DOMINGO 32 (C) Fray Marcos

(2 Mc 7,1-2.9-14) “Vale la pena morir. Tú en cambio no resucitarás para la vida”.
(2 Tes 2,15-3,5) «El Señor que es fiel, os dará fuerza y os librará del malo.»
(Lc 20,27-38) Dios no es un Dios de muertos, porque en Él todos estamos vivos.

El más allá no es continuación del más acá. La eternidad está en ti, aquí y ahora.

Estamos en Jerusalén. Lc ya ha narrado la entrada solemne y la purificación del Templo.
Sigue la polémica. Los saduceos, que tenían su bastión en torno al templo, entran en
escena. Era más un partido político que religioso. Estaba formado por la aristocracia laica y
sacerdotal. Preferían estar a bien con la Roma y no poner en peligro sus intereses. Solo
admitían el Pentateuco como libro sagrado. Tampoco admitían la tradición. No creían en la
resurrección. Jesús no responde a la pregunta sino a lo que debían haber preguntado.
El planteamiento responde a una visión mítica. Lo que encerraba una verdad desde esa
visión, se convierte en absurdo cuando lo entendemos racionalmente. Pensar y hablar del
más allá es imposible. Es como pedirle a un ordenador que nos de el resultado de una
operación sin suministrarle los datos. Ni siquiera podemos imaginarlo. Puedo imaginar lo
que es una montaña de oro aunque no exista en la realidad, pero tengo que haber
percibido por los sentidos lo que es el oro y lo que es una montaña. No tenemos datos
objetivos para imaginar el más allá. Todo lo que llega a la mente entra por los sentidos.
Las imaginaciones carecen de sentido. Lo racional es aceptar que no sabemos nada. El
instinto más visceral de todo ser vivo, es la permanencia en el ser; de ahí que la muerte
se considere como el mal supremo. Para el ser humano con su capacidad de razonar,
ningún programa de salvación será convincente si no supera su condición mortal. Si el
hombre considera la permanencia en el ser como un valor absoluto, también considerará
como absoluta su perdida. Todos los intentos por encontrar una solución serán inútiles.
Todos queremos ser eternos en nuestro yo individual porque no hemos descubierto
nuestro verdadero ser, más allá de nuestra contingencia. Esa contingencia no es un fallo,
sino mi propia naturaleza; por lo tanto no es nada que tengamos que lamentar ni de lo
que Dios tiene que librarnos, ni ahora ni después. Mis posibilidades de ser solo las puedo
desplegar aquí y ahora, a pesar de esa limitación. No creo que sea coherente el postular
para el más allá un cielo maravilloso mientras seguimos haciendo de la tierra un infierno.
Nuestro ser, que creemos autosuficiente, hace siempre referencia a Otro que me
fundamenta, y a los demás que me permiten realizarme. La razón de mi ser no está en mí
sino en Otro. Yo no soy la causa de mí mismo. No tiene sentido que considere mi propia
existencia como el valor supremo. Si mi existir se debe al Otro, Él será el valor supremo
también para mi ser individual y aparentemente autónomo. Si un ser eterno se relaciona
conmigo, esa relación no puede terminar y mi relación con Él también será eterna.
El pueblo de Israel empezó a reflexionar sobre el más allá unos 200 años antes de Cristo.
El concepto de resurrección no se acuñó hasta después de las luchas macabeas. Los libros
de los Macabeos, se escribieron hacia el año 100 a C. El libro de Daniel, se escribió hacia el
año 164 a C. Anteriormente solo se pensó en la asunción al “cielo” de determinadas
personas que volverían a la tierra para llevar a cabo una tarea de salvación; no se trataba
de resurrección escatológica sino de una situación de espera en la reserva para volver.
Puede parecernos ridículo el planteamiento de los saduceos, pero la inmensa mayoría de
los cristianos hay siguen pensado en un más allá con unos ojos que les permitirán ver a
sus seres queridos, con unos brazos que les permitirán abrazarlos y con una legua que
les permitirá comunicarse con ellos. Esto es tan ridículo como la propuesta saducea.
Los semitas, no conocen un alma sin cuerpo, no podía imaginar un ser humano sin cuerpo.
Ni siquiera tienen una palabra para expresar el cuerpo sin alma. Nuestra doctrina sobre el
más allá nace de la fusión de dos concepciones opuestas del ser humano, la judía y la
griega. Nuestra predicación sería incomprensible para Jesús. La palabra que traducimos
por alma quiere decir “vida” y la que traducimos por cuerpo, quiere decir persona.
El NT proclama la resurrección de los muertos. Nosotros hoy pensamos en la supervivencia
del alma. No es esa la idea que nos quiere trasmitir la Biblia. Nos hemos apartado
totalmente del pensamiento bíblico y ha prevalecido la idea griega, aunque tampoco la
hemos conservado con exactitud. para los griegos no se necesitaba ninguna intervención
de Dios para que el alma subsistiera y la resurrección del cuerpo era un flaco favor.
La base de toda reflexión sobre al más allá, está en la resurrección de Jesús. La
experiencia que de ella tuvieron los discípulos es que Dios realizó plenamente en él la
salvación. Jesús sigue vivo con una Vida que ya tenía cuando estaba con ellos, pero que
no descubrieron hasta que murió. En él, la última palabra no la tuvo la muerte sino la
Vida. Esta es la principal aportación del texto de hoy: “serán como Ángeles, hijos de Dios”.
¿Cómo permanecerá esa Vida que ya poseo aquí y ahora? Ni lo sé ni puedo saberlo. No
debemos rompernos la cabeza pensando como va a ser ese más allá. Lo que de veras me
debe importar es el más acá. Descubrir que Dios me salva aquí y ahora. Vivenciar que hoy
es ya la eternidad para mí. Que la Vida definitiva la poseo ya en plenitud. En la experiencia
pascual, los discípulos descubrieron que Jesús estaba vivo. No se trataba de la vida
biológica sino la Vida divina que ya tenía antes de morir, a la que no afectó la muerte.
Los cristianos hemos tergiversado hasta el núcleo central del mensaje de Jesús. Él puso la
plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total, sin límites a los demás. Nosotros
hemos hecho de esa misma entrega una programación. Soy capaz de darme, con tal que
me garanticen que esa entrega terminará por redundar en beneficio de mi ego. Jesús
predicó que la plenitud humana está en la entrega total. Mi objetivo cristiano debe ser
deshacerme, no permanecer en el falso yo. Justo lo contrario de lo que pretendemos.
Te preocupa lo que será de ti después de la muerte ¿Te ha preocupado alguna vez lo que
eras antes de nacer? Tú relación con el antes y con el después responde al mismo criterio.
No vale decir que antes de nacer no eras nada, porque entonces hay que concluir que
después de morir no serás nada. La eternidad no es una suma de tiempo sino un instante
que está más allá del tiempo. Desde la visión más tradicional, para Dios soy igual en este
instante que antes de nacer o después de morir. Desde la visión de Dios que tenemos hoy,
no somos nada distinto de Él y en Él siempre hemos sido y seremos lo mismo.
«…porque para Él, todos están vivos». ¿No podría ser esa la verdadera plenitud
humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué
tenemos que empeñarnos en que nos garanticen una permanencia en el ser individual
para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos solo para Él?
¿No podría ser, que él consumirnos en favor de los demás, fuese la auténtica consumación
del ser humano? ¿No es eso lo que celebramos en cada eucaristía?