«Los corazones de los israelíes y los palestinos se llenan de odio»

Michel Sabbah: “En Gaza no hay guerra sino una masacre, una masacre inútil”. El Patriarca emérito de Jerusalén: «No hará avanzar a Israel ni un paso hacia la seguridad». «No es una guerra, sino una masacre. Una masacre inútil, que no hará avanzar ni un paso a Israel hacia la paz y la seguridad. Por el contrario, con todos estos sacrificios humanos, los corazones de los israelíes y los palestinos se llenan de odio».

LA MEMORIA SEXUAL: BASE BIOLÓGICA DE LA SEXUALIDAD HUMANA

LA MEMORIA SEXUAL: BASE BIOLÓGICA DE LA SEXUALIDAD HUMANA

FE ADULTA

Escrito por  Leonardo Boff

Para comprender en profundidad la sexualidad humana, tenemos que entender que ella no existe aislada, sino que representa un momento de un proceso mayor: el biogénico.

La nueva cosmología nos habituó a considerar cada realidad singular dentro del todo que viene siendo urdido desde hace 13.700 millones de años y de la vida hace 3.800 millones de años. Las realidades singulares (elementos físico-químicos, microorganismos, rocas, plantas, animales y seres humanos) no se yuxtaponen, se entrelazan en redes interconectadas constituyendo una totalidad sistémica, compleja y diversa. Leer más

Ofensiva contra Gaza

Javier Aisa Gómez de Segura, periodista
(Espacio REDO):  www.espacio-redo.es

La violencia extrema no cesa en la franja de Gaza, donde las condiciones de vida de sus habitantes se pudren cada vez más. Ahora, con durísimos bombardeos, los desplazamientos forzosos y la incursión terrestre.

En Gaza, Israel ha optado otra vez por las armas frente a Hamas. No existe simetría en el enfrentamiento entre las dos partes. Israel dispone de una aplastante superioridad en tropas, armamento y capacidad de provocar víctimas y daños en infraestructuras. Como es habitual, las autoridades de Tel Aviv se han olvidado de la diplomacia. A estas circunstancias se suman tres elementos esenciales que configuran el problema: la ocupación de más del 65% de Cisjordania; el imparable desarrollo de las colonias judías en esa misma tierra, que impide la paz al eliminar la posibilidad de un estado palestino viable; y la política del ejecutivo israelí de establecer un Estado nacional judío, que reduce a la marginalidad a los palestinos y prácticamente les impulsa al destierro. Leer más

«LO QUE NO ES EL REINO DE DIOS», por Enrique Martínez Lozano Mt 13, 44-52

17 DOMINGO T.O.

FE ADULTA

Jesús lo tiene claro: el «Reino de los cielos» es el tesoro por antonomasia, aquel que, al descubrirlo, llena de gozo desbordante y te capacita para desprenderte de todo lo demás.
El siguiente paso consiste en preguntarnos en qué consiste exactamente ese «Reino de los cielos».
Durante mucho tiempo, se pensó que se trataba del cielo posterior a la muerte, o de la fe que nos garantizaba la salvación, o incluso de la propia Iglesia. Sin embargo, estas lecturas nos resultan hoy insuficientes y, en último término, inadecuadas para comprender lo que Jesús quería transmitir.

El «Reino de Dios» no es el «cielo».

Uno de los motivos por el que se cayó en esa confusión se debió al hecho de que fuera el propio evangelio de Mateo –el más leído en toda la historia de la Iglesia- el que hablara de «Reino de los cielos». Sin embargo, es claro que tal denominación se debe únicamente al hecho de que, en el judaísmo, se evitaba pronunciar el nombre divino, sustituyéndolo por algún otro término equivalente: Señor, Altísimo, Gloria, Cielos… Pero parece claro que Jesús no hablaba de un reino que sería posible «post mortem», sino del «Reinado de Dios» en medio de nuestra vida, aquí y ahora.
Al identificarlo con el cielo, el proyecto de Jesús se espiritualizó y se pospuso, al tiempo que, en la práctica, fue adquiriendo un tono cada vez más doctrinal y más individualista, en una línea similar a como se entendía la «salvación del alma».
Pero a Jesús no le preocupaba el «más allá» de la muerte, sino el «más acá» de la vida de los humanos. Por eso, no habla del «tesoro» como de una realidad futura, sino como un acontecimiento presente, que solo necesita ser descubierto, acogido y vivido.
Para él, el «Reino de Dios» constituye el secreto último de lo real: por eso es fuente de gozo y, al mismo tiempo, de transformación personal en radicalidad. Se trata, en definitiva, de otro modo de ver y, en consecuencia, de otro modo de vivir.

El «Reino de Dios» no es equivalente a la fe.

A veces se ha identificado el Reino con una adhesión mental a determinadas creencias. El motivo es que, según se enseñaba, era precisamente la fe la que garantizaría nuestra salvación eterna. De ahí que se concluyera que se entraba en el Reino a través de la fe.
Sin embargo, el Reino no es objeto de fe, del mismo modo que un tesoro no es algo «creído», sino descubierto. Por eso, al reducirlo a un objeto de fe, el tesoro dejaba de ser tal, porque no se veía ni se experimentaba.

El «Reino de Dios» no es la Iglesia.

Durante siglos, en una eclesiología que no está del todo superada, se llegó a identificar, en la práctica, el Reino con la Iglesia, a veces incluso contraponiéndola con el «reino del mundo».
Esta confusión llevó a absolutizar la Iglesia –y el poder jerárquico dentro de ella- y a vivirla enfrentada al «mundo», que se consideraba pecador y adversario. Las consecuencias de tal postura se manifestaron pronto en forma de dualismo casi maniqueo, fundamentalismo, fanatismo y proselitismo.
Si tenemos en cuenta que Jesús ni siquiera fundó una iglesia, advertiremos fácilmente que tal «deslizamiento» –del Reino a la Iglesia- no solo carecía de cualquier fundamento, sino que fue origen de peligrosos malentendidos y de creencias sectarias.
El «Reino (reinado) de Dios» es una expresión que designa el proyecto de Jesús. Con él se apunta a un tipo de comunidad humana regida por la fraternidad, desde la consciencia de compartir el mismo origen y la misma fuente (Dios, «Abba»).
Y dado que «el Padre y yo somos uno», y nuestro fondo es el mismo y único fondo de todo lo real, el «Reino de Dios» es otro nombre más para referirnos a él, a ese fondo que constituye nuestra verdadera identidad.
Desde esta perspectiva –y me parece que así es como lo vivía y lo anunciaba Jesús-, no cabe ningún dualismo ni tampoco ningún exclusivismo. El Reino de Dios no esta separado de nada ni deja nada fuera, sino que es el fondo común que todos compartimos.
Y no se trata, según el propio Jesús, de creer en él, sino de verlo. Cuando «tocamos» ese fondo que nos constituye –y constituye todo lo real- hemos descubierto y palpado el tesoro, nos llenamos de alegría y «vendemos» (nos despojamos de) lo que tenemos para hacernos con él y vivirnos desde él.

 

Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com

 

17 tiempo ordinario, «LA DECISIÓN MÁS IMPORTANTE», José A. Pagola

Mateo 13, 44-52
LA DECISIÓN MÁS IMPORTANTE
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA .- El evangelio recoge dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y decisión lo que tienen, y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que descubren el reino de Dios.

Al parecer, Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre, que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo así hacia su salvación definitiva en Dios.

¿Qué podemos decir hoy después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué tantos cristianos buenos viven encerrados en su práctica religiosa con la sensación de no haber descubierto en ella ningún “tesoro”? ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?

Después del Concilio, Pablo VI hizo esta afirmación rotunda: ”Solo el reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo”. Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: “La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento”. El Papa Francisco nos viene repitiendo: “El proyecto de Jesús es instaurar el reino de Dios”.

Si ésta es la fe de la Iglesia, ¿por qué hay cristianos que ni siquiera han oído hablar de ese proyecto que Jesús llamaba “reino de Dios”? ¿Por qué no saben que la pasión que animó toda la vida de Jesús, la razón de ser y el objetivo de toda su actuación, fue anunciar y promover ese proyecto humanizador del Padre: buscar el reino de Dios y su justicia?

La Iglesia no puede renovarse desde su raíz si no descubre el “tesoro” del reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio.

El Papa Francisco nos está diciendo que “el reino de Dios nos reclama”. Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas es la de recuperar el proyecto del reino de Dios con alegría y entusiasmo.

 

DIOS ES LA SEMILLA, QUE YA ESTÁ EN MÍ

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Mt 13, 1-23

Hoy no hay un contexto especial, porque Mt agrupa siete parábolas en un solo capítulo, el 13, que hoy comenzamos a leer. Es muy poco probable que Jesús haya dicho todas estas parábolas de una sentada. Seguramente tienen razón Mc y Lc al colocarlas en distintas circunstancias. Lo cierto es que la parábola es un género literario muy apropiado para hablar de realidades trascendentes. Al partir del conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, trata de proyectar nuestra conciencia hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola por estar pegada a la vida misma, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo y las culturas.

El relato en sí no es significativo. A mí poco me importa cómo nace y da fruto la semilla. Pero ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. Esta propuesta solo se puede hacer con un relato. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En esta parábola, la ruptura se produce al final. En la Palestina del tiempo de Jesús, el diez por uno, se consideraba una excelente cosecha. Tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno. ¡Una locura!

El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope, por otra abierta a una nueva realidad llene da sentido. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y a descubrir posibilidades insospechadas. La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y a decir más de lo que se puede decir con palabras, al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye, debe hacer realidad la utopía del relato y empezar a vivir de acuerdo con lo narrado.

La explicación que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas no admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. La alegorización de la parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta extraer consecuencias morales. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal no retórica, sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone. Si no se toma una decisión, es que ya se ha definido la postura: continuar con la propia manera de ver y vivir la realidad.

Los exegetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. En línea con la primera lectura, pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesita unas mínimas condiciones para desarrollarse.

No debemos dar ninguna importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede dar sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Tenemos que comprender que el Reino puede estar creciendo cuando el número de los cristianos está disminuyendo. Su plena manifestación depende solo de mí.

Más tarde se dio a la parábola un cariz distinto, insistiendo en la disposición de los receptores, y dando toda la importancia a las condiciones de la tierra. Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar. En la misma parcela hay tierra buena, piedras y zarzas.

No debemos identificar la «semilla» con la Escritura. Lo que llamamos «Palabra de Dios», es ya un fruto de la semilla. Es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera «semilla», es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva millones de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, pero su manera de actuar es paciente. La evolución ha sido posible gracias a infinitos fracasos.

Podemos recordar el prólogo de Jn. «En el principio ya existía La Palabra»; «y la palabra era Dios»; «En la Palabra había Vida». La semilla es el mismo Dios-Vida germinando en cada uno de nosotros. Dios está sus criaturas y se manifiesta en todas ellas como algo tan íntimo que constituye la semilla de todo lo que es. No debemos dar a entender que nosotros los cristianos somos los privilegiados que hemos recibido la semilla (Escritura). Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera (a boleo). Dios no se nos da como producto elaborado, sino como semilla, que cada uno tiene que dejar fructificar.

Generalmente caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. «Dar fruto» sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta, gracias a mi presencia en ella. Esa meta de la creación es la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación; se trataría de que por mi culpa no pierda el sentido que ya tiene. En el fondo, mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia la consecución de su objetivo final.

Porque se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto me hago menos humano. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis mejores posibilidades de ser. Hemos llegado a lo que es la esencia de lo humano.

«El que tenga oídos que oiga». Esa advertencia vale para nosotros hoy igual que para los que la oyeron de labios de Jesús. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos, los que nos mantienen atados a falsas seguridades, que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes. El aferrarnos a esas seguridades es lo que sigue impidiendo una respuesta al mensaje, adecuada a nuestra situación actual. El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.

Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Se trata de situarse en la vida con un sentido nuevo de pertenencia, una vez superada la tentación del individualismo egocéntrico. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mimos, con los demás y con las cosas.

Cada uno debe hacer un cuidadoso análisis para descubrir lo que impide que la semilla dé fruto en mí. La dureza del camino, las piedras, las zarzas son ejemplos que nos deben guiar en la búsqueda de nuestros propios impedimentos. A mí el ansia de riquezas o poder no me dice nada; pero el afán de tener siempre razón puede arruinar mi vida espiritual. Debemos tener claro que si la semilla no da fruto, es porque algo se lo impide. La tierra es siempre buena si no se interponen obstáculos para que la semilla germine.

 

Meditación-contemplación

«El resto cayó en tierra buena y dio grano».

«Dios no da el Espíritu con medida» (Jn 3, 34)

Dios se da totalmente, absolutamente, siempre y a todos.

Experimenta esta verdad y cambiará tu vida.

……………

Descubrir a Dios como amor dinámico,

Es la base de toda experiencia religiosa.

Todo lo que Dios es, lo tienes a tu alcance.

Todo lo que tú eres y puedes ser, depende de ese don.

…………….

Recibe la semilla y deja que se desarrolle en ti.

No intentes tirar de ella para que crezca más deprisa.

Todo crecimiento tiene su propio ritmo.

Ten confianza, en la semilla ya está el árbol completo.

…………….

Fray Marcos

 

FRANCISCO EN EL «MAR DE LOS SARGAZOS»

FE ADULTA

Vemos al papa Francisco casi a diario. Sus palabras y gestos impactan. Pero más allá de ellos, ¿qué estamos viviendo, como Iglesia, en este tiempo de gracia que nos ha regalado el Señor? Hace pocos días, de visita en Estados Unidos, el teólogo José Antonio Pagola definía la acción de Francisco de esta manera: «Todos los días, con sus gestos, con sus palabras y con su vida entera, nos está arrastrando hacia Jesús y el Evangelio (…) No se queda en recuperar el espíritu y las líneas de fuerza del Vaticano II. Nos dice que hemos de volver a Jesucristo». Pagola describe el ministerio de Francisco como un recorrido, un viaje hacia Jesús. El mismo Papa lo ha explicitado en la entrevista publicada por La Vanguardia de Barcelona: «Para mí, la gran revolución es ir a las raíces, reconocerlas y ver lo que esas raíces tienen que decir al día de hoy. Leer más

El gran obstáculo de la renovación, algunos obispos. Veto a una entrevista a Pagola en Galicia

Censura episcopal. No pesa ninguna orden de busca o captura contra José Antonio Pagola, no es un hereje y sus libros no están condenados. Y la realidad me está dando la razón, por desgracia. Más allá de un tímido cambio de lenguaje, que en algunos obispos suena claramente impostado, no solo no se está produciendo un cambio de actitud, sino que algunos hechos revelan un claro «sostenella y no enmendalla». Pero la estructura mental del fundamentalismo, esa misma que, según el papa Francisco, «es violencia en nombre de Dios», pudo más. Otra vez. Solo que en esta ocasión se produce en un medio de comunicación público, que debe ser garante de los más elementales valores democráticos.

Los obispos se plantan: las claves para la supervivencia de 13TV

La escena se produjo durante la última Comisión Permanente del Episcopado. En uno de los pasillos de la calle Añastro (sede de la Conferencia Episcopal), uno de los obispos que sigue con mayor preocupación la deriva de los medios de comunicación propiedad de la Iglesia (Cope y 13tv) exigía, casi a gritos, cambios urgentes a los responsables del canal televisivo. Cambios en el modelo y en las personas que llevan la línea editorial de la cadena, que hasta los propios obispos reconocen demasiado escorada a la derecha. «Cambia ya o echamos el cierre», se le oyó decir.