FE ADULTA
Mt 5,1-12
En los evangelios se nos describe el Reinado de Dios de muchas maneras. Casi siempre a través de parábolas sencillas, que eran ?y siguen siendo? comprensibles y cercanas. Todos entendemos qué es una semilla de mostaza que crece, un poco de levadura que hace que fermente una masa, un tesoro escondido en un campo o una perla preciosa que es descubierta de repente… Todo nos habla de algo pequeño, que pasa desapercibido en primera instancia, pero que está presente y que alberga en sí promesa de alegría, crecimiento y vida.
El Sermón de la Montaña es otro modo de describir este Reinado de Dios. Tanto Mateo como Lucas nos ofrecen una versión de este discurso, acercándonos lo que aprendieron de Jesús y trasmitiéndolo cada uno desde su contexto y con sus matices teológicos. Mateo (cuyo evangelio es el que hoy leemos) describe a Jesús proclamando estas palabras desde una montaña, lo que nos transporta a otro monte, el Sinaí, y a otro discurso, el de Moisés cuando presenta al pueblo de Israel las tablas de la Ley. De este modo, el evangelista nos muestra a Jesús como el nuevo Moisés, aquel que presenta y actualiza la voluntad de Dios, el deseo que Dios tiene para la humanidad, para sus hijas e hijos, y aquel que libera del yugo de toda esclavitud.
De boca de Jesús escuchamos continuamente “bienaventurados”, que es la traducción más habitual de ????????, un término que también podemos traducirlo por “felices”, “dichosos”, “afortunados”… Así Jesús desea que la gente que le escucha se sienta alegre y feliz ante circunstancias que, a priori, a nosotros nos resulta imposible reconocerlas como “afortunadas”. ¿Cómo ser feliz cuando se está llorando, se vive en pobreza o se es perseguido? ¿Cómo ser feliz al optar por la mansedumbre, la misericordia, la paz… por tener un corazón limpio, sin odio ni maldad cuando alrededor solo se experimenta violencia, abuso, injusticia…? ¡Qué locura es esta que pronuncia el Maestro!
Sin embargo, quienes le escuchaban en ese momento, que le habían buscado para ser curados o liberados por Él, experimentaban un gran gozo al oír esas palabras, porque sentían que estaban dirigidas a ellos. Con este modo de hablar, Jesús les repetía que ellos son los preferidos de Dios y que son amados por Él. Era a ellos a quienes llamaba “bienaventurados” y se sentían bendecidos y acogidos por Jesús, formando parte de su grupo. En sus oídos resonaría este mensaje como esperanza: ¡el Reino de Dios está irrumpiendo y vosotros sois parte de él!
No es que Jesús quiera que consideremos el sufrimiento, la pobreza o la persecución como realidades positivas. No es que tengamos que buscar de algún modo el sufrimiento o el dolor. Estos son males opuestos al querer de Dios y Jesús no los desea para nadie, pero alienta a enfrentarse a ellos como Él mismo lo hizo: con amor, con mansedumbre, paz y bondad. Son esas actitudes y no sus contrarias las que posibilitan el crecimiento del Reino de Dios, como la pequeña semilla de mostaza o la levadura en la masa.
Por eso este evangelio es para todos. Quizás nosotros no somos pobres o no estamos perseguidos, pero podemos escoger a lado de quiénes nos posicionamos y con qué actitudes vivimos. En estos momentos en los que parece que la violencia y la opresión alzan su voz a nivel mundial, que los poderes políticos y económicos muestran la cara más voraz de la avaricia, ¿cuál es nuestra postura?, ¿cuáles son nuestras opciones? Solo si compartimos verdaderamente la causa de quienes sufren, de quienes hoy lloran o son perseguidos, si experimentamos con fuerza hambre y sed de justicia, si optamos por la paz y la bondad en lo pequeño y concreto del día a día, estas palabras que hoy escuchamos nos llenarán de profunda alegría. Solo entonces podremos oír “sed felices” y, a pesar del dolor o el sufrimiento que experimentemos, nuestro corazón se llenará de un gozo y una paz que nada ni nadie nos podrá quitar.