La jerarquía abandona Codés

por Rafael Corres- Jueves, 27 de Septiembre de 2012

DIARIO DE NOTICIAS DE NAVARRA

EL domingo 9 de septiembre, terminó un año más la Novena a Nuestra Señora de Codés, de gran convocatoria en los pueblos de la zona, aunque venida a menos, muy a menos por los efectos devastadores de la secularización y el tradicionalismo proverbial de los responsables del santuario. Durante los ocho días anteriores, «leyó» la misa y la novena un anciano sacerdote de la residencia de Viana, a quien, una y otra tarde, alguien recogía para llevarlo a la Basílica. D. José Luis: todo buena voluntad, pero con todos los años y las ideas del siglo pasado a sus espaldas, renqueante y lector inaudible de toda la misa. El domingo presidió la misa un sacerdote congoleño, que aterrizó en Codés sin ninguna presentación y (me temo) sin ninguna preparación ni adaptación. Ha llegado para quedarse y para atender a varios pueblos de la zona. El sacerdote congoleño, alto, fuerte, con pinta de jugador de baloncesto, con un castellano aceptable, pero con una mentalidad y teología (me temo otra vez) muy alejadas de nuestros pueblos.

Ese día, a las cinco y media de la tarde, Juan Antonio Aznárez Cobo era ordenado, en la catedral de Pamplona, obispo auxiliar de la Diócesis. La fastuosa ceremonia duró dos horas y media. Los ritos y ropas, pomposos, medievales y apenas significativos para las personas que llenaron la catedral (la inmensa mayoría con muchos años a cuestas); asistieron 20 obispos y 200 sacerdotes de parroquias navarras; las tres puertas principales de la catedral permanecieron abiertas durante la ceremonia, foto de los 20 mitrados para la galería. A la jerarquía española le encanta hacer alardes y exhibiciones de mitras y báculos, de poder, de fuerza… en resumidas cuentas, de fuegos de artificio. ¿Cuánto costó la ceremonia? La jerarquía no parece entender de crisis ni de recortes.

Desde hace ocho años, Codés y los pueblos que le rodean están viviendo una degradación pastoral de la que nadie parece dolerse. Durante esos años ha estado de párroco Jean Borysowsky, sacerdote procedente de Polonia. Cuando apareció por Codés apenas podía comunicarse en castellano. Las misas eran leídas totalmente y era imposible entenderle nada. Cuando el pasado 25 de junio se despidió de Torralba del Río, apenas pudo decir unas palabras. Creo que Jean se fue porque no pudo adaptarse a la vida e idiosincracia de estos pueblos. No consiguió integrarse. El verano era para él un verdadero suplicio. En una ocasión me confesó que iba a hablar con el señor Obispo porque no podía con tantos pueblos y con tantas fiestas, sobre todo, con tantas fiestas (hubo meses que tuvo que atender ocho o diez pueblos).

Esta es la situación del Valle de Aguilar. El Valle de La Berrueza está encomendado también a sacerdotes polacos. En el Valle de Cabredo-Marañón y en el de Valdega trabaja una comunidad de sacerdotes colombianos, los Peregrinos de la Eucaristía: su vestimenta, sus celebraciones y estilo son tan aparatosos como su nombre. No dudo de las buenas intenciones de todos estos sacerdotes, pero los comentarios que se oyen se pueden resumir en dos palabras: desconocimiento del entorno y desadaptación. Tengo la impresión de que la jerarquía diocesana está «experimentando» en nuestros pueblos. Pueblos, pacíficos, acostumbrados desde siempre a callar y a obedecer. Es cierto y muy positivo que estos valles cuenten con dos comunidades de Hermanos Maristas, pero el papel que desempeñan (o que les permiten desempeñar) es un tema que merece tratamiento aparte.

Quiero recordar un dato histórico que, a mi juicio, ayuda a explicar en parte la situación de estos pueblos. Estamos en la periferia de la Diócesis, muy lejos de Pamplona, casi a un centenar de kilómetros. (Logroño, está a 35). Hasta comienzos de la década de los 70, formábamos parte de la diócesis de Calahorra-La Calzada y Logroño. Siempre he tenido la sensación de que en la sede episcopal no nos tomaban muy en serio. (En la última visita del Arzobispo, calificó a Codés de ermita). El Santuario de Codés es uno de los cinco más importantes del Reino.

De tal estado de cosas podemos sacar algunas conclusiones:

– La jerarquía suele echar la culpa de todos los males que padece la Iglesia a la secularización de la sociedad sin atreverse a reconocer sus propios errores.

– La jerarquía se está quedando sin sacerdotes no porque las «familias católicas» no quieren que sus hijos lo sean sino porque el modelo de sacerdote célibe que mantiene contra viento y marea es totalmente anacrónico, ininteligible e irrelevante para la juventud española y europea.

– Si el Papa y los obispos se aferran como pueden a ese modelo de sacerdote es porque sin él la jerarquía no es nada; con él, pueden controlar todo el aparato de la Iglesia y pueden simular el cumplimiento del mandato evangélico de la evangelización.

– Pero por mantener sacerdotes exclusivamente célibes, las iglesias se van quedando vacías y solo se llenan cuando el Obispo anuncia su visita.

– El sacerdocio célibe es intocable (aunque sea una institución puramente humana, organizativa, eclesiástica) y si la jerarquía no dispone de sacerdotes españoles irá a buscarlos a América, a África u Oceanía. Lo que importa es que todo el mundo pueda «oír misa entera los domingos y fiestas de guardar».

– Conclusión final: no hay que echarle la culpa a nadie. La Iglesia se desmorona ella solita.

Sí, todo podría y debería ser de otra manera.