VI DOMINGO DE PASCUA, 5 de Mayo de 2013, Jn.14, 23-29

Escrito por Fray Marcos

FE ADULTA

Jn 14, 23-29

Seguimos en el discurso de despedida. El tema del domingo pasado era el amor manifestado en la entrega a los demás. Terminábamos diciendo que ese amor era la consecuencia de una experiencia interior, relación con lo más profundo de mi mismo que es Dios. Hoy nos habla el evangelio de lo que significa esa vivencia intima. La Realidad que soy, es mi verdadero ser. El verdadero Dios no es un ser separado que está en alguna parte de la estratosfera sino el fundamento de mi ser y de cada uno de los seres del universo.

Recordemos que el discurso de despedida del evangelio de Juan es un montaje teológico que pone en boca de Jesús lo que había sido la experiencia de la comunidad durante setenta años. Eso lo hace mucho más interesante aún, que si hubiera sido pronunciado por Jesús. Nos habla de cómo entendía y practicaba aquella comunidad el seguimiento de Jesús. No se trataba de seguir a un líder que desde fuera les marcaba el camino, sino de descubrir la experiencia más profunda de Jesús, y repetirla en cada uno de los cristianos.

En estos siete versículos podemos descubrir las dificultades que encuentra el ser humano cuando trata de expresar la experiencia interior. Por cada afirmación que se hace en lo versículos que hemos leído hoy, encontramos en el evangelio otra que dice exactamente lo contrario. Es la mejor prueba de que las expresiones sobre Dios no se pueden entender al pie de la letra porque nunca son apropiadas. Necesitan interpretación porque los conceptos no son adecuados para expresar las realidades trascendentes. En este orden puede ser verdad una afirmación y la contraria. El dedo y la flecha pueden apuntar los dos a la luna.

En Jn 15,9 dice: Como el Padre me ha amado así os he amado yo, permaneced en mi amor. Aquí dice: «si alguno me ama le amará mi Padre…» ¿Quién ama primero?

Jesús había dicho que iba a prepararles sitio en el hogar del Padre, para después llevarles con él (14.2). Ahora dice que el Padre y él mismo vendrán al interior de cada uno.

Les había advertido: «como me persiguieron a mí, os perseguirán a vosotros (Jn 16,2). Ahora nos dice: «la paz os dejo, mi paz os doy».

Nos había dicho: yo y el Padre somos uno (10,30). Quien me ve a mí ve a mi Padre (14,9). Ahora nos dice: El Padre es más que yo.

No os dejaré huérfanos, volveré para estar con vosotros (14,18). Y ahora nos dice que el Padre mandará el Espíritu en su lugar.

Digerir estas aparentes contradicciones es una de las claves para entender la experiencia pascual.

Insisto, una cosa es el lenguaje y otra la realidad que queremos manifestar con él. Dios no tiene que venir de ninguna parte para estar en lo hondo de nuestro ser. Está ahí desde antes de existir nosotros. No existe «alguna parte» donde Dios pueda estar, fuera de mí y del resto de la creación. Dios es lo que hace posible mi existencia. Soy yo el que estoy fundamentado en Él desde el primer instante de ser. El descubrirlo en mí, el tomar conciencia de esa presencia, es como si viniera. Esta verdad es la fuente de toda religiosidad.

El hecho de que no llegue a mí desde fuera ni a través de los sentidos, hace imposible toda mediación. Es más, todo intermediario, sean personas, sean instituciones, me alejan de Él más que me acercan. En el AT, la presencia de Dios se localizaba en un lugar, la tienda del encuentro o el templo. La «total presencia» debía ser una de las características de los tiempos mesiánicos. Desde Jesús, el lugar de la presencia de Dios es el hombre. Dentro de ti lo tienes que experimentar; pero también descubrirlo dentro de cada uno de los demás seres humanos. Pero ¡ojo! La presencia surge de dentro, pero no será únicamente interna.

El Espíritu es el garante de esa presencia dinámica: «os irá enseñando todo». Por cinco veces, en este discurso de despedida, hace Jesús referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad, sino de la divinidad como fuerza (ruah). «Santo» significa separado; pero no separado de Dios, sino separado de las actitudes del mundo. Si esa Fuerza de Dios no nos separa del mundo (opresión), no podremos comprender el amor.

«Os conviene que yo me vaya, porque si no, el Espíritu no vendrá a vosotros.» Ni el mismo Jesús con sus palabras y acciones fue capaz de llevar a los apóstoles hasta la experiencia de Dios, que les ayudaría a descubrir al mismo Jesús. Mientras estaba con ellos, estaban apegados a su físico, a sus palabras, a sus manifestaciones humanas. Todo muy bonito, pero que les impedía descubrir la verdadera identidad de Jesús. Al no ver a Dios en Jesús, tampoco descubrieron la realidad de Dios dentro de ellos. Cuando desapareció, se vieron obligados a buscar dentro de ellos, y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.

El Espíritu no añadirá nada nuevo. Solo aclarará lo que Jesús ya enseñó. Las enseñanzas de Jesús y las del Espíritu son las mismas, solo hay una diferencia. Con Jesús, la Verdad viene a ellos de fuera. El Espíritu las suscita dentro de cada uno como vivencia irrefutable. Mientras el Espíritu no nos separe del mundo, no podremos comprender las enseñanzas de Jesús. Esto explica tantas conclusiones equivocadas de los discípulos durante la vida de Jesús. Las palabras (aunque sean las de Jesús) y los razonamientos no pueden llevar a la comprensión. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicar. Entonces no necesitarán argumentos, sino que lo verán claramente.

«Paz» era el saludo ordinario entre los semitas. No solo al despedirse, sino al encontrarse. Ya el «shalom» Judío era mucho más rico que nuestro concepto de paz, pero es que el evangelio de Juan hace hincapié en un «plus» de significado sobre el ya rico significado judío. La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no solo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Sería el fruto primero de unas relaciones auténticas en todas direcciones. Sería la consecuencia del amor de Dios en nosotros, descubierto y vivido. La paz no se puede buscar directamente. Es fruto del amor. Solo el Amor descubierto dentro y manifestado, lleva a la verdadera paz.

Deben alegrarse de que se vaya, porque ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es ninguna tragedia. Será la manifestación suprema de amor, por lo tanto, será la verdadera victoria sobre el mundo y la muerte. El Padre es mayor que él porque es el origen. Todo lo que posee Jesús procede de Él. Aquí tampoco habla la segunda persona de la Trinidad; estaríamos poniendo en boca de Jesús una herejía. No olvidemos que Jesús, para el evangelista, es un ser humano a pesar de su preexistencia: «Tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos…» También en Jesús, Dios se manifiesta en lo humano, pero Dios no es lo que se ve ni lo que se palpa ni lo que se oye de Jesús. Dios está en Jesús, pero es otra cosa.

«El Padre es más que yo». Dios se manifiesta y se vela en la humanidad de Jesús. La presencia de Dios en él, no es demostrable. Está en el hombre sin añadir ni obrar nada. El verdadero Dios es siempre un Dios escondido. Decía Pascal: «Toda religión que no afirme que Dios está oculto, no es verdadera». Un sufí persa de la Edad Media lo dejó bien claro:

Calle mi labio carnal,
habla en mi interior la calma
voz sonora de mi alma
que es el alma de otra alma
eterna y universal.
¿Dónde tu rostro reposa
alma que a mi alma das vida?
Nacen sin cesar las cosas,
mil y mil veces ansiosas
de ver tu faz escondida.

En la Biblia existe una tensión entre la trascendencia y la inmanencia de Dios. El hombre no puede ver a Dios sin morir. No puede ser representado por ninguna imagen. No puede ser nombrado. Pero a la vez, se presenta como compasivo, como pastor de su pueblo, como esposo, como madre que no puede olvidarse del fruto de su vientre. En el NT, se acentúa el intento de acercar a Dios al hombre. Los conceptos de «Mesías», «Siervo», «Hijo de hombre», «Palabra», «Espíritu», «Sabiduría», incluso «Padre», son todos ejemplos de ese intento. No se trata de una simple cercanía, sino de una identificación absoluta de Dios con cada uno.

Meditación- contemplación

«Vendremos a él y haremos morada en él».

Jesús descubrió esa presencia absoluta de Dios.

Todo lo que vivió y enseñó, fue consecuencia de esa experiencia.

Sabía que era la clave para que el hombre alcanzase plenitud.

……………….

Sin experiencia interior no hay posibilidad de salvación.

Sin identificación con lo divino no puede haber verdadera humanidad.

Sin descubrir el tesoro que hay dentro de ti,

nunca estarás dispuesto a vender todo lo demás para adquirirlo.

…………………..

Debo preocuparme mucho menos por los que hago.

Tengo que dedicar mis energías a descubrir lo que soy.

Lo que haga, será inevitablemente, consecuencia de lo que creo ser.

Una vez más estoy ante la alternativa: programación o vivencia.

………………….

Fray Marcos

La crisis social desborda a la Iglesia española

José Ignacio Calleja
RELIGIÓN DIGITAL

  • La idea de que no tenemos tiempo para las ideas es inaceptable
  • La acción caritativa de la iglesia española no está siendo acompañada por un trabajo de concienciación social y de denuncia seria de las situaciones de injusticia social Leer más

PAN Y VINO EN MEMORIA DE JESÚS

Escrito por José Arregi

FE ADULTA

Déjame que te hable de la misa. No, déjame que te hable de algo más simple, de la simple comida. Y déjame decirte que cada vez que comes y bebes, comulgas con el otro, con la Tierra, con todo el Universo. Y que cada bocado que masticas y cada gota que sorbes es un gesto sagrado: comulgas con el Todo o el Ser o la Vida. Comulgas con la gran Comunión o el Misterio de Dios. Vivir es convivir. Ser es interser.

Eso es cada comida, y la misa no es otra cosa. La misa no es nada más, porque no puede haber nada más grande que una simple comida. Lo simple es lo pleno. Lo ordinario y natural es lo más sagrado. Cada vez que comes, hazlo con profunda gratitud y veneración a lo que comes, y compasión por los que no pueden comer. Leer más

PAZKOALDIKO VI. IGANDEA, JESUSEN AZKEN DESIOAK-ULTIMOS DESEOS DE JESUS

JESUSEN AZKEN DESIOAK

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Ikasleei agur egiten ari da Jesus. Triste eta koldarturik ikusten ditu. Guztiek dakite azken uneak bizitzen ari direla beren Maisuarekin. Zer gertatuko da Maisua joatean? Norengana jo ahal izango dute? Zein izango dute babesle? Bihotz eman nahi die Jesusek, bere azken desioak azalduz.

Ez dadila gal nire Mezua. Horra Jesusen lehen desioa. Ez dadila ahaztu Jainkoaz eman dien Berri Ona. Bere jarraitzaileek gorde dezatela bizi-bizi Aitaren gizabidezko egitasmoaren oroitzapena: hainbat aldiz aipatu dien «Jainkoaren erreinu» hori. Maite badute, hona lehenik egin behar dutena: «maite nauenak gordeko du ni hitza… maite ez nauenak ez du gordeko».

Hogei menderen buruan, zer egin dugu Jesusen Ebanjelioaz? Leial gordetzen al dugu ala hura manipulatzen ari gara geure probetxurako? Onartzen al dugu bihotzean ala hartaz ahazten ari gara? Jator aurkezten al dugu ala geure irakaspenen pean ezkutatzen dugu?

Aitak Babesle bat bidaliko duzue nire izenean. Jesusek ez ditu umezurtz utzi nahi. Ez dute sumatuko bera falta denik. Aitak Espiritu Santua bidaliko die, beragandik urruntzeko arrisku guztitik babestuko dituena. Jesusengan beragan sumatua dute Espiritu hori, nola eragin dion pobreengana; Espiritu horrek berak eragingo die berei ere norabide berean.

Espirituak «irakatsiko die» berak irakatsi eta erakutsi dien guztia hobeto ulertzen. Bere Berri Ona gero eta sakonago hartzen lagunduko die. Hark «gogoraraziko die» entzun izan diotena. Hark heziko ditu Jesusen bizieran.

Hogei menderen buruan, zer espiritu da nagusi kristauen artean? Jesusen Espirituari uzten al diogu gida gaitzan? Gai al gara Jesusen Berri Ona eguneratzeko? Adi al gaude sufritzen dutenen aurrean? Norantz eragiten digu gaur egun Jesusen Espirituaren arnasa berritzaileak?

Neure bakea demaizuet. Beragan ikusi duten bake bera bizi dezaten nahi du Jesusek, Aitarekin duen elkartasun barne-barnekoaren fruitu den bakea. Bere bakea eman die erregalu. Ez da munduak eman dezakeena bezalakoa. Beste bat da. Bihotzean jaioko zaie, baldin eta Jesusen Espirituari harrera egiten badiote.

Horixe da kutsatu behar duten bakea noranahi iristen diren guztietan. Horixe da zabalduko dutena Jainkoaren erreinua hots egitean, mundu sanoago eta zuzenago bati bidea urratzean. Ez dute galdu behar sekula bake hori. Jesusek errepikatzen du: «Ez dadila jar dar-dar zuen bihotza, ez dadila koldartu».

Hogei menderen buruan, zergatik zurruntzen gaitu beldurrak etorkizunaren aurrean? Zer dela-eta horrenbeste errezelo gizarte modernoaren aurrean? Jende asko da Jesusen gose. Frantzisko aita santua Jainkoaren erregalua da. Egoera osoak gonbidatzen gaitu Jesusekiko eta haren Ebanjelioarekiko leialagoa den Eliza baterantz. Ezin gelditu gara besoak tolestaturik.

6 Pascua (C)
Juan 14,23-29

ÚLTIMOS DESEOS DE JESÚS

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 01/04/13.- Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y acobardados. Todos saben que están viviendo las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? ¿A quién acudirán? ¿Quién los defenderá? Jesús quiere infundirles ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.

Que no se pierda mi Mensaje. Es el primer deseo de Jesús. Que no se olvide su Buena Noticia de Dios. Que sus seguidores mantengan siempre vivo el recuerdo del proyecto humanizador del Padre: ese “reino de Dios” del que les ha hablado tanto. Si le aman, esto es lo primero que han de cuidar: “el que me ama, guardará mi palabra…el que no me ama, no la guardará”.

Después de veinte siglos, ¿qué hemos hecho del Evangelio de Jesús? ¿Lo guardamos fielmente o lo estamos manipulando desde nuestros propios intereses? ¿Lo acogemos en nuestro corazón o lo vamos olvidando? ¿Lo presentamos con autenticidad o lo ocultamos con nuestras doctrinas?

El Padre os enviará en mi nombre un Defensor. Jesús no quiere que se queden huérfanos. No sentirán su ausencia. El Padre les enviará el Espíritu Santo que los defenderá de riesgo de desviarse de él. Este Espíritu que han captado en él, enviándolo hacia los pobres, los impulsará también a ellos en la misma dirección

El Espíritu les “enseñará” a comprender mejor todo lo que les ha enseñado. Les ayudará a profundizar cada vez más su Buena Noticia. Les “recordará” lo que le han escuchado. Los educará en su estilo de vida.

Después de veinte siglos, ¿qué espíritu reina entre los cristianos? ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu de Jesús? ¿Sabemos actualizar su Buena Noticia? ¿Vivimos atentos a los que sufren? ¿Hacia dónde nos impulsa hoy su aliento renovador?

Os doy mi paz. Jesús quiere que vivan con la misma paz que han podido ver en él, fruto de su unión íntima con el Padre. Les regala su paz. No es como la que les puede ofrecer el mundo. Es diferente. Nacerá en su corazón si acogen el Espíritu de Jesús.

Esa es la paz que han de contagiar siempre que lleguen a un lugar. Lo primero que difundirán al anunciar el reino de Dios para abrir caminos a un mundo más sano y justo. Nunca han de perder esa paz. Jesús insiste: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”.

Después de veinte siglos, ¿por qué nos paraliza el miedo al futuro? ¿Por qué tanto recelo ante la sociedad moderna? Hay mucha gente que tiene hambre de Jesús. El Papa Francisco es un regalo de Dios. Todo nos está invitando a caminar hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio. No podemos quedarnos pasivos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

V DOMINGO DE PASCUA, 28 ABRIL 2013, Jn 13, 31-35

VIDA, AMOR, UNIDAD FORMAN UNA SOLA REALIDAD

Escrito por Fray Marcos
FE ADULTA

Jn 13, 31-35

El evangelio de hoy también está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Juan; el último y más largo, después del lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos, y es una verdadera catequesis a la comunidad, que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús.

Como ya he repetido muchas veces, no se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia y convivencia cristianas. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido nada de todo lo que el discurso dice.

El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aún sin estrenar. Y no se trata sólo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: «solo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz»; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó. Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios, será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida, es el amor efectivo a todos los seres humanos.

La pregunta que me tengo que hacer hoy es ésta: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristianos? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita.

La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: La señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será que no os amáis los unos a los otros.

Hemos insistido demasiado en lo accidental: el cumplimiento de normas, en la creencia en unas verdades y en la celebración de unos ritos, y apenas en lo esencial que es el amor.

Seguimos cometiendo el error de presentar el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar. Amar es un acto de la voluntad, cuyo único objeto es el bien conocido. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien, la voluntad no puede ser movida desde dentro. Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó.

Aquí está el error. El que una cosa esté mandada, no me tiene que llevar a mí a cumplirla, sino a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella, la razón de bien. Si no doy este paso, será para mí una programación sin consecuencias en mi vida real.

Ahora es glorificado el Hijo de hombre y Dios es Glorificado en él. Jesús ha lavado los pies a los discípulos. Judas acaba de salir del cenáculo y la muerte de Jesús está decidida. ¿Dónde está la gloria? Allí donde se manifiesta el amor. Ese amor manifestado, es a la vez, la gloria de Dios y la gloria del hombre Jesús.

En el griego profano, «doxa» significaba simplemente opinión, fama. El «kabod» hebreo que traducen por doxa los LXX tenía un significado muy distinto. Por una parte, era la trascendencia y la santidad (majestad) de Dios que el hombre debe reconocer. Por otro, la manifestación de ese ser de Dios en acciones portentosas. Juan mantiene el sentido de «gloria» de Dios, que también atribuye al Hijo. Jesús en todas sus obras, manifiesta la «doxa» de Dios.

Lo original de Juan es que esa gloria no se manifiesta solo en los actos espectaculares de poder, sino en los que expresan sin ambigüedades el Amor-Dios. La gloria de Dios es el Amor manifestado.

No se trata pues, de fama y honor. Tampoco se trata de conceder majestad, esplendor o poder. La gloria de la que habla Juan no es una concesión externa; está en la misma esencia de la persona. Morir por los demás es la mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible de amor.

La gloria de Jesús no es consecuencia de su muerte, es la misma muerte por amor. Ni Dios ni Jesús después de morir, pueden recibir otra clase de gloria. La única gloria que podemos dar a Dios es amar como Él ama.

Les llama «Hijitos» (teknia) diminutivo de (tekna). En castellano, el cariño se expresa mejor con el posesivo «hijitos míos». Esta expresión está justificada porque se trata de un momento íntimo y emocionante. Les anuncia su próxima muerte, por eso lo que sigue tiene carácter de testamento.

Lo que Jesús pide a los suyos es un amor incondicional y a todos sin excepción. Todas las normas, todas las leyes tienen que orientarse a ese fin.

Un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado. El «igual que yo» no es solo comparativo, sino originante. Quiere decir que debéis amaros porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado.

El Amor-Dios no se puede descubrir, pero se manifiesta en las obras. Se trata de la seña de identidad del cristiano. Es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda así establecida la diferencia entre las dos alianzas. La antigua estaba basada en una relación jurídica de toma y daca con Dios. En la nueva alianza lo único que importa es la actitud de servicio a los demás. No se trata de una ley, sino de una respuesta personal a lo que Dios es en nosotros. «Un amor que responde a su amor» (Jn 1,16).

Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios, ni el amor a él mismo. No dice: Amadme como yo os he amado. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni Él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada (ni siquiera gloria).

Dios es puro don, amor total. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios, que a través nuestro debe llegar a todos. El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta nuestro egoísmo. El amar para que Dios me lo pague, no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino con relación a la persona.

Jesús se presenta como «el hijo de Hombre» (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama. Jesús no propone un principio teórico, y después dice que vamos a cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.

En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros. El amor que pide Jesús no es una teoría, ni una doctrina. Tiene que manifestarse en la vida, en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ni ritos, ni normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado en todas y cada una de nuestras acciones. La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación.

Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano.

«Que os améis unos a otros», se ha entendido a veces como un amor a los nuestros. Algunas formulaciones del NT, pueden dar pie a esta interpretación. No: desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos. No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero.

No se trata de un amor humano más. Se trata de entrar en la dinámica del amor de Dios. Esto es imposible, si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! esta verdad es demoledora.

Después de todo lo comentado en esta pascua, podemos hacer un resumen. La Vida, que se manifestó en Jesús, es el mismo Dios-Vida que se le había entregado absolutamente. Ese Dios-Vida, que también se da a cada uno de nosotros, nos lleva a la unidad con Él, con Jesús y con todos los hombres. Esa identificación absoluta, que se puede vivir, pero que no se puede ver, se manifiesta en la entrega y la preocupación por los demás, es decir, en el amor. El amor evangélico, no es más que la manifestación de la unidad vivida.

Meditación-contemplación

«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo.»

El amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.

Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.

Toda su vida es consecuencia (manifestación) de esta vivencia personal.

…………………….

También para nosotros es ese el único camino.

Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,

el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser

y aceptado solo intelectualmente y como programación.

…………………….

El amor que me pide Jesús, no es algo que pueda tener su origen en mí.

Yo sólo puedo ser espejo que refleje lo que Dios es.

No se me exige simpatía o amistad hacia todos.

No se trata de un amor humano, sino del «ágape» divino.

……………………….

Fray Marcos

IV DOMINGO DE PASCUA, 21 de Abril de 2013, Jn. 10, 27-30

Escrito por José Enrique Galarreta

FE ADULTA

Jn 10, 27-30

En estos domingos el evangelio está tomado de Juan. Terminados los textos correspondientes a la resurrección, en los domingos 4, 5 y 6 se hace una selección de textos que expresan el contenido de nuestra fe en Jesús. El pasaje de hoy muestra la imagen de Jesús-Pastor, que cuida de sus ovejas. Es la misión que ha recibido del Padre.

El texto culmina en una nueva profesión de fe en Jesús, tan característica de la cristología de Juan («Yo y el Padre somos Uno»).

Esta unidad de Jesús con el Padre puede llevarnos a disquisiciones de tipo metafísico, pero no está pensada desde esa óptica. Los versos siguientes lo aclaran bien. Los judíos quieren apedrearle acusándole de que «siendo hombre te haces Dios». Pero Jesús rechaza la acusación. Cita la Escritura (salmo 82,6) para mostrar que a los enviados por Dios se les llama dioses y argumenta que esto es más válido aún con él, que es «el que el Padre consagró y envió al mundo».

Juan usa varias veces la fórmula: «Yo estoy en mi Padre y el Padre está en mí». Para nosotros, la expresión más comprensible de esta teología sería otra frase del mismo cuarto evangelio en que Jesús, respondiendo a Felipe en la última cena, le dice:

«Tanto tiempo llevo con vosotros y ¿aún no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.»

Y, aparte de las consideraciones que se puedan hacer sobre cómo entendemos la naturaleza divina de Jesús, nos muestra un mensaje fundamental de nuestra fe: conocemos a Dios en Jesús. Y en esto consiste la esencia de nuestra fe: no solamente en que admiramos a Jesús y lo aceptamos y seguimos como maestro, sino que creemos que él es el Mediador, aquel hombre en quien podemos ver y oír a Dios.

Los textos de los Hechos y del Apocalipsis (y marginalmente también el evangelio) nos presentan una constante de la primera iglesia: la persecución. Fueron primero las autoridades judías de Jerusalén (lectura de Hechos del domingo pasado). En Jerusalén morirán por su fe en Jesús Esteban y Santiago. Ahora son las de las sinagogas de Antioquía y se repetirán varias otras veces. La predicación de Pablo estará llena de ellas. Y cuando la fe en Jesús se extienda por todo el Imperio Romano, se desatarán contra los cristianos otras persecuciones aún más terribles. Pedro y Pablo morirán en Roma en la persecución de Nerón. El Apocalipsis entero está escrito para confortar a los cristianos y mantener su fe en tiempos de persecución.

Y no es de extrañar, puesto que Jesús fue el primero. Jesús fue rechazado, y es éste un mensaje importante del cuarto evangelio: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron». La gente prefería un Mesías político, los fariseos y escribas lo tuvieron por hereje y pecador, los sacerdotes vieron en él un peligro para su religión y su poder, y el poder político prefirió matar a un inocente antes que enemistarse con las autoridades judías.

Más tarde, los intelectuales, los políticos, los adoradores de otros dioses, seguirán la persecución.

Esta constante en la vida de Jesús y en la vida de la iglesia nos lleva a dos consideraciones. En primer lugar, por qué. En segundo lugar, cómo nos afecta a nosotros.

Jesús es perseguido y la iglesia es perseguida porque van contra los criterios del mundo, lo que Juan llama «el mundo», «las tinieblas», lo que Pablo llama «la carne», «el cuerpo». Ser hijo de Dios, construir el reino, son desafíos a los que centran sus intereses en el poder, la posesión y disfrute de bienes… Andar por el mundo austeramente, sin mentir, sin perjudicar, respetando a los débiles, cuidando la naturaleza, dando la cara por la justicia… molesta. Cuando lo hizo Jesús molestó tanto que lo quitaron de en medio. Ésta es una de las dimensiones existenciales del Reino: la oposición de «el pecado», por llamarlo con un nombre genéricamente aceptado. En frase de Pablo:

«Todos los que quieran vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones» (2 Timoteo,3,12)

La segunda cuestión es nuestra situación ante la persecución. Es impensable que vivir los criterios del evangelio en un mundo que se rige por los opuestos no cueste ningún precio. En una sociedad tan «civilizada» como la nuestra el precio no será la condena a muerte, desde luego. Pero quizá sea no medrar en la empresa, no ser bien visto por el entorno social, no ser comprendido por tu familia, por tus padres o por tus hermanos o por tus hijos… Si hacemos una apuesta valerosa por una vida austera, por un compromiso por los más pobres, por una fidelidad absoluta a que sólo se sirve a Dios si se sirve al prójimo… no podemos esperar que nos traten como a personas «normales», porque molestaremos.

Pero nos encontramos con el sorprendente fenómeno de que esto no sucede. Y la consecuencia es estremecedora: no sucede porque nuestro compromiso con el evangelio es deficiente. Una de nuestras deficiencias más llamativas es la separación que hacemos entre la fe y el compromiso. Nos han atiborrado de dogma y de cumplimientos cultuales, pero seguir a Jesús es vivir como Él.

La historia de la Iglesia sabe mucho de personas, obispos, papas, órdenes religiosas… impecablemente ortodoxas y ajenas a toda austeridad de vida, a todo compromiso con la justicia, a todo sentimiento de servicio. Ésa ha sido, no pocas veces, una Iglesia ortodoxísima, pero escasamente seguidora de Jesús; y desde luego, no perseguida. Y no hablo de la Iglesia como institución oficial, ni de las Jerarquías de la Iglesia, sino de todos nosotros la iglesia, tengamos en ella el puesto que tengamos.

Cada uno sabrá, analizando a fondo su espíritu, qué persecuciones le costaría seguir a Jesús. Habrá, desde luego, una persecución desde dentro, la rebelión de «la carne» contra «el espíritu». En un mundo como el que vivimos, tan solicitados por innumerables «valores» que no son los de Jesús, cobran mayor fuerza que nunca conceptos como «vencerse a sí mismo», «elegir la senda empinada». Y creo que nos es especialmente aplicable eso de «no podéis servir a dos señores». Cada uno deberá hacerse la pregunta: «¿qué me cuesta mi fe?». Si no me cuesta nada es que no vale nada.

Me temo también que los dos señores a los que servimos son por un lado la fe teórica, la que profesamos en el Credo de la Misa, tan teológico y tan ignorante de toda práctica, y, por otro, nuestra condescendencia con los valores normales de nuestra sociedad. Servimos al primer señor porque tranquiliza nuestra conciencia religiosa. Y servimos al segundo porque nos apetece. El maridaje de estos dos señores se completa con el descubrimiento tranquilizador de Dios Padre.

Nuestra mediocridad no importa, puesto que Dios me seguirá perdonando. Y una vez más hemos dejado a Dios Padre en pura teoría, porque Dios Padre significa que somos hijos, responsables de su obra, de su reino, y si no lo somos todo pierde su significado.

El mundo entero vive una coyuntura histórica en la que la fuerza del pecado multiplicada por la ciencia y la tecnología está poniendo ya en peligro la subsistencia de la humanidad y hasta del planeta. Cada vez más pobres y cada vez más explotados. Cada vez más corrupción en los ámbitos del poder. Cada vez más peligro de que el planeta sea inhabitable… Los que quieran seguir a Jesús tendrán que tomarse en serio la salvación de la humanidad.

También ellos disponen de la ciencia y de la tecnología y de todo lo que el ser humano posee para multiplicar la eficacia del Espíritu. Si creemos que Jesús es el Salvador, o nos convertimos en salvadores, en creadores y defensores de humanidad, o no somos de Jesús. Aunque cueste persecución. Más bien, mejor si la cuesta.

Estas consideraciones, sin embargo, no deben hacernos olvidar el marco completo del mensaje de Jesús. Nuestra incorporación al Reino, nuestro seguimiento de Jesús, no se agota ni siquiera se define preferentemente por la cruz, la persecución. La cruz, la persecución son el precio, pero sólo el precio de «El Tesoro». Lo de Jesús sigue siendo «la Gran Noticia», y el estado de ánimo del que sigue a Jesús es siempre la alegría, la paz, la gratitud. Vendemos un campo, pero porque hemos encontrado un tesoro.

Haciendo una aplicación, con todo respeto y temor, a la vida misma de Jesús, podemos pensar que de ninguna manera se puede pensar en mejor vida, más satisfactoria, más plena, más humana y divina. Su destino es el mejor, y su satisfacción interior tuvo que ser radiante. A pesar de los trabajos, a pesar de las persecuciones, a pesar de la cruz. Porque estaba en el Reino, estaba en las cosas de su Padre. Pero es siempre una satisfacción, una alegría y una paz que nacen de dentro, no se reciben de fuera. Es esto también un modelo perfecto para nosotros. Por encima de todas las satisfacciones que vienen de fuera, lo nuestro es sentirnos bien desde dentro. Mejor que buscar tesoros pequeños y perecederos, buscamos servir a los hijos de nuestro Padre. Y nos encontramos con que, a cualquier precio, en medio de cualquier persecución, no se cambia ni se enturbia la fuente profunda de nuestro bien-estar, que nace de la seguridad de poseer el tesoro, de estar donde debemos estar, en las cosas de nuestro Padre.

José Enrique Galarreta

La contracción puede ser una bendición

Jorge Carvajal

Hemos ido de ida por la vida sin darnos cuenta que nos alejábamos peligrosamente de nosotros mismos. Esta crisis es una feliz oportunidad para regresar a lo que es de veras esencial: nuestra propia humanidad.

Como una glaciación que congeló la expansión desordenada llegó, en la década de los años 30, la recesión de la economía mundial En nuestros días el crecimiento artificial, jalonado por la invasividad de la competencia y de la guerra, se congela de nuevo, como diciéndonos que la contracción es sólo aquello que sucede a la expansión. En las crisis despertamos, de las emergencias, emergemos. Si no nos resistimos al cambio podemos en verdad crecer. Leer más

En un papado para el pueblo, una «Teología popular»

Blog José Mª Castillo
RELIGIÓN DIGITAL

1. La raíz de la crisis de la Iglesia No parece que sea ninguna exageración afirmar que, en las últimas décadas, jamás se había hablado tanto de crisis de la religión y, más en concreto, de crisis en la Iglesia. Pero, en un asunto tan delicado y tan grave como éste, no basta con lamentarse de escándalos y del daño que hacen quienes los cometen. Por supuesto, es importante saber lo que pasa, si es que queremos de verdad ponerle remedio y atajar el mal. Pero, si nos limitamos a eso, el mal no se ataja. Lo que importa de verdad es ir derechamente a la raíz de la crisis. ¿Dónde está el fondo del problema? Leer más

PASKOALDIKO IV. IGANDEA, JESUSI ENTZUN ETA JARRAITU-ESCUCHAR Y SEGUIR A JESÚS

Juan 10, 27-30

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Negua zen. Jesus paseatzen zebilen Salomonen arkupean, Tenpluko zabalgune handia inguratzen zuten aire zabaleko galerietako batean. Arkupe hau, zehazki, sarritan erabiltzen zuen jendeak; izan ere, itxuraz, murru batek babesten zuen haizearen kontra.

Laster batean, judu-talde bat bildu da Jesusen inguruan. Tirabiratsua da elkarrizketa. Galde eta galde jazarri diote juduek Jesusi. Honek bere mezua eta jarduera ez onartu izana aurpegiratzen die. Zehazki, diotse: «Zuek ez duzue sinesten, ez baitzarete nire ardietarik». Zer esan nahi du, ordea, metafora honek?

Oso argi mintzo da Jesus: «Nire ardiek entzuten dute nire ahotsa, eta ezagutzen ditut nik; haiek jarraitzen didate, eta betiko bizia ematen diet nik». Jesusek ez du inor behartzen. Soilik, dei egiten du. Hari jarraitu ala ez, gutako bakoitzaren esku dago. Soilik, entzuten eta jarraitzen badiogu izango dugu modua Jesusekin betiko bizira eramaten duten harremanak izateko.

Kristau batentzat ez da ezer funtsezkoagorik, Jesusen jarraitzaile bezala bizitzea baino. Kristauen arrisku handia da beti Jesusen jarraitzaile direla esatea, zinez izan gabe. Izatez, gure elkarteetatik urrunduz joan den jende asko, Jesusen urratsei jarraituz bizitzeko erabakia hartzen inork lagundu izan ez diona da.

Alabaina, horixe da kristau baten lehen erabakia. Dena aldarazten duen erabakia da; izan ere, Kristori atxikitzea eta Elizako kide izatea modu berri batean bizitzen hastea dakar erabaki horrek: noizbait ere, kristau-erlijioaren bidea, egia, zentzua eta zergatia aurkitzea.

Eta erabaki hori hartzeko lehen gauza Jesusen deia entzutea da. Ezin ekin dio inork ere Jesusen urratsei jarraitzeari bere intuizio propioaz edo haren ideala bizitzeko bere gogo hutsaz. Hari jarraitzen, orduan hasten gara: Kristok erakartzen eta dei egiten digula sentitzen dugunean. Horregatik, fedea ez da lehenik eta behin Jesusez zerbait sinestea, baizik hari berari sinestea, harengan beragan sinestea.

Jesusi benetan jarraitzea falta denean, norberaren bihotzean eta fededunen elkartean zaintzen eta behin eta berriz baiesten ez denean, fedeak arrisku hau izaten du: mugaturik gelditzekoa sinesgai batzuk onartzera, betebehar erlijioso batzuk praktikatze hutsera eta Elizaren diziplinari obedientzia eskaintze hutsera.

Halakoetan, gauza erraza izaten da erlijioa betetzearekin konformatzea, igande bakoitzean entzuten dugun ebanjeliotik Jesusek egiten digun deiak koloka jar gaitzan utzi gabe. Erlijio horren baitan dago Jesus, bai, baina ez gaitu arrastatzen bere urratsen ondoren. Konturatu gabe, ohikeriaz eta era errepikagarrian bizitzen ohitzen gara. Sormena, berrikuntza eta poza falta ohi zaizkigu, Jesusi nola jarraituko ahalegintzen direnek izan ohi dituztenak.

Juan 10, 27-30

ESCUCHAR Y SEGUIR A JESÚS

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 17/04/13.- Era invierno. Jesús andaba paseando por el pórtico de Salomón, una de las galerías al aire libre, que rodeaban la gran explanada del Templo. Este pórtico, en concreto, era un lugar muy frecuentado por la gente pues, al parecer, estaba protegido contra el viento por una muralla.

Pronto, un grupo de judíos hacen corro alrededor de Jesús. El diálogo es tenso. Los judíos lo acosan con sus preguntas. Jesús les critica porque no aceptan su mensaje ni su actuación. En concreto, les dice: «Vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas». ¿Qué significa esta metáfora?

Jesús es muy claro: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco; ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna». Jesús no fuerza a nadie. Él solamente llama. La decisión de seguirle depende de cada uno de nosotros. Solo si le escuchamos y le seguimos, establecemos con Jesús esa relación que lleva a la vida eterna.

Nada hay tan decisivo para ser cristiano como tomar la decisión de vivir como seguidores de Jesús. El gran riesgo de los cristianos ha sido siempre pretender serlo, sin seguir a Jesús. De hecho, muchos de los que se han ido alejando de nuestras comunidades son personas a las que nadie ha ayudado a tomar la decisión de vivir siguiendo sus pasos.

Sin embargo, ésa es la primera decisión de un cristiano. La decisión que lo cambia todo, porque es comenzar a vivir de manera nueva la adhesión a Cristo y la pertenencia a la Iglesia: encontrar, por fin, el camino, la verdad, el sentido y la razón de la religión cristiana.

Y lo primero para tomar esa decisión es escuchar su llamada. Nadie se pone en camino tras los pasos de Jesús siguiendo su propia intuición o sus deseos de vivir un ideal. Comenzamos a seguirle cuando nos sentimos atraídos y llamados por Cristo. Por eso, la fe no consiste primordialmente en creer algo sobre Jesús sino en creerle a él.

Cuando falta el seguimiento a Jesús, cuidado y reafirmado una y otra vez en el propio corazón y en la comunidad creyente, nuestra fe corre el riesgo de quedar reducida a una aceptación de creencias, una práctica de obligaciones religiosas y una obediencia a la disciplina de la Iglesia.

Es fácil entonces instalarnos en la práctica religiosa, sin dejarnos cuestionar por las llamadas que Jesús nos hace desde el evangelio que escuchamos cada domingo. Jesús está dentro de esa religión, pero no nos arrastra tras sus pasos. Sin darnos cuenta, nos acostumbramos a vivir de manera rutinaria y repetitiva. Nos falta la creatividad, la renovación y la alegría de quienes viven esforzándose por seguir a Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).