El cayuco como ataúd flotante: el naufragio moral de Europa

noticias obreras

El cayuco no es un barco. Es una tumba de madera, un ataúd colectivo, una trampa que flota y tiembla. Huele a sal, a gasolina, a vómito y a desesperación. Su sonido no es el de un motor: es un grito ahogado, una súplica convertida en ruido. Dentro, no hay turistas ni mercancías: hay cuerpos humanos apretados como carga, miradas sin suelo ni horizonte, manos aferradas a la nada. El cayuco no navega. Resiste. Hasta que se rompe. Y cuando se rompe, rompe también nuestra conciencia.

Pero Europa no escucha ese crujido. Lo transforma en cifras, en estadísticas, en titulares asépticos. Habla de “oleadas”, de “crisis”, de “avalancha”. Lo deshumaniza todo para que duela menos, para que se olvide rápido, para que nadie se pregunte por qué una niña tiene que morir atrapada entre maderas podridas mientras intenta alcanzar una costa donde no la esperan… Leer más (Fernando Redondo)