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En la España de hoy, no basta con tener hambre para que te escuchen. Ni con haberlo perdido todo para que te comprendan. Al contrario: el hecho de ser pobre, migrante o excluido se ha convertido en una culpa, en una carga social, en una amenaza.
Y eso no es un accidente. Es un mensaje sistemático que avanza como política, como relato, como sentido común. Se está instalando, cada vez con más descaro, la idea de que el pobre estorba. Y que el migrante molesta. Y lo que es más grave: hay sectores políticos que están haciendo de ese odio su principal capital electoral.
No se trata ya solo de desprecio individual o de prejuicios arrastrados por la historia. Se trata de una operación cultural y política de fondo, que busca convertir el dolor de los vulnerables en una herramienta de control social, en una excusa para el recorte de derechos, en una estrategia de división del pueblo… Leer más (Fernando Redondo)