Los dos incendios

Público

El sábado pasado nos desalojaron de Piedralaves, en el valle del Tiétar, donde tengo mi casa en España.

El fuego es antiguo, hermoso y terrible.

El jueves 23 de julio por la mañana, muy temprano, al mirar por la ventana vimos una herida roja en la cresta de la Serradilla, uno de los picos de Gredos. En la penumbra de la madrugada parpadeaba como una estrella caída, con tan tímido fulgor que la montaña se erguía contra el cielo más alta y misteriosa que nunca. Durante dos días vimos la llaga crecer, cambiar de lugar, alargarse como una procesionaria incandescente. El pueblo se había vaciado de turistas, pero no teníamos miedo. La fuente de amenaza era al mismo tiempo una fuente de inesperada belleza. Nos sentábamos a beber cerveza frente a la sierra salpicada de hogueras, en un silencio atronador. El sábado por la mañana, de hecho, el peligro parecía conjurado. La temperatura había bajado y se anunciaba una lluvia que nunca cayó. Casi estábamos decepcionados. Y de pronto a las diez toda esa lentitud se derritió. Por primera vez comenzó a oler a quemado. El cielo se cubrió de una capa de plomo y empezaron a nevar pavesas. Enseguida sonaron las alarmas. En medio de una atmósfera de sueño todos reunimos cuatro enseres y bajamos hacia el Prao. En dos horas el pueblo estaba vacío. En cuatro el fuego había llegado a la carretera.

Desde el sábado somos refugiados climáticos… Leer más (Santiago Alba Rico)

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