Religión Digital 2 artículos
1º (Jorge Costadoat, sj)
2º (Marco Antonio Velásquez)
La Iglesia Católica en Chile pasa por un momento de gran complejidad. Sus dificultades tal vez son mayores a las de los demás Iglesias de América Latina. Los católicos chilenos disminuyen abruptamente. En veinte años la Iglesia católica chilena ha perdido prácticamente un 1 % de fieles por año.
En Chile la identidad católica tiende a disiparse, aun cuando los mejores sentimientos de los chilenos continúan siendo nutridos por el cristianismo. La gente cree en Dios, reza, pero su pertenencia eclesial se licúa, la práctica religiosa siempre ha sido baja y no se ven señales de recuperación.
El cristianismo de cristiandad, el que se recibe en la cultura como parte de una sociedad que se dice cristiana, y no como fruto de una conversión personal y de un encuentro con el evangelio, ha sido de baja calidad. En el país la fe se ha trasmitido como un credo, una cosmovisión, una antropología y unas prácticas religiosas compartidas de un modo masivo y automático sin verdaderas iniciaciones religiosas. Se ha tratado de un catolicismo suficientemente indeterminado como para dar cabida a tremendas contradicciones. San Alberto Hurtado punzó a sus contemporáneos enrostrándoles precisamente la incongruencia: «¿Es Chile un país católicos?» (1941). Lamentaba por entonces la falta de clero y las injusticias sociales. La desigualdad en los ingresos hoy debe ser la misma que hace ochenta años. Los sacerdotes a futuro serán incluso menos que en tiempos de Hurtado.
Esta falta de vigor del cristianismo «a la chilena» ha podido hacer de pasto seco para el incendio actual de las pertenencias comunitarias. En Chile se han debilitado las parroquias, las comunidades eclesiales de base, las comunidades religiosas, los movimientos laicales y la participación en la eucaristía dominical, y no hay visos de ningún brote de originalidad más o menos importante. Tal vez lo haya, pues el reino de los cielos es como un grano de mostaza. De momento no se lo ve.
La situación es preocupante porque el cristianismo es esencialmente comunitario.
¿Qué ha ocurrido? Siempre que se constata un mal se busca a un culpable. En este caso lo más fácil es imputar esta crisis a la jerarquía eclesiástica. Mala formación del clero, falta de imaginación en la implementación del Concilio Vaticano II, relaciones infantiles entre los sacerdotes y los laicos; a lo que ha de sumarse la disminución de ayudas internacionales (clero, religiosos y religiosas) y la baja de las vocaciones. Estas son explicaciones plausibles de la crisis, pero no son las únicas.
Sucede que Chile experimenta un cambio cultural impresionante, parecido al que tiene lugar en el resto del mundo, debido a una globalización que quiebra la cultura tradicional y socava por parejo las instituciones civiles y religiosas, en particular las que promueven los mejores valores de la humanidad. Predomina por doquier la búsqueda económica de la máxima ganancia y el mercado que reduce las personas a individuos competitivos que quieren «ser alguien» por la vía del consumo, y no por el camino de la solidaridad. En el mercado prima la búsqueda de los propios derechos por sobre la voluntad de servicio al prójimo y a la sociedad. En la era de la globalización todo entra en relación con todo, todo se relativiza, todo se vende y se compra, y la gratuidad escasea. Siempre la gratuidad ha sido sacrificada. Ahora se ha vuelto ininteligible.
¿Qué futuro queda a una Iglesia debilitada por la inveterada superficialidad de los fieles, sus «errores no forzados» y el cambio cultural que en pocos años le ha costado generaciones completas de jóvenes, por otra parte escandalizadas por los abusos sexuales del clero y su encubrimiento?
Para los católicos puede ser hoy una tentación procurar subsistir a cualquier costo. Podrían, por ejemplo, ir a buscar al pasado realizaciones que dan seguridad, haciéndolas pasar por reveladas, ocultando que, en realidad, fueron obras de una Iglesia mucho más creativa. No faltará, otro ejemplo, quien arrope a la institución con la vivacidad de la religiosidad popular. O, en fin, que se le eche la culpa de la crisis a las innovaciones del Vaticano II.
Pero hay algo mejor que hacer: buscar la esencia del evangelio, indagar en el sentido más profundo de la vida, luchar por el radical respeto a la dignidad de la persona humana, intentar superar las desigualdades y opresiones, despejar la posibilidad de un encuentro con un Dios rico en misericordia y liberador. Pienso que los cristianos podrían intentar comunicar con humildad sus experiencias de fe solidaria y comunitaria. Ha sido constante en la historia de la Iglesia su solicitud por los pobres. Los cristianos podrían dar una mano desinteresada a los inmigrantes, a los adictos empedernidos, a los hijos abandonados por sus padres, a las mujeres desconsideradas o maltratadas, a los ancianos cuya mera existencia es un motivo de culpa, en suma, a los nuevos y viejos pobres a los que Jesús declaró bienaventurados.
La otra constante es la celebración de la Eucaristía. En esta tendrían que poder participar activamente sobre todo los que no importan a nadie. La máxima de la reforma litúrgica del Concilio fue la participación de los fieles. Una Eucaristía fraternal en la que haya espacio para la expresión de todas las personas y las vidas más diversas, anticipa la comunión entre «todos» los seres humanos.
La única Iglesia que vale la pena que tenga futuro en Chile, es aquella en la que sea posible que el evangelio se comunique como una experiencia de aquel Jesús humilde que congregó amigos y a amigas para dar la vida por la humanidad. ¿Podrá la Iglesia chilena liberarse de la impronta clerical de cristiandad que la ha vuelto irrelevante, que en vez de atraer a la gente la espanta? ¿Podrá la Iglesia renacer en el mundo de hoy con cristianos -laicos, religiosos, sacerdotes- realmente convencidos de amor de Dios?
El éxito para los cristianos se encuentra más allá de la muerte. Antes de la muerte, creo que la Iglesia debiera especialmente poner las condiciones para que las nuevas generaciones se encuentren con Cristo y lo sigan con entusiasmo; para que se apropien de Cristo al modo como Cristo se dejará apropiar por ellas. El Evangelio solo podrá ser transmitido si la Iglesia está dispuesta a que sea acogido de un modo protagónico y realmente nuevo.
¿Quo vadis, episcopado chileno?
Religión Digital
(Marco Antonio Velásquez Uribe).- Hace pocos días, el destacado teólogo Jorge Costadoat sj ha publicado una incisiva reflexión titulada «Crisis en la Iglesia chilena». En su artículo aborda un tema de alcance global, que en Chile tiene una profundidad preocupante, precisamente porque hace sólo unas décadas la Iglesia chilena estuvo a la vanguardia en la acogida del Concilio Vaticano II.
Es cierto que muchas crisis anticipan procesos de cambio virtuosos. Sin embargo, la de la Iglesia chilena es diferente, porque encierra una crisis de esperanza. Y herida la esperanza, se trunca la misión esencial de la Iglesia, cual es comunicar universalmente esa «dulce y confortadora alegría del Evangelio».
El 23 de febrero, los obispos chilenos realizarán la tradicional visita ad límina al Papa. Seguramente la crisis de la Iglesia chilena estará presente; claro que bajo la mirada particular de quienes detentan la jerarquía episcopal.
Entonces, no estará presente la realidad de esos curas diocesanos que mayoritariamente enfrentan sus propias crisis personales, al constatar la escasa fecundidad de su ministerio apostólico. No aparecerá esa crisis vocacional que surge en medio de las tentaciones cotidianas, porque no siempre logran vivir en plenitud esas opciones radicales que un día juraron en la solemnidad de su ordenación. No estará presente ese silencioso miedo a sus obispos, especialmente ante las debilidades humanas que los asaltan como un ladrón furtivo. Tampoco estará presente esa soledad que muchos obispos ni siquiera han logrado percibir en sus curas.
Y tampoco estará presente la realidad concreta de esos religiosos y religiosas que ven cómo sus comunidades se van envejeciendo y reduciendo. No habrá espacio para decir que en algunas diócesis la convivencia con el obispo puede ser insoportable, y que la falta de libertad obliga a algunos provinciales a proteger sagazmente a sus camaradas, trasladándolos a diócesis menos represivas. Y seguramente habrá silencio respecto de la postergación, a veces inhumana, que deben soportar no pocas religiosas en una institución donde, su condición de género, las ubica en el último lugar de la Iglesia.
Ciertamente no estará presente la realidad de esos teólogos que, limitados en su libertad teológica, por mérito de algunos obispos, terminan perdiendo parresía profética para acompañar a un mundo anhelante de esperanza. Obviamente no habrá lugar para preguntarse, con el Papa, por qué la reflexión teológica no alcanza a iluminar aquellas realidades humanas que claman nuevas respuestas pastorales, como la de las personas homosexuales, o la postergación anacrónica de las mujeres en la vida de la Iglesia, o la ordenación de hombres y mujeres casados, o la integración de una gran cantidad de curas casados al servicio pastoral de la Iglesia.
Y sobre todo, no estará presente la voz de ese laicado tantas veces desoído y maltratado con el látigo de la desconfianza. No habrá lugar para contar que en Chile todavía queda un laicado que se empapó del Concilio y que se nutrió de las comunidades cristianas de base y que, en un momento en la historia, fueron marginados de la Iglesia porque comprendían que el ministerio del orden no era para mandar, sino para servir.
No le contarán al Papa que muchos curas y obispos no pudieron convivir con esa libertad de conciencia laical que los incomodaba en los consejos pastorales. No le dirán que eran laicos atrevidos, porque deseaban transparentar las cuentas, porque exigían testimonio de vida, porque esperaban de la Iglesia acompañamiento en su vida familiar y conyugal, en sus sindicatos, en sus organizaciones comunitarias o en sus opciones políticas.
Omitirán el alivio que sintieron ellos y sus curas cuando esos laicos se fueron de la Iglesia, porque se libraron de gente subversiva que, en vez de vivir en el templo, sólo aparecían en la misa dominical; mientras en el resto de la semana preferían estar en los centros de padres y apoderados, en las juntas de vecinos, en los partidos políticos, en los sindicatos o con su familia.
Obviamente no comentarán al Papa que en sus diócesis ya no hay profetas, que ése es un oficio caduco en sus Iglesias locales.
Pero tal vez, más de algún obispo pueda alentar la esperanza de todo un pueblo, abriendo su corazón de pastor ante el Papa.
Y decirle, en esta visita ad límina, que la causa de la crisis de la Iglesia chilena radica primariamente en el episcopado. Que el mundo con sus cambios fue más rápido que ellos, y que, abrumados con tareas administrativas y de control, ellos no fueron capaces de hacer oportunamente aquella conversión pastoral que tanto esperaron de sus fieles. Que les faltó coraje para confiar en los laicos, que los venció el miedo a las debilidades humanas de sus curas y que entonces les perdieron la confianza. Que nunca han podido armonizar sus afectos con el género femenino, y menos con las personas homosexuales, y que muchas veces, en esto, no hacen sino exteriorizar sus propios miedos e inseguridades.
Qué maravilloso sería que pudieran reconocer ante el Papa que son muchos los temas que los superan, que no siempre tienen respuestas oportunas y suficientes, que no lo saben todo, que muchas veces temen parecer imberbes en temas de la vida cotidiana y de relaciones humanas. Que les cuesta sentir pudor en asuntos donde no tienen experiencia. Que le temen a los conflictos, a los medios de comunicación, a los laicos maduros.
En confianza podrían reconocer que muchas veces se han dejado seducir por las comodidades y los privilegios sociales, porque se han creído literal y socialmente eso de ser autoridad episcopal. Y que, por eso mismo, han perdido libertad profética para condenar la injusticia social y que les cuesta poner el pecho ante los ataques que los poderosos dirigen contra sus fieles, porque temen perder sus dádivas y prebendas.
Seguramente estará presente, en la conversa con el Papa, el grave daño que los abusos de demasiado clero ha provocado en la Iglesia chilena. Pero, ojalá puedan reconocer con hidalguía que la crisis de la Iglesia, antes que por la pedofilia, tiene raíces previas que se agudizaron con esos graves escándalos.
Qué bueno sería que puedan recordar ante el Papa el testimonio de ese querido cura obrero chileno, el padre Alfonso Baeza, que surgió cuando el nuncio de aquellos años lo sorprendió para decirle que el papa quería nombrarlo obispo. Entonces, Alfonso junto con agradecer la confianza del Papa no aceptó aquel nombramiento, diciéndole al señor nuncio: «La fe que tengo apenas me alcanzaba para ser cura; no tengo fe suficiente para ser obispo».