Redes Cristianas
La historia de la humanidad, si se observa con frialdad, parece un largo relato de enfrentamientos. Más allá de los nombres de los reyes o las fechas de las batallas, lo que subyace es una lucha constante por el control: el deseo de dominar un territorio y asegurar los recursos que permiten la vida. Esta ambición se organiza a través de lo que llamamos imperialismo, un sistema que no busca el bienestar común y que, en cambio, se orienta casi exclusivamente a la conservación y expansión del propio poder. El imperio, en su esencia más pura, no necesita justificar éticamente sus actos ni convencer de su bondad; su única razón de ser es su capacidad de imponerse sobre los demás mediante la fuerza o la amenaza de usarla.
En la antigüedad, el Imperio Romano fue el ejemplo paradigmático de esta lógica. Roma no conquistaba para “salvar” o “civilizar” a otros pueblos, sino porque podía hacerlo. Su superioridad militar era la única legitimidad que necesitaba. El dominio se imponía como un hecho consumado, y la paz —la famosa pax romana— no era más que la tranquilidad que sigue a la victoria del más fuerte… Leer más (Faustino Castaño, miembro de los grupos de Redes Cristianas en Asturias)
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