JUEVES SANTO Y VIERNES SANTO, 28 y 29 de Marzo de 2013

SER PAN PARA TODOS

FE ADULTA

Jn 13, 1-15

Me parece muy importante el hecho de que el cuarto evangelio omita el relato del pan y el vino y sitúe en el lugar que le correspondería el del lavatorio de los pies. Nos sirve para comprender mejor la intención de este evangelista: ya están narrados y divulgados, desde hace quizá veinte años, los hechos y dichos de Jesús. El cuarto evangelista pretende insistir en lo más significativo, dar más sentido e interpretar teológicamente lo que ya saben los cristianos. En el caso del lavatorio de los pies, da el sentido último de la eucaristía: ponerse a los pies de todos, ofrecerse, integralmente, para ser pan para todos.

La celebración se debe centrar, por tanto, en la Cena de despedida, y en nuestra Cena. Es realmente preocupante la tendencia del pueblo cristiano a reducir los sacramentos a acciones físicas que deben tener el poder de producir efectos por sí mismas, «por su propia virtud», y para el individuo.

En la eucaristía, apenas ponemos el acento en la reunión, en la oración, en el perdón, en el encuentro con la Iglesia… tendemos a poner el acento en la unión personal con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Incluso tendemos a entender la presencia «real» de Cristo en la Eucaristía como una presencia casi «física» del Cuerpo de Cristo en la Hostia y de la Sangre de Cristo en el Vino… que demanda, ante todo, la adoración.

Una hermosa frase de Panikkar lo resume bien: «No es que en la Eucaristía el pan se transforme en Cristo, sino que Cristo es pan, y como tal se le reconoce en la liturgia eucarística». Aplicándolo a la celebración diríamos que no se trata tanto de que nosotros comemos ese pan sino que aceptamos ser pan, grano triturado y entregado para la vida del mundo. Sin esta dimensión de compromiso, de entrega al servicio, ni la vida ni la pasión de Jesús, ni nuestra vida ni la celebración de la eucaristía tienen ningún sentido.

Por esto resultan tan acertadas las lecturas. Nos recuerdan ante todo la celebración, la reunión, la Cena del Señor, que es lo que celebramos cada domingo. Y, por encima de ello, el espíritu de esta celebración, la comunidad de la Iglesia con su Cabeza, en aquello que define precisamente a Cristo, ser pan y vino, servicio que se entrega para dar vida.

Hoy es día para emocionarse. Dios es tan «para nosotros» que lo que mejor le representa es el pan. Jamás nadie ha sido tan osado como Jesús. Jamás nadie se ha atrevido a tanto. Jesús pan molido en la cruz, Jesús nuestro alimento, Jesús levadura de nuestra masa insípida, Dios nuestro pan. Ahora entendemos mucho mejor lo que decimos al rezar: «Danos hoy nuestro pan de cada día»

Es también preocupante que la legislación de la Iglesia haya insistido tanto en asistir a Misa y tan poco en comulgar con Jesús: «Oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar – Comulgar por Pascua Florida» –> los dos mandamientos de la Iglesia que aprendíamos de niños.

Para la teología catequética habitual hace algunos años, la Misa era ante todo «El Santo Sacrificio» y su momento culminante era la Consagración. La teología oficial actual sigue insistiendo fuertemente en el aspecto sacrificial y añade, generalmente a modo de verdadero añadido, el aspecto «convivencial». Pero no es suficiente: el aspecto que llaman pomposamente «convivencial» es lo esencial de nuestra reunión eucarística. El aspecto sacrificial es la esencia de la vida entera de Jesús, y esto se simboliza perfectamente en el pan y el vino. En la misa no estamos ofreciendo a Dios el Sacrificio de Cristo en la cruz. Estamos uniéndonos a la entrega completa de toda la vida de Jesús.

Después de la celebración de la Eucaristía, hay dos costumbres tradicionales y muy hermosas del pueblo cristiano: la veneración del Pan y el Vino de la Eucaristía, y la Hora Santa.

Guardar el Pan y el Vino de la Eucaristía para los enfermos, los ausentes… fue una costumbre que la Iglesia fue adquiriendo. Era lógico venerarlo con sumo respeto. De aquí hemos ido muy lejos, tan lejos que a veces algunos cristianos se parecen mucho a los paganos que creían tener a sus dioses guardados en casa. Nosotros no tenemos a Dios guardado en una cajita, ni Jesús necesita compañía. Jesús está resucitado a la diestra de Dios y Dios está en todas partes, no lo olvidemos.

Nuestra veneración del Pan y el Vino de la Eucaristía debe remontar esas imágenes, que pueden ser válidas, pero que son insuficientes. El centro de nuestra atención es la Celebración de la Cena del Señor, y el Mensaje: Dios es el Pan y el Vino de la Vida, y esto lo hemos descubierto en Jesús. La increíble novedad de ese mensaje es muy superior a todo lo demás. La veneración del Pan y el Vio eucarísticos tienen poco sentido si los desligamos del sentido mismo de la celebración eucarística.

En la «Hora Santa» prevalecen algunas veces en demasía los aspectos sentimentales excesivamente subjetivos e imaginativos. «Acompañamos a Jesús en su desamparo». Está muy bien como aplicación de nuestros sentidos, y nos ayuda a identificarnos con Él, pero hay que ir más lejos, eso no es más que el ambiente: se nos ofrece una magnífica oportunidad de asimilar el profundo mensaje del abandono de Jesús, de su oración angustiada, de la noche del hombre… Y es una preparación magnífica para vivir intensamente la celebración del Viernes.

Tradicionalmente se dedica parte de esta «Hora Santa» a la consideración del lavatorio de los pies. Y es claro que en ese relato del cuarto evangelio se encuentra una admirable síntesis. Tan admirable que, como hemos visto, para el evangelista puede desplazar incluso el relato mismo de la Eucaristía. Se nos muestra, muy acertadamente, que la contemplación de Jesús no termina en el sentimiento, ni en el acompañamiento emocionado: termina en la Misión. «Os he dado ejemplo para que, como yo lo he hecho con vosotros, así también vosotros lo hagáis».

Por eso, la veneración del Santísimo Sacramento y la Hora Santa deben estar orientadas a unir el jueves y el viernes. Comulgamos con Jesús, el que se entrega hasta la muerte, el que sirve hasta la muerte, el que se pone a los pies de todos aunque le cueste la vida.

José Enrique Galarreta

COMULGAR CON EL CRUCIFICADO

Escrito por José Enrique Galarreta

FE ADULTA

Jn 18, 1 a 19, 42

Cada año se nos ofrece la oportunidad de vivir el desafío de la cruz. Jesús muere en la cruz rechazado por los jefes del pueblo, ejecutado por orden del procurador romano, como un sedicioso, sin muerte de profeta, con todos los signos externos tradicionales del rechazado de los hombres y del mismo Dios. Para sus enemigos, ésta fue la suprema confirmación de que no era el Mesías verdadero, sino un impostor. Para sus propios discípulos, supuso la gran crisis de su fe. La expresa muy bien el relato de los dos de Emaús: «nosotros esperábamos que él iba a ser el libertador de Israel, pero ya van dos días que murió…»

Y es así, en efecto, con la muerte de Jesús en la cruz muere todo mesianismo davídico triunfante. Tenían razón los sacerdotes: no era éste el que esperábamos. Pero era éste el que debían esperar. Por esta razón tantos textos de la resurrección insisten en que Jesús les hace entender las Escrituras, les enseña a leerlas, les abre la mente para comprender. Eso es lo que debemos esperar del Viernes Santo: que nos abra la mente para entender y aceptar a Jesús y al Dios de Jesús.

Ante el Jesús de Getsemaní y de la cruz, que clama a su Padre desde un profundo desamparo interior, y es denostado por sus enemigos que le retan a que baje de la cruz, muere definitivamente la imagen de Jesús falso hombre, deidad disfrazada de humanidad, dotada de especiales poderes que utiliza cuando le viene bien. Jesús muere porque ha resultado peligroso para los poderes religiosos que manejan a su vez a los poderes políticos. Los motivos de su muerte son bien humanos: su delito han sido sus curaciones y sus parábolas. Pero los sacerdotes han entendido muy bien, quizá fueron los que mejor entendieron a Jesús: si lo de Jesús triunfa, se acabó su poder, su templo, su status. Jesús se enfrentó a todo eso y fue crucificado porque ellos eran más poderosos. Así, sin más. La humanidad de Jesús resplandece en la Pasión de manera singular.

Pero con esa muerte murieron también para siempre los sacerdotes, los ritos del Templo, la religión/poder, la opresión religiosa del pueblo por sus jefes, la teología para sabios iniciados, la santidad reservada a los puros, la ley como ocasión de condena, el servicio a Dios bajo temor… todo eso murió. Los que creyeron en Jesús se libraron de todo eso. También a ellos intentaron matarlos, aunque tuvieron que contentarse con ser expulsados de la Sinagoga. Y para nosotros, los que dos mil años más tarde seguimos a Jesús, todas esas cosas han muerto también.

Jesús muere por los pecados, a causa de los pecados. Lo llevan a la muerte la desdeñosa pureza legal de los fariseos, la dogmática engreída de los escribas, la conveniencia política y económica de los sacerdotes, la razón de estado, el desinterés por la justicia de los gobernantes, la indiferencia del pueblo que aspira sólo a un mecías guerrillero, la cobardía de sus seguidores. Por todos esos pecados muere Jesús. Es decir, por la soberbia, la envidia, la venganza, la comodidad, la cobardía… los mismo pecados que hay en cada uno de nosotros, los que pueden causar nuestra muerte como personas y la de la humanidad como tal.

Por eso, una lectura de la muerte de Jesús entiende que el pecado es más poderoso que el Inocente, que el mal prevalece sobre el bien. Pero no es verdad. En los que siguen a Jesús se muestra que el pecado puede ser vencido, pero desde dentro, desde la conversión, desde el seguimiento. En ellos queda claro que Jesús puede quitar el pecado, que es verdaderamente el Libertador.

Jesús crucificado muestra qué es el triunfo: llegar hasta el final, realizar su labor por encima de todo miedo y conveniencia, entregarse a la gente pese a quien pese, y cueste lo que cueste. Jesús crucificado muestra que es más que un hombre normal: es el hombre lleno del Espíritu, y es el Espíritu el que le hace capaz de ir hasta el final. Jesús pudo evitar su muerte. Simplemente, con no subir a Jerusalén a celebrar la Pascua. Simplemente con no pernoctar aquella noche en Getsemaní. Jesús pudo perderse en los desiertos del este y buscarse la vida en Petra o en la corte de Persia; facultades tenía de sobra para ello. Fue a la muerte porque aceptó dar la vida, anunciar el mensaje en el mismo Templo de Jerusalén. Jesús se entregó libremente, y una vez detenido y atado, ya no pudo escapar. Por eso, los jefes judíos se sintieron confirmados en que no era el Mesías. Por eso, sus discípulos estuvieron a punto de no creer en él. Y por eso, precisamente por eso, porque pudo escaparse y no lo hizo y porque cuando lo ataron ya no pudo escapar, por eso precisamente creemos nosotros en él, en el Hombre lleno del Espíritu.

En este crucificado descubrimos nosotros cómo es Dios. Por Jesús crucificado conocemos a su Padre, por Jesús crucificado podemos llamar a Dios Padre. Seguimos sintiendo la tentación de exigir al Todopoderoso un milagro en favor de su hijo. Seguimos añorando a los dioses milagreros. Seguimos deseando que a los santos todo les vaya bien y no tengan por qué sufrir. En resumen, seguimos pensando que la religión es una excepción de la vida, un continuo milagro, una magia aparte de lo cotidiano. Y Jesús crucificado nos muestra a la religión como la fuerza para asumir la vida hasta el final, como entrega al Reino con todas sus consecuencias.

Ante todo esto, ¡que ridícula queda aquella teología que entiende la cruz como el sacrificio sangriento con el cual Jesús paga por nosotros la deuda del pecado para que el Padre nos perdone! Es como si Jesús fuera el bueno, capaz de aplacar con su sangre al Juez hasta entonces implacable. Pero nosotros sabemos que Jesús es así porque está lleno del Espíritu, es decir «porque se parece a su Padre», porque es el Hijo. En la cruz conocemos al Padre. En la cruz conocemos el amor, y su verdadera naturaleza: más que un sentimiento, una capacidad de entrega hasta la muerte. Y en ese amor de Jesús reconocemos que es el Hijo, en el corazón de Jesús reconocemos el corazón del Padre. Y es por todo esto por lo que en la pasión y muerte de Jesús resplandece no sólo la humanidad sino la divinidad. Nos han malacostumbrado a entender que Dios resplandece en relámpagos luminosos y esplendores rituales. No, Dios resplandece en el corazón de ese hombre, en su impecable veracidad, en su inagotable capacidad de con-padecer, en su valor, en su consecuencia hasta el final. La divinidad no es un añadido que anula a la humanidad, sino la fuerza del Viento de Dios que potencia a la humanidad hasta límites insospechables.

PARA COMPLETAR LA CELEBRACIÓN DEL VIERNES SANTO

La celebración del Viernes Santo tiene cuatro partes:

la lectura de la Palabra,
la oración,
la adoración de Cristo Crucificado
la comunión.

SEGUNDA PARTE: LA ORACIÓN UNIVERSAL

Después de la lectura de la Pasión, hacemos una larga oración, en la que concluimos a todas las personas del mundo. Reunida ante Jesús crucificado, la Iglesia entra en oración, agrupando ante Él todas las necesidades de la humanidad, de los que creen en Jesús y de todos, creyentes y no creyentes.

Es un momento enormemente intenso, puesto que ponemos ante la muerte de Cristo todo el mundo, como acogiéndolos a todos junto a Jesús crucificado, y pidiendo por la salvación de todo el género humano.

Sugiero que, en cada una de las oraciones, se sustituya el «Dios todopoderoso y eterno» por «Dios y Padre nuestro».

TERCERA PARTE, LA ADORACIÓN DE LA CRUZ

La cruz, el patíbulo en que está colgado Cristo muerto, es el escándalo. Que alguien muera ahí es para que todos odiemos la cruz, la aborrezcamos como símbolo vivo de la humillación de Jesús.

Pero desde la fe, la cruz se convierte en la demostración máxima de la entrega de Jesús: Jesús fue consecuente hasta el final, por eso creemos en Él. Más aún, en esa entrega de Jesús conocemos a Dios mismo. Jesús es capaz de ir hasta el final, hasta la misma cruz, por la fuerza del mismo Dios que estaba en Él. Por eso veneramos su cruz, porque en ella hemos podido conocer mejor de qué es capaz el amor de Cristo y el amor de Dios. Por esto, la adoración de la cruz es la superación del máximo obstáculo para nuestra fe.

«Por la cruz a la resurrección» se convierte así en la síntesis profunda de la vida del cristiano. La aceptación de la cruz como elemento de salvación es la aceptación de la vida en servicio, como aceptación de la voluntad de Dios sobre nosotros. Es la aplicación de las lecturas de Filipenses y de Hebreos. Adoramos hasta el patíbulo de Cristo, porque el Espíritu de Dios ha podido dar sentido hasta a esa muerte infamante.

La adoración de la cruz es un signo de respeto y amor por algo tan unido al momento más dramático de la vida de Jesús. Pero tiene más sentido. Es la aceptación de la vida como cruz, la profesión de fe en que la cruz no es final sino camino. En la cruz que adoramos está Jesús muerto; solamente podemos adorarla porque sabemos que Jesús no está muerto, que ahora, mientras le contemplamos muerto, está vivo y sentado a la diestra de Dios.

CUARTA PARTE, LA COMUNIÓN

Hoy no se celebra la Eucaristía. La Iglesia lo ha hecho así como señal de duelo. Hoy no hay «celebración». Es una antigua costumbre, más o menos razonable. Pero los cristianos echaban de menos la comunión, y desde hace algunos años se la incluye en la celebración. Ha sido, sin duda, una concesión a la devoción popular por «comulgar», pero especialmente oportuna y llena de sentido, hoy quizá más que nunca.

La comunión no parece tener mucho sentido desplazada de la celebración de la Eucaristía pero tiene hoy una significación muy especial.

Hoy, Viernes Santo, con el recuerdo vivido y cercano de Jesús entregado hasta la muerte en cruz, comulgar adquiere un significado muy especial: se trata de comulgar con Él, en el sentido más profundo de la palabra comulgar; estar de acuerdo, estar con él, aceptarlo, adherirse a Él.

Esta comunión con Jesús subraya, hoy más que nunca, el sentido de compromiso que tiene la fe. Comulgar con Jesús significa aceptar una invitación: Jesús se sentía hijo y vivió como hijo; Jesús entregó su vida para que nos enterásemos de que somos hijos y viviéramos como hijos; Jesús invitó, y sigue invitando a vivir así. Comulgar significa aceptar: aceptar que soy hijo, aceptar vivir como hijo, aceptar el encargo de anunciar esto, de preocuparse por los hijos.

Siempre es así la comunión, pero hoy parece que este aspecto de adhesión a Jesús queda subrayado de manera muy especial, porque se hace en el momento en que contemplamos lo que le costó a Jesús todo eso.

Aceptar a Dios a pesar de la cruz, del mal de la vida y del mundo.
Aceptar que la cruz de los demás es mi cruz y estar dispuesto a compartirla.
Aceptar que la cruz es sólo camino, pero no final.
Aceptarlo porque creemos en Jesús, el Hijo entregado hasta la muerte.

Como siempre y más que nunca, hoy se trata de que «comulgamos con el crucificado». Nuestra adhesión a él significa la aceptación de sus criterios y sus valores, los que le llevaron hasta la muerte.

Comulgar hoy significa cambiar de bando: pasar de estar con los crucificadores a estar con los crucificados. Pasar de ser crucificador a ser, quizá, crucificado.

Comulgar es, hoy más que nunca, una opción por Jesús, con todas las consecuencias que pudiera llevar. Una hermosa frase de Pablo lo resume bien: por la cruz de Cristo, el mundo (sus criterios y valores ) son para mí como un crucificado, y así, como un crucificado soy yo también para ellos, como lo fue el mismo Jesús.

Tuvo mucha razón el pueblo cristiano cuando reclamó que el Viernes Santo no podía pasar sin comulgar con el crucificado.

José Enrique Galarreta

Bergoglio: Derecho a la conversión

José L. Caravias sj.

Estoy impresionado por la tozudez con que se insiste en refregar supuestas deficiencias ya lejanas del recién nombrado Papa Francisco. Jorge Bergoglio, como todo ser humano, tiene una historia personal, llena de aciertos, problemas, errores y dubitaciones. Tiene su carácter, su temperamento y la carga de su pasado. Pero como todos los mortales tiene el derecho de poder corregir rumbos y curar las heridas de sus batallas.

Me encontré con él, repetidas veces, durante 1975. Fue mi superior provincial. Me escuchó y atendió siempre con cariño. Pero yo era un problema para él. Leer más

En el XXXIII Aniversario del martirio de Monseñor Romero. Homilía del padre Jon Sobrino el 22 de marzo en la Capilla de la UCA

Eclesalia

‘EN TI EL HUÉRFANO ENCUENTRA COMPASIÓN’
“En ti el huérfano encuentra compasión”. Estas palabras del profeta Óseas dicen, mejor que ningún credo ni dogma, quién era Yahvé, Dios, para los pobres de Israel. Es la confesión verdadera de Dios. En esta eucaristía las aplicamos a nuestro querido hermano Oscar Romero.

Nuestro país es un país de pobres. Hombres y mujeres que no tienen mucho que dar de comer a sus hijos, que no tienen donde vivir cuando la lluvia de los temporales les destruye la casa, que van de puerta en puerta sin encontrar trabajo, y tiene que arriesgar paz, familia y vida en otros países. Estos hombres y mujeres en Monseñor encuentran compasión, consuelo y esperanza. Leer más

Los límites de la reforma

Washington Uranga
Redes Cristianas

Kairoscolombia

Pensar la gestión de Francisco implica no distraerse con sus gestos de sencillez e informalidad, y pensar en sus antecedentes en la Argentina. Lo que indica que no habría cambios profundos en el rumbo de la Iglesia.
Los primeros pasos, y sobre todo, los gestos del papa Francisco siguen generando expectativas y muchas preguntas respecto de cuál será su accionar en el futuro, cuál su programa de gobierno en la Iglesia Católica de todo el mundo. Leer más

Los 5 desafíos que deberá enfrentar el recién elegido Papa Francisco

Nikolay Stagnaro Zabarin

REDES CRISTIANAS 

La reforma a la Curia Romana, la recuperación de fieles y los casos de abusos sexuales son parte de los temas que deberá trabajar la nueva autoridad, en una Iglesia Católica que ha sido fuertemente cuestionada alrededor del mundo.
Cabe recordar que el cardenal trasandino, Jorge Mario Bergoglio, fue electo este miércoles y se transformó en el pontífice número 266 y además, en el primer Papa latinoamericano y jesuita de la historia. Leer más

DOMINGO DE RAMOS, 24 de Marzo de 2013, Lc. 19, 28-44

MUERTE, POR AMOR, EQUIVALE A VIDA

Escrito por Fray Marcos

FE ADULTA

Lc 19, 28-44

La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando una entrada «triunfal» (Lc 19,28-40), y termina recordando una muerte ignominiosa (Lc 22,14 a 23,56). Es francamente difícil armonizar estos dos momentos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue muerte. Todos los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de la actividad pública de Jesús. La muerte en la ciudad santa es considerada como la meta última de toda su vida.

En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo, el paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida (pascua, paso). Allí iba a dejar patente el amor incondicional de Dios al hombre, manifestado en el servicio hasta la muerte.

¿Por qué fracasó Jesús tan estrepitosamente? Porque la salvación que él ofrece no coincide con la salvación que esperamos la mayoría de los humanos. Jesús pretendió llevarnos a la plenitud, pero en nuestro verdadero ser. Nosotros nos empeñamos en salvar nuestro ser engañoso, nuestro «ego».

Para nada nos interesa acomodarnos a la «voluntad» de Dios; preferimos que Dios se acomode a lo que nosotros queremos. Dios «quiere» para nosotros lo mejor. Ni siquiera puede querer lo menos bueno. Y nosotros estamos tan pegados a nuestra contingencia, que seguimos creyendo que en la individualidad está nuestro futuro. No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera. Lo que Dios quiere es la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

El fracaso humano de Jesús en su intento de instaurar el Reino de Dios, nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro primer objetivo es evitar el dolor a toda costa y buscar el máximo placer posible, nunca podremos aceptar la predicación de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. Interpretar este aparente abandono extremo de Jesús por parte de Dios, sería la clave de nuestro acercamiento a su pasión y muerte y sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el verdadero sentido, que escapa a la mayoría de los mortales y está más allá de toda sensiblería.

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad de los hombres. Fue el deseo de poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús. El pecado del mundo es la opresión.

Lo que Dios esperaba de Jesús fue su total fidelidad, es decir, que una vez que tuvo experiencia de lo que Dios era, no dejara de manifestarlo a cualquier precio. La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió y predicó lo que predicó, era lógico que lo eliminaran por insoportable.

Dios no está solo en la resurrección, está siempre en el hombre, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres, no como Dios. Es ésta una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios, es decir a ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo, sobre todo, en el dolor y la limitación.

Los textos de la Pasión no son una crónica de sucesos, sino teología extraída de unos hechos, que al relatarlos no tienen como objetivo principal informarnos sino trasmitir la teología sobre la muerte de Jesús que fueron elaborando los primeros cristianos. Aunque hay grandes diferencias entre los cuatro evangelios, el relato de la pasión es la parte en que más coinciden los cuatro. Esto se debe a que fue el primer relato que se redactó por escrito, seguramente, como catequesis. Por eso quedó fijado muy pronto en sus rasgos generales, que reflejan después los evangelistas con su propia peculiaridad en sus respectivas redacciones. Dentro del marco recibido por la tradición, cada uno le da su propio matiz.

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Marcos u otra más antigua que ya utilizó el mismo Marcos, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con total comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando. Lucas elimina de su relato todos los extremismos y presenta una pasión más humana.

Para nosotros hoy, lo verdaderamente importante no es la muerte física de Jesús, ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de la figura de Jesús en ese trance, fue su actitud inquebrantable de vivir, hasta sus últimas consecuencias, lo que predicó. Para nosotros, lo importante es descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, etc. no eran gente depravada que se opusieran a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía, de buena fe, ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva, en la Ley de Moisés. Para ellos defender la Ley y el templo, era defender al mismo Dios.

La pregunta que se hacían era esta: ¿era Jesús el profeta, como creían algunos de los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le llevaba fuera de la religión judía? La respuesta no era sencilla. Por una parte veían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofeta. Pero por otra parte, los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él. El desconcierto de los discípulos ante la condena y muerte de Jesús, tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban un blasfemo?

¿Por qué murió? Solo indirectamente podemos aproximarnos a la actitud que Jesús adoptó ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Pronto se dio cuenta de que los jefes religiosos querían eliminarlo. Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Sabía que el pueblo que no le entendía, dejaría de seguirle. Pero también sabía que los jefes religiosos no se iban a conformar con no hacerle caso. Sabiendo todo eso, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Que le importara más ser fiel que salvar la vida, es lo que debemos valorar. Eso es lo que Dios esperaba de él, y eso es lo que tuvo siempre claro.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para los apóstoles, fue el imprescindible revulsivo que les llevó al descubrimiento del verdadero Jesús. Durante su vida lo siguieron como amigo, maestro, profeta, pero estaban muy lejos de conocer el verdadero significado de la persona de Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquél Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías o Cristo y al Hijo…

En esto consistió la experiencia pascual. Si queremos entender la muerte y la resurrección de Jesús, todos tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior. No hay explicación racional posible ante los acontecimientos que vamos a celebrar.

Meditación-contemplación

Jesús, con su muerte, manifestó que la VIDA estaba en él.

Si la VIDA (Dios) estaba en él, ¿qué podía temer de la muerte fisiológica?

La muerte ni añade ni quita nada a su verdadero SER.

La muerte no le puede arrebatar un ápice de VIDA

…………………………..

La verdadera Vida está ya en mí.

Lo único que tengo que hacer es descubrirla.

Toda «muerte» (entrega, servicio) es signo de Vida.

Todo egoísmo (opresión, dominio) es signo de «muerte».

……………………..

La Vida-Amor es el fundamento de mi ser.

No la encontraré en lo superficial y accidental.

Sólo entrando dentro de mí, muy adentro, más adentro;

descubriré lo esencial de mí mismo.

…………………..

Fray Marcos

 

JAUNAREN NEKALDIKO ERRAMU-IGANDEA, GURUTZILTZATUAREN AURREAN-ANTE EL CRUCIFICADO

2013ko martxoaren 24a

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Lukas 22,14-23,56

ECLESALIA, 20/03/13.- Tenpluko segurtasun-indarrek atxilotu du, eta Jesusek ez du jada inolako dudarik: Aitak ez dio entzun bizitzen jarraitzeko agertu dion gogoa; ikasleak ihesi joan dira, nor bere segurtasun bila. Bakarrik dago. Bere egitasmoak huts egin duela ikusi du. Zain-zain du heriotza.

Zirraragarria da bere azken orduetan Jesusek agertu duen isiltasuna. Halere, ebanjelariek jaso dituzte gurutzean jaulki dituen hitz batzuk. Oso laburrak dira, baina lehen kristau-belaunaldiei asko lagundu zieten Jesus gurutziltzatua gogoratzeko, maitasunez eta esker onez.

Gurutzean josten ari diren bitartean jaulkitakoak dakartza Lukasek. Dardararen eta oinaze-garrasien artean, lortu du Jesusek hitz batzuk esatea, bihotzean duena agertzeko: «Aita, barka iezaiezu, ez dakite-eta zer ari diren». Horrelakoa da Jesus. Bereei eskatu izan du «maita ditzatela etsaiak» eta «egin dezatela otoitz pertsegitzaileentzat». Eta orain, bera doa hiltzera etsaiei barkatuz. Barkazio bihurtu du gurutzeko bere heriotza.

Gurutzean josten dutenentzat Aitari egindako eskari hau, lehenik eta behin errukizko keinu goitarra da, eta konfiantza Jainkoaren atzemanezineko barkazioaz. Hauxe da Jesusek gizadiari utzi dion ondarea: Ez galdu sekula Jainkoarekiko konfiantza. Jainkoaren errukiak ez du azkenik.

Markosek, berriz, gurutzean josi dutenaren oihu dramatiko hau dakarkigu: «Ene Jainko, ene Jainko! Nolatan utzi nauzu eskutik?» Bakartasun eta abandonu handienean jaulkitako hitzak dira; egundoko zinezkotasuna adierazten dute. Jesusek sentitu du bere Aita maiteak utzi egin duela. Zer dela eta? Jesus kexu da Aita mutu gelditu delako. Non da? Zer dela-eta dago mutu?

Jesusen oihu hau, historiako biktima guztien oihuarekin bat dator: hainbat eta hainbat injustizia, abandonu eta sufrimenengatik Jainkoari argibide bat eskatu nahi dio; gurutziltzatuaren ezpainak Jainkoari erantzun bat eskatzen ari zaizkio heriotza baino haratagorako: gure Jainkoa, zer dela-eta uzten gaituzu eskutik?, ez ote diezu sekula erantzungo errugabeen oihuei eta lantuei?

Lukasek Jesusen azken hitza ere jaso du. Bere herio-larria eta guzti, azkeneraino eutsi dio Jesusek Aitaganako konfiantzari: «Aita, zure eskuetan uzten dut neure espiritua». Ez ezerk, ez inork apartarazi ahal izan du Jesus Aitagandik. Aitak arnastu du bere espirituaz Jesus bizitza guztian. Bere egitekoa bukaturik, Aitaren eskuetan utzi du dena Jesusek. Aitak bere isiltasuna hautsi eta piztu egingo du Jesus.

Aste Santu honetan, Jaunaren Nekaldia eta Heriotza ospatuko ditugu kristau-elkarteek. Orobat egin ahal izango dugu gogoeta, isilik, Jesus gurutziltzatuaren aurrean, bere hilzorikoan Jesusek jaulki zituen hitzak sakonduz.

Domingo de Ramos (C) Lucas 22,14-23,56

ANTE EL CRUCIFICADO

24 de Marzo de 2013

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

Detenido por las fuerzas de seguridad del Templo, Jesús no tiene ya duda alguna: el Padre no ha escuchado sus deseos de seguir viviendo; sus discípulos huyen buscando su propia seguridad. Está solo. Sus proyectos se desvanecen. Le espera la ejecución.

El silencio de Jesús durante sus últimas horas es sobrecogedor. Sin embargo, los evangelistas han recogido algunas palabras suyas en la cruz. Son muy breves, pero a las primeras generaciones cristianas les ayudaban a recordar con amor y agradecimiento a Jesús crucificado.

Lucas ha recogido las que dice mientras está siendo crucificado. Entre estremecimientos y gritos de dolor, logra pronunciar unas palabras que descubren lo que hay en su corazón: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Así es Jesús. Ha pedido a los suyos «amar a sus enemigos» y «rogar por sus perseguidores». Ahora es él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón.

Esta petición al Padre por los que lo están crucificando es, ante todo, un gesto sublime de compasión y de confianza en el perdón insondable de Dios. Esta es la gran herencia de Jesús a la Humanidad: No desconfiéis nunca de Dios. Su misericordia no tiene fin.

Marcos recoge un grito dramático del crucificado: «¡Dios mío. Dios mío! ¿por qué me has abandonado?». Estas palabras pronunciadas en medio de la soledad y el abandono más total, son de una sinceridad abrumadora. Jesús siente que su Padre querido lo está abandonando. ¿Por qué? Jesús se queja de su silencio. ¿Dónde está? ¿Por qué se calla?

Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas? ¿no vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes?

Lucas recoge una última palabra de Jesús. A pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. Sus palabras son ahora casi un susurro: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Nada ni nadie lo ha podido separar de él. El Padre ha estado animando con su espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará.

Esta semana santa, vamos a celebrar en nuestras comunidades cristianas la Pasión y la Muerte del Señor. También podremos meditar en silencio ante Jesús crucificado ahondando en las palabras que él mismo pronunció durante su agonía. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Francisco, renueva la Iglesia

EDITORIAL REDES CRISTIANAS

Como miembros de la Iglesia católica hemos recibido con sorpresa y alegría –y a la vez con moderada expectativa– el nombramiento del cardenal Bergoglio como obispo de Roma y sucesor de Pedro. Nos ha alegrado la imagen de simplicidad, modestia y afabilidad de su presentación y algunos gestos de complicidad hechos hacia el pueblo que llenaba expectante la Plaza de San Pedro. Nos ha parecido entrever la imagen de un papa pastor, su decidida opción por los pobres –emblemáticamente expresado en el nombre elegido–, la lucha que ha llevado contra la corrupción, la marginación y la pobreza y su testimonio personal de sobria austeridad y sencillez. Deseamos que, a partir de su ejemplo, estos valores tan evangélicos puedan transmitirse al conjunto de la Iglesia. Leer más