Religión Digital
La Iglesia teme dividirse si reconoce a las mujeres como iguales, pero lleva siglos fracturada por negarlo. El Evangelio no pide prudencia para conservar privilegios, sino valentía para hacer justicia.
Las recientes declaraciones del cardenal Jean-Claude Hollerich, enfriando cualquier expectativa sobre el acceso de las mujeres al diaconado, no son un gesto de prudencia ni un ejercicio de responsabilidad pastoral, sino la expresión nítida de un miedo antiguo: el miedo de una estructura a perder el control. Bajo el argumento recurrente de evitar la “división”, lo que realmente se protege no es la comunión, sino un modelo de poder construido durante siglos sobre la exclusión de las mujeres. Y en ese gesto hay algo más que cautela: hay cálculo, hay conservación, hay una teología subordinada al poder.
Porque conviene decirlo sin rodeos: la Iglesia no se rompe cuando se hace justicia; se rompe cuando se niega. Y hoy está ya profundamente herida, no por quienes reclaman igualdad, sino por quienes la aplazan indefinidamente… Leer más (José Carlos Enríquez Díaz)