El Papa se lo juega todo (o casi) en el caso chileno

El cuerpo diplomático vaticano es el corazón del poder de la Curia. Su reforma es una de las asignaturas pendientes de Francisco. ¿Asistiremos al principio del fin de los clanes mafiosos en el Vaticano?

A mitad de su pontificado (aunque eso sólo lo saben Dios y el propio Papa), Francisco se topó de bruces con el ‘caso chileno’, aderezado con una serie de ingredientes, que lo convierten en paradigmático no sólo para Chile, sino también para el propio Pontífice y para toda la Iglesia.

Consciente de ello, primero ha pedido perdón personalmente (no como Wojtyla o Ratzinger que pidieron perdón por los pecados de la institución) y, después, en un gesto histórico e inédito, ha convocado, del 15 al 17 de este mes, en Roma a todo el episcopado chileno.

Para que los obispos, con el Papa al frente, hagan examen de conciencia, se arrepientan, pidan perdón y cumplan la penitencia. Y también, para encontrar colegial y democráticamente medidas «a corto, medio y largo plazo», como él mismo dice, que corrijan el rumbo de la Iglesia chilena y sirvan de pauta y patrón para las demás Iglesias del mundo. ¿Qué es lo que se juega el Papa en le caso chileno y por qué?

1/ Se juega su prestigio. Un prestigio global, mundial de máxima autoridad moral, de líder auténtico, de defensor de los pobres y de las causas justas, que se ganó a pulso durante estos cinco años. Un aura que se puede ver empañada, porque el propio Francisco defendió agria y abiertamente y en repetidas ocasiones al obispo Barros, a los que las víctimas del abusador Karadima (una especie de Marcial Maciel chileno), acusan de encubridor. De hecho, el mismo Papa reconoció que se equivocó y pidió perdón. Pero con ser mucho ese gesto inusual en un Papa, no basta. A Francisco la opinión pública y publicada le exigen más. Para recuperar su prestigio intacto ya no son suficientes las palabras. La gente espera de él actos justos, equitativos, pero también sanadores y contundentes.

2/ Se juega su credibilidad.     Leer más…

José Manuel Vidal en Religión Digital, 14 de mayo de 2018

 

Sarah Mullally se convierte en la primera mujer obispo de Londres

Será la tercera autoridad de la Iglesia de Inglaterra. Las mujeres suponen un tercio del clero anglicano en Reino Unido.

Sarah Mullally se convirtió este sábado en la primera mujer obispo de Londres, pasando a ser la tercera persona más importante de la Iglesia anglicana de Inglaterra. En la catedral de San Pablo, con ocasión del día internacional de las enfermeras, Sarah Mullally, exenfermera, se convirtió en la 133ª obispa de Londres.

Conforme dicta la tradición, tocó tres veces a la puerta del Gran Oeste de la catedral con su bastón pastoral.

En el orden jerárquico, es la tercera persona más importante de la iglesia, por detrás de los arzobispos de Canterbury y de York.

En su sermón, habló de los desafíos que enfrenta Londres, como los ataques con cuchillo, e hizo alusión a los abusos sexuales históricos dentro de la Iglesia.

«Debemos hablar en nombre del conjunto de Londres, trabajar para combatir la violencia y el crimen que han llevado a las madres a limpiar la sangre de sus hijos de nuestras aceras», declaró.

La ordenación de mujeres obispo fue aprobada por la iglesia anglicana de Inglaterra en 2014 en el marco de una reforma histórica adoptada tras áridas negociaciones entre los que se oponían a esta y los que la apoyaban.

La primera mujer obispo fue ordenada en enero de 2015 durante una histórica ceremonia en la catedral de York.

Las mujeres pueden ser ordenadas sacerdote en Inglaterra desde 1992 y en la actualidad representan un tercio del clero.

La iglesia de Inglaterra fue fundada por Enrique VIII en 1534. Considera que en la actualidad el 40% de las personas que viven en Inglaterra pertenecen a ella.

Redacción de Religión Digital, 13 de mayo de 2018

Pentecostés – Fray Marcos

(Hch 2,1-11) Se llenaron de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas.

(Cor 12,3-13) Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si nos es bajo la acción del E. S.

(Jn 20,19-23) Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.

Dios Espíritu está en nosotros y no tiene que venir de ninguna parte. Nuestra tarea es, como Jesús, descubrir esa realidad y vivirla.

Para entender hoy lo que celebramos, debemos mirar a la Trinidad. Lo que digamos lo tenemos adelantado para el próximo domingo. Que yo sepa, la teología oficial nunca ha dicho que el Padre, el Hijo o el Espíritu actuaran por separado. La distinción de las personas en la Trinidad solo se manifiesta en sus relaciones “ad intra”, es decir, cuando se relacionan una con otra. En sus relaciones “ad extra”, es decir, en sus relaciones con las criaturas, se comportan siempre como uno. El pueblo y algunos manuales piadosos han atribuido a cada persona tareas diferentes, pero esto no es más que una manera inadecuada de hablar.

La fiesta de Pentecostés está encuadrada en la Pascua, más aún, es la culminación de todo el tiempo pascual. Las primeras comunidades tenían claro que todo lo que estaba pasando en ellas era obra del Espíritu. Todo lo que había realizado el Espíritu en Jesús lo estaba realizando ahora en cada uno de ellos y queda reflejado en la idea de Pentecostés. Es el símbolo de la acción espectacular del Espíritu a través de Jesús. También para cada uno de nosotros celebrar la Pascua significa descubrir la presencia en nosotros de Dios-Espíritu.

Según lo que acabamos de decir, siempre que hablamos del Espíritu hablamos de Dios. Y siempre que hablamos de Dios hablamos del Espíritu, porque Dios es Espíritu. Pentecostés era una fiesta judía que conmemoraba la alianza del Sinaí (Ley) y que se celebraba a los cincuenta días de la Pascua. Nosotros celebramos hoy la venida del Espíritu, también a los cincuenta días de la Pascua, pero sabiendo que no tiene que venir de ninguna parte. Queremos significar que el fundamento de la nueva comunidad no es la Ley sino el  Espíritu.

Tanto el “ruah” hebreo como el “pneuma” griego significan viento. La raíz de esta palabra en las lenguas semíticas es rwh, que significa el espacio existente entre el cielo y la tierra, que puede estar en calma o en movimiento. Sería el ámbito del que los seres vivos beben la vida. En estas culturas el signo de vida era la respiración. Ruah vino a significar soplo vital. Cuando Dios modela al hombre de barro, le sopla en la nariz el hálito de vida. En el evangelio que hemos leído hoy, Jesús exhala su aliento para comunicar el Espíritu. La misma tierra era concebida como un ser vivo, el viento era su respiración.

No es tan corriente como suele creerse el uso específicamente teológico del término «ruah» (espíritu). Solamente en 20 pasajes del las 389 veces que aparece en el AT, podemos encontrar este sentido. En los textos más antiguos se habla del espíritu de Dios que capacita a alguna persona para llevar a cabo una misión concreta que salva al pueblo de algún peligro. Con la monarquía el Espíritu se convierte en un don permanente para el monarca (ungido). De aquí se pasa a hablar del Mesías como portador del Espíritu. Solo después del exilio se habla también del don del espíritu al pueblo en su conjunto.

En el NT «espíritu» tiene un significado fluctuante, hasta cierto punto todavía judío. El mismo término «ruah» se presta a un significado figurado o simbólico. Solamente en algunos textos de Juan parece tener el significado de una persona distinta de Dios o de Jesús. «Os mandaré otro consolador.» El NT no determina con precisión la relación de la obra salvífica de Jesús con la obra del Espíritu Santo. No está claro si el Pneuma es una entidad personal o no.

Jesús nace del Espíritu Santo, baja sobre él en el bautismo, es conducido por él al desierto, etc. No podemos pensar en un Jesús teledirigido por otra entidad desde fuera de él. Según el NT, Cristo y el Espíritu desempeñan evidentemente la misma función. Dios es llamado Pneuma; y el mismo Cristo en algunas ocasiones. En unos relatos lo promete, en otros lo comunica. Unas veces les dice que la fuerza del Espíritu Santo está siempre con ellos, en otros dice que no les dejará desamparados, que él mismo estará siempre con ellos.

Hoy sabemos que el Espíritu Santo es un aspecto del mismo Dios. Por lo tanto, forma parte de nosotros mismos y no tiene que venir de ninguna parte. Está en mí antes de que yo mismo empezara a existir. Es el fundamento de mi ser y la causa de todas mis posibilidades de crecer en el orden espiritual. Nada puedo hacer sin él, pero tampoco puedo estar privado de su presencia en ningún momento. Todas las oraciones encaminadas a pedir la venida del Espíritu, nacen de una ignorancia de lo que queremos significar con ese término.

Está siempre en nosotros, pero no siempre somos conscientes de ello y como Dios no puede violentar ninguna naturaleza, porque actúa siempre conforme a ella, su acción no se nota. Un ejemplo puede ilustrar esta idea. En una semilla hay vida, pero en estado latente. Si no coloco la bellota en unas condiciones adecuadas, nunca se convertirá en un roble. Para que la vida que hay en ella se desarrolle necesita una tierra, una humedad y una temperatura adecuada. Pero una vez que se encuentra en las condiciones adecuadas es ella la que germina; es ella la que, desde dentro, desarrolla el árbol que llevaba en potencia.

Dios (Espíritu) es el mismo en todos y nos empuja hacia la misma meta. Pero como cada uno está en un “lugar” diferente, el camino que nos obliga a recorrer será siempre distinto. No es pues la meta la que distingue a los que se dejan mover por el Espíritu, sino los caminos que llevan a ella. El labrador, el médico, el sacerdote tienen que tener el mismo objetivo vital si están movidos por el mismo Espíritu. Pero su tarea es completamente diferente. Una mayor humanidad será la manifestación de su presencia. La mayor preocupación por los demás es la mejor muestra de que uno se está dejando llevar por él.

 

Si Dios está en cada uno de nosotros como Absoluto no hay manera de imaginar que pueda darse más a uno que a otro. En toda criatura se ha derramado todo el Espíritu. Esgrimir el Espíritu como garantía de autoridad es la mejor prueba de que uno no se ha enterado de lo que tiene dentro. Porque tiene la fuerza del Espíritu, el campesino será responsable y solícito en su trabajo y con su familia. En nombre del mismo Espíritu, el obispo desempeñará las tareas propias de su cargo. Siempre que queremos imponernos a los demás con cualquier clase de imposición estamos dejándonos llevar de nuestro espíritu raquítico.

La presencia de Dios en nosotros nos mueve a parecernos a Él. Pero si tenemos una idea de Dios como poder, señorío y mando, que premia y castiga, intentaremos repetir esas cualidades en nosotros. El intento de ser como Dios en el relato de la torre de Babel queda contrarrestado en este relato que nos habla de reunir y unificar lo que era diverso. El único lenguaje que todo el mundo entiende es el amor. Si descubrimos el Dios de Jesús que es amor total intentaremos repetir en nosotros ese Dios amando, reconciliando y sirviendo a los demás. Esta es la diferencia abismal entre seguir al Espíritu o nuestro espíritu.

Dios llega a nosotros acomodándose al ser de cada uno. El Espíritu nunca supone violencia alguna. No lleva a la uniformidad, sino que potencia la pluralidad. Pablo lo vio claro: formamos un solo cuerpo, pero cada uno es un miembro con una función diferente pero útil para el todo. Esa uniformidad pretendida por los superiores en nombre del Espíritu no tiene nada de evangélica, porque lo que se intenta es que todos piensen y actúen como el superior. Si todos tocaran el mismo instrumento y la misma nota, no habría nunca música.

 

Meditación

Como el aire que respiramos mantiene la actividad vital,

el Espíritu absorbido nos mantiene en la Vida.

No podemos separar la vida biológica de ser vivo.

Tampoco podemos separar la Vida espiritual del Espíritu.

Siempre que exista Vida se manifestará en obras.

 

 

Mendekoste / Pentecostés – José A. Pagola

-B (Joan 20,19-23)

Evangelio del 20/mayo/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

ERABERRITU GAITZAZU BARNEZ

Apurka-apurka barnetasunik gabe bizitzen ikasten ari gara. Jada ez dugu harremanetan egon beharrik geugan dugun alderik hobenarekin. Aski dugu denbora-pasa bizitzearekin. Konformaturik gaude arimarik gabe jokatzearekin eta ongizateaz bakarrik janaritzearekin. Ez dugu egiaren bila arriskatu nahi. Zatoz, Espiritu Santua, eta aska gaitzazu barne hutsunetik.

Errorik gabe eta helmugarik gabe bizitzen ikasi dugu. Aski dugu kanpotik programa gaitzaten uztearekin. Etengabe gara mugitzen, etengabeko zalaparta bizi dugu, baina ez dakigu, ez zer nahi dugun, ez norantz goazen. Gero eta informazio handiago dugu, baina inoiz baino galduago sentitzen gara.  Zatoz, Espiritu Santua, eta aska gaitzazu nora gabeziatik.

Ez zaizkigu axola jada, kasik, bizitzaren arazo handiak. Ez gaitu kezkatzen argirik gabe gelditzeak bizitzari aurre egiteko orduan. Eszeptikoago bihurtu gara, baita ahulago eta kolokago ere, ordea. Adimentsu eta azti izan nahi dugu. Baina ez dugu topatzen, ez sosegurik, ez bakerik. Zatoz, Espiritu Santua, eta aska gaitzazu barne ilun eta nahasmendutik.

Gehiago nahi dugu bizi, hobeto bizi, luzeago bizi, baina zer bizi? Ondo sentitu nahi dugu geure burua, hobeto sentitu, baina zer sentitu? Bizitzaz bizi-bizi nola gozatuko gabiltza, zukurik handiena nola aterako, baina ez gara konformatzen ondo pasatzearekin bakarrik. Sudur puntan jartzen zaiguna egiten dugu. Kasik ez da galarazpenik, ez lur-debekurik. Zer dela-eta nahi dugu zerbait bestelakorik? Zatoz, Espiritu Santua, eta irakats iezaguzu bizitzen.

Aske eta independente izan nahi dugu, baina gero eta bakarrago gertatzen gara. Bizi beharra dugu, eta geure mundutxoan hesitzen gara, batzuetan hain aspergarria. Pertsona maiteen beharra dugu, eta ez dakigu harreman bizi eta adiskidetsurik sortzen. Sexuari «maitasun» esaten diogu, eta plazerari «zoriontasun», baina zeinek aseko du gure egarria? Zatoz, Espiritu Santua, eta irakats iezaguzu maitatzen.

Gure bizitzan ez da lekurik jada Jainkoarentzat. Haren presentzia hertsaturik gelditu da edo atrofiaturik gure barnean. Barruan zarataz beterik garelarik, ezin dugu entzun jada haren ahotsa. Mila desio eta sentsaziotan nahaspilaturik, ez gara gai jada haren hurbiltasuna sumatzeko. Harekin ez beste nornahirekin dakigu hitz egiten. Misterioari bizkar emanik bizitzen ikasi dugu. Zatoz, Espiritu Santua, eta irakats iezaguzu sinesten.

Fededun eta fedegabe, fededun handi eta fededun txar, horrela gabiltza askotan bizitzan erromes. Espiritu Santuaren kristau-jai honetan, guztioi esaten digu Jesusek behin batean ikasleei esan ziena, haien gainera ufatuz: «Har ezazue Espiritu Santua». Gure bizitza pobre hau sostengatzen duen Espiritu hori, gure fede ahula arnasten duen hori, sar daiteke gure baitan eta biziberri dezake gure bizitza berak bakarrik ezagutzen dituen bideetan barna.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

-B (Joan 20,19-23)

Evangelio del 20/mayo/2018

RENUÉVANOS POR DENTRO

Poco a poco estamos aprendiendo a vivir sin interioridad. Ya no necesitamos estar en contacto con lo mejor que hay dentro de nosotros. Nos basta con vivir entretenidos. Nos contentamos con funcionar sin alma y alimentarnos solo de bienestar. No queremos exponernos a buscar la verdad. Ven, Espíritu Santo, y libéranos del vacío interior.

Hemos aprendido a vivir sin raíces y sin metas. Nos basta con dejarnos programar desde fuera. Nos movemos y agitamos sin cesar, pero no sabemos qué queremos ni hacia dónde vamos. Estamos cada vez mejor informados, pero nos sentimos más perdidos que nunca. Ven, Espíritu Santo, y libéranos de la desorientación.

Apenas nos interesan ya las grandes cuestiones de la existencia. No nos preocupa quedarnos sin luz para enfrentarnos a la vida. Nos hemos hecho más escépticos, pero también más frágiles e inseguros. Queremos ser inteligentes y lúcidos. Pero no encontramos sosiego ni paz. Ven, Espíritu Santo, y libéranos de la oscuridad y la confusión interior.

Queremos vivir más, vivir mejor, vivir más tiempo, pero ¿vivir qué? Queremos sentirnos bien, sentirnos mejor, pero ¿sentir qué? Buscamos disfrutar intensamente de la vida, sacarle el máximo jugo, pero no nos contentamos solo con pasarlo bien. Hacemos lo que nos apetece. Apenas hay prohibiciones ni terrenos vedados. ¿Por qué queremos algo diferente? Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a vivir.

Queremos ser libres e independientes y nos encontramos cada vez más solos. Necesitamos vivir y nos encerramos en nuestro pequeño mundo, a veces tan aburrido. Necesitamos sentirnos queridos y no sabemos crear contactos vivos y amistosos. Al sexo lo llamamos «amor», y al placer, «felicidad», pero ¿quién saciará nuestra sed? Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a amar.

En nuestra vida ya no hay sitio para Dios. Su presencia ha quedado reprimida o atrofiada dentro de nosotros. Llenos de ruidos por dentro, ya no podemos escuchar su voz. Volcados en mil deseos y sensaciones, no acertamos a percibir su cercanía. Sabemos hablar con todos menos con él. Hemos aprendido a vivir de espaldas al Misterio. Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a creer.

Creyentes y no creyentes, poco creyentes y malos creyentes, así peregrinamos muchas veces por la vida. En la fiesta cristiana del Espíritu Santo, a todos nos dice Jesús lo que un día dijo a sus discípulos, exhalando sobre ellos su aliento: «Recibid el Espíritu Santo». Ese Espíritu que sostiene nuestras pobres vidas y alienta nuestra débil fe puede penetrar en nosotros y reavivar nuestra existencia por caminos que solo él conoce.

José Antonio Pagola

 

 

 

 

 

Pentecostés 20 de mayo de 2018 – Koinonia

Hch 2,1-11: Se llenaron del Espíritu Santo
Salmo 103: Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra
1Cor 12,3b-7.12-13: Fuimos bautizados en un mismo Espíritu
Jn 20,19-23: Reciban el Espíritu Santo

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Cualquier gran ciudad de nuestro mundo rememora ya el ambiente de la torre de Babel: pluralidad de lenguas, pluralidad de culturas, pluralidad de ideas, pluralidad de estilos de vida y problemas inmensos de intolerancia e incomprensión entre los que la habitan. ¿Cómo convivir y entenderse quienes tienen tantas diferencias? La situación está volviéndose especialmente problemática en los países desarrollados, pero también en las grandes ciudades de todo el mundo. Inmigrantes del campo, del interior, de otras provincias o países que lo dejan todo para buscar un trabajo, un hogar, un lugar donde recibir sustento y calidad de vida. A la desesperada son cada día más los que abandonan su país para tocar a la puerta de los países desarrollados, aunque para ello haya que surcar mares tenebrosos en barcas desamparadas. Llegar a la otra orilla es la ilusión… Y cuando llegan, si es que los dejan entrar, comienza un verdadero calvario hasta poder situarse al nivel de los que allí viven. Nuestro mundo se ha convertido ya en paradigma de la torre de Babel, palabra que significaba «puerta de los dioses». Así se denominaba la ciudad, símbolo de la humanidad, precursora de la cultura urbana. Una ciudad en torno a una torre, una lengua y un proyecto: escalar el cielo, invadir el área de lo divino. El ser humano quiso ser como Dios (ya antes lo había intentado en el paraíso a nivel de pareja, ahora a nivel político) y se unió (-se uniformó-) para lograrlo.

Pero el proyecto se frustró: aquel Dios, celoso desde los comienzos del progreso humano, confundió (en hebreo, «balal») las lenguas y acabó para siempre con la Puerta de los dioses («Babel»). Tal vez nunca existió aquel mundo uniformado; quizá fue sólo una tentadora aspiración de poder humano. Después del castigo divino, las diferentes lenguas fueron el mayor obstáculo para la convivencia, principio de dispersión y de ruptura humana. El autor de la narración babélica no pensó en la riqueza de la pluralidad e interpretó el gesto divino como castigo. Pero hizo constar, ya desde el principio, que Dios estaba por el pluralismo, diferenciando a los habitantes del globo por la lengua y dispersándolos.

Seis siglos después de escribirse esta narración del libro del Génesis, leemos otra en el de los Hechos de los Apóstoles. Lo narrado habría tenido lugar en el día de Pentecostés, fiesta de la siega en la que los judíos recordaban el pacto de Dios con el pueblo en el monte Sinaí, «cincuenta días» (=Pentecostés) después de la salida de Egipto.

Estaban reunidos los discípulos, también cincuenta días después de la Resurrección (el éxodo de Jesús al Padre) e iban a recoger el fruto de la siembra del Maestro: la venida del Espíritu que se describe acompañada de sucesos, expresados como si se tratara de fenómenos sensibles: ruido como de viento huracanado, lenguas como de fuego que consume o acrisola, Espíritu (=«ruah»: aire, aliento vital, respiración) Santo (=hagios: no terreno, separado, divino). Es el modo que elige Lucas para expresar lo inenarrable, la irrupción de un Espíritu que les libraría del miedo y del temor y que les haría hablar con libertad para promulgar la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús.

Por esto, recibido el Espíritu, comienzan todos a hablar lenguas diferentes. Algunos han querido indicar con esta expresión que se trata de «ruidos extraños»; tal vez fuera así originariamente, al estilo de las reuniones de carismáticos. Pero Lucas dice «lenguas diferentes». Así como suena. Poco importa por lo demás averiguar en qué consistió aquel fenómeno para cuya explicación no contamos con más datos. Lo que sí importa es saber que el movimiento de Jesús nace abierto a todo el mundo y a todos, que Dios ya no quiere la uniformidad, sino la pluralidad; que no quiere la confrontación sino el diálogo; que ha comenzado una nueva era en la que hay que proclamar que todos pueden ser hermanos, no sólo a pesar de, sino gracias a las diferencias; que ya es posible entenderse superando todo tipo de barreras que impiden la comunicación.

Porque este Espíritu de Dios no es Espíritu de monotonía o de uniformidad: es políglota, polifónico. Espíritu de concertación (del latín «concertare»: debatir, discutir, componer, pactar, acordar). Espíritu que pone de acuerdo a gente que tiene puntos de vista distintos o modos de ser diferentes. El día de Pentecostés, a más lenguas, no vino, como en Babel, más confusión. «Cada uno los oía hablar en su propio idioma de las maravillas de Dios». Dios hacía posible el milagro de entenderse.. Se estrenó así la nueva Babel, la pretendida de Dios, lejos de uniformidades malsanas, un mundo plural, pero acorde. Ojalá que la reinventemos y no sigamos levantando muros ni barreras entre ricos y pobres, entre países desarrollados y en vías de desarrollo o ni siquiera eso.

Y la venida del Espíritu significó para aquel puñado de discípulos el fin del miedo y del temor. Las puertas de la comunidad se abrieron. Nació una comunidad humana, libre como viento, como fuego ardiente. No sin razón dice Pablo: «Donde hay Espíritu de Dios hay libertad», y donde hay libertad, autonomía (el ser humano -y su bien- se hacen ley), y donde hay autonomía, se fomenta la pluralidad y la individualidad, como camino de unidad, y resplandece la verdad, porque el Espíritu es veraz y nos guiará por el camino de la verdad, de la autenticidad, de la vida, como dice Juan en su evangelio. Que venga un nuevo Pentecostés sobre nuestro mundo –es nuestra oración- para acabar con esta ola de intolerancia e intransigencia que nos invade por doquier.

Nota: No hay capítulo de la serie «Un tal Jesús» que se refiera al evangelio de este domingo.


El Estado laico puede ayudar a la Iglesia a ser más fiel al Evangelio

Carta abierta al cardenal Cañizares. Por la libertad de la Iglesia y la laicidad del Estado.

Lo confieso. Yo soy uno de esos católicos que hacen campaña para que no se marque la casilla de la Declaración IRPF a favor de la Iglesia, la «crucecita X tantos». Señor Cañizares, el Papa Francisco dice que «El Estado debe ser laico».

La laicidad significa que el Estado ha de respetar y garantizar la igualdad de toda la ciudadanía, sin privilegios a ninguna confesión religiosa. Ni siquiera a la Iglesia Católica, aunque la Constitución le reconozca un «trato privilegiado».

La Iglesia Católica se propuso tender a la autofinanciación ya desde la transición. Y la realidad es que ha seguido el camino contrario, consiguiendo cada vez más financiación del Estado (ahora el 0,7% de los impuestos), además de otras muchas exenciones y privilegios. Así que resulta poco creíble su propósito de que «es preciso que caminemos hacia una cada vez mayor autofinanciación», «Ojalá fuese posible una total autofinanciación porque supondría una Iglesia más libre…»

Así que ¡ánimo! Siéntase más libre del Estado, siendo «pobre» y «en salida». El Estado laico le puede ayudar a ser más fiel al Evangelio. Que la Iglesia no se sienta perseguida por el laicismo.

Es verdad que va «hacia tiempos no fáciles». Ya no es tiempo de «Cristiandad» ni de «nacionalcatolicismo». La Iglesia ha de encontrar su sitio en una sociedad secularizada, y ser una presencia significativa del Evangelio.

No por lo mucho que hace, como si hubiera que reconocerlo y pagarlo. El «mantenimiento» de la Iglesia es asunto suyo, no de la ciudadanía ni del Estado. No puede depender de la casilla «X tantos».

Yo no la he marcado y no siento «un pecado contra la Iglesia» ni dejo de sentirme Iglesia por eso. Es más, invito a que no se marque. Por la libertad de la Iglesia y la laicidad del Estado. Quien quiera ayudar tiene otros cauces.

Fraternalmente

Demetrio Orte en Religión Digital, 6 de mayo de 2018

Monseñor Roque Paloschi apoya en una carta la creación del Consejo LGBT

Su actitud muestra la valentía de alguien que defiende el diálogo y la fraternidad en un espacio real. Frente a la cultura del odio, somos llamados a promover la cultura de la paz y de la justicia.

El Arzobispo de Porto Velho, Brasil,Monseñor Roque Paloschi, ha sorprendido a la opinión pública con una carta de apoyo a la creación e implantación del Consejo LGBT (Lesbianas, Gays, bisexuales, Travestis, Transexuales y Transgéneros) en el estado de Rondonia, de cuya capital es el actual prelado.

La actitud de Monseñor Paloschi, quetambién es el Presidente del Consejo Indigenista Misionero y forma parte del Consejo Presinodal del Sínodo de la Panamazonia, demuestra la valentía de alguien que, por encima de posible críticas y descalificaciones, inclusive dentro de la propia Iglesia católica, siente la necesidad de crear un «espacio democrático de apoyo y diálogo sobre políticas públicas que favorezca y construya en la sociedad un camino de tolerancia y fraternidad».

A pesar de ser una postura poco común, la carta del Arzobispo de Porto Velho, se sitúa en la línea del Papa Francisco, quien en 2013, en una rueda de prensa a los periodistas que le acompañaban a su vuelta de la Jornada Mundial de la Juventud en Rio de Janeiro, decía «si una persona es gay, busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo, por caridad, para juzgarla?». Estas palabras fueron reafirmadas en la Laudato Si, donde dice que la persona homosexual «debe ser respetada en su dignidad y acogida con respeto», todo ello, para evitar «cualquier marca de injusta discriminación y, particularmente, toda forma de agresión y violencia».

La postura de la Archidiócesis ha producido una reacción positiva entre los participantes de una manifestación celebrada este último viernes, 4 de mayo, donde los presentes insistían en la importancia de la creación del consejo ante «un momento en que el país vive una fase de reducción de derechos y de restricciones de conquistas democráticas», como recoge la carta. En ese sentido, el texto resalta que la postura de la Iglesia debe ser «reencender la esperanza y comprometernos cada vez más en la defensa de la vida y de los derechos de las minorías».

En una sociedad donde el rechazo y condena del diferente se impone como actitud dominante,     Leer más…

Luis Miguel Modino en Religión Digital, 6 de mayo de 2018