La prisión permanente revisable no soluciona nada, no cree en la reinserción

Capellanes católicos cuestiona la ley, cuya derogación ha aprobado el Congreso. Florencio Perelló: «Si yo estuviera a favor de esta medida, no podría ir a visitar a los presos».

«Odia el delito y compadece al delincuente». La frase de Concepción Arenal estaba marcada a fuego en todas las cárceles españolas hasta que, a finales de los ochenta, este lema fue desapareciendo de los carteles por orden de las autoridades penitenciarias. La expresión sirve como anillo al dedo para el actual debate, incendiado por las recientes tragedias, vividas a flor de pie, por la ciudadanía, sobre la polémica Prisión Permanente Revisable.

Son muchas las preguntas en torno a este término: los más críticos hablan de ‘cadena perpetua encubierta’ o del ‘fin de la reinserción’, mientras que sus defensores apuestan por que una sanción tan dura pueda ser una medida disuasoria, que evite que se den casos como el de Diana Quer, la pequeña Mariluz o, aún con los sentimientos a flor de piel, el pequeño Gabriel. ¿Y qué opina la Iglesia de todo esto?

Hoy mismo, el Congreso de los Diputados ha echado para atrás dos propuestas, de PP y Ciudadanos, que buscaban endurecer esta norma (aprobada en 2015 con la mayoría absoluta de los populares, y que sólo ha sido aplicada en un caso hasta la fecha), cuya constitucionalidad ha sido cuestionada por muchos. El Tribunal Constitucional aún debe resolver una cuestión planteada por el PSOE. Del mismo modo, los diputados han aprobado una proposición del PNV para iniciar los trámites para su derogación. Algo que, según los expertos consultados, puede llevar años, y quedar en agua de borrajas si, en unas hipotéticas elecciones, cambia el actual mapa parlamentario.

«La Conferencia Episcopal no se ha pronunciado aún», subraya, en conversación con RD, Florencio Perelló, secretario de la Comisión de Pastoral Penitenciaria. Son muchos los capellanes y voluntarios católicos que trabajan cada día, codo con codo, con las personas privadas de libertad. «Algunos han cometido errores puntuales, y otros son unos monstruos. Pero en todos los casos, desde el Evangelio, tenemos que mirarlos como lo haría Jesús, y trabajar en la posibilidad de una reinserción», apunta un religioso, que dos veces por semana trabaja con internos en una cárcel andaluza y que prefiere no dar su nombre.   Leer mas…

Jesús Bastante en Religión Digital, 15 de marzo de 2o18

 


Domingo de Ramos – Fray Marcos

En la muerte de Jesús descubrimos la Vida

(Is 50,4-7) Ofrecí el rostro como pedernal y sé que no seré avergonzado.

(Flp 2,6-11) Se rebajó hasta someterse a la muerte, y una muerte de cruz.

(Mc 14-15) ¡Abba! Aparta de mí este trago; pero no se haga lo que yo quiero.

 

En la muerte de Jesús descubrimos la Vida. Le arrancaron la vida pero su verdadera Vida permaneció intacta.

Como en el caso de la purificación del templo, no podemos pensar que la entrada en Jerusalén fue una manifestación multitudinaria. Hubiera sido la ocasión ideal, que los dirigentes judíos estaban esperando, para prender a Jesús. Probablemente se trató de un pequeño grupo de seguidores que se unieron a los discípulos en aclamaciones espontáneas. Jesús había desarrollado toda su actividad en Galilea y la mayor parte de los peregrinos que venían a la fiesta eran galileos. Muchos de ellos reconocerían a Jesús, que también subía a Jerusalén, y se unieron a su grupo.

Lo verdaderamente importante en el relato de la pasión está más allá de lo que se puede narrar. Lo esencial de lo que ocurrió no se puede meter en palabras. Lo que los textos nos quieren trasmitir, hay que buscarlo en la actitud de Jesús que refleja plenitud de humanidad. Lo importante no es la muerte física de Jesús sino descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuáles fueron las consecuencias de su muerte para los discípulos. Semana Santa es la ocasión privilegiada para plantearnos la revisión de nuestros esquemas teológicos sobre el valor de la muerte en la cruz.

Estamos en el mejor momento del año para tomar conciencia de la coherencia de toda la vida de Jesús. Dándose cuente de las consecuencias de sus actos, no da un paso atrás y las acepta plenamente. Es una advertencia para nosotros, que estamos siempre acomodándonos para evitar consecuencias desagradables. Sabemos que nuestra plenitud está en darnos a los demás pero seguimos calculando nuestras acciones para no ir demasiado lejos, poniendo límites “razonables” a nuestra entrega; sin darnos cuenta de que un amor calculado es egoísmo camuflado.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo frontal y absoluto por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos no eran gente depravada, que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía ser fiel a la voluntad de Dios, que ellos encontraban en la Ley. También para Jesús era prioritaria la voluntad del Padre, pero no la buscaba en la Ley sino en el hombre.

¿Era Jesús el profeta, como creían los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo? La respuesta no era tan sencilla. Por una parte, Jesús iba claramente contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra, los signos de amor a todos eran una muestra de que Dios estaba con él, como apuntó Nicodemo. Lo mataron porque denunció a las autoridades religiosas que, con su manera de entender la religión, oprimían al pueblo. Le mataron por afirmar, con hechos y palabras, que el valor del hombre concreto está por encima de la Ley y del templo.

¿Por qué murió? No podemos saber lo que Jesús experimentó ante su muerte. Ni era un inconsciente, ni era un loco, ni era masoquista. Tuvo que darse cuenta que los jefes religiosos querían eliminarlo. Lo que nos importa a nosotros es descubrir las poderosas razones que Jesús tenía para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que estaba seguro de que eso le costaría la vida. Tomó conscientemente la decisión de ir a Jerusalén donde estaba el peligro. Que le importara más ser fiel a sí mismo que salvar la vida, es el dato que nosotros debemos valorar. Demostró que la única manera de ser fiel a Dios es ponerse del lado del oprimido.

No se puede pensar en la muerte de Jesús desconectándola de su vida. Su muerte fue consecuencia de su vida. No fue una programación por parte de Dios para que su Hijo muriera en la cruz y de este modo nos librara de nuestros pecados. Jesús fue plenamente un ser humano que tomó sus propias decisiones. Porque esas decisiones fueron las adecuadas, de acuerdo con las exigencias de su verdadero ser, nos han marcado a nosotros el camino de la verdadera salvación. Si nos quedamos con el Hijo que murió por obediencia al Padre, hemos malogrado su muerte y su vida.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Hay explicaciones teológicas de la muerte de Jesús que se siguen presentando a los fieles, aunque la inmensa mayoría de los exegetas y de los teólogos las han abandonado hace tiempo. No debemos seguir interpretando la muerte de Jesús como un rescate exigido por Dios para pagar la deuda por el pecado. Además de ser un mito ancestral, está en contra de la idea de Dios que el mismo Jesús desplegó en su vida. Un Dios que es amor, que es Padre, no casa muy bien con el Señor que exige el pago de una deuda hasta el último centavo.

Para los discípulos la muerte fue el revulsivo que les llevó al descubrimiento de lo que era verdaderamente Jesús. Durante su vida lo siguieron como el amigo, el maestro, incluso el profeta; pero no pudieron conocer el verdadero significado de su persona. A ese descubrimiento llegaron por un proceso de maduración interior, al que solo se puede llegar por experiencia. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquel Jesús de Nazaret al Señor, al Mesías, al Cristo y al Hijo. En esto consistió la experiencia pascual. Ese mismo recorrido debemos hacer nosotros.

A nosotros, hoy, la muerte de Jesús nos obliga a plantear la verdadera hondura de toda vida humana. Jesús supo encontrar, como ningún otro ser humano, el camino que debemos recorrer todos para alcanzar plenitud humana. Amando hasta el extremo, nos dio la verdadera medida de lo humano. Desde entonces, nadie tiene que romperse la cabeza para buscar el camino de mayor humanidad. El que quiera dar sentido a su vida, no tiene otro camino que el amor total, hasta desaparecer.

La interpretación de la muerte de Jesús determina la manera de ser cristiano. Ser cristiano no es subir a la cruz con Jesús, sino ayudar a bajar de la cruz a tanto crucificado que hoy podemos encontrar en nuestro camino. Jesús, muriendo de esa manera, hace  presente a un Dios sin pizca de poder pero repleto de amor, que es la fuerza suprema. En ese amor reside la verdadera salvación. El “poder” de Dios se manifiesta en la vida de quien es capaz de amar entregando todo lo que es.

Meditación

Ningún sufrimiento salva por sí mismo, tampoco el de Jesús.

Lo que salva es la fidelidad a su verdadero ser,

Vivir una verdadera humanidad, es perder el miedo a la muerte.

El miedo a la muerte es la esclavitud más difícil de superar.

Toda opresión nace de esta esclavitud.

 

 

Erramu igandea / Domingo de Ramos – José A. Pagola

-B (Markos 14,1-72; 15,1-47)

Evangelio del 25 /mar /2018

por Coordinador – Mario González Jurado

BIKTIMEKIN BAT

Ez Erromako botereak, ez Tenpluko agintariek jasan ahal izan zuten Jesusek ekarritako berritasuna. Arriskutsua zen Jainkoa ulertzeko eta bizitzeko Jesusen era. Ez zuen defenditzen Tiberioren inperioa; aitzitik, guztiei egin zien dei Jainkoaren erreinua eta haren justizia bilatzera. Ez zion axola larunbataren legea eta tradizio erlijiosoak haustea; Galileako gaixo-jendearen eta jatekorik gabearen sufrimendua arintzea zuen kezka bakarra.

Ez zioten barkatu hori. Sakonegi egin zuen bat, inperioko biktima errugabeekin eta tenpluko erlijioak ahantziak zituenekin. Gurutzean errukirik gabe iltzez josia den horrengan agertzen zaigu orain Jainkoa, historian izan diren biktima errugabe guztiekin bat egin duen horrengan. Horien guztien oihuarekin bat egiten du orain Jainkoaren beraren oinaze-oihuak.

Gurutziltzatuaren aurpegi desitxuratu horretan harritzen gaituen Jainkoa ageri zaigu, Jainkoaz ditugun irudi konbentzionalak hausten ditu, eta koloka jartzen du, jenderik ahulena eta babesik gabeena gurutziltzatzen jarraitzen duen munduko drama ahaztuz, Jainkoari kultu eman nahi dionaren jarduera.

Jainkoa biktimekin bat eginez hil bada, haren gurutziltzatzea erronka kezkagarria da Jesusen jarraitzaileontzat. Ezin bereizi dugu Jainkoa errugabeen sufrimendutik. Ezin adoratu dugu Gurutziltzatua eta bizkarra emanez bizi, goseak, gerlak, miseriak joa den hainbat eta hainbat jenderen sufrimenduaren aurrean.

Jainkoak guztiok interpelatzen jarraitzen du gure egunetako gurutziltzatuen larrutik. Ez dugu zilegi egundoko sufrimendu horren ikusle bezala bizitzen jarraitzea, geure inguruan errugabetasun-ilusio geldo bat elikatuz. Matxinatu beharra dugu ahaztearen kultura horren aurka; gurutziltzatuengandik apartatzera eragiten baitigu, munduan den sufrimendu zuzengabe hori «urrunera» bidaliz, han oihurik, lanturik, intziririk atera ezin duela.

Ezin hesitu gara geure «ongizatearen gizartean», «gaizki izatearen beste gizarte» horretaz ahaztuz, zeinetan milioika gizaki jaiotzen baita, soilik sufrimen izango den bizitzako urte gutxira erabat akabatzeko. Ez da gizatarra, ez kristaua, geure burua segurtasunean kokatzea, soilik bizitza segurtasunik gabea eta mehatxatua ezagutzen dutenez ahazturik.

Kristauek, Gurutziltzatuari aurpegira begira jartzen garenean, Jainkoaren maitasun ezin atzemana kontenplatzen dugu, gure salbaziorako heriotzaraino emana. Patxadago begiratzen badiogu, aisa aurkituko dugu aurpegi horretan beste gurutziltzatu asko eta askoren aurpegia: gugandik hurbil edo urrunago, gure maitasun solidarioa eta errukibera eskatzen ari direnen aurpegia.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain


IDENTIFICADO CON LAS VÍCTIMAS

-B (Markos 14,1-72; 15,1-47)

Evangelio del 25 /mar /2018

Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el Imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea.

No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del Imperio y con los olvidados por la religión del Templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.

En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda darle culto olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.

Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.

Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Hemos de rebelarnos contra esa cultura del olvido que nos permite aislarnos de los crucificados, desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una «lejanía» donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.

No podemos encerrarnos en nuestra «sociedad del bienestar», ignorando a esa otra «sociedad del malestar» en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido sufrimiento. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.

Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si la miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.

José Antonio Pagola

 

Domingo de Ramos 25 de marzo de 2018 – Koinonia

Is 50,4-7: No me tapé el rostro
Salmo 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Fil 2,6-11: Se humilló, por eso Dios lo ensalzó sobre todo
Mc 14,1–15,47: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo


COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Un año más, pedimos disculpas a quienes buscarán un comentario bíblico-teológico «normal» para un domingo de Ramos; esperamos que podrán encontrarlo fácilmente en la red. Nosotros esta vez queremos volver a tratar de hacer un comentario pensando en aquellas personas que –como también nosotros ante el comentario que teníamos ya redactado– se sienten mal ante ese conjunto de conceptos bíblicos que se repiten y enlazan indefinidamente sin salir de un bucle teológico-litúrgico dentro del cual muchos de nosotros –que pensamos como personas seculares, de la calle, con las preocupaciones diarias de la vida– sentimos que casi nos asfixiamos.

En efecto, muchos de nuestros comentarios bíblicos al uso pareciera que se mueven en «otro mundo», un mundo propio de referencias teológicas intrasistémicas, que funcionan con una lógica diferente a la real, y que parecen estar de antemano inmunizados contra toda crítica, porque, en ese ambiente bíblico-litúrgico al que están destinados, en las homilías, todo debe ser escuchado y recibido sin discusión, sin espíritu crítico, «con mucha fe». Los que tenemos una fe más o menos crítica, una fe que no quiere dejar de ser de personas de hoy y de la calle, nos preguntamos: ¿es posible celebrar la semana santa de otra manera? ¿Así como buscamos «otra forma de creer», hay «otra forma de celebrar y acoger la semana santa»?

Veamos. Comencemos preguntándonos: ¿qué sienten, qué sentimos, ante la semana santa, muchas personas creyentes de hoy?

Muchos creyentes adultos (trabajadores, profesionales de las más variadas ramas, y también intelectuales, o simples personas cultas) se sienten mal cuando, en semana santa, por la especial significación de tales días, o por acompañar a la familia –y con el recuerdo de una infancia y juventud tal vez religiosa–, entran en una iglesia, captan el ambiente, y escuchan la predicación. Se sienten de pronto sumergidos de nuevo en aquel mundo de conceptos, símbolos, referencias bíblicas… que elaboran un mensaje sobre la base de una creencia central que fuera del templo uno nunca se encuentra en ningún otro dominio de la vida: la «Redención». Estamos en Semana Santa, y lo que celebramos –así perciben en el templo– es el gran misterio de todos los tiempos, lo más importante que ha ocurrido desde que el mundo es mundo: la «Redención»… El «hombre» fue creado por Dios (sólo en segundo término la mujer, según la Biblia), pero ésta, la mujer, convenció al varón para que comieran juntos una fruta prohibida por Dios. Aquello fue la debacle del plan de Dios, que se vino abajo, se interrumpió, y hubo de ser sustituido por un nuevo plan, el plan de la Redención, para redimir al ser humano que cayó en «desgracia de Dios» desde la comisión de aquel «pecado original», debido a la infinita ofensa que dicho «pecado» le infligió a Dios.

Ese nuevo plan, de Redención, exigió la «venida de Dios al mundo», mediante su encarnación en Jesús, para así «asumir nuestra representación jurídica ante Dios y pagar por nosotros a Dios una reparación adecuada» por semejante ofensa infinita. Y es por eso por lo que Jesús sufrió indecibles tormentos en su Pasión y Muerte, para «reparar» aquella ofensa y redimir así a la Humanidad, y consiguiéndole el perdón de Dios y rescatándola del poder del demonio bajo el que permanecía cautiva.

Ésta es la interpretación, la teología sobre la que se construyen y giran la mayor parte de las interpretaciones en curso durante la semana santa. Y éste es el ambiente ante el que muchos creyentes de hoy se sienten mal, muy mal. Sienten que se asfixian. Se ven trasladados a un mundo imaginario que nada tiene que ver ni con el mundo real de cada día, ni con el de la ciencia, el de la información, o el del sentido más profundo de su vida. Por este malestar, otros muchos cristianos no sólo se han marchado de la semana santa tradicional, sino que se han alejado de la Iglesia.

¿Hay otra forma de entender la Semana Santa, que no nos obligue a transitar por el mundo manido de esa teología en la que tantos ya no creemos?

¿«No creemos», hemos dicho? Ante todo hay que decir –para alivio de muchos– que efectivamente, se puede no creer en tal teología. No se trata de ningún «dogma de fe» (si lo fuera, tampoco ello la haría creíble). Se trata de una genial construcción interpretativa del misterio de Cristo, debida a la intuición medieval de san Anselmo de Canterbury, que desde su visión del derecho romano, construyó, «imaginó» una forma de explicarse a sí mismo el secreto sentido de la muerte de Jesús. Estaba condicionado por muchas creencias propias de la Edad Media, e hizo lo que pudo, y lo hizo admirablemente: elaboró una fantástica interpretación que cautivó las mentes de sus coetáneos tanto, que perduró hasta el siglo XXI. Habría que felicitar a san Anselmo, sin duda.

El Concilio Vaticano II es el primer momento eclesial que supone un cierto abandono de la hipótesis de la Redención, o, para decirlo de otra manera, de una interpretación de la significación de Jesús más allá de la Redención. Por supuesto que en los documentos conciliares aparece la materialidad del concepto, numerosas veces incluso, pero la estructura del pensamiento y de la espiritualidad conciliar van más allá de él. El significado de Jesús para la Iglesia posconciliar –no digamos para la Iglesia con espiritualidad de la liberación– deja de pasar por la redención, por el pecado original, por los terribles sufrimientos expiatorios de Jesús y por la genial «sustitución penal satisfactoria» ideada por Anselmo de Canterbury… Desaparecen estas referencias, y cuando sorpresivamente se oyen, suenan extrañas, incomprensibles, o incluso suscitan rechazo. Es el caso de la película de Mel Gibson, que fue rechazada por tantos espectadores creyentes, no por otra cosa que por la imagen del «Dios cruel y vengador» que daba por supuesta, imagen que, evidentemente, hoy no sólo ya no es creíble, sino que invita vehementemente al rechazo.

¿Cómo celebrar la semana santa cuando se es un cristiano que ya no comulga con esas creencias? Uno se siente profundamente cristiano, admirador de Jesús, discípulo suyo, seguidor de su Causa, luchador por su misma Utopía… pero se siente mal en ese otro ambiente asfixiante de las representaciones de la pasión al nuevo y viejo estilo de Mel Gibson, de los viacrucis, los pasos de las procesiones de semana santa, las meditaciones las siete palabras, las horas santas que retoman repetitivamente las mismas categorías teológicas del san Anselmo del siglo XI… estando como estamos en el siglo XXI…

Bajo la semana santa que oficialmente se celebra, no dejan de estar, allá, lejos, bien adentro de sus raíces ancestrales, las fiestas que los indígenas originarios ya hacían sus celebraciones sobre la base cierta del equinoccio astronómico. Se trata de una fiesta que ha evolucionado muy diferentemente en cada cultura, y muy creativamente al ser heredada de un pueblo a otro, y al contagiarse de una religión a otra. Una fiesta que fue heredada y recreada también por los israelitas nómadas como fiesta del cordero pascual, y después transformada por los israelitas sedentarios como fiesta de los panes ácimos, en recuerdo y como reactualización de la Pascua, piedra angular de la identidad israelita… Fiesta que los cristianos luego cristianizaron como la fiesta de la Resurrección de Cristo, y que sólo más tarde, con el devenir de los siglos, en la oscura Edad Media, quedó opacada bajo la interpretación jurídica de la redención…

¿Por qué quedarse, pues, prendidos de una interpretación medieval, cautivos de una teología y una interpretación que no es nuestra, que ya no nos dice nada, y que podríamos abandonar porque ya cumplió su papel? ¿Por qué no sentirse parte de esta procesión tan humana y tan festiva de interpretaciones y hermenéuticas, de mitos y «grandes relatos» incesantemente renovados y recreados, y aportar nosotros también a esta trabajada historia nuestra propia parte, lo que nos corresponde hoy, con creatividad, responsabilidad y libertad? No podemos dejar de pensar que «Otra semana santa es posible»… ¡y urgente! Y también legítima, por lo menos.

No vamos a desarrollar aquí nosotros una nueva interpretación de estas fiestas. Bástenos ahora cumplir una pretensión doble: aliviar a los que se sentían culpables por desear que «otra semana santa fuera posible», por una parte, y, por otra, de invitar a todos a la creatividad, libre, consciente, responsable y gozosa. No en todas partes o en cualquier contexto será posible, pero sí lo será en muchas comunidades concretas. Si no lo es en la mía, podría serlo en alguna otra comunidad más libre y creativa que tal vez no esté muy lejos de la mía… ¿por qué no preguntar, por qué no buscarla?

Aunque los señalaremos concretamente en los próximos días, recordamos que los temas de la Pasión de Jesús están recogidos ampliamente en la serie «Un tal Jesús», principalmente en los episodios 106 a 126. Los audios y los guiones de estos episodios pueden recogerse libremente de http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/ Por su carácter dramatizado, y por la mentalidad crítica con la que ya pudo ser escrita hace treinta años, la serie «Un tal Jesús» presenta, de un modo muy pedagógico, la visión de la vida de Jesús desde la perspectiva de la teología de la liberación.

– La serie «Otro Dios es posible» (http://radialistas.net/category/otro-dios-es-posible/), de los mismos autores, tiene un capítulo, el 85, titulado «¿Los judíos mataron a Cristo?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guión puede recogerse de http://radialistas.net/article/85-los-judios-mataron-a-cristo/ y su audio de: http://radioteca.net/media/uploads/audios/%Y_%m/85.mp3

Para el estudio de la continua sucesión de interpretaciones de las fiestas a lo largo de la historia de Israel, se puede recurrir a Fiesta en honor de Yavé, de Thierry MAERTENS (disponible en la biblioteca de Koinonía: servicioskoinonia.org/biblioteca).

Como bibliografía para recuperar, desde la perspectiva de la liberación, lo mejor de la visión clásica de la teología respecto a la pasión y muerte de Jesús, recomendamos el excelente libro de BOFF Pasión de Cristo, Pasión del mundo (Sal Terrae en España, Indoamerican Press en Colombia, Vozes en Brasil… disponibilizado también en varios puntos de la red). Del mismo autor, el artículo 217 en la RELaT (http://servicioskoinonia.org/relat): Cómo anunciar hoy la Cruz de nuestro señor Jesucristo.

No obstante, la recuperación que la teología de la liberación (TL) hizo de esta temática se queda corta hoy. La TL releyó la visión tradicional cristiana desde la perspectiva histórica y reinocentrista y desde la opción por los pobres, sí, pero dejó simplemente a un lado lo que no creyó recuperable, y no sometió a crítica los supuestos profundos de la visión clásica; simplemente los ignoró. En ese sentido, la propuesta de la TL no fue realmente nueva, sino una «propuesta nueva pero desde los mismos presupuestos»… Hoy esos presupuestos están en crisis, y ahora sólo nos puede servir una propuesta realmente nueva, es decir, desde presupuestos nuevos, por ejemplo: sin «dos pisos» (este mundo junto al otro mundo), sin el histórico pecado original, sin un Dios-theos ahí fuera que se pueda ofender gravemente por un supuesto pecado humano, sin un Dios antropomórfico que pueda exigir «reparación para con su dignidad ofendida», sin unos mitos entendidos como narraciones históricas literales…

En este sentido, es el obispo John Shelby SPONG quien con más claridad y valentía está proponiendo reinterpretar el cristianismo desde una superación radical de este «mito básico cristiano», como lo llama él: cfr. el capítulo «Cambiando el mito básico cristiano» de su reciente libro «Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo» [http://tiempoaxial.org] (Editorial Abya Yala [htt://www.abyayala.org], Quito enero 2011). Véase un capítulo de ese libro, explícitamente sobre el tema de la redención, en la RELaT [http://servicioskoinonia.org/relat] titulado «Jesús como rescatador y redentor: una imagen que debe desaparecer» [http://servicioskoinonia.org/relat/380.htm].

También: Problemas en torno a la idea de expiación/satisfacción, de Robert J. DALY, en «Selecciones de Teología» 47/188(2008)310-324 (disponible en el portal de la revista «Selecciones de Teología», [http://www.seleccionesdeteologia.net]).

Acabaremos recordando que, como es obvio, la problemática de la Redención no es del Domingo de Ramos, ni siquiera de la semana santa… sino de todo el cristianismo; afrontarla, tratando de «agarrar valientemente el toro por los cuernos», no es tarea para un domingo ni para una semana, sino para todo el año… Pero un domingo de ramos es una buena ocasión para plantearlo más detenidamente. Lo dejamos en manos de ustedes, lectores individuales y comunidades lectoras…

 

 

 

Manifiesto del 8 de marzo de la Asociación de Teólogas Españolas

«La participación de las mujeres en la Iglesia es germen de vida». «Escuchar y atender a las mujeres es garantía de futuro para la humanidad».

1. Necesitamos hablar de las mujeres y no de «la mujer»

Dios se encarnó para ser un ser humano concreto, una persona histórica particular e irrepetible, Jesús. Su vida, y no otra, sus palabras, y no otras, su muerte y su resurrección son las que nos hacen presentes de forma más íntima y cercana a Dios. El Dios de Jesús no se mueve en las generalidades, que homogenizan y cosifican aquello que pretenden describir. Es por ello que Jesús siempre se dirige a la persona que tiene en frente, la llama por su nombre y la hace lugar de manifestación de Su gracia (Lc. 7, 48-50; 8,43-48…).

En la misma línea, hablar de «la mujer», como si se tratara de una categoría genérica, en lugar de «las mujeres», en plural, empequeñece aquello que pretende describir: asume que todas sentimos igual, actuamos igual y vivimos igual. Que una idea general de «la mujer» vale por todas. Se desdibuja así aquello que caracteriza la vida, es decir, la experiencia personal. Y sólo en este espacio, sólo en la experiencia particular de cada mujer y de cada hombre, se hace el Dios de Jesús presente, reconcilia y restaura. La reconciliación no es un principio general y abstracto que afecta poco. Por el contrario, da forma a la vida en su expresión más concreta.

De igual manera que Dios no es una hipótesis, un objeto de estudio al que podamos mover aquí o allí según convenga, tampoco lo son las mujeres: cada una de nosotras es lugar de manifestación de Dios en su vida y experiencias concretas.    Leer mas…

Asociación de Teólogas Españolas en Religión Digital, 8 de marzo de 2018


La exclusión de las mujeres en la Iglesia no beneficia a nadie

Por ahí va este juego de desaparecer un día, quitarnos de en medio y dejar huecos y vacíos. Quizá favorezca una «comprensión diferida» y sirva para caer en la cuenta de que la exclusión de las mujeres en la Iglesia no beneficia a nadie y que la tarea del Reino no sale ganando con ella, sino que queda incompleta y distorsionada, privada de la novedad y la fecundidad de una aportación distinta.

Estamos convencidas de que los grandes perdedores en este sistema son los propios hombres porque no hay peor engaño que creerse autosuficientes y superiores; no hay suerte más triste que la de ejercer la fuerza como dominio o como manipulación; no hay pérdida más empobrecedora que la de privarse de la aportación de lo di­ferente.

«Gritarán las piedras» había dicho Habacuc y Jesús se apropió de sus palabras. Ojalá nuestra ausencia de un día sirva para que dé gritos en la Iglesia esa otra ausencia nuestra, tan crónica ya y tan muda. Porque además ese cordero del que solemos encargarnos (vete a comprarlo, carga con él, alíñalo, ásalo, que no te quede crudo, sírvelo, friega después el horno…), está empezado a enfriarse.    Leer mas…

Dolores Aleixandre en Religión Digital, 8 de marzo de 2018

 

Igualdad entre hombres y mujeres también en la Iglesia

La jerarquía no reconoce su marginación. Los derechos humanos de la mujer en la Iglesia brillan por su ausencia.

Curiosamente hace unos días el cardenal Osoro apoyaba abiertamente las reivindicaciones de las mujeres y su huelga anunciada. Pero nuestra jerarquía no reconoce la marginación que sufre la mujer en la Iglesia, donde sólo se le permite ayudar en la colocación de flores en el altar, y ayudar al párroco en diferentes asuntos (catequesis, caritas…) pero donde ellas no tienen ninguna capacidad de decisión ni ejercen responsabilidades al mismo nivel que los hombres. Los cargos de responsabilidad: diaconado, presbiterado, consejos de pastoral y otros, siempre los ocupan varones.

Pero no sólo esos colectivos de mujeres católicas antes mencionados denuncian la situación de marginación y desigualdad en la Iglesia, recientemente, también un suplemento del periódico vaticano L’Osservatore Romano titulado «Mujeres, Iglesia, mundo» hablaba abiertamente de «la explotación generalizada de las monjas en la Iglesia Católica con trabajos sin paga o sueldos muy bajos» y denunciaba que «muchas religiosas trabajan como cocineras, limpian o solamente se dedican a servir la mesa a cardenales, obispos y sacerdotes». Y dicen claramente que «Dentro de la iglesia, las mujeres son explotadas».   Leer mas…

Juan Cejudo, miembro de MOCEOP y de Comunidades Cristianas Populares, en Religión Digital 8 de marzo de 2018


¡Qué pena lo de Munilla!

Una cura de silencio o la renuncia. La Conferencia episcopal no puede decirle nada. Sólo aconsejarle prudencia.

Lo peor del caso Munilla no es su descrédito personal (porque ya no tiene crédito), sino el daño que hace a la imagen y a la credibilidad de la institución. Ante la imparable ola feminista, el cardenal Osoro había conseguido colocar a la Iglesia del lado de la historia y de este evidente signo de los tiempos. Pero llega Munilla, que se pirra por salir en los medios, y lanza su soflama sobre el feminismo diabólico. Y vuelve a colocar la imagen eclesial por los suelos.

¿No suele decir el obispo de San Sebastián que, si aceptó ser obispo de esa diócesis, fue por servir a la Iglesia? Pues, por el bien de la institución a la que dice servir, monseñor, calle ya. Haga una cura de silencio. O váyase de misionero a África. Aquí, da pena y hace mucho daño. Renuncie a la mitra, porque no se puede ser obispo malquerido y rodeado del ‘odium plebis’. Le haría un gran favor a la Iglesia española.   Leer mas…

José Manuel Vidal en Religión Digital, 12 de marzo de 2018


El machismo radical de la Iglesia

La igualdad que defendemos para la sociedad, también tenemos que defenderla en la Iglesia.

Y tampoco vale reivindicar la igualdad de la mujer en la sociedad y mantener leyes y comportamientos discriminatorios en la Iglesia. Los católicos que defienden la igualdad de las mujeres en la calle tienen que reivindicarla en sus iglesias, de lo contrario se puede sospechar una cierta falsedad o hipocresía en ellos. La igualdad no puede ser un valor distinto según un lugar u otro.

Es verdad que puede ocurrir que muchos de ellos, obnubilados por la ideología dominante en la Iglesia, no alcancen a ver con claridad la situación. Hay en ella un pensamiento machista radical, de género, que ha impedido que las mujeres sean consideradas y tratadas igualitariamente, sobre todo participando en las tomas de decisiones en todos sus niveles y sectores. No voy a poner como ejemplo el hecho de que les esté vedado el sacerdocio, pues para ser sacerdotes como se es actualmente, cuantos menos haya mejor.

Llegamos así a un problema también básico en la Iglesia: el clericalismo, que estructuralmente existe hoy con tanta fuerza como en cualquier momento de la historia de la Iglesia.   Leer mas…

José María Álvarez, miembro del Foro Gaspar García Laviana, en Religión Digital, 10 de marzo de 2018