Una nueva base de la ética

Jesús Gil García

ATRIO

(Leyendo al obispo anglicano J. Sh. Spong)*

La base sobre la que se ha sustentado la moral cristiana ha sido la entrega de las tablas de la ley por parte de Dios (Yavhe) a Moisés. Esos mandamientos procedentes de Dios han sido la norma de la fidelidad del buen creyente. Pero este acontecimiento hoy ya no se sostiene. La nueva base de la ética cristiana no hay que buscarla en el Dios teísta, ni fuera de la vida, sino en el centro de nuestra humanidad, en los valores que realizan a las personas. Leer más

Pascua

José Arregi

El laurel y el sauce han florecido, las yemas del chopo revientan, canta el zorzal en lo más alto de la rama, la primera luna llena de la primavera resplandece en la noche. Es la Pascua de la vida que renace cada año: hace miles de años la celebraban los agricultores con el pan de las primeras gavillas, y los pastores con la carne de los primeros corderos. La vida es imparable y siempre nueva, como el Espíritu o la Ruah que respira en todo  y reanima lo que parece muerto. Leer más

DOMINGO DE RESURRECCIÓN, José Enrique Galarreta, S.J.

José Enrique Galarreta, S.J.

HECHOS DE APÓSTOLES 10, 34 y 37-43

… Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él… Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó…

El texto recoge un sermón de Pedro en Cesarea, en casa del centurión Cornelio, y es un perfecto resumen de la fe de las primeras comunidades. Jesús de Nazaret, un hombre «ungido»: es el signo de la elección de los reyes en el Antiguo Testamento. Significa que es «el elegido de Dios». La unción consiste en que está lleno del Espíritu; por eso pasó haciendo el bien y curando, liberando de la esclavitud del mal. Todo esto se explica «porque Dios estaba con Él». Esta fe de que Dios estaba con él fue puesta a prueba cuando lo mataron en la cruz. Pero esa misma fe resucitó cuando vieron vivo, cuando esos mismos discípulos cuya fe vacilaba «comieron y bebieron con él después de su resurrección».

Se formula aquí por tanto la esencia del discípulo: testigo de Jesús, que ha reconocido en él la presencia del Espíritu.

Apenas se puede exagerar la importancia de este texto: nos muestra la primera cristología, probablemente la más antigua; NOS DICE EN QUÉ CONSISTE LA FE DE LOS TESTIGOS.

Cuando Jesús muere vencido por sus enemigos, la conclusión oficial de Israel, y la de cualquier israelita normal es: «Dios no estaba con Él». La experiencia pascual se formula en el primer momento como inversión de esa afirmación: «Dios estaba con Él», no con los que le crucificaron à «Tenía razón», una razón que viene del mismo Dios.

Este «Dios estaba con él» es la motivación por la que adoptamos los criterios y los valores de Jesús, por la que nos ponemos de su lado y del lado de todos los crucificados del mundo. Porque la apariencia, e incluso una religiosidad no poco frecuente es que tener suerte en el mundo, dinero, status etc. etc., son bendiciones de Dios, lo que implica que Dios está con ésos. Pues no, Dios está con Jesús el crucificado y con los crucificados como él: y hay que tomar partido.

 

COLOSENSES 3, 1-4

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra….

Se repite el mismo mensaje que leíamos durante la Vigilia Pascual en la carta a los romanos. Estáis resucitados, vivid una vida nueva; no os conforméis con los bienes de barro, aspirad a los bienes del Espíritu, los bienes de arriba, los superiores. los definitivos, los valores de Jesús.

Pablo repite sus mismas fórmulas: habéis muerto, y el mundo y sus valores han muerto para vosotros. Vuestros valores no lo son para el mundo, pero sí para Dios. Y se insiste en el mensaje de la esperanza: éstos son los valores del futuro, los que un día se revelarán como verdaderos y definitivos. Todo esto es evidente aplicación del «Dios estaba con él» que acabamos de leer.

José Enrique Galarreta, S.J.

DOMINGO 1º DE PASCUA, Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Jn 20, 1-9

La realidad pascual es, tal vez, la más difícil de reflejar en conceptos mentales. La palabra Pascua (paso) tiene unas connotaciones bíblicas que pueden llenarla de significado, pero también nos pueden despistar y enredarnos en un nivel puramente terreno que nada nos dice de lo que estamos celebrando. Lo mismo pasa con la palabra resurrección, también ésta nos constriñe en una connotación de vida y muerte biológicas, que nada tiene que ver con lo que pasó en Jesús y con lo que tiene que pasar en cada uno de nosotros.

La Pascua bíblica fue el paso de la esclavitud a la libertad, pero entendidas de manera material y directa. También la Pascua cristiana debía tener ese efecto de paso, pero en un sentido completamente distinto. En Jesús, Pascua significa el paso de la MUERTE a la VIDA; las dos con mayúsculas, porque no se trata ni de la muerte física ni de la vida biológica. El evangelio de Jn lo explica muy bien en el diálogo de Jesús con Nicodemo. «Hay que nacer de nuevo». Y «De la carne nace carne, del espíritu nace espíritu». Sin este paso, es imposible entrar en el Reino de Dios.

Cuando el grano de trigo cae en tierra, «muriendo», desarrolla una nueva vida que ya estaba en él en germen. Cuando ya ha crecido el nuevo tallo, no tiene sentido preguntarse que pasó con el grano. La Vida que los discípulos descubrieron en Jesús, después de su muerte, ya estaba en él antes de morir, pero estaba velada. Solo cuando desapareció como viviente biológico, se vieron obligados a profundizar. Al descubrir que ellos poseían esa Vida comprendieron que era la misma que Jesús tenía antes y después de su muerte.

Teniendo esto en cuenta, podemos intentar comprender el término resurrección, que empleamos para designar lo que pasó en Jesús después de su muerte. En realidad, no pasó nada. Con relación a su Vida Espiritual, Divina, Definitiva, no está sujeta al tiempo ni al espacio, por lo tanto no puede «pasar» nada; simplemente continúa. Con relación a su vida biológica, como toda vida, era contingente, limitada, finita, y no tenía más remedio que terminar. Como acabamos de decir del grano de trigo, no tiene ningún sentido preguntarnos qué pasó con su cuerpo. Un cadáver no tiene nada que ver con la vida.

Pablo dice: Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Pero un Jesús en cuerpo, saltando de la ceca a la meca, o travesando paredes y puertas cerradas, para colocarlo después en el cielo a la derecha de Dios, no nos serviría de gran cosa. Yo diría: Si nosotros no resucitamos, nuestra fe es vana, es decir vacía. Aquí debemos buscar el meollo de la resurrección. La Vida de Dios, manifestada en Jesús, tenemos que hacerla nuestra, aquí y ahora. Si nacemos de nuevo, si nacemos del Espíritu, esa vida es definitiva. No tenemos que temer la muerte biológica, porque no la puede afectar para nada. Lo que nace del Espíritu es Espíritu. ¡Y nosotros empeñados en utilizar el Espíritu, para que permanezca nuestra carne!

Los discípulos pudieron experimentar como resurrección la presencia de Jesús después de su muerte, porque para ellos, efectivamente, había muerto. Y no hablamos solo de la muerte física, sino del aniquilamiento de la figura de Jesús. La muerte en la cruz significaba precisamente esa destrucción total de una persona. Con ese castigo se intentaba que no quedase de ella, ni el recuerdo. Los que le siguieron entusiasmados durante un tiempo, vieron como se hacía trizas su persona. Aquel en quien habían puesto todas sus esperanzas, había terminado aniquilado por completo. Por eso la experiencia de que seguía vivo, fue para ellos una verdadera resurrección.

Hoy nosotros tenemos otra perspectiva. Sabemos que la verdadera Vida de Jesús, la divina no puede ser afectada por la muerte física, y por lo tanto, no cabe en ella ninguna resurrección. Pero con relación a la muerte biológica, no tiene sentido la resurrección, porque no añadiría nada al ser de Jesús. Como ser humano era mortal, es decir su destino natural es la muerte. Nada ni nadie puede detener ese proceso, que nos es de destrucción si no de maduración. Cuando vemos la espiga de trigo que está madurando, ¿a quién se le ocurre preguntar por el grano que la ha producido y que ha desaparecido? El grano está ahí, pero desplegado en todas sus posibilidades de ser, que antes sólo eran en él, germen.

Meditación-contemplación

Si no he resucitado, mi fe sigue siendo vana.
Comprender lo que pasó en Jesús no es el objetivo.
Es solo el medio para saber qué tiene que pasar conmigo.
También yo tengo que morir y resucitar, como Jesús.
………………..

No se trata de morir físicamente
ni de una resurrección corporal.
Como Jesús tengo que morir al egoísmo
y nacer del Espíritu al verdadero amor a los demás.
…………

Día a día tengo que morir a todo lo terreno.
Día a día tengo que nacer a lo divino.
Ni muerte ni resurrección terminan mientras viva.
Pero cuanto más muera, más Vida habré conseguido.
………………………….

 

Fray Marcos

 

Entrevista a Gabriel Hualde, sociólogo y miembro de la Asociación Solasbide

GABRIEL HUALDE, sociólogo
Entrevista:
JAVIER PAGOLA

  • “Las religiones ofrecen una visión de la vida en la que el Nosotros precede al Yo”
  • “Una religión sacralizada aliena, oprime, y puede llegar a justificar las mayores inhumanidades”
  • “Fe ciega, intolerancia y violencia no son exclusivas de las religiones monoteístas. Hemos padecido salvapatrias que aún hoy nos acechan”
  • “No soy partidario de un Estado confesional, pero tampoco de laicismos que sitúan a la religión en un marco solo privado”

La Asociación Solasbide, vía para el diálogo, perteneciente al movimiento internacional de profesionales e intelectuales católicos Pax Romana, ha celebrado en Pamplona un encuentro de reflexión sobre el tema “Las religiones y la convivencia democrática”. La jornada tuvo como introductor del debate al sociólogo Gabriel Hualde. Leer más

SOLO EXISTE LA VIDA, Enrique Martínez Lozano

SOLO EXISTE LA VIDA

Escrito por  Enrique Martínez Lozano
FE ADULTA

Jn 20, 1-9

El simbolismo de este texto, de una riqueza extraordinaria, empieza jugando con contrastes. Para quien ha vivido la experiencia, se trata del «primer día de la semana»; para María Magdalena, sin embargo, todavía es de noche: «está oscuro».

Sabemos que para el autor del cuarto evangelio, la noche es sinónimo de oscuridad, confusión, ignorancia; el «primer día», por el contrario, alude a la «nueva creación». A la oscuridad de quienes aún no lo han experimentado, los testigos proclaman: Jesús ha resucitado y su resurrección constituye una «nueva creación» del mundo, sobre cimientos de vida y certeza definitivas.

Un contraste similar es el que muestra a María marchando al sepulcro –el «sepulcro» es el lugar de la muerte y de la desesperanza-, cuando la realidad es que «la losa estaba quitada», es decir, la muerte había sido vencida. Imagen que, entre líneas, nos sugiere algo profundamente sabio: debajo de cada «losa» que parezca aplastarnos, hay vida que quiere resucitar.

Más profundamente aún, no hay ninguna «losa»: nada es capaz de aplastar la vida. Cualquier «losa» que nuestra mente pueda imaginar ha sido ya «quitada»: lo que somos, se halla siempre a salvo; la vida no puede ser derrotada.

Pero María sigue sin «ver» –no ve más allá del Jesús difunto- y recurre a una explicación «racional»: «Se lo han llevado». Con todo, no deja de buscar; echa a correr… y contagia a los discípulos en su misma búsqueda, aunque también estos no piensan más que en el «sepulcro», es decir, en la muerte como final.

Continúa el simbolismo: lo que ven no es al Resucitado, sino «vendas» y «sudario». Pero tanto las vendas como el sudario no son elementos que «produzcan» por sí mismos la fe en la resurrección: es lo que le ocurre a Pedro. Se requiere una forma de «ver» que vaya más allá de la materialidad, o mejor, que sepa descubrir en lo material la Presencia inmaterial que todo lo ocupa y alienta.

Quien sabe «ver» de ese modo es «el otro discípulo, a quien quería Jesús». Se trata del «discípulo amado» que, en el cuarto evangelio, es imagen del verdadero discípulo.

En el plano simbólico, es indudable que el amor –que «corre» más deprisa que la autoridad- capacita para ver. Vienen a la memoria palabras como las de Pascal: «El corazón tiene razones que la razón no conoce»; o las de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry: «Lo esencial es invisible a los ojos; solo se ve bien con el corazón». Y es que el amor, por su propia estructura integradora y unificadora, nos hace descubrir la dimensión más profunda de lo real que, de otro modo, se nos escapa.

El relato, pues, es una catequesis: toda una invitación a saber mirar con el corazón para poder descubrir, en las «vendas» que nos rodean, al Resucitado, la Presencia de Lo Que Es.

«Vendas» son todo deseo de superación; las ganas que sentimos de ser mejores; el anhelo de vivir; el amor a los demás y la capacidad de perdón; el anhelo de plenitud; la belleza de lo que nos rodea; la vivencia del gozo; la esperanza mantenida, en medio del sufrimiento; el silencio; la vivencia del Presente; la oración; el encuentro personal; la experiencia de ser transformados; la Eucaristía compartida…

Lo que ocurre es que la mente dual no sabe qué hacer con esas «vendas». Las ve únicamente como «objetos» separados, realidades aisladas, debido a su propia incapacidad de percibir la Unidad de todo.

Necesitamos acallar la mente, para poder ver «más allá» (más acá) y acceder así a aquella experiencia transpersonal que los discípulos vivieron y nos comunicaron, con las categorías propias de su «idioma» cultural. Experiencia que puede resumirse en una afirmación: la vida no es «algo» que tenemos y podemos perder; somos vida y el engaño radical consiste en creernos separados o desgajados de ella. No somos un yo particular que tiene vida; somos la Vida que se expresa temporalmente en la forma de este yo particular.

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

VIGILIA PASCUAL, Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Mc 16, 1-7

El centro de esta vigilia no es un cuerpo, ni muerto ni vivo, sino el fuego y el agua. Ya tenemos la primera clave para entender lo que estamos celebrando en la liturgia más importante de todo el año. Fuego y agua son los dos elementos indispensables para la vida biológica. Del fuego surgen dos cualidades sin las cuales no puede haber vida: luz y calor. El agua es el elemento fundamental para formar un ser vivo. El 80% de cualquier ser vivo, incluido el hombre, es agua. El recordar nuestro bautismo es la clave para descubrir de qué Vida estamos hablando. Hoy, fuego y agua simbolizan a Jesús porque le recordamos VIVO y comunicando Vida. Este es el centro de la experiencia pascual.

La vida que esta noche nos interesa, no es la física, ni la psíquica, sino la trascendente. Por no tener en cuenta la diferencia entre estas vidas, nos hemos armado un buen lío con la resurrección de Jesús. La vida biológica no tiene ninguna importancia para la realidad que estamos tratando. «El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre». La psíquica tiene importancia, porque es la que nos capacita para alcanzar la espiritual. Solo el ser humano, que es capaz de conocer y de amar, puede acceder a la Vida divina. Si nuestra preocupación se limita a lo biológico, estamos perdidos.

Lo que estamos celebrando esta noche, es la llegada de Jesús a esa meta. Jesús, como hombre, alcanzó la plenitud de Vida. Posee la Vida definitiva, que es la Vida de Dios. Esa vida ya no puede perderse porque es plena y eterna. Podemos seguir empleando el término «resurrección», pero creo que no es hoy el más adecuado para expresar esa realidad divina. Inconscientemente lo aplicamos a la vida biológica y psicológica, porque es lo que nosotros podemos sentir, es decir descubrir por los sentidos.  Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo o palpando.

Ni vivo ni muerto ni resucitado, nadie puede descubrir su divinidad. Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo, no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, solo puede ser objeto de fe. Para los apóstoles como para nosotros se trata de una experiencia interior. A través del convencimiento de que Jesús les está dando VIDA, descubren que él tiene que estar VIVO.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la Vida. Por eso tiene en esta vigilia tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. Cristiano es el que está constantemente muriendo y resucitan­do. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, y naciendo a la verdadera Vida, la divina. Tenemos del bautismo una concepción estática que nos impide vivirlo. Creemos que hemos sido bautizados un día a una hora determinada y que allí se realizó un milagro que permanece por sí mismo. Para descubrir el error, hay que tomar conciencia de lo que es un sacramento.

Todos los sacramentos están constituidos por dos elementos: un signo y una realidad significada. El signo es lo que podemos ver oír, tocar. La realidad significada ni se ve ni se oye ni se palpa, pero está ahí siempre porque depende de Dios que está fuera del tiempo. En el bautismo, la realidad significada es esa Vida divina que significamos para hacerla presente y vivirla. Un día han hecho el signo sobre mí, pero vivir lo significado es tarea de toda la vida. Todos los días tengo que estar haciendo mía esa Vida. Y el único camino para hacer mía la Vida de Dios que es AMOR, es superando el ego-ísmo, es decir, amando.

 

Fray Marcos

La cruz es la máxima expresión de Vida

Fray Marcos  –  VIERNES  SANTO  (B)

(Is 52,13-53,12) “Cuando entregue su vida como expiación, prolongará sus años”.

(Heb 4,14-5,9) “Él, a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer”.

(Jn 18,1-19,42) Tú lo dices: soy Rey. Yo he nacido para ser testigo de la verdad.

La cruz es la máxima expresión de Vida. Ni es fácil ni es cómodo aceptar este planteamiento. La única manera de desplegar la Vida es muriendo.

Las tres partes en que se divide la liturgia de este viernes expresan perfectamente el sentido de la celebración. La liturgia de la palabra nos pone en contacto con los hechos que estamos conmemorando y su anuncio profético en el AT. La adoración de la cruz nos lleva al reconocimiento de un hecho insólito que tenemos que tratar de asimilar y desentrañar. La comunión nos recuerda que la principal ceremonia litúrgica de nuestra religión es la celebración de una muerte en la que podemos descubrir la Vida.

Se han dicho tantas cosas y tan disparatadas sobre la muerte de Jesús que no es nada fácil hacer una reflexión sencilla y coherente sobre su significado. Se ha insistido, y se sigue insistiendo tanto en lo externo, en lo “folklórico”, en lo sentimental, que es imposible olvidarnos de todo eso e ir al meollo de la cuestión. No debemos seguir insistiendo en el sufrimiento. No es el dolor lo que nos salva. Tampoco debemos apelar a la voluntad de Dios. Menos aún “sucedió para que se cumplieran las Escrituras”. Ese amor manifestado en el servicio a los demás es lo que demuestra su verdadera humanidad y, a la vez, su plena divinidad. Mientras el cristianismo siga siendo un ropaje exterior nos podemos sentir abrigados y protegidos, pero no nos cambia interiormente; y por tanto no nos salva.

¿Qué añade la muerte de Jesús a la buena noticia del evangelio? Aporta una increíble dosis de autenticidad. Sin esa muerte y sin las circunstancias que la envolvieron hubiera sido mucho más difícil para los discípulos dar el salto a la experiencia pascual. La muerte de Jesús es sobre todo un argumento definitivo a favor del AMOR. En la muerte Jesús dejó absolutamente claro que el amor era más importante que la misma vida. Aquí podemos y debemos encontrar el verdadero sentido de esa muerte.

La muerte de Jesús, como resumen de toda su vida, nos lo dice todo sobre su persona. También nos dice todo sobre nosotros mismos, si nuestro modelo de ser humano es el mismo que tuvo él. Además nos lo dice todo sobre el Dios de Jesús, y sobre el nuestro si es que es el mismo. Sobre Jesús nos dice que fue plenamente un ser humano. Que en él la encarnación fue absoluta. Una trayectoria humana que comenzó naciendo, como la de todos los hombres, nos demuestra que las limitaciones humanas, incluida la muerte, no impide al hombre alcanzar su plenitud. Esa plenitud la puso él en el amor incondicional y total.

La buena noticia de Jesús fue que Dios es amor. Pero ese amor se manifiesta de una manera insospechada y desconcertante. El Dios manifestado en Jesús es tan distinto de todo lo que nosotros podemos llegar a comprender que, aún hoy, seguimos sin asimilarlo. Como no aceptamos un Dios que se da infinitamente y sin condiciones, no acabamos de entrar en la dinámica de relación con Él que nos enseñó Jesús. El tipo de relaciones de toma y daca que desplegamos entre nosotros los humanos no puede servir para aplicarlas al Dios de Jesús. Por eso el Dios de Jesús nos desconcierta y nos deja sin saber a qué atenernos.

Un Dios que siempre está callado y escondido, incluso para una persona tan fiel como Jesús, ¿qué puede aportar a mi vida? Es realmente difícil confiar en alguien que no va a manifestar nunca lo que es. Es muy complicado tener que descubrirle en lo hondo de mi ser pero sin añadir nada a mi ser, sino constituyéndose en la base y fundamento de mi ser o, mejor, que es parte de mi ser en lo que tiene de fundamental.

Nos descoloca un Dios que es impasible al dolor humano, sin darnos cuenta de que al aplicar a Dios sentimientos lo estamos haciendo a nuestra propia imagen. Naturalmente, al hacerlo, nos estamos fabricando nuestro propio ídolo. Nuestra imagen de Dios siempre tendrá algo de ídolo, pero nuestra obligación es ir purificándola cada vez más.

Un Dios que nos exige deshacernos, disolvernos, aniquilarnos en beneficio de los demás, no para tener en el más allá un “ego” más potente (los santos) sino para quedar incorporados a su SER, que es ya ahora nuestro verdadero ser, no puede ser atrayente para nuestra conciencia de individuos y de personas. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere permanece solo, pero si muere da mucho fruto”. Éste es el nudo gordiano que nos es imposible desenredar. Éste es el rubicón que no nos atrevemos a pasar.

La muerte de Jesús deja claro que su objetivo es imitar a Dios. Si Él es Padre nuestra obligación es la de ser hijos. Ser hijo es salir al padre, imitar al padre de tal modo que viendo al hijo se descubra y se conozca perfectamente cómo es el padre. Esto es lo que hizo Jesús, y ésta es la tarea que nos dejó si de verdad somos sus seguidores. Pero el Padre es amor, don total, entrega incondicional a todos y en todas las circunstancias. No solo no hemos entrado en esa dinámica, la única que nos puede asemejar a Jesús, sino que vamos en la dirección contraria cuando vamos buscando seguridades, incluso para el más allá.

A ver si tenemos claro esto: la muerte en la cruz no fue un mal trago que tuvo que pasar Jesús para alcanzar la gloria. Se trata de descubrir que la suprema gloria de un ser humano es hacer presente a Dios en el don total de sí mismo, sea viviendo, sea muriendo para los demás. Dios está solo donde hay amor. Si el amor se da en el gozo, allí está Él. Si el amor se da en el sufrimiento, allí está Él también. Se puede salvar el hombre sin cruz, pero nunca se puede salvar sin amor. Lo que aporta la cruz es la certeza de que el amor es posible aún en las peores circunstancias que podamos imaginar. No hay excusas.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le costaría la vida, es la clave para compren­der que la muerte no fue un accidente sino un hecho fundamental en su vida. Lo esencial no es la muerte sino la actitud fundamental de Jesús que le llevó a una fidelidad a toda prueba. El hecho de que le mataran podía no tener mayor importancia; pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones que la vida nos da la verdadera profundi­dad de su opción vital.

Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su plena consumación. En ese instante puede decir: «Yo y el Padre somos uno». En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios. Dios está allí donde hay verdadero amor, aunque sea con sufrimiento y muerte. Si seguimos pensando en un dios de “gloria” ausente del sufrimiento humano será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús. Dios no puede abandonar a ningún ser humano y menos al que sufre.

Al adorar la cruz esta tarde debemos ver en ella el signo de todo lo que Jesús quiso trasmitirnos. Ningún otro signo abarca tanto ni llega tan a lo hondo como el crucifijo. Pero no podemos tratarlo a la ligera. Poner la cruz en todas partes, incluso como adorno, no garantiza una vida cristiana. Tener como signo religioso la cruz y vivir en el más refinado de los hedonismos indica una falta de coherencia que nos tenía que hacer temblar.

Aún tenemos que reflexionar mucho sobre esa muerte para comprender el profundo significado que tuvo para él y para nosotros. Su muerte es el resumen de su actitud vital y por lo tanto en ella podemos encontrar el verdadero sentido de su vida. Se trata de una muerte que lleva al hombre a la verdadera Vida. Pero no se trata de la muerte física sino de la muerte al “ego”, y por lo tanto a todo egoísmo. Éste es el mensaje que no queremos aceptar, por eso preferimos salir por peteneras y buscar soluciones que no nos exijan entrar en esa dinámica. Si nuestro «falso yo» sigue siendo el centro de nuestra existencia, no tiene sentido celebrar la muerte de Jesús; y tampoco tendrá sentido celebrar su “resurrección”.

 

 

Martirio: ¿Morir por la fe o por defender la vida?

José M. Castillo, teólogo
Enviado a la página web de Redes Cristianas

No voy a repetir (ni resumir), una vez más, los muchos motivos de admiración y elogio que nos vienen a la cabeza cuando recordamos lo que fue la vida y la muerte de Mons. Romero. Creo que lo más importante y lo más práctico será preguntarnos qué nos dice ahora, a los 35 años de aquella muerte, lo que sucedió entonces, y lo que ha venido sucediendo desde entonces hasta este momento en la Iglesia y en el mundo. Leer más

La dimensión política de la Semana Santa: Jueves Santo

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Entregar la Vida. Lavar los pies en señal de servicio. Denuncia a los Reyes. Mandamiento del Amor. Angustia. Traición. Negación. Abandono. Condena a muerte. El Jueves Santo es un día muy intenso y eso reflejan las palabras que he puesto aquí arriba. Pero todo esto puede quedar diluido, si lo reducimos fuera de contexto a algunas expresiones y gestos, como decir Institución de la Eucaristía, lavar los piés a 12 adolescentes, hacer el Huerto para juntar fruta y verduras para los pobres. Eso es bueno, pero puede perder el mordiente interpelante de cómo lo vivió Jesús Leer más