El amor me mantiene encendido, el egoísmo me apaga. El aceite está ya en mí.
Los textos de estos últimos domingos de año litúrgico nos invitan a despertar, a estar preparados. Pero no debemos seguir pensando en ese Dios vengativo que está al acecho para ver como puede cogernos en un renuncio y condenarnos. Dios no nos espera al final del camino. Dios está desde el principio en nuestra Vida para que podamos llevarla a plenitud.
No es la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida, sino al revés, solo viviendo a tope, se aprende a morir. Aunque solo me quedara un segundo de vida, haría mal en pensar en la muerte. Sería más positivo el vivir plenamente ese segundo. La muerte ni quita ni añade nada; el auténtico sentido debemos dárselo a la vida mientras es plenamente consciente.
La boda consistía en conducir a la novia a la casa del novio, donde se celebraba el banquete. Esta ceremonia no tenía carácter religioso especial. El novio, acompañado de sus amigos y parientes iba a casa de la novia para conducirla a casa de su propia familia. Todos estos rituales empezaban a la puesta del sol, es decir, de noche, de ahí la necesidad de lámparas.
La luz es más importante que las mismas muchachas, porque lo que determina que entren o no entren en el banquete es que tengan o no tengan el candil encendido. Ahora bien, para que dé luz una lámpara, tiene que tener aceite y estar encendida. Aquí está la madre del cordero. Lo importante es la luz, pero lo que hay que procurar es el aceite y encenderlo.
El aceite y la luz son las obras. Jesús había dicho: Yo soy la luz del mundo. Y también: vosotros sois la luz del mundo. El ser humano es luz cuando ha desplegado su verdadero ser. Nuestra condición de animales no es algo malo, al contrario, es la base para alcanzar nuestra plenitud, pero si no vamos más allá cercenamos nuestra posibilidad de humanidad.
Dar sentido de la vida es más importante que la vida misma. La vida tiene sentido por sí misma, pero tenemos que descubrirlo. Esa es la tarea específicamente humana. Nuestra vida puede quedar malograda como vida humana. Hay que estar alerta, porque el tiempo pasa. Hay que despertar, de lo contrario, perderás la oportunidad de ser tú.
La luz, son las obras. El aceite que alimenta la llama, es el amor. El ser sensato no depende de un conocimiento racional mayor sino de la plenitud de Vida. Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No es egoísmo. Es que resulta imposible amar en nombre de otro. Nuestra lámpara no puede arder con aceite prestado.
Dar sentido a la vida no se puede improvisar en un instante. Solo con lo que hay de Dios en mí, descubierto, reconocido, desplegado, puedo considerarme encendido. Ese despliegue constituye la Sabiduría de la que nos hablaba la 1ª lectura. Sin la llama de un amor sincero y efectivo, seremos irreconocibles incluso para el mismo Dios.
Interpretar la parábola como que debemos estar preparados para el día de la muerte, es tergiversar el evangelio. La parábola no hace hincapié en el fin, sino en la inutilidad de una vida apagada sin amor a los que me rodean. Mi lámpara debe estar encendida siempre; si esperamos a prepararla en el último momento, la vida transcurrirá carente de sentido.
Si el aceite es el amor manifestado en obras, lo que cuenta es toda una vida consumida en favor de los demás. No podemos pensar en el último día para darle sentido. Hay que buscar una interpretación más de acuerdo a todo el mensaje de Jesús. El don total de sí mismo trasformó todo lo humano que había en él en divino, no en un más allá, sino aquí y ahora.
Tenemos que abandonar toda búsqueda de glorificación, sea en este mundo o sea en el otro, y entrar por el camino del servicio a los demás hasta consumirnos en la entrega total a los demás. El aceite solo da luz a costa de consumirse. Si aceptamos el programa del evangelio solo porque nos han prometido una “gloria” para el más allá, la cosa no puede funcionar.
