MUJERES, ABANDONAD TODA ESPERANZA

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Desde finales del s. XVIII, la mujer estaba recorriendo un camino en el orden civil, social y político que la llevaría al reconocimiento, por fin, de la plena igualdad con el varón. ¿Cómo explicar que la Iglesia pudiese permanecer sorda y ajena a esta revolución? ¿Por qué no se adaptaba, siguiendo el criterio de Juan XXIII, aunque fuese por una sola vez, a los signos de los tiempos? ¿Acaso tal ideal en la Iglesia era tanto como ‘pedir peras al olmo’?

Para mí, como para muchos en la Iglesia, el Concilio Vaticano II representó una auténtica decepción al no querer afrontar lo que ya estaba en el ambiente: el sacerdocio de la mujer. Sirvió de muy poco, a estos efectos, la interpelación y denuncia del cardenal Léon-Joseph Suenens, Primado de Bélgica, ante los dos mil padres conciliares, todos varones: “¿Dónde está aquí la mitad de la humanidad?”. Sí expresó y proclamó, sin embargo, “la igualdad fundamental entre todos los hombres, que exige un reconocimiento cada vez mayor” (Gaudium et Spes, n. 29) y rechazó “toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión (…) por ser contraria al plan divino” (Ibidem). Todo, por desgracia, iba a continuar por los mismos derroteros. Es más, se echaría mano del magisterio y así imponer, en ocasiones, una visión que, sin embargo, también siguió siendo contestada… Leer más (Gregorio Delgado Río)