El amor en Dios no es relación sino identificación. El amor a Dios es vivir su amor
La mayoría consideraba que todos los mandamientos tenían la misma importancia. Otros defendían que guardar el sábado era el primero. La mayoría, que el amor a Dios era el principal. A nadie se le había ocurrido que el principal mandamiento, eran dos.
Jesús hace referencia al (Lev 19,18) pero elimina la primera parte que dice: “no guardarás rencor ni tomarás venganza de los hijos de tu pueblo”. Deja claro quién es el prójimo. La originalidad de Jesús está en unir los dos mandamientos, dejándolos convertido en uno.
Se trata de una identificación en toda regla, que, además, prepara el terreno a Juan para poder decir con rotundidad: un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado (Jn 13,34). Es el mandamiento nuevo, que convierte la Ley en vieja.
El valor absoluto de la persona es la originalidad de Jesús. Hasta entonces el individuo no contaba más que como perteneciente al grupo. Lo único que interesaba era la manifestación del amor, no el amor mismo. De ese modo, el precepto recaía sobre las manifestaciones.
El concepto de “prójimo” es modificado por Jesús de manera sustancial. Para un judío, prójimo era el que pertenecía al pueblo y, a lo sumo, el prosélito. Jesús desbarata esa barrera y postula que todos somos exactamente iguales para Dios. El cristianismo no ha sabido trasmitir esta idea de igualdad y hemos seguido creyéndonos privilegiados.
La exigencia de Jesús no es con relación a Dios sino con relación al hombre. Si proponemos los mandamientos como marco de convivencia es que no hemos entendido el mensaje de Jesús. S. Agustín dijo: Ama y haz lo que quieras. Y Pablo: Quien ama ha cumplido el resto de la Ley. No se trata de una nueva Ley, sino de hacer inútil toda ley.
El “como a ti mismo” es también superado por Jesús: “como yo os he amado” necesitaría un comentario más extenso. Únicamente diré, que el amor solo se puede dar entre iguales. Si considero superior o inferior al otro, mi relación con él nunca será de amor. Lo que nos pide Jesús es que quiera para los demás todo lo que estoy deseando para mí.
Una vez más tenemos que resaltar la imposibilidad de aceptar el mensaje de Jesús sin abandonar la idea de Dios del AT. Esta es la trampa en la que cayeron los primeros cristianos que eran todos judíos. Aquí está la clave para entender tantas aparentes contradicciones en los evangelios. Lo que pide Jesús es más de lo que puede enseñar una religión.
La excesiva fidelidad a la institución, nos impide alcanzar el mandamiento nuevo. Por eso Jesús criticó tan duramente las instituciones religiosas de su tiempo (Templo, Ley, culto); se habían convertido en un obstáculo para llegar al hombre. A Dios no se le puede amar directamente ni mucho ni poco. Dios no es un sujeto con el que me pueda relacionar.
No es nada distinto de mí. Amar a Dios y amar al prójimo es un único acto. Dios y el prójimo no se pueden separar. Tampoco Dios puede amar a sus criaturas porque no son nada fuera de Él. Demuestro que estoy abierto al Amor si amo a todos. Si dejo de amar a una persona, puedo estar seguro de que lo que me mueve no es amor, sino egoísmo o programación.
El amor no responde a necesidad alguna de mi ego. Acontece en la profundidad del ser, incluyendo todos sus aspectos. Es el único camino para un crecimiento armónico del ser, impidiendo que la parte material y biológica se imponga y arrastre a la parte espiritual. El superar el egoísmo no significa una renuncia a nada sino plenitud de humanidad.
En nosotros el amor es una cualidad que podemos tener o no tener, permaneciendo en el ser. En Dios el amor-unidad es su esencia. Pero resulta que nuestro amor a Dios consiste en tomar conciencia de el amor de Dios a nosotros y vivirlo como nuestro verdadero ser.
