Y que cuando tengáis algo que reprochar a otro partido, nunca miréis la paja en el ojo ajeno sin primero mirar la viga en el vuestro.
No soportamos nuestros medios de comunicación acaparados por vuestras interminables peleas de la mañana a la noche. No podemos admitir en vuestros labios mentiras y medias verdades, expresiones de odio y venganza o de mutuo desprecio. No podemos tolerar que quienes nos representan hablen con tonos y modales que ni en casa ni en el colegio ni siquiera en la calle permitimos a nuestros hijos. Éstos necesitan aprender de vosotros cortesía, nobleza, grandeza de ánimo: HUMANIDAD.
Y otra cosa. De Cataluña a Galicia, pasando por el País Vasco, es urgente que busquéis entre todos un nuevo marco político de convivencia de los pueblos y naciones del Estado español. Se impone un gran paso adelante, en nombre de la civilización y de la democracia.
No se trata de dividir, sino de encontrar otra solución a la división existente. Cuanto más se imponga la unión, más grande será la división. Hemos de avanzar hacia una Europa y un mundo sin fronteras, sin patrias ni pasaportes, en que nadie sea extranjero, pero solo es posible desde la voluntad de los pueblos. No sé quién lo tiene que decidir ni cómo, pero nunca habrá armonía y comunión en el Todo sin libre adhesión de las partes. Permitidnos soñar. Mirad qué bello es el campo.
Candidatas y candidatos, humanizad vuestra campaña, iluminad nuestro futuro.
Para orar.
CLARIDAD
Decir el pan, la lucha, el gozo, el llanto,
el monótono sol, la noche ciega.
Verter la vida en libación de canto,
vino en la paz y sangre en la refriega.
Desnuda al viento mi palabra os llega.
Sobre la plaza de la fiesta canto.
Pido que todos entren en la siega.
Vengo a espantar las fieras del espanto.
Mediterráneamente luminosa
escancio en mi palabra cada cosa,
vaso de luz y agua de verdad.
Si el Verbo se hace carne verdadera,
no creo en la palabra que adultera.
Yo hago profesión de claridad.
(Pedro Casaldáliga)
Busco “campaña” en el diccionario de la
Real Academia Española, revelación sin fin –como todos los diccionarios– del
misterio del Universo contenido en las palabras, y leo la primera definición:
“Campo llano sin monte ni aspereza”. Y el ánimo se me ensancha. Sigo leyendo.
El octavo significado del término “campaña” dice: “Tiempo que cada año estaban
los ejércitos fuera de los cuarteles en operaciones de guerra”. Y se me encoge
el alma de solo leerlo.
Dentro de unos días arrancará oficialmente
la campaña electoral en Galicia, en Euskadi, en Cataluña. Tal vez muy pronto
también en Navarra. O tal vez estamos siempre en campaña, pues en cuanto pasan
unas elecciones ya se piensa en las siguientes. Tal vez sea así la política, y
el precio de la democracia. Pero uno se siente asfixiado, y echa de menos el
campo abierto con sus montañas y asperezas.
Yo no entiendo de política sino lo que
todo el mundo, guiado por el sentido común y por la escasa información fiable
que nos llega, sobre todo en tiempos de campaña, que es casi siempre. Pero
permitidme que, con sinceridad y sin arrogancia, me dirija a vosotros,
candidatas y candidatos de todos los partidos. Por cierto, los diccionarios
dicen también que “candidato” viene del latín candidus (blanco), y así se
llamaban en Roma a quienes optaban a puestos públicos, pues vestían togas
blancas, color de la llama de luz, de la llama de la vida.
No exigimos que seáis intachables ni
dechados de virtud, pero os pedimos que honréis al pueblo que decís
representar, que seáis reflejo de las virtudes mejores de las ciudadanas y
ciudadanos, os votemos o no, y que no os sometáis al fascismo financiero, que
denunciéis y combatáis unánimemente la peor dictadura y el mayor terrorismo que
amenaza al planeta y que padecemos directamente: esta economía neoliberal de la
especulación y la codicia, cuyos paraísos particulares son infierno para todos.
Os suplicamos que habléis con respeto, que
debatáis con mesura, cortesía, dignidad. Y también con modestia, pues vosotros
sabéis lo que todos sabemos: que los problemas son complejos, cada vez más
complejos, y que nadie tiene solución para nada sin todos los demás, o sin la
mayoría al menos. Y os rogamos que dialoguéis con todos, todos con todos, como
hace la gente civilizada en el aula, en la calle o en la cola de la tienda. Y
que cuando tengáis algo que reprochar a otro partido, nunca miréis la paja en
el ojo ajeno sin primero mirar la viga en el vuestro.
No soportamos nuestros medios de
comunicación acaparados por vuestras interminables peleas de la mañana a la
noche. No podemos admitir en vuestros labios mentiras y medias verdades,
expresiones de odio y venganza o de mutuo desprecio. No podemos tolerar que
quienes nos representan hablen con tonos y modales que ni en casa ni en el
colegio ni siquiera en la calle permitimos a nuestros hijos. Éstos necesitan
aprender de vosotros cortesía, nobleza, grandeza de ánimo: HUMANIDAD.
Y otra cosa. De Cataluña a Galicia,
pasando por el País Vasco, es urgente que busquéis entre todos un nuevo marco
político de convivencia de los pueblos y naciones del Estado español. Se impone
un gran paso adelante, en nombre de la civilización y de la democracia.
No se trata de dividir, sino de encontrar
otra solución a la división existente. Cuanto más se imponga la unión, más
grande será la división. Hemos de avanzar hacia una Europa y un mundo sin
fronteras, sin patrias ni pasaportes, en que nadie sea extranjero, pero solo es
posible desde la voluntad de los pueblos. No sé quién lo tiene que decidir ni
cómo, pero nunca habrá armonía y comunión en el Todo sin libre adhesión de las
partes. Permitidnos soñar. Mirad qué bello es el campo.
Candidatas y candidatos, humanizad vuestra
campaña, iluminad nuestro futuro.
Para orar.
CLARIDAD
Decir el pan, la lucha, el gozo, el
llanto,
el monótono sol, la noche ciega.
Verter la vida en libación de canto,
vino en la paz y sangre en la refriega.
Desnuda al viento mi palabra os llega.
Sobre la plaza de la fiesta canto.
Pido que todos entren en la siega.
Vengo a espantar las fieras del espanto.
Mediterráneamente luminosa
escancio en mi palabra cada cosa,
vaso de luz y agua de verdad.
Si el Verbo se hace carne verdadera,
no creo en la palabra que adultera.
Yo hago profesión de claridad.
(Pedro Casaldáliga)