Domingo II después de Navidad C – Koinonía

Sirácida 24, 1-2. 8-12: La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido

Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: Jn 1,14)

Efesios 1, 3-6. 15-18: Nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos

Juan 1, 1-18: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

 Este «domingo segundo después navidad» muchos años no se llega a celebrar, porque según cómo caiga el calendario, no da tiempo a hacerlo. En todo caso, su mensaje bíblico y teológico de sus lecturas no puede ser otro que el de propio de Navidad, que ya ha sido expuesto y meditado en los días anteriores.

  1. La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido

La «Sabiduría» es un tema, un símbolo, una expresión bíblica con tradición de primera magnitud. La Sabiduría de Dios es tan ponderada y alabada que viene a fungir como un sinónimo, un duplicado, un alias de Dios mismo. Lo que decimos de Dios, podemos decirlo de la Sabiduría, y es por eso que una de las corrientes cristológicas que aparecen en el Nuevo Testamento cuando está en proceso de confección, se enrumba por ahí: Jesús sería (metafóricamente) una encarnación de la Sabiduría de Dios. De hecho, el paso de la metaforización a la «hipostatización» de la propia Sabiduría como personificación o como «persona» de Dios es el proceso que está debajo de estas afirmaciones, y su desconocimiento o falta de toma de conciencia es algo que hoy nos obliga a repensar y a reformular nuestras afirmaciones dogmáticas.

  1. Efesios 1, 3-6. 15-18

Obviamente, estos pocos varios textos de las cartas de Pablo se prestan como anillo al dedo para enmarcar el nacimiento de Jesús que celebramos en Navidad, dentro del gran sentido de la historia de la salvación, tal como hacen esos pocos «himnos» que Pablo incluye en varias de sus cartas. Ese niño judío, que nace desapercibidamente, en el medio anónimo del pueblo, para esos himnos –obviamente poéticos– que transcribe Pablo tomándolos de la liturgia de alguna comunidad anónima, resulta ser aquel por quien y para quien fueron creadas todas las cosas, en cuya persona fuimos elegidos antes de la creación del mundo.

Estos textos, acogidos con fe ciega y literal durante casi dos milenios, encuentran hoy una dificultad notable a la hora de ser leídos e interpretados en una sociedad culta, que ha abandonado el concepto mágico de revelación externa, y que se mueve en unas coordenadas que hicieron explotar hace tiempo el estrecho marco de la historia judeocristiana de la salvación. Todo ese lenguaje lleno de solemnidad y de pretendidas dimensiones cósmicas y universales no deja hoy de sorprendernos. ¿Quién habla así? ¿Quién hace esas revelaciones tan rimbombantes que pasaron desapercibidas al pueblo galileo y judío coetáneo de Jesús, y a los propios seguidores de Jesús, así como a sus seguidores?

Pensando en las respuestas: ¿Se trata de un lenguaje simbólico, con metáforas cortadas a la medida del imaginario religioso a la vez judío y helénico de Pablo? ¿Se trata de un lenguaje «confesional», como el lenguaje del amor, de la declaración amorosa, en el que su verdadero contenido no se descifra por las palabras y medidas concretas utilizadas, sino por la vivencia de amor que quieren manifestar y transmitir? Si así hubieran sido entendidos desde el principio, nos habríamos ahorrado los equívocos -o verdaderos yerros– en que se incurrió al leerlos como indicaciones descriptivas literales a ser tomadas obviamente como formulaciones dogmáticas intocables.

  1. Juan 1, 1-18

Volvemos a proclamar el texto del prólogo del evangelio de Juan, que ya fue proclamado precisamente el domingo pasado en la misa solemne del medio día. Texto decisivo como pocos; al menos tan decisivo como los himnos de Pablo a los que acabamos de referirnos. Son muchos autores los que dicen que, en la práctica, fue Pablo quien fundó el cristianismo, con esa solemne visión y comprensión de la figura de Jesús, a través de sus cartas. Otros no dejan de decir que, más allá de la influencia de Pablo, es este texto del prólogo del Evangelio de Juan la carta fundamental de la cosmovisión cristiana. Esta proclamación tan directa y clara de la Encarnación de la «Palabra» que «es» Jesús, constituye el acta fundacional del cristianismo, aun antes de su separación frente a los judíos.

El evangelio de hoy no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, pero puede utilizarse algún otro escogido de entre los items de su índice. Igualmente ocurre con la serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores.